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CALDO DE POLLO PARA EL ALMA: EL PODER DEL ¡SI! 101 relatos sobre la aventura, el cambio y el pensamiento positivo Título original: CHICKEN SOUP FOR THE SOUL: THE POWER OF YES! 101 Stories about Adventure, Change and Positive Thinking Amy Newmark Publicado por Chicken Soup for the Soul, LLC www.chickensoup.com © 2018, Chicken Soup for the Soul Publishing, LLC Todos los derechos reservados CSS, Caldo de Pollo Para el Alma, su logo y sellos son marcas registradas de Chicken Soup for the Soul, LLC El editor agradece a todas las editoriales y personas que autorizaron a Chicken Soup For The Soul/Caldo De Pollo Para El Alma la reproducción de los textos citados. Traducción: Enrique Mercado Diseño de portada: Daniel Zaccari Fotografía de portada de mujer saltando, cortesía de iStockphoto.com/ wickedpix (©wickedpix) Fotografía de pradera, cortesía de iStockphoto.com/mycola (©mycola) Fotografía de galería de contraportada e interiores, cortesía de iStockphoto.com/LordRunar (©LordRunar) Diseño de “YES” en explosión, cortesía de iStockphoto.com/wissanu99 (©wissanu99) D. R. © 2020, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Homero 1500 - 402, Col. Polanco Miguel Hidalgo, 11560, Ciudad de México info@oceano.com.mx Primeda edición: 2020 ISBN: 978-607-557-216-1 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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Índice

Introducción 1

~Prueba cosas nuevas~

1. Un año de cosas nuevas, Victoria Otto Franzese, 17   2. Cocina extrema, Ann Morrow, 20   3. Quiero rocanrol toda la noche, Tamara Moran-Smith, 23   4. De la ópera al hockey, Eva Carter, 26   5. Veinte es mi número de la suerte, Mark Mason, 29   6. Encuentro con el punto exacto, Kristen Mai Pham, 33   7. Estiramiento en el retiro, Priscilla Dann-Courtney, 36   8. La recuperación de mi vida, Leah Isbell, 39   9. El percherón, Steve Hecht, 42 2

~Abraza el cambio~

10. Cuento de hadas en Australia, Shari Hall, 47 11. Cálida y conocida, Erin Hazlehurst, 51 12. En el futuro, Lori Chidori Phillips, 54 13. Bajar del bote, Sherry Poff, 58 14. En las alas del cambio, Sara Etgen-Baker, 62 15. Del rock a las ventas, Nancy Johnson, 65 16. No hay mal que por bien no venga, Carolyn McLean, 68 17. Mi historia real en Hollywood, John Davis Walker, 71 18. ¿Quién es esa chica?, Geneva France Coleman, 74 19. Incluso a las medusas, Victoria Fedden, 77 3

~Sal de tu caparazón~

20. Cuando Richard conoció a Cindy, Richard Berg, 83 21. Mi transformación en un elemento de unión, Kate Lemery, 87 22. Un punto de vista distinto, Robyn R. Ireland, 90 23. Entrar en la zona de confort, Christy Heitger-Ewing, 94

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24. De solitaria a amada, Aviva Jacobs, 98 25. La banca de madera, Beverly LaHote Schwind, 102 26. Todo comenzó con una puerta abierta, Nancy Beaufait, 105 27. Las reglas del Metro, Ellie Braun-Haley, 108 28. Frisbee en el Kalahari, Dave Fox, 112 4

~Finge hasta que lo domines~

29. Un día en el spa, Connie Kaseweter Pullen, 119 30. Tobogán a la diversión, Marianne Fosnow, 121 31. Pasos imperfectos, Mary C. M. Phillips, 124 32. Mi encuentro con mi superhéroe interior, Kristi Adams, 127 33. En pugna con el síndrome del impostor, Beth Cato, 131 34. Las niñas femeninas prueban algo diferente, Ginny Huff Conahan, 135 35. Párate y habla, Andrea Atkins, 138 36. ¿Cuál es la noticia?, Lisa Timpf, 141 37. Sensibilidad para los caballos, Kaye Curren, 143 5

