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Primera edición: noviembre de 2022

Diseño de la colección: Laura Zuccotti

Maquetación: Endoradisseny

© 2022, Susanna Isern, por el texto

© 2022, Ariadna Oliver, por las ilustraciones

© 2022, la Galera, SAU Editorial, por esta edición

Dirección editorial: Pema Maymó

Edición: Anna López

La Galera es un sello de Grup Enciclopèdia

Josep Pla, 95

08019 Barcelona

www.lagaleraeditorial.com

Impreso en Tallers Gràfics Soler

ISBN: 978-84-246-7192-1

Depósito legal: B-7.016-2022

Impreso en la UE

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que pueda autorizar la fotocopia o el escaneado de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.

Ariadna Oliver Ilustraciones de El rescate de la Selkie

Susanna Isern

1 La visita

C

onoces esa horrible sensación de no poder dormir a aleta suelta porque tienes la intuición de que alguien te vigila? Pues eso es lo que me pasaba a mí desde que la tía Beta tuvo la brillante idea de adoptar al «pobre e indefenso» (léase en tono irónico) Zor.

Desde que el hijo del traidor (ya sabes, el profesor Shark, quien había sido expulsado de Sirenópolis por conspirar) se había instalado en nuestra casa, su actitud había cambiado de forma muy sospechosa. Si antes era un engreído e insoportable chuleta dispuesto

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a hacerme la vida imposible, ahora se comportaba como un adorable calamarcito morado de ojos tristones. Pero a mí no me engañaba, ¡Zor era un tiburón con escamas de pececillo!

—¡Buenos días, Aqua! —dijo Zor—. Llegas justo a tiempo. El desayuno está casi listo.

—Zor ha madrugado mucho para preparar tortitas.

—Sonrió la tía Beta.

—Son de frutos rojos del mar y pepitas de alga —explicó Zor.

Manta colgaba de sus hombros como si fuese un delantal, Pulpi reposaba en su cabeza a modo de sombrero de chef y Crusti le sostenía el cucharón con una pinza. Zor no solo había logrado engatusar a la tía Beta, sino también a mis mascotas.

—¡Yo paso! —exclamé—. No me gustan las tortitas.

—No deberías perdértelas —dijo la tía con la boca llena—, están deliciosas.

He de reconocer que olía a las mil maravillas y que las tortitas tenían una pinta impresionante. Pero

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¿quién sabe?, ¿y si Zor les había echado veneno de avispa de mar o de pez piedra para quitarme de en medio? No podía bajar la guardia hasta que averiguara cuáles eran sus verdaderas intenciones.

Tras el «no desayuno», regresé a mi habitación. Era el único sitio en el que me sentía a salvo de la mirada intrusa de Zor, porque eso es lo que era para mí: ¡un intruso! Me senté en el escritorio, busqué la llave que escondía debajo de un coral y abrí el cajón donde guardaba las cosas importantes. Saqué mi diario, allí anotaba mis aventuras con los Protectores del Océano, sentimientos, reflexiones, secretos… y, desde que había descubierto la historia de mis padres, todos los avances de la investigación que estaba llevando a cabo. No es que fuera Aqua Marina Poirot, pero me empleaba a fondo para saber de una vez por todas si

Hidra y Bahari, como así se llamaban mamá y papá, seguían con vida y, si era que sí, cuál era su paradero.

En las últimas semanas había seguido varias pistas, sin embargo ninguna de ellas me había llevado

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