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EXTERMINAD A TODOS LOS SALVAJES SVEN LINDQVIST TRADUCCIÓN DE CARLOS KRISTENSEN

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Título: Exterminad a todos los salvajes © Sven Lindqvist, 2004 Edición original: Utrota varenda jävel, Albert Bonniers Förlag, 1992 De esta edición: © Turner Publicaciones SL, 2021 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com Primera edición Colección AZ: Septiembre de 2021 De la traducción: © Carlos Kristensen Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45). ISBN: 978-84-18895-09-8 Depósito Legal: M-20302-2021 Impreso en España

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com Exterminad a todos (7).indd 174

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ÍNDICE

Prólogo.......................................................................................... vii Agradecimientos............................................................................. ix Prefacio a la edición en inglés......................................................... xi I Hacia Insalah................................................................................. 3 Una avanzada de la civilización...................................................... 13 Hacia Ksar Marabtine..................................................................... 31 II Los dioses de las armas................................................................... 39 Hacia Tam...................................................................................... 63 Los amigos..................................................................................... 69 III Hacia Arlit ..................................................................................... 85 Los descubrimientos de Cuvier....................................................... 93 Hacia Agadez................................................................................. 103 El nacimiento del racismo............................................................... 117 Espacio vital, espacio mortal........................................................... 135 Hacia Zinder.................................................................................. 155 Notas ............................................................................................. 167

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PRÓLOGO

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a reflexión más importante derivada de obras como la presente puede sintetizarse en la afirmación de que nada de cuanto existe parecería carecer de historia. En efecto, aquí se expone y desmenuza un aspecto –y sólo uno– del colonialismo europeo,* el sometimiento de África y la adjudicación a este continente de papeles protagónicos, y sufrientes, en uno de los tantos períodos nefastos por los que atravesó el desarrollo de Occidente. Cabría preguntarse, de forma esperanzada, si la muestra de la crueldad con la cual, sistemáticamente, ha tratado el género humano a las partes más débiles de su propio elenco, no conducirá, algún día, a cambios de conducta en la humanidad capaces de originar una nueva actitud de respeto y comprensión para con los “otros” o los “demás” menos afortunados que la completan. No lo creemos. En cambio, da la impresión de que la historia de la barbarie humana se enmascara tras la variación de los procesos y de los actos en los que se encarna. Si bien tales actos de barbarie resultan equivalentes para una observación objetiva de sus métodos y resultados, ellos son lo suficientemente diferenciados entre sí como para permitir a los diversos grupos culturales, económicos o religiosos autojustificarse en desmedro de los otros grupos a los cuales se carga con toda la responsabilidad y las acusaciones, de manera tal que la atención colectiva se concentre en los atropellos del grupo o período elegido permitiendo el oscurecimiento de actitudes similares de los restantes. Sin embargo, hay otro factor que se suma a este lado oscuro de la conducta colectiva: el del cambio, que conlleva una aparente dulcificación de las costumbres, vuelve los actos de una época pasada en horrorosos para el presente, que los juzga desde una óptica más “humanizada”. La tortura que amputaba miembros es reemplazada por la aplicación de * La frase revela que, en definitiva, la historia no resulta ajena a la brutalidad.