~Hazlo aunque tengas miedo~

38. Una montaña de dudas, Jo-Anne Barton, 149 39. La distancia más difícil de mi vida, Joyce Lombardi, 153 40. El valor de cantar, Katie Drew, 157 41. Saltar o no saltar, Jennifer Crites, 161 42. Aprovecha el aventón, Tammy Nicole Glover, 164 43. Un vuelo prodigioso, Linda Holland Rathkopf, 167 44. ¡Pero si usted es maestra!, Gretchen Nilsen Lendrum, 170 45. Café para asesinas, Carolyn McGovern, 174 46. Amanecer en la montaña, A. L. Tompkins, 178 6

~Cree en ti~

47. El desafío de Bon Jovi, Miriam Van Scott, 183 48. Un momento difícil, Sue Doherty Gelber, 186 49. El pacto, Logan Eliasen, 190 50. Nadie debía saberlo, Patricia Voyce, 193 51. Mi año de “¿Por qué no?”, Elaine Liner, 196 52. Persistencia en el cambio, Susan J. Anderson, 200 53. El recital, Hannah Faye Garson, 203 54. La lente de un matrimonio, Jeanine L. DeHoney, 206

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55. Mi voz, mi elección, Megan Pincus Kajitani, 209 56. El golfista feliz, Nick Karnazes, 212 7

~Atrévete~

57. Una introvertida en el programa Today, Roz Warren, 219 58. Una carrera cardinal, Jon Peirce, 223 59. El salto, David Michael Smith, 227 60. El sonido de la vida, Angela Lebovic, 231 61. ¿Junto a la piscina o al precipicio?, Hyla Sabesin Finn, 234 62. Sin lamentos, Anna S. Kendall, 237 63. Acrobacia equina básica, Ellie Braun-Haley, 240 64. Listo para lo que sigue, Stan Holden, 243 65. Respira, Gwen Cooper, 246 8

~Renuévate~

66. Tres años, Doug Sletten, 251 67. Abolición del aislamiento, Alvena Stanfield, 253 68. Mi carrera pre-med-itada, Gary Stein, 256 69. Pánico, Grace Kuikman, 261 70. C.R.A.F.T.S., David Hull, 265 71. Un escritor renuente, Paul Winick, 269 72. Decir sí al no, James A. Gemmell, 273 73. El dulce dolor de la ilusión, Rick Weber, 276 74. Del doble de su edad, Randal A. Collins, 280 9

~Pon de tu parte~

75. Acudir con valentía, David Hull, 287 76. Un remedio contra el dolor, Annie Nason, 290 77. El día de “Lleva a tu esposo a tu trabajo”, Garrett Bauman, 293 78. No lo sabía, Valorie Wells Fenton, 297 79. Iguales a mí, Tracy Crump, 301 80. Un encuentro inesperado, Sharon Pearson, 305 81. Parte de la familia, Cindy Jolley, 308 82. Nunca más retraído, Bill Woolley, 311 83. Aprender a pedir, Kristin Goff, 315

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~Busca la aventura~

84. Mis vacaciones geriátricas, Diane Stark, 321 85. Juega, aguanta, sana, Darin Cook, 324 86. Pero no toco el fondo, Geneva Cobb Iijima, 327 87. Arañas o montañas, Kristi Adams, 330 88. Compañeras de viaje, Polly Hare Tafrate, 334 89. El micrófono que cayó del cielo, Melanie Celeste, 338 90. Seis años como marinera, Sayzie Koldys, 342 91. El capítulo llamado Francia, Deb Biechler, 347 92. El regalo de cumpleaños, Sheryl Maxey, 350 11

~Date permiso de confiar~

93. Compra el libro, Julia Rebecca Miron, 355 94. La distancia entre el temor y 1.70 metros, Kathy Bernier, 358 95. Potencia de pedal, Elana Rabinowitz, 362 96. Jamás nuevamente vacía, Susan G. Mathis, 365 97. Una maestra en Tailandia, Ruthanna Martin, 368 98. De pie en la entrada, Laura Allnutt, 372 99. Nunca lo haría, BJ Jensen, 376 100. Mariposas y pterodáctilos, Linda Sabourin, 380 101. El círculo completo, Julie de Belle, 384 Nuestros colaboradores, 387 Acerca de Amy Newmark, 401 ¡Gracias!, 403 Compartir felicidad, inspiración y esperanza, 405 Comparte con nosotros, 407

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Introducción Decir sí significa que harás algo nuevo, conocerás a alguien y harás una diferencia en tu vida y en la de los demás… “Sí” es una pequeña palabra que puede conseguir grandes cosas. Dila con frecuencia. ~ERIC SCHMIDT, EXDIRECTOR GENERAL DE GOOGLE

