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Sinfonía del placer Lo que nos enseña la música en el sexo y viceversa VERÓNICA MAZA BUSTAMANTE

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ÍNDICE

LEGAL

Introducción Primera Parte: Breve historia del placer y la melodía. I. La prehistoria I.1 Ser un ser humano I.2 La música, el placer y el fuego I.3 La explosión creativa del gran salto adelante I.4 De dioses y semillas II. Mundo antiguo I.1 De hetairas y gimnasios I.2 Roma: entre el pudor y la lujuria III. América precolombina III.1 Mexicas: la música del cuerpo III.2 Mayas: la identidad mutable III.3 Los nativos norteamericanos: antes del holocausto IV. Edad Media IV.1 Los monasterios: verdaderos burdeles IV.2 El amor cortés V. Mundo moderno V.1 El cuerpo renacido V.2 El Barroco: extravagante y refinado V.3 La Ilustración: ¡hola, buen salvaje! Segunda Parte: El gozo sónico VI. Cómo la música opera en el cerebro VI.1 La experimentación, las disfunciones… y las matemáticas VI.2 La música y el porno

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VII.

Las dimensiones de la sexualidad VII.1 Mi identidad, no la tuya VII.2 La experiencia del placer VII.3 La inteligencia erótica VIII. Melolagnia, tantra y salud VIII.1 Tantra: la otra realidad VIII.2 El poder sanador del placer y la melodía IX. El baile: trío perfecto Tercera Parte: Lo que nos enseña el sexo en la música y viceversa X. La canción como espejo de la realidad XI. Las enseñanzas del sexo y la música

Para Fernando por el do Para Adrian por el re Para Jachen Duri por el mi Para Karini por el fa Para Bruno por el sol Para José Manuel por el la Para Primitivo por el si

Epílogo

Nota bene: Todas las entrevistas aquí citadas que no están acompañadas por una referencia bibliográfica o de internet fueron realizadas por la autora de manera exclusiva para la escritura de este libro, entre agosto de 2018 y enero de 2019.

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VII.

Las dimensiones de la sexualidad VII.1 Mi identidad, no la tuya VII.2 La experiencia del placer VII.3 La inteligencia erótica VIII. Melolagnia, tantra y salud VIII.1 Tantra: la otra realidad VIII.2 El poder sanador del placer y la melodía IX. El baile: trío perfecto Tercera Parte: Lo que nos enseña el sexo en la música y viceversa X. La canción como espejo de la realidad XI. Las enseñanzas del sexo y la música

Para Fernando por el do Para Adrian por el re Para Jachen Duri por el mi Para Karini por el fa Para Bruno por el sol Para José Manuel por el la Para Primitivo por el si

Epílogo

Nota bene: Todas las entrevistas aquí citadas que no están acompañadas por una referencia bibliográfica o de internet fueron realizadas por la autora de manera exclusiva para la escritura de este libro, entre agosto de 2018 y enero de 2019.

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Es la música la que entrega lo espiritual y lo sensual. Puede transmitir el éxtasis libre de culpa, la fe sin dogma, el amor como un homenaje y un ser humano en tranquila armonía con la naturaleza y el infinito. YEHUDI MENUHIN

La música es la voluptuosidad de la imaginación. EUGÈNE DELACROIX

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INTRODUCCIÓN

By the time I put on my shoes already have the groove... Hot Natured

M

i primer amor fue la música. Me recuerdo recostada frente a la consola tocadiscos de color café, con las manos sosteniendo mi cabeza y mis codos clavados en la alfombra roja de la casa nueva en los suburbios donde pasé la infancia y la adolescencia. Escuchaba discos para niños, pero también ponía los acetatos de mi padre, que tenía un gusto ecléctico, pues lo mismo iba de los Beatles y Frank Sinatra a Los Ángeles Negros, José José, Elvis Presley, Ray Conniff, Celia Cruz y Vicente Fernández, pasando por el jazz, la bossa nova, Herb Alpert y hasta The Dave Brubeck Quartet con “Take Five” en sonido estéreo. Podía pasar horas ahí, imaginando posibles escenas que se desarrollarían mientras esas canciones se instalaban en un gran salón de mi mente, en el que, desde entonces, he ido conformando una gran fonoteca. Seguramente no es la más completa, pero para mí representa una serie de universos entrelazados capaz de mostrarme la infinitud del sonido. Cuando llegué a la edad en que podía decidir qué regalo quería recibir de mis padres, comencé a pedir discos. Había de 33 y de 45 revoluciones por minuto; aunque prefería los grandes, de 12 pulgadas, a veces era suficiente con los dos temas que incluía el álbum pequeño. Amaba colocarlos en la tornamesa y ver cómo brillaba el vinil negro mientras comenzaban a girar y girar y girar. Entonces tomaba suavemente el brazo de la aguja para ubicar con precisión en qué lugar de los microsurcos del tamaño de un cabello humano la colocaría. Si me equivocaba, la volvía a poner hasta que me abrazaba el scratch inicial. Entonces me acomodaba para iniciar la aventura. 13

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SINFONÍA DEL PLACER. LO QUE NOS ENSEÑA LA MÚSICA EN EL SEXO Y VICEVERSA

Mi colección comenzó a integrar a Diana Ross, Michael Jackson, Madonna, U2, Chicago, AC/DC, Eagles, Paul McCartney, Cyndi Lauper, Kiss y las bandas juveniles del momento; no obstante, en pocos años se amplió debido al surgimiento del “Rock en tu idioma”. No hubo vuelta atrás: me enganché definitivamente a la música. Todavía más allá: me encontré con letras en español que le daban un significado a mi vida, que me hacían sentir acompañada y comprendida. Se volvieron mi herramienta –junto con las novelas, que también leía a destajo, más otros géneros musicales, intérpretes y compositores– para decirle a los demás lo que no podía estructurar con mis propias palabras, para comunicar aquellos sentimientos que brotaban en el alma de una joven cuyo cuerpo empezaba a experimentar unas imperiosas ganas de sentir. Así, el deseo y la música me habitaron. Instalada en esta vivencia, un buen día comencé a estudiar la sexualidad humana. Fue una de las mejores decisiones que he tomado, porque con ello se llenó otro espacio, limpio y amplio, que esperaba ser ocupado dentro de mi ser. El entusiasmo con el que arranqué mis investigaciones en esta materia me reveló que mi entramado particular de emociones siempre estaría rodeado por la erótica, la música y las letras. Pude, finalmente, completar el rompecabezas que me explicaba la lógica del mundo en el que existo. Nunca he visto la melodía como algo separado de la práctica sexual. A fin de cuentas, las dos expresiones me generan un enorme placer. Salvo los momentos en que la fiebre me alcanza en lugares donde no hay música, ésta siempre está presente en mis momentos de gozo, entendiéndolos no solo como aquellos que vivo cuando estoy en compañía de alguien o de mi propia anatomía, sino en función de esos instantes en que camino en una tarde lluviosa o reposo en una playa mientras el sol me acaricia sin pudor. Cuando bailo como poseída por Baco en una fiesta y me desarmo en la sala de mi departamento en esas mañanas de soledad en las que puedo volver a ser la chica de coletas que, acostada en el piso, se dejaba seducir por una buena canción. La ciencia se volvió mi mejor consejera, al igual que la historia de la humanidad, cuando me comencé a formular nuevas preguntas sobre 14

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INTRODUCCIÓN

mis temas de estudio, porque las dudas nunca dejan de brotar en la periodista que soy: ¿qué pasa en nuestro cerebro cuando nos excitamos y por qué a veces experimentamos sensaciones y sentimientos semejantes cuando escuchamos ciertas piezas musicales? ¿Tiene nombre ese impulso que lleva a que los sonidos sean parte esencial de la vivencia sensorial? ¿Cuándo surgió el baile y qué es lo que hace que nos movamos casi sin quererlo cuando escuchamos determinado ritmo? ¿Por qué las experiencias son siempre únicas e irrepetibles? Las respuestas llegaron con las teorías de diversos investigadores, pero también con mis propias experiencias. Descubrí que podía tocar un cuerpo ajeno como si fuera un instrumento prestado: con cuidado, atención, percepción e intensidad. Entonces, a la manera de una Pitágoras del anhelo, me di cuenta de que era capaz de generar una música de las esferas para mi satisfacción (más la ajena, espero), en donde cada persona con la que me he relacionado se ha convertido en un planeta que se sostiene por la complicidad del erotismo más curioso y la música más diversa. Además, tengo la fortuna de contar con buenos amigos y amigas en el campo de la música y de la sexología, con quienes he pasado largas veladas debatiendo o compartiendo asuntos relacionados con el placer y la melodía. Con algunos de ellos he tenido una incomparable travesía desde los años noventa que nos ha llevado a momentos de éxtasis para los que únicamente necesitamos una buena bocina y un set list interesante o ser testigos de conciertos que nos han hecho crecer como seres humanos. Sus voces las encontrarán en estas páginas. Hoy mi memoria está construida a base de besos y recuerdos musicales, de historias de sexo y “rolas” entrañables. Cuando quiero mencionar de qué año es cierta canción, pienso en la persona con la que compartí orgasmos escuchando el tema y puedo definir lo demás. O, de pronto, cuando me sorprende una tonada en la radio, en la calle, en el transporte público, me doy cuenta de que mi cuerpo se relaja o se humedece si tras sus notas hay algún recuerdo sensorial. Sinfonía del placer es, entonces, el libro de mi vida. El que siempre soñé escribir y compartir. Los y las invito a que me acompañen en este recorrido para que recuerden conmigo sus propias anécdotas y 15

