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1 METRÓPOLIS Quiero llegar a ser alguien muy importante. Leni RIEFENSTAHL1

Leni Riefenstahl creó imágenes con la luz y la sombra, con el movimiento, el ritmo, la pasión, la energía prodigiosa, el coraje físico y una ambición impulsora y épica. Según decía, tenía un tema –la belleza– y lo buscaba en el mundo natural, en las cimas de las montañas o en las profundidades de los lagos, en las banderas y antorchas de masas multitudinarias, en la lucha y la trascendencia de la competición atlética, en la perfección física y erótica de los guerreros primitivos y, desde el principio, en sí misma. Helene Amalie Bertha Riefenstahl nació el 22 de agosto de 1902 en Wedding, un tiznado barrio obrero situado en los aledaños industriales de Berlín. La ciudad tenía entonces dos millones de ciudadanos que iban para cuatro debido a que el crecimiento era tan rápido que los mapas de las calles quedaban obsoletos antes de ser impresos. Los descontentos planificadores urbanos de Berlín decían que era una «ciudad en medio de la nada»,2 una ciudad «a punto de convertirse» que «nunca llega a serlo», pero los precursores del cambio alaban el «progreso» y se rendían encantados a los incesantes ritmos urbanos tan llenos de expectativas como el aire que se respiraba –el fabuloso Berliner Luft– y tan vital y embriagador. El que había sido un lugar comercial junto al río y sus crecientes suburbios se conglomeraron en 1920 como el Gran Berlín3 y para entonces los límites de esa «Atenas junto al Spree» eran lo bastante grandes para abarcar en su seno a Frankfurt, Stuttgart y Múnich juntas. Berlín era una ciudad advenediza si se la comparaba con París, Londres y Viena, con sus raíces y ruinas romanas, pero también era –y de forma muy repentina– la tercera zona me-

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tropolitana más grande del mundo: ruidosa, agresiva y llena de novedades. «¡Es la ciudad más vital del mundo!»,4 se decía de Berlín cuando Leni nació en ella. Había sido la capital de Alemania, de lo que se denominó el gran Segundo Reich, durante sólo treinta años, pero los apresurados constructores de imperios alardeaban de su modernidad, impertérritos ante el hecho de que todavía circulaban por las calles iluminadas con farolas de gas vehículos tirados por caballos, que rara vez se encontraba agua corriente (fría o caliente) más arriba de las plantas bajas y que el listín telefónico era un panfleto de veintiséis páginas. El crimen y el vicio no proliferaban más ni eran menos llamativos que en Londres, París, Buenos Aires o Nueva York. De las impresoras salían las noticias del día –o del minuto– con todos los tonos de persuasión política que contenían los centenares de diarios y periódicos publicados en una gama babélica de idiomas,5 lo que convertía a Berlín en el centro del periodismo más vivaz y de mayor densidad de toda Europa. Quienes propugnaban el desarrollo de Berlín estaban demasiado concentrados en el futuro de la ciudad como para posar la mirada en los barrios obreros y marginados, como Wedding, o en los hijos de obreros, como Leni, que allí se criaban. Los bienhechores cívicos asentían con la cabeza cuando el káiser Guillermo II6 les recordaba «el deber de ofrecer a las clases trabajadoras la posibilidad de ascender hacia lo bello». Para señalar a los inferiores no había más que destacar el palacio Hohenzollern, el Tiergarten, la Columna de la Victoria, los anchos canales y sus 957 puentes (más numerosos que en Venecia),7 el museo Pergamon con todas sus antigüedades y el Reichstag, con la promesa de «Al pueblo alemán» grabada en la piedra bajo el cobijador domo de acero y vidrio, o los espléndidos teatros, salas de ópera y hoteles, las calles donde se paseaba la gente, como la Unter den Linden, con su marquesina natural formada por las ramas de los árboles, o la más alegre Kurfürstendamm (la respuesta de Bismarck a los Campos Elíseos), bordeada de tiendas y cafés con terrazas. Como era infrecuente que las clases trabajadoras abandonasen las fábricas para recorrer los lugares más elegantes del Berlín imperial, el Káiser les impartía graciosamente sus nociones del arte y de lo bello. «El arte que quebranta las leyes y los límites fijados por Mí, deja de ser arte»,8 decía. Este concepto tenía visos de una certidumbre tranquilizante para los inseguros en materia de estética y fue el punto de vista que adoptó un líder posterior –uno que inicialmente fue pintor de postales y aspirante a arquitecto– y que millones de personas acataron con asombrosa docilidad.

