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Sergi Pàmies

El arte de llevar gabardina Versión del autor

EDITORIAL ANAGRAMA BARCELONA

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Título de la edición original: L’art de portar gavardina Quaderns Crema, S. A. Barcelona, 2018

La traducción de esta obra ha contado con una subvención del

Ilustración: © AF archive Alamy Stock Photo

Primera edición: abril 2019

Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A © Sergi Pàmies Bertran, 2018 © EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2019 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-9874-3 Depósito Legal: B. 6976-2019 Printed in Spain Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - Polígono Torrentfondo 08791 Sant Llorenç d’Hortons

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ECLIPSE

Nos hemos conocido junto a la piscina de un hotel en la que aún no flota ningún cadáver. Es la fiesta de aniversario –cincuenta años– de un conocido locutor de radio. Los casi doscientos invitados son el resultado de una selección que combina familiares, amigos y compañeros de trabajo. La vista abarca doce quilómetros de playa en forma de luna creciente, un horizonte que trenza todos los colores del atardecer y una procesión de aviones que, en riguroso orden de aparición, desfilan hacia el aeropuerto. Nos ha presentado una amiga en común, que ha insistido en que nos gustará conocernos. Mientras nos damos los dos besos protocolarios, ambos detectamos en el otro la misma mezcla de timidez y tensión. Quizás porque no queremos contrariar a la amiga en común, nuestra primera mirada es de resignación, como si, sin decírnoslo, acordáramos despachar el trance cuan7

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to antes. El tanteo dura hasta que nos sincronizamos. La amiga se va y nos deja a la intemperie. Ahora solo depende de nosotros que la conversación se ahogue, o no, en la piscina. Hacemos lo que podemos. Tú, con una deferencia que te agradezco. Yo, con una falta de agilidad agravada por años de inactividad. Alternamos preguntas y respuestas efervescentes hasta que, sin recursos, propongo ir a buscar una copa a la barra. Eliges cava y yo vino y, como me conozco, reprimo la tentación de teorizar al respecto. Brindamos a la salud del homenajeado, que, micrófono en mano, nos lo agradece y anuncia que dentro de unos meses hará de actor en una obra de teatro. No aplaudimos porque tenemos una mano ocupada por la copa, y nos preguntamos cómo se las apañará para compaginar las representaciones con las seis horas diarias de su programa. «No dormirá», concluyes con un sentido común categórico. Justo en ese momento hago lo que no me había atrevido a hacer hasta ahora: además de oírte y de verte, te miro y te escucho. Que me agobie la vida social no me impide percibir la coherencia entre el color de tus ojos y la introvertida vivacidad de tu mirada, la importancia que pareces darle a tu pelo y la afabilidad de tu sonrisa. Las preguntas han dejado de ser efervescentes y, aunque hablemos de trabajo, me da la impresión de retomar una conversación 8

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empezada hace tiempo. Diferencias entre hace un rato y ahora: hace un rato me resultaba indiferente parecer un misántropo y ahora haría cualquier cosa por no serlo. Desde que nos han presentado calculo que habrán pasado diez minutos como máximo y has tenido tiempo de contarme que has acabado la carrera de Humanidades (con un trabajo sobre la función del paisaje en los relatos de Mary Shelley y Edgar Allan Poe) y que estás a punto de poner en marcha un proyecto empre­ sarial. Igual que los aviones hacia el aeropuerto, ordeno las preguntas que me gustaría hacerte en formación descendente. Como torre de control elijo la referencia de tus ojos, que proyectan un código de señales que ojalá supiera interpretar. Doy un trago de vino más largo de lo normal. Un sommelier detectaría notas de desorientación, un retrogusto a pánico y la afrutada adrenalina de las expectativas. Ya no finjo tener una conversación: la tengo. Y eso implica escuchar más que hablar y no precipitarme ni preguntarte por qué has estudiado Humanidades ni qué clase de ironía te ha impulsado a elegir a Shelley y Poe. Pero, justo cuando me dispongo a hablarte con cierta continuidad para mejorar la impresión que debo de estar causándote, el anfitrión vuelve a coger el micrófono y, exultante, invita a todo el mundo a continuar la fiesta en la planta 26 del mismo hotel, 9

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en una discoteca reservada para la ocasión. El anuncio provoca la dispersión inmediata de los asistentes. A tu lado aparece un hombre que aún tiene la edad y el aspecto para considerarse joven y que, con una confianza más propia de un hermano que de un amigo, te anima –casi te insta– a acompañarle. Entonces me doy cuenta de que no sé nada de ti. ¿Tienes hijos? ¿También estás separada? ¿Has venido sola? Ni siquiera sé cuántos años tienes, aunque diría que eres de ese tipo de personas que aparentan la edad que tienen. Doy un paso atrás y, con la deportividad de los que no saben competir, acepto que debemos de haber llegado al final del ritual protocolario. No nos despedimos, me gustaría creer que porque presuponemos que la fiesta es lo suficientemente informal para propiciar más idas y venidas. Te alejas con tu amigohermano mientras yo saludo a otros invitados y me obligo a analizar nuestro encuentro de forma pragmática: seguro que no has venido sola y seguro que estás casada. Los asistentes, emparejados en su mayoría, esperan la llegada de los ascensores. Para poder subir –diez segundos de ascenso supersónico– se nos exige ponernos una pulsera naranja (con derecho a barra libre) en la que se puede leer la palabra eclipse dentro de un círculo. La última vez que llevé pulsera fue en el hospital, recuerdo. Después de sufrir una lipotimia y un 10

