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salla simukka

negro como ´ el ebano Traducción de Abel S. Formón

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Título original finlandés: Musta Kuin Eebenpuu Primera edición: febrero de 2016 Diseño de cubierta de la edición original finlandesa de Tammi Diseño: Laura Lyytinen Maquetación: Marquès, S.L. Edición: Marcelo E. Mazzanti Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats © Salla Simukka, 2013, del texto © Emma Claret, 2015, de la traducción Todas las obras citadas son © sus respectivos propietarios © 2015 La Galera, SAU Editorial, de la edición en lengua castellana La Galera, SAU Editorial Josep Pla, 95. 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com Impreso en Egedsa Roís de Corella, 16 08205 Sabadell Depósito legal: B-231-2016 Impreso a la UE ISBN: 978-84-94185-73-1

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que pueda autorizar la fotocopia o el escaneado de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello..

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Para todos los que aman. Para todos los que están solos.

Te he estado observando. Te he espiado sin que lo supieras. He observado cada uno de tus movimientos y expresiones. Creías que nadie te veía, pero yo me he fijado en todo lo que hacías. Te conozco mejor que nadie, mejor que tú misma. Lo sé todo sobre ti.

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8 de diciembre viernes

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Lumikki se despertó sintiéndose observada. Era una mirada ardiente y fogosa que quemaba la piel y la mente; unos ojos muy familiares de color azul claro con tonos parecidos a los del hielo, el agua y el cielo. En ese momento sonreían, aunque su expresión era seria. Una mano se levantó para acariciarle el cabello y rozarle ligeramente el contorno de la mejilla hasta llegar al cuello. Lumikki sintió una punzada de deseo, primero en el vientre y después más abajo, tan intensa que no supo si era de placer o de dolor. En pocos segundos se puso a tono. Liekki podría haber hecho lo que hubiese querido con ella. Estaba abierta a todo, fuera lo que fuese. Confiaba plenamente en ella y sabía que cualquier cosa que le hiciera le produciría autén-

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tico placer. Estaban tan bien juntas porque solo deseaban darse lo mejor la una a la otra. Nada era suficiente. Liekki detuvo su mano con suavidad en el cuello, sin dejar de mirarla. Lumikki se sintió invadida por una estremecedora humedad. Se le aceleró la respiración mientras el pulso le latía en contacto con los dedos de Liekki, que se inclinó y le recorrió con la lengua el labio inferior de forma mortificante, sin besarla aún. Lumikki tuvo que reprimir el deseo de abrazarla o pegarse a sus labios. Finalmente, Liekki apretó la boca contra la de Lumikki e inició uno de esos besos irresistibles como solo ella sabía dar. De haber podido emitir algún ruido habría gemido. Cerró los ojos y pensó que la suya era una rendición incondicional. De repente el beso se volvió más suave, delicado e indeciso. Ya no era como los de Liekki. Lumikki abrió los ojos y quien la besaba se retiró ligeramente. Vio unos iris marrones, una mirada afectuosa y alegre. La mirada de Sampsa. —Buenos días, Bella Durmiente —dijo él. —Esa gracia ya está un poco gastada —masculló Lumikki mientras extendía los brazos aún medio dormidos.

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—Sí; tiene cien años como mínimo. La risa de Sampsa vibró en el cuello de ella y le hizo cosquillas. Era agradable. —En realidad es muy anterior. Perrault escribió una versión en el siglo diecisiete, y los hermanos Grimm otra en el diecinueve. Pero la historia ya se contaba mucho antes. ¿Sabías que en otros tiempos el príncipe no le daba un beso a la Bella sino que directamente la violaba? Y ella no se despertaba hasta dar a luz a unos gemelos que… Sampsa había deslizado las manos bajo el nórdico y acariciaba las piernas de Lumikki, acercándose al interior de los muslos. A ella le empezaba a resultar difícil mantener la conversación. El deseo que se le estaba despertando era urgente. —Guárdate los discursos para clase —murmuró Sampsa mientras la besaba con más intensidad. Ella ya no pensaba en nada que no fueran los labios y los dedos de él. Tampoco tenía ninguna razón para pensar en nada o nadie más. Lumikki estaba sentada en la mesa de la cocina y observaba la espalda de Sampsa, que le preparaba café con la máquina italiana mientras en la placa