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Mi colección comenzó a integrar a Diana Ross, Michael Jackson, Madonna, U2, Chicago, AC/DC, Eagles, Paul McCartney, Cyndi Lauper, Kiss y las bandas juveniles del momento; no obstante, en pocos años se amplió debido al surgimiento del “Rock en tu idioma”. No hubo vuelta atrás: me enganché definitivamente a la música. Todavía más allá: me encontré con letras en español que le daban un significado a mi vida, que me hacían sentir acompañada y comprendida. Se volvieron mi herramienta –junto con las novelas, que también leía a destajo, más otros géneros musicales, intérpretes y compositores– para decirle a los demás lo que no podía estructurar con mis propias palabras, para comunicar aquellos sentimientos que brotaban en el alma de una joven cuyo cuerpo empezaba a experimentar unas imperiosas ganas de sentir. Así, el deseo y la música me habitaron. Instalada en esta vivencia, un buen día comencé a estudiar la sexualidad humana. Fue una de las mejores decisiones que he tomado, porque con ello se llenó otro espacio, limpio y amplio, que esperaba ser ocupado dentro de mi ser. El entusiasmo con el que arranqué mis investigaciones en esta materia me reveló que mi entramado particular de emociones siempre estaría rodeado por la erótica, la música y las letras. Pude, finalmente, completar el rompecabezas que me explicaba la lógica del mundo en el que existo. Nunca he visto la melodía como algo separado de la práctica sexual. A fin de cuentas, las dos expresiones me generan un enorme placer. Salvo los momentos en que la fiebre me alcanza en lugares donde no hay música, ésta siempre está presente en mis momentos de gozo, entendiéndolos no solo como aquellos que vivo cuando estoy en compañía de alguien o de mi propia anatomía, sino en función de esos instantes en que camino en una tarde lluviosa o reposo en una playa mientras el sol me acaricia sin pudor. Cuando bailo como poseída por Baco en una fiesta y me desarmo en la sala de mi departamento en esas mañanas de soledad en las que puedo volver a ser la chica de coletas que, acostada en el piso, se dejaba seducir por una buena canción. La ciencia se volvió mi mejor consejera, al igual que la historia de la humanidad, cuando me comencé a formular nuevas preguntas sobre 14

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INTRODUCCIÓN

mis temas de estudio, porque las dudas nunca dejan de brotar en la periodista que soy: ¿qué pasa en nuestro cerebro cuando nos excitamos y por qué a veces experimentamos sensaciones y sentimientos semejantes cuando escuchamos ciertas piezas musicales? ¿Tiene nombre ese impulso que lleva a que los sonidos sean parte esencial de la vivencia sensorial? ¿Cuándo surgió el baile y qué es lo que hace que nos movamos casi sin quererlo cuando escuchamos determinado ritmo? ¿Por qué las experiencias son siempre únicas e irrepetibles? Las respuestas llegaron con las teorías de diversos investigadores, pero también con mis propias experiencias. Descubrí que podía tocar un cuerpo ajeno como si fuera un instrumento prestado: con cuidado, atención, percepción e intensidad. Entonces, a la manera de una Pitágoras del anhelo, me di cuenta de que era capaz de generar una música de las esferas para mi satisfacción (más la ajena, espero), en donde cada persona con la que me he relacionado se ha convertido en un planeta que se sostiene por la complicidad del erotismo más curioso y la música más diversa. Además, tengo la fortuna de contar con buenos amigos y amigas en el campo de la música y de la sexología, con quienes he pasado largas veladas debatiendo o compartiendo asuntos relacionados con el placer y la melodía. Con algunos de ellos he tenido una incomparable travesía desde los años noventa que nos ha llevado a momentos de éxtasis para los que únicamente necesitamos una buena bocina y un set list interesante o ser testigos de conciertos que nos han hecho crecer como seres humanos. Sus voces las encontrarán en estas páginas. Hoy mi memoria está construida a base de besos y recuerdos musicales, de historias de sexo y “rolas” entrañables. Cuando quiero mencionar de qué año es cierta canción, pienso en la persona con la que compartí orgasmos escuchando el tema y puedo definir lo demás. O, de pronto, cuando me sorprende una tonada en la radio, en la calle, en el transporte público, me doy cuenta de que mi cuerpo se relaja o se humedece si tras sus notas hay algún recuerdo sensorial. Sinfonía del placer es, entonces, el libro de mi vida. El que siempre soñé escribir y compartir. Los y las invito a que me acompañen en este recorrido para que recuerden conmigo sus propias anécdotas y 15

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conozcan lo mismo hechos históricos que experiencias vitales mías y ajenas que buscan contestar numerosas interrogantes. Por favor, no duden en poseerlo de la manera en que prefieran: en orden o saltándose capítulos para volver a ellos posteriormente; con canciones o sin canciones (hay una playlist que pueden consultar), en soledad o en compañía. “Cantar es algo parecido a liberarse. Lo que no se puede decir y lo que no se puede callar, lo expresa la música”1, escribió Víctor Hugo en el ensayo A propósito de Shakespeare. El genio y la misión del arte. Me gustaría que este ejemplar sea su acompañante pero que también les sirva a manera de diccionario para expresar lo que les parecía imposible de confesar, porque quizá cuando las palabras se acaben, la melodía permanezca. Aprender a tocar un instrumento es una materia pendiente que espero cubrir algún día. Por ahora, estas hojas son mi sinfonía. Mi homenaje a esos motores que me han hecho feliz durante tantos años. La música y la sexualidad humana bien comprendidas tienen la capacidad de cambiar el mundo, pero podríamos comenzar por entender aquél en donde nos desarrollamos y están las personas que amamos. Así que... ¡a darle play para vibrar como los planetas sonoros del deseo que ya somos!

PRIMERA PARTE BREVE HISTORIA DEL PLACER Y LA MELODÍA

We didn’t start the fire it was always burning since the world’s been turning. BILLY JOEL

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conozcan lo mismo hechos históricos que experiencias vitales mías y ajenas que buscan contestar numerosas interrogantes. Por favor, no duden en poseerlo de la manera en que prefieran: en orden o saltándose capítulos para volver a ellos posteriormente; con canciones o sin canciones (hay una playlist que pueden consultar), en soledad o en compañía. “Cantar es algo parecido a liberarse. Lo que no se puede decir y lo que no se puede callar, lo expresa la música”1, escribió Víctor Hugo en el ensayo A propósito de Shakespeare. El genio y la misión del arte. Me gustaría que este ejemplar sea su acompañante pero que también les sirva a manera de diccionario para expresar lo que les parecía imposible de confesar, porque quizá cuando las palabras se acaben, la melodía permanezca. Aprender a tocar un instrumento es una materia pendiente que espero cubrir algún día. Por ahora, estas hojas son mi sinfonía. Mi homenaje a esos motores que me han hecho feliz durante tantos años. La música y la sexualidad humana bien comprendidas tienen la capacidad de cambiar el mundo, pero podríamos comenzar por entender aquél en donde nos desarrollamos y están las personas que amamos. Así que... ¡a darle play para vibrar como los planetas sonoros del deseo que ya somos!

PRIMERA PARTE BREVE HISTORIA DEL PLACER Y LA MELODÍA

We didn’t start the fire it was always burning since the world’s been turning. BILLY JOEL

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I LA PREHISTORIA

R

ingo Starr, transformado en un pequeño Homo sapiens del clan Tonda en la película El cavernícola, de 1981, descubre la música en un espontáneo ritual alrededor del fuego en el que ancianos, niños, mujeres y hombres participan haciendo sonar lo que tienen a la mano: huesos de animales, esqueletos completos, caparazones, varas y sus propios sonidos guturales, creando una armonía más parecida a la de una canción de los Beatles que, seguramente, a una de las primeras composiciones que se hayan hecho en la historia de la humanidad. Diez años después, en Criaturas olvidadas del mundo, cinta dirigida por Donald Chaffey para la casa productora Hammer, la invención de la música tiene un propósito: acompañar una danza “sexual” en torno a una fogata donde se ofrecerán dos mujeres rubias a unos machos morenos que las miran con deseo como si ellas fueran Raquel Welch, con su diminuto bikini sesentero de piel de Tyrannosaurus rex y su peinado de salón, en Hace un millón de años, del mismo director. En la idea de la prehistoria de Chaffey hay algunos elementos primordiales, más allá de la insistencia en unir a los dinosaurios con los cavernarios: las mujeres son voluptuosas, usan poca ropa, atraen de manera incomprensible a los varones, danzan como si no existiera un mañana y buscan que el hombre no solo las penetre velozmente, sino que les dé cuando menos un besito de amor a ritmo de una primitiva y lúbrica melodía. Esta idea del amor prehistórico nos ha acompañado desde las primeras décadas del siglo XX en las que, gracias al cine, libros y diversas novelas, hemos tenido visiones de todo tipo sobre la prehistoria. No obstante, han sido los paleoantropólogos quienes, desde el siglo XIX, nos han iluminado al respecto: lo cierto es que la música y la sexualidad han existido desde los albores de la humanidad. 19

