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Todos los cuentos del mundo

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© del texto: Aro Sáinz de la Maza y J. M. Hernández Ripoll, 2018 © de las ilustraciones: Marta Velasco Velasco, 2018 © de esta edición: Arpa Editores, S. L. Manila, 65 — 08034 Barcelona www.arpaeditores.com Primera edición: noviembre de 2018 ISBN: 978-84-16601-83-7 Depósito legal: B 20021-2018 Diseño de cubierta: Marta Velasco Velasco Maquetación: Àngel Daniel Impresión y encuadernación: Cayfosa Impreso en España Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

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Aro Sรกinz de la Maza y J. M. Hernรกndez Ripoll

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SUMARIO

Prólogo Por una tradición universal

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Bélgica El herrero que herra

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El Tíbet La gallina de la abuela

21

Pakistán Honestidad

26

Japón Momotaro

32

Tailandia La pequeña luciérnaga

43

India Todo es para bien

48

Nueva Zelanda Maui y el anzuelo

53

Santo Tomé y Príncipe El león y el mosquito

62

El Líbano Joha y el burro

65

Panamá La india dormida

72

Armenia Los platos de madera

76

Senegal El pajarito y la hiena

80

Mongolia El mayor tesoro

85

Etiopía El tigre y el monje

93

Canadá El largo invierno

97

Costa de Marfil Zogloboló

105

Polonia El zapatero Dratewka

112

China La creación del horóscopo chino

123

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Irak La charlatana

130

Nepal Más vale sabiduría que fuerza

135

Guatemala El colibrí

142

Rusia Coloboc

145

Ghana El imitador

151

Vietnam La estatua que espera

157

Siria Los lobos

163

Finlandia Por qué los osos no tienen cola y la de los zorros tiene la punta blanca

168

Sudáfrica Tokoloshe

172

Malasia Dos lunas

175

Costa Rica Tío Conejo y el zorro

178

Filipinas El mono y la tortuga

186

Tanzania El niño que lloraba

192

Marruecos El león y los conejos

199

Portugal Sopa de piedra

207

Seychelles Soungoula

212

Irán Las naranjas de oro

219

República Democrática del Congo El mono y el camaleón

228

Bolivia El nacimiento del lago Titicaca

233

Gales El hombre que mató a su galgo

237

Kenia Johari y su amigo kilonzo

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Yemen El ciego

249

Australia La serpiente del arco iris

253

Corea del Sur Hungbu y Nolbu

260

Kazajstán El astuto Aldar Kose

266

Paraguay Karãu

270

Haití La sombra de Bouqui

274

Egipto Joha, su hijo y el burro

280

Zimbabwe Los Woojums

283

Colombia Rinrín renacuajo

291

Moldavia Martisor

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PRÓLOGO

Por una tradición universal

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raíz del debate mediático suscitado en nuestro país por unas niñas que asistían a clase con la cabeza cubierta por un shador, un diario madrileño puso como ejemplo de integración a un colegio donde asistían alumnos de cuarenta nacionalidades distintas. Los cambios sociales nunca han sido fáciles de asimilar, pero este dato encontrado en la realidad de las aulas españolas resulta lo suficientemente gráfico como para convencernos de que se está gestando un nuevo mundo a nuestro alrededor. El fenómeno de la gran corriente migratoria universal nos presenta nuevos vecinos y ciudadanos que traen consigo algo tan valioso como su cultura. Es por eso, por la fantástica posibilidad que supone conocer su tradición en primera persona, y partiendo de la base de que la integración ha de ir en ambas direcciones, los autores de este libro nos planteamos cómo reflejar de manera eficaz este encuentro de culturas. Y gracias a

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TODO EL MUNDO VIENE A CUENTO

la imagen plural de aquel colegio se nos ocurrió que, a través de los relatos infantiles, de todas aquellas historias contadas a los niños según la tradición oral de cada país, podríamos lograrlo de forma tan significativa como hermosa. Así nació la idea de este libro. Y dispuestos a llevarlo a cabo, nos lanzamos por el mundo de nuestras ciudades pidiendo cuentos. Sí, cuentos. Los humanos, en principio, somos muy diferentes entre nosotros por mucho más que por razones de raza, credo o nivel económico. Pero hay una cosa que todos los pueblos del mundo tenemos en común: la fascinante costumbre de explicar historias a los niños. Todos, desde el origen de los tiempos, hemos puesto en práctica el relato a los más pequeños. Y con el tiempo, esta tradición oral se ha ido nutriendo de las diferentes influencias, entremezclándose entre sí, salvando continentes y fronteras, hasta conformar un relato único, universal, del ser humano. De este modo, contrariamente a lo que nos imaginábamos en un principio, hemos descubierto la similitud de temáticas y preocupaciones comunes a todas las culturas, pero dentro de un marco global en el que prima la semejanza antes que la diferencia. Para ser sinceros, hay que decir que no ha sido una labor fácil. Como acostumbra a pasar, todo parecía mucho más sencillo sobre el papel. Por desgracia, hemos comprobado cómo las circunstancias sociales hacen que, todavía hoy, algunos de los inmigrantes con menos recursos se comporten temerosamente, con recelo a tener cualquier tipo de protagonismo. Sin embargo, la respuesta

