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Xavier Roca-Ferrer

HISTORIA DEL ATEÍSMO FEMENINO EN OCCIDENTE Las mujeres y la libertad de pensamiento, de la Antigua Grecia a Hollywood

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© del texto: Xavier Roca-Ferrer, 2018 © de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L. Primera edición: noviembre de 2018 ISBN: 978-84-16601-86-8 Depósito legal: B 22373-2018 Diseño editorial: Enric Jardí Imagen de cubierta: Retrato de Jane Small, Hans Holbein el Joven Maquetación: Àngel Daniel Impresión y encuadernación: Cayfosa Impreso en Santa Perpètua de Mogoda

Manila, 65 08034 Barcelona arpaeditores.com Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

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SUMARIO

Introducción 17 1. ¿Qué es una atea?

23

2. El ateísmo de Madame Cromañón

32

3. El ateísmo en las civilizaciones del pasado. De Mesopotamia a Jonia

40

4. El caso Aspasia

51

5. El ateísmo de los postsocráticos. Leontion de Atenas

59

6. Cínicas y cirenaicas. Areté de Cirene e Hiparquia de Maronea

69

7. Los estertores de la religión antigua. De la revolución cristiana al cesaropapismo

80

8. El cristianismo y la mujer

90

9. El crepúsculo de los dioses. Hipatia de Alejandría y el neoplatonismo

99

10. El ateísmo en la Edad Media

108

11. Las alegres jovencitas de Boccaccio y la comadre deslenguada de Chaucer

121

12. El ateísmo en el primer Renacimiento

136

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13. La mujer liberada del Renacimiento. De princesas, cortesanas, putas y brujas

146

14. Los Ensayos de Montaigne o el escepticismo explicado a las señoras

167

15. Filosofía y modernidad

179

16. El movimiento libertino en Francia

188

17. Ninon de Lenclos: Maestra de galantería y de incredulidad

197

18. El siglo incrédulo. De los libertinos a los philosophes

208

19. Ateas de salón. Madame du Deffand y Julie de Lespinasse

218

20. Feminismo, increencia y revolución. Mary Wollstonecraft y Mary Shelley

236

21. El ateísmo de mesdames des Halles. Las bacantes de la revolución

253

22. Las mujeres del Romanticismo alemán y la religión

268

23. El siglo de la muerte de Dios. Ernestine Rose

293

24. Revolución, política y feminismo. George Sand, Louise Michel y Clémence Royer

308

25. El ateísmo femenino en el mundo anglosajón. George Eliot y Margaret Fuller

330

26. Sensibilidad y escepticismo. Emily Dickinson

346

27. El origen de los espiritualismos modernos. Madame Blavatsky

361

28. Entre dos grandes guerras. Sufragismo y ateísmo

373

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29. Entre la pasión y la razón. Emma Goldman y Madeleine Pelletier

386

30. Ateas de izquierdas y ateas de derechas. Simone de Beauvoir y Ayn Rand

410

31. El naufragio de las certidumbres (i). Entre la indiferencia y lo irracional

431

32. El naufragio de las certidumbres (ii). Las nietas de Madame Blavatsky

444

Notas 465

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«Nadie puede ser llamado racional ni virtuoso si obedece a una autoridad distinta de la razón». MARY WOLLSTONECRAFT «Dios, inmortalidad, deber… ¡cuán inconcebible lo primero, cuán increíble lo segundo y qué perentorio y absoluto lo tercero!». GEORGE ELIOT «¿Acaso no te parece la eternidad algo terrible? A veces me paro a pensar en ella y me parece algo tan oscuro que casi desearía que no hubiera eternidad. Pensar que hemos de vivir para siempre y nunca dejar de vivir… Se diría que la muerte constituiría un bienvenido alivio ante un estado de existencia infinito». EMILY DICKINSON «No existe ningún libro que nos hable de un monstruo más infame que el Viejo Testamento con su Jehová asesino, cruel y vengativo, a menos que lo comparemos con el Nuevo Testamento, que arma a Dios con el infierno y extiende sus ultrajes a toda la eternidad». HELEN H. GARDENER «Solo subsiste lo desconocido y únicamente podemos declarar incognoscible por la razón lo que no existe». CLÉMENCE ROyER «El cristianismo es la conspiración de la ignorancia contra la razón, de la oscuridad contra la luz, de la sumisión y la esclavitud contra la independencia y la libertad, de la negación de la fuerza y la belleza contra la afirmación del gozo y la gloria de vivir». EMMA GOLDMAN

