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Índice

Introducción, 13 I

Un beso secreto

II

III

IV

Un mercado

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Una caja de cuchillos

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Un hombre delgado y un hombre gordo V

Un prisionero

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VI

Una mala costumbre

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VII

Un realista en Roma

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VIII

Una vida de mujer IX

213

Amigos

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Una amante rechazada

X

XI

189

El diseĂąador de laberintos XII

Medianoche en Sicilia EpĂ­logo

305

Algunos protagonistas, 307 Fuentes, 309 Agradecimientos, 313

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I

H

Un mercado

abría pasado una hora desde la medianoche cuando me desperté sobresaltado. El barco seguía vibrando tenazmente en la oscuridad pero yo no podía respirar. Tenía el techo de la cabina a unos pocos centímetros de la cara y en el aire allí concentrado —viciado, salado y húmedo— no había oxígeno. Los pasajeros de las otras tres literas no hacían el menor ruido. A lo mejor estaban muertos. Yo sudaba, aprisionado y paralizado, enterrado en vida. Respirar hondo y con regularidad no me calmaba. Bajé con dificultad, sin usar la escalerilla, y puse el pie sobre un rostro invisible. El pasillo, mal iluminado, no mejoró las cosas. El aire viciado era espeso como el olor de barco a aceite de motor, pintura y salmuera rancia. Encontré una escalera de cámara que llevaba a una cubierta, donde me quedé hasta el amanecer entre los botes salvavidas, todavía agobiado por la calina marina, visible y palpable, pero capaz de respirar. Parecía que en aquella hermosa noche sin estrellas alguien, con una bomba, hubiera dejado sin oxígeno el aire. El verano no había empezado aún. El viaje al sur supuso otras insoportables noches de verano en el Mezzogiorno. Un dosel de quietud muerta, pesada y sin aire se cernía sobre nosotros como una tienda de campaña derrumbada. Por la mañana, al volver a la cabina, vi que alguien había cerrado y atornillado el conducto de ventilación. Daba la impresión de que todo el mundo había tenido una mala travesía. Mientras nos acercábamos al puerto de Palermo, pasajeros elegantemente vestidos se apretujaban como inmigrantes desesperados en el emplazamiento para la pasarela. Intenté imaginarme el lugar al que griegos y fenicios habían llamado al desembarcar Panormo, “todo puerto”, hace tres mil años. Alguien dispuesto a bajar antes que los demás empujaba una silla de ruedas, en la que se repantigaba un idiota babeante, en mitad de aquella multitud a punto de perder la paciencia. Una bandada de monjas parecía a punto de alzar el vuelo. Todos los taxis amarillos alineados en el muelle habían desaparecido cuando desembarqué. Tras tomar varios cafés cerca del puerto, caminé con dificultad rumbo al centro de Palermo, y pasé por

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delante de un concesionario que exhibía media docena de Ferrari nuevos de color rojo. Un poco más allá, los carabinieri habían establecido un control de tráfico. Había carabinieri y soldados, muchos e inquietos. El pequeño hotel de via Maqueda, enfrente del quiosco art nouveau, estaba abandonado. Las ventanas del primer piso estaban rotas o no tenían cristales, y la puerta de madera desconchada que daba a la calle colgaba abierta y desencajada. Volví sobre mis pasos y encontré otro sitio, una madriguera en un tercer piso más cerca del puerto, a la que uno subía en una jaula de metal rechinante. La habitación estaba encima de un mayorista de café y olía a café tostado. En la calle, soldados con uniforme de camuflaje hacían guardia con las piernas muy separadas a la puerta de un edificio sin interés aparente. Uno de ellos captó mi mirada de reojo mientras pasaba y quitó el seguro de la ametralladora. Siete mil soldados habían llegado a Sicilia procedentes del continente durante el verano de 1992. Tres años después, seguían allí. Desde cierto punto de vista, la Operación Vísperas Sicilianas era otra ocupación extranjera, y con un nombre curioso, puesto que recordaba la sangrienta rebelión de los sicilianos en el siglo XIII, contra los ocupantes angevinos que venían de Francia, en la que murieron miles de personas en unos pocos días. El nuevo sitio estaba más cerca aún del lugar al que me dirigía, la panelleria. Lo mejor de Sicilia se remonta en gran parte a la época árabe, y las rebanadas fritas de harina de garbanzos probablemente existan desde el siglo IX. Nunca he visto panelle fuera de Palermo, y casi nunca fuera del mercado Vucciria. La panelleria estaba al final de una callejuela que desembocaba en la diminuta plaza del mercado, una habitacioncita desnuda que daba a la calle y en la que había una mesa para cortar los pequeños rectángulos de masa de garbanzos y una tina de aceite caliente para freírlos. Los panelle eran un alimento barato y austero, pero estaban rodeados de abundancia. Como en algunos platos dulces y sabrosos que tienen de todo, donde lo sabroso se confunde con lo dulce y lo dulce con lo sabroso, platos que parecen hacer realidad el sueño de un hombre hambriento, así los mercados más ricos y abundantes, los más rebosantes, festivos y barrocos, son los de los países pobres, donde siempre flota el espectro del hambre [...] en Bagdad, Valencia o Palermo, un mercado es más que un mercado [...] es una visión, un sueño, un espejismo. El mercado que tenía en la cabeza el escritor Leonardo Sciascia en estas líneas era el Vucciria. Era como un sueño cuando lo encontré, a finales de un verano, hace años. Cada vez que volvía a Palermo, era el primer sitio al que me dirigía. Era una manera de orientarme. Aquella primera vez, veintiún años antes, llegué a Palermo sin mapa viniendo de Enna, en el reseco y desolado centro de la isla, la pro[ medianoche en sicilia ]


vincia más pobre de Italia, y me perdí entre las ruinas de la ciudad vieja. Las bombas destriparon el antiguo centro de Palermo en 1943, en los meses que precedieron la invasión de Sicilia por parte de las fuerzas aliadas. Muchos de los edificios más bellos, palazzi de los siglos XVII y XVIII, cerca de un tercio de los hogares de la nobleza siciliana, fueron destruidos. Otras ciudades europeas fueron bombardeadas en los años cuarenta y muchas, más duramente que Palermo. Pero Palermo era un caso único porque las ruinas del casco antiguo seguían siendo ruinas treinta, cincuenta años después. Todavía se veían escaleras que no llevaban a ninguna parte, el cielo brillaba a través de las ventanas rotas, los matojos de hierbajos crecían en los muros, las vigas de madera sobresalían al aire como costillas de un cadáver en estado de putrefacción; incluso las partes que habían sobrevivido se estaban desmoronando lentamente. Allí vivía más gente en los primeros años de la década de 1970, en los edificios que todavía estaban intactos, o casi, y seguro que era lunes, porque la colada estaba tendida de parte a parte de las callejuelas como banderas restallando y ondeando por todas partes bajo el fuerte sol. Hacía mucho calor. Llegar al Vucciria saliendo de un callejón estrecho y sinuoso era como salir de entre bastidores al escenario en mitad de la representación. El sol de mediodía caía en vertical sobre el minúsculo recinto, y los vendedores habían desplegado toldos de tela de color tierra. La piazzetta del mercado Vucciria era tan pequeña y profunda que para salir por alguno de los lados había que subir un tramo de escalones de piedra, y cuando los toldos estaban levantados no se veía el cielo y todo el mundo se movía bajo una especie de carpa de circo. El sol proyectado sobre la tela rojiza llenaba el espacio de una luz cálida y difusa, y la tela atrapaba e intensificaba el olor de los alimentos que se apilaban frente a los compradores. Aquél era el vientre de Palermo, y también su corazón. El centro visual del recoleto, brillante y casi claustrofóbico teatro, a la vez cerrado y al aire libre, era el gran pescado. En la mesa se veían el ojo negro, el estoque de plata y el arco de la cola de un pez espada de cuyo cuerpo casi no quedaban rodajas que cortar, y tacos de atún de color rojo sangre. El pez espada y el atún estaban flanqueados por muchos pescados más pequeños, caballa limpia y sardinas grandes, y calamar y gambas y pulpo y sepia. No recuerdo haber visto marisco. Recuerdo cómo la difusa luz rojiza del mercado acentuaba el rojo translúcido de la carne de los grandes pescados y el resplandor plateado de la piel de los pequeños. La carne también era de un rojo brillante, más roja que de costumbre bajo aquella luz amortiguada y cálida. La vista apenas se detenía en las hileras de cabezas de cabrito despellejado, y sus profundos y melancólicos ojos negros. Se veían espirales de intestinos de color perla. Carne de caballo, de vaca, de cerdo, de ternera, y escuálidos cabritos y corderos mediterráneos. Pollos de color amarillo pálido atados por las patas de color amarillo brillante, con las crestas rojas y caídas, y pilas de huevos. La fruta y las verduras eran productos de verano [ un mercado ]