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aldo de pollo para el alma celebra este año su veinticinco aniversario. Representa mucho tiempo para una colección de libros, pero lo bueno de nuestro modelo —consistente en obtener relatos del público en general— es que siempre nos mantiene frescos y relevantes. ¿Y qué es lo fresco y relevante ahora? Decir “sí” a lo nuevo y salir de nuestra zona de confort. Hemos recibido tantas historias sobre este tema que ya compilamos un libro con ellas —Caldo de pollo para el alma: sal de tu zona de confort, en el otoño de 2017—, y ahora presentamos Caldo de pollo para el alma: el poder del ¡sí! En este volumen, nuestros colaboradores hablan de las diferentes maneras en que se retaron a enfrentar sus temores y vivir algo nuevo. Nos explican que eso los cambió y los llevó a probar más cosas nuevas y a una vida más rica y significativa. Estos autores me han servido de inspiración y sus impresionantes narraciones me han motivado a seguir esforzándome, sea en algo tan trivial como probar un platillo desconocido o tan impactante como lanzarse en un parapente desde un acantilado de trescientos metros. Cada

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vez que pruebo algo nuevo me siento empoderada y más sintonizada con el mundo que me rodea. Ya sea que busques el amor o una carrera diferente, vencer la timidez o una fobia, darle chispa a tu vida con un nuevo deporte o hacer amigos, viajar solo o subirte a una espeluznante montaña rusa, en este libro hallarás algunas almas gemelas. Echa una mirada a los títulos de los capítulos, con sus positivos mensajes y excelentes consejos, para que te hagas una idea del viaje que estás a punto de emprender:   1. Prueba cosas nuevas   2. Abraza el cambio   3. Arriésgate a salir de ti   4. Finge hasta que lo domines   5. Hazlo aunque tengas miedo   6. Cree en ti   7. Atrévete   8. Renuévate   9. Pon de tu parte 10. Busca la aventura 11. Date permiso de confiar En el capítulo 1, sobre probar cosas nuevas, te encontrarás con la historia de Victoria Otto Franzese, quien cuando cumplió cincuenta años deseó reclamar la emoción de su juventud. Así, decidió que haría algo nuevo cada día durante los trescientos sesenta y cinco que conforman un año. No siempre le fue fácil conseguirlo, y a veces se devanaba los sesos a las 11:45 de la noche en busca de hacer algo nuevo en esa fecha. Pero lo hallaba, y probaba actividades tan sencillas como resolver un sudoku o tan complicadas como viajar en un trineo tirado por perros. Incluso participó en un evento de los récords mundiales Guinness y se sumó a una multitud que saltó sobre pequeños trampolines elásticos. Dice ella misma: “A los cincuenta años, mi vida era exuberante y estaba llena de promesas. Yo podía continuar creciendo, desplegar las alas y aprender más cada día”. En ocasiones nos resistimos al cambio porque tememos ser mejores, más fuertes, más famosos o más lo que sea. En el capítulo 2, sobre abrazar el cambio, Sara Etgen-Baker retrata el antiguo “escritorio de secretaria” donde escribía. Era tan pequeño que cuando debía consultar libros y expedientes tenía que esparcirlos en el suelo. Una vez que se mudaron a una casa más amplia, su esposo le sugirió que comprara un 12