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En ninguna otra ciudad de Europa existía semejante culto a la modernidad. Berlín se lanzaba vertiginosamente hacia el nuevo siglo para hacer en el futuro lo que carecía de pasado, mientras los custodios de la nostalgia velaban la «desaparecida Arcadia»9 que, de hecho, nunca había existido. La velocidad, el anonimato y la concomitante combinación de promesa y peligro inspiraban canciones, pinturas, novelas, dramas y películas, algo, esto último, que ya nacida Leni empezaba a tener luz propia, aunque todavía de forma callada. La mayoría de estas obras también inspiraban asombro y alienación, y los berlineses de a pie se preguntaban con inquietud adónde conduciría toda esa energía urbana. En los años veinte, la ambivalencia encontró una expresión gráfica perturbadora, pero las visiones proféticas y ominosas de la vida de la ciudad que desde el comienzo se tildaron de «degeneradas» empezaron a aflorar en la segunda década del siglo de la mano de pintores como Ernst Ludwig Kirchner, Emil Nolde y Ludwig Meidner, que llamó «paisajes apocalípticos»10 a sus pinturas de carácter urbano. En Wedding apenas había tiempo para pensar en el arte o en la modernidad. El barrio berlinés era un abigarrado conjunto de fábricas y fundiciones donde se concentraba la mano de obra. Había manzanas enteras de edificios de cinco o seis plantas –llamadas Mietskaserne, o barracas de alquiler– con pisos de uno o dos dormitorios donde se hacinaban familias obreras, en torno a patios interiores sin sol. La vida allí era dura y los suicidios solían ser eventos diarios. «La enfermedad del vecindario» era el eufemismo que hacía referencia a la tuberculosis y el raquitismo en Berlín, donde la mortalidad infantil alcanzó casi el 20% al finalizar el siglo XIX, y se duplicó con creces en Wedding, donde justo después de nacer Leni llegó al 42%.11 Wedding era un lugar pobre, pero no carente de altruismo y aspiraciones. Había en sus angostas calles un espartano albergue para indigentes y un pequeño estanque donde patinar. En 1905, alguien alquiló una parte de un cobertizo para instalar un estudio de fotografía y, no mucho después, empezaron a filmarse allí películas de un carrete.12 En 1912 se instaló en Wedding el primer crematorio,13 para compensar la falta de terrenos donde enterrar a la gente y el alto coste que ello implicaba. Los niños jugaban en los patios, en los dinteles de las ventanas crecían los geranios, había música y se hacía el amor y en 1918 casi el 40% de toda la población berlinesa vivía en barrios como Wedding. Podemos observar sus rostros en los dibujos y los grabados de Käthe Kollwitz y sus placeres obscenos y terrenales aún titilan en los bosquejos de

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Heinrich Zille,14 el poético caricaturista y pintor local que mejor los conocía y que en una ocasión señaló que tanto se puede matar a un hombre con su vivienda como con un hacha. «Odio el sistema de clases»,15 confesó Leni Riefenstahl a una persona amiga. Por entonces tenía ya casi noventa años y vivía en una protegida villa junto a un lago de Bavaria, a suficiente distancia de Wedding para tener una buena perspectiva de su lugar natal, un piso alquilado en la Prinz-Eugen-Strasse, calle que sólo tenía dos manzanas de largo. La vivienda era la primera para los padres primerizos que prácticamente acababan de contraer matrimonio en una ceremonia civil celebrada el 5 de abril de 1902, casi cinco meses antes de que naciera su primera hija, en agosto.16 El padre de Leni, Alfred Theodor Paul Riefenstahl, no tenía aún veinticuatro años cuando ella nació. Hijo de Gustav y Amalie (Lehmann de soltera) Riefenstahl, al igual que sus dos hermanos y su hermana, Alfred había nacido en el distrito rural de Brandenburgo, aledaño a Berlín, en 1878. Su padre había sido herrero, al igual que su abuelo, pero Alfred –rubio y fornido, con un bigote por el estilo del que lucía el káiser Guillermo– se había sentido atraído por Berlín debido a sus posibilidades económicas. Aunque en los documentos figuraba como «vendedor», de hecho era lampista. Con el tiempo, a medida que las tuberías domésticas se hicieron estándares, el hombre creó su propio negocio de aparatos sanitarios y ventilación: lujos convertidos en necesidades y un lampista convertido en empresario.17 La madre de Leni, Bertha Ida Scherlach Riefenstahl, tenía casi veintidós años cuando nació su hija. Era una esbelta y bella joven de ojos negros, cabello oscuro y rizado y una mandíbula que denotaba decisión, características que transmitió a su hija, que al nacer era bizca.18 Bertha era la decimoctava de los hijos de una madre que murió al darla a luz en Wloclawek (hoy Polonia) el 9 de octubre de 1880. Poco después de morir la madre de Bertha, su padre –el abuelo carpintero de Leni– se casó con la niñera de sus hijos y tuvo con ella tres descendientes más, con lo cual completó los veintiún hijos.19 Aquí se encuentra un misterio, uno que podría constituir sólo un insignificante rompecabezas biográfico si no fuera por las cambiantes imágenes del pasado que Leni manipulaba a medida que cambiaban los tiempos y las perspectivas. Fue ineludible que los antecedentes de Leni provocaran curiosidad en los años treinta entre los poderosos personajes del Tercer Reich, cuando ella empezaba a destacar entre ellos. Por entonces, los rumores de que era judía –o judía en parte– ganaron terreno y trazaron una su-