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«Es posible que las religiones hayan hecho bien en el pasado, pero también han hecho mucho daño. Dejando de lado las crueldades de las teocracias, se han hecho culpables de reprimir el pensamiento y de apartar a la humanidad de la ciencia, que es lo único que puede hacer más feliz a la humanidad». MADELEINE PELLETIER «Dios creó un prójimo tan odioso que se arrepintió y envió a su hijo para que nos obligara a amarle. La broma le costó la vida. Amamos a Brahms, a Tolstói, a Shakespeare, a Montaigne y a Tizziano sin que nadie nos haya obligado a hacerlo. ¿Se equivocó Dios a la hora de crear al prójimo como en tantas otras cosas?» DAME EDITH SITWELL «Voy a predicar que no hay Caída porque no había lugar del que caer, ni Redención porque no hubo Caída, ni Juicio porque no se ha dado ninguno de los otros dos acontecimientos. Nada importa salvo constatar que Jesús fue un gran mentiroso». MARY FLANNERY O’CONNOR «Las bases de la misoginia cristiana —su culpa por el sexo, su insistencia en el sometimiento femenino, su temor a la seducción femenina— están todas en las epístolas de san Pablo». KATHERINE M. ROGERS «La muerte será un gran descanso. Se habrán acabado las entrevistas». KATHARINE HEPBURN «El sexo es una broma que Dios gastó al ser humano». BETTE DAVIS

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«La religión es la insulina de las almas diabéticas. Nos guste o no, siempre habrá almas diabéticas y las religiones no se acabarán nunca. Hay que aprender a convivir con ellas, pero no darles nunca el gobierno ni poner en sus manos la educación de nuestros hijos». ABBY LIEBERMANN «Si quiero resumir mi actitud hacia la cuestión de Dios, la definiría así: por todo lo que sé, la definición de Dios es “lo que la mente humana no puede entender”. Siendo una racionalista de mente literal y creyendo que es una obligación moral creer lo que uno dice, tomo literalmente la palabra a los que dan esta definición, estoy de acuerdo con ellos y les obedezco: no lo entiendo». AYN RAND

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Para mis amigos Olivia, Noa, Grisette, Fox (in memoriam) y Charlie, con gratitud y estos maravillosos versos de Walt Whitman: They do not sweat and whine about their condition. They do not lie awake in the dark and weep for their sins. They do not make me sick discussing their duty to God. Not one is dissatisfied, not one is demented with the mania [of owning things, Not one kneels to another, nor to his kind that lived [thousands of yearse ago. Not one is respectable or industrious over the whole earth*.

WALT WHITMAN, Animals

* «No sudan ni gimen bajo su condición, / no yacen insomnes en la oscuridad llorando por sus pecados, / No me marean discutiendo sus deberes para con Dios. / Ninguno está descontento ni vive enloquecido por la obsesión de aumentar sus propiedades. / Ninguno se arrodilla delante de otro ni de su linaje que vivió hace miles de años. / Ninguno se muestra respetable ni industrioso en la tierra».

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INTRODUCCIÓN «El primer pecado fue la fe, la primera virtud la duda». Carl Sagan «Por cuanto sé, no hay una sola frase en los Evangelios que elogie la inteligencia». George Bernard Shaw

Las palabras «ateo» y «ateísmo» han tenido siempre muy mala prensa. Siempre divertido y acertado, el gran Bernard Shaw, hijo de una familia irlandesa pobre y protestante, socialista fabiano y premio Nobel en 1950, solía afirmar que si en un banquete nos sentaban al lado de un ateo, no debíamos temer que nos robara el reloj. Pero no todos son tan clarividentes como el autor de Pygmalion, y el prejuicio contra los ateos confesos sigue bastante extendido sobre todo en los países del sur de Europa, por no hablar de Estados Unidos, donde el creacionismo aún bate récords y antes aceptarían a un espantapájaros de presidente que a un ateo reconocido. Con tal, claro está, de que el espantapájaros se declarara católico, presbiteriano, mormón o baptista. Esta es la razón de que no pocos pertenecientes al gremio de los sin Dios prefieran definirse como agnósticos, materialistas, escépticos, no creyentes, panteístas, deístas, laicos o,