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escritorio más grande; pensaba que el suyo restringía su carrera como autora. Ella se resistía hasta que comprendió que él estaba en lo cierto. Temía lanzarse, enriquecer sus textos. Ordenó entonces un escritorio nuevo, que “simbolizaba proyectos más grandes, mayores posibilidades, concursos más desafiantes, dar un paso de fe y dejar mi zona de confort”. A veces es necesario que salgas de tu caparazón y te atrevas a hacer contacto con otros seres humanos, como dice Kate Lemery en el capítulo 3. Con tres hijos de menos de cinco años y una casa nueva en una comunidad distinta, ella era un ama de casa muy ocupada. Pero estaba sola. Así pues, resolvió representar a los padres de familia del grupo de preescolar de su hijo mayor, a quien inscribió también en un equipo de futbol. Aun así no hacía amigos en su nueva ciudad. Una vieja amiga le sugirió que organizara una fiesta para las mamás que no conocía. Tras dudarlo un poco, Kate envió las invitaciones; a estas alturas ya ha ofrecido varias “fiestas de mamás” y se considera el “pegamento” que mantiene unidas a las madres de su comunidad. En el capítulo 8, donde nos ocuparemos de nuestra capacidad de renovación, me encantó la historia de Doug Sletten. Doug tenía una familia y un buen trabajo como maestro. Aunque había pagado su beca de estudiante y comprado junto con su esposa su primera casa, siempre había querido ser abogado. Por fin habló de su sueño secreto con su padre, quien solía ser serio y conservador, y lamentó que cuando terminara sus estudios sería mayor de treinta años. Su padre le preguntó: “¿Qué edad tendrías dentro de cuatro años si no siguieras tu sueño?”. Eso fue todo. Con el apoyo de su esposa, Doug procedió a pasar los que llamó “los tres años más agotadores de mi vida”. Dice: “Practiqué derecho veinticinco años y nunca dejé de agradecer que mi padre y mi familia hayan apoyado mi decisión de cambiar de vida y probar algo totalmente distinto”. De eso se trata: de probar cosas nuevas aun si nos aterran. El capítulo 5, dedicado al tema “Hazlo aunque tengas miedo”, incluye un relato de Linda Holland Rathkopf con el que nos identificaremos fácilmente. Su saga comenzó cuando detrás de ella se formó una larga fila en una plataforma para hacer tirolesa. El encargado acababa de indicarle que debía dar ocho vueltas más de una plataforma a otra para completar su aventura en la tirolesa; ésa era la única forma en que podía regresar al punto de partida. Linda, en cambio, quería concertar un “rescate”. Al cabo cedió y descubrió que cada vuelta reducía su ansiedad y le permitía extasiarse con la hermosa flora y fauna de la selva costarricense.

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Dice: “Salí de mi zona de confort y entré en el país de las maravillas”. Y admite que al final de su aventura se sintió “eufórica”. Abrí esta introducción con una espléndida cita de Eric Schmidt. En ella advierte que “sí” es una palabra pequeña pero poderosa. Espero que este nuevo volumen de relatos seleccionados para ti te dé grandes ideas. ¡Es probable que antes de que termines de leerlo hayas hecho una lista de diez cosas nuevas por probar! Cuéntame cómo utilizaste el poder del sí y envía un correo a amy@chickensoupforthesoul.com. ¡Gracias por ser uno de nuestros lectores! ~Amy Newmark

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Capítulo

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Prueba cosas nuevas Si nunca tienes miedo, vergüenza o dolor es que no corres riesgos. ~JULIA SOUL

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Un año de cosas nuevas La felicidad aparece cuando dejas de esperar que tu vida empiece de verdad y sacas el mayor provecho de cada momento. ~GERMANY KENT

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l año que cumplí cincuenta, decidí que haría algo nuevo cada día. Cuando se lo cuento a alguien, invariablemente me pregunta cuál de esas “cosas nuevas” me agradó más. Todos suponen que hice algo excepcional y asombroso, como mudarme con mi familia a un lugar exótico o aprender a volar un helicóptero. Y es inevitable que se decepcionen cuando les digo que lo que más me gustó fue haber hecho algo nuevo cada día durante un año completo. No siempre me fue fácil equilibrar trescientas sesenta y cinco cosas nuevas con el trabajo y la familia, y no dejar de lavar la ropa ni tener lista la cena cada noche. En las primeras semanas del proyecto, era común que a las 11:45 de la noche me devanara los sesos en busca de algo nuevo que fuera capaz de hacer en quince minutos. Por suerte, resultó que muchas de las cosas que no había hecho nunca podían completarse en un breve periodo. Hice mi primer sudoku. Me inscribí a un curso de italiano en internet. Fumé un puro. Me enchiné las pestañas. Con el paso del tiempo, me di cuenta de que era más fácil que mantuviera abiertos los ojos a las posibilidades que me rodeaban. Resultó que había cosas nuevas por todas partes y que me bastaba con hacer un pequeño esfuerzo para disfrutarlas. Así, un sábado muy frío, en el que