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puesta línea de ascendencia judía por parte de Bertha. Una vez aireados, los rumores circularon por la prensa de toda Europa y Estados Unidos durante los primeros años del Tercer Reich, aunque las alegaciones nunca se demostraron y fueron repudiadas de modo oficial por la máxima autoridad del Tercer Reich, el Führer en persona.20 Leni dejó de lado el tema, tanto entonces como después, cuando fue utilizado como el dardo envenenado de una maliciosa campaña orquestada en contra de ella por el ministro de Propaganda nazi, el doctor Joseph Goebbels.21 Pero no todos los rumores fueron ciertamente inspirados por Goebbels u otras personas celosas de la posición y los privilegios de que Leni gozaba en los años treinta. Algunos de sus amigos y colegas más íntimos, entre ellos el doctor Arnold Fanck, director cinematográfico al que se adjudica el hecho de haber descubierto a Leni, creían que Bertha era judía. Como mentor y amante de Leni –y más tarde miembro del Partido Nazi–, la objetividad y la veracidad de Fanck no están exentas de dudas.22 Más firme es el testimonio de la directora de arte Isabella Ploberger,23 que trabajó y vivió con Leni y Bertha durante la Segunda Guerra Mundial y que dio por descontado que Bertha, «una bella persona, una buena persona», era judía. Ploberger creía que Goebbels lo sabía, lo que explicaba su animosidad. Pero hay documentos al respecto. Entre ellos, el principal es la «Abstammungs-Nachweis» (Prueba de Descendencia), el registro genealógico de ancestros que Leni preparó y presentó en la oficina de películas del Reich en 1933 para validar su ascendencia aria, dato necesario para trabajar en la industria cinematográfica de Alemania.24 Hace tiempo que este documento está disponible, pero nunca ha sido plenamente investigado, ni siquiera por los nazis para quienes se preparó. Bertha figura allí como la hija del carpintero Karl Ludwig Friedrich Scherlach (nacido en 1842) y de Ottilie Auguste Scherlach (Boia de soltera), nacida el 24 de enero de 1863, fuera del vínculo matrimonial, cuya madre se llamaba Friederika Boia y de padre desconocido. Aunque se dice que Ottilie Boia y Karl Scherlach se casaron en Woldenburg, un pueblo de Silesia (Dobiegniew en la Polonia de hoy), no hay registro de ello y debió ser un matrimonio de hecho. Pero lo que ha pasado inadvertido es que no es posible que Ottilie Boia fuera la madre de Bertha. Nacida en 1863, no puede haber dado a luz a diecisiete hijos antes de alumbrar a Bertha en 1880. Lo más probable es que Ottilie haya sido la niñera con quien el abuelo carpintero de Leni se casó tras morir su primera mujer al nacer Bertha, la madre que desapareció en la genealogía que Leni presentó al Tercer Reich.25

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En cuanto a Ottilie, vivió siempre como la madrastra de Bertha y la abuelastra de Leni en un modesto piso del confortable suburbio berlinés de Charlottenburg, al que acudía la Leni adolescente en busca de pastel de manzana y cariño cuando la estricta disciplina de Alfred Riefenstahl se le hacía intolerable. En la época del Tercer Reich, las genealogías debían contener una declaración de la religión, así como de la raza, y Leni declara en la suya que sus ancestros era protestantes, aunque al parecer no muy devotos. A partir de 1850, todos los nacimientos, incluido el de Leni, se inscribían en la oficina de registros en lugar de en la iglesia tras el bautizo (aunque Leni fue confirmada como protestante en una iglesia de Berlín cuando tenía quince años).26 La ciudad y la cultura en las que se crió Leni eran famosamente cosmopolitas. La conversión de los judíos al cristianismo y la asimilación cultural eran frecuentes, aunque la identidad racial, más que la religiosa, había de ser la norma nazi cuando se decidió que era la única que importaba. Ningún otro documento que se conozca cierra la brecha que existe en los orígenes de Leni, pero es difícil imaginarse la sustitución de la madre biológica de Bertha por su madrastra sin mediar un motivo próximo a la raza, puesto que definirla era el objetivo del ejercicio. Lo que no es especulativo en la capacidad de Leni para definir y redefinir su pasado según lo requiriesen las circunstancias o las ocasiones. En cuanto se refiere e Bertha, Leni «la quiso con locura»27 hasta que murió en 1965, a los ochenta y cuatro años. Alfred Riefenstahl inspiraba diferentes emociones. Era un luchador: rígido, eficiente y conservador, y rivalizaba con Leni en cuanto a la atención de Bertha. Su negocio dependía de Berlín, aunque él no se sentía cómodo allí por sus antecedentes provincianos y sus puntos de vista respecto de la vida familiar, especialmente después de que el 5 de marzo de 1906 naciera Heinz, el único hermano que tuvo Leni.28 El floreciente negocio de Alfred le permitió trasladar a su familia a un piso más grande en BerlinNeukölln justo antes de que naciera Heinz y de que Leni comenzara la escuela. El antiguo barrio era similar al nuevo (ambos serían focos de agitación comunista después de 1918), así que constituyó un alivio para la familia el hecho de que los fines de semana podían hacer excursiones a Zeuthen, un pueblo junto a un lago situado a una hora de Berlín con el tren suburbano. Zeuthen era un pueblo idílico y agreste, y permitía que Leni y Heinz se librasen de los peligros de la ciudad.29 Era un lugar tan tranquilo que se podían dar paseos a pie, nadar y observar lánguidamente el paso de las nubes. El chalé que la familia alquilaba –y

