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Francisco J. Cortina

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Ésta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor, o se usan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares de la realidad es mera coincidencia.

11:53 © 2018, Francisco J. Cortina Diseño de portada: Leonel Sagahón / Estudio Sagahón Fotografía del autor: Memi Tello D. R. © 2018, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Homero 1500 - 402, Col. Polanco Miguel Hidalgo, 11560, Ciudad de México info@oceano.com.mx Primera edición: 2018 ISBN: 978-607-527-595-6 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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Volando hacia el futuro

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alía para Madrid a las seis y media de la tarde, eran las cuatro y cuarto y yo seguía en mi oficina de Polanco. Mi estómago clamaba justicia porque desde la quesadilla del desayuno y tres tazas de café no había recibido nada, mis intentos de ahogarlo en agua habían resultado estériles. Me amenazó con llamar a su amiga, la gastritis, pero con mi acelere de aquel día no le pude dedicar el tiempo que se merecía. Aquel miércoles se me había resbalado de las manos revisando contratos, preparando la junta en Barcelona para el viernes muy tempranito; tuve, sin exagerar, trescientas mil llamadas, las horas apenas me duraban diez minutos. Aunque parecía imposible concluí todos mis pendientes, sólo faltaba que estuviera sentadito en el asiento 26-A (siempre pido ventana en salida de emergencia, para escapar el primero en caso de un madrazo; además me da claustrofobia no poder ver el exterior, si nos embarramos, de perdida, quiero tener la mejor vista del evento antes de morir). Aparecería carbonizado pero prendido de mi backpack con todos los documentos preparados para la firma del viernes, dos usb por si fallaba una memoria, mi iPad. Yo era un guerrillero jurídico, entrenado para ganar o ganar aquel y cualquier encuentro legal que tocara. En este caso iba con la presión añadida de que

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vieran los gachupines que los mexicanos éramos más chingones que ellos. El taxi tenía más de media hora esperándome abajo, mi secre ya le había hablado tres veces al taxista, que aguantara, que le pagaríamos el tiempo de espera, pero que no se fuera. Me estaba haciendo pipí, no ahora, desde hacía una eternidad, pero no había tiempo, me despedí de beso de la recepcionista, como si partiera a las Cruzadas (básicamente porque ella es un bombón y no se vale dejar pasar ninguna oportunidad de estar cerca de ella y darle un abrazo, de ésos con los que sientes cómo sus senos se aprietan en tu pecho, uno no sabe cuánto va a vivir y más vale aprovechar), mientras volaba hacia el elevador; yo era el epítome de la típica estampa del abogado de mi despacho: corriendo, estresado y jalando una maleta de viaje. —¿Adónde vas, güey? —A Barcelona, cabrón. —Qué chingón. A mí me toca ir a Tijuana, qué poca madre. En lo que llegaba el elevador (si hay edificios inteligentes, el nuestro es retrasado mental) me dio tiempo de mirar mis mensajes de WhatsApp. Cuando por fin llegó el elevador, justo en ese momento se apoderó de mí la lucidez y decidí ir al baño. Córrele, güey. En el próximo campeonato mundial de resistencia de vejiga voy a presentar la mía a la competición porque está acostumbrada a almacenar cantidades sobrehumanas de líquido, ya que, como dije, en el trabajo no hay tiempo ni para ir al baño. Por más que me quería apurar no paraba de mear. Bendito Dios que me dio por hacer esa escala técnica o hubiera sido el peor martirio de mi vida el viajecito al aeropuerto de la ciudad más lenta del mundo, antes conocida como Distrito Federal, pero después de arduo trabajo legislativo de nuestros ilustres y rateros diputados había cambiado su nombre mundialmente conocido por uno tan exótico y rebuscado como Ciudad de México. 12

