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Texas 1905

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Uno

A

Etta la despertó el rugir del trueno y le pare­ ció que tenía el cuerpo envuelto en llamaradas. Enseguida supo qué estaba pasando. La piel le quemaba como si se le separase del hueso, como si estuviera quedando al descubierto cada nervio, cada vena... Sentía una agonía tremenda. Intentó respi­ rar, pero le pareció que iba a ahogarse, porque tenía los pulmones cerrados y en ellos apenas cabía ni una bocanada de aire. Sabía que no estaba bajo el agua porque notaba el suelo duro e irregular a sus pies, pero la repentina oleada de pánico que se había apoderado de ella y la sensación de que el cuerpo le pesaba como una piedra al moverlo la llevaron a pensar por un momento que estaba ahogándose. Giró la cabeza hacia un lado e intentó toser el polvo que tenía en la boca. El ligero movimiento hizo que sintiera en el hombro un dolor intenso que luego le bajó por las costillas y la columna. En mitad de aquella febril bruma de calor y delirio, la asaltaron algunos fragmentos inconexos de recuerdos: Damasco, el astrola­ bio, Sophia y... 23

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Se obligó a abrir los ojos, pero enseguida volvió a cerrarlos con fuerza por la intensidad del sol. Aquel instante, sin embargo, le había bastado para absorber la imagen del mundo de color hueso que la rodeaba, la manera en la que titilaba y rielaba, mientras el calor se elevaba desde el pálido polvo. Le trajo a la memoria la ma­ nera en que la luz del sol juguetea con las olas del mar. Le hizo pensar en... «Un pasadizo». Eso era el sonido de trueno que oía, entonces. No es que se aproximara una tormenta, no; no iba a tener descanso alguno de aquel calor. Estaba rodeada por desierto y más desierto, y a lo lejos solo se veían mesetas que no le resultaban familiares, no estructuras y templos antiguos. Entonces, aquello no era... «Esto no es Palmira». Allí, el aire olía diferente y le quemaba la nariz cada vez que respiraba. No olía a plantas húmedas, podridas, como cuando se está cerca de un oasis. Tampoco olía a camello. Sintió una opresión en el pecho y un nudo de confusión en el estómago. —Nic... Incluso pronunciar aquella primera sílaba le transmitió la sensa­ ción de que tenía cristales rotos en la garganta. Se le agrietaron los labios y notó el sabor de la sangre. Se giró y se apoyó en las palmas de las manos para poder poner­ se en pie. «Tengo que levantarme...». Con los codos cerca del cuerpo, intentó impulsarse, pero apenas había levantado el cuello cuando sintió un fuerte dolor en el hom­ bro, que le ardía como si lo tuviera lleno de ampollas. Se le escapó, finalmente, un grito ronco. Se le doblaron los brazos. —¡Por Dios, la próxima vez grita más alto, ¿quieres?! ¡Como si no fuera bastante malo que el guardián nos pisara los talones! ¡Tú, encima, atrae a la caballería al galope! 24

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Una sombra cayó sobre ella. En los segundos que la oscuridad tardó en alcanzarla de nuevo y llevársela una vez más, a Etta le dio tiempo de ver el brillo intenso, casi antinatural, de unos ojos azules abiertos como platos que parecían muy sorprendidos de verla. —Vaya, vaya, vaya... Pues parece que, después de todo, a este Ironwood aún lo acompaña la suerte.

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Caminante Alexandra Bracken Etta Spencer no sabía que era una viajera hasta el día en que apareció a miles de kilómetros de su casa y a año...

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Caminante Alexandra Bracken Etta Spencer no sabía que era una viajera hasta el día en que apareció a miles de kilómetros de su casa y a año...