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que con el tiempo adquiriría en propiedad– estaba emplazado cerca de las vías del ferrocarril, a una distancia que podía cubrirse a pie a través de un bosque, y justo en la margen opuesta del lago donde tenía una casa de huéspedes la hermana mayor de Bertha, Olga, que había sido en primer lugar quien les había hablado del idílico lugar. De niña, Leni estaba acostumbrada a la soledad, con la excepción de la compañía de su hermano, hecho que quizá obedecía a que la familia se mudaba con mucha frecuencia.30 Tras los pisos de Wedding y Neukölln y la casa de fines de semana en Zeuthen hubo otros pisos en Berlín, en Goltzstrasse y en Yorckstrasse, cerca del centro de la ciudad y del negocio del padre. Pero existe la posibilidad de que Leni haya sido solitaria por elección propia, porque se consideraba una criatura especial y precoz que no necesitaba más elenco que Heinz ni más audiencia que la indulgente Bertha, «siempre mi mejor amiga».31 Según contaba, Leni aprendió a leer a una corta edad y cuando tenía cinco años, tras ver Blancanieves en el teatro, empezó a escribir poemas y obras teatrales.32 Aunque Alfred prefería jugar a los bolos o cazar con sus amigos, de vez en cuando llevaba a su familia a ver algún espectáculo, insensible a la magia escénica que se convertiría en la «fuerza impulsora»33 para su impresionable hija, y que lo había sido siempre para su mujer. De niña, Bertha había soñado con ser actriz y es posible que haya llegado a actuar. En una fotografía que le tomaron antes de casarse luce la clase de ropa llamativa que podía haber llevado una de las Chicas Floradora: un vestido de manga corta con la falda hasta la rodilla, orlado de guirnaldas de flores que también tenían el sombrero y el abanico que llevaba abierto en su mano derecha, apoyada picarescamente en la cadera. Según contó a Leni, cuando Bertha estaba embarazada de ella rezaba: «Dios querido, dame una hija hermosa que se convierta en una actriz famosa.»34 Y una vez plantada la semilla, creció. ¿Qué niña podía resistirse a la idea de ser la respuesta a una plegaria? «Yo tengo mis sueños», decía Leni, creando bucólicas representaciones teatrales en las que ella era la protagonista y su hermano Heinz, siempre complaciente, el único asistente. Al igual que en sus poemas y en su vida cotidiana, en sus obritas de teatro quedaban excluidos los colegas y los desconocidos. «Nunca permití que hubiera gente en mis poemas, sólo árboles, pájaros e incluso insectos.»35 De adolescente, Leni fantaseó con la idea de hacerse monja, pero el convento tenía visos de confinamiento y de una aburrida