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PRÓLOGO

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general al proyecto ha sido entusiasta desde el primer momento e incluso muchos de los que han participado con sus narraciones nos han comunicado su orgullo y satisfacción por dar a conocer de forma oral —tal y como a ellos les fue contada en su infancia—, la cultura de su país de origen a las gentes de su país de acogida. Y este es el resultado: cincuenta cuentos de cincuenta nacionalidades distintas. Nos explican leyendas, fábulas, historias de amor y relatos fantásticos, unos divertidos, otros tristes, cuentos con o sin moraleja, que acaban formando una amalgama tan rica y viva como el propio planeta. Unos cuentos que, en algunos casos, nos hemos visto obligados a adaptar más allá de la simple transcripción, ya que nuestra voluntad ha sido la de hacerlos inteligibles para todos los niños, sin excepción, aplicando valores contemporáneos e ignorando la violencia gratuita y la discriminación sexual. También hemos querido evitar todo tipo de connotaciones religiosas o políticas que pudieran malinterpretar su lectura o que pudieran herir susceptibilidades. En definitiva, lo único que hemos pretendido explicar en este libro es que todo el mundo viene a cuento.

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B É LG I C A

El herrero que herra Los beneficios de tomarse las cosas a broma

U

n día, el herrero que herra estaba herrando tranquilamente en su yunque, cuando oyó que alguien llamaba a su puerta. Era un hombre de aspecto enfermizo, mal vestido y algo sucio, que llevaba consigo un burro muy enclenque. —¿Qué desea? —le preguntó el herrero que herra. —Quería preguntarle si podría usted cambiar las herraduras a mi burro que el pobre ya no puede ni caminar —pidió el hombre. —¡Por supuesto que sí! ¡No faltaba más! —dijo el herrero que herra—. Además, le pondré unas herraduras de plata para que le duren mucho más tiempo. Y el herrero que herra cogió sus herramientas y una a una fue cambiando las cuatro herraduras del burro. Como era tarde y ya había anochecido, el herrero que herra invitó al extraño a cenar con él y a pasar la noche bajo su techo. A la mañana siguiente, cuando llegó el momento de la despedida, el vagabundo le dijo al herrero que herra:

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EL HERRERO QUE HERRA

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—Como has demostrado ser un hombre generoso y de gran corazón, puedes formular tres deseos que te serán concedidos. —Pues no sé, me pillas en frío. A ver, a ver… —respondió el herrero que herra mirando a su alrededor—. Quiero que, si alguien se sienta en mi silla, no pueda levantarse hasta que yo lo diga. —No lo entiendo, pero tú sabrás —comentó extrañado el hombre—. Te faltan dos. —¿Sabes qué? —siguió el herrero que herra—. Como siempre tengo problemas con los ladronzuelos que se suben al manzano y se comen mis manzanas… pues quiero que, si alguien se sube a mi manzano, no pueda bajar hasta que yo lo diga. —Deseo concedido —afirmó el hombre—. Pero ¿no te gustaría pedir otras cosas…? No sé, cosas como por ejemplo tener mucho dinero. —¡Dinero! No, no… —contestó el herrero que herra—. No, no quiero dinero. ¿Ves este monedero tan pequeño? Pues lo que quiero es que, si alguien se atreve a meterse algún día en su interior, se quede allí dentro encerrado y no pueda salir hasta que yo lo diga. —Como quieras —dijo resignado el hombre—. Tus deseos te serán concedidos. Y dicho y hecho, el extraño hombre marchó a lomos de su burro con herraduras de plata. Y el herrero que herra volvió a trabajar herrando en su yunque. —¡Qué hombre más raro! —pensó el herrero que herra mientras golpeaba una herradura con su martillo—. ¡No bromeaba cuando en vez de pagarme las herraduras