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SINFONÍA DEL PLACER. LO QUE NOS ENSEÑA LA MÚSICA EN EL SEXO Y VICEVERSA

Hace dos millones y medio de años, los humanos evolucionaron por primera vez en África oriental a partir de un género de primates homínidos llamado Australopithecus o “simio austral”. Cerca de quinientos mil años después, esta especie fue una de las que dio origen al género Homo en África. Transformada en Homo erectus (hombre erguido), comenzó a moverse hacia diversos puntos del planeta. Esto provocó que cada población cambiara y creciera en direcciones diferentes y en especies distintas: los erectus se instalaron en Asia oriental; surgieron los famosos neandertales en Europa y Asia occidental; el Homo soloensis en el valle del Solo de la isla de Java, y el Homo floresiensis en la isla de Flores, ambos en Indonesia; el Homo “denisova”, mejor conocido como homínido de Denisova, en Siberia y muchas otras especies de humanos primigenios que fueron mutando hasta llegar a ser los llamados Homo sapiens sapiens (término que comienza a estar en desuso), con las características principales que definen al hombre moderno. En su libro Sapiens. De animales a dioses, Yuval Noah Harari explica que no es verdad que sea una línea de descendencia directa como se creía antes, que empezaba con los erectus, seguía con los neandertales y acababa con los sapiens. Ahora se sabe que desde hace dos millones de años y hasta hace diez mil, el mundo fue hogar de varios tipos de homínidos. Cada uno evolucionó con sus propias características y llegaron, incluso, a reproducirse entre sí. El movimiento de genes de una especie a otra se comenzó a dar; eso cambió, junto con otras mutaciones, las conexiones internas del cerebro de las especies, principalmente de los sapiens, lo que revolucionó sus capacidades cognitivas y les permitió pensar y comunicarse de manera más efectiva. En este larguísimo proceso, la sexualidad –con todo lo que integra, no solamente el asunto reproductivo–, junto con el cambio de postura y las modificaciones en el tamaño del cerebro, tuvo un papel decisivo que marcó la división con los grandes simios.

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LA PREHISTORIA

I.1 SER UN SER HUMANO

Un tambor suena suavemente antes del temblor que generan varios instrumentos de aliento, entre los que destacan las trompetas, que truenan de forma expansiva. Retumba un par de timbales. Las trompetas insisten en jugar con los modos mayor y menor mientras las cuerdas de 16 violines vibran bajo los arcos. La intensidad sube gracias a los trombones y las tubas. Un contundente platillo le da la entrada a dos timbales que estallan antes de dar pie a seis cornos franceses en fa y un órgano apenas perceptible. Todo se fusiona para el remate del einleitung o final de la introducción de Así habló Zaratustra, el poema sinfónico compuesto por Richard Strauss en 1896. Inspirado en la obra homónima del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, este capítulo inicial representa la salida del sol o el momento primigenio en que el pensamiento surge como un factor decisivo en la historia del hombre. Para Strauss, su fanfarria es el comienzo del desarrollo de la raza humana; sin embargo, esta sinfonía ha sido guardada en el inconsciente colectivo gracias a la capacidad del cineasta Stanley Kubrick de plasmar, en su cinta de culto 2001, odisea del espacio, una visión del momento en que el primate descubre su capacidad de destrucción. La gran pregunta, aderezada por esta obertura, es: ¿qué factores transformaron a un simple simio en un ser humano? Pareciera, si vemos el famoso esquema de la evolución del mono (el cual siempre está representado por un macho), que los cambios principales están relacionados con caminar erguidos, el aumento de la altura, la pérdida del pelaje y la posibilidad de sostener una herramienta entre las manos. Si bien estos cambios fueron de suma importancia para la transición, son muchos los aspectos que se modificaron con el paso de los milenios –particularmente en las mujeres– para pasar de animales a seres humanos. En casi todos ellos, la sexualidad tuvo un papel transformador. El hecho de caminar erguidos parece algo sencillo, un mero asunto postural, pero liberar las extremidades superiores del suelo implicó poder ver hacia el cielo y ubicar a las bestias enemigas a mayor distancia al ampliarse el campo de visión, lo que significó un ahorro de 21

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Hace dos millones y medio de años, los humanos evolucionaron por primera vez en África oriental a partir de un género de primates homínidos llamado Australopithecus o “simio austral”. Cerca de quinientos mil años después, esta especie fue una de las que dio origen al género Homo en África. Transformada en Homo erectus (hombre erguido), comenzó a moverse hacia diversos puntos del planeta. Esto provocó que cada población cambiara y creciera en direcciones diferentes y en especies distintas: los erectus se instalaron en Asia oriental; surgieron los famosos neandertales en Europa y Asia occidental; el Homo soloensis en el valle del Solo de la isla de Java, y el Homo floresiensis en la isla de Flores, ambos en Indonesia; el Homo “denisova”, mejor conocido como homínido de Denisova, en Siberia y muchas otras especies de humanos primigenios que fueron mutando hasta llegar a ser los llamados Homo sapiens sapiens (término que comienza a estar en desuso), con las características principales que definen al hombre moderno. En su libro Sapiens. De animales a dioses, Yuval Noah Harari explica que no es verdad que sea una línea de descendencia directa como se creía antes, que empezaba con los erectus, seguía con los neandertales y acababa con los sapiens. Ahora se sabe que desde hace dos millones de años y hasta hace diez mil, el mundo fue hogar de varios tipos de homínidos. Cada uno evolucionó con sus propias características y llegaron, incluso, a reproducirse entre sí. El movimiento de genes de una especie a otra se comenzó a dar; eso cambió, junto con otras mutaciones, las conexiones internas del cerebro de las especies, principalmente de los sapiens, lo que revolucionó sus capacidades cognitivas y les permitió pensar y comunicarse de manera más efectiva. En este larguísimo proceso, la sexualidad –con todo lo que integra, no solamente el asunto reproductivo–, junto con el cambio de postura y las modificaciones en el tamaño del cerebro, tuvo un papel decisivo que marcó la división con los grandes simios.

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LA PREHISTORIA

I.1 SER UN SER HUMANO

Un tambor suena suavemente antes del temblor que generan varios instrumentos de aliento, entre los que destacan las trompetas, que truenan de forma expansiva. Retumba un par de timbales. Las trompetas insisten en jugar con los modos mayor y menor mientras las cuerdas de 16 violines vibran bajo los arcos. La intensidad sube gracias a los trombones y las tubas. Un contundente platillo le da la entrada a dos timbales que estallan antes de dar pie a seis cornos franceses en fa y un órgano apenas perceptible. Todo se fusiona para el remate del einleitung o final de la introducción de Así habló Zaratustra, el poema sinfónico compuesto por Richard Strauss en 1896. Inspirado en la obra homónima del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, este capítulo inicial representa la salida del sol o el momento primigenio en que el pensamiento surge como un factor decisivo en la historia del hombre. Para Strauss, su fanfarria es el comienzo del desarrollo de la raza humana; sin embargo, esta sinfonía ha sido guardada en el inconsciente colectivo gracias a la capacidad del cineasta Stanley Kubrick de plasmar, en su cinta de culto 2001, odisea del espacio, una visión del momento en que el primate descubre su capacidad de destrucción. La gran pregunta, aderezada por esta obertura, es: ¿qué factores transformaron a un simple simio en un ser humano? Pareciera, si vemos el famoso esquema de la evolución del mono (el cual siempre está representado por un macho), que los cambios principales están relacionados con caminar erguidos, el aumento de la altura, la pérdida del pelaje y la posibilidad de sostener una herramienta entre las manos. Si bien estos cambios fueron de suma importancia para la transición, son muchos los aspectos que se modificaron con el paso de los milenios –particularmente en las mujeres– para pasar de animales a seres humanos. En casi todos ellos, la sexualidad tuvo un papel transformador. El hecho de caminar erguidos parece algo sencillo, un mero asunto postural, pero liberar las extremidades superiores del suelo implicó poder ver hacia el cielo y ubicar a las bestias enemigas a mayor distancia al ampliarse el campo de visión, lo que significó un ahorro de 21