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negación de uno mismo. Las noticias sobre las hazañas aeronáuticas que se producían durante la Gran Guerra eran un incentivo para las aventuras y las osadías. Además, llevaron a Leni a imaginar toda una industria aeronáutica sobre papel,36 con horarios de vuelos entre ciudades europeas e incluso cálculos sobre los precios de los billetes, como si emulase la forma en que Alfred administraba su negocio de lampistería. «Había en mi interior un talento para la organización que pujaba por manifestarse», recordó Leni después; una aptitud que le resultaría indispensable cuando, en la vida real, compitiera como mujer en un mundo de hombres. En su adolescencia, el único hombre de importancia fue su padre, un hombre ocupado, burgués y autoritario. Cuando Leni acabó sus estudios primarios, el padre la matriculó en un Gymnasium, como habría hecho entonces cualquier padre ambicioso, pero dominar el latín y el griego para obtener una educación alemana clásica era una tarea demasiado ardua o tediosa, y Leni se rebeló hasta que le permitieron ir al Lyzeum, donde el prestigio y los estándares académicos eran menos elevados y los objetivos intelectuales, menos exigentes.37 Aun así, sus notas en matemáticas y pintura fueron del montón y las de historia, muy bajas. Leni destacaba en el ámbito atlético, donde hacía gimnasia, patinaje sobre hielo y sobre cemento, carreras de velocidad y natación, y donde intentó practicar saltos de trampolín, pero fracasó. Su energía y su resistencia eran tan notables como su osadía física y su tolerancia para el dolor, atributos de doble filo que la acompañaron a lo largo de una vida de accidentes y fracturas de huesos. Según confesó ella misma, nada de dentro ni de fuera del colegio la preocupaba tanto como los cuentos de hadas.38 Alemania era el país de los hermanos Grimm, por supuesto, pero suscribirse a los quince años a una revista de fantasía llamada Había una vez..., tal como hizo Leni, sugiere más una fijación que un pasatiempo, y la predilección por los cuentos de hadas y los mitos no sólo no la abandonaría, sino que aumentaría con el paso del tiempo. Esa inmersión en la fantasía apunta a una huida de la realidad. Aunque ella describía su infancia como luminosa y pulida por la gracia propia de comienzos del siglo XX, la vida real era monótona y estaba llena de apuros, y en las fotografías de la infancia de Leni puede vérsela tensa y con una actitud recelosa. Cuando una astuta persona conocida le llamó la atención al respecto en 1992, Leni reconoció: «No fue una infancia feliz, pero sí buena. No fue feliz porque mi padre era un déspota con todos nosotros: con mi madre, conmigo y con Heinz. No dudo que nos quería y deseaba protegernos, pero era un amor increíblemente opresivo,

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que casi nos privaba de todo lo que fuese libertad... Eso provocó en mí una resistencia increíble, una resistencia estridente.»39 Y lo de estridente era literal, puesto que ya cumplidos los ochenta años aún podía emitir unos chillidos de furia que perforaban los tímpanos. Los arrebatos de vehemencia emocional, verdaderos o simulados, podían convertirse de repente en un llanto controlado a placer, y ambas técnicas le resultaron valiosísimas cuando sentía que su independencia estaba amenazada por su padre, un hombre inflexible que había frustrado los sueños juveniles de su madre de ser actriz. Bertha y Leni, al amparo de sus quejas, se unieron y conspiraron para burlar el control que necesitaba ejercer Alfred. Así, iban al Kino, a ver las películas prohibidas cuando «el déspota» se marchaba de caza o por negocios o se colaban en bailes de disfraces para ver cómo vestían los miembros de las clases privilegiadas. Para Leni, la libertad significaba tanto la independencia del control como una decidida reafirmación en ella misma, amparada y fomentada por una madre tierna y voluntariosa que era, a la vez, amiga, modista y cómplice. Ésos eran «los buenos tiempos en que nos sentíamos completamente libres».40 En su adolescencia, Leni era sumamente bonita. Tenía los ojos negros (un poco demasiado juntos) y una larga cabellera oscura, el cuerpo bien torneado, gracioso y atractivo, algo que le revelaban con meridiana claridad las miradas de admiración que recibía cuando iba por las calles de la ciudad. Pero a medida que se aproximaban sus últimos días de Lyzeum, Leni tenía en su interior la sensación de que se desplazaba en «una nube de desconocimiento» y se consideraba «una soñadora que aún buscaba sin rumbo algo más significativo en mi vida».41 Y Berlín –la ciudad más viva y camaleónica del mundo– gustosamente decidió complacerla. Cuando tenía dieciséis años se fijó en un anuncio en el que se solicitaban extras cinematográficos. La película en cuestión era Opium,42 uno de los tantos filmes de «ilustración» (Aufklärungsfilme) que se valían de la exposición fotogénica de la depravación y la carne para alertar a las audiencias de los peligros de la drogadicción y la trata de blancas. Las estrellas de Opium eran un distinguido hombre de teatro, Eduard von Winterstein, y un joven actor de cine, Conrad Veidt, que pronto alcanzaría fama mundial con su papel de sonámbulo en El gabinete del doctor Caligari. Es difícil pensar en un título o un tema más apropiado para alarmar al restrictivo Alfred Riefenstahl que Opium, pero Leni no planeaba agobiar a su padre con las intenciones que tenía. Pese a