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calentaba leche con cacao para él. Era una espalda musculosa, agradable de ver. Tenía los pantalones de franela del pijama lo suficientemente caídos como para dejar al descubierto el inicio del canalillo que dividía sus nalgas; tuvo que reprimir las ganas de levantarse e ir a tocarlo con el dedo. Tenía el cabello castaño oscuro graciosamente despeinado, y tarareaba una canción que por entonces ensayaba con su grupo de música tradicional, Vainio1, del que era violín y cantante. Ella los había oído en un par de fiestas del instituto. No eran precisamente su estilo, pero tenían ritmo, eran alegres y transmitían energía. Eran buenos en su género, eso era innegable. La aguanieve típica de principios de diciembre golpeaba los cristales de la ventana de la cocina. Lumikki puso los pies sobre la silla, los rodeó con las manos y posó el mentón en las rodillas. ¿Desde cuándo era lo normal que un chico guapo como ese se pasease medio desnudo por la minúscula cocina de su estudio? Todo había comenzado justo después de iniciar el primer semestre en el instituto, a media1. En finés, campo de cultivo. (N. del T.)

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dos de agosto. O quizás no tan pronto, porque los primeros días todo el mundo, absolutamente todos habían querido hablar con ella para saber cómo había salvado de un incendio a los miembros de una secta que habían intentado un suicidio colectivo en Praga. ¿Qué se siente cuando eres una heroína? ¿Qué se siente cuando eres famosa? ¿Qué se siente al ver tu cara en todos los periódicos? Naturalmente, los medios de comunicación finlandeses también se habían hecho eco de la noticia, y más de un rotativo había querido entrevistarla a la vuelta de su viaje. Pero ella se había negado. Había contestado con pocas palabras las preguntas de sus compañeros curiosos, hasta que por fin estos se cansaron al ver que no iban a sacarle nada más. Entonces apareció Sampsa. Empezaron juntos las mismas clases, caminaron por los mismos pasillos y estuvieron en las mismas aulas. Lumikki sabía su nombre, pero no era más que otro chico entre la multitud. Sampsa se sentó a su lado en la cantina. Habló con ella antes de clase y fueron juntos a la plaza del Centro. Él se comportó con la mayor naturalidad

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del mundo. Entró en la vida de Lumikki de forma nada insistente ni opresiva. Si veía que había que poner fin a una conversación no intentaba alargarla, ni se ofendía con las respuestas poco amables y desesperanzadoras de ella. Simplemente hablaba, la miraba con amabilidad y franqueza, sabía cuándo estar a su lado y cuándo era el momento de irse antes de que el ambiente se enrareciese. Con su forma de actuar le transmitía que no esperaba ni deseaba nada a cambio; no le exigía nada. Lumikki podía ser tal como era porque él se sentía a gusto con ella; su autoestima no dependía de si ella le sonreía o no, aunque le gustaba que lo hiciera. Poco a poco ella se había dado cuenta de que tenía ganas de verle. Se sentía reconfortada cuando él se sentaba a su lado y le dedicaba su mirada sincera y alegre. Notaba como si tuviera pequeñas mariposas que le bailaban en el estómago cuando él le acariciaba la mano. Empezaron a verse también fuera del instituto; daban largos paseos juntos e iban a cafés y a conciertos. Ella tenía la sensación de ser una ligera pluma conducida por el viento que se iba deteniendo en diferentes momentos y situaciones que

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resultaban de lo más naturales y oportunos: la primera vez que se cogieron de la mano, el primer beso algo indeciso pero cálido en un oscuro anochecer de noviembre, las caricias de él en su cabello y su espalda, la primera noche que se quedó a dormir en su casa. Él se había mostrado paciente y no había intentado hacerle cosas para las cuales ella no estuviera preparada aún. Y entonces, una noche, ella pensó que estaba preparada, y ni siquiera le sorprendió sentirse tan bien y tan segura a su lado, a diferencia de lo que le pasaba con los demás chicos. A principios de diciembre se convirtieron en pareja oficial. A ella le pareció que todo era como tenía que ser. Se había vuelto a enamorar. Después de más de un año había superado su separación de Liekki, que desapareció del todo de su vida en cuanto vio que el procedimiento de reasignación de sexo al que se estaba sometiendo iba a volverse cada vez más incómodo. Pensó que durante ese tiempo no sería capaz de estar con nadie, ni siquiera con su amada Lumikki, que no tuvo más remedio que aceptar su decisión, aunque nunca acabara de comprenderla. Pero ahora en su cocina estaba Sampsa, pre-