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energía relacionado con la movilidad. Además, permitió realizar nuevas e insospechadas actividades, algunas de ellas relacionadas con la capacidad de escuchar sonidos que antes eran difíciles de captar. La posibilidad de andar de pie tuvo una secuela: cambió la orientación espacial de la anatomía genital femenina, pues la vulva y la vagina pasaron de la zona posterior de las hembras animales a la delantera en las mujeres, estrechando la cadera propia de los primates en los ejemplares de ambos sexos. Estas modificaciones complicaron la salida de las crías durante el parto y cambiaron la forma de copular. La solución evolutiva para lo primero fue el nacimiento prematuro, es decir, que las criaturas surgieran menos formadas que las de otras especies; ello fomentó un mayor vínculo entre la madre y los hijos o hijas, además de que el nacimiento se convirtió en un acto social. La nueva ubicación del útero complicaba la fecundación del óvulo: si las hembras se movían tras la eyaculación, perdían gran parte del semen depositado en su interior, así que era necesario que se quedaran quietas cuando terminaba la cópula. ¿Cómo se logró esto si cuando eran primates acababan la faena y caminaban hacia otro lugar? Dicen los teóricos de la evolución que apareció entonces el orgasmo femenino para que ellas no se pusieran en pie tras el coito. En teoría, el placer que genera llegar al clímax erótico les impediría moverse, pero sabemos que no todas las mujeres alcanzan el orgasmo vía vaginal, así que se desarrolló en ellas –bendita mutación– un órgano único: el clítoris. La misión de ese pequeñuelo de entre ocho y 13 centímetros de largo (exteriormente solo se aprecia su glande) es maravillosa, pues únicamente sirve para generar placer y, con ello, facilitar el orgasmo. Poseedor de más de ocho mil terminaciones nerviosas, desde su aparición ha ofrecido la colección más grande de sensaciones en los cuerpos femeninos (y masculinos, pues no hay una zona semejante en los de ellos). Además, los senos se hicieron de mayor tamaño, con lo que ganaron notoriedad para atraer al varón, aunque también resultaron útiles para prolongar la lactancia de las crías prematuras. Su cuidado se repartía entre las madres y las abuelas, sobre todo cuando los Homo comenzaron su recorrido por el planeta. El surgimiento de la 22

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LA PREHISTORIA

menopausia fue muy útil para el proceso de la división del trabajo. Se cree que los hombres iban a cazar mientras las mujeres recolectaban plantas, frutas y cereales; las postmenopáusicas poseían un rendimiento mayor al no poder embarazarse, pues este ciclo de varios meses limitaba el trabajo comunal de las jóvenes. Los factores que provocaron el crecimiento de la especie no son exclusivamente anatómicos. Tras unos cuantos milenios de cambios se terminaron las temporadas de celo; las hembras dejaron de experimentarlas como otras especies animales, para vivir una receptividad sexual constante que funciona a la par de una ocultación de la fertilidad, es decir, ellas adquirieron la posibilidad de tener intercambios sexuales en cualquier momento, sin anunciarlo. Con esto surgió el sexo por y a placer. Los hombres comenzaron a copular cuando así lo deseaban y las hembras lo permitían; era un buen plan para conservar a un mismo macho que ayudara en la crianza de los hijos. El sexo recreativo en la intimidad (y también, imposible negarlo, por interés) se comenzó a explorar, pero no a destajo, pues apareció la menstruación como un subproducto accidental de la evolución, apenas investigado en años recientes. En realidad, son pocas las hembras de otras especies que la tienen, pero las mujeres se las ingeniaron rápidamente para usar los periodos menstruales como un primitivo método anticonceptivo. Tanto los machos como las hembras perdieron el pelaje casi en su totalidad. Las teorías más recientes afirman que fue para erradicar parásitos externos –como piojos, pulgas y garrapatas–con sus respectivas enfermedades y como elemento propicio para la selección sexual: la piel desnuda puede mostrar el estado físico de alguien, particularmente el de los genitales. Conservamos algo de vello –un poco más en el pubis–porque, según afirman Mark Pagel, de la Universidad de Reading en Reino Unido, y Walter Bodmer, del Hospital John Radcliffe de Oxford, esas regiones húmedas están llenas de glándulas sudoríparas, las cuales provocan que las feromonas viajen por el aire transmitiendo señales sexuales1. Esta pérdida fue recompensada con dos ganancias; la más importante, que el cerebro haya pasado de medir 400 centímetros cúbicos 23

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energía relacionado con la movilidad. Además, permitió realizar nuevas e insospechadas actividades, algunas de ellas relacionadas con la capacidad de escuchar sonidos que antes eran difíciles de captar. La posibilidad de andar de pie tuvo una secuela: cambió la orientación espacial de la anatomía genital femenina, pues la vulva y la vagina pasaron de la zona posterior de las hembras animales a la delantera en las mujeres, estrechando la cadera propia de los primates en los ejemplares de ambos sexos. Estas modificaciones complicaron la salida de las crías durante el parto y cambiaron la forma de copular. La solución evolutiva para lo primero fue el nacimiento prematuro, es decir, que las criaturas surgieran menos formadas que las de otras especies; ello fomentó un mayor vínculo entre la madre y los hijos o hijas, además de que el nacimiento se convirtió en un acto social. La nueva ubicación del útero complicaba la fecundación del óvulo: si las hembras se movían tras la eyaculación, perdían gran parte del semen depositado en su interior, así que era necesario que se quedaran quietas cuando terminaba la cópula. ¿Cómo se logró esto si cuando eran primates acababan la faena y caminaban hacia otro lugar? Dicen los teóricos de la evolución que apareció entonces el orgasmo femenino para que ellas no se pusieran en pie tras el coito. En teoría, el placer que genera llegar al clímax erótico les impediría moverse, pero sabemos que no todas las mujeres alcanzan el orgasmo vía vaginal, así que se desarrolló en ellas –bendita mutación– un órgano único: el clítoris. La misión de ese pequeñuelo de entre ocho y 13 centímetros de largo (exteriormente solo se aprecia su glande) es maravillosa, pues únicamente sirve para generar placer y, con ello, facilitar el orgasmo. Poseedor de más de ocho mil terminaciones nerviosas, desde su aparición ha ofrecido la colección más grande de sensaciones en los cuerpos femeninos (y masculinos, pues no hay una zona semejante en los de ellos). Además, los senos se hicieron de mayor tamaño, con lo que ganaron notoriedad para atraer al varón, aunque también resultaron útiles para prolongar la lactancia de las crías prematuras. Su cuidado se repartía entre las madres y las abuelas, sobre todo cuando los Homo comenzaron su recorrido por el planeta. El surgimiento de la 22

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LA PREHISTORIA

menopausia fue muy útil para el proceso de la división del trabajo. Se cree que los hombres iban a cazar mientras las mujeres recolectaban plantas, frutas y cereales; las postmenopáusicas poseían un rendimiento mayor al no poder embarazarse, pues este ciclo de varios meses limitaba el trabajo comunal de las jóvenes. Los factores que provocaron el crecimiento de la especie no son exclusivamente anatómicos. Tras unos cuantos milenios de cambios se terminaron las temporadas de celo; las hembras dejaron de experimentarlas como otras especies animales, para vivir una receptividad sexual constante que funciona a la par de una ocultación de la fertilidad, es decir, ellas adquirieron la posibilidad de tener intercambios sexuales en cualquier momento, sin anunciarlo. Con esto surgió el sexo por y a placer. Los hombres comenzaron a copular cuando así lo deseaban y las hembras lo permitían; era un buen plan para conservar a un mismo macho que ayudara en la crianza de los hijos. El sexo recreativo en la intimidad (y también, imposible negarlo, por interés) se comenzó a explorar, pero no a destajo, pues apareció la menstruación como un subproducto accidental de la evolución, apenas investigado en años recientes. En realidad, son pocas las hembras de otras especies que la tienen, pero las mujeres se las ingeniaron rápidamente para usar los periodos menstruales como un primitivo método anticonceptivo. Tanto los machos como las hembras perdieron el pelaje casi en su totalidad. Las teorías más recientes afirman que fue para erradicar parásitos externos –como piojos, pulgas y garrapatas–con sus respectivas enfermedades y como elemento propicio para la selección sexual: la piel desnuda puede mostrar el estado físico de alguien, particularmente el de los genitales. Conservamos algo de vello –un poco más en el pubis–porque, según afirman Mark Pagel, de la Universidad de Reading en Reino Unido, y Walter Bodmer, del Hospital John Radcliffe de Oxford, esas regiones húmedas están llenas de glándulas sudoríparas, las cuales provocan que las feromonas viajen por el aire transmitiendo señales sexuales1. Esta pérdida fue recompensada con dos ganancias; la más importante, que el cerebro haya pasado de medir 400 centímetros cúbicos 23

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en los primates a 1,300 centímetros cúbicos en los Homo sapiens. La mayoría de las nuevas células nerviosas se ubicaron en la cubierta externa del cerebro, al tiempo que se modificó la corteza cerebral; los lóbulos frontales se agrandaron, los hemisferios se especializaron. Con estos tres avances surgieron el lenguaje humano, el reconocimiento facial, la racionalidad, el lenguaje, la apreciación musical y el pensamiento consciente. Todo esto ayudó a tener la habilidad mental para ejercer control sobre el acto sexual. Y bueno… el pene de los varones también creció. Pasó de medir 3.4 centímetros en los gorilas y orangutanes, estar escondido entre el pelaje y en un lugar posterior poco visible, a tener una longitud promedio en erección de 13 centímetros en los humanos, estar al frente y ser notorio. El pequeño detalle es que, se dice, evolucionó no para enriquecer el coito, sino como una forma de amenaza u ostentación de estatus hacia otros machos y, curiosamente, se quedó con el papel protagónico a pesar de todas las transformaciones evolutivas originadas en las mujeres.