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Saludé al taxista como si fuera el embajador de una potencia extranjera a la que le debiéramos miles de millones de dólares, me recibió regañándome como si fuera su hijo, le dije como diez perdones y cinco gracias, gracias, el caso era que se arrancara en chinga al aeropuerto. Así partimos en un flamante Nissan con los asientos forrados de plástico, muy útil para hacer sudar la espalda. El tipo debería patentar un invento para obesos, sólo era cuestión de diseñar el modelo que sirviera para la panza. Así, al cabo de diez minutos de viaje, mi camisa y mi piel eran íntimas amigas. Cuando era estudiante, en la universidad, me imaginaba có­ mo sería mi vida cuando acabara la carrera; me veía como abogado en un gran despacho rebosante de glamour, con un traje no caro, carísimo; zapatos de Ferragamo para arriba; y corbatas tan chingonas que sólo de verlas las mujeres querrían tener sexo desenfrenado conmigo. Pero ahí estaba yo, en un taxi modelo tercer mundo, conducido por la antítesis de James Bond, y no íbamos al hangar presidencial a que tomara mi jet privado con una aeromoza modelo te-caes-de-buena, sino a tomar mi vuelo de Aeroméxico, sentado en chicken class por doce horas. Tuve la estúpida idea de voltear a ver la cabecera del asiento del taxi, tarado de mí. Era un monumento a la grasita del cabello, había pasado por cientos de cueros cabelludos de un número igual de cristianos. El resto del trayecto me lo aventé deteniendo mi cabeza con la pura fuerza del cuello sin apoyarla en aquel nido de bacterias capilares. El taxista se la rifó entre callecitas, manejando hábilmente por atajos y saltando topes tamaño barricada; faltó poco para que me dejara paralítico, pero de que íbamos a recobrar el tiempo perdido, eso no estaba en duda. A las 5:30 llegamos al aeropuerto. Salí como rayo, recordé que no le había pedido comprobante al pagar; volteé a ver, el taxista se había evaporado, y sin papelito no hay reembolso de gastos; esto es, había tirado doscientos cincuenta pesotes a la taza del wc y le había jalado. 13

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Hice mi berrinche, aunque en silencio, no era cuestión de mostrarse en el aeropuerto. Llegué al mostrador de Aeroméxico, por suerte la cola era de dos personas. Le di mi pasaporte a la señorita. —Uy, a Madrid… —Voy a Barcelona —dije corrigiendo. —No, pues sí, pero creo que ya está cerrado el vuelo. Se me secó el paladar, la lengua se transformó en un trapo de microfibra. —¿Que qué? —ahora el que hablaba otro idioma era yo—. Se lo ruego, señorita, voy a un viaje muy importante, no me puede dejar el avión, por favor —me ignoró, tomó el teléfono de uso interno. —Hola, manita, habla Gaby en mostrador, ¿ya cerraste el vuelo a Madrid? Empecé a sudar frío. Iba a la firma de la compra de una empresa de plásticos, ubicada a las afueras de la capital catalana, justo el viernes a las ocho de la mañana, por parte de uno de los mejores clientes del despacho del cual yo era asociado. Sí, esa raza que trabaja quince horas diarias incluyendo sábados y domingos, todo en pos de la gran zanahoria que se veía a lo lejos con el letrero que decía “Sociedad”. Era miércoles, yo llegaría el jueves para desempacar, cenar, dormir y estar listo el viernes muy temprano. Si me dejaba el avión, yo era abogado muerto. —¿Me podrías abrir el vuelo para un pasaje de última hora, porfas? —dijo, mientras me dedicaba una mirada matadora y yo ponía cara de corderito con las manos en señal de súplica o saludo tailandés, como quieran—. Sí, sí… ya lo tengo… aguántame: no va a documentar maleta ¿verdad? —Sí… —y puse cara de niño malcriado. Ni siquiera disimuló al decir: —Ash —salió la etiqueta por una maquinita y la puso en la maleta. —Okey. Ya puedes cerrarlo, muchas gracias, adiooooosssssss 14

