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Alunizaje JOSÉ FRANCO

CON VARIACIONES ESTÉTICAS DE LUCÍA HINOJOSA


Título: Alunizaje Con variaciones estéticas de Lucía Hinojosa © José Franco, 2019 © Lucía Hinojosa, 2019 Primera edición, 2019 D. R. © 2019 Editorial Turner de México, S.A. de C.V. Francisco Peñuñuri 12, Del Carmen, Coyoacán, 04100 Ciudad de México, CDMX www.turnerlibros.com

Ilustración de cubierta: Lucía Hinojosa ISBN: 978-607-7711-28-5 Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial. Impreso en México

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com


Como un recuerdo amoroso a la alegría de mi niñez, Doña Elvira López, a diez años de que nos dijiste adiós.


AGRADECIMIENTOS

U

na mañana soleada de noviembre de 2018, junto al espejo de agua del Centro Nacional de las Artes de la Ciudad de México, acompañados de un espresso, Santiago Fernández y Paola Morán me propusieron hacer un libro sobre la llegada del ser humano a la Luna. Acepté inmediatamente y, en colaboración con Lucía Hinojosa y con la generosa ayuda de Cinthya García Leyva, diseñamos esta obra como una conversación entre los dos pilares del conocimiento: la ciencia y el arte. Estoy muy agradecido por los comentarios de Claudia, Daniela, Alex y Tomás para mejorar las explicaciones y el texto, así como por las críticas certeras de Juan Ayala y José Lever para aclarar varias de las ideas. Un agradecimiento muy especial a Jorge Volpi por la presentación.


ÍNDICE

Elogio de los lunáticos I

II

III

IV

V

11

Metáforas cósmicas Imaginación y memoria Fantasías, raíces, cosmovisiones

13 15

Con el universo en las manos Nuestra denominación de origen Ginecología estelar

23 28

Coreografía celeste Las lunas y los anillos efímeros La Luna

33 35

Cronos y ciclos Dudas filosóficas, realidades prácticas La luna y el calendario Eclipses, mareas y el lado oculto

41 47 48

Derivas espaciales Acariciando el cielo La carrera espacial e internet Las primeras aventuras en el espacio exterior

57 63 66


VI

VII

Seduciendo al infinito Un salto hacia la luna Diplomacia científica y encuentros en las alturas Las nuevas plataformas al infinito El presente y algunos de sus costos

73 78 81 83

Un epílogo sin final

89

Variaciones estéticas I. Diagramas II. Superficies III. Disonancia orbital

97 99 100

Notas Bibliografía, hemerografía y recursos electrónicos Procedencia de los epígrafes

101 103 109

Este libro es un diálogo entre un científico y una artista, una conversación también entre generaciones. Así pues, complementamos el texto de José Franco con las “Variaciones estéticas” de Lucía Hinojosa, para dar otra mirada a la Luna.


ELOGIO DE LOS LUNÁTICOS JORGE VOLPI

Che fai tu, luna, in ciel? dimmi, che fai, silenziosa luna.

LEOPARDI

E

ncerrado en su biblioteca-ermita de Recanati, que en su edad adulta casi nunca abandonó, Giacomo Leopardi imaginó a su némesis: un pastor errante, en las vastas estepas de Asia, contemplando lo mismo que él podía ver desde su ventana al otro lado del mundo: la solitaria luna en la oscuridad del firmamento. Y es que acaso la luna, nuestra Luna, sea uno de los pocos referentes que hermanan a todos los humanos: el asombro súbito ante ese rotundo brillo que se destaca en la negrura como fuente inagotable de mitos, de historias, de obras de arte, de investigaciones científicas, de costosas misiones para tocarla y acaso, algún día, colonizarla. La Luna, pues, como metáfora de todo aquello con lo que hemos soñado desde tiempos inmemoriales, como símbolo de nuestras conquistas y nuestras desilusiones, de nuestra voluntad de ir siempre más allá y de nuestra eterna locura. No es casual que los lunáticos sean justo quienes prefieren no habitar la Tierra, se desprenden del resto de los mortales — de las demás criaturas sublunares—, absortos en la contemplación de aquel luminoso disco blanco, o de sí mismos, y parecen levitar hacia aquellas alturas que tanto los fascinan y tanto los 13