I.2 LA MÚSICA, EL PLACER Y EL FUEGO

Hay en el ballet con cante jondo El amor brujo, del compositor español Manuel de Falla, una escena titulada “Danza del ritual del fuego”, la cual integra, a mi parecer, algo del asombro que seguramente experimentaron los primeros seres humanos que descubrieron que eran capaces de controlar esas llamas que se generaban al caer un rayo, durante las sequías o al tallar una piedra contra otra. La fuerza del oboe se vuelve en ella alegoría del fuego: hay en su sonido mucho poder, jugueteo y una reafirmación de su presencia. La versión para orquesta, a través de dos clarinetes, dos cornos franceses, dos trompetas y un fagot, entre otros instrumentos, nos lleva de la curiosidad inicial a un ir y venir acelerado siempre lleno de emoción, de intensidad. Las llamas están ahí, atrayendo con su luz, con ese crepitar que enciende la noche. No hay más remedio que sucumbir ante su fuerza o dejarse llevar por sus colores, como pasaba con la guitarra cuando Paco de Lucía la tocaba para darle vida a esta misma canción. 24

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LA PREHISTORIA

Por ello, para los Homo sapiens (hay estudiosos que opinan que nuestra especie en realidad debería llamarse Gyna sapiens) todo cambió justamente después de ese acontecimiento de suma importancia: la domesticación del fuego. Esto, aunado a la capacidad de fabricar herramientas, fue el primer paso para ganar el control sobre otras especies y para la transformación paulatina de la propia. La música surge en el momento en que el hombre se descubre a sí mismo como instrumento de sonido. 2 Se transforma entonces en un generador de música, pues desde su origen ha sido capaz de producir con su propio cuerpo diferentes clases de ritmos. Su aparato respiratorio, los pulmones, la boca emiten sonidos que en un principio fueron inarticulados, pero que después se convirtieron en una forma de expresión mediante un acto de voluntad. Además, los humanos descubrieron que con manos y pies podían producir sonidos percutivos y gracias al dedo pulgar oponible les resultaba sencillo sujetar objetos con los cuales provocar ruidos que podían articular. Por si eso no fuera suficiente, el ser humano cuenta con la laringe más alta del reino animal y con control motor sobre la respiración, lo que le permite generar una “caja de resonancia” en su interior al vocalizar. También se encontraba la música a su alrededor: los susurros de los árboles al soplar el viento, el fluir de los ríos, el retumbar de las olas del mar, el canto de los pájaros, los ruidos producidos por todo tipo de animales, el zumbido de los insectos, el crepitar de las llamas, los truenos... Comprendieron el poder de los sonidos y, a la par de este descubrimiento, surgió la danza. El cuerpo en su conjunto despertó a la vibración y la cadencia. Así empezaron las primeras “fiestas” prehistóricas. ¿Las imaginan? Hombres y mujeres desnudos o apenas cubiertos con unas pieles, alrededor de una fogata, componiendo una música primigenia que se acompañaba por el bullir de la naturaleza –incluyendo el inesperado rugido de un tigre dientes de sable–, moviendo sus cuerpos por impulso, contoneándose, quizá encontrando el poder de la risa y de una arcaica seducción. En eso, el cavernícola de Ringo Starr no estaba tan equivocado, pues se antoja haber sido como un rave con acid house de los ochenta, pero lo que en la película no queda claro es algo que se volvería una constante hasta nuestros 25

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en los primates a 1,300 centímetros cúbicos en los Homo sapiens. La mayoría de las nuevas células nerviosas se ubicaron en la cubierta externa del cerebro, al tiempo que se modificó la corteza cerebral; los lóbulos frontales se agrandaron, los hemisferios se especializaron. Con estos tres avances surgieron el lenguaje humano, el reconocimiento facial, la racionalidad, el lenguaje, la apreciación musical y el pensamiento consciente. Todo esto ayudó a tener la habilidad mental para ejercer control sobre el acto sexual. Y bueno… el pene de los varones también creció. Pasó de medir 3.4 centímetros en los gorilas y orangutanes, estar escondido entre el pelaje y en un lugar posterior poco visible, a tener una longitud promedio en erección de 13 centímetros en los humanos, estar al frente y ser notorio. El pequeño detalle es que, se dice, evolucionó no para enriquecer el coito, sino como una forma de amenaza u ostentación de estatus hacia otros machos y, curiosamente, se quedó con el papel protagónico a pesar de todas las transformaciones evolutivas originadas en las mujeres.

I.2 LA MÚSICA, EL PLACER Y EL FUEGO

Hay en el ballet con cante jondo El amor brujo, del compositor español Manuel de Falla, una escena titulada “Danza del ritual del fuego”, la cual integra, a mi parecer, algo del asombro que seguramente experimentaron los primeros seres humanos que descubrieron que eran capaces de controlar esas llamas que se generaban al caer un rayo, durante las sequías o al tallar una piedra contra otra. La fuerza del oboe se vuelve en ella alegoría del fuego: hay en su sonido mucho poder, jugueteo y una reafirmación de su presencia. La versión para orquesta, a través de dos clarinetes, dos cornos franceses, dos trompetas y un fagot, entre otros instrumentos, nos lleva de la curiosidad inicial a un ir y venir acelerado siempre lleno de emoción, de intensidad. Las llamas están ahí, atrayendo con su luz, con ese crepitar que enciende la noche. No hay más remedio que sucumbir ante su fuerza o dejarse llevar por sus colores, como pasaba con la guitarra cuando Paco de Lucía la tocaba para darle vida a esta misma canción. 24

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Por ello, para los Homo sapiens (hay estudiosos que opinan que nuestra especie en realidad debería llamarse Gyna sapiens) todo cambió justamente después de ese acontecimiento de suma importancia: la domesticación del fuego. Esto, aunado a la capacidad de fabricar herramientas, fue el primer paso para ganar el control sobre otras especies y para la transformación paulatina de la propia. La música surge en el momento en que el hombre se descubre a sí mismo como instrumento de sonido. 2 Se transforma entonces en un generador de música, pues desde su origen ha sido capaz de producir con su propio cuerpo diferentes clases de ritmos. Su aparato respiratorio, los pulmones, la boca emiten sonidos que en un principio fueron inarticulados, pero que después se convirtieron en una forma de expresión mediante un acto de voluntad. Además, los humanos descubrieron que con manos y pies podían producir sonidos percutivos y gracias al dedo pulgar oponible les resultaba sencillo sujetar objetos con los cuales provocar ruidos que podían articular. Por si eso no fuera suficiente, el ser humano cuenta con la laringe más alta del reino animal y con control motor sobre la respiración, lo que le permite generar una “caja de resonancia” en su interior al vocalizar. También se encontraba la música a su alrededor: los susurros de los árboles al soplar el viento, el fluir de los ríos, el retumbar de las olas del mar, el canto de los pájaros, los ruidos producidos por todo tipo de animales, el zumbido de los insectos, el crepitar de las llamas, los truenos... Comprendieron el poder de los sonidos y, a la par de este descubrimiento, surgió la danza. El cuerpo en su conjunto despertó a la vibración y la cadencia. Así empezaron las primeras “fiestas” prehistóricas. ¿Las imaginan? Hombres y mujeres desnudos o apenas cubiertos con unas pieles, alrededor de una fogata, componiendo una música primigenia que se acompañaba por el bullir de la naturaleza –incluyendo el inesperado rugido de un tigre dientes de sable–, moviendo sus cuerpos por impulso, contoneándose, quizá encontrando el poder de la risa y de una arcaica seducción. En eso, el cavernícola de Ringo Starr no estaba tan equivocado, pues se antoja haber sido como un rave con acid house de los ochenta, pero lo que en la película no queda claro es algo que se volvería una constante hasta nuestros 25

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días: la música estará ligada, desde entonces, a procesos relacionados con la sexualidad humana. De los sonidos, y tras la especialización del hemisferio izquierdo del cerebro, surgió el significado. Después de ello, el habla. Y ya Charles Darwin lo dijo en 1871, en El origen del hombre: “el habla, de manera similar a la función del canto de las aves, evolucionó por medio de la selección sexual para impresionar al sexo opuesto”.3 Como el pavorreal presume sus hermosas plumas de colores, hombres y mujeres comenzaron a vocalizar por un ímpetu primario: el sexo. Comprendieron que para alcanzar su placentero objetivo tenían que encontrar una manera de expresarlo, dado que las hembras habían descubierto el poder que otorga poner límites. Y resulta que el objeto auditivo más pequeño que existe es una palabra. ¡Eureka! Se cultivó lo que los lingüistas denominan “constancia auditiva”: el receptor comprende el significado de una resonancia a fuerza de escucharla repetidamente a través de un emisor. El habla sirvió para negociar el coito. Se volvió el mejor lubricante sexual al ser un aspecto integral del cortejo y componente clave para un apareamiento exitoso. Las mujeres habían comprendido el peligro inherente al parto, así como las dificultades de criar a sus hijos sin la ayuda del macho, y por eso se habían vuelto selectivas. Al establecerse una forma de comunicación podían determinar a quién y cuándo dar un “sí” (al poder erguirse, los primeros humanos comenzaron a ver la luna y a comprender sus ciclos, los cuales fueron de utilidad para las hembras, ya que iban en paralelo con la recién adquirida menstruación). Leonard Shlain, escritor e investigador de la prehistoria, afirma que esto se debió, también, a que las mujeres experimentaron un rápido aumento de su dotación mental, lo que les permitió ejercer control sobre el acto sexual.4 Según este mismo intelectual, el lenguaje, al desarrollarse, transformó el deseo desnudo en arte, creando poesía, cantos y cartas para satisfacerlo. El sexo prehistórico comenzó a enriquecerse. Se han encontrado diversos hallazgos que hacen suponer que en aquellos días se practicaban la felación, el cunnilingus, el sexo anal 26

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LA PREHISTORIA

y la masturbación. Quizá las mujeres seguían olfateando los genitales masculinos para determinar si les gustaría tener un encuentro con ellos, pero había también delicadezas, como la que reproduce el protagonista de la novela El primer héroe, del escritor español Martí Gironell, quien se ejercitaba con un cuenco de arena en la retención de la eyaculación5. Y si a eso le suman la música... El coito dejó de practicarse únicamente para satisfacer razones reproductivas y se sofisticó. Comenzó a existir como un acto erótico, con todas sus inmensas posibilidades, tras comprender que aunque hubiera fuego alrededor, era dentro de los seres humanos donde éste se guardaba, tal cual lo explicaría en 2014, a través de una espléndida canción, la agrupación española Vetusta Morla.