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y el sol formaba parte de sus colores. Berenjena morada y negra, calabacín verde pálido y verde oscuro, pimientos rojos y verdes, cajas llenas de tomates San Marzano con forma de huevo. Higos chumbos indios que se contagiaban el rubor, uvas negras, moradas, amarillas y blancas; melones largos, amarillos y dulces, melones chinos redondos y arrugados; tajadas de sandía en rojo, blanco y verde, incrustadas de grandes pepitas negras; melocotones amarillos y percocche, higos morados e higos verdes, pequeños chabacanos moteados. Ramitos de hojas rodeaban la fruta. Tal vez fuera demasiado pronto para las naranjas, pero allí estaban los limones. Tal vez sólo hubiera una clase de higos. Aquel día. Había pan, quesos, sacos de garbanzos, lentejas, alubias y nueces, botellas de aceite y latas de tomate en fila, grandes latas abiertas de anchoas saladas y atún en aceite, bloques de huevas de atún, bodegas y cafés. Más difícil era encontrar manteca del norte, jamón y salami, parmesanos y gorgonzolas. Los odori estaban en un callejón que salía de la piazza, un brillante amasijo de tomillo y orégano y mejorana y romero en ramos polvorientos y medio secos; matas de chiles arrancadas con las hojas todavía verdes y el fruto grueso; chiles más grandes, secos, de un rojo oscuro y lacado, que colgaban como sartas de cuernos contra el mal de ojo; cuerdas trenzadas de ajos, blancos como el papel y con un toque púrpura, con barro seco pegado a los pelos de la raíz; cubos de aceitunas negras y verdes, grandes y pequeñas, en salmuera y aceite, con especias y sin ellas. El puesto olía como una colina de Cerdeña en un amanecer de verano, un concentrado de fragantes matorrales mediterráneos. Enumero estas cosas aquí porque muchas de ellas ya habían desaparecido en 1995. En verano de 1995, el Vucciria era un lugar menguado que decaía lentamente, y en cualquier caso las palabras parecían insuficientes para rememorar la abundancia perdida. Lo que antes se podía encontrar en el Vucciria, y en todos los mercados del sur, eran los frutos compactos, con cicatrices, irregulares y de colores intensos, de una labor agotadora. El significado de estos productos se hallaba en su aspecto, más allá de la semántica. Tal vez una imagen habría sido capaz de expresarlo. Sabor, textura, aquello en lo que cada cosa podía convertirse una vez cocinada y combinada, eran también materia para los ojos. El sabor era forma y color. La frescura se traducía en el brillo del ojo de un pescado, el lustre de una berenjena, la elasticidad de una hoja, la humedad de una mota de estiércol que seguía pegada a un huevo. En el Vucciria no se oían gritos. Aquello no era Nápoles. En Sicilia, la gente se movía con tranquila determinación, y cuando se oía un grito la cadencia era de reproche, no de protesta. Ahora, a causa de la pátina irreal de la memoria y la sensación submarina de toda aquella abundancia de tierra y mar amontonada que resplandecía bajo los toldos, crece el silencio de los compradores y los vendedores, de las amas de casa y los horticultores y los jornaleros. Años después de haber recorrido aquel “sueño de un hambriento”, me enteré de que alguien estaba inmortali[ medianoche en sicilia ]


zando en una imagen su concentrada cosecha, aunque no en Palermo y no del natural. En el verano de 1974, estaba cobrando forma en el sueño de un pintor en el extremo norte de Italia y, cuando el siguiente invierno Leonardo Sciascia escribió sobre los dulces y sabrosos mercados del Mediterráneo, no estaba describiendo el mercado en sí, sino ese cuadro de El Vucciria, ese sueño del amigo de Sciascia, el famoso pintor siciliano Renato Guttuso, que el escritor vio cuando se expuso por primera vez en Palermo, el cuadro que iba a convertirse en símbolo de la ciudad, en la imagen ideal de sí misma. Como suele ocurrir con las imágenes, aquel sueño de abundancia mediterránea y de gente agolpada para consumirla ya no representaba algo real. El mercado y la ciudad vieja que alimentaba estaban decayendo y perdiendo importancia mientras Guttuso los pintaba a kilómetros de distancia. Si yo no hubiera visto el mercado con mis propios ojos cuando me sentí hambriento aquel primer día de verano, ahora dudaría de que hubiera existido. El nombre de Guttuso me hizo dar otro salto atrás de veinte años en el tiempo, a 1954. En Inglaterra, 1954 no fue un año especialmente bueno, a mitad de camino entre la euforia de la coronación y la humillación de Suez. Pero el racionamiento de alimentos acabó en esa fecha, y a finales de año Evelyn Waugh dijo que Italian Food (Cocina italiana) de Elizabeth David había sido uno de los dos libros del año que más le habían gustado. Elizabeth David estaba “abrumada por el elogio”, viniendo como venía “del señor Evelyn Waugh, un escritor cuyos libros me han hecho disfrutar más de lo que soy capaz de expresar”. Estaba especialmente contenta, porque el libro le había dado mucho trabajo. “Tanta pasta. Bastante comida pesada tenemos ya aquí”, habían dicho sus amigos ingleses cuando fue a recoger material. La exasperó al principio la imprecisión preindustrial de los cocineros italianos, luego se sintió embargada por “un febril deseo de comunicación”; volvió finalmente a casa y se quedó helada ante la indiferencia de su editor; pensó que sus dos años de trabajo habían sido en vano. Después, las prometidas ilustraciones de Renato Guttuso, que tanto tiempo había esperado, empezaron a llegar de Roma de una en una y de dos en dos. Para que mi libro tuviera aquellos magníficos dibujos y aquella deslumbrante portada [...] habría sido capaz de pasar por la agonía de volver a escribirlo de principio a fin. Lo que le gustaba era su falta de sentimentalismo. Las cacerolas de aluminio baratas y abolladas, los voraces devoradores de pasta, el brillante y grasiento salami, los manojos de alcachofas: todo era cotidiano, pero Guttuso le infundía una vitalidad arrolladora y bastante peligrosa, porque para este artista incluso la paja que rodea el cuello de un frasco de [ un mercado ]

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vino se deshilacha de un modo claramente amenazante, tanto por su propósito como por su intensidad. En estas líneas Elizabeth David se mostraba tan buena crítica de dibujo como gastronómica. Su libro estaba a la altura de las ilustraciones. Italian Food era un gran himno a la intensidad de los placeres de la comida cotidiana y una continua denuncia de lo inglés en materia de comida, una denuncia que parecía intensificarse con cada nueva edición revisada. Cuarenta años después de su publicación, y habiendo muerto su autora poco antes, Italian Food seguía editándose y aún era una lectura estimulante. La edición de 1995 todavía incluía el apasionado elogio que Elizabeth David hacía de Guttuso, pero el objeto de sus alabanzas había desaparecido. En la nueva edición se habían eliminado las ilustraciones. Sólo quedaban los brillantes colores de los limones en la portada de Penguin. Las demás se habían sustituido por láminas de un manual de cocina del siglo XV. Guttuso había dado otro pequeño paso hacia el olvido. Veintitantos años antes se hallaba en la cúspide de su fama y había pintado El Vucciria. Aquella primera y resplandeciente visión veraniega no fue la única que tuve de Palermo antes de 1995. Hubo otras visitas entre ambas. La segunda fue cinco años después de la primera, a finales de los setenta, un húmedo resto de invierno en el que empecé a ver las sombras de Palermo. Por aquel entonces llevaba dos años viviendo en Nápoles, que era una ciudad fatalmente decrépita pero intacta. La antigua capital del reino borbónico pertenecía a la gente que vivía en ella. Sobre todo, hay que decirlo, gracias a la negligencia. La gente vivía, y muy densamente, en todo el centro de Nápoles. Era una ciudad cuyos habitantes habían tomado posesión de las calles y se quedaban en ellas hasta la madrugada. Era una ciudad cuyos días, semanas y estaciones estaban fuertemente marcados, para todo el mundo, por las horas de las comidas y los días de fiesta y el mar. Si, por ejemplo, era 19 de marzo, era San Giuseppe, y eso quería decir que los zeppole, enormes estructuras estriadas de masa, hechas al horno o fritas, aplastadas en el centro por un pegote de crema pastelera amarilla y una mota de mermelada de cereza amarga, todo salpicado de azúcar glasé, se vendían calientes y recién hechos cada pocos metros. Eso quería decir que en la calle en la que yo vivía, una calle principal del centro comercial, se instalaba inexplicablemente un mercado de animales, lleno de cabras, tortugas, patitos, peces de colores, cachorros y changos. Volví a Palermo a finales de los setenta ya bastante familiarizado con la oferta y los matices de la vida urbana del Mezzogiorno y, en comparación con Nápoles, Palermo era un lugar desolado. Fuera de las horas laborales, en las calles no había más que puertas cerradas y persianas echadas, y nunca pasaba nadie. Por primera vez vi hasta dónde llegaba la destrucción del centro, los escombros, el abandono, sitios que no dejaban adivinar si estaban habitados o no. La lluvia avivaba el olor acre de la viguería podrida. La vida nocturna consistía en coches silencio[ medianoche en sicilia ]


sos desfilando por las calles principales. Lo que más miedo daba era la zona nueva, la parte elegante de la ciudad que yo no había visto antes, abarrotada de grandes bloques de departamentos, alineados uno tras otro a lo largo de la via della Libertà, en lugar de las villas art nouveau y los parques de la belle époque. Me di cuenta de que detrás de la siniestra tranquilidad de Palermo había un montón de dinero, como no lo había en Nápoles. Ingenuamente, pregunté a un par de personas sobre la mafia. Recuerdo el parpadeo educado, perplejo, la mirada interrogativa y la cabeza ligeramente ladeada antes de que mi interlocutor desapareciera. ¿La “mafia”? Aquel primer día de verano en el Vucciria, todo lo que quedaba por encima de los puestos del mercado estaba oculto bajo los toldos desplegados. Hasta una húmeda y triste tarde de la segunda visita en que los toldos estaban recogidos no reparé en que el edificio que ocupaba un lado del pequeño recinto tenía una especie de porche abierto a la altura del primer piso, desde el que se podía contemplar el mercado. Era el Shangai, una casa de comidas a la que se accedía subiendo un estrecho tramo de escalera después de atravesar una diminuta puerta en una callejuela lateral: primero aparecías en la cocina y luego podías salir al balcón. Todo se cocinaba en un horno rudimentario y más bien desaliñado que también estaba en el balcón. Y lo único chino era el nombre. No recuerdo bien si se debía a una remota escala en la época de marinero del dueño. Aquella noche de lluvia y viento cené chipirones rellenos. Yo era el único comensal en aquel balcón mal iluminado, y mientras tanto el dueño, un hombre de pelo blanco, exuberante y un poco entrometido, leía en voz alta sus poemas completos, que estaban escritos en un cuaderno. Su vozarrón resonaba sobre la oscura y desierta plaza del mercado. En verano de 1995, la heroína era una de las mercancías más importantes que se vendían en las cercanías del Vucciria. Cada día se mudaba más gente. Corría mala heroína por las calles de Palermo y los adictos morían como moscas. Había matanzas en el Vucciria y redadas cada pocos días. La víspera, una muchedumbre había rodeado a una patrulla de policías y les había dado una paliza. Llegué al mediodía de un día soleado, y las mesas del porche del Shangai estaban ocupadas por parejas rosadas y grises de la Europa nórdica. Había un equipo de televisión del norte de Italia. Una pareja de muchachas inquietas me dijo que su abuelo no se encontraba bien. No sabían nada sobre el nombre del Shangai. Dijeron que tendría que preguntárselo a él. No sabían cuándo volvería. “¿Y sus poesías?”, les pregunté. ¿Seguía escribiendo poemas? “Está tan ocupado bebiendo vino —me dijo mordazmente la nieta del poeta mientras fregaba el laminado de la mesa con un trapo grasiento— que no tiene tiempo para pensar en escribir poesía.” Lo que yo estaba buscando en realidad eran panelle, de todos modos, y en el Shangai no los había. Bajé a la panelleria y me llené el estómago.