doblegan. No hay duda de que José Franco es un lunático: otro miembro de esa rara especie que mira hacia arriba más que hacia abajo y que, obnubilado y adormecido por aquella blancura nocturna, se detiene a observarla sin tregua y sin reposo. Enamorados de la Luna, los hay de muchas clases: poetas como Leopardi, santones y profetas que le achacan a su objeto de adoración propiedades benéficas o enigmáticas, artistas y músicos que intentan en vano retratarla, aviesos políticos que ansiarían repartírsela, y astrónomos, como Franco, que anhelan, más que estudiarla, comprenderla. En este hermoso y profundo Alunizaje, él no se limita a narrar la inverosímil aventura que condujo a los humanos a pisar su suelo hace justo medio siglo, sino que, para lograrlo, necesita antes situar a la Luna en su sitio, enhebrando delicadamente su pasado, sus misterios, sus pasiones y delirios, en un libro que es, antes que nada, una desaforada declaración de amor hacia ese cuerpo celeste. De los mitos lunares de distintas civilizaciones —con su proliferación de azares y denuedos— a las teorías más avanzadas sobre su origen, y de la carrera espacial que enfrentó a las dos mayores potencias de su tiempo en su afán por alcanzarla —esa primigenia guerra de las galaxias— a los últimos esfuerzos por desentrañar su composición, José Franco nos lleva de la mano por un vertiginoso viaje estelar que, al modo de Cyrano, nos transmuta en astronautas idénticos a él y nos guía de la mano hasta nuestro propio alunizaje. Bienvenidos sean pues todos los viajeros que estén dispuestos a emprender, con este guía que tanto tiene de Virgilio como de Carl Sagan, el trayecto hasta su órbita: gracias a él se engrosará la legión de los selenitas. No: de lunáticos.

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I METÁFORAS CÓSMICAS

IMAGINACIÓN Y MEMORIA

A

No hay principio o final. El sol y la luna son tus ojos. Tu boca es un fuego que quema y calienta a todo el universo. BHAGAVAD GITA

nterior a las pinturas rupestres, la astronomía o la agricultura, la imaginación es sin duda el oficio más antiguo de la humanidad. Es una fragancia que nos acompaña, impregna nuestros sueños y nos lleva a pasear por todos los mundos. Es tan fácil dejarse llevar por ella; simplemente cerramos los ojos y nos transformamos. A la imaginación no le dan vértigo las alturas ni le da miedo la muerte; no sabe de distancias, no se derrite en el fuego del interior de los volcanes ni se deslumbra frente a las estrellas. Tampoco le importan las ilusiones de los tiempos, ni el pasado ni el futuro, está con nosotros desde el principio de la existencia. No se agota, al contrario, cada día se expande y jamás sabremos cuánto cabe en sus dominios, aunque sí que todas las historias escritas y por escribir nacen de ahí. Siempre he pensado que estamos encadenados a la obsesión de imaginar lo desconocido. El acto de imaginar nos hace humanos. Cuando era niño solía acostarme en mi cama y poner los pies en la pared imaginando que caminaba sobre ella, subiendo y bajando, unas veces a pie, otras a caballo o al frente de una nave. Me inundaba una sensación de desprendimiento, de libertad total cuando saltando y flotando podía llegar a ríos, 15


