Page 1


Traduccion de Marcelo E. Mazzanti


gri slands Mar Azaelio

isl a sagrada

Mar Bregano

mu irlands 4


lirlands 1 . I S L A S AG R A DA Mar Baalaskir

2. IMPYRIA 3. OCASO 4. TÚMULO BLANCO 5 . C E Y- AT Ü L

Mar Prusiano

6 . P U E R TA S ( VAC Í O ) 7 . P U E R TA S ( S I D H E ) 8 . FAC T O R Í A 9. RESTOS DEL ESTRELLA DEL NORTE

Profundidades Hadesianas

factoría 5


A mi madre, Terry Ann Zimmerman

Primera edición: marzo de 2018 Título original: Impyrium Cubierta: Carles Marsal (www.carlesmarsal.com) Maquetación: Endoradisseny Edición: Jose M. López Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats © Henry H. Neff, 2016, por el texto y los mapas ilustrados. © Marcelo E. Mazzanti, 2018, por la traducción © la Galera, SAU Editorial, 2018, por la edición en lengua castellana La presente edición corresponde a la segunda mitad de la edición original. La traducción de la cita de la página 35 corresponde a Enrique Díez Canedo (1935). La publicación de este libro se ha negociado a través de Sandra Bruna Agencia Literaria, SL, en asociación con Adams Literary. Todos los derechos reservados. Kimera es un sello de la Galera. Casa Catedral ® Josep Pla, 95 - 08019 Barcelona lagalera@lagaleraeditorial.com Impreso en EGEDSA Depósito legal: B-551-2018 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6256-1 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta al CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.


capítulo 13

LA FANTASIA

Nací poema, me convertí en canción y moriré como leyes entre cubiertas de piel. Ojalá me hubiera quedado poema. Mina I (9 a. C. - 144 d. C.)

M

arzo iba a ser un mes difícil, interminable. El temporal golpeaba Tùr an Ghrian, haciendo que la torre crujiera y se agitara de un lado a otro como el asta de una ban­ dera. Hazel estaba junto a una ventana, mirando cómo las olas espumosas avanzaban en formación hacia el puerto. Aquel día no habían salido ni los remeros. En las proas de los dos galeones co­ merciales anclados brillaban sus Sellos de Lirlander. Hazel se secó la frente con una manga. Tenía la boca seca y le dolían los huesos. Rascha nunca la había hecho trabajar tanto. Ya no se trataba de hacer progresos: ahora la mística la arrastraba desde el lado más superficial y bello de la magia hasta sus aguas más empantanadas. Los hechizos que intentaba invocar última­ mente ya no eran simples retos; ahora le daban miedo. El bastón de la vye golpeó el suelo de malaquita. —Otra vez, Excelencia.

7


—No puedo, Rascha. Estoy demasiado cansada. —Porque te resistes. Cambiar de forma exige tener la mente abierta. Deja de agarrarte a Hazel Faeregine. —¡Pero es que soy Hazel Faeregine! Rascha pretendía que se soltara, que abriera las puertas de su percepción, pero a Hazel le daba miedo lo que podía encontrar en el otro lado. Desde lo sucedido en los Bosques Funestos no había oído más susurros, pero se estaba obsesionando con el retrato de la Parca. Cada noche lo sacaba de su escondrijo y lo contemplaba a la luz de las velas. El parecido la atraía y la repelía al mismo tiem­ po. Ya no podía irse a dormir sin celebrar aquel pequeño ritual. —Eso es solo tu nombre —insistió su tutora—. Tú eres mate­ ria y energía, una chispa de consciencia. Puedes adquirir la forma que desees. Hazel pasó a detalles menos existenciales: —¿¡Entonces por qué tengo que convertirme en un cerdo!? Desde su asiento cerca de la pequeña chimenea, Sigga rio dis­ cretamente y le dio un gajo de mandarina a Merlín. El homúncu­ lo de Hazel lo aceptó; hizo un gesto de agradecimiento mientras cogía la fruta con las puntas de sus alas. —La anatomía de los humanos y la de los cerdos es similar —res­pondió Rascha—. Es la transformación más sencilla, y re­ sulta muy útil. Yo misma he tenido ocasión de usarla. En cuanto acabó la frase, la figura lobuna de Rascha empezó a empequeñecerse. Su túnica le quedó a los pies mientras la vye se convertía en un gran cerdo negro. —Ya sé que tú puedes hacerlo —le dijo Hazel—. La que no es capaz soy yo. No tengo poder suficiente. El cerdo volvió a cambiar de forma. La piel se le expandió hasta volver a llenar la túnica, de nuevo como vye. Rascha se inclinó li­ geramente para coger su bastón.