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la corriente eléctrica (con las ventajas de su mayor higiene y de que apenas deja rastro), la horca, que desfiguraba al ejecutado, por la inyección letal (da al rostro una apariencia de sueño), el tráfico de esclavos, por el de órganos comprados a precios irrisorios a familias menesterosas (niños vaciados del Tercer Mundo versus vida prolongada del Primer Mundo), trabajo infamante, insalubre, agobiador en el sureste asiático, en tanto las jornadas laborales del mundo más desarrollado se distienden... Europa se enriqueció en relación inversamente proporcional a las zonas que supo colonizar: caucho, plata y oro; marfil y pieles; vegetales (papa, maíz, quinua, plátano, tomate, pimiento, cacao, etc.) y animales que la salvaron de la hambruna y produjeron una verdadera revolución alimentaria a escala mundial; servidumbre o mano de obra esclava para explotar las minas o los sembradíos, para no citar sino algunos de los tantos aspectos aberrantes que caracterizaron los procesos de colonialismo, pero no sólo a éstos.* Sería superfluo reiniciar la discusión acerca de si las sociedades se enferman arrastrando en su deterioro a sus componentes o si éstos trasladan a ellas sus patologías. En última instancia, es el hombre en su estricta individualidad quien soporta la presión de una economía que no le permite satisfacer sus necesidades mínimas con dignidad o de un sistema ideológico que lo obliga a odiar al otro o a temerlo. El hecho del signo cultural bajo el cual haya nacido es anecdótico cuando el cuerpo sufre y la vida carece de horizonte. Sin embargo, la propia historia aludida al comienzo ha sido la encargada de convertir lo anecdótico en esencial, de adecuar la existencia a las prerrogativas de los poderosos hasta llegar al extremo de nihilizarla. De esto dan cuenta las páginas siguientes. Carlos Enrique Berbeglia Buenos Aires, octubre de 1996

* Lo único que las potencias coloniales no lograron comercializar de manera directa en América, por ejemplo, fue la materia prima para la elaboración de cocaína, hoy consumida por amplios sectores de la sociedad mundial. ¿Habrá que ver en este hecho el verdadero motivo de la estigmatización con la que se persigue su difusión con tanto ahínco?

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HACIA INSALAH

1 Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos hace falta es el coraje para darnos cuenta de lo que sa­­bemos y sacar conclusiones.

2 Tademait, “el desierto de los desiertos”, es la región más muerta del Sahara. Hasta la más mínima brizna de vegetación está ausente. Toda vida ha desaparecido. Lo único que se encuentra en el terreno es el barniz negro y brillante del desierto, que el calor ha hecho brotar de las piedras. El autobús nocturno, el único autobús entre Elgolea e Insalah, tarda siete horas en completar el corto viaje. Se lucha codo a codo por los lugares para sentarse, con un par de docenas de soldados, de toscos borceguíes, que aprendieron sus técnicas para hacer colas en los cursos de lucha cuerpo a cuerpo del ejército argelino, en Sidi-bel-Abbes. Aquel que, bajo uno de sus brazos, lleva la esencia del pensamiento europeo empacada en una vieja computadora está, por ello, en desventaja. Junto a la bifurcación del camino hacia Timmimoun sirvieron un caldo de patatas calientes con pan, desde un agujero en una pared. A partir de aquí concluye el asfalto destrozado por el tránsito y el autobús continúa a través del desierto sin caminos. Es simplemente una doma. El autobús se comporta como un potro que aún no ha sido domado. Con los vidrios castañeteando y los elásticos quejumbrosos, el autobús se bambolea, cabecea y salta hacia adelante, y cada sacudón se traslada a la computadora que llevo en 3

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las rodillas y a mis discos intervertebrales que parecen un montón de cubos de un juego para armar. Cuando ya no soporto estar sentado, me cuelgo de la barra del techo o me quedo en cuclillas, con las rodillas flexionadas. Esto es lo que me temía. Esto es lo que he buscado largamente. La noche es fantástica bajo la luna. El desierto blanco va corriéndose hacia atrás, hora tras hora: piedras y arena, piedras y grava, grava y arena, todo junto, reluciente como la nieve. Hora tras hora. Nada sucede hasta el instante en que, de pronto, una señal de fuego flamea en la oscuridad, para que uno de los pasajeros haga detener el autobús, se baje y empiece a caminar, derecho hacia adelante, en el desierto. El sonido de sus pasos desaparece en la arena. Él mismo desaparece. Incluso nosotros desaparecemos en la blanca oscuridad.