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bosques, ciudades y a otros mundos. No se porqué, pero la Luna me intrigaba y atraía; pisaba descalzo su suelo blanco, brincaba sobre sus cráteres preguntándome cómo era realmente y cómo llegaron a ser lo que son nuestros planetas y sus lunas. Les inventaba un origen, creaba y recreaba sus historias. A pesar de que me aterraban la aparente soledad y la oscuridad, siempre disfruté de las fantasías nocturnas escenificadas en las paredes de mi casa. La noche es una ventana a todo; al cosmos, al amor, a la música, a la especulación, a lo desconocido y a nosotros mismos. El cielo nocturno es un misterio que intriga y seduce, es un elemento que está en la raíz misma de la construcción de todas las culturas y es un alimento para las leyendas de la creación del mundo. Los eclipses –cuya etimología viene del idioma griego y significa desaparición– han contribuido como elementos dramáticos e incluso aterradores en los mitos, las metáforas y leyendas del mundo antiguo. De manera que, sin importar la religión profesada, el lenguaje o la latitud en la cual se viva, cada cultura ha tejido historias fantásticas en las que los astros, la oscuridad y la luz son primas donnas. El esplendor de las noches con Luna –aunado al atractivo de los mitos y leyendas para darle orden al mundo– es material favorito de filósofos y artistas, así como de los profetas de la fortuna. Es imposible saber cuántas obras han sido inspiradas por su influjo. Estamos inundados de símbolos y metáforas generados por el entusiasmo que causa. Constantemente tropezamos con las imágenes, los colores y los acordes de la Luna. Desde la música de las esferas de Pitágoras hasta “El punto de vista de Gagarin”, del trío de Esbjörn Svensson, pasando por el Perro aullando a la Luna de Tamayo y el “Romance de la Luna” de García Lorca, estamos envueltos en ella. La noche y la Luna forman un binomio que rebasa el dominio de la astronomía; 16


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representa un magnífico mirador para asomarnos al arte, la filosofía, la teología y la historia.

FANTASÍAS, RAÍCES, COSMOVISIONES La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira. El niño la está mirando. FEDERICO GARCÍA LORCA

La palabra Luna es el nombre en latín de la diosa romana de la noche, quien de acuerdo con la mitología simboliza al complemento femenino del Sol y se mueve en su carruaje por el cielo nocturno. En su grandiosa recopilación histórica de mitos, símbolos y leyendas sobre la Luna, Jules Cashford nos dice: “las palabras son poemas fosilizados, o relatos que ya no se cuentan”. Nosotros hemos heredado el nombre romano cuyo significado es “la luminosa”, un vocablo derivado de la palabra lux (luz). Su antecedente simbólico directo está en la mitología griega, en la que la divinidad nocturna estaba personificada por Selene, la hermana gemela de Helios, el Sol. Al igual que a la diosa Luna, Selene también está representada con una media luna en la cabeza, dentro de un carruaje, moviéndose a través de la noche. En lengua castellana prácticamente no usamos el nombre griego de la diosa de la noche, pero lo hemos conservado para referirnos a la cartografía lunar (la selenografía), y para designar a los supuestos habitantes de la Luna, a quienes llamamos selenitas. Independiente del origen del nombre, la Luna ha jugado un papel relevante en el devenir paulatino de las civilizaciones. 17


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Las fases lunares son los relojes que nos han acompañado a lo largo de toda la historia y definen de manera natural la duración de las semanas y los meses. Más aun, la coincidencia temporal del ciclo lunar con los periodos menstruales ha dado pie a que varias culturas consideren que la fertilidad humana está regida por la Luna. En regiones del norte de Argentina la consideran responsable y creadora de la menstruación. Encontramos ramificaciones de la fertilidad hacia otros ámbitos de la naturaleza y se le ha asociado con la humedad del rocío, la lluvia y la abundancia que nos brinda la tierra. Por ejemplo, en diferentes zonas del continente americano aparece como la madre del maíz, de las verduras y los pastos, incluso en Egipto es considerada como el señor del ganado.