8


—Tienes poder de sobras. Lo que te falta es concentración y voluntad de soltarte. Vuelve a intentarlo. Hazel volvió al centro del círculo mágico y cerró los puños y los ojos. Se imaginó el cerdo en el que quería convertirse: una tierna bolita rosa de rabo espiral. —I’na morphos soo’ar —susurró—. I’na morphos soo’ar… —Eso es —dijo Rascha—. Tienes que ver como un cerdo, oír como un cerdo, hasta oler como un cerdo. Hazel soltó una risita. —¡Concentración! —gruñó Rascha. A la princesa se le borró la sonrisa. Escuchó atentamente mien­ tras su tutora le indicaba que se imaginara a su alter ego porcino mientras la lluvia le caía en la piel, cómo golpeaba el suelo con sus pezuñas, cómo se revolcaba sobre agujas de pino mojadas y se rascaba la espalda contra la áspera corteza de un árbol. Pero otras imágenes invadieron la mente de Hazel. Ya no ima­ ginaba un cerdo sino algo enorme y oscuro, ajado, con plumas. No olía a pino sino a cenizas, sangre y resina ardiente. El bosque que la rodeaba estaba en llamas, su calor y su energía alimentaban los fuegos internos de la criatura, que aun así seguía hambrienta. La piel empezó a apretarle de forma muy incómoda. Respi­ raba con grandes bocanadas, llenaba sus pulmones con un aire de extraño sabor metálico. Al contrario que Rascha en su trans­ formación, no se volvió más baja y le salieron cuatro patas, sino más alta y sobre dos. El dolor invadió sus pies y sus espinillas mientras se le alargaban y estiraban. Empezaba a adquirir la for­ ma que se había introducido en su mente. La luz del fuego danzó sobre un rostro en el que se mezclaban hueso, un pico y carne. Sintió que la criatura quería acabar con ella, con todos. Hazel necesitó un supremo golpe de voluntad, pero por fin consiguió apartarla de su mente.

9


Abrió los ojos, perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse a un pesado brasero para no caer al suelo. Durante unos segundos fue incapaz de hacer otra cosa que dar bocanadas al aire, mientras el dolor de las piernas iba remitiendo. —Me rindo —dijo con la voz quebrada. —¿Cómo que te rindes? —exclamó Rascha, disgustada—. ¡Ni siquiera lo intentas! Basta de teatro y suéltate. ¡Convéncete de que eres un cerdo! —¡Pero es que no soy un cerdo! —gritó Hazel—. Nunca he estado entre cerdos, no sé cómo huelen o cómo se rascan o cómo corren. Para todo eso tengo que usar la imaginación, y enton­ ces… aparecen otras cosas. Sería más fácil si tuviera alguna expe­ riencia en la que basarme, pero no la tengo. He vivido siempre en esta isla. Pausa. —Si no cambias de forma no aprobarás los exámenes. —Ya lo sé —respondió Hazel—. Nadie lo sabe mejor que yo. La vye se puso aún más seria. —La emperatriz confía en ti. Estás obligada a dedicarle todo tu empeño desde la tontería que hiciste con la espada de la familia. Hay castigos mucho peores que limpiar los establos de las yeguas de fuego. Fue muy generosa contigo. —Es verdad —admitió Hazel—. ¿Pero lo será también conti­ go? Dàme Rascha se sentó pesadamente en un banco tallado e indi­ có a la princesa que acudiera a su lado. —¿Es ese el problema? ¿Temes por mí? Hazel asintió. —Si fracaso, quien lo pasará mal serás tú. Me da mucho miedo. Rascha chascó la lengua. —A mi edad, las amenazas y los castigos significan muy poco.