3 ¿La esencia del pensamiento europeo? Sí, existe una frase, una corta y simple frase, apenas tres, cuatro palabras, que compendian nuestra parte del mundo, nuestra humanidad, toda la historia de nuestra biosfera desde el Holoceno hasta el Holocausto. No dice nada sobre Europa como el hogar originario del humanismo, la democracia y la sociedad del bienestar sobre la tierra. No dice nada sobre todo aquello de lo cual, con razón, estamos orgullosos. Expresa tan sólo la verdad que nosotros desearíamos olvidar a toda costa. Yo he estudiado esta frase durante varios años. He recopilado un material inmenso, que jamás he de tener tiempo para revisar. Yo debería desear desaparecer en algún lugar, en este desierto, donde nadie pudiese alcanzarme, allí donde tuviese todo el tiempo del mundo. Desaparecer y no regresar hasta haber comprendido lo que ya sé.

4 Desciendo en Insalah. La luna ya no alumbra. El autobús se lleva sus luces consigo y desaparece. A mi alrededor la oscuridad es compacta. Fue en las afueras de 4

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Insalah que el explorador escocés Alexander Gordon Laing fue agredido y atacado. Recibió cinco tajos en la coronilla y tres en la sien izquierda. Uno de los tajos, en el lado izquierdo de la mandíbula, le atravesó el maxilar y le cortó la oreja. Una terrible herida en la nuca le rasguñó la laringe. Un tiro en la cadera había raspado su columna vertebral. Tres tajos en el brazo y en la mano derecha, tres dedos quebrados, los huesos de la muñeca machacados… En algún lugar lejano resplandece un fuego en la oscuridad. Empiezo a arrastrar penosamente mi pesada computadora y mi aún más pesada maleta de viaje en dirección a la luz. La arena rojiza llevada por el viento cruza el camino. En la ladera, se acumula en bancos. Camino diez pasos, descanso, camino otros diez pasos. La luz no se aproxima. Laing fue atacado en enero de 1825. Pero el terror es intemporal. Thomas Hobbes, en el siglo xvii, sentía tanto terror frente a la soledad, frente a la noche y la muerte como yo. “Hay hombres que son tan crueles –le dijo a su amigo Aubrey– que disfrutan más matando a un hombre que tú matando a un pájaro.” El fuego parece estar aún igual de lejos. ¿Debo depositar aquí mi computadora y mi maleta para poder moverme más fácilmente? No. Me siento en el polvo y espero el amanecer. Ahí abajo, cerca del suelo, me alcanza de pronto una ráfaga que lleva en sí el aroma de la madera ardiendo. ¿Nos resultan más intensos los aromas del desierto porque son tan excepcionales? ¿Se vuelve más concentrada la madera en el desierto, de modo que huele más al arder? Lo cierto es que el fuego, que a los ojos aparece tan lejano, de pronto está muy cerca de mi nariz. Me levanto haciendo un esfuerzo para continuar. Finalmente llego, con un fuerte sentimiento de victoria, a donde están los hombres acuclillados en torno del fuego. Saludo. Pregunto. Y me entero de que estoy en el rumbo totalmente equivocado. Sólo me queda marchar en la dirección contraria, me dicen. Sigo mi rastro hacia atrás, hasta la parada donde me bajé del autobús. Después sigo hacia el sur en la misma oscuridad.

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5 “El terror permanece para siempre –dice Conrad–, un hombre puede aniquilar todo dentro de sí, el amor, el odio, la fe y aun la duda, pero en tanto siga aferrado a la vida, no podrá aniquilar el terror.” Hobbes habría asentido. Allí se tienden la mano el uno al otro a través de los siglos. ¿Por qué viajo tanto si soy terriblemente miedoso frente a los viajes? ¿Por qué viajaba Arthur Lindkvist que era tan miedoso como yo? ¿Quizá buscamos en el miedo un grado aun mayor de sensación vital, una forma más intensa de existencia? Tengo miedo, luego existo. Cuanto más miedo tenga, más existo.