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El saqueo de Palermo parecía algo tan remoto como las Vísperas Sicilianas, pero ocurrió en los años cincuenta y sesenta. La mayor parte se llevó a cabo en cuatro años, a cargo de dos hombres. Cuando los políticos conservadores formaron la Democracia Cristiana, la Democrazia Cristiana, al terminar la guerra en Italia, Salvo Lima y Vito Ciancimino fueron de los primeros en unirse a ella, y escalaron puestos con rapidez. Desde 1945 hasta que todo se vino abajo en 1992, los democristianos estuvieron siempre en el gobierno. Fuera de Italia, la DC tenía el apoyo abierto y encubierto de Estados Unidos, obsesionado con poner freno a la oleada comunista, y dentro de Italia tenía el apoyo de un Vaticano no menos obsesionado con derrotar el ateísmo comunista. Los cimientos del partido, sin embargo, estaban en el Mezzogiorno, especialmente en los amigos de Sicilia. En Sicilia la gente no hablaba de la mafia, pero hablaba mucho de amigos. Y durante los años de posguerra el líder más poderoso de Sicilia fue Salvo Lima, que era más que un amigo. Era un “hombre hecho a la medida”, miembro investido de la Cosa Nostra, obligado por un juramento a servir a los intereses de la mafia de por vida. Siendo el político más importante de Sicilia, era también una de las personas más importantes de Italia. Salvo Lima fue elegido alcalde de Palermo en 1958, que es cuando empezó el saqueo de Palermo, y después de cuatro años en el cargo lo dejó para dedicarse a tareas más elevadas. Fue viceministro en Roma y miembro del Parlamento Europeo. Vito Ciancimino estaba al frente de Obras Públicas con Lima, y luego fue también alcalde de Palermo. Era una pareja interesante. Ciancimino era hijo de un barbero de Corleone, que conservó su apurado bigote de barbero siciliano y su tosquedad campesina mucho tiempo después de trasladarse a Palermo, al terminar la guerra, para dedicarse a la política. En 1984 fue la primera figura pública arrestada, procesada y finalmente condenada por mafioso. En ese momento le fueron confiscados bienes muebles por valor de doce millones de dólares. Por su parte, Lima era casi demasiado poderoso para que le pusieran en una situación incómoda. A partir de cierto umbral, el poder evita las situaciones violentas. Era un pez gordo con el pelo blanco y trajes de seda, y cuando entraba en un restaurante de Palermo, se hacía el silencio y la gente se acercaba a besarle la mano. Los dos trabajaban bien en equipo, a favor de los intereses de los amigos, y la transformación de Palermo en cuatro años no hizo más que demostrarlo. En cuatro rápidos años de trabajo de equipo, esta pareja concedió cuatro mil doscientos permisos para nuevas construcciones en la ciudad. Casi las tres cuartas partes de esos permisos, más de tres mil, fueron concedidos a cinco oscuros personajes, legos o retirados, que servían de tapadera a los intereses de la mafia. Permitieron el deterioro de los edificios del casco antiguo, muchos de ellos magníficos palacios de los siglos XVII y XVIII, y animaron a sus habitantes más pobres a mudarse a bloques baratos construidos por la mafia en las afueras. A los que tenían dinero los metieron en los bloques, más ostentosos, que surgieron sobre las ruinas de las es[ medianoche en sicilia ]


pléndidas villas y los parques a lo largo de una arteria más céntrica, la via della Libertà. En las décadas de 1950, 1960 y 1970, mientras que la población total de Palermo se doblaba, la población del casco antiguo disminuyó en dos tercios. En 1995, a Lima y a Ciancimino ya los habían retirado de escena. Pero su obra seguía en pie. Pasear por la parte nueva de Palermo era como penetrar en la mentalidad de la mafia. Los ciegos bloques de hormigón se habían multiplicado como células cancerígenas. La mentalidad de la mafia era totalitaria y lo dejaba a uno helado incluso en un día de verano. Durante décadas, Italia consumió más cemento per cápita que cualquier otro país del mundo, y la construcción, en Sicilia, estaba en manos de la Cosa Nostra. La construcción, la promoción y las agencias inmobiliarias habían sido el negocio principal de las empresas mafiosas. Ahora eran el lugar donde se blanqueaba el dinero de la droga. Lima y Ciancimino tenían en común algo más que la mafia. Los dos eran hombres de Andreotti. Giulio Andreotti era romano y había ascendido más que nadie en la DC después de la guerra. Era un hombrecito listo, escuálido y jorobado con gafas de lentes muy gruesas, espeso cabello negro y orejas triangulares que sobresalían de la cabeza como las de un murciélago. Era una “rata de sacristía” que se había pasado la guerra en el Vaticano y en las organizaciones de estudiantes católicos y que ascendió, a la sombra del fundador del partido, hasta convertirse en ministro del gabinete en 1947, cuando sólo tenía veintiocho años. Aunque fue miembro de todos los gobiernos italianos que vinieron después, Andreotti nunca fue primer ministro en los años cincuenta y sesenta. Su sector de la DC era muy limitado. Le faltaba una amplia base electoral y por lo tanto carecía de peso en el partido; de seguir así, nunca llegaría a encabezar el gobierno. Era natural que alguien como el diminuto y ascético Andreotti, tan completamente consumido por la ambición de poder, quisiera ampliar su base electoral, y era natural que pensara en Sicilia para conseguirlo. Así que cuando en 1968 Lima fue elegido por una gran mayoría al Parlamento en Roma, Andreotti hizo un trato con él. Antes de formalizar esta alianza, Lima le aconsejó a Andreotti consultar primero con la comisión antimafia del Parlamento italiano, en cuyo informe figuraría luego tan ampliamente. “Sabía que hablaban de mí —diría después— y no quería meterle en un lío. Giulio preguntó y me dijo que todo estaba bien.” Y así estuvo durante años, aunque poco después la comisión parlamentaria identificaría a Lima como elemento central de la estructura del poder mafioso en Palermo. La influencia de Lima en Sicilia le garantizó a Andreotti el primero de sus siete mandatos como primer ministro unos tres años después. Desde entonces, Sicilia fue la base del poder de Andreotti. Once años más tarde, Lima fue elegido, otra vez por aplastante mayoría, al Parlamento Europeo, pero pasó poco tiempo en Estrasburgo. Lo necesitaban en Roma. Lo necesitaban en Sicilia. En aquellos tiempos, Andreotti era “el dios Giulio”, y Lima era el procónsul de Andreot[ un mercado ]

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ti en Sicilia. Durante décadas se le consideró el hombre más poderoso de Palermo. Y, como tal, Salvo Lima pasaba la cálida mañana de primavera del 12 de marzo de 1992 en su villa de color clarete junto a la playa, en Mondello. Recibía aliados y clientes en el salón, en cuya pared colgaba un valioso boceto de Renato Guttuso, un estudio preliminar para el cuadro de El Vucciria, esa celebración del mercado y su vecindad que él, como alcalde, había desangrado casi hasta la muerte. El boceto estaba junto a una foto de Lima con los hermanos Kennedy, Jack, Bobby y Teddy. Aquella mañana, Lima discutía posibilidades con vistas a las elecciones italianas. Iban a celebrarse tres semanas después, y la cosa iba bien. Después de presidir consecutivamente los dos últimos gobiernos, Giulio Andreotti había decidido convocar elecciones. Había una lógica personal muy atractiva tras la decisión de Andreotti de dirigirse a la gente, en la que la gente no contaba para nada. El mes anterior había estallado en Milán un desagradable escándalo de corrupción, y cierto magistrado llamado Di Pietro lo estaba siguiendo de cerca. El asunto estaba destinado a crecer y a ponerse cada vez más feo para los partidos gubernamentales. Era un buen momento para que Andreotti dejara la palestra y se dedicara a más altas tareas. El presidente Cossiga estaba a punto de interrumpir su cada vez más estrafalario mandato como jefe de Estado, para alivio de todos. Depositario de muchísimos secretos democristianos, el presidente se había dedicado en los últimos tiempos a tener ataques de rabia en público y a proferir extrañas, largas arengas basadas en la asociación libre que tenían con los nervios de punta a sus compañeros de partido. Nunca sabían por dónde les iba a salir. Independientemente de si ahora Cossiga iba a saltar o si lo estaban empujando, su retirada significaba que la presidencia y el cargo de primer ministro quedarían disponibles a la vez. Bettino Craxi, el socialista que había disfrutado de dos mandatos enormemente lucrativos durante los años ochenta, estaba ansioso por llegar de nuevo a primer ministro. El más que público pacto secreto era que podía serlo: el quid pro quo para la DC era la apoteosis final de Giulio Andreotti como jefe de Estado. Puede que, diariamente, el presidente tuviera menos poder que el primer ministro, pero hacía y deshacía gobiernos en un país que solía ver al menos un gobierno nuevo al año. El presidente italiano tenía influencias. Así eran las cosas en Italia, y un margen normal de error en el voto popular no habría cambiado nada. Sin duda, Lima pensaba que iba a ser interesante tener línea directa con el presidente. A media mañana se dirigió con dos de sus visitantes al Palace Hotel, donde se había programado una cena electoral con Giulio Andreotti doce días más tarde. El propio Andreotti tenía que llegar al día siguiente para dar comienzo a la campaña en Sicilia. Lima y sus amigos apenas habían empezado a moverse cuando una moto Honda 600 XL con motor de inyección electrónico, en la que montaban dos jóvenes con casco, adelantó a su coche. Desde la moto empezaron a disparar. El coche [ medianoche en sicilia ]