10


No me dan miedo. No deberías pensar en eso. Lo único que quie­ ro es ver cómo te conviertes en quien puedes llegar a ser. —¿Y qué puedo llegar a ser? —La maga más poderosa desde Mina IV. Eso era lo último que Hazel deseaba oír. —No quiero parecerme en nada a ella —dijo, sin levantar la voz—. Y además, la Parca era mucho más poderosa que yo. Era una diosa. Rascha se adelantó, apoyándose en su bastón. —Durante la mayor parte de su infancia, todos creían que era muir. Su poder despertó más tarde. Y tú dudas demasiado del tuyo. Recuerda lo que te dijo Lord Kraavh justo antes de que ex­ plotara el Tifón. Hazel rememoró la conversación con el demonio y su aura pa­ ralizadora, casi hipnótica. —Dijo que yo brillo. La vye asintió. —Algunas noches brillas más fuerte que ningún otro ser que yo haya visto. Más incluso que los dragones de las Puertas. La Ma­ gia Antigua está en tu interior, pero tú la mantienes encerrada. Es en eso en lo que os diferenciáis tú y la Parca. Ella estaba orgullosa de su poder. Hazel no le había contado lo de los susurros oídos en los Bos­ ques Funestos, y mucho menos le iba a decir lo de la monstruo­ sidad que acababa de ver mientras intentaba cambiar de forma. Rascha despachaba a menudo con la Araña, y no quería que aque­ lla información empezara a circular, y menos cuando ella misma aún no sabía qué significaba. Temía cómo pudieran interpretarlo. —Acabamos aquí —dijo Dàme Rascha—. Tienes tiempo de una cena rápida, no más. La fantasía empieza a las nueve. Hazel pareció aliviada.

11


—¿Cómo va a ir Smythe? —Acudirá como sirviente mío. —Pero se supone que es un invitado —dijo Hazel. La vye estaba cansada de discutir. —Excelencia, eso es todo lo que puedo hacer. Irán tus herma­ nas, quizás hasta la emperatriz. ¿De verdad deseas discutir sobre esa cuestión? Hazel sabía que protestar más iba a ser inútil, sobre todo si iba a acudir su abuela, que nunca permitiría que un muir se sentara en el palco real. Pero aquello le fastidiaba un poco los planes. Quería hacer un regalo especial a Hob, para celebrar el final de su conva­ lescencia y como agradecimiento por ayudarla a triunfar en el úl­ timo examen de Montague. Al profesor le había gustado especial­ mente su ensayo comparando la teoría y la práctica económicas, hasta el punto de que leyó un fragmento a la clase. Isabel había quedado impresionada; Violet, totalmente anonadada, e Imogene Hyde parecía que fuera a vomitar. Cada una de esas reacciones le resultó de lo más gratificante. Y era por eso por lo que los arreglos para aquella noche la decepcionaban un poco: solo los sirvientes más valorados asistían a eventos como las fantasías, pero aun así no era lo mismo que ser un invitado de verdad. La cena fue breve, un filete a la plancha con verduras en la sala común de las trillizas. Violet ya se había ido; iba a cenar con Lady Sylva y algunas de sus amigas. Isabel sí estaba allí, discutiendo con Olo sobre qué vestido llevar. —A mí me gusta el turquesa —dijo. La sirvienta no estaba de acuerdo. En su opinión, el vestido tenía un escote demasiado pronunciado: Su Excelencia era joven, y había… cuestiones… que era necesario tener en cuenta. Hazel miró su propio cuerpo. Se vio a sí misma lisa como un tubo; no le hubiera importado tener un par de esas «cuestiones».

12


Isabel llamó a su homúnculo, que descansaba en un sillón. —¿Tú qué piensas, Pamplemousse? A Hazel no le parecía que llamar «zumo de uva» a la criatura hubiera sido una gran idea, pero era la palabra preferida de Isabel en una antigua lengua, y al homúnculo no parecía importarle. Le­ vantó la vista de su plato de moras; para ser alguien recién nacido, tenía unos gestos sorprendentemente maduros. —El turquesa, sin la menor duda. Olo resopló y dejó a un lado el conservador vestido gris. Pam­ plemousse no le caía bien: no se cortaba en opinar sobre vestidos y decoro, temas que Olo consideraba que eran responsabilidad de ella. Era más tolerante con Merlín, pero solo porque el homúncu­ lo de Hazel nunca decía nada. Esta lo hizo bajar de su hombro para poder examinar a la luz el vestido de seda amarilla con ma­ dreperlas engarzadas. Pamplemousse también se fijó: —No va a pegar nada bien con el color de tu piel, querida. Hazel no conseguía decidirse sobre qué ponerse, pero le gus­ taba lo que Olo había hecho con su pelo. Lo admiró mientras la carroza la conducía hasta el lugar donde los Faeregine tenían va­ rados los yates. Su peinado llevaba raya a un lado, suavizado con un toque de crema y ajustado con un pasador dorado. Tenía los cabellos lisos como una selki, en fuerte contraste con la pelam­ brera ingobernable de Isabel. Esta le quitó a Hazel el espejo para arreglarse el lápiz de labios que Olo se había negado a aplicarle. —Odio los barcos —murmuró. —Creo que a este se le llama clíper —dijo Hazel. —Ya verás lo que va a importar cómo se llame cuando yo haya vomitado por toda la cubierta. Pamplemousse asomó la cabeza desde dentro del abrigo de piel de Isabel. —Pues cuidado con los zapatos.