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—me volvió la vida—. Aquí tiene su pase de abordar y su comprobante de vuelo. No me deja imprimir su pase de abordar de Madrid a Barcelona; pasa a Air Europa allá y se lo dan, al fin que tiene casi tres horas para el transbordo, no debe tener ningún problema —dijo todo eso muy rápido, como si fuera una enorme palabra, la más larga de la historia de los diccionarios. —Gracias, gracias —le dije sonriendo como imbécil. —Mejor apúrese que empiezan a abordar en treinta y cinco minutos —mientras con su manita hacía la seña como quien asusta moscas que incordian. Me fui al filtro de seguridad en friega, vacío, todo estaba saliendo perfecto, como le corresponde a un abogado de mi categoría. Se me cayó el pase de abordar al dárselo al güey de seguridad, lo recogí y pude ver en el número de asiento: 4A. No manches. ¡Yes! Mi día de suerte, iba a viajar en Business. Turista era para los jodidos, llegar tarde tenía sus recompensas. El adefesio que me atendió en el mostrador se apiadó de mí o ya estaba lleno el avión, el caso es que viajaría a Madrid acostadito como un patrón, tomando champagne y quesitos franceses. En el filtro, pasé tan rápido que hasta pasó por mi loca cabecita comprarme una loción. Mejor no jugarle al vivo e irme directito al avión, pensé. Recogí mis cosas y cuando me estaba poniendo el cinturón que me habían hecho quitar, se me acercó un policía federal más largo que un día sin pan, apoyó su manota modelo yeti en mi hombro y me dijo: —Acompáñeme, por favor. —¿Yo? ¿Qué hice? —Usted venga por aquí. ¿Qué pex?, ¿una segunda revisión? No entendía nada. Entré en una oficina con un montón de pantallas donde se veía todo el aeropuerto, me fue dirigiendo el policía con su mano en mi hombro. —Mi comandante Ruiz, aquí está el pasajero. 15

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Un tipo de unos cincuenta años, bien trajeado, me hizo la seña con los dedos de que entrara. Pie grande se fue y creo que con él la suerte que me había seguido todo este tiempo.

—Señor, por favor, mi vuelo va a salir en menos de una hora. —¿Cuál es el motivo de este viaje? —¿Motivo? —como era un viaje importante para mí pensé que los demás también deberían saberlo—. Voy a una junta de negocios. —¿Qué tipo de negocios? —preguntó el policía impecablemente vestido y con exquisitos modales, no se inmutaba ni un poquito. —Soy abogado. —¿De qué tipo? —interrumpió. Me quedé pensando. —Corporativo —grité como quien atina la respuesta de un concurso televisivo—. Voy apoyando a un cliente de mi despacho. —¿Su despacho? —Bueno, el despacho donde soy asociado. —Tengo un reporte de la Interpol desde Madrid. Esperan la llegada de uno de los financieros del Cártel del Sureste. Parece que va a cerrar un negocio allá. Justo como me está detallando usted, licenciado Sanmillán. —No, no, no creerá que soy yo, ¿verdad? Además… —mis glándulas salivales se quedaron mudas del susto y mi lengua se convirtió en corcho; alcancé a escupir algunas palabras—: ¿Financiero yo? Si soy requeteburro para los números, ¡por eso soy abogado! —hacerme el chistoso no sirvió para relajar a aquel detective. —Comandante —irrumpió un sujeto vestido de azul con galones en los hombros. —¿Qué pasó? —dijo mientras levantaba la vista con gran lentitud como si cuidara todos sus movimientos. —Ya está aquí el equipaje. 16

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Vi cómo jalaba mi maleta con la etiqueta que decía bcn en grande. No friegues, pensé. ¿Por qué tiene mi maleta, como la consiguió? —Vamos a platicar con calma, ¿le ofrezco un café, agua? —Comandante —supliqué—, voy a perder el vuelo. —Relájese, licenciado Sanmillán, usted no va a abordar ese avión. —Una Coca-Cola, por favor —alcancé a musitar. Se arremangó, como si se tratara de un ritual. Volteó una silla, la puso frente a mí y se sentó al estilo viejo oeste. —A ver, licenciado Sanmillán, cuénteme por qué usted, o su gemelo, están en el mundo de las drogas —me entraron unas ganas tremendas de llorar. Mi suerte había pasado de excelente a rozar la posibilidad de acabar en el bote, tan sólo por parecerme a un pinche narco.