frenó, se detuvo bruscamente, y los tres dignatarios salieron como pudieron. Lima gritó: “¡Ahí vuelven!”, se quitó como pudo el loden verde y echó a correr. Fueron sus últimas palabras. Sus zapatos de piel, suaves como un guante, no estaban hechos para la velocidad, y aquellos muslos blandos llevaban muchísimo tiempo sin correr. Lo siguiente que vieron los otros dos, desde su escondite detrás de un contenedor de basura, fue al honorable Lima boca abajo en el suelo, muerto. Le habían disparado limpiamente en el cráneo desde muy cerca, en un ligero ángulo. Los asesinos dejaron acurrucados tras la basura a los otros dos potentados de la DC, uno de los cuales era un profesor de filosofía, a quien Lima estaba arreglando un nombramiento al consejo directivo de los ferrocarriles nacionales, y se fueron sin prisas. “Los amigos ya no le tenían ningún respeto”, diría más tarde Gioacchino Pennino, un médico de Palermo, hombre de honor y miembro de la DC que se convirtió en el primer pentito político. En el informe que acusaba a la Cosa Nostra del asesinato, los fiscales describieron a Lima como “el embajador de la Cosa Nostra en Roma”. Esto no se dijo inmediatamente. “Salvo —explicó un colega cercano, eligiendo sus palabras de homenaje muy poco después del crimen y explotando hasta el límite la abstracción latina— era un hombre de síntesis.” No dijo de qué. El prestigio de Lima en la DC era tan innegable que algunos se sintieron obligados a ir a Palermo para asistir a su funeral, por mucho que detestaran la idea por culpa de las preguntas que la gente empezaba a hacerse sobre las relaciones del gobierno con la mafia. El presidente italiano, todavía el democristiano Cossiga, dijo al principio que aquél era claramente un crimen de la mafia, que no tenía nada que ver con el Estado y que él no iba a presentar sus últimos respetos. Algo o alguien le hizo cambiar de idea, y los presentó. También estaba allí el secretario de la DC. Y el primer ministro Andreotti, que tal vez había hecho algo para convencer a los demás de que fueran. La gente se quedó pasmada ante el aspecto encogido, aterrorizado y humillado del primer ministro durante el funeral de Lima. El ministro de Justicia en aquel momento, Claudio Martelli, recordaba dos años después a Andreotti tras el asesinato de Lima: “Tenía la cara aún más cerúlea que de costumbre. Estaba aterrorizado, ya fuera porque no lo entendía, o porque lo entendía muy bien”. Acurrucado dentro de su grueso abrigo, Andreotti parecía una vieja tortuga intentando retraerse al interior de su caparazón. Con los nervios de punta por el vínculo constante que los medios de información establecían entre su nombre y el de la última víctima de la Cosa Nostra, su “cadáver más distinguido”, el primer ministro Andreotti dijo con brusquedad unos días más tarde que era “realmente absurdo repartirse hasta a los muertos entre facciones políticas”. La presidencia se le estaba escapando de las manos, la única cosa que siempre había deseado y nunca había podido conseguir. Lo nombraron senador vitalicio como premio de consolación, “por sus distinguidos servicios a la República”. Pero no ser presidente ya no era lo peor. Seguro que Andreotti tenía que considerar aquel asesinato como un presagio. [ un mercado ]

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Uno de los primeros en llegar al lugar del asesinato de Lima fue Paolo Borsellino. El ayudante de la oficina del fiscal de Palermo, abanderada del esfuerzo siciliano contra la mafia, se detuvo mirando el cadáver y sacudiendo la cabeza. Borsellino sacudía la cabeza porque, mientras otros seguían preguntándose qué político había pedido desde Roma a los amigos que se encargaran de Lima en Palermo, él comprendía que la mafia acababa de poner fin a sus cuarenta y cinco años de relación con la DC. Fue el amigo de toda la vida y colega antimafia de Borsellino, Giovanni Falcone, quien expresó el cambio en palabras. El crimen no lo había ordenado un político. En la primavera de 1992, los políticos ya no estaban al mando. “Ahora es la mafia la que quiere dar las órdenes —dijo Falcone—; y si los políticos no obedecen, la mafia decide actuar por su cuenta.” Falcone y Borsellino tenían una relación con Lima que iba mucho más allá de los intereses profesionales que ambos habían desarrollado durante la década precedente, cuando formaban el más formidable equipo de magistrados que rastreaba a la aún más temible Cosa Nostra en Palermo. Falcone y Borsellino habían crecido en el Palermo de Lima, separados por unas cuantas calles del casco antiguo, en el barrio conocido por su antiguo nombre árabe, La Kalsa, que estaba entre el Vucciria y el malecón. Tanto la familia de Falcone como la de Borsellino se habían visto obligadas a abandonar sus casas a causa de “regulaciones zonales” en los años cincuenta. Falcone y Borsellino eran hijos de la vieja, asediada y mezquina burguesía del Mezzogiorno. El padre de Falcone solía alardear de no haber tomado nunca un café en un bar, y el hijo fue siempre escrupuloso a la hora de evitar los contactos sociales comprometedores que la mayor parte de los habitantes de Palermo encontraban inevitables. Pero los muchachos habían crecido entre los mafiosos de la zona urbana deprimida, habían ido al colegio con ellos, los conocían al dedillo, y fue este íntimo conocimiento de la cultura, los valores y el modo de pensar de la mafia lo que les permitiría mucho más tarde, cuando fueron jueces, establecer contacto humano con mafiosos en crisis, ganarse su respeto y convencerlos para cambiar de bando. En los años ochenta había mafiosos en crisis porque la organización misma estaba en crisis. Los valores de la mafia estaban en crisis. Al mismo tiempo que la Cosa Nostra acumulaba en Palermo una riqueza sin precedentes gracias al tráfico internacional de heroína y cocaína, sus antiguas estructuras y amistades se habían desmoronado por culpa de la ascensión de un clan mafioso inusitadamente brutal y traicionero de fuera de la ciudad, la familia de Corleone y su jefe Salvatore Riina, al que los hombres de honor llamaban tío Totò. Cuando los mafiosos en crisis empezaron a colaborar, permitieron que Falcone y Borsellino comprendieran en detalle, por primera vez en la historia, la hasta entonces secreta organización llamada Cosa Nostra, cuya existencia habían negado durante décadas sus amigos con [ medianoche en sicilia ]


intereses en el gobierno, la judicatura, la Iglesia y los medios de información. El resultado de esta colaboración fue una gigantesca derrota judicial para la organización, un proceso en masa que empezó a mitad de la década de los ochenta, cuyas fases de apelación habían durado seis años, y que había recibido la final y casi inesperada sanción del Tribunal Supremo dos meses antes de la muerte de Salvo Lima. Falcone y Borsellino pagaron un alto precio por su triunfo, sobre la Cosa Nostra. Habían trastornado demasiados intereses. El gran juicio de Palermo había condenado a cientos de líderes mafiosos. Había ratificado su tesis de que la Cosa Nostra era una única organización. Pero tras las primeras condenas, en 1987, Falcone se había visto entorpecido por celos profesionales y oscuras maniobras, hasta el punto de no poder encabezar la sección antimafia de la investigación judicial ni continuar su trabajo a finales de los ochenta. La sección misma fue desmantelada, y sus esfuerzos se dispersaron. Falcone había escapado por muy poco de morir en un atentado con bomba, obra de “inteligencias altamente refinadas”, según sus propias palabras, y de informantes en puestos muy elevados. A Borsellino lo transfirieron a Marsala, un peligroso destino, en un área de Sicilia occidental con mayor densidad de actividad mafiosa que el propio Palermo y centro del tráfico transatlántico de heroína. En abril de 1991, Falcone fue enviado a Roma para dirigir una nueva oficina en el ministerio de Justicia, y Borsellino acabó volviendo a Palermo a finales de año para hacerse cargo del antiguo trabajo de su colega. Todo el mundo consideró el traslado de Falcone a Roma una derrota o una rendición, tanto sus colegas como, según se supo después, la Cosa Nostra. Un antiguo mafioso llamado Gaspare Mutolo explicó más tarde que “el ambiente se relajó con el fin de la sección antimafia [...] y luego con el traslado de Falcone a Roma. Lo consideraron menos peligroso para la organización [...] nosotros decíamos en broma que terminaría de embajador en algún país sudamericano”. Poco después, la Cosa Nostra se dio cuenta de su error. Empezaron a llegar nuevos decretos desde Roma ahora que Falcone se hacía oir en el despacho del ministro Martelli. En menos de un mes entraba en vigor una nueva ley sobre la circulación del dinero y menos de otro mes después una ley sobre la influencia de la mafia en el gobierno local. Seis meses después de la llegada de Falcone, se organizó el grupo policial que coordinaba la investigación antimafia, y un mes más tarde se creó la fiscalía nacional antimafia. Se establecieron secciones antimafia por distritos, se promulgó una ley contra el crimen organizado, se dejó de aplicar el arresto domiciliario a los mafiosos que apelaban la condena. Medida tras medida, Falcone estaba poniendo la justicia italiana en condiciones de perseguir sistemáticamente el crimen organizado por primera vez en la historia. “Poco a poco empezamos a comprender que el doctor Falcone se estaba volviendo aún más peligroso en Roma de lo que lo había sido en Palermo.” Las elecciones de abril de 1992 que siguieron al asesinato de Lima fueron un desastre para los partidos en el gobierno. La DC obtuvo el menor porcentaje de [ un mercado ]