13


Isabel lo había vestido con un traje de pana con espacio extra para las alas. A Hazel le parecía horroroso; Merlín siempre iba de elegante tweed. Sigga abrió la puerta, y el guardaespaldas de Isabel, un Rama Roja de pinta rugosa y con grandes patillas llamado Matthias Rey, las ayudó a bajar. Al final de la rampa, el Víspera se balanceaba en el embravecido mar negro. Hazel se apoyó en una barandilla —nunca le había gustado llevar tacones— y saludó al capitán, que las escoltó hasta el camarote. Por suerte, el viaje no iba a ser muy largo. Los veinticinco me­ tros del Víspera estaban pensados para regatas de verano, no para abrirse paso por el puerto. —Bueno, pues ¿qué pinta tiene? —le preguntó Isabel mientras rechazaba los aperitivos que le ofrecía un miembro del pasaje. —¿Quién? —Hazel se hizo la inocente, aunque sabía perfecta­ mente de quién le hablaba su hermana. —Un cierto paje. Su hermana simuló sorpresa. —¿Él? Ah. Está bien. Los lunasectos hacen milagros en las pe­ queñas heridas. Hasta le han arreglado el diente. —He oído que igual viene esta noche —dijo Isabel. —Ah ¿sí? Isabel puso los ojos en blanco. —Deja de disimular. Arquemnos oyó a Rascha prepararlo todo. Ha sido todo un detalle que lo invites. A Hazel se le quitó un peso de encima. —Me pareció lo justo, después de todo lo sucedido. Pero sé que Violet no estará de acuerdo. Isabel posó los pies sobre la mesa. —¿Qué más da? A mí todavía no me habla por haber «avergon­ zado a la familia». Pero, de no ser por nosotras, nadie sabría que

14


la verdadera espada ha desaparecido. ¡Yo creo que somos unas heroínas! Hazel sonrió. ¡Menos mal que tenía a Isabel de su parte! Su alegre irreverencia la estimulaba. Dejó a Merlín en el quicio de la ventana. Fuera, la noche era clara y brillante; el viento había lle­ vado las nubes tierra adentro. Draco adornaba un cielo de zafiro. El viaje era de apenas ocho kilómetros, pero les obligaba a na­ vegar por el laberinto del puerto. Su destino era una de las mu­ chas islas que había en el canal entre la Isla Sagrada e Impyria. En la mayoría había bases navales, pero la más grande, la Île des Rêves, estaba dedicada a las artes. En lo alto de la isla había una enorme sala de conciertos. Sus grandes curvas blancas en espiral hacían que el edificio recordase a un nautilo. A Hazel siempre le había encantado la elegancia del edificio y sus grandes espacios esculturales. Aunque, claro, sus anteriores visitas habían sido para conciertos normales; esta iba a ser su primera fantasía. Se celebraban tres fantasías por año, aunque la Grotesca de primavera era la más popular con diferencia. No solo marcaba el final del aburrimiento invernal, sino que, según se decía, era más extraña y chocante que la Pastoral de verano o la Melancolía de otoño. La Araña había prohibido que las mellizas asistieran a ninguna de estas antes de cumplir los doce años. Docenas de yates y muchas barcas de transporte rodeaban ya la Île des Rêves. Perte­ necían no solo a las Casa Mayores, sino también a nobleza menor, magistrados y príncipes mercantes. Las fantasías estaban abiertas a cualquiera que pudiera permitirse comprar una entrada, es de­ cir, muy pocos. Los Faeregine tenían sus propios muelles, y el capitán Whelk llevó magníficamente el Víspera hasta el puerto. Una vez deteni­ do el barco, Hazel e Isabel siguieron a sus guardaespaldas por la