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incluso, indiferentes. Parece que son palabras menos abruptas, que suenan mejor. Excepcionalmente y para compensar esta presunta vergüenza, algunos ateos se han mostrado enormemente orgullosos de serlo, hasta el extremo de que uno de los campeones modernos de la no creencia ha llegado a proponer que se levante en alguna parte (y preferiblemente en Londres) un templo dedicado al ateísmo, lo cual no deja de ser una contradictio in terminis, por no decir una solemne burrada. Tampoco una reciente campaña en pro del ateísmo que se dejó ver en autobuses urbanos, afortunadamente fenecida, sirvió para favorecer el prestigio de la increencia, pues se basaba en un lema que venía a decir más o menos así: «Que no te amarguen la vida: sé ateo y haz lo que te dé la gana». Partiendo de esta idea, parecía dar a entender que el ateísmo lo permitía y justificaba todo, desde la evasión fiscal a la pedofilia y los campos de concentración, por no hablar de la voladura de restos arqueológicos maravillosos (deporte al que, por cierto, también algunos ultracreyentes han sido y son tremendamente proclives)1. En otras palabras: que extra Deum non est moralis, y, consiguientemente, que resultaba inimaginable cualquier tipo de ética laica, entiéndase independiente de una determinada trascendencia. Esta idea solo sirve para reforzar a los defensores de la religión (de cualquier religión con un dios como Dios manda), que sacan la conclusión (interesada) de que la negación de dios elimina de cuajo el fundamento de cualquier moral posible y que a los más o menos civilizados solo nos queda el derecho penal como premio de consolación. Ello no es cierto, y el ilustrado lo sabe: desde el socratismo y los postsocratismos al imperativo categórico de Kant se ha defendido la posibilidad y pertinencia de una ética (eso sí, laica) reguladora de las relaciones humanas sin condicionarla a la existencia de una divinidad todopoderosa con facultades normativas e, incluso, punitivas. Es probable que el origen de la ética (o, si se prefiere, del eticismo) formara parte del contrato social que, de un modo u

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otro, se halla en la base de todas las civilizaciones merecedoras de tal nombre. En un principio debió de ser un pacto muy sencillo de reglas intuidas no escritas dirigidas a la protección de la persona, su familia y su incipiente propiedad y, también, a la subsistencia pacífica del grupo como tal. Más tarde, se atribuyó el dictado de estas normas y su tutela a unos seres superiores llamados dioses, a los que en muchas culturas también se adjudicó la creación del mundo. Es razonable, pues, pensar que nuestros antepasados sentaron las bases de un eticismo rudimentario para evitar problemas en la tribu del mismo modo que empezaron a vallar sus campos y a cerrar sus chozas. De ahí que muchos dieran por sentadas dichas normas (no matarás, no robarás, no mentirás, no le quitarás la mujer al vecino, etc.), como Voltaire, que en su Philosophe ignorant dejó escrito: «Creo que las ideas de lo justo y de lo injusto son tan claras y universales como las ideas de la salud y de la enfermedad, de la verdad y de la falsedad, de la conveniencia o de la inconveniencia». En cierto modo, viene a afirmar la existencia de algo así como una consciencia moral inmanente en el ser humano, independiente de la divinidad. Quizás habría que hablar de unos «arquetipos éticos», para utilizar la terminología que Jung impuso en otro terreno. Otros, en cambio, justificaron la moral por razones prácticas o por interés, como los pensadores escoceses David Hume y Adam Smith. Lo cierto es que a patir del siglo XVII la ética laica se ha convertido en uno de los problemas capitales de la filosofía. Solo a lo largo de los dos últimos siglos, numerosos filósofos desde Nietzsche y Marx a Sartre y Berlin, han dado mil vueltas a la cuestión de la «moral sin dioses»2 sin llegar a conclusiones definitivas. Simplificando mucho y teniendo en cuenta las numerosas declaraciones de derechos humanos que han venido sucediéndose desde la Constitución americana hasta hoy, una pensadora de nuestros días, Victoria Camps, concluye: «Los derechos humanos han contribuido a tejer una idea de la moralidad que es la más aceptada, la más convincente de todo lo que hemos sido capaces de concebir».