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que el control paterno la mantenía entre «nubes de desconocimiento» y le negaba la independencia, Leni estaba mucho menos protegida de lo que Alfred suponía, puesto que ya la habían abordado cuando paseaba por Kurfürstendamm agentes y directores cinematográficos ávidos de llevar al celuloide los encantos de la joven. De hecho, Leni ya había cedido ante tan halagadores abordamientos y había debutado en su primera película43 (hoy perdida), rodada en un estudio provisional de una sola sala, de cuyo nombre, así como el del director, se había olvidado, aunque no la profecía del hombre de que ella «tenía un gran futuro». Ese futuro no cristalizó hasta que llegó Opium. Del estudio de baile donde se realizaron las audiciones la llamaron una segunda vez, e incluso una tercera, pero para el papel que ella esperaba que le concedieran –el de una joven adicta al opio, con los pechos al desnudo, cuya búsqueda de placer la conduce a la ruina– escogieron a otra chica.44 Cuando la acongojada Leni abandonaba el estudio, vio por una puerta entreabierta a unas bailarinas que hacían ejercicios de estiramiento frente a un espejo. La escena, con reminiscencias de cuadros de Degas, la intrigó de tal manera que «el deseo de entrar y unirme a ellas fue casi incontrolable».45 Pero ¿cómo hacerlo? Con lo único que podía contar era con la probable disposición de su madre de pagarle las lecciones, al tiempo que ocultase el hecho al padre. En realidad, ése era un momento en la historia de Occidente en el que cualquier padre podría haber considerado inoportunas unas ambiciones teñidas de carácter diletante o autocomplaciente, especialmente en Berlín. Aunque con posterioridad Leni mantuvo siempre que la vida que la rodeaba no la había afectado, lo cierto es que su retirada del Kollmorgenschen Lyzeum en 1918 coincidió con el terrible clima de guerra que había comenzado con desfiles, canciones y flores –según ella misma recordaba: «Veía desfilar a los soldados desde la acera»–46 y que acababa, cuatro años después, con matanzas sin precedentes debido a motines, hambrunas y epidemias, y torrentes de recriminaciones y resentimientos. En noviembre de 1918, a la forzosa abdicación del Káiser y su exilio en Holanda siguió el caos y la revolución. La ciudad más viva del mundo se convirtió en la más sangrienta; en sus calles luchaban a balazos comunistas, republicanos y conservadores leales a la monarquía. La convicción de que Alemania había sido «acuchillada a traición» por políticos y diplomáticos se convirtió en un auto de fe para muchos berlineses que habían permanecido físicamente incólumes durante la larga y ruinosa guerra y, por tanto, no podían concebir que los militares alemanes no fueran invencibles. Espe-

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cialmente despreciables, incluso traicioneros, eran los hombres que, vestidos con sombreros de copa y chaqué, habían estampado sus firmas en documentos que reconocían la derrota en un vagón de ferrocarril, aparcado en Francia, al tiempo que los generales que habían perdido la guerra se mantenían a distancia y eran irreprochables. El Tratado de Versalles estableció que Alemania era culpable de incitación a la guerra y le impuso vengativas reparaciones en forma de pagos que impedirían la recuperación económica, herirían el orgullo nacional y crearían el tipo de resentimientos que permanecen latentes hasta que de pronto empiezan a arder. Los asesinatos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg en enero de 1919 dieron pie a las campañas de violencia y terror que llevaron a cabo los miembros de la extrema derecha que, con brutalidad, ocasionaron el rápido abandono de izquierdistas y liberales de sus cargos públicos. En 1922, las cifras de crímenes rondaron los quinientos y no hubo el correspondiente nivel de censuras judiciales por parte de unos tribunales leales al ancien régime y abiertamente hostiles a las víctimas.47 Todo ello y el establecimiento de la República de Weimar –un experimento democrático visto con suspicacia por la izquierda y por la derecha– eran importantes eventos históricos incapaces de penetrar en el caparazón de la absorta Leni, lo que le permitió vivir en medio de las convulsas luchas civiles que la rodeaban sin tener, como dijo, «ni la más mínima noción de lo que ocurría ni de lo que significaba».48 Y la alegación es creíble. El conde Harry Kessler, el aristócrata urbano llamado «el conde rojo» por sus radicales opiniones políticas, un hombre atento como un sismógrafo a los sutiles cambios sociales y culturales, notó que había en Berlín un aletargamiento voluntario frente la violencia. En el apartado de su diario correspondiente al 17 de enero de 1919, el conde escribió: «Por la noche fui a un cabaré en la Bellevuestrasse. El sonido de un tiro se oyó en medio de la actuación de una fogosa bailarina española. Pero nadie le prestó atención. El tiro puso de manifiesto la escasa impresión que la revolución ha causado en la vida metropolitana... Este hecho histórico, colosal, no ha originado más que unas ligeras turbulencias en el ámbito local... Un elefante al que han pinchado con un cortaplumas se sacude y sigue su camino como si no hubiera pasado nada.»49 Pero las turbulencias fueron creciendo con la lucha diaria por la supervivencia. La escasez de alimentos y la gripe en la posguerra produjeron el colapso de la moral de la preguerra. Lo que prevalecía era la sensación de una emergencia constante en la que

