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«Bueno, pues entonces, manos a la obra. Tráeme una de las calabazas que crecen en el jardín», dijo el hada.

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Cenicienta cogió la más bonita y el hada la transformó en una magnífica carroza dorada. Luego buscó a seis ratoncitos, que se convirtieron en caballos maravillosos. Por chófer eligió a otro ratón, y seis lagartijas sirvieron como pajes. Finalmente, el hada confeccionó un vestido de oro y de plata, y unos pequeños zapatos de cristal. Pero el encantamiento duraría solo hasta medianoche.

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«Bueno, pues entonces, manos a la obra. Tráeme una de las calabazas que crecen en el jardín», dijo el hada.

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Cenicienta cogió la más bonita y el hada la transformó en una magnífica carroza dorada. Luego buscó a seis ratoncitos, que se convirtieron en caballos maravillosos. Por chófer eligió a otro ratón, y seis lagartijas sirvieron como pajes. Finalmente, el hada confeccionó un vestido de oro y de plata, y unos pequeños zapatos de cristal. Pero el encantamiento duraría solo hasta medianoche.

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El rey, impresionado por tal regalo, dio su consentimiento y la boda se celebró en seguida. Aladino también pidió al genio que le construyese un magnífico palacio para él y su esposa. Mientras tanto, el mago malvado no descansaba; se enteró de que el chico estaba vivo y de que se había casado con la princesa. Así que decidió ir al palacio del joven. Cuando lo vio, quedó impresionado y fue presa de una tremenda ira: ¡no podía ser que gozara de tal fortuna!

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Esperó a que Aladino acompañara al rey en un viaje, y entonces fue a ver a la princesa vestido de comerciante. Utilizando palabras embaucadoras y una pizca de magia, la convenció para que le diera la lámpara, haciéndole creer que era vieja y desprovista de valor; a cambio, le dio una nueva. En cuanto tuvo la mágica en su poder, ordenó al genio que llevara el palacio de Aladino y a todos sus habitantes a África. En un instante, todo el edificio desapareció en la nada.

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El rey, impresionado por tal regalo, dio su consentimiento y la boda se celebró en seguida. Aladino también pidió al genio que le construyese un magnífico palacio para él y su esposa. Mientras tanto, el mago malvado no descansaba; se enteró de que el chico estaba vivo y de que se había casado con la princesa. Así que decidió ir al palacio del joven. Cuando lo vio, quedó impresionado y fue presa de una tremenda ira: ¡no podía ser que gozara de tal fortuna!

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Esperó a que Aladino acompañara al rey en un viaje, y entonces fue a ver a la princesa vestido de comerciante. Utilizando palabras embaucadoras y una pizca de magia, la convenció para que le diera la lámpara, haciéndole creer que era vieja y desprovista de valor; a cambio, le dio una nueva. En cuanto tuvo la mágica en su poder, ordenó al genio que llevara el palacio de Aladino y a todos sus habitantes a África. En un instante, todo el edificio desapareció en la nada.

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A la mañana siguiente, el rey, la reina, la dama de compañía y los guardias fueron a buscar aquella puerta marcada con una cruz, pero se encontraron con que en todas había una. Abatidos, regresaron a palacio. Allí, la reina tuvo una idea: con un trozo de tela confeccionó una pequeña bolsa, la llenó de harina, la cosió al vestido de la princesa e hizo un agujerito en la parte inferior. Así, siguiendo el rastro de harina, podría saber a dónde se dirigía la joven.

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Llegó la noche y el soldado enamorado que quería casarse con la princesa mandó al primer perro a que se la trajera. El animal no se dio cuenta de que a su vuelta iba dejando un reguero de harina, así que al día siguiente, los guardias regios apresaron al soldado y lo llevaron a la cárcel, en donde el soldado quedó afligido y sin su encendedor. Al día siguiente, miró a través de la reja de su celda y vio que mucha gente se estaba reuniendo para presenciar su ejecución.


A la mañana siguiente, el rey, la reina, la dama de compañía y los guardias fueron a buscar aquella puerta marcada con una cruz, pero se encontraron con que en todas había una. Abatidos, regresaron a palacio. Allí, la reina tuvo una idea: con un trozo de tela confeccionó una pequeña bolsa, la llenó de harina, la cosió al vestido de la princesa e hizo un agujerito en la parte inferior. Así, siguiendo el rastro de harina, podría saber a dónde se dirigía la joven.

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Llegó la noche y el soldado enamorado que quería casarse con la princesa mandó al primer perro a que se la trajera. El animal no se dio cuenta de que a su vuelta iba dejando un reguero de harina, así que al día siguiente, los guardias regios apresaron al soldado y lo llevaron a la cárcel, en donde el soldado quedó afligido y sin su encendedor. Al día siguiente, miró a través de la reja de su celda y vio que mucha gente se estaba reuniendo para presenciar su ejecución.


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¿Quién dijo que las princesas son aburridas? En estas páginas encontraréis a las princesas más intrépidas y valientes, a otras románticas e...

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