6 En Insalah existe sólo un hotel, grande y caro: el hotel estatal Tidikelt. Cuando finalmente lo encuentro, no tiene otra cosa que ofrecer que un oscuro y helado cuarto, al lado del sistema de calefacción que hace ya mucho tiempo ha dejado de funcionar. Todo es como suele ser en el Sahara: el hedor de un fuerte producto desinfectante, el chillido de las bisagras sin aceitar de las puertas, las cortinas semidescolgadas. Reconozco una vez más la oscilante mesa cuya cuarta pata es más corta, y la corrosiva capa de arena sobre el escritorio, sobre las mantas de la cama, sobre la palangana. Reconozco la canilla que, abierta del todo, empieza lentamente a gotear hasta que, cuando ha llenado hasta la mitad el vaso del cepillo de dientes, se detiene con un suspiro. Vuelvo a la cama hecha con dureza militar, que no admite clase alguna de pies, al menos no en ángulo recto con las piernas, cama que ha asegurado la mitad de las mantas debajo, de tal modo que éstas sólo alcanzan hasta el ombligo, todo para defender hasta el final la intangible virginidad de las sábanas de lino. De acuerdo: ¡Hay que viajar! Pero ¿por qué justamente hacia aquí?

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7 Ruido de pesados mazazos que golpean contra la laringe. Un ruido crujiente como de cáscaras de huevos, seguido de un gorgoteo como el de los moribundos que desesperadamente tratan de conseguir más aire. A media mañana despierto finalmente, todavía vestido con toda mi ropa. El lecho está rojizo por la arena que he traído conmigo desde el autobús. Cada golpe sigue atravesando una laringe. El último atraviesa la mía.

8 El hotel está enterrado en un médano de arena, solitario, en un camino desierto, en una meseta desierta. Camino pausada y pesadamente en la arena profunda. El martillo de sol golpea implacablemente. La luz es tan enceguecedora como la oscuridad. El aire estalla contra mi rostro como un delgado carámbano de hielo. Toma una media hora ir hasta el correo que, por su parte, está tan lejos del banco como del mercado. La vieja ciudad se acurruca en sí misma, inaccesible al sol y a las tormentas de arena, pero su parte nueva está ralamente dispersa y trata, con moderna planificación estatal, de aumentar la desolación sahariana. Las rojioscuras fachadas arcillosas del corazón de la ciudad se animan con blancas columnatas y portales, blancas almenas y mojinetes. El estilo es el llamado “sudanés”: “negro”, por Bled es Sudan, que significa “la tierra de los negros”. En la propia construcción hay un estilo fantástico, creado por los franceses para la Exposición Universal de París en 1900 y que, después de esa fecha, ha sido trasplantado aquí, al Sahara. La ciudad moderna es de cemento gris, “estilo internacional”. El viento sopla del Este. Lo siento ardiente, punzante en el rostro, cuando regreso al hotel. Aquí predominan los choferes de larga distancia y los extranjeros. Más que nada los alemanes. En viaje “hacia arriba” o “hacia abajo”, como en una escalera. Todos se interrogan mutuamente acerca de los caminos, la gasolina, el equipamiento. Todos están poseídos por la idea de continuar el viaje tan pronto como sea posible. Pego en la pared el mapa con cinta adhesiva y considero las distancias. Hay 290 kilómetros de camino desierto hasta el oasis más cercano hacia 7

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el Oeste: Reggane. Hay 400 kilómetros de camino desierto hasta el oasis más cercano en el Norte: Elgolea, desde el cual acabo de llegar. Hay 500 kilómetros, a vuelo de pájaro, hasta el oasis más cercano en el Este: Bordj Omar Driss. Hay 660 kilómetros de camino desierto hasta el oasis más cercano en el Sur: Tamanrasset. Hay 1.000 kilómetros en línea recta hasta el mar más cercano: el Mediterráneo, y 1.500 kilómetros en línea recta hasta el río más cercano: el Níger. Hay 1.500 kilómetros hasta el mar en el Oeste. Hacia el Este, el mar está tan lejos que ha perdido todo significado. Cada vez que veo las distancias que me rodean, cada vez que reflexiono que es aquí donde me encuentro, en el punto cero del desierto, un impulso de alegría me atraviesa el cuerpo. Es por esto que me detengo aquí.