I.3 LA EXPLOSIÓN CREATIVA DEL GRAN SALTO ADELANTE

En ese punto estábamos cuando, ¡boom!, hace 40 mil años apareció de manera simultánea en las zonas habitadas del mundo –lo mismo en Australia que en Siberia y Europa–, lo que el autor John Pfeiffer llama “la explosión creativa”. El arte floreció como una necesidad de ese cerebro crecido que se iba iluminando con pensamientos, deseos, reflexiones y curiosidad. Para el fisiólogo Jared Diamond fue un momento revolucionario en el que la historia humana dejó de ser exclusivamente propia de la genética y se basó en el conocimiento, en la transmisión de experiencias y habilidades, en eso que actualmente llamamos “cultura”. Por ello, a esta fase, conocida también como “la revolución cognitiva”, la llama “el gran salto adelante” en su libro El tercer chimpancé, pues después de millones de años de evolución el despertar a la tecnología elaborada se dio con rapidez6. Fue entonces cuando surgieron los primeros instrumentos musicales, mismos que se pueden dividir en grupos: los idiófonos, los aerófonos, los membranófonos y los cordófonos. Los primeros producen sonidos por medio de la frotación o choque de materiales específicos, por ejemplo, una piedra contra otra o madera con madera. 27

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días: la música estará ligada, desde entonces, a procesos relacionados con la sexualidad humana. De los sonidos, y tras la especialización del hemisferio izquierdo del cerebro, surgió el significado. Después de ello, el habla. Y ya Charles Darwin lo dijo en 1871, en El origen del hombre: “el habla, de manera similar a la función del canto de las aves, evolucionó por medio de la selección sexual para impresionar al sexo opuesto”.3 Como el pavorreal presume sus hermosas plumas de colores, hombres y mujeres comenzaron a vocalizar por un ímpetu primario: el sexo. Comprendieron que para alcanzar su placentero objetivo tenían que encontrar una manera de expresarlo, dado que las hembras habían descubierto el poder que otorga poner límites. Y resulta que el objeto auditivo más pequeño que existe es una palabra. ¡Eureka! Se cultivó lo que los lingüistas denominan “constancia auditiva”: el receptor comprende el significado de una resonancia a fuerza de escucharla repetidamente a través de un emisor. El habla sirvió para negociar el coito. Se volvió el mejor lubricante sexual al ser un aspecto integral del cortejo y componente clave para un apareamiento exitoso. Las mujeres habían comprendido el peligro inherente al parto, así como las dificultades de criar a sus hijos sin la ayuda del macho, y por eso se habían vuelto selectivas. Al establecerse una forma de comunicación podían determinar a quién y cuándo dar un “sí” (al poder erguirse, los primeros humanos comenzaron a ver la luna y a comprender sus ciclos, los cuales fueron de utilidad para las hembras, ya que iban en paralelo con la recién adquirida menstruación). Leonard Shlain, escritor e investigador de la prehistoria, afirma que esto se debió, también, a que las mujeres experimentaron un rápido aumento de su dotación mental, lo que les permitió ejercer control sobre el acto sexual.4 Según este mismo intelectual, el lenguaje, al desarrollarse, transformó el deseo desnudo en arte, creando poesía, cantos y cartas para satisfacerlo. El sexo prehistórico comenzó a enriquecerse. Se han encontrado diversos hallazgos que hacen suponer que en aquellos días se practicaban la felación, el cunnilingus, el sexo anal 26

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y la masturbación. Quizá las mujeres seguían olfateando los genitales masculinos para determinar si les gustaría tener un encuentro con ellos, pero había también delicadezas, como la que reproduce el protagonista de la novela El primer héroe, del escritor español Martí Gironell, quien se ejercitaba con un cuenco de arena en la retención de la eyaculación5. Y si a eso le suman la música... El coito dejó de practicarse únicamente para satisfacer razones reproductivas y se sofisticó. Comenzó a existir como un acto erótico, con todas sus inmensas posibilidades, tras comprender que aunque hubiera fuego alrededor, era dentro de los seres humanos donde éste se guardaba, tal cual lo explicaría en 2014, a través de una espléndida canción, la agrupación española Vetusta Morla.

I.3 LA EXPLOSIÓN CREATIVA DEL GRAN SALTO ADELANTE

En ese punto estábamos cuando, ¡boom!, hace 40 mil años apareció de manera simultánea en las zonas habitadas del mundo –lo mismo en Australia que en Siberia y Europa–, lo que el autor John Pfeiffer llama “la explosión creativa”. El arte floreció como una necesidad de ese cerebro crecido que se iba iluminando con pensamientos, deseos, reflexiones y curiosidad. Para el fisiólogo Jared Diamond fue un momento revolucionario en el que la historia humana dejó de ser exclusivamente propia de la genética y se basó en el conocimiento, en la transmisión de experiencias y habilidades, en eso que actualmente llamamos “cultura”. Por ello, a esta fase, conocida también como “la revolución cognitiva”, la llama “el gran salto adelante” en su libro El tercer chimpancé, pues después de millones de años de evolución el despertar a la tecnología elaborada se dio con rapidez6. Fue entonces cuando surgieron los primeros instrumentos musicales, mismos que se pueden dividir en grupos: los idiófonos, los aerófonos, los membranófonos y los cordófonos. Los primeros producen sonidos por medio de la frotación o choque de materiales específicos, por ejemplo, una piedra contra otra o madera con madera. 27

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Uno de los inventos más antiguos creado para generar sonidos ha sido llamado, en español, “raspador”: un fragmento plano y delgado desprendido de una piedra, con un borde cortante, arqueado y pulido (con uno o dos filos), que servía para raspar huesos, pieles o maderas con la intención de generar melodías. Igualmente se han descubierto castañuelas y xilófonos de antaño. Los instrumentos de viento o aerófonos que han sido rescatados están tallados en huesos de aves, buitres leonados, osos, renos y marfil de colmillos de mamut. Había arcos con cuerdas y berimbaus primitivos. También se cree que “escribían la música”, pues en más de cien lugares en el mundo se descubrió algo por demás interesante: investigadores como Steven J. Waller han encontrado que en grutas, cuevas y cañones donde se dan fenómenos acústicos relacionados con el eco hay pinturas y grabados que “escenifican el sonido”. Por ejemplo, en aquéllas donde al dar una palmada el sonido que se produce es semejante al del zarpazo de un animal, se verá el dibujo de las garras de una fiera. O como en Horseshoe Canyon, en donde se ven pinturas rupestres justamente en los cinco lugares donde la intensidad del eco es mayor. En diversos lugares de Europa se han localizado, igualmente, numerosos utensilios con clara morfología fálica. Si bien su utilidad ha estado en debate, pues lo mismo podrían haber sido bastones de mando que herramientas para hacer fuego, el hecho de que muchos integren la forma típica del glande hace suponer que se la pasaban bomba experimentando con diversas posibilidades del placer mediante la penetración anal y vaginal. Por lo visto, dentro de las cuevas se armaban buenas fiestas, pues sus propiedades acústicas son excelentes. ¡Como tener un estudio en casa! Incluso las estalactitas fueron utilizadas para emitir sonidos al ser golpeadas con diversos objetos. Esto, aunado a los cánticos que comenzaban a tener sentido gracias a las palabras con las que se acompañaban, debió haber tenido una enorme fuerza. No por nada se dice que en estos días prehistóricos, el sexo grupal, el intercambio de parejas y la posibilidad de tener varias a la vez eran cosa común, al igual que escuchar melodías que llevaban intereses eróticos y que no han dejado de existir. 28

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LA PREHISTORIA

Como canta el músico uruguayo Jorge Drexler, la idea es eternamente nueva: “Las sombras en el muro de la cueva girando alrededor del fuego, la música bajo los árboles conducida por las llanuras. La música enseña, sueña, duele, cura. Ya hacíamos música muchísimo antes de conocer la agricultura”.