El interrogatorio había durado poco más de dos horas y tres latas de coca, que había sudado completitas. Bendije el momento en que volvió a entrar el yeti con un papelito para su jefe. Para entonces, ya habíamos partido el queso y yo era Pablo y él Ruiz. —Vaya… Parece ser que usted no es nuestro hombre —dijo rascándose la cabeza, con voz seria, pero no mediaba ni un gramo de arrepentimiento—. Ya detuvieron a su doble en España, justo en Ceuta, se troncharon a la contraparte también. Yo que pensaba que a usted, don Pablo —dijo, mientras me palmeaba la espalda—, lo había entrenado el Mossad para no confesar. Sé que no es mucho, pero le pido una disculpa —lo dijo mientras se erguía enorme, como cuando eres chico y ves a tu papá descomunal. —¿Qué voy a hacer ahora? —dejé salir esas palabras de mi boca igualito que el personaje de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó—. Tengo que estar en Barcelona el viernes en la mañana y ya se me fue el avión. 17

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—Ah —dijo Ruiz como despertando de una hipnosis—, eso no es problema. Déjeme hago una llamada. Desapareció. En pocos minutos, estuvo de vuelta. —Ya quedó. Está usted confirmado en el vuelo de Aeroméxico a París y de ahí toma la conexión a Barcelona, el avión sale a las 10:45. A la señorita que lo atienda, dígale que va de parte mía y que ya hablé con el supervisor Andrade —me tendió la mano y yo articulé la peor estupidez que puedes decir a un policía que, por equivocación, te ha hecho perder un vuelo y más de cuatro horas de tu vida. —Gracias, mi comandante —“¿Gracias, mi comandante?” ¿Gracias de qué? Pero es que el maldito tipo me impuso todo el tiempo, carajo. Vuelvo a la casilla de salida. Al salir, el poli altote me dio mi maleta. Me di cuenta de que la habían abierto, porque había quedado prensado un calcetín, medio adentro medio afuera. Me volví a formar en la cola del check in, aquello era un déjà vu perverso. —Me manda el comandante Ruiz, me dijo que… —Sí, no se preocupe —me interrumpió la señorita—, ponga la maleta, por favor. Aquí tiene sus pases de abordar, su equipaje viaja directo, usted sólo tiene que cambiar de terminal. El París-Barcelona lo opera Air France —puntualizó. Bajé la mirada como niño travieso. Revisé los pases y los guardé mientras suspiraba. Bueno, al menos, otra vez el asiento 4A; se habían apiadado de mí y me dieron Business otra vez. Me dirigí al Salón Premier, todavía faltaba más de una hora, tiempo suficiente para meterme tres o cuatro tequilas, el cuerpo lo exigía. Mi secretaria ya se habría ido y no me apetecía hablar con mi jefe, así que le mandé un WhatsApp, le decía que había tenido un percance con Aeroméxico, obvio no iba a contar la penosa verdad, de disculpe usted, y que me iba a Barcelona más tarde con escala en París, pero que llegaba de noche directo a mi hotel. Lo bueno de ser joven y soltero es que 18

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no tuve que dar explicaciones a nadie más. Mis papás sabían que me había ido a Barcelona en viaje de negocios y eso era exactamente lo que iba a hacer. Se encendió la luz roja de la batería de mi cel, lo tenía al nueve por ciento. Vi un enchufe en la pared, saqué los cables de la backpack y lo conecté, se quedó en el suelo, pero lo recargué en la pared, no fuera a venir algún idiota y lo pisara y me desgraciara el viaje todavía más. Yo me dediqué a relajarme, cortesía del señor Cuervo.