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florecía toda clase de oportunismo hasta que, como expresó un observador, «una especie de locura lo dominó todo».50 En esa volátil atmósfera, Alfred Riefenstahl –ignorante aún de la nueva obsesión de su hija por la danza– decidió secuestrarla a fin de darle seguridad y consolidar su futuro como esposa y madre alemana, para lo cual la inscribió en una escuela de ciencias domésticas donde la joven podría aprender a dedicarse a la protectora convención de Kinder, Kirche, und Küche.* Lo cierto es que ningún plan pudo haber sido mejor calculado para provocar la resistencia de Leni, quien consideraba que la vida doméstica era un trabajo pesado, si es que alguna vez había pensado en ella, mientras que la danza, por otra parte, significaba la liberación. Era movimiento físico y expresión espiritual, era una actividad osada y estimulante, y tenía lugar bajo los focos del teatro. Leni se había sentido atraída por películas como Opium, pero eran primitivas o sensacionalistas, tenían poco del aura de arte mayor que envolvía a la danza. Ésa era la época en que figuras como Diáguilev, Nijinski y Fokine creaban nuevas danzas para nuevas músicas compuestas por Stravinski, Debussy y Satie. Si Leni desconocía a esos artistas –y es probable que así fuera– la revolución impregnaba el aire, así como las calles, y los pósters de famosos bailarines que veía en los quioscos de todas las esquinas anunciaban algo nuevo y excitante para alimentar sus sueños. Leni no podía haber estado en un lugar mejor. Berlín no le hacía reverencias a nadie en su entusiasmo por la danza. La bailarina estadounidense Isadora Duncan –que bailaba descalza y vestía unas ligeras túnicas que recordaban la antigua Grecia– había fundado allí una escuela en la segunda década del siglo. Eso había abierto el camino a innovadoras como Mary Wigman, la más celebrada de las bailarinas expresionistas cuyo nombre estaba en boca de todos cuando Leni aún escribía poesías sobre insectos. Apenas vestida y con los pies descalzos, la realista Wigman desafió el melindroso repertorio de piruetas y tour jetés que habían prevalecido hasta entonces. El drama y la danza atrajeron a la atlética Leni; el escenario para expresar a solas la belleza interior atrajo a la absorta aficionada a los cuentos de hadas. La escuela de baile Grimm-Reiter, junto a la parapetada Kurfürstendamm, había sido el lugar de las audiciones para Opium, y fue allí donde Leni empezó a tomar sus acariciadas lecciones de baile pagadas por su madre. Los ritmos de los ensayos marcados * «Hijos, iglesia y pasteles», frase equivalente a «Dios, patria y familia». (N. de la T.)

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por el piano estaban salpicados de los tiros que se oían en la calle, pero Leni apenas si los notaba. Se entregaba a sus lecciones de danza como un atleta a su entrenamiento, empleándose con más ahínco para compensar el hecho de haber empezado a estudiar tarde y desplegando su don para la resistencia física, mientras pasaba del nivel de iniciada al de ballet. Leni alardeaba diciendo que «no había para mí dolor ni esfuerzo demasiado grande».51 Bertha se encargaba de mantener a Alfred ignorante de la situación, y el subterfugio consolidaba el vínculo entre madre e hija al tiempo que hacía que la decepción pareciera un medio justificado para alcanzar una meta artística o de realización personal. «Teníamos pocos escrúpulos de conciencia», reconoció Leni.52 La escuela de baile ofrecía ocasionalmente recitales liderados por antiguos estudiantes que habían logrado hacerse un nombre en la profesión. La más conocida era Anita Berber, una hermosa y desinhibida chica de Leipzig que, con sólo tres años más que Leni, era modelo de revistas de alta costura y desde 1918 participaba en películas.53 Pero la fama de Berber –de hecho, su notoriedad– procedía de danzas dramáticas con títulos como «Morfina», «Suicidio» y «Cocaína» que bailaba desnuda. Berber murió a los veintiocho años, destrozada por las drogas y la tuberculosis, pero alcanzó una inmortalidad perturbadora en un afamado cuadro pintado por Otto Dix: con aspecto depravado, vestida de rojo contra un fondo negro, Berber sigue siendo un emblema de la decadencia de Berlín en la década de 1920. Una aparición de Berber en un recital de la escuela tuvo que cancelarse debido a que enfermó, y Leni la sustituyó, imitando los pasos de baile (vestida) que le había visto ensayar a Berber. Pero ésa no era la clase de sustitución que pasa inadvertida. Cuando Alfred se enteró, se quedó de piedra ante el hecho de que su hija bailara, y mucho más de que lo hiciera en público, uniendo su nombre al de la escandalosa Berber. Alfred estalló y amenazó a Bertha con el divorcio y a Leni con enviarla a un internado, cuanto más estricto y lejano mejor. Las cosas que en un momento dado habían hecho dudar a Alfred, le parecieron entonces peligrosamente fuera de control. Y no es imposible simpatizar con el padre de familia que trabajaba para mejorar la sanidad y la ventilación de Berlín mientras su mujer y su hija desafiaban las convenciones a sus espaldas. La traición perpetrada con la escuela de baile confirmó a Alfred la sensación de que, a partir del final de la guerra, se había adueñado de Berlín una especie de anarquía moral. La ciudad se había convertido en lo que la gente la llamaba: ya no la «Atenas de la juerga» sino la «nueva Babilonia», «la alcantarilla nacional».54