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BÉLGICA

de plata me dice que pida tres deseos! ¡Cuánto loco que anda suelto por ahí! Y eso que yo le he dicho lo primero que me ha venido a la cabeza, pero él va y me contesta que mis deseos serán concedidos. ¡No tiene guasa ni nada ese hombre! Pasó el tiempo y al herrero que herra se le empezaron a torcer las cosas. De un día para otro, empezó a tener menos trabajo. Y cada vez le encargaban menos tareas. —No puede ser que no haya ni un solo caballo, ya no digo caballo, sino burro, que no pierda una herradura —pensaba el herrero que herra sentado en su silla sin hacer nada—. ¿A nadie se le ha roto un eje del carro? ¿Nadie necesita una reja nueva? ¿Cómo es esto posible? El pobre herrero que herra se estaba quedando desplumado. No podía pagar las facturas y lo único que tenía para comer eran las manzanas que le daba su manzano. Su situación era cada vez más y más terrible. Un día, cuando el herrero que herra ya no sabía qué hacer para salir de la miseria, oyó cómo llamaban a su puerta. El herrero que herra vio ante él a un hombre que le miraba con unos ojos negros y profundos. Y al verlo, el herrero que herra comprendió que se trataba del diablo. —¿Qué, herrero que herra, cómo estás? ¿Cómo van las cosas por aquí? —preguntó el diablo entrando en la herrería como Pedro por su casa. —Bueno… no va muy bien… la verdad —contestó el herrero que herra—. No tengo un céntimo, ni trabajo… —¡Bueno, herrero que herra, no te preocupes que aquí estoy yo! —interrumpió el demonio—. Mira, te propongo que si me das tu alma y lo certificas firmando

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EL HERRERO QUE HERRA

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este papel con tu sangre… yo te garantizo que no te faltará ni trabajo ni dinero durante los próximos diez años. —¿Y después de estos diez años qué pasará? —preguntó el herrero que herra. —Pues dentro de diez años te vendré a buscar y tendrás que dejarlo todo y venirte conmigo. —¿Sabes qué? —respondió el herrero que herra—. De aquí a diez años que me quiten lo bailado. ¿Dónde tengo que firmar? Y el herrero que herra firmó con su sangre el pacto con el diablo. Durante los siguientes nueve años todo fue coser y cantar. Al herrero que herra no le faltó de nada. Le sobraba el trabajo y sus arcas siempre estaban llenas de buenas monedas.

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BÉLGICA

Al llegar el décimo año, el herrero que herra empezó a pensar que el diablo no tardaría en llegar. Y así fue. A los diez años exactos desde su primera visita, el diablo llamó a la puerta del herrero que herra. —¿Te acuerdas de mí, herrero que herra? —le preguntó el diablo. —Sí, claro que me acuerdo de ti —respondió el herrero que herra—. Qué, ya vienes a buscarme, ¿no? —Oh, han pasado diez años —recordó el diablo. —Bueno, está bien. Espera un momento que he de bajar al sótano a recoger mis cosas —dijo el herrero que herra—. Pero, siéntate, hombre, descansa un poco… Mira, puedes sentarte en esta silla que es la más cómoda que tengo. El diablo se sentó tranquilamente en la silla mientras el herrero que herra bajaba al sótano, cogía una barra de hierro y regresaba situándose frente al diablo. —¿Qué, diablo, nos vamos? —preguntó el herrero que herra. —¡Nos vamos! —contestó el diablo intentando ponerse en pie—. Pero, ¿qué pasa? ¡No puedo levantarme, estoy enganchado en la silla! Al ver que no podía levantarse, el herrero que herra empezó a darle de palos con la barra de hierro. ¡Pataplam! ¡Pataplum! —¡Ay, ay! ¡Que me haces daño! —gritaba el diablo sin poder levantarse de la silla—. ¡Para ya, por favor! —No voy a parar hasta que me prometas que me darás diez años más —dijo el herrero que herra. —¡No puedo! ¡Lo que me pides es imposible! —respondió el demonio.