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Dicho esto, el autor se dispone a justificar el origen de este libro, un libro que seguramente nunca habría escrito de no haber sido por su reciente lectura de otro que, en términos escolásticos, merece ser definido (o acusado) de ser su «causa primera»: Histoire de l’athéisme (París, Fayard, 1998), un libro, por lo demás magnífico, debido a la pluma del brillante historiador galo Georges Minois. Concluidas las casi setecientas páginas de la obra, y pese a estar dedicada a la esposa del autor, las mujeres casi no aparecen por el libro. Si alguna atea es citada (como la famosa cortesana de Luis XIV, Ninon de Lenclos), lo es de pasada, sin entrar en honduras y exempli gratia. Claro que al hablar del ateísmo como fenómeno social engloba a toda la sociedad, hombres y mujeres, sin hacer distingos, pero se diría que estas últimas tienen un papel ancillar en el desarrollo del fenómeno y que, en definitiva, «el ateísmo es cosa de hombres». A lo largo de siglos, incluso cuando la incredulidad ha sido más o menos aceptada o tolerada por la sociedad, una mujer atea ha seguido siendo vista como algo contranatura, una aberración, un monstruo bicéfalo y con rabo. Algo que no podía existir, quizá porque desde siempre se ha visto en la mujer el sostén de la religión en el ámbito familiar o tribal. En esta línea, el ensayista inglés Bonnell Thornton escribió en una carta dirigida a un amigo hacia 1760: «¡Dios mío! ¡Una mujer atea! La idea nos hace estremecer aún más que la de una mujer asesina, una mujer asesina en el peor sentido de la palabra: asesina de sus propios hijos o de sí misma». Todavía en 1813 el doctor Thomas Cogan, fundador de la Royal Humane Society, declaraba: «¡Los hombres contemplan a la mujer atea con mayor horror que si tuviera las facciones más horrendas imaginables tachonadas de carbunclos!». Es decir: que si fuese un diablo. Ello me recuerda cierta anécdota famosa de la reina Victoria. Un día, mientras discutía con un ministro sobre qué trato legal había que dar a la homosexualidad en la norma penal, decididamente homófoba en Inglaterra hasta bien entrado el siglo XX, el ministro, seguramente bajando la voz, le preguntó:

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«¿Y qué hacemos, majestad, con las mujeres homosexuales?», a lo que la pequeña soberana más grande del mundo contestó, taxativa: «Eso no existe». De haberle hablado sobre las mujeres ateas, habría respondido exactamente lo mismo. Curiosamente, hoy Gran Bretaña es uno de los países europeos en el que, según las encuestas, existe un mayor número de descreídos y de descreídas. Por otra parte, si tenemos en cuenta que la mayoría de las religiones (al menos las del Libro) han tratado especialmente mal a la mujer, lo raro es que no haya muchísimas más mujeres ateas que hombres. La finalidad principal de este libro es desmentir el prejuicio de que el ateísmo no ha sido nunca femenino, que se une a los muchos prejuicios que ya de por sí la palabra «ateo» lleva consigo. Tal vez algunos piensen que la estructura cerebral femenina, quizá más dominada por la emotividad que la del hombre, tiende a ser más refractaria a la idea del ateísmo que la masculina, del mismo modo que la discutida feminista heterodoxa Camille Paglia extrae del hecho de que «a pesar de que las mujeres de clase media han tenido acceso a pianos a lo largo de doscientos años, no ha habido grandes compositoras», porque «ellos tienden a la creación y control de estructuras complejas». No creemos que las cosas vayan por aquí, sino que la mayor vinculación histórica comprobada de la mujer a la religión (también observable en culturas no occidentales) se halla ligada a razones sociales y a las funciones que le ha tocado realizar tradicionalmente a la madre en el seno de la familia. En épocas pasadas, los tabúes sexuales derivados de las religiones (y, en especial, de las monógamas) protegían decididamente el mantenimiento de la unidad familiar, algo que sin lugar a dudas beneficiaba a las mujeres, la parte més débil de la relación. Siguiendo, asimismo, las premisas de su modelo, este trabajo no va a entrar en la polémica de «dios sí, dios no». Doctores tienen las iglesias, la atea también, y dejaremos que el teniente general Küng y el mariscal Dawkins, al frente de sus huestes respectivas, diriman sus diferencias en letra impresa y platós televisivos para adoctrinamiento y entretenimiento (el eterno y