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en condiciones normales me habría quedado acurrucada en casa con un libro, me abrigué y asistí a un Festival de Hielo. Una mañana me levanté a una hora demencialmente temprana para ver una luna de sangre. Celebré con mi cachorro el Día Nacional del Perro. Mis amigas no tardaron en saber que estaba abierta a prácticamente cualquier cosa que pudiera considerarse nueva, y empezaron a lloverme invitaciones, no sólo de ellas sino también de otras amigas suyas. Fue así como viajé en un trineo tirado por perros, contemplé las estrellas en el parque High Line de Nueva York y comí con Antonia Lofaso, celebridad de Top Chef; asistí a un desfile de modas de la Fashion Week y conocí a Gilbert King, autor galardonado con el Premio Pulitzer. Además, acudí a incontables conferencias sobre todo tipo de temas que antes no habría juzgado útiles ni interesantes, y encontré algo apreciable en cada una de ellas. Cada vez que me enteraba de algo especial, me forzaba a perseguirlo. En lugar En lugar de “¿Por de “¿Por qué?” me preguntaba “¿Por qué qué?” me preguntaba no?” y convertí “sí” en mi respuesta permanente. Cuando supe que un grupo de “¿Por qué no?” mi localidad intentaría entrar en el Guiny convertí “sí” ness Book of World Records por lograr que en mi respuesta un número nunca antes visto de personas saltaran en trampolines elásticos, me permanente. inscribí de inmediato. El día del evento amaneció frío y lluvioso. Ninguno de mis amigos ni familiares quiso acompañarme para constatar mi proeza, pero cuando llegué a la sede encontré a cientos de personas tan entusiasmadas como yo. Saltamos más de una hora, estimuladas por el ejercicio y la satisfacción de que hacíamos algo extraño pero maravilloso. Una gran cantidad de mis cosas novedosas tuvo que ver con la comida: probé el jabalí, comí ortigas, probé las grosellas, bebí Limoncello, hice pesto y hummus en casa, preparé una pizza de cabo a rabo. Descubrí que las berenjenas tailandesas no se parecen a ninguna otra que hubiera visto alguna vez; son verdes y redondas, aunque la pulpa se ablanda al cocerse, como la de una berenjena común. Descubrí que los rábanos asados no me gustan más que los crudos, pero que adoro la maracuyá en todas sus formas. Al mirar atrás, no me importa que muchas “cosas nuevas” de ese año no hayan sido del todo relevantes. Lo que cuenta es que descubrí que había un número infinito de cosas que podía probar. Esto me pare18

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ció una señal innegable de que, a los cincuenta años, mi vida era exuberante y estaba llena de promesas. Yo podía seguir creciendo, desplegar las alas y aprender cada día del resto de mi existencia. Disfruté la idea de cambiar de parecer, hacer un esfuerzo mental y salir de mi zona de confort. Por sí solo, esto me dio un motivo para recibir cada día como una oportunidad de experimentar el mundo de una forma levemente distinta, de contrarrestar lo fácil, predecible o monótono. No puedo todavía volar un helicóptero. ¡Pero ya aparecí en un libro de los récords mundiales Guinness! ~Victoria Otto Franzese

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Cocina extrema Los retos hacen que descubras cosas de ti mismo que ignorabas. ~CICELY TYSON

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urante la primera mitad de mi vida, probar cosas nuevas no pasó de que rociara mis ensaladas con aderezos de marcas diferentes. Por muchos años, consumí y cociné platos típicos del Medio Oeste estadunidense. Admito que mis cenas no ofrecían gran variedad: los guisos a la cazuela, el pollo asado y el pastel de carne eran los manjares que predominaban en el menú. Al poco tiempo de haberme casado, mi esposo me informó que había llegado la hora de que saliera de mi zona de confort y dejara de preparar recetas fáciles. Fue una forma amable de decirme que estaba harto de mis platillos. Cuando ofreció llevarme a cenar a un restaurante cercano que presumía de su buffet, acepté encantada. Supuse que era imposible que estuviera en un error, e imaginé grandes cantidades de suculentas comidas repletas de carbohidratos. Una vez que ordenamos nuestras bebidas, nos sumamos a la legión de hambrientos que examinaban el buffet. Yo giré a la izquierda y él se aventuró a la derecha. Llené mi plato con una ensalada que, desde luego, cubrí con mi aderezo de costumbre y volví a la mesa. Comía un pan cuando mi esposo regresó con un plato colmado de patas de cangrejo. Yo ya conocía las patas de cangrejo. Las había visto en cangrejos, así como en fotografías y en Discovery Channel. Pero no estaba lista para la espigada y compleja maraña que mi marido puso frente a mis ojos. 20