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votos de su historia, y el pacto para que Andreotti fuera presidente se vino abajo. Andreotti llevaba a Lima colgado del cuello como un albatros. Craxi estaba envuelto en el escándalo de corrupción. La votación de presidente se hizo interminable. Falcone había sido nombrado para un nuevo puesto como “fiscal supremo” de todos los casos relacionados con la mafia, pero también esta iniciativa se quedó atascada en la parálisis general mientras el gobierno de Italia se derrumbaba. El 19 de mayo Falcone dijo, alarmado: “La Cosa Nostra nunca olvida. El enemigo siempre está ahí, esperando para atacar [...] tenemos que actuar con rapidez para crear la oficina del fiscal supremo [...] y ni siquiera logramos ponernos de acuerdo para elegir al presidente de la República”. Cuatro días después, en la tarde del sábado 23 de mayo, Falcone y su esposa, la magistrada Francesca Morvillo, volaron en secreto a Palermo en un avión del gobierno. Falcone siempre volvía a Palermo los fines de semana. El avión aterrizó a eso de las seis de la tarde y los Falcone fueron recibidos por su escolta de tres coches y siete guardaespaldas. Tres de ellos subieron al primer coche. Tres más al último. En el coche de en medio, Falcone se sentó al volante con Francesca Morvillo a su lado, y ordenó al conductor que se sentara detrás. Era una leve infracción del procedimiento, una pequeña indulgencia. Antes, un helicóptero los precedía siempre para vigilar la carretera que llevaba a la ciudad, pero la seguridad se había reducido para ahorrar dinero y el convoy se internó con rapidez en la autopista, sin vigilancia aérea. Punta Raisi es uno de los aeropuertos más peligrosos del mundo. Situado en el extremo más occidental de Palermo, cubre el final de la estrecha franja que se extiende entre el mar azul cobalto y la sierra que rodea la ciudad. La autopista corre paralela a la costa, un poco hacia el interior, permite captar atisbos del mar a un lado y olivares bajo los salientes rocosos al otro, hasta que en las cercanías de la ciudad las casas y las pequeñas fábricas llegan a ocultarlo todo. Unos días antes, a su paso por Capaci, un suburbio controlado por la mafia, alguien, sirviéndose de un patín, había metido cinco kilos de explosivo plástico en un túnel de desagüe bajo la autopista. Cuando el convoy de Falcone pasó camino de Palermo aquel sábado al atardecer, un grupo de hombres de honor llevaba algún tiempo vigilando el tráfico. Habían serrado algunas ramas de olivo para ver mejor y habían cubierto el suelo de colillas de Merit. Cuando el primer coche pasó sobre el túnel de desagüe, el jefe Giovanni Brusca hizo detonar el explosivo por control remoto. “El infierno se abrió delante de nosotros —dijo un conductor que seguía al convoy—; una explosión aterradora [...] una escena del Apocalipsis [...] gritos de terror [...] un silencio irreal.” La explosión mató instantáneamente a los tres ocupantes del primer coche. Los guardaespaldas del último coche sólo sufrieron heridas leves. En el coche de Falcone, en mitad del cráter, Francesca Morvillo estaba inconsciente, con los ojos abiertos mirando al cielo. La cara de Falcone era “una máscara de sangre”, movía la cabeza, su cuer[ medianoche en sicilia ]


po estaba atrapado. El conductor, en el asiento trasero, estaba herido, pero vivo. Falcone murió cuando llegó al hospital. Francesca Morvillo se despertó por un instante, preguntó: “¿Dónde está Giovanni?”, perdió el conocimiento otra vez y murió esa misma noche. “Sigo teniendo una cuenta pendiente con la Cosa Nostra —había dicho Falcone el año anterior—; la saldaré con mi muerte, natural o no.” Paolo Borsellino llegó a urgencias a tiempo para verlo morir. Salió y abrazó a su hija “con el semblante extraviado, helado; había envejecido visiblemente en unos pocos minutos”. Lloró, y su hija también; y ella lloraba, además, por lo que le había oído decir miles de veces: “Giovanni es mi escudo contra la Cosa Nostra. Lo matarán primero, y después me matarán a mí”. En el funeral, Giorgio Bocca, un duro y escéptico periodista que no solía admirarse ante nada, vio a Paolo Borsellino colocar la mano sobre el ataúd de Giovanni Falcone, “con su toga negra y la camisa blanca bordada, y por primera vez me pareció bellísimo, como un antiguo caballero jurando fidelidad sobre su compañero caído”. Bocca también creyó ver algo nuevo, o algo viejo renovado, en aquel momento público. Hacía años que no veía rostros de italianos honrados y valientes, sólo máscaras grotescas y grasientas de un poder mediocre y corrupto; hacía años que no veía el dolor y la rabia de la gente [...]. Vi los rostros de los jóvenes, muchísimos jóvenes, como si acabaran de despertar de un largo sueño... Paolo Borsellino sabía que le quedaba poco tiempo. Falcone se había convertido en un mártir a la italiana y Borsellino se dio cuenta de que “por lo visto la gente piensa que yo soy un santo”. Los neofascistas lo propusieron como presidente, los ministros de Justicia e Interior querían que se encargara de la labor de fiscal supremo que se había impedido llevar a cabo a Falcone, y lo único que Borsellino quería era dar con los asesinos de Falcone en el tiempo que le quedaba. Nuevos hombres de honor, horrorizados por los asesinatos, querían contarle sus historias, y él escuchó e intentó aprender todo lo que pudo. Sus testigos más recientes le dijeron que la Cosa Nostra estaba haciendo tanto dinero con la droga y los contratos del gobierno que era incapaz de blanquearlo con la suficiente rapidez. Habían alquilado un departamento para llenarlo de billetes de banco, una especie de almacén de dinero. Borsellino nunca había trabajado tanto, más todavía que durante el gran juicio. Su familia nunca lo veía. Cuando se levantaban por la mañana ya se había ido, y volvía cuando estaban dormidos. “Parecía llevar la muerte en los ojos”, dijo un colega. Su ayudante de fiscal afirmó que “era un hombre con una prisa tremenda [...] alguien que sabía que sus horas estaban contadas [...] sentía que se le acababa el tiempo”. A mediados de julio, la prensa anunciaba “el final de un régimen”. La corrupción que estaba saliendo a la luz en Milán era mayor de lo que nadie habría imaginado, y la clase gobernante se iba a pique. El 19 de julio era domingo, y antes de [ un mercado ]

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amanecer Borsellino escribió una carta al profesor de un colegio explicándole su amor por Sicilia, su sentimiento del deber ante la difícil situación de la isla, su confianza en la creciente concientización de la gente joven. Ese domingo de verano salió de la ciudad con su mujer, dio un paseo en barco con unos amigos y comió con otros amigos. Por la tarde volvió a Palermo escoltado por seis guardaespaldas. Quería ver a su madre, que estaba sola aquel día. Las visitas de Borsellino a casa de su madre en via D’Amelio los fines de semana habían llegado a ser algo casi predecible, pero no quería renunciar a ellas. Había coches estacionados en torno a la entrada del bloque de departamentos, a pesar de la petición previa de que se despejara el lugar por razones de seguridad. Los tres coches avanzaron; cinco agentes, cuatro hombres y una mujer, rodeaban a Borsellino con las ametralladoras preparadas. Cuando Borsellino apretó el timbre de la entrada, la explosión de un coche bomba lo hizo volar en pedazos junto con las cinco personas que lo acompañaban, destruyó todos los departamentos que daban a la calle hasta el cuarto piso, a pesar de que el edificio estaba a unos diez metros de la calzada, y rompió las ventanas hasta el piso undécimo. Unos días después Antonino Caponnetto, el anciano fundador de la sección antimafia de la magistratura de Palermo, de cuyo gran juicio eran epílogo los acontecimientos de 1992, llegó de Florencia y lloró en las ruinas de via D’Amelio. “Todo se ha acabado —dijo el anciano—, todo se ha acabado.” Pero no era así.

Catorce años antes, rumbo a Sudamérica a finales del verano europeo, hice una escala para volver a visitar el Mezzogiorno y acabé instalándome en Nápoles. En la primavera de ese año, el exprimer ministro italiano Aldo Moro había caído en una emboscada y había sido secuestrado por los terroristas de las Brigadas Rojas. Iba camino del Parlamento para la toma de posesión de otro gobierno conservador de la DC, encabezado por Giulio Andreotti, un gobierno para el que el propio Moro había ganado de manera sorprendente el apoyo del enorme partido comunista italiano, el PCI. Tras el asesinato de su conductor y sus guardaespaldas, Moro estuvo prisionero durante un par de meses en un lugar secreto en el centro de Roma, y luego fue también asesinado. La larga prisión de Moro, el completo fracaso del gobierno a la hora de encontrarlo o de hacer algo para salvar su vida, fueron acontecimientos extremadamente desconcertantes. El gobierno había disfrazado su inactividad de intransigencia, como si defendiera el Estado negándose a pactar con el terrorismo. Conociendo el estado de su Estado, los italianos recibieron estos argumentos con escepticismo. Aun así, la etapa terrorista no fue una época corriente. Mientras yo aprendía el idioma seguí el debate, y el agravamiento de una crisis que parecía completamente ideológica, con interés e imparcialidad. Luego empezaron a ocurrir otras cosas. Un año después del asesinato de Moro, encontraron a un periodista llamado Pecorelli muerto de un disparo en una ca[ medianoche en sicilia ]


lle de Roma. Estaba a punto de publicar un artículo sobre el sucesor de Moro como primer ministro, Giulio Andreotti. Un nuevo papa, que tenía intención de limpiar las enmarañadas finanzas del Vaticano, había aparecido muerto en la cama de las habitaciones papales un mes después de su elección. El siguiente papa fue herido de un disparo en la plaza de San Pedro tres años más tarde. La banca vaticana estaba en ese momento en gigantesca quiebra, y al síndico de la banca de Milán que la había ocasionado, designado por el gobierno, lo habían matado de un tiro en la calle. Un avión de pasajeros italiano que volaba de Génova a Palermo con ochenta y nueve personas a bordo fue abatido en el Mediterráneo, y nunca se identificó el origen del misil. Una bomba mató a ochenta y cinco personas en la estación de Bolonia. Se descubrió una logia masónica secreta que planeaba un golpe de Estado. Entre sus miembros se contaban docenas de líderes políticos, magistrados, jefes de las fuerzas armadas y personal del servicio secreto, periodistas y propietarios de medios de información. Al general que había eliminado el terrorismo de izquierdas lo enviaron a Palermo, y menos de tres meses después él y su mujer eran asesinados. En un par de años, cientos y cientos de personas murieron en tiroteos en Nápoles y Palermo. Se produjo otra bancarrota aún mayor en Milán, la peor del mundo desde la guerra, y a su responsable lo encontraron colgando del puente de Blackfriars en Londres. A su mentor, Michele Sindona, el artífice de la quiebra anterior, lo hallaron muerto por envenenamiento con estricnina en su celda de una prisión de alta seguridad. Otra bomba mató a dieciocho personas en el tren Nápoles-Milán. En un coche estacionado en Nápoles encontraron la cabeza cortada de un abogado. Y así siguieron las cosas. Estos acontecimientos y la manera en que se desarrollaban tenían cierto poder de fascinación, puesto que nunca se explicaba ni se resolvía nada. Parecían atisbos del funcionamiento de algo más grande, algo enorme y espantoso que se expandía en la oscuridad. Eran misterios salpicados de misterios, no necesariamente menores, sólo que vistos más fugazmente o de un modo más imperfecto, con actores más oscuros protagonizando acontecimientos menos espectaculares y por lo tanto menos capaces de competir por la atención. Muchos actores de este interminable culebrón no habían entrado a formar parte del drama como actores, sino como observadores, informadores, investigadores de la verdad. Había magistrados, periodistas, policías, abogados, gente que, en su intento de contrastar los hechos, se había visto arrastrada a formar parte de la historia, y que normalmente acababa haciendo en ella el papel de fiambre. Otros nunca caían. Aparecían en un episodio tras otro. Muchos parecían no tener relación entre sí, aunque uno creía percibir una continuidad oculta. Lo que hacía falta era un índice, una clave para todas las mitologías, un teorema, una Gran Panorámica en la que encajaran todos los detalles. Desde luego, nunca encontré algo así. En los años ochenta, Falcone y Borsellino utilizaban la información que les ofrecían los exmafiosos para elaborar un teorema de [ un mercado ]