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siempre agradecido delectare et prodesse) de sus seguidores y adversarios. Por lo demás, no ha habido nunca mayor diluvio de obras y opúsculos sobre la fe como en la actualidad, un diluvio quizás estimulado por las dolorosas consecuencias que está acarreando a la humanidad el fundamentalismo islámico. Cuando una fe se toma demasiado en serio, suele desembocar en catástrofe. En cambio, Benjamin Beit-Hallahami, profesor de psicología de la Universidad de Haifa, tras estudiar en profundidad la psique, la actitud y la trayectoria vital de numerosos ateos del mundo occidental, traza en The Cambridge Companion to Atheism este perfil del «ateo civilizado» que transcribimos para tranquilizar a nuestros lectores: «Los ateos se muestran menos autoritarios y sugestionables, menos dogmáticos, más libres de prejuicios, más tolerantes con los demás, más cumplidores de la ley, más compasivos, concienzudos y bien educados. Muchos son muy inteligentes. En dos palabras, son buenos vecinos». Valga por lo que valiere. Léase este libro, si se quiere, como una serie de humildes notas a pie de página del magno tomo de Minois, al que por fuerza nos habremos de referir más de una vez como ejemplar historia y análisis del fenómeno del ateísmo en Occidente. En última instancia es una reivindicación de la capacidad de pensar, y, en especial, de pensar a la contra, de las mujeres, a la que el francés no ha prestado demasiada atención. Sentadas estas premisas, ya va siendo hora de entrar en materia. Pero antes, dada la vaguedad del término «ateo/a», parece imprescindible acotar el terreno que nos proponemos pisar.

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1 ¿QUÉ ES UNA ATEA?1 «El origen de la infelicidad humana se halla en su ignorancia de la naturaleza. La pertinacia con que el hombre se agarra a opiniones ciegas inculcadas en la infancia que se interfieren con su existencia y el prejuicio que enturbia su mente, impide su expansión y le hace esclavo de lo ficticio, parecen condenarle al error continuo». BARÓN D’HOLBACH «¿Quiere Dios prevenir el mal, pero no puede? En este caso es impotente. ¿Puede pero no quiere? En tal caso es malvado. ¿Puede y quiere? Entonces ¿de dónde viene el mal? ¿No puede ni quiere? Entonces ¿por qué le llamamos Dios?» DAVID HUME «Al delirio de uno llamamos locura, al de muchos religión». RICHARD DAWKINS

Hemos hecho ya referencia a la respuesta pasional que el término «ateo» suele despertar. En nuestra cultura y desde finales de la Edad Media suele reservarse a los no creyentes en el Dios

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cristiano. Dos milenios y medio antes de Cristo, numerosos sabios habían proclamado en la India que el cielo era un gran vacío. No tenemos testimonios explícitos de ateísmo en Egipto, Mesopotamia o China, pero en relación con la India vale la pena mencionar a un pensador de los siglos VII o VI a. C., Chárvaka, así como el sistema de pensamiento que lleva su nombre. «Compadezco a aquellos que», escribe, «renunciando a los placeres del mundo, tratan de adquirir méritos para ser felices en el Más Allá y se sumergen en una muerte que no tiene fin; no compadezco a los demás. […] ¡Sé sabio, Rama: solo existe este mundo! Goza del presente y arroja detrás de ti lo que no te gusta». Según la filosofía que predicó, todo conocimento tiene su origen en los sentidos y los escritos religiosos son charlatanería para niños. En Occidente, pensadores como Parménides, Heráclito o Jenófanes defendieron la eternidad de la materia. A caballo de los siglos IV y III a. C., Teodoro el Ateo, haciendo honor a su nombre, proclamó «la muerte de Dios», y si Nietzsche no reventó de envidia fue porque aún no había nacido. Cuando hayamos superado el capítulo del ateísmo en los pueblos primitivos (también Europa tuvo una larguísima fase «primitiva»), nos centraremos, como hace Minois, en la historia del ateísmo en las civilizaciones grecolatina y cristiana en cuanto que prolongación de la anterior. Pretender examinar en profunidad el ateísmo femenino en la India, en China o en Japón supera por completo nuestras fuerzas y fuentes de información, aunque es indudable que lo hubo.