DE DIOSES Y SEMILLAS

Jamás sabremos cuál era el sentir real de nuestros antepasados, pues sus huellas se han interpretado con base en lo que hoy entendemos del mundo; aun así, las creencias sobre esta época son interesantes para comprender el presente. Por ejemplo, existe la teoría de “la comuna colectiva”: en aquel entorno, todos los hombres cuidaban de los niños, pues no sabían cuáles eran los que provenían de sus espermatozoides, situación que no les preocupaba pues creían que el semen transmitía poderes y saberes, así que mientras más recibieran las mujeres en edad fecunda, mejor. La monogamia y la familia nuclear no existían porque aún no eran necesarias: la vida en los clanes, con ese sistema comunitario, funcionaba bien para reforzar los lazos sociales. Sin embargo, pasaron dos sucesos que cambiarían todo de manera irremediable: aparecieron las creencias animistas y surgió la agricultura. Los nuevos humanos se dieron cuenta de que había tres rituales centrales en el ciclo de la vida: el nacimiento, el sexo y la muerte, pero no sabían cómo explicarlos. Además, estaban los fenómenos de la naturaleza, cuyo origen no comprendían. Las supersticiones se manifestaron para dar respuestas a cómo funcionaba el mundo. Les sirvieron también para sentirse seguros y conseguir cierta tranquilidad de espíritu.7 Desde aquellos días, la sexualidad comenzó a ser absorbida por las creencias animistas. La creatividad religiosa fue suscitada no por el fenómeno empírico de la agricultura, sino por el misterio del nacimiento, de la muerte y del renacer identificado en el ritmo de la vegetación.8 El vigor sexual de la mujer, lleno de esa potencia del ciclo vital, abrumaba y atraía, asustaba y excitaba. 29

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Uno de los inventos más antiguos creado para generar sonidos ha sido llamado, en español, “raspador”: un fragmento plano y delgado desprendido de una piedra, con un borde cortante, arqueado y pulido (con uno o dos filos), que servía para raspar huesos, pieles o maderas con la intención de generar melodías. Igualmente se han descubierto castañuelas y xilófonos de antaño. Los instrumentos de viento o aerófonos que han sido rescatados están tallados en huesos de aves, buitres leonados, osos, renos y marfil de colmillos de mamut. Había arcos con cuerdas y berimbaus primitivos. También se cree que “escribían la música”, pues en más de cien lugares en el mundo se descubrió algo por demás interesante: investigadores como Steven J. Waller han encontrado que en grutas, cuevas y cañones donde se dan fenómenos acústicos relacionados con el eco hay pinturas y grabados que “escenifican el sonido”. Por ejemplo, en aquéllas donde al dar una palmada el sonido que se produce es semejante al del zarpazo de un animal, se verá el dibujo de las garras de una fiera. O como en Horseshoe Canyon, en donde se ven pinturas rupestres justamente en los cinco lugares donde la intensidad del eco es mayor. En diversos lugares de Europa se han localizado, igualmente, numerosos utensilios con clara morfología fálica. Si bien su utilidad ha estado en debate, pues lo mismo podrían haber sido bastones de mando que herramientas para hacer fuego, el hecho de que muchos integren la forma típica del glande hace suponer que se la pasaban bomba experimentando con diversas posibilidades del placer mediante la penetración anal y vaginal. Por lo visto, dentro de las cuevas se armaban buenas fiestas, pues sus propiedades acústicas son excelentes. ¡Como tener un estudio en casa! Incluso las estalactitas fueron utilizadas para emitir sonidos al ser golpeadas con diversos objetos. Esto, aunado a los cánticos que comenzaban a tener sentido gracias a las palabras con las que se acompañaban, debió haber tenido una enorme fuerza. No por nada se dice que en estos días prehistóricos, el sexo grupal, el intercambio de parejas y la posibilidad de tener varias a la vez eran cosa común, al igual que escuchar melodías que llevaban intereses eróticos y que no han dejado de existir. 28

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Como canta el músico uruguayo Jorge Drexler, la idea es eternamente nueva: “Las sombras en el muro de la cueva girando alrededor del fuego, la música bajo los árboles conducida por las llanuras. La música enseña, sueña, duele, cura. Ya hacíamos música muchísimo antes de conocer la agricultura”.

DE DIOSES Y SEMILLAS

Jamás sabremos cuál era el sentir real de nuestros antepasados, pues sus huellas se han interpretado con base en lo que hoy entendemos del mundo; aun así, las creencias sobre esta época son interesantes para comprender el presente. Por ejemplo, existe la teoría de “la comuna colectiva”: en aquel entorno, todos los hombres cuidaban de los niños, pues no sabían cuáles eran los que provenían de sus espermatozoides, situación que no les preocupaba pues creían que el semen transmitía poderes y saberes, así que mientras más recibieran las mujeres en edad fecunda, mejor. La monogamia y la familia nuclear no existían porque aún no eran necesarias: la vida en los clanes, con ese sistema comunitario, funcionaba bien para reforzar los lazos sociales. Sin embargo, pasaron dos sucesos que cambiarían todo de manera irremediable: aparecieron las creencias animistas y surgió la agricultura. Los nuevos humanos se dieron cuenta de que había tres rituales centrales en el ciclo de la vida: el nacimiento, el sexo y la muerte, pero no sabían cómo explicarlos. Además, estaban los fenómenos de la naturaleza, cuyo origen no comprendían. Las supersticiones se manifestaron para dar respuestas a cómo funcionaba el mundo. Les sirvieron también para sentirse seguros y conseguir cierta tranquilidad de espíritu.7 Desde aquellos días, la sexualidad comenzó a ser absorbida por las creencias animistas. La creatividad religiosa fue suscitada no por el fenómeno empírico de la agricultura, sino por el misterio del nacimiento, de la muerte y del renacer identificado en el ritmo de la vegetación.8 El vigor sexual de la mujer, lleno de esa potencia del ciclo vital, abrumaba y atraía, asustaba y excitaba. 29

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Rituales mortuorios, el culto a los antepasados, el surgimiento de presencias o figuras para explicar las lluvias o los rayos y los caprichos del fuego se hicieron constantes. Todos incluían cánticos y talismanes en un intento por poseer cierto control sobre lo impredecible. Comenzaron a expresar con pinturas su desasosiego; crearon arte por temor a la muerte y para dejar algo que les sobreviviera. Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito en toda labor si creen en mitos comunes que solo existan en la imaginación colectiva de la gente.9 De esta forma, los lugares, animales, plantas y fenómenos naturales tuvieron conciencia, sentimientos, y se podían comunicar directamente con los humanos. Lo hacían gracias a ceremonias en donde las canciones y los bailes eran elemento primordial. Se expresaba el deseo también con música, creyendo que con el coito se podía agradar a estas primeras deidades… hasta que llegó el sedentarismo y, con ello, una moral muy diferente. Hace diez mil años inició la revolución agrícola, cuando el ser humano comprendió que si ponía bajo tierra una semilla de lo que comía y ésta tenía agua a su disposición, entonces crecería una planta o un árbol, con lo que podría tener comida a su alcance. Se dispusieron a sembrar. Eso pasó por primera vez al sudeste de Turquía y al oeste de Irán; más tarde se extendió por Europa y Asia, estableciéndose la agricultura, por último, en Australia y América. Luego de millones de años de caminar sin rumbo fijo, habitando cuevas o creando campamentos itinerantes, el ser humano se asentó. Para que su cosecha no terminara en manos ajenas, debía cuidarla, lo que significaba instalarse cerca de ella durante todos sus procesos. Las tribus necesitaban construir techos más resistentes pero no solo uno, sino varios, distribuidos en las cercanías de la plantación. Primero se quedaban durante las cuatro semanas que duraba el proceso para cosechar, después pasaron a seis y así hasta que, tras algunos años, surgieron las primeras aldeas. Sembraban trigo, arroz, maíz y papas. Mil años después, guisantes y lentejas. Como dice Yuval Noah Harari, en realidad estos alimentos domesticaron al individuo, no al revés. El trabajo debía ser constante. Ya no podían darse el lujo de simplemente estirar la mano para comer lo que la naturaleza daba a su 30