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Ésa no era una receta fácil. Era una receta complicadísima, sobre todo porque causó que se me revolviera el estómago. Él tomó unas curiosas pincitas y las chasqueó ante mí. —Empieza tú —me dijo y sacudí la cabeza—. ¡Al menos pruébalas! Te hará bien probar algo nuevo. Levanté un par de aquellas patas, lo dejé caer y rezongué: —Huelen raro. ¡Y parecen una araña gigante! Alcé la mirada con la esperanza de que alguno de los comensales a nuestro alrededor saliera en mi rescate, pero nadie nos veía. Todos estaban demasiado ocupados con sus propias pilas de patas de cangrejo. Minutos antes creí estar rodeada por individuos decentes y refinados. Ahora el restaurante era para mí una sala atestada de cavernícolas que prensaban conchas y desgarraban la carne de No era una receta sus cangrejos con tenedores diminutos. fácil. Era una receta Blanca carne de cangrejo salpicaba el complicadísima. suelo. La mantequilla relucía no sólo en un tazón en nuestra mesa, sino también en la barbilla del vecino. La atractiva mujer que lo acompañaba tomó una pata y la quebró con un chasquido. Aparte de hacer compras durante el Black Friday, eso era lo menos civilizado que yo hubiera presenciado alguna vez. Pero como hasta yo misma me permito probar cosas nuevas, me dije que las patas de cangrejo serían indudablemente deliciosas, por extravagantes que parecieran. Y por lo visto, todos los comensales experimentaban una especie de nirvana culinario. Mi marido sonrió con aire de aprobación y me recordó lo apropiado que era que probara algo nuevo. Me enseñó a usar las extrañas pinzas y a doblar y quebrar la concha para que pudiera meter el tenedor y sacar la carne. Cuando al fin conseguí prensar un cangrejo, ya me había comido un par de trozos de concha y tenía cortado un dedo. Acabé por usar la punta del cuchillo para extraer la carne. Los pedacitos que cubrieron mi plato alcanzaron para llenar una cuchara. Nunca antes había tenido que hacer tanto esfuerzo para llevarme algo a la boca. Pensé que si un día quedaba varada en una isla desierta, moriría de hambre si sólo podía comer cangrejo. Para mi gran sorpresa, me gustó. Disfruté de su peculiar y agradable sabor. ¡Ojalá hubiera podido sacar más de su envoltura y depositarlo en mi cuchara!

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Mientras forcejeaba para sumergir en mantequilla los trozos que había sido capaz de reunir, mi esposo retornó de otro recorrido por el buffet. A ese ritmo, él se terminaría sus guisos y estaría muy avanzado en el postre antes de que yo pudiera obtener suficiente carne para formar un segundo bocado. Había regresado con lo que parecían unos insectos grandes y espantosos. Me horroricé cuando tomó una de esas criaturas. —¿Estás loco? —chillé—. ¡Cómo es posible que te guste eso! —Son langostinos, ¡y es mucho más fácil comerlos! Mira, basta con que les tuerzas la cabeza, pinches la cola y succiones la carne. ¡Están riquísimos! Busqué a mi lado una cámara de televisión. ¿Me estaban gastando una broma? ¿Alguien me filmaba en secreto para un episodio de Fear Factor? Lo señalé y susurré: —¡Baja eso, por favor! Cuando accedió, tendí sobre el plato mi servilleta, a modo de sudario. Justo en ese momento la mesera pasó junto a nosotros y preguntó: —¿Puedo retirar este plato? Resistí el impulso de abrazarla y asentí. Ha transcurrido algo de tiempo desde mi primera experiencia con los mariscos, que me causó terror y me hizo pasar hambre. Ahora ya domino el arte de abrir un cangrejo. ¡Ah, qué satisfactorio es doblar, trozar y abrir una concha para extraer de ella una suculenta pieza de carne intacta! Se me hace agua la boca de sólo pensarlo. En cuanto a los langostinos, aún no me habitúo a ellos. Si tú los aprecias y los juzgas deliciosos, te creo. En verdad confío en tu palabra. Me alegra informar que, al correr de los años, me he entretenido mucho probando platillos nuevos, al grado de que ya intercambié papeles con mi esposo. La semana pasada preparé un guiso con una guarnición de quinoa y hierbas finas. Él vio su plato y me miró antes de que tomara el tenedor y lo hundiera en la ensalada. —¿Y esto qué es? ¡Parece alpiste! Le sonreí al otro lado de la mesa. —Cómelo —le dije—. Te hará bien probar algo nuevo. ~Ann Morrow

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