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parando leche con cacao mientras canturreaba e incitándola a besarle todas y cada una de las vértebras de su espalda. Así era la vida. La buena vida. Y ni siquiera le molestaba que la aguanieve golpease la ventana con tanta fuerza que parecía que alguien quisiera romper el cristal y entrar.

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Había una vez una llave. Era de metal y estaba hecha a la medida de la palma de una mano. En el extremo tenía insertada la imagen de un corazón. Había sido forjada en 1898, el mismo año que un pequeño cofre que se abría con ella. Con el paso de las décadas, en su superficie fue marcándose el desgaste del contacto con las manos. Las primeras que la tocaron fueron las del herrero que la había forjado. Después fue a parar a las del primer propietario del cofre, que tenía siete hijos y se la fueron pasando unos a otros. Por entonces ya la habían manipulado tanto que resultaba imposible distinguir ninguna huella en particular. Alguien había tocado la llave por última vez más

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de quince años atrás. En aquella época la tuvieron dos personas que se la intercambiaron varias veces. En sus manos parecía mucho más pesada, y cuando la insertaban en la cerradura del cofre sentían como si alguien hiciese lo mismo en sus corazones con un cuchillo afilado. La última vez que se usó le cayeron unas gotas saladas encima. Después la ocultaron en algún lugar, donde se quedó sola y abandonada durante años. Pero no la olvidaron. Había dos personas en el mundo que pensaban cada día en ella. La tenían grabada en la mente y les quemaba como un hierro al rojo. Si hubiesen podido sacarle brillo con el pensamiento, su luz clara y resplandeciente habría revelado el escondite a kilómetros de distancia. Había una vez una llave escondida. Y en los cuentos, como en la vida real, todo lo oculto desea ser encontrado al final. La llave esperaba paciente y muda a que alguien volviera a sostenerla y abriese el cofre. Pronto llegaría el momento.

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Este era el bosque de Blancanieves. Las ramas eran negras sombras y las negras sombras eran ramas, los troncos de los árboles se retorcían como serpientes hasta sumergirse bajo tierra para formar una red extensa y densa de raíces; las venas subterráneas de los árboles se unían y absorbían la misma fuerza vital. Las ramas dibujaban su propio mapa entre los árboles y hacia el cielo con tantas líneas que a la luz le costaba abrirse paso. Las ramas eran brazos, pinceladas y cabellos. Las había delgadas, delicadas, gruesas, fuertes y bellas. El bosque ofrecía juegos de sombras, danzas de penumbras y bruma, murmullos y suspiros sordos, golpes de aire que lo barrían de extremo a extremo y ponían de punta el vello de los brazos. Todas las

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criaturas de las sombras del bosque, los animales de los sueños, las bestias furtivas y las siluetas que vivían en la oscuridad daban la bienvenida a Blancanieves. Volvía a encontrarse entre los suyos. La negrura se instaló a su alrededor y en su interior como algo familiar y desconocido a la vez. Corría por el bosque con más libertad. Respiraba más hondo. Las cintas que le sujetaban el pelo se desataban y se le deshacían las trenzas, que el viento del bosque aferraba para hacer con ellas lo que quería. Las ramas y las hojas se le pegaban a los rizos. Se le desgarró el vestido y los brazos se le cubrieron de arañazos. Sentía el olor de la tierra y de las hojas caídas. Su vista se volvió más nítida y empezó a notar hasta los más mínimos movimientos de las sombras. En las manos tenía sangre, que se iba oscureciendo para acabar volviéndose negra. Y no podría quitársela ni con jabón porque era una asesina, una fiera. Este era el bosque de Blancanieves. En su oscuridad cabían la pasión y el miedo, la desesperación y la alegría. Su aire le llenaba con fuerza los pulmones. En su seno crecía y se sentía más realizada. Era cada vez más libre, más ella misma. De repente se tendió sobre las raíces que asomaban. Presionó