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la Cosa Nostra, un análisis que relacionara y explicara los mil misterios del crimen organizado en Sicilia. Ahora hacía falta algo todavía mayor, algo que abarcara también la vida secreta de la República italiana y los otros misterios satélites de Estados Unidos y el Vaticano y el Este. El nombre que más se repetía en los cuentos entrelazados de las mil y una noches de Italia era el de Giulio Andreotti. Había sido miembro de casi todos los gobiernos de la República italiana desde los años cuarenta. Había sido primer ministro durante buena parte de los años setenta. Era primer ministro aquella desastrosa primavera de 1992 en que todo se fue a pique. Hasta ese momento, lo llamaban automáticamente “la mente política más aguda de Europa”. Era un superviviente, un ganador. Por supuesto, su nombre seguiría repitiéndose. También sonó durante aquel efervescente e inestable interregno que vino tras el derrumbamiento. Exhombres de honor empezaron a hablar de sus examigos políticos. Y sobre todo del senador vitalicio Andreotti. Se contaban largos e intrincados relatos sobre la historia secreta del crimen y la política en Italia, y los magistrados que los escucharon encontraron abundante confirmación objetiva. Mientras elaboraban una tesis relacionando historias y pruebas, todos los antiguos nombres e incidentes de los años ochenta empezaron a casar unos con otros. El político Moro y su muerte. El banquero Sindona y su muerte. El periodista Pecorelli y su muerte. El general Dalla Chiesa y su muerte. Y todos los demás misterios de vivos y muertos empezaron a encajar en torno a la diminuta y envejecida figura del hombre de Estado más longevo de Europa. Tras catorce años, tras las masacres de 1992, me había ido de Italia definitivamente, pero no pude resistir la tentación de regresar en 1995, porque iban a juzgar a Andreotti a finales de verano. Lo iban a juzgar en Palermo por asociación con la mafia, y unas semanas más tarde en Perugia por asesinato. Disponía de cierto tiempo en Palermo antes de que empezara el juicio de Andreotti, y tenía algunas preguntas que hacer. Volví al Vucciria al día siguiente y subí al Shangai a comer, y desde el balcón vi a un joven muy delgado escudriñando un pescado. Lo inspeccionaba con lupa, y hablaba animadamente con el vendedor. Minutos después se dirigió a otro puesto y paseó rápidamente la mirada sobre las mercancías. Después se acercó a otro. Los pescaderos parecían conocerlo. Era joven, delgado, vestido más bien pobremente, regateaba y los vendedores lo trataban con cierto respeto. Evidentemente, pensaban que merecía la pena convencerlo. Tendría veintipocos años y llevaba un gorro bordado magrebí. Hacía unos cuantos días que no se rasuraba. Observé perezosamente sus movimientos entre los puestos de pescado de la placita, hasta que alguien me puso delante con estrépito las sarde alla beccafica. Son sardinas frescas que se abren antes de cocinarlas para rellenarlas de pescado. Probablemente se llaman así porque se parecen a esos pajaritos, los papafigos, tiempo ha desaparecidos como la mayoría de los pájaros italianos, y que a Byron le encantaba comer. [ medianoche en sicilia ]


Cuando bajé la mugrienta escalera, todavía estaba allí. Era tan delgado que desde ciertos ángulos casi desaparecía de vista. Ya se había decidido a comprar, aunque no a un único vendedor, un sarago, filetes de emperador y sardinas frescas. Salió de la plaza por una callejuela que trazaba una curva pronunciada, y yo lo seguí. Pocos metros más adelante se metió en un callejón todavía más estrecho a la derecha y desapareció por una puerta que se abría a la izquierda. Entró en una cocina y habló con un cocinero más o menos de su edad, bastante más corpulento, con gafas y aspecto serio. Luego, la puerta se cerró. Un poco más allá, el callejón daba a una minúscula piazza delante de una iglesia abandonada y en ruinas. Un par de coches estacionados ocupaban casi todo el espacio, pero al otro lado habían rodeado con pesados tiestos de barro dos inmensas sombrillas de impoluta lona blanca. Debajo había dos mesas y algunas sillas vacías. Un gran escalón de piedra llevaba ante una puerta de cristal cerrada. En mitad de la sucia piazzetta, el mobiliario parecía limpio y nuevo; aunque, aparte de un enorme y mugriento gato persa dormido en el escalón, no había señales de vida. Parecía el restaurante cuya cocina estaba en el callejón. Subiendo por una callejuela empinada, llegué a la piazza San Domenico. Decidí volver a aquella piazzetta.

El nombre de la villa, el que había en el fax que me habían enviado a Sidney desde Palermo, me recordaba vagamente algo. Pero el lejano recuerdo no cobró forma hasta que no llegué unas semanas más tarde. Aún no había oscurecido del todo y el camino se extendía hacia adelante, muy blanco y encajonado entre altos muros. Nada más salir de la propiedad de los Salina podía verse a la izquierda, medio en ruinas, Villa Falconeri, que pertenecía a Tancredi, su sobrino y pupilo. Un padre derrochador, casado con la hermana del príncipe, había dilapidado toda su fortuna y luego había muerto. Fue una de esas ruinas totales en las que llegaron a fundir hasta el hilo de plata de las charreteras de la librea de los criados [...]. Dejaron atrás Villa Falconeri, cuya enorme buganvilia caía como una cascada sobre la reja formando olas de seda episcopal y le confería, en la oscuridad, un ilícito aire de opulencia. Mientras su carruaje traquetea camino de una aventura erótica en Palermo, el príncipe de la novela de Tomasi di Lampedusa El gatopardo pasa junto a una villa. Ahora, la ciudad casi se ha tragado el modelo original, aunque todavía lo protegen sus propios terrenos, el parque Favorita y el gran promontorio de Monte Pellegrino. Los lectores que recordaban el esplendor de las buganvilias reconocían de inmediato la Villa Niscemi. La auténtica casa nunca estuvo en ruinas, y uno de sus últimos habitantes, un niño llamado Fulco que llegó a convertirse en el último du[ un mercado ]

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que de Verdura, recordaba a un primo lejano que de vez en cuando iba a jugar con él, que al crecer llegó a ser duque de Palma y príncipe de Lampedusa y que escribió “una novela famosa”, aunque el duque de Verdura la consideraba “históricamente incorrecta”. El duque recordaba a su primo como “un niño gordo, silencioso, con grandes y soñolientos ojos orientales, a quien no le gustaban los juegos al aire libre y que era tímido con los animales”. “Nadie podría haber imaginado —anotó el duque con aspereza— que en un remoto futuro iba a ser el autor de una obra maestra.” El duque escribió que Tancredi y Angelica, los sofisticados personajes interpretados por Alain Delon y Claudia Cardinale en la película de Visconti basada en El gatopardo, estaban inspirados en sus abuelos maternos. “Anoté cierto número de errores de hecho, pero al fin y al cabo, alterar los hechos es privilegio del novelista.” En las memorias de infancia que el duque publicó, primero en inglés con un título sacado de Lewis Carroll, The Happy Summer Days (Los felices días de verano) y que sólo después hizo imprimir en una versión italiana que me regaló en Palermo, no entraba en detalles sobre sus discrepancias con la póstuma y novelada versión de la historia familiar que escribió su primo, pero allí sonaba una nota que volví a oir con insistencia en el tiempo que pasé en Palermo. La nota era acusatoria, y el asunto era ser correcto o incorrecto. El problema era la materia con que se hacía la historia, el prestigio del hecho, el peso del detalle y la conciliación de diferentes versiones del mismo asunto. Era el problema de la interpretación, la cuestión del significado. El duque de Verdura aludía a simples hechos, una lista de puntos que corregir, en un tono que ponía en duda la manera entera que tenía su primo de estar en el mundo. Lo mismo hizo Leonardo Sciascia cuando la novela apareció. El duque discrepaba de Lampedusa sobre la familia, y Sciascia sobre Sicilia, y ambos ponían objeciones a su manera de entender la historia. En Palermo, en 1995, las distintas formas de entender el mundo eran lo importante. El juicio que estaba a punto de empezar, acabara como acabara, y no acabaría en años, iba a revisar necesariamente una gran parte de la historia conocida de Italia desde la guerra. En Nápoles, justo antes de que yo embarcara en el ferry nocturno a Palermo, el editor Tullio Pironti me había dado un ejemplar de su último libro. Era un volumen de gran formato y de novecientas setenta y tres páginas que habría roto la muñeca de cualquier escritor, impreso en papel blanco de buena calidad, y que debía de pesar un par de kilos. La portada era azul, con el contorno de la península italiana y de sus islas trazado en blanco. El título, impreso en la parte superior en pequeñas y sobrias letras amarillas, era La vera storia d’Italia (La verdadera historia de Italia). Un subtítulo decía: “Interrogatorios, testimonios, pruebas, análisis. Gian Carlo Caselli y sus ayudantes reconstruyen los últimos veinte años de historia italiana”. Este libro gigantesco era una versión editada del testimonio principal que los fiscales habían reunido contra Andreotti. Acepté obedientemente [ medianoche en sicilia ]