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EL HERRERO QUE HERRA

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¡Pataplam! ¡Pataplum! Al diablo le llovían los golpes por todas partes. —¡Está bien, está bien! ¡Tú ganas! —reconoció finalmente el diablo—. ¡Te doy diez años más, pero deja de molerme a palos! Los siguientes diez años fueron fantásticos para el herrero que herra. Trabajó tanto que se convirtió en uno de los hombres más prósperos de toda la comarca. Y, como era de esperar, a los diez años justos, ni un día más ni un día menos, el herrero que herra oyó cómo llamaban a su puerta. Pero esta vez no era el diablo… ¡eran una docena de diablos los que habían venido a llevárselo! —Pasad, pasad —les dijo el herrero que herra—. Ya lo sé. Han pasado diez años y venís a buscarme. ¿No es así? —Exacto —contestó el viejo diablo que aún recordaba la paliza que había recibido. —Esperadme un momentito, por favor, que he de bajar al sótano a por mis cosas… —pidió el herrero que herra. —¡Esta vez no me la vas a jugar! —exclamó el diablo—. No pienso sentarme en esta silla ni en ninguna otra silla. Ni yo, ni ninguno de mis amigos. —¡Está bien! Pero ¿por qué no os subís al manzano y os coméis unas cuantas manzanas mientras me esperáis? Están deliciosas, en su mejor momento, os lo aseguro. En un abrir y cerrar de ojos, los doce diablos se encaramaron al manzano dispuestos a comerse unas cuantas jugosas manzanas. Cuando todos los diablos estaban sentados en las ramas del árbol, el herrero que herra se presentó ante

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BÉLGICA

ellos con la barra de hierro. Y… ¡pataplam!, ¡pataplum! Se lio a mamporros con todos los diablos. —¡Qué pasa! ¿Por qué no podemos bajar del manzano? —se preguntaban los diablos mientras se protegían como podían de los golpes que les daba el herrero que herra. ¡Pataplam! ¡Pataplum! —Y no voy a parar hasta que me prometáis que me vais a dar diez años más! —amenazaba el herrero que herra sin parar de atizarles. —¡Está bien, está bien! ¡Pero para ya! —dijo por fin el viejo diablo—. Tienes diez años más, pero deja que bajemos del árbol y nos podamos marchar. No os podéis imaginar qué feliz fue el herrero que herra durante los siguientes diez años. Todo le iba a pedir de boca. Se compró un yunque nuevo, amplió el negocio de la herrería y hasta se hizo un traje nuevo a medida. Pero, puntual como un clavo, a los diez años justos el herrero que herra oyó cómo llamaban a su puerta de nuevo. Pero en esta ocasión no era el viejo diablo quien venía a buscarle ni la docena de demonios que habían venido la última vez… ¡Esta vez era el mismísimo Lucifer en persona quien llamaba a la puerta del herrero que herra! ¡El diablo más malo que jamás haya existido! —¡Ven aquí, herrero que herra! —le dijo Lucifer con su voz aterradora—. Has conseguido engañar a todos mis discípulos, pero a mí no me engañarás. —Sí, ya sé… han pasado otros diez años… Y me halaga que sea el mismísimo Lucifer quien venga a buscarme. Pero, dime, Lucifer —preguntó el herrero que herra—, ¿es cierto que puedes hacerte muy muy grande?

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EL HERRERO QUE HERRA

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—¡Claro que puedo! Y para demostrárselo, Lucifer se convirtió en un gigante. —¿Y es verdad que también puedes hacerte muy muy pequeño? —preguntó a continuación el herrero que herra. —¡Claro que puedo! Y para convencerle, Lucifer se fue encogiendo, encogiendo, hasta tener el tamaño de una pulga. —¡Uy, qué pequeño! —exclamó el herrero que herra—. Siendo de este tamaño, seguro que entra en mi monedero. Y así fue cómo el herrero que herra cogió a Lucifer y lo metió en el interior de su pequeño monedero. —¿Qué pasa? ¡No puedo salir del interior del monedero! —gritó colérico Lucifer. Y el herrero que herra la emprendió a golpes con su monedero. ¡Pataplam! ¡Pataplum! —¡Para, para… por favor! ¡Basta ya! —suplicaba Lucifer desde el interior del monedero. —No pienso parar hasta que no me des diez años más —dijo el herrero que herra que seguía golpeando el pequeño monedero. ¡Pataplam! ¡Pataplum! —¡Está bien, está bien! ¡Tú ganas! ¡Te prometo que tendrás diez años más! Pasaron diez años y el herrero que herra ya era un hombre viejo y cansado. En broma en broma, había conseguido arrancarle treinta años al diablo gracias a los locos deseos que un día le había pedido a aquel vagabundo que vino a cambiar las herraduras de su burro.

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BÉLGICA

Había obtenido treinta años más pese a que no se creyó del todo que aquellos deseos pudieran hacerse realidad. Nunca podría imaginarse que aquello que se tomó a guasa le reportaría toda una vida de felicidad. A los diez años exactos de la visita de Lucifer, el herrero que herra se sentó en su silla a esperar a que llamaran a su puerta. Esta vez estaba dispuesto a dejarse llevar sin oponer la más mínima resistencia. Pero lo bueno del caso es que nadie se presentó.

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