9 ¡Si tan sólo pudiese conseguir que el aparato funcionase! La pregunta es si ha podido soportar los golpes y el polvo. Los disquetes no son más grandes que una tarjeta postal. Tengo casi cien disquetes empacados al vacío, toda una biblioteca que, en su conjunto, no pesa más que un solo libro. Yo puedo, en cualquier momento, internarme en cualquier lugar de la historia de la idea de aniquilación, desde los albores de la paleontología –cuando Thomas Jefferson aún encontraba inconcebible que una sola especie pudiese desaparecer en la economía de la naturaleza–, a la comprensión, en nuestros días, de que el 99,99 por ciento de las especies ya ha desaparecido, la mayoría en unas pocas grandes masacres que han aniquilado casi todas las formas de vida. El disquete pesa cinco gramos, lo coloco en la computadora y la enciendo. La pantalla se ilumina y la frase que tan largamente he estudiado brilla frente a mí en la oscuridad del cuarto. La palabra Europa viene de una voz semítica que significa, justamente, “oscuridad”. La frase que reluce allí, en la pantalla, es auténticamente europea. La idea estuvo largo tiempo en camino, hasta que en la encrucijada entre los años 1898 y 1899 fue finalmente formulada por un autor polaco que generalmente pensaba en francés, pero que escribió en inglés: Joseph Conrad. El protagonista de El corazón de las tinieblas, Kurtz, concluye su ensayo sobre el aporte civilizatorio de los blancos entre los salvajes del África con un 8

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postscriptum manuscrito que compendia el auténtico sentido de la retórica grandilocuente. Es esta frase que ahora brilla sobre mi rostro desde la pantalla de la computadora: Exterminate all the brutes [Exterminad a todos los salvajes].

10 En latín “exterminio” significa poner al otro lado de la frontera, terminus. Desterrar, apartar; de aquí la voz inglesa exterminate, que significa poner del otro lado de la frontera de la muerte, apartar de la vida. Para esto el sueco no tiene ningún equivalente. Nosotros decimos utrota, pero esto, en realidad, es una palabra distinta, que en inglés es extirpate, del latín stirps: raíz, tronco, linaje. Tanto en inglés como en sueco está ya implícito en el verbo que el objeto de su acción raramente es un individuo aislado. Más bien, generalmente, todo un grupo como la gramilla, las ratas o un pueblo. La continuación –all the brutes– se tornaba en la vieja traducción sueca en odjuren (el monstruo). Y realmente brute puede significar eso. Pero significa, sobre todas las cosas, “animal”, con el acento puesto en la animalidad del animal. Los africanos fueron llamados “animales” ya desde los primeros contactos, cuando los europeos los describieron como “brutos y salvajes”, “semejantes a bestias salvajes” y “más salvajes que los animales que cazan”. La nueva traducción toma en cuenta que brute también es una palabra injuriosa y dice “toda la gentuza”. Es una versión moderadora. Yo quiero conservar la fuerza brutal de la frase original y traduzco: Utrota varenda jável.

11 Hace algunos años creía haber encontrado la fuente de la frase de Conrad “exterminad a todos los salvajes”, en el gran filósofo liberal Herbert Spencer. Él escribe en Social Statics (1850) que el imperialismo ha servido a la civilización desbrozando las razas inferiores de la tierra: “Las fuerzas que trabajan por el resultado feliz del gran proyecto no tienen 9

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ninguna consideración con los sufrimientos de menor importancia, sino que exterminan a esos sectores de la humanidad que estorban en su camino… Seres humanos o brutos, los obstáculos deben eliminarse”. Aquí se encuentra tanto la retórica civilizatoria de Kurtz como ambas palabras clave, “exterminar” y “brutos [o salvajes]”, y el hombre es considerado explícitamente como un igual de los animales para ser objeto de exterminio. Yo creía que había hecho una pequeña y buena contribución científica, digna de ser tomada algún día como nota al pie de página en la historia de la literatura. La frase de Kurtz, explicada por la fantasía exterminadora de Spencer. Yo creía que ésta, por su parte, era una excentricidad personal que quizá pudiese explicarse porque todos sus hermanos habían muerto cuando él era pequeño. Un conclusión plácida y tranquilizadora.