* El problema práctico que presenta al estudioso la no creencia está en que sus «practicantes» no han dejado trazas de sus «vidas sin fe», mientras que los pueblos religiosos, desde el paleolítico o las pirámides hasta hoy, sí lo han hecho, a veces incluso de forma desmesurada. Solo en España se cuentan ochenta

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y ocho catedrales. Por otra parte, el ateísmo solo puede definirse frente a una determinada «cultura religiosa», del mismo modo que en una plaza de toros solo puede haber tendido de sombra si hay tendido de sol. Por ello, sobre todo en los tiempos antiguos, muchos defienden que hay que demostrar la existencia de una religión para que quepa hablar de ateísmo. Y eso no es siempre fácil, porque si el término «ateo» es ambiguo, no lo es menos el de «religión» cuando nos salimos del cristianismo, el hinduismo, el islamismo y demás religiones codificadas. Decía D’Holbach que todos los niños nacen ateos y seguirán siéndolo hasta que no sean capaces de comprender qué cosa es el dios de sus padres y maestros y decidan apuntarse a la idea. Ya hemos dicho que los ateos suelen preferir identificarse con otros nombres. Tampoco todos los ateos son iguales ni, salvo en culturas radicalmente no religiosas, han llegado al ateísmo por el mismo camino. Algunos especialistas en el tema llegan a clasificarlos en grupos y subgrupos como si fueran especies entomológicas. Nos hablan del ateísmo implícito de quienes ni siquiera tienen una idea de dios (desde pueblos primitivos sin religión conocida al recién nacido de D’Holbach) frente al explícito (que presupone desarrollarse en un hábitat religioso), del ateísmo positivo (que proclama que no hay dios ni dioses) frente al negativo (que englobaría todas las formas de no-deísmo), que puede ser implícito. También se ha distinguido entre el ateísmo práctico de quienes viven como si no hubiera dios ni dioses y explican los fenómenos naturales sin referirse a divinidad alguna y el teórico, que justifica su negación con argumentos científicos, metafísicos y lógicos y es propio de los ateos engagés y militantes. En sus formas más extremas, el ateísmo militante se opone no solo a la posibilidad de la existencia de una divinidad, sino también a otras formas de espiritualidad sin dios, como las que aparecen en determinadas categorías de budismo, taoísmo, hinduismo y jainismo. Históricamente se ha llamado también ateo (del griego á-theos, «sin dios») a quienes, aún siendo religiosos, no adoraban a los dioses mayoritariamente aceptados en su pueblo o na-

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ción.2 Recuérdese que en los primeros tiempos del cristianismo los romanos bienpensantes llamaban a los cristianos «ateos» y, como tales, los arrojaban a los leones. Bastaba con no querer sacrificar en los actos de culto dedicados a los dioses del Estado o al emperador para ingresar automáticamente en el bando odiado de los ateos. En los siglos XVI y XVII, al filo de las novedades que la Reforma introduce en la religión de Occidente, el término «ateo» es lisa y llanamente un insulto (un insulto que católicos y protestantes prodigan al bando contrario). Nadie en su sano juicio se hubiese atrevido a autodenominarse ateo (entre otras otras cosa por miedo a la hoguera). Solo a partir del siglo XVIII, con la Ilustración y un inicio de liberalización de la vida pública en Inglaterra, las cosas empezaron a cambiar a favor de los «anómalos» de pensamiento, a los que luego iban a unirse los que lo eran de palabra y obra. Todavía hoy un creyente (cristiano, judío, islámico) suele llamar ateo al agnóstico, al indiferente, al escéptico, al panteísta y al deísta, cuando, individualmente considerados, suponen tomas de posición perfectamente diferenciables. Es agnóstico el que considera irresoluble y poco interesante el dilema dios sí / dios no, y se mantiene al margen de él y de la religión «ambiental». Llamamos indiferente a aquel al que tanto le da que haya dios como que no lo haya, y vive y actúa a su aire. El escéptico viene a ser algo muy parecido en la práctica al agnóstico3 y es panteísta el que afirma que «como todo es dios, nada es dios».4 Finalmente llamamos deísta (a veces, teísta) al que reconoce y adora un dios único y sin nombre, relojero supremo del universo, no identificable con ninguno de los conocidos y catalogados a lo largo de la historia, posición muy generalizada entre los ilustrados «impíos» del siglo XVIII, empezando por Voltaire, y divulgada por las logias masónicas. Parecidos a los deístas serían los que podemos llamar espiritualistas, que, con antecedentes en misticismos exóticos de la antigüedad (orfismo, pitagorismo, neoplatonismo, etc.) o de cuño asiático (hinduismo, budismo, etc.), sustituyen la idea de un dios por una más o menos vaga espiritualidad que admite infinitas variantes. Fue