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Leni se encogía de hombros. Estaba acostumbrada a que el padre «bramara como un elefante solitario»55 y señaló, con imparcialidad, que «cuando destrozaba platos en medio de sus pataletas, era conmovedor ver cómo después intentaba unir las piezas». Pero no es lo mismo volver a pegar los trozos de una confianza traicionada. A fin de aplacar las amenazas de divorcio y evitar que la enviaran fuera de Berlín, Leni simuló obediencia y sugirió un compromiso, que consistía en que abandonaría las clases de danza y se matricularía en la Escuela Estatal de Artes y Artesanías de Berlín para estudiar pintura.56 No era el programa de ciencias domésticas que Alfred había deseado, pero estudiar «artes aplicadas» parecía algo sólido, por lo que accedió, aunque con cierta inquietud. Leni hizo un breve despliegue de contrición y reforma, pero lidiaba con sus estudios con tal aire adolescente de martirio y sacrificio que Alfred, notando que la atmósfera se cargaba cada vez más de rebelión, la envió sin dilación al internado. Alfred se cercioró de que la danza no figuraba entre las asignaturas del colegio Lohmann de Thale, en los montes de Harz, pero quizá no se le ocurrió pensar que sí había representaciones teatrales y que Leni, dadas sus desbaratadas ambiciones, se aferraría a ellas como si fueran su salvavidas. Leni se llevó las zapatillas de baile, por supuesto, y se encontró que debía compartir habitación con una chica llamada Hela Gruel,57 cuya pasión por ser actriz había obligado a sus padres a alejarla por completo de las tentaciones de la ciudad. Las dos chicas se aliaron y se levantaban antes de que amaneciera para hacer los ejercicios que exigían sus respectivos futuros con «una especie de fanatismo», según escribió Hela cuando Leni se había convertido ya en alguien acerca de quien escribir. «Quiero llegar a ser alguien muy importante», le confió Leni con grandeza, pero sin especificar, dejando abiertas sus opciones. Según suponía, era probable que la grandeza tuviera algo que ver con el teatro, y temporalmente adoptó el nombre artístico que Hela inventó para ella: «Helene van Riefen.» Lo único que lograron los ejercicios de danza antes del amanecer y las actuaciones teatrales nocturnas de obras de Goethe y Schiller en el teatro al aire libre del pueblo, que olía a pino, fue recalcar la lejanía del ritmo y las oportunidades de Berlín. Leni padeció el tiempo que estuvo en «Siberia»,58 como llamaba al internado, y es posible que se haya dado cuenta de que, en cuanto a los conflictos, ella y Alfred se enfrentaban tan a menudo debido, en parte, a que tenían muchas cosas en común. Leni había aprendido de él a ser tenaz, obstinada y voluntariosa, y también podía encolerizarse, pero podía fingir una sumisión femenina cuando la tác-

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tica exigía dulzura y sonreír, llorar o aferrarse a voluntad. El ejemplo de su madre había sido muy instructivo. Leni había aprendido de ella los usos prácticos de la decepción y las ventajas de contar con un protector, con un promotor. Durante su exilio en el internado Leni resolvió que «nunca, mientras viva, me permitiré convertirme en dependiente de otro ser humano. Mis decisiones serán exclusivamente mías».59 Y como lo único que importaba era «mi propia voluntad», no dudó en volver a negociar con su padre, dando vueltas al asunto, llorando y venciendo la resistencia de Alfred con una sonrisa y otra «idea brillante».60 Leni le propuso volver de «Siberia» a Berlín para trabajar para él como secretaria y confidente personal en su despacho de la Kurfürstenstrasse, donde él podría vigilarla. La propuesta sonaba tan razonable, que Alfred la aceptó. A los diecinueve años, Leni estaba de regreso en Berlín.

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