15


rampa, al final de la cual las esperaba la prensa. Las tres hicieron lo posible por ignorar las preguntas. —Isabel, ¿es verdad que deseáis ser Divina Emperatriz? —¿Dónde está Violet? ¿Hay diferencias dentro de la familia? —¿Es cierto que Lord Faeregine va a dimitir como director del banco? Hazel no hizo caso del discreto empujón que le dio Isabel y se detuvo. —¿Qué? El hombre que había hecho la pregunta se abrió paso a codazos por entre su competencia. En su rostro redondo se dibujó una cínica sonrisa. —Buenas noches, Excelencia. Soy Gus Bailey de El Rumor. ¿Es cierto que vuestro tío se ha visto obligado a dimitir y que vuestra familia está perdiendo el control del banco? Hazel se recuperó de su sorpresa inicial. —No tengo ni idea de esto que me está diciendo. Isabel y ella siguieron avanzando por entre los controles de se­ guridad, mientras se oía música de cámara proveniente de la sala. Bailey les siguió el paso. —No hay problema, Excelencia, no hay problema. Pero contes­ tadme a una cosilla sin importancia: ¿hay algo entre vos y un paje llamado Hobson Smythe? Hazel empezó a caminar más deprisa; el rostro le ardía a pesar del frío. Isabel se había detenido, pero ella solo deseaba entrar y dejar atrás las risas y los gritos que la seguían. Estaba acostum­ brada a periodistas maleducados y preguntas impertinentes, sin embargo, esto le dolió de otra manera. Por supuesto que no había nada entre ella y Hob, la sola idea era ridícula, pero era la clase de noticia que podía hacerle la vida imposible. ¿Quién iba a divulgar un rumor así?

16


Lo supo en el mismo momento en que vio a Imogene Hyde charlando con Tatiana Castile, Rika Yamato y otras mocosas, bajo la bóveda de la entrada. Estaban en la barra del bar, una larga su­ perficie de madera de secuoya con un grupo de esculturas flotan­ tes de cristal suspendidas del techo. Unos metros más allá, Lord Willem Hyde charlaba con los patriarcas de los Castile y los Ya­ mato. La madre de Imogene no estaba, pero Dante sí, como una versión juvenil de su casi calvo progenitor. Al ver a Hazel, Imoge­ ne sonrió y le hizo un gesto para que se acercara. Ella ignoró la invitación y permitió que un sirviente le cogiera el abrigo. Isabel entró un momento después. —Idiotas —refunfuñó—. Al final Matthias ha tenido que tirar el cuaderno de ese periodista al agua. ¿Estás bien? —Sí —dijo Hazel—. Creo que Imogene es la que ha difundido el rumor. Isabel miró a las chicas de la barra. —Seguro que ha sido ella, cómo no. Alguien llamó a Hazel. Se volvió y vio a tío Basil, que se acerca­ ba con su comitiva. Parecía más delgado y contento que la última vez que lo había visto. Hizo que los demás se adelantaran y se quedó para dar un abrazo a sus sobrinas. —Estáis guapísimas las dos. Ya sé que se supone que tengo que decir estas cosas, pero es cierto. —Tú también estás espléndido —dijo Isabel. Su tío volvió a admirarlas, esta vez con un aire melancólico. —Parece que fue ayer mismo cuando erais unas niñitas regor­ detas sin pelo, y hoy venís a vuestra primera fantasía. Antes de que pudiera irse, Hazel le hizo un gesto y bajó la voz. —Un periodista ha dicho que vas a dimitir del banco. ¿Es cierto? Él se puso serio de repente. —¿Quién ha dicho eso? ¿No será el de El Rumor?

17


Hazel asintió. —Estoy harto de él —murmuró, pero enseguida decidió bajar el tono ante su sobrina—. No dejes que rumores como ese te afec­ ten. No me voy, y la familia sigue controlando el banco. Nuestra familia va a controlar el banco siempre. —Sí, tío Basil. —Muy bien —dijo él, y le besó la cabeza—. Nos vemos en el palco. Y no te creas que me he olvidado de mi Sirenita, ladronzue­ la. La quiero de vuelta. Isabel lo contempló alejarse. —¿Qué ha dicho de una sirena? —La sirenita. Se la he cogido prestado-barra-robado. Isabel agarró a Hazel del brazo mientras avanzaban por entre algunos de los representantes del mundo social y cultural. —A mí nunca me ha gustado esa historia. ¿Qué tiene de encan­ tadora una acosadora anfibia? Si quieres saber mi opinión, creo que la tía esa da miedo… Siguieron debatiendo el tema hasta llegar al palco. Era la ha­ bitación central y más grande de la sala, con una vista perfecta del escenario, los fosos de las orquestas y, lo más importante, el público. El palco estaba ya medio lleno, en su mayor parte por Faeregine menores de fuera de la isla. Cualquier familiar, no im­ portaba lo distante o cuestionable, tenía una ocasión en la vida de sentarse en el palco real. Todos se pusieron inmediatamente en pie en cuanto Hazel e Isabel entraron. Las hermanas les dedicaron unas sonrisas de compromiso, pero fueron directas hacia Dàme Rascha y Arquemnos, que te­ nían sus asientos en la segunda fila. Hob y los demás sirvientes estaban en pie en un pasillo, atentos por si alguien los llamaba. —Lo siento —le susurró Hazel, acercándose—. Pensé que iba a ser divertido, pero ya veo que es más trabajo que otra cosa.