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su profeta en los tiempos modernos la célebre teósofa rusa Helena P. Blavatsky (1831-1891), y a partir de sus elucubraciones el espiritualismo (que no debe confundirse con el espiritismo) se ha mantenido vivo hasta el día de hoy bajo infinidad de formas. Negar la existencia de un dios ¿supone renunciar a todo tipo de espiritualidad? No lo creía así Aldous Huxley, que en su último ensayo, en el que trató el espinoso tema de si Shakespeare fue creyente o no, escribió: La palabra religión se usa para designar cosas tan distintas unas de otras como el satanismo y el satori,5 la adoracion de fetiches y la iluminación de Buda, la vasta política teológica de unas organizaciones financieras llamadas iglesias y las visiones íntimas de un místico. El silencio de un cuáquero es religión y también el Requiem de Verdi.6 El sentimiento de la absoluta perfección del universo es una experiencia religiosa y también el autoodio de un alma enferma de desesperación o de pecado en un mundo que es la escena de un perpetuo perecer y una muerte inevitable.7

Aldous Huxley perteneció a un momento histórico en que el ateísmo empezó a vincularse indefectiblamente con el comunismo y la revolución bolchevique; es decir, se tiñó de rojo. Ello determinó que numerosos escépticos y no creyentes liberales de Occidente prefirieran hacerse llamar agnósticos para diferenciarse del ateísmo rojo, socialista o anarquista que campaba con visos casi de nueva doctrina religiosa por las Internacionales y los pagos revolucionarios o revolucionados. El término «agnosticismo», que se puso de moda a finales del siglo XIX y principios del XX, no cerraba el paso a una cierta espiritualidad de buen gusto.8 Al margen de todos ellos, estaría el auténtico ateo, que reniega de todo lo suprarracional y concibe un universo que es materia pura y dura. Aparece esta forma de increencia entre algunos presocráticos como Demócrito, el primero en defender el atomismo, y más tarde en Epicuro y Lucrecio. La desarrolló brillantemente durante el Renacimiento el gran Giordano Bruno y le costó la hoguera. Muy extendida en el siglo XVII debido

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a las enseñanzas del neoepicúreo francés Gassendi, constituye la base de los pensadores positivistas y materialistas del siglo XIX como Comte y Marx. Un hecho parece cierto: desde el establecimiento firme del cristianismo en Occidente y a pesar de la fragmentación de la fe en Jesús a que dio lugar la Reforma protestante, todas nuestras religiones (quizá las de calvinistas, presbiterianos, anabaptistas, metodistas, puritanos o cuáqueros incluso de un modo mucho más virulento que el catolicismo romano) se han mostrado profundamente hostiles al descreimiento y lo han perseguido con saña. ¿A qué responde este odio, cuya prevención han intentado a lo largo del siglo XX una serie de movimientos ecuménicos tan teatrales como hipócritas que han quedado luego en nada? Como se pregunta Minois, «¿qué les importa a los que creen que otros no crean, y viceversa?». O que crean otra cosa, añadimos nosotros. Porque el ateo radical cree tanto en su ateísmo como el beato más devoto en la Inmaculada Concepción. Si nadie en su sano juicio ha puesto en duda la validez del número Pi o la fórmula del agua, no cabe decir lo mismo sobre la existencia de dios, que ha sido cuestionada in principio y lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos. Para explicar la hostilidad contra los no creyentes se ha sugerido que deriva de la suposición de que un hombre sin dios es un peligro para la sociedad. Habiendo prescindido de la creencia en un código moral dictado por dios y un más allá justiciero con premios y castigos, a un ateo no le importará hacer daño a los demás. Esta era una de las razones por las que Platón veía en los ateos un peligro público. Se parte de una especie de comportamiento «presunto» de los ateos que no puede en modo alguno ser ejemplar. Aunque Minois parece apuntarse a esta idea, no nos parece admisible por una razón obvia: si el creyente desconfía del ateo, mucho más desconfiaban luteranos y calvinistas los unos de los otros y ambos del aborrecido catolicismo romano. Todas las religiones que hallamos en el Reino Unido a partir del cisma-reforma de Enrique VIII se detestan entre sí y solo coinciden en aborrecer el «papismo».9 Tanto se odian que, cuando