La doncella más honesta es suficientemente pródiga si descubre su belleza al rayo de la Luna. WILLIAM SHAKESPEARE. En las culturas originarias de Mesoamérica, como lo describió fray Bernardino de Sahagún, los ciclos cósmicos fueron establecidos en una amplia variedad de códices, calendarios, rituales, tradiciones e incluso representados en la arquitectura. Estos ciclos conforman un eje integrador de sus cosmovisiones, creando puentes entre el pasado y el futuro, vinculando la mecánica celeste con los dioses y los hombres; entretejiendo lo sagrado con el poder terrenal. Los antiguos mesoamericanos veían una relación profunda entre tiempos, astros y dioses, la cual quedó plasmada en dos calendarios, uno sagrado de 260 días y otro civil de 365 días. No está claro el origen ni el significado del calendario sagrado, pero ambos servían no solo para definir los rituales, sino los momentos mismos de reiniciar los ciclos humanos para 18


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dotar al mundo de una nueva etapa, de un fuego nuevo. A los eventos celestes extraordinarios, como cometas y eclipses, lunares o solares, se les asociaba con acontecimientos negativos para la humanidad, especialmente para las mujeres embarazadas. Se temía que si miraban un eclipse podrían dar a luz niños con defectos e incluso abortar. Estas ideas del mundo no aparecieron súbitamente ni han sido estáticas. Las cosmovisiones son manifestaciones culturales que cambian, están en continua transformación, tienen vida propia; los dioses y rituales se establecen como mitos sociales muy profundos, estéticos y racionales. El cielo nocturno y sus constelaciones cambian a lo largo del año y cada pueblo inventó las propias, con significados tanto sagrados como prácticos; se usaron para establecer celebraciones y rituales, para orientarse, para marcar las épocas de lluvias y de sequías, para establecer actividades agrícolas e incluso para señalar la época de nacimiento de algunos animales. Las que usamos actualmente en occidente son de origen griego y ahora solo se emplean para denominar a las estrellas pertenecientes a cada constelación. En el caso de las deidades que rigen el día y la noche, las leyendas de las culturas originarias del altiplano de México cuentan que, en un cónclave de dioses, dos de ellos se lanzaron al fuego para transformarse en el Sol y la Luna. Al inicio ambos brillaban igual, pero otro de los dioses apagó el fulgor de la Luna lanzándole un conejo y marcando para siempre su rostro. Otra versión del mito, proveniente de la Huasteca potosina, cuenta que un conejo se asoció con un campesino, quien construyó una barca para salvarse de una gran inundación que creció tanto que las aguas llegaron cerca de la Luna. En esos momentos, el conejo saltó y se quedó a vivir para siempre en ella. En el caso del pueblo comca’ac, quienes habitan las zonas del desierto de Sonora en el norte de México (también llamado 19


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pueblo seri, “habitantes de las arenas”), las historias populares cambian al conejo por un coyote, el cual decidió saltar sobre la Luna al ver que un pequeño pájaro lo había hecho antes con facilidad. Al dar el salto, la Luna creció y el coyote quedó atrapado y estampado en ella. La participación de un conejo –o una liebre– no es exclusiva de Mesoamérica. Encontramos este animal en los mitos de algunas culturas norteamericanas en calidad de nieto de la Luna. Del otro lado del mundo también aparece en diferentes culturas de Asia y Africa. Por ejemplo, en la India y Sri Lanka la liebre aparece en las leyendas, ya sea personificando a Buda o sacrificándose, al saltar hacia el fuego de una hoguera para alimentar a un brahmán, pero es rescatada y posteriormente pintada por el mismo brahmán en la Luna. En China, una leyenda cuenta que la deidad femenina Chang’e huyó de la ira de su marido y la Luna le dio asilo, por lo que ahora la divinidad vive ahí, acompañada de un hermoso conejo blanco. En los mitos africanos, la relación liebre-Luna se asocia con la muerte y el labio leporino. Las fases lunares representan la muerte y el renacimiento, la inmortalidad. Las leyendas refieren que la Luna deseaba que la humanidad renaciera de la misma manera, así que nos envió un mensaje de inmortalidad a través de la liebre, pero la mensajera dio el mensaje opuesto, provocando que la muerte fuera permanente. La Luna montó en cólera y de un golpe le partió la boca a la liebre, originando el labio leporino. Desde entonces la libre vive huyendo y corriendo.