18


Hob sonrió. —En absoluto, Excelencia. ¿Recordáis al señor Grayson? —Por supuesto —dijo Hazel, mirando al paje que había hecho de padrino de Hob en el duelo—. Encantada de volver a verte. Él le hizo una reverencia. Isabel la llamó desde uno de los dos asientos que había conseguido en primera fila. —¡Venga! La hermana de Hazel estaba deseosa de contemplar a los de­ más asistentes; era su pasatiempo preferido desde los primeros recitales a los que había acudido. Ella y Pamplemousse ya habían empezado a mirar en busca de personajes interesantes. Hazel dejó que Merlín, sentado a su lado, apoyara los pies en la barandilla. Volvió la cabeza para contemplar a sus compañeros domanocti, que pendían como pajarracos de una barra especial colgada del techo. —Escándalo a la vista —susurró Isabel—. Ahí, donde los ins­ trumentos de viento. Me parece que… sí, ya está otra vez… Lord Martin le está tocando el trasero a una mujer. Los dos rieron. Isabel se fijó en los palcos del resto de las Casas Mayores. Se levantó los impertinentes, los pequeños prismáticos para el teatro. —El duque Eluvan se está soltando de lo lindo. Pamplemousse echó un vistazo. —Eso no es un duque, es divino. Mientras, las orquestas calentaban motores. Una fuerte nota de tuba se elevó por entre los murmullos. Isabel se dio la vuelta. —No sabía que Montague iba a venir. Las dos se partieron de la risa, pero a Pamplemousse no le hizo ninguna gracia. —Os rogaría que no os metierais con mi creador. —¿Cómo funciona la cosa? —preguntó Hazel, recobrando la

19


compostura—. Quiero decir, apenas tenéis unas pocas semanas y ya sabéis tanto… —Alquimia —contestó el homúnculo—. A todos nos echan unas gotas de esto o lo otro. Me temo que tu Merlín recibió dema­ siado antimonio. Merlín no dijo nada; se limitó a rascarse una oreja con la punta del ala. —¿Y cuándo podré ver por tus ojos? —preguntó Isabel. Pamplemousse le dio unos suaves golpecitos en el brazo. —Pronto, querida. El proceso de unión tarda un poco. Ningún familiar que se precie cede sus poderes en la primera cita. Disminuyó la intensidad de las luces y una campanilla señaló que el espectáculo iba a comenzar. Abajo, el público seguía en­ trando por las puertas y los empleados conducían a todo el mun­ do hasta sus asientos. —¿Has cogido un programa? —preguntó Hazel. —No hay —contestó Isabel—. Solo los actores saben lo que van a interpretar. El doctor Phoebus compone las Grotescas en trance. Las luces bajaron aún más y los músicos dejaron de calentar. La mayoría de los asientos estaban ya ocupados, incluido el palco de los lirlandeses. Hazel vio a Lord Kraavh, con sus tres ojos como rendijas luminosas. En la sala se creó una sensación de tensa espe­ ra. Hazel miró a Hob, pero este estaba concentrado en la puerta. La voz de tenor del chambelán real dijo: —Su Radiancia, la Divina Emperatriz Mina XLII. Hazel y miles de personas más se levantaron cuando la Araña, acompañada por Violet y dos guardaespaldas, entró desde el pa­ sillo. Como era habitual, la abuela había descartado los vestidos exuberantes y el suyo era liso, en rojo Faeregine. No llevaba ma­ quillaje ni joyas, excepto la corona imperial sobre su cabeza con