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el húmedo suelo con las palmas de las manos y deseó que una parte de ella pudiera convertirse en raíces, para fundirse con las demás, adentrarse en la tierra y encontrar la fuente de su corazón. El bosque suspiró y palpitó a su alrededor como si solo existiera un pulso, el de ella. —Sí, vale, el sonido de los latidos queda superbién y hace que la escena acabe genial. La voz de Tinka devolvió a Lumikki a la realidad. Se sentó en la tarima. Tenía la sensación de haberse despertado de un sueño profundo. Esa escena de la obra siempre la hacía sentirse así. Se metía tanto en la piel del personaje que por un momento olvidaba que se encontraba en el escenario de la pequeña sala de actos del instituto, ensayando el espectáculo que habían titulado La manzana negra. Aún no estaba segura del todo de si había sido buena idea el aceptar participar en la obra. Fue Sampsa quien la había animado. —Eh, es una nueva versión del cuento de Blancanieves. No puedes perdértelo. El papel está hecho para ti —le había dicho él con una de sus alegres y estimulantes sonrisas, tras las cuales ella siempre estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa.

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Accedió a acompañarlo en la obra, aunque le molestaba representar al personaje que llevaba su mismo nombre2 y no quería ser la protagonista. Pero Tinka, que había escrito la obra y la dirigía, le había asegurado desde los primeros ensayos que el resultado sería excelente. Tinka había llegado a aquella escuela especializada en arte en septiembre, pero tenía el suficiente valor y confianza en sí misma como para dirigir a un grupo de alumnos un par de años mayores que ella. Por su aspecto parecía un estereotipo de los estudiantes del centro, con su estilo ecléctico en el vestir y sus peinados especiales. Un día podía presentarse con una falda de tul y el pelo rojo con tirabuzones y recogido en un moño; al día siguiente llevar botas militares, vaqueros viejos y un chándal que le iba grande, despeinada como una muñeca de trapo; y al otro día, aparecer con un traje de tres piezas y la cabeza cubierta por un sombrero. Pero con todos esos cambios y su versatilidad no pretendía resultar original o representar nada: era franca, decidida y tenía los pies en el suelo, cualidades que Lumikki apreciaba. 2. Lumikki es «Blancanieves» en finés. (N. del T.)

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La manzana negra empezaba con un príncipe que observaba a Blancanieves, tumbada en un ataúd de cristal. El infante, locamente enamorado de la preciosa e inmóvil doncella, ordenaba que la llevasen a su palacio. Pero por el camino uno de los porteadores tropezaba y hacía que el ataúd se desequilibrara. Con el movimiento, ella escupía el trozo de manzana envenenada y se despertaba. Hasta ahí, la trama respetaba la historia del cuento tradicional. Pero en la versión de Tinka, tras salir del coma en que había permanecido, Blancanieves no se alegraba de hacer el papel de prometida del príncipe. Se había acostumbrado al bosque y a sus sombras y sus bestias salvajes. No quería vivir en el palacio dorado ni acabar siendo reina y perdiendo toda libertad. El príncipe solo la adoraba por su belleza y no le interesaba lo que pensase. La obra de Tinka tenía un notable fondo feminista, aunque no pretendía dar lecciones ni poseía el tono de una proclama. Se limitaba a plasmar un ambiente intenso e incómodo. Entre sus personajes no podía decirse que hubiera un príncipe virtuoso, ni siquiera el cazador que intentaba salvar a Blancanieves y que también se dejaba llevar por sus deseos.