12 Si yo me hubiese detenido allí, en la creencia de que ya sabía lo suficiente, habría arribado a un puerto equivocado. Pero seguí. Pronto se demostró que Spencer no estaba de ninguna manera solo en su concepción. Ésta era compartida y se tornó todavía más común en la segunda mitad del siglo xix; de tal modo que el filósofo alemán Eduard von Hartmann, en el segundo tomo de su Filosofía del inconsciente (1884), que Conrad leyó en traducción inglesa, pudo escribir: “Cuando hay que cortar la cola de un perro, no se le hace ningún servicio a éste cortándosela paulatinamente, trozo por trozo. Es igualmente poco humano, cuando a pueblos salvajes que están al borde de su desaparición se les trata de prolongar su agonía con medios artificiosos”. El auténtico amigo de la humanidad no puede hacer otra cosa –continúa Hartmann– que desear acelerar la desaparición de los pueblos salvajes y trabajar para este objetivo. Lo que Hartmann había formulado era, en ese tiempo, casi una perogrullada. Ni él ni Spencer eran personalmente inhumanos. Pero la Europa de ellos lo era. La frase “exterminemos a todos los salvajes” no está más alejada del corazón del humanismo de lo que Buchenwald lo está de la casa de Goethe en Weimar. Este conocimiento ha sido casi completamente reprimido 10

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aun por los alemanes, que tienen que pagar los platos rotos por una idea de exterminio que, como obra, es propiedad común europea.

13 Con los alemanes viajeros del desierto me llega de tanto en tanto el eco de una polémica sobre el pasado reciente, que justamente transcurre en Alemania. Esta polémica histórica, como la llaman, vale por una pregunta: el exterminio judío por los nazis, ¿fue einzigartig, único en su especie o no? El historiador alemán Ernst Nolte ha dicho: “El llamado exterminio de los judíos en el Tercer Reich es una reacción o una copia deformada y no una acción propia y original”. Lo original –estima Nolte– fue el exterminio de los kulaks* en la Unión Soviética durante los años veinte y las purgas de Stalin durante los años treinta. Esto fue lo que Hitler copió. A esto le respondió Habermas y con esto ya estaba la polémica en marcha. La idea de que el exterminio de los kulaks haya sido la causa del exterminio de los judíos parece haber sido abandonada y muchos destacan que todos los acontecimientos históricos son, en este sentido, “únicos” y que ninguno se ha copiado de otro. Pero aun así pueden compararse. Y allí aparecen tanto similitudes como diferencias entre el exterminio de los judíos y otros asesinatos en masa, desde la masacre de los armenios por los turcos a comienzos del 1900, hasta las atrocidades de Pol Pot. Pero nadie ha hablado del exterminio del pueblo Herero en el África suroccidental por parte de los alemanes, durante la niñez de Hitler. Nadie ha nombrado los genocidios equivalentes perpetrados por los franceses, los británicos o los norteamericanos. Nadie señala que un rasgo destacado en la concepción europea del hombre, durante la niñez de Hitler, era el convencimiento de que las razas inferiores ya estaban condenadas por la naturaleza a la desaparición. La auténtica misericordia de las razas superiores consistía en ayudarlas en ese tránsito. Todos los historiadores alemanes que participan en el debate parecen mirar en la misma dirección. Nadie mira hacia el Oeste, que es lo que, * Kulak: campesino ruso. [N. del E.]

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por el contrario, hizo Hitler. Lo que Hitler deseaba crear cuando buscaba “espacio vital” en el Este era una equivalencia continental al Imperio Británico. Fue en los británicos y en otros pueblos de Europa Occidental donde él encontró el modelo, del cual el exterminio de los judíos es “una copia deformada”.

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