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brote de amnesia, me ingresaron hasta emitir un diagnóstico que, en vez de tranquilizarme, me decepcionó: estrés. Desde los ventanales de la planta 26, la vista mejora. La grandeza vertical y horizontal del paisaje se completa con una insólita perspectiva de la piscina. A pesar de la distancia, que reduce las proporciones a escala de maqueta, juraría que hay un cadáver flotando en el agua, perfectamente iluminada. Me abstengo de hacer ningún comentario porque podría tratarse de una alucinación y entro en la discoteca. Esquivo la potencia de los altavoces y, en la barra, intento participar en conversaciones sobre dos temas omnipresentes: Twitter y la independencia. Tengo la sensación de que, cuando hablo, nadie me oye. No te busco con la mirada para que no parezca que intento forzar un cruce visual falsamente fortuito. Como siempre, envidio la disoluta soltura de los que se han puesto a bailar. El anfitrión, feliz, habla con un músico conocido, amigo suyo, que se ha ofrecido para hacer de disc-jockey con un repertorio perfecto, ni demasiado nostálgico ni demasiado moderno. Pido un gin-tonic y me lo sirven con las proporciones invertidas. Me lo tomo con la impaciencia de comprobar cuánto tarda en fulminarme la mezcla de alcohol y los nuevos medicamentos que me han recetado. El efecto es inmediato. Los minutos se me amontonan en el cerebro, anquilo11

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san las neuronas más activas y hacen que me sienta más circunspecto de lo que soy. Quizás por eso, cuando unos amigos que viven cerca de mi casa me proponen marcharse y acompañarme en su coche, acepto sabiendo que me arrepentiré de irme sin decirte nada. Me despido del locutor con un cordial apretón de manos, pero, cuando llegamos al parking, recibo un sms suyo que dice: «Siento mucho que no te lo hayas pasado bien. Pero gracias por venir. De todo corazón. ¡Salud!» Me pregunto cómo se las habrá apañado para diagnosticarme un estado de ánimo que ni siquiera sé si tengo. Mientras tanto, los amigos que se han ofrecido a acompañarme se encaran con el cajero automático del parking porque no les acepta una tarjeta de crédito corporativa pensada para no ser rechazada bajo ningún concepto. Lo intentan una y otra vez, cada vez más coléricos, hasta que para pacificar la situación introduzco un billete que el cajero devora con avidez. «Las máquinas prefieren el efectivo a las tarjetas», afirmo como si pronunciara un aforismo neoliberal. Subimos al coche y salimos del hotel por una rampa de curvas maléficas. Más que chirriar, los neumáticos gimen. Tenemos que frenar de golpe cerca de la entrada porque, entre dos coches de policía, unos enfermeros con chalecos reflectantes cargan en una ambulancia un cadáver cubierto por una manta térmica. La camilla pasa 12

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lo suficientemente cerca de nosotros como para reconocer la manga empapada y el brazo colgante –con la pulsera puesta–, los mocasines del muerto, idénticos a los que llevo, e, iluminados por las luces de las sirenas, las uñas mordidas de las manos y un reloj Swatch que, igual que el mío, marca la hora de hace tres horas. Me imagino a la amiga común llamándote mañana para decirte: «¿Sabes aquel hombre que te presenté? Pues lo encontraron ahogado en la piscina, tú.» Las indicaciones policiales nos obligan a desviarnos por barrios que no sabía que existían. A través de los cristales tintados del coche, la ciudad parece la capital de un país de vampiros que se alimentan, además de sangre, de ruido y euforia. Se mueven en grupo, a cámara lenta, y los pocos que no están ocupados tecleando en la pantalla del móvil nos saludan cuando cruzamos por los pasos cebra sin respetar, ni ellos ni nosotros, el color de los semáforos. Sospecho que esta impresión alucinatoria es una estrategia de fuga, una salida de emergencia para no tener que admitir que, contraviniendo todos los tratamientos, pienso en ti más de lo que soy capaz de asimilar. Y también intuyo que los minutos que hemos estado juntos no serán suficientes cuando desee recordarte con garantías de exactitud. Antes de que sea demasiado tarde, pues, te escaneo mentalmente los ojos, el pelo y el vértice de la sonrisa. Es una 13

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sonrisa que promete unas cĂĄlidas carcajadas que, si no estuviese muerto y tumbado en la litera de una ambulancia, me encantarĂ­a compartir.

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El arte de llevar gabardina Pàmies, Sergi Concebidos como un concentrado de memoria, emoción y placer narrativo, los trece cuentos de El art...

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