aquella monstruosa colección de declaraciones legales. La abrí y me quedé petrificado. Cuando desembarqué en Sicilia, La vera storia d’Italia se había convertido para mí en un talismán. La Historia iba a juicio. Los años en que yo había vivido en el sur de Italia, desde los últimos setenta a los primeros noventa, cuando el poder de Andreotti estaba en su punto máximo, eran exactamente los años, de 1978 a 1992, en que, para citar las conclusiones preliminares de los fiscales en la página 9 de La vera storia d’Italia, las relaciones entre el senador Andreotti y la Cosa Nostra duraron —de forma ni contingente ni ocasional— desde 1978 por lo menos hasta 1992, y pueden confirmar materialmente el cargo de miembro de una organización mafiosa. En 1995, en Palermo, había que hacerse algunas preguntas sobre la materia de la historia, y quién la hacía, y cómo eran las cosas. Hacía mucho tiempo que había muerto el último duque de Verdura. En cualquier caso, había dejado Italia muchos años antes. Cuando acabó su feliz infancia, sirvió como oficial del ejército en la primera guerra mundial, y antes de que empezara la segunda se había instalado en Hollywood, y luego en Nueva York. Resultó que tenía temperamento de artista, y dotes sociales de las que carecía su tímido y torpe primo. Pronto empezó a diseñar espléndidas joyas y se hizo cargo de la joyería de Coco Chanel. Se convirtió en el joyero de la beautiful people de Estados Unidos y Europa, y en una beautiful person ante litteram, entre cuyos clientes estaban la duquesa de Windsor, Salvador Dalí, Rita Hayworth y Marlene Dietrich. Volvió a Europa para escribir sus memorias y morir y ocupó el último sitio que quedaba en la cripta familiar, en la catedral de Palermo. Las princesas que heredaron Villa Niscemi también vivían en Estados Unidos, y en 1987 se la vendieron al ayuntamiento de la ciudad. Incluso la buganvilia que llameaba fugazmente en la oscuridad en las primeras páginas de El gatopardo había desaparecido cuando llegué a las rejas de Villa Niscemi y crujió la gravilla del camino bajo el sol de mediodía. Leoluca Orlando, el alcalde de Palermo, me había invitado a comer.

Sería menos oficial, menos solemne, pero ésta no era la primera visita de un australiano que recibía Orlando. Unos años antes, el embajador de Australia en Roma había decidido visitar, durante su periodo de servicio, todos los lugares de Italia desde los que la gente había emigrado a Australia. Desde luego, su itinerario se volvió más denso y complejo a medida que viajaba hacia el sur y se internaba en el Mezzogiorno, los territorios del antiguo reino borbónico de las Dos Sicilias. Estas pobres y prolíficas regiones de difícil pasado habían contribuido ampliamente a la Europa que pobló América y Australia. El embajador recorrió la región de Campania que [ un mercado ]

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rodea Nápoles, la antigua capital del reino, a dos horas de coche al sur de Roma; visitó Apulia, en el tacón de la bota italiana; Calabria, en el dedo más meridional de la península; la pobre y minúscula Lucania, encerrada entre las otras tres. Y por fin llegó a la isla de Sicilia. Su capital, Palermo, la otra gran ciudad del antiguo reino borbónico, está casi tan cerca de África como del extremo de lo que los sicilianos llaman “el continente”, y mucho más cerca de Túnez que de Roma. Fue en Calabria donde el embajador se vería en apuros. Todas estas regiones, exceptuando Lucania y hasta hace muy poco Apulia, tenían una larga historia de crimen organizado. Esa historia había formado parte de una larga y nefasta historia de ocupación extranjera, explotación y abandono. Los Borbones españoles, que estuvieron allí hasta la época de Garibaldi y la unificación italiana hace poco más de un siglo, sólo eran los últimos en una sucesión de invasores que se remontaba a los antiguos griegos y a los fenicios, hace casi tres mil años. Desde el punto de vista de los habitantes de la zona, el gobierno nacional en Roma no supuso un gran adelanto. Para Roma, el sur siempre había sido “el problema del Mezzogiorno”. Las actividades y organizaciones criminales se desarrollaron de modo muy diferente en cada región. La criminalidad volátil y urbana de la camorra napolitana era muy distinta a las actividades de la antigua mafia rural en el interior de Sicilia, y la ’ndrangheta calabresa tampoco tenía nada que ver con las otras dos. Pero en todos los casos había una clase criminal parásita que se había instalado en los intersticios entre gobernadores y gobernados, explotando a ambos. La criminalidad, como cualquier empresa con éxito, cambiaba con los tiempos, y esas organizaciones se volvieron urbanas y multinacionales, conglomerados enormemente ricos y poderosos. La mafia siciliana, la Cosa Nostra, dominaba la criminalidad europea y una parte de la economía europea. Las demás eran aliadas que operaban bajo una especie de acuerdo de franquicia regional. La mafia más activa en Australia era la ’ndrangheta calabresa, y la ’ndrangheta operaba en el terreno más impenetrable de Italia. En la montañosa y boscosa sierra del Aspromonte que partía la región en dos mitades como una espina dorsal, la ’ndrangheta seguía una política de secuestros y rescates. En el Aspromonte los prisioneros estaban seguros durante meses y años, mientras sus familias intentaban reunir las decenas de millones de dólares que costaba su liberación. Los carceleros tenían poco que temer de las operaciones militares de búsqueda que organizaban los carabineros. De vez en cuando, un industrial otrora acicalado, ahora casi olvidado, bajaba tambaleándose de las montañas para recibir el consternado abrazo de sus allegados tras pasar años viviendo en una cabaña, encadenado como un perro, comiendo de latas. Puesto que las ganancias de estos secuestros se invertían en las plantaciones de marihuana de Nueva Gales del Sur, y puesto que los beneficios de éstas, en torno a los sesenta millones de dólares al año cuando se empezó a hurgar en ellas a finales de los setenta, volvían a Calabria, era la ’ndrangheta la que más cuentas [ medianoche en sicilia ]


tenía que ajustar con las autoridades australianas. La criminalidad calabresa era, en palabras del portavoz de la comisión parlamentaria antimafia, “una presencia tradicional en Australia [...] junto con la de los inmigrantes honrados”. El embajador era totalmente consciente de la situación cuando emprendió su viaje, pero se asustó cuando el gobierno italiano se negó a garantizarle el salvoconducto a través de grandes zonas de territorio calabrés. Éste estaba bajo el control de la ’ndrangheta y el gobierno de Roma le prohibió cortésmente que incluyera aquellas zonas en su gira de buena voluntad. El embajador no se esperaba algo así a finales del siglo XX en Europa occidental. De hecho en esa época, a finales de los años ochenta, el recién nombrado alto comisionado antimafia había tenido que informar que el Estado italiano ya no controlaba todo su territorio nacional. “En muchas zonas de Sicilia, Calabria y Campania, el crimen organizado domina de manera absoluta el territorio”, dijo. El alcalde de Palermo, Leoluca Orlando, dijo que la Cosa Nostra “estaba comprando el Estado italiano, trozo a trozo”. En esa época el gobernador del Banco de Italia informó de que el crimen organizado estaba “contaminando todo el mecanismo económico nacional”. En esa época el organismo de gobierno nacional de los magistrados italianos, a cuyo frente estaba el presidente de Italia, dijo que la justicia en Palermo era “imposible”, y un magistrado de la sección antimafia de Palermo afirmó que la Cosa Nostra tenía “el control capilar de todos los barrios de Palermo”. El embajador consiguió llegar a Sicilia, y Orlando lo recibió oficialmente. La Cosa Nostra no tenía nada en particular contra el gobierno de Australia, y la visita de su representante pasó desapercibida. No obstante, la Cosa Nostra sí tenía algo contra Leoluca Orlando, y es probable que el embajador se hubiera sentido aún más inseguro del control gubernamental del territorio si le hubieran enseñado los veintiocho chalecos antibalas que colgaban pulcramente en el armario del alcalde, listos para que el personal y los visitantes se los pusieran en caso de ataque. El alcalde de Palermo, el disidente democristiano y antimafioso Leoluca Orlando, había sido condenado a muerte. En una cumbre mafiosa en 1987, el jefe de la Cosa Nostra, Salvatore Riina, había promulgado tres sentencias de muerte. Los condenados eran Giovanni Falcone, Paolo Borsellino y Leoluca Orlando. Seis meses más tarde el ayudante de Riina, Baldasare Di Maggio, recibió dos bazookas, dos AK-47, uno de ellos con lanzagranadas, y dos contenedores de explosivo plástico. Le dijeron que eran “para matar a Falcone, Borsellino y Orlando”. El armamento se ocultó en una tumba en el cementerio de San Giuseppe Jato, no muy lejos de Palermo. La familia de San Giuseppe, encabezada por Bernardo Brusca y su hijo Giovanni, era el aliado más antiguo e íntimo del grupo de Riina, que procedía de Corleone y que ahora controlaba la Cosa Nostra. Falcone y Borsellino tenían que morir por el gran juicio. La ofensa de Orlando era política. “Estaba hablando demasiado sobre la familia mafiosa.” [ un mercado ]