Al cuarto para las diez me dirigí hacia la sala de abordaje. Obvio, ley de Murphy, era la más lejana de todo el maldito aeropuerto. Ya no tenía ganas ni energías para quejarme, los tres tequilitas habían hecho un gran efecto sedativo. Me esperaba cenar todo lo que me pusieran por delante, acompañado de unas copas de vino y a dormir como un bendito, estaba exhaus­ to. La nubecita gordita, pachona, blanca y hermosa de los pensamientos que salían de mi cabeza fue hecha trizas cuando la voz de la megafonía se hizo escuchar. Una señorita con su vocecita típica dijo: —Pasajeros del vuelo AM 003, les informamos que la salida está demorada debido a las condiciones climatológicas. No se alejen de la sala, por favor, les estaremos informando cuando vayamos a abordar. Lo que se alcanzaba a ver por las ventanas era una lluvia, no tan normal en esta época del año, pero tampoco especialmente fuerte; busqué un lugar donde sentarme a pasar esos veinte minutos extras que me obsequiaba la línea aérea; obvio, estaban todos apañados, me metí en las tienditas que venden recuerditos de última hora a precios educativos: sí, los que los compraban aprendían y nunca olvidarían que debieron haberlo hecho antes de llegar al aeropuerto. Estuve tentado de regresar al Salón Premier, pero no sabía si me daría tiempo entre ir y venir; mejor localicé un lugar al lado de dos monjitas 19

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con fuerte acento hispano. Vi la hora, ya eran las once de la noche. Estaba agotado, demasiadas emociones, carreras, interrogatorios, tequilas; me aplasté en mi asiento y yo creo que las dos monjitas emanaban paz, con su conversación en modo murmullo/rezo, porque me quedé dormido. Mi sueño no tenía contenido, sólo que el guion pasaba por un dolor permanente en el cuello; sentí que me movían el brazo con mucho tacto. —Joven, joven, ya llamaron a abordar —dijo una monjita. Le agradecí, como pude, porque mis labios estaban cosidos en un zurcido invisible perfecto, mientras que el paladar estaba bien pegado con Resistol 5000. Vi la hora mientras corría, era la una y media, en la madre, vaya jeta que me había echado. ¿No que veinte minutos? —Pase de abordar —me dijo con un tono exigente la señorita con cara de doberman. Le di el pase, lo vio y dijo: —A ver si no reasignaron su asiento. —Oiga no, cómo cree —iba yo a empezar mi alegato cuando me hizo señas con la mano que mejor me apurara. Corrí, mi corazón latía con mil pulsaciones por minuto, la boca seca, sudor con olor a Cuervo Tradicional. Entré corriendo al avión para darme cuenta de que había cola, apenas habían embarcado; la de la entrada sólo me había asustado a lo burro. Me imagino que es la profesión que mayormente permite sacar las frustraciones de la vida desquitándose con los incautos aspirantes a pasajeros aéreos. Adentro una azafata con una sonrisa estampada en la boca me señaló mi asiento. Eso sí, era un señor asiento. Guardé mi backpack en el compartimento de arriba. Había suficiente lugar sin necesidad de pelear con otros pasajeros; es una de las ventajas de viajar en Business, cosa que me estaba gustando, aunque lo mejor sería que no me acostumbrara. Me ofrecieron una copita de champagne que ayudó a despegar mis maxilares. De nuevo, yo relajado. El avión se movió poco a poco, ya eran las dos de la mañana. Mi conexión se fue a la basura, 20