20


cada vez menos pelo. Iluminada por el foco del escenario, su ros­ tro parecía una máscara mortuoria. Su expresión era contenida y rígida, con los labios formando lo que llamaban una «sonrisa de viuda». Podría haber sido perfectamente un cadáver de no ser por sus ojos, muy vivos, afilados, negros, atentos al detalle como los de un joyero. Nadie se libró de su escrutinio mientras descendía los escalones, pero fue en Hazel en quien más se fijó. Todo el mundo se quedó en pie hasta que la emperatriz se colo­ có ante su asiento, posó una mano traslúcida en el hombro de tío Basil y dio a su hijo un beso desprovisto de amor mientras este la ayudaba a sentarse. Isabel susurró a Hazel: —Se la ve tan frágil… Su hermana asintió mientras volvían a sentarse; ella había pen­ sado lo mismo. Una cosa era ver a una diosa en un trono de oro, y otra muy diferente era ver a una vieja artrítica esforzándose por bajar unos escalones. Todo el mundo estaría especulando sobre cuánto tiempo le quedaba a la Araña: ¿un año?, ¿un mes? Hazel sintió lástima por Violet: muy pronto sería emperatriz. Hubo un brillante estallido de luz antes de que la sala quedara totalmente a oscuras. Varias personas entre el público gritaron. Hazel cogió fuerte la mano de Isabel. —¿Es esto parte del espectáculo? Su hermana respondió de forma extrañamente dubitativa: —No… no lo sé. Hazel extendió una mano, a ciegas, hacia Merlín, pero parecía haber desaparecido. Después puso la mano ante los ojos y no vio nada, no sintió nada, ni siquiera la silla que había a su lado. Era como si estuviera flotando en un tanque de tinta. Incluso el sonido de su propia respiración había desaparecido. Algo había anulado sus sentidos.

21


Se inició un murmullo subsónico muy grave. Sus vibraciones se adentraron en el cuerpo de Hazel. Gradualmente, su corazón fue ajustándose a aquel ritmo lento y primitivo. Bum-bum… bum-bum… bum-bum. Una nueva vibración hizo que le temblaran los dientes. No había soltado la mano de Isabel, pero no conseguía sentir su calor. Solo existía el Sonido, y parecía infinito. Su mente flotaba. ¿Cuánto llevaba allí sentada? ¿Horas? ¿Días? ¿Cuántos latidos? Todo estaba mudo, paralizado. De repente notó un olor a lilas. Apenas un atisbo, pero sufici­ ente como para desencadenar una inundación de recuerdos. Es­ taba jugando en un jardín bajo el sol de verano. Había una mujer sentada cerca, mirando al mar. Tenía menos de cuarenta años y era bella pero descuidada, con gruesos cabellos negros que se agitaban en la brisa. Hazel observó que llevaba un anillo con un dibujo. Un niño rechoncho trajo un escarabajo que había encontrado. La mujer le dedicó una sonrisa antes de volverse hacia Hazel. —Tápate, Arianna, estás a punto de arder. ¡Bum! Hazel gritó a la vez que algo sacudía la sala. Los timbales rugían, acompañados por lo que parecían truenos y campanas discordantes. Hazel se encogió en su asiento, desorientada y asus­ tada. El sonido descendió y empezó a ver luces ante ella, floreciendo de repente con los colores más puros, maravillosamente vivas, trágicamente efímeras. Al desaparecer dejaron un vacío casi do­ loroso. ¿Volvería a ver alguna vez algo tan bello? ¿Por qué nunca había apreciado las cosas maravillosas como aquella? Volvió el ritmo, más alto, más rápido, casi predatorio. Le re­ cordó a los Bosques Funestos. ¿Estaba acompañado por cantos? A Hazel le pareció oír un coro de voces débiles y etéreas.

22


¡Bum! Otra descarga, y la sala volvió a aparecer. El escenario, apenas iluminado, estaba repleto de siluetas grotescamente alargadas. Las formas ondulaban y se entrecruzaban; se movían como ser­ pientes preparándose para luchar o para copular. El espectáculo resultaba tan desagradable como fascinante. Isabel le dio un toque en el hombro y señaló hacia arriba. Hazel se quedó con la boca abierta. Sobre el escenario, los movimientos de los bailarines parecían abstractos. Pero, en el techo, sus som­ bras interpretaban una historia. Hazel intentó comprender cómo aquellos movimientos tan caóticos podían proyectar sombras tan precisas y complejas. ¿Era puro arte o era magia? Más instrumentos se unieron al sonido. Una orquesta tocaba melodías; la otra, desgarradoras cacofonías. A menudo parecía que se gritaran la una a la otra, compitiendo por ser la que más fuerte sonara. Pero de vez en cuando los sonidos se entrelazaban creando armonías de una belleza que casi dejaron a Hazel sin aliento. La danza parecía a punto de llegar a su culminación. La música fue transformándose en algo que parecía salido de una pesadilla. Los focos se centraron en los bailarines nemones, iluminando sus extrañas y fantásticas formas. Los nemones eran técnicamente humanos, aunque viéndolos resultara difícil de creer. Llevaban miles de años siendo criados para llevar al límite las líneas y formas del ballet. El resultado eran unos seres andróginos y sin cabellos que se movían con una in­ creíble fluidez, como si sus articulaciones no tuvieran límites. Algunos medían más de tres metros, con cuellos de un metro, al igual que sus extremidades de finos pero prietos músculos. Vivían toda la vida en la Île des Rêves, cuidados por sirvientes. El doctor