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Librarse de ellos era más fácil de decir que de hacer. Las víctimas señaladas sabían mucho sobre los procedimientos de quienes se proponían matarlas. Sin embargo, no había prisa. Cuando llegara el momento, los quitarían a los tres de en medio. Para Falcone, el momento casi llegó a principios del verano de 1989. Había alquilado una casa en un acantilado junto al mar en Addaura, y un día de junio, justo antes de que sus movimientos top secret lo llevaran allí en su segunda visita aquel año, sus guardias de seguridad descubrieron una bolsa de submarinismo de Adidas abandonada como por descuido entre las rocas, delante de la casa. Cuando la abrieron, encontraron cincuenta y ocho cartuchos de explosivo plástico y un detonador de control remoto. Se suponía que nadie sabía que Falcone estaba a punto de llegar, ni que con él venían algunos invitados para darse un baño y comer, unos magistrados suizos que estaban inspeccionando cuentas bancarias de la Cosa Nostra. Uno de los procedimientos de la mafia era aislar y desacreditar a un representante del Estado antes de eliminarlo. Así era más fácil liquidarlo y disminuían las represalias. En aquella época Falcone era una figura aislada y vulnerable, que hacía poco se había visto calumniado por una campaña de cartas anónimas por parte de un colega celoso, y que era atacado tanto de manera abierta como encubierta por partes interesadas desde la judicatura y el gobierno. Cuando el atentado contra su vida fracasó, algunos murmuraron que no había sido auténtico, o que lo había planeado él mismo para despertar simpatías. No obstante, Falcone recibió una asombrosa expresión de solidaridad; y fue la primera en llegar una llamada telefónica, a primera hora de la mañana, del honorable Giulio Andreotti para felicitarle por haber escapado de milagro. La llamada no tranquilizó a Falcone en absoluto. Al día siguiente se lo contó a un par de amigos, también jueces, “con cierto nerviosismo”. Falcone nunca se había visto con Andreotti, ni había tenido tratos con él. Como siciliano y como estudiante de la cultura mafiosa, a Falcone le preocupó mucho esa llamada telefónica. En la página 150 de La vera storia d’Italia de Tullio Pironti, leí que uno de los jueces a los que Falcone confió la anécdota testificaría después que me dijo que cuando lo mataran tendríamos que averiguar quién había enviado la primera corona de flores para su ataúd. Explicó que era una costumbre muy extendida en los crímenes de la mafia [...]. Creía que la llamada del honorable Andreotti subrayaba el aislamiento en que se encontraba [...] Giovanni me dijo que para salvar la vida tenía que llegar a conocer de verdad a sus enemigos políticos... El otro juez añadió que después de aquello, entre nosotros tres la mención de la llamada del honorable Andreotti se convirtió en una especie de señal cifrada para indicar [ medianoche en sicilia ]


quién había ordenado un crimen o cualquier otra estrategia para arrebatarle a alguien el poder. La Cosa Nostra mató finalmente a Falcone y a Borsellino, pero estos asesinatos tuvieron muchas y curiosas consecuencias. Una de ellas fue el arresto, once meses más tarde, de Salvatore Riina, que había estado viviendo cómodamente en Palermo mientras todos creían que llevaba veinticuatro años “huyendo de la justicia”, por decirlo así. “¿Tú quién eres?”, fue la primera pregunta de Riina cuando lo empujaron al suelo en una calle de Palermo. Lo primero que le pasó por la cabeza fue un golpe de poder dentro de la Cosa Nostra. No se le ocurrió que, después de tantos años, aquella gente pudiera ser de la policía. Dio un suspiro de alivio. El hombre que estaba a cargo del comando secreto de policía que perseguía a Riina era el mismo que cinco años antes había recibido sus órdenes de matar a los tres. Baldasare Di Maggio se había dado cuenta de que Riina estaba a punto de matarlo a él también. Riina era así con sus íntimos.

Leoluca Orlando seguía vivo y estaba dispuesto a hablar y a comer en Villa Niscemi en un caluroso día de septiembre de 1995. En la entrada de la villa los funcionarios iban de aquí para allá como criados de la familia, y por un momento esperé ver aparecer a un niño desdeñoso en traje de marinero con los perros de la casa y una preocupada gobernanta irlandesa. Me llevaron por la escalera de principios del siglo XVIII, dejando a mi paso una hilera de reyes de Sicilia con el entrecejo fruncido, hasta una habitación más pequeña que probablemente había sido la “habitación del teléfono” del niño Fulco, la que había descrito como el centro de la vida familiar. Después de esperar sobre un terciopelo rojo que se estaba pelando, me hicieron pasar a la biblioteca. Orlando irrumpió en ella con un traje gris oscuro que le hacía parecer pequeño y sombrío. Había adelgazado mucho. Cinco años antes era un hombre con aspecto de oso preocupado que llevaba un traje arrugado, con un mechón de cabello negro que le caía sobre la cara. El descuido de Orlando, en el contexto italiano de agentes de poder del partido gobernante con lustrosos trajes de seda, calcetines vaporosos y brillantes zapatos de salón negros, despertaba una profunda simpatía. Lo mismo que su manera de hacer oídos sordos a los insultos que amontonaba sobre él el presidente Cossiga. Cossiga, otro potentado del partido gubernamental con un oscuro y secreto pasado, encarnaba de maravilla la arrogancia senil de un fin de régime, a la vez que ese talento clerical para lo furtivo que siempre había caracterizado al partido de la Iglesia, y que ahora se había perdido entre vagos sueños de resurrección. Por aquella época Orlando tenía muchas dificultades con sus compañeros democristianos, además de con el jefe del gobierno. Hijo de un abogado de la clase dirigente [ un mercado ]

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de Palermo, había sido un muchacho listo, había estudiado en Heidelberg, se había dedicado de forma natural a la política y se había unido inevitablemente a la DC. Como era un hombre testarudo y de principios, pronto había tenido problemas, pero les había hecho frente. Claire Sterling lo describió así tras sus primeros años en el cargo: En cuatro años, el esfuerzo había transformado a un joven creyente lleno de esperanzas en una figura cansada, desgarrada, con tristes cicatrices de guerra. Era el primer reformador desde hacía un siglo que duraba tanto en el cargo... Lo estaba desahuciando demasiado pronto. Orlando volvió a la lucha. Rompió con el partido gobernante italiano porque en Sicilia era el partido de la mafia y ya no era posible reformarlo. En 1991 formó la Rete, la red, una asociación antimafia que sería el núcleo de un nuevo partido político. Puesto que, políticamente, la DC tenía el sur de Italia en un puño, Orlando demostró un gran valor. Entonces nadie imaginaba que una pequeña investigación sobre corrupción en Milán haría caer el régimen. Tampoco podía prever Orlando que los asesinatos de Falcone y Borsellino instigarían a la gente a luchar contra la Cosa Nostra. En las elecciones de 1990, el primer ministro Andreotti había pedido con insistencia a los sicilianos que no votaran a Orlando en Palermo, aunque era el candidato número uno del partido de Andreotti. En aquella época, la palabra de éste todavía era ley en la DC, aunque algo estaba empezando a cambiar. “La gente entendió el mensaje y todo el mundo me votó”, me contaba ahora Orlando. Por su parte, en 1989 éste se había negado a encabezar una lista de la DC al Parlamento Europeo si incluía a Salvo Lima, porque Lima era mafioso. Obligada a elegir, la DC eligió a Lima. “Todo el mundo sabía que Andreotti era el protector de Lima —contaba Orlando ahora—; y todo el mundo sabía que Lima era el portavoz político de la mafia. Lima era el eslabón entre Andreotti y Riina, entre el pensamiento político de la mafia y los asesinos, los jefes.” Todo el mundo sabía que en Sicilia, cuando había elecciones, la mafia organizaba los votos, barrio por barrio, a favor del candidato que mejor representaba sus intereses. De manera casi invariable, el candidato era democristiano. La inevitable ruptura final de Orlando con el partido del gobierno venía gestándose desde hacía mucho tiempo. “Yo hablé en contra de Andreotti cuando nadie se atrevía a hacerlo.” Simplificaba un poco en su teatralidad, pero no mucho. La rareza de Orlando en los años ochenta fue ser un democristiano que era a la vez cristiano y demócrata. Después de que primero Falcone y luego Borsellino fueran asesinados en 1992, a Orlando le rogaron que se fuera de Sicilia durante una temporada por su propia seguridad. Él dijo: “Si me matan quiero que la gente sepa que no ha sido sólo la mafia”. Se refería a “los amigos de los amigos”, los políticos de los que nadie más hablaba todavía al tratar de las matanzas de aquel año. Se quedó en [ medianoche en sicilia ]


Palermo y durmió en los barracones de los carabinieri. Cuando se presentó otra vez candidato a la alcaldía de Palermo en 1993, consiguió más de las tres cuartas partes de los votos en la primera ronda. Dos años más tarde, cuando yo fui a verlo, sus esperanzas de convertir la Rete en un partido nacional habían decaído, igual que su popularidad. No es que pareciera deprimido. Se dejó caer en un sofá y empezó a hablar del último duque de Verdura, el joyero de las estrellas. Estuvo comunicativo. Era el escenario, la villa y el jardín. Dijo que, al abandonar la administración de la ciudad y salir del centro para residir en Villa Niscemi, se había vuelto más reflexivo. Le encantaba estar allí. Orlando manifestaba un pesimismo extravagante respecto al juicio de Andreotti. “Desde luego, estaré allí el primer día. Solicitando una condena en nombre de los habitantes de Palermo.” La administración municipal se había declarado “parte interesada” e iba a estar representada en el juicio. A pesar de todo, Orlando afirmaba que aquel juicio “era un fracaso”. “Es como Nuremberg. La justicia del vencedor.” Yo pensé que había algo que decir a favor de Nuremberg, a pesar de todos sus errores. Había que ofrecerle a la historia un cálculo estimado. Había que adjudicar responsabilidades, aunque fuera de modo imperfecto. “Es un fracaso político —insistió—; tendríamos que habernos ocupado de Andreotti cuando todavía estaba en el poder. Igual que tendríamos que haberlo hecho con Hitler.” Era difícil estar en desacuerdo con aquello. Y, hundido en un sofá entre los incunables de la familia del duque, Leoluca Orlando, que había sido el profesor de derecho más joven en la historia de la Universidad de Palermo, me dio una lección sobre la mafia y la política en la Italia de posguerra. Dijo que el juicio nunca se habría celebrado si no hubiera caído el muro de Berlín, si la Unión Soviética no se hubiera desintegrado. Intenté poner objeciones, matizar, poner en duda... “En cierto sentido, cuando Andreotti habla de una conspiración internacional contra él —me interrumpió Orlando— tiene razón. Ya no disfruta de la protección internacional que tuvo durante todos esos años de guerra fría. Ahora que el miedo al comunismo ha desaparecido, los estadunidenses ya no lo necesitan.” No tenía sentido intentar convertir aquello en un diálogo. Orlando ni siquiera me miraba ya. Parecía haber olvidado mi presencia. Tenía la vista fija en algún punto distante e imaginario más allá de la pared de la biblioteca. “La mafia no es sólo una organización criminal. No es sólo gente con pistolas. Es un sistema de poder, y al final de la guerra se convirtió en el sistema político legal y formal de Sicilia. Los estadunidenses lo introdujeron. Todo empezó en 1943...” Fuera, el sol acababa de sobrepasar el cenit y una deslumbrante luz blanca envolvía el promontorio irregular y los verdes jardines que había al pie de la villa. El viento estaba en calma. El profesor Orlando alzó la voz más todavía, sopesó sus cadencias y gesticuló dirigiéndose a algún lugar por encima de mi hombro. Ya no estaba hablando conmigo. Me hundí, olvidado, en un diván bajo. Orlando estaba hablando con la Historia. [ un mercado ]

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