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ojalá haya lugar en el siguiente vuelo: debería avisar a alguien que iba a llegar tarde. Busqué mi cel, no estaba. ¿Se me habría caído mientras dormía? O las monjitas no eran tan buena onda. Me acordé de que en la Sala Premier había tenido la brillante idea de ponerlo a cargar y en un enchufe pegado a la pared… ¡mierda! Iba a decirle a la señorita, pero el avión se estaba moviendo, ya ni lo intenté. Eran demasiadas cosas, ya rentaría uno o a ver qué carajos hacía allá, cuando llegara. Dejé que mi vista se perdiera en la ventanilla, tenía ganas de llorar. —Señoras y señores pasajeros, les habla su capitán, tenemos un pequeño problema con el equipo y estamos regresando a nuestra posición para que los técnicos lo revisen. Probablemente no sea nada de importancia, pero su seguridad es ante todo, por lo que estaremos en la posición unos quince minutos en lo que revisan el avión. —Señorita, olvidé mi celular mientras esperaba, ¿cree que ahora que regresemos me dé tiempo de ir al Salón Premier por él? —Señor, el Salón Premier cerró a la una y ya son 2:35 de la mañana. Vi el reloj, aquello era irreal. —Oiga, y ¿ahora qué hago? —Mañana puede hablar para preguntar. Ahí se lo guardan o puede pedir que alguien lo recoja. Exhalé dieciocho litros de aire de mis pulmones. ¿Ahora qué más me podía a pasar? —De la cabina de pilotos nos informan que nuestro centro de mantenimiento va a reemplazar una pieza y eso nos llevará unos minutos más. Lamentamos los inconvenientes, rogamos entiendan que es por su seguridad. Finalmente, el puto avión, con la puta pieza, tomó vuelo en la puta pista y estuvimos en el puto aire, rumbo al puto París y eran las putas 4:30 de la mañana.

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Ya nadie quiso cena, todos nos pusimos a dormir. Yo estaba agotado, pero acostadito. Si ya antes de despegar se me habían acabado las nalgas, no podía imaginar doce horas adicionales sentado. En mis sueños sólo sentía el bamboleo del avión con las turbulencias ocasionales que me arrullaban todavía más. Me despertaron la luz y el tintineo de vasos. Alcé mi mirada y una señorita apareció de la nada. —¿Quiere desayunar, señor? —¿Qué hora es? —musité. —Son mmm… déjeme ver, las nueve y media —¿Entonces vamos a llegar con luz de día? —pregunté destanteado. —No, señor. En París son siete horas más, llegaremos a plataforma cerca de las once de la noche. Traté de dibujar una sonrisa mientras me escurría de regreso a mi cama aérea. ¿Desayunar?, pensé. Éstas tienen su programa y se aferran, aunque el vuelo vaya demorado. Nos quieren dar de cenar en la madrugada y de desayunar de noche. Sí, estaban bastante taradas. Me arreglé en el baño y luego bien sentadito hacía mis planes y cálculos: pasar migración en friega loca e ir a donde estuvieran los mostradores para conexiones y ojalá hubiera un vuelo a las once u once y media de la noche, no importaba que llegara tarde en la noche al hotel de Barcelona, ya dormiría el fin de semana o cuando me muriera. Por favor, Diosito, déjame que llegue, ésta es la última que te pido. Y encima sin celular; en la oficina seguro me imaginaban dormidito en mi camita en el Hilton, enfrente del despacho Garrigues, en plena avenida Diagonal de Barcelona. El avión aterrizó, Dios es grande y no nos volteamos ni nos estrellamos, ni se incendió, que era lo que me faltaba. Puse mi reloj a la hora local 10:38 p.m. Tenía todo conmigo: pasaporte, backpack y piernas listas para salir volando; tenía que pensar positivo, ya se habían agotado las cosas negativas que pudieran sucederme en el catálogo de aquel viaje. Aquello sería sólo 22

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un cúmulo de anécdotas que contar a mis colegas de regreso a México, al agarrar el pedo cuando me preguntaran por mi periplo español.

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