23


Phoebus sería el compositor y director de las fantasías, pero los nemones eran su atracción principal. Hazel se volvió para ver si Hob disfrutaba del espectáculo. Para su sorpresa, se mantenía rígido, con expresión de repul­ sión contenida. Lo lamentó mucho; había querido deslumbrarle, mostrarle un fragmento de la vida real igual que él compartía sus vivencias en los Muirlands. Quizás las fantasías y los nemones fueran un gusto adquirido. La orquesta se detuvo y solo un músico siguió tocando. Sonó un aplauso, y Hazel apartó la vista de Hob para fijarse en que un foco apuntaba a una kitsune de florido ropaje que tocaba un be­ lyaël rojo. Reisu era la intérprete más famosa de Impyrium, un ser con dos brazos y dieciséis dedos extras, que le otorgaban la capa­ cidad de manipular las muchas cuerdas y trastes del instrumento. Pero para lo que ahora tocaba no se necesitaban dedos extras. Las sencillas notas eran discordantes y amenazadoras. Sobre el es­ cenario, los nemones se retiraban mientras algo se elevaba desde el suelo. La enorme silueta resultaba vagamente antropomórfica. ¿Re­ presentaba un animal? ¿Un pájaro? Hazel no podía distinguirlo, pero tenía que estar formado por varios nemones bajo alguna especie de piel con plumas. Sus formas le resultaron inquietante­ mente familiares. La criatura pulsaba, se agitaba, luchaba contra sus cadenas. Ahora las extrañas sombras danzaban en las paredes. Hazel se adelantó cuanto pudo en su asiento, hasta casi apoyar el mentón en la barandilla. ¿Qué era aquella cosa? Otra silueta, esta de la altura de un niño, se movió por el esce­ nario llevando lo que parecía la corona Faeregine, y empezó a dar vueltas alrededor de la montaña de plumas, a la vez acariciándola y provocándola con golpecitos. Los otros nemones representaban estar cada vez más nerviosos y agitados. La figura más pequeña

24


intentaba darles órdenes, dirigir sus movimientos, pero los bai­ larines, con sus saltos, le tiraron la corona al suelo. La figura la re­ cogió y fue hasta el centro del escenario, donde la montaña negra estaba atada. Isabel susurró al oído de Hazel: —Me parece que esa cosa con plumas representa la Parca. Hazel asintió. Lo sospechó en cuanto apareció la figura con la corona. Mina III había sido una gobernante débil, lo que quizás explicara por qué aparecía como una niña. La pequeña bailarina colocó la corona encima de la masa con plumas, y entonces se produjo una explosión de luz y sonido. Rompiendo las cadenas, la Parca se alzó y alzó hasta empequeñe­ cer a los nemones más altos, que se alejaron en cuanto empezó a irradiar unas llamas verdes que se extendieron por el escenario y ascendieron por las paredes. El público aplaudió aquella ilusión de primerísima calidad, pero no Hazel. Observó con la boca seca por el horror cómo la monstruosidad se movía por el escenario. Cada pocos minutos se acercaba a uno de los nemones y se lo tragaba en un frenesí de plumas negras. Y, con cada nueva víctima, la Parca aumentaba aún más su tamaño. La música era cada vez más disonante, salvaje. Abajo, el doctor Phoebus agitaba sus batutas con movimientos espasmódicos. ¿De verdad sus obras estaban basadas en visiones que tenía? La Parca había gobernado hacía más de dos mil años. ¿Por qué era el tema de esta Grotesca? ¿Podía ser que de alguna manera los susurros de los Bosques Funestos hubieran alcanzado al doctor Phoebus, influyéndole de alguna manera? Sobre el escenario, los nemones formaron dos círculos que giraban en direcciones opuestas alrededor del monstruo. Con sus largos movimientos ondulantes, los bailarines más parecían deslizarse que dar pasos.

25


Profile for Editorial Océano de México, SA de CV

18807c  

¿Qué harías si descubres que estás en el bando equivocado? La partida de ajedrez que comenzó con el primer volumen no ha hecho más que dest...

18807c  

¿Qué harías si descubres que estás en el bando equivocado? La partida de ajedrez que comenzó con el primer volumen no ha hecho más que dest...