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LA PREHISTORIA

paso ni de descansar tras cazar una presa que les diera alimento por semanas. Ahora debían arar, sembrar, limpiar los campos, cosechar, seleccionar y almacenar. Terminaban cansados pero con la idea de que los dioses les ayudarían a mantener la comida y el techo. Había otro factor de peso para asentarse: la vida nómada de los cazadores-recolectores se complicaba cuando debían moverse con niños y bebés, por lo que las mujeres habían aprendido a espaciar sus partos en intervalos de tres a cuatro años mediante la abstinencia sexual total o parcial. Esta imposibilidad de darle rienda suelta al deseo impactaba en la libido de los hombres. Al perder la vida trashumante, las mujeres podían tener un hijo cada año, y podían cuidarlo en comunidad. La lactancia, que se usaba como método anticonceptivo, se hizo más corta para que la madre también pudiera trabajar la tierra. La frecuencia del sexo se intensificó porque ya no era tan necesario tener poca descendencia. Perdieron la libertad de movimiento pero ganaron, en apariencia, la posibilidad de disfrutar de un erotismo más ordenado. La naturaleza no les daba las respuestas que buscaban, así que siguieron impulsando la idea de que había divinidades invisibles que les ayudarían a tener una buena cosecha, mejores casas, más o menos hijos, a explicar el porqué de ciertas cosas cuya razón desconocían. Las supersticiones comenzaron a generar mitos que llevaron al ser humano a experimentar una realidad dual: por un lado, la objetiva de lo que existe y, por el otro, la realidad imaginada que ejerce una gran fuerza en el mundo.10 Se fundaron las primeras poblaciones, como Jericó (año 8,500 a.C.), con apenas unos cientos de individuos. Pocos siglos después ya había ciudades con diez mil habitantes a orillas de grandes ríos. En 3,100 a.C. se unificó en todo el valle del río Nilo inferior el reino egipcio; entre los ríos Tigris y Éufrates, en Mesopotamia, floreció la civilización babilónica. Hacia el 2,250 a.C. se forjó el primer imperio, el acadio. El tiempo pasó y la tierra fue siendo poseída por los asirios, los sumerios, los fenicios, los caldeos, los persas. En China, por la dinastía Qin, y a orillas del río Indo, en tierras que hoy son de Pakistán e India, por la cultura hindú. 31

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SINFONÍA DEL PLACER. LO QUE NOS ENSEÑA LA MÚSICA EN EL SEXO Y VICEVERSA

Rituales mortuorios, el culto a los antepasados, el surgimiento de presencias o figuras para explicar las lluvias o los rayos y los caprichos del fuego se hicieron constantes. Todos incluían cánticos y talismanes en un intento por poseer cierto control sobre lo impredecible. Comenzaron a expresar con pinturas su desasosiego; crearon arte por temor a la muerte y para dejar algo que les sobreviviera. Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito en toda labor si creen en mitos comunes que solo existan en la imaginación colectiva de la gente.9 De esta forma, los lugares, animales, plantas y fenómenos naturales tuvieron conciencia, sentimientos, y se podían comunicar directamente con los humanos. Lo hacían gracias a ceremonias en donde las canciones y los bailes eran elemento primordial. Se expresaba el deseo también con música, creyendo que con el coito se podía agradar a estas primeras deidades… hasta que llegó el sedentarismo y, con ello, una moral muy diferente. Hace diez mil años inició la revolución agrícola, cuando el ser humano comprendió que si ponía bajo tierra una semilla de lo que comía y ésta tenía agua a su disposición, entonces crecería una planta o un árbol, con lo que podría tener comida a su alcance. Se dispusieron a sembrar. Eso pasó por primera vez al sudeste de Turquía y al oeste de Irán; más tarde se extendió por Europa y Asia, estableciéndose la agricultura, por último, en Australia y América. Luego de millones de años de caminar sin rumbo fijo, habitando cuevas o creando campamentos itinerantes, el ser humano se asentó. Para que su cosecha no terminara en manos ajenas, debía cuidarla, lo que significaba instalarse cerca de ella durante todos sus procesos. Las tribus necesitaban construir techos más resistentes pero no solo uno, sino varios, distribuidos en las cercanías de la plantación. Primero se quedaban durante las cuatro semanas que duraba el proceso para cosechar, después pasaron a seis y así hasta que, tras algunos años, surgieron las primeras aldeas. Sembraban trigo, arroz, maíz y papas. Mil años después, guisantes y lentejas. Como dice Yuval Noah Harari, en realidad estos alimentos domesticaron al individuo, no al revés. El trabajo debía ser constante. Ya no podían darse el lujo de simplemente estirar la mano para comer lo que la naturaleza daba a su 30

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paso ni de descansar tras cazar una presa que les diera alimento por semanas. Ahora debían arar, sembrar, limpiar los campos, cosechar, seleccionar y almacenar. Terminaban cansados pero con la idea de que los dioses les ayudarían a mantener la comida y el techo. Había otro factor de peso para asentarse: la vida nómada de los cazadores-recolectores se complicaba cuando debían moverse con niños y bebés, por lo que las mujeres habían aprendido a espaciar sus partos en intervalos de tres a cuatro años mediante la abstinencia sexual total o parcial. Esta imposibilidad de darle rienda suelta al deseo impactaba en la libido de los hombres. Al perder la vida trashumante, las mujeres podían tener un hijo cada año, y podían cuidarlo en comunidad. La lactancia, que se usaba como método anticonceptivo, se hizo más corta para que la madre también pudiera trabajar la tierra. La frecuencia del sexo se intensificó porque ya no era tan necesario tener poca descendencia. Perdieron la libertad de movimiento pero ganaron, en apariencia, la posibilidad de disfrutar de un erotismo más ordenado. La naturaleza no les daba las respuestas que buscaban, así que siguieron impulsando la idea de que había divinidades invisibles que les ayudarían a tener una buena cosecha, mejores casas, más o menos hijos, a explicar el porqué de ciertas cosas cuya razón desconocían. Las supersticiones comenzaron a generar mitos que llevaron al ser humano a experimentar una realidad dual: por un lado, la objetiva de lo que existe y, por el otro, la realidad imaginada que ejerce una gran fuerza en el mundo.10 Se fundaron las primeras poblaciones, como Jericó (año 8,500 a.C.), con apenas unos cientos de individuos. Pocos siglos después ya había ciudades con diez mil habitantes a orillas de grandes ríos. En 3,100 a.C. se unificó en todo el valle del río Nilo inferior el reino egipcio; entre los ríos Tigris y Éufrates, en Mesopotamia, floreció la civilización babilónica. Hacia el 2,250 a.C. se forjó el primer imperio, el acadio. El tiempo pasó y la tierra fue siendo poseída por los asirios, los sumerios, los fenicios, los caldeos, los persas. En China, por la dinastía Qin, y a orillas del río Indo, en tierras que hoy son de Pakistán e India, por la cultura hindú. 31

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En estos milenios se perfeccionó el uso de metales, se inventó la rueda, el cálculo por medio de números y la escritura. Los individuos comenzaron a pensar en su calidad de vida. Los tiempos de las cavernas habían terminado y la sobrevivencia se relacionó con asuntos materiales. Hombres y mujeres empezaron a acumular riquezas, a desear tener mayor control sobre el prójimo y los bienes. La avaricia llevó a las guerras, en una búsqueda por dominar a otros pueblos. Ya lo cantaría Johnny Cash, siglos después, en “Farmer’s Almanac”: “Bueno, el granjero oró por un año mejor /y las cosechas fueron buenas, como el Señor escuchó, /pero su granero se quemó con el invierno cerca. /La respuesta vino en blanco y negro. /En el almanaque del agricultor dice: /‘Si un hombre pudiera cumplir la mitad de sus deseos, /podría duplicar su problema”. Existe aún una tablilla encontrada en Ugarit, en la actual Siria, datada entre los años 1,400–1,200 a.C., que se ha convertido en el vestigio más antiguo de escritura musical completa. En ella hay indicaciones para un cantante, así como para el músico de acompañamiento que debía tocar una lira afinada en la escala diatónica. La canción es un himno a Nikkal, la diosa de los huertos y la fertilidad. La semilla de las divinidades había fecundado en la mente y el cuer-po de los humanos tanto, y con tantas aristas, como el trigo en la tierra. Esto cambiaría para siempre la historia de la humanidad y, por ende, la de la sexualidad y la música.

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II EL MUNDO ANTIGUO

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ara cuando la civilización egipcia floreció a las orillas del Nilo, al noroeste de África, la música ya estaba instalada en las sociedades como herramienta con múltiples utilidades: servía para acompañar a la gente en procesos de duelo y celebración, para propiciar reflexiones y para ser parte de ceremonias sociales, educativas y eróticas. Sus habitantes habían comprendido que, además de producir sonidos, podían emitir diversos tonos con la voz y con los instrumentos que habían creado. Así como los asirios tenían flautas, aerófonos de lengüeta y tambores, los babilonios contaban con liras y el arpa se convirtió en el instrumento nacional de Egipto. En aquella tierra caliente en donde hombres y mujeres andaban semidesnudos o apenas cubiertos por túnicas de finas telas, el erotismo era parte de la vida cotidiana pues su mitología se impregnó de episodios sexuales, empezando por el mito de la creación del mundo a cargo de la suprema divinidad egipcia, Atum-Ra, dios del sol, quien se creó a sí mismo de la nada y, al no tener mujer, se masturbó y derramó su semen sobre el suelo, del que surgieron Shu, dios de la luz y el aire, y Tefnut, diosa de la humedad. Ambos se unieron y tuvieron dos hijos, Nut, diosa del cielo o la bóveda celeste y Gueb, dios de la tierra; enamorados, tenían encuentros sexuales hasta que les fue prohibida su relación incestuosa. Los separaron y, al hacerlo, se creó entre ellos el espacio para el desarrollo de la vida. Dioses posteriores como Osiris, Horus, Seth, Neftis e Isis tuvieron sus propias cosmogonías, llenas de incestos, zoofilia, infidelidad, violaciones y demás situaciones sexuales que representaban el sentido que en aquel tiempo le daban a los fenómenos sociales, mezclados con la incesante preocupación por entender el mundo y sus pulsiones. La música y el sexo se hicieron herramientas para honrarlos. 33

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