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pueden, se eliminan en el cadalso o con el destierro. Recordemos cómo, el 6 de septiembre de 1620, ciento dos peregrinos cargados en el famoso Mayflower abandonaron el puerto de Plymouth porque su fe resultaba odiosa al rey de Inglaterra, Jacobo I (1566-1625), cabeza visible a partir del cisma del rey Tudor de la iglesia «nacional» anglicana. Tras no pocos problemas, el 11 de noviembre del mismo año arribaron a la costa este de América del Norte, donde fundaron la colonia de Plymouth (Massachusetts). Casi cincuenta años antes, durante la noche del 23 al 24 de agosto de 1572 y en el refinado París de los Valois, tuvo lugar la matanza de San Bartolomé, que supuso el asesinato en masa de centenares de franceses hugonotes, uno de los episodios más tremebundos de las guerras de religión que ensangrentaron Francia en el siglo XVI. Por su parte, la Inquisición española no solo persiguió a judaizantes, homosexuales y brujas sino también a erasmistas, «alumbrados» y luteranos, tan cristianos (o más) que sus verdugos pero «distintos». La malquerencia contra los ateos solo puede enmarcarse dentro del ancestral odio al otro, al diferente, y, en términos prácticos, a la minoría, porque si los otros son más, las tornas suelen volverse. Como dice la sabiduría popular, «llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos». Este y no otro es el fundamento de la suspicacia, cuando no la malquerencia u odio contra los ateos, en sociedades mayoritariamente creyentes. La mayoría los condena por su «desvío» u otredad, como en diversas épocas y lugares han sido condenados los judíos, los homosexuales, los negros o los gitanos. En el caso de las iglesias constituidas este odio se ve considerablemente estimulado, difundido y puesto en práctica por los funcionarios de la religión mayoritaria o afín al poder político. Siguiendo el criterio de Minois, vamos a aceptar como ateos y ateas a los efectos de nuestra exposición a cuantos no admiten la existencia de un dios personal capaz de intervenir directamente en su vida, es decir, a los que hemos calificado de ateos (materialistas), panteístas, escépticos, agnósticos y deístas, pues,

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si sus enemigos no suelen establecer distingos, no existe razón para que lo hagamos en estas páginas. También daremos entrada a los espiritualistas, quizá un tertium genus, pero que ha ocupado un lugar considerable en la civilización occidental del último siglo, lo sigue ocupando y quizá ocupará uno todavía mayor en el futuro. Vale la pena subrayar que la historia del ateísmo masculino y femenino no es solo la del epicureísmo, el escepticismo de los libertinos, el Deus sive Natura de Spinoza, etc., sino también la de millones de seres humanos sujetos a diario a fatigas de todo orden, seguramente demasiado preocupados por su propia subsistencia y la de sus hijos como para sentarse a preguntarse sobre la divinidad, una divinidad que prefieren ignorar a maldecir. En definitiva, lo que Minois llama el «ateísmo práctico», del que pocos parecen acordarse, y es la cara existencial y menos vistosa de la increencia, pero tan fundamental o más que su fachada noble, la descreencia teórica de los sabios. Para el autor de este libro, una atea es una mujer que no cree en un dios personal o que «pasa de él», aunque pueda sentirse afín a algún tipo de espiritualidad abstracta más o menos de moda, con total independencia de lo que crean en su entorno social e íntimo. A partir de las últimas estadísticas de que el autor dispone, siempre muy relativamente fiables, en la Tierra y a día de hoy una de cada cinco personas se considera atea. Una pregunta final: ¿hay tantas ateas como ateos? La cuestión carece de sentido si no se ciñe a una determinada dimensión temporal y a un espacio geográfico concreto. Los teóricos del género han llegado a la conclusion de que (al menos en la historia) las mujeres han tendido siempre a ser más religiosas que los hombres. Con arreglo a estadísticas manejadas en 1997 por los profesores Beit-Hallahmi y Argyle ello se debe fundamentalmente a tres razones. En primer lugar, la mujer siente emociones como la gratitud y la culpa con mayor intensidad que el hombre. En segundo lugar, la socialización de la mujer suele alinearla con valores propios de las religiones como la conciliación, la ternura o la humildad. En cambio, la socia-

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lización masculina pone más énfasis en la rebelión, de modo que los aspectos pedagógicos de la religión le atraen menos. La tercera razón (quizá la más reciente) parte de las estructuras sociales que encuadran a las mujeres (Madeleine Pelletier diría que las convierten en esclavas o en prostitutas). Estas estructuras sociales que han condenado secularmente a la mujer al papel de reproductora y ángel del hogar son las que el movimiento feminista viene combatiendo desde sus precursoras del siglo XVIII hasta los estudios de género actuales. Hablaremos de ello a su debido tiempo.

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