La antorcha pura que refulge en el cielo. La luz celestial, que brilla como el día. THORKILD JACOBSEN

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METÁFORAS CÓSMICAS

Para los mayas, la diosa de la noche y el amor es Ixchel, quien rige sobre la fecundidad y la salud. Hay representaciones en estatuillas de la isla de Jaina y en vasijas esculpidas en las que Ixchel aparece con un conejo. Sin embargo, ella no es el único personaje que reina en las noches de estas culturas. Los mayas tienen una amplia variedad de representaciones de deidades que pueden ser indistintamente masculinas o femeninas, y están asociadas con los ciclos lunares y la Tierra. Antiguas referencias de época virreinal sugieren que existió un importante santuario dedicado a Ixchel en la isla de Cozumel. Aun así, en la zona arqueológica de San Gervasio, la más importante de la isla, no hay evidencias del supuesto culto. Una versión moderna e interesante del mito de Ixchel se puede encontrar en la sala maya que recientemente elaboró el planetario Cha’an Ka’an en Cozumel para los niños y jóvenes de la región. En la cultura mexica de la zona central de México, la deidad lunar era Coyolxauhqui. Ella dirigió la rebelión de sus hermanos Centzon Huitznahuas, los famosos 400 sureños, quienes se sintieron deshonrados por el embarazo de su madre Coatlicue y decidieron matarla. No pudieron lograrlo porque fueron enfrentados por su hermano Huitzilopochtli, recién nacido pero muy poderoso, dios del Sol y de la guerra, quien los enfrentó y venció, para luego decapitar y descuartizar a la osada Coyolxauhqui. El cuerpo desmembrado de la deidad está esculpido en el famoso monolito redondo encontrado en 1978 en el Templo Mayor de Tenochtitlan. Se dice que el pueblo mexica tomó su nombre de Metztli (Luna en náhuatl), la deidad del pulque y el maguey, quien también reinaba en las noches y probablemente es una evocación de la misma Coyolxauhqui. De hecho, parece ser que la palabra México se compone de vocablos en náhuatl que significan “en el ombligo de la Luna”. El pueblo otomí estableció en Metztitlán, el lugar de la Luna, un santuario dedicado a Metztli. 21


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Hay tanta soledad en ese oro. La luna de las noches no es la luna que vio el primer Adán. Los largos siglos de la vigilia humana la han colmado de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo. JORGE LUIS BORGES En nuestro continente, las culturas inuit, hopi, zapoteca, maya, inca, guaraní y, en general, el resto de los pueblos originarios tuvieron deidades asociadas con la Luna y la noche. Lo mismo podemos decir de las culturas establecidas en África, Asia, Europa y Oceanía; todas ellas veneraron a sus deidades nocturnas, crearon mitos, ritos y calendarios con una abundante mezcla de fantasías y conocimientos de los ciclos celestes. La repetición continua de estos ciclos ha sido la base de los calendarios y algunos pueblos –los mayas en particular– han construido esquemas de una gran complejidad, como la cuenta larga de 13 baktunes,1 en la que cada ciclo tiene una duración de un poco más de 5,125 años.

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1984c  

Aluzinaje; ciencia; divulgación; astronomía; José Franco; Lucía Hinojosa Gaxiola El libro da una visión caleidoscópica y compacta de nuest...

1984c  

Aluzinaje; ciencia; divulgación; astronomía; José Franco; Lucía Hinojosa Gaxiola El libro da una visión caleidoscópica y compacta de nuest...