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Blancanieves iba recuperando los sentidos hasta llegar al mundo normal y corriente que la rodeaba. Una vez terminada la última escena, impresionante e hipnótica, hacía falta tiempo para recuperarse: la doncella estaba tumbada en el suelo, las luces se apagaban, y el escenario y la sala se quedaban un momento a oscuras, mientras sonaban unos latidos cada vez más fuertes. La chica, que acababa de saber que el cazador había muerto, mataba al príncipe con un peine de plata de púas afiladas y huía de palacio para volver a su querido bosque, en medio de la oscuridad, las sombras y las bestias salvajes. La primera vez que ensayaron el fragmento con decorados, sonido e iluminación, todos se quedaron mudos un buen rato, intercambiándose miradas de incredulidad como si se preguntaran: «¿Habéis oído lo mismo que yo? ¿Hemos estado por un instante en otro lugar?». —Próximo ensayo, lunes por la tarde, a la misma hora y en el mismo lugar —les recordó Tinka. —¿Verdad que ya lo tenemos más o menos listo? Podríamos tomarnos una tarde libre —propuso Aleksi, que hacía de príncipe. Tinka lo fulminó con la mirada.

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—El estreno es dentro de dos semanas y aún nos queda mucho por hacer. Y algunos tendríais que ensayar más las réplicas para que salieran todas a la primera. Aleksi se encogió de hombros y se dirigió a la salida de la sala. Sampsa se acercó a Lumikki y le acarició la espalda. —Has estado genial, como siempre. —Gracias —contestó ella mientras se anudaba las botas militares. Aún sentía que las manos le temblaban un poco. —¡Hasta pasado mañana! Tengo que darme prisa, que ya llego tarde y mi madre se va a enfadar. Le dio un beso en la mejilla, se colgó la mochila al hombro y se marchó. Durante las dos últimas escenas de la obra se había podido cambiar la ropa de cazador por la suya. En su familia tenían la costumbre de reunirse todos los viernes por la noche para cenar juntos; también acudían sus abuelos y una tía que vivía en Tampere. Como era una tradición que mantenían desde hacía años, no podía plantearse dejar de asistir ni una sola vez. En más de una ocasión había pedido a Lumikki que le

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acompañase, pero ella siempre había rehusado la invitación. La sola idea de que la observaran con ojos críticos le causaba malestar. Finalmente le prometió que iría algún domingo a tomar un café, cuando solo estuvieran sus padres y su hermana pequeña. Para ella eso era más que suficiente. En el instituto, oscuro y desierto, reinaba el más profundo silencio, mientras Lumikki y Tinka bajaban las escaleras que conducían al vestíbulo de los espejos. Los pasillos vacíos ofrecían un extraño aspecto y sus pasos resonaban. Durante el día estaban a reventar de estudiantes, y el nivel de decibelios superaba el de cualquier norma de protección laboral. Tinka analizaba en voz alta los defectos de la escena, pero Lumikki no podía concentrarse en escucharla. ¿Había sido un error participar en la obra? No le gustaba ver hasta qué punto se ponía en la piel del personaje y cómo el mundo real desaparecía a su alrededor. No interpretaba a la Blancanieves que corría por el bosque, sino que se convertía en ella, sentía y olía la sangre en las manos. Los latidos eran sus latidos. No estaba acostumbrada a perder el control así, y eso la angustiaba. Tinka se dio cuenta del silencio más que evi-

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dente de su compañera, y se pusieron los abrigos sin decirse nada. Lumikki se envolvió el cuello con una precioso bufanda roja que Elisa, su antigua compañera de instituto, le había tejido y enviado por correo. Seguían en contacto. El invierno pasado no se habría imaginado que se harían amigas de verdad. Fuera caían unos copos de nieve gruesos y deshilachados que se fundían en cuanto tocaban el negro suelo. Aún no se apreciaban indicios de que aquel diciembre fuera a teñirse de blanco. —Una parte del proyecto no acaba de funcionar, aunque tú sí. Eres una crac —dijo Tinka mientras salían del edificio por la puerta del patio. Se despidieron con la mano y Tinka se fue en dirección opuesta a la de Lumikki, que no consiguió articular ni media palabra. Sus botas chapotearon en el barro cuando tomó el camino a la calle Häme. No lejos de allí vio a los profesores de psicología y de matemáticas, que también habían salido tarde del instituto. Durante esos meses tenían que hacer jornadas más largas para corregir pruebas y redacciones; algunos preferían quedarse allí hasta tarde a llevarse el trabajo a casa. En cierta forma resultaba raro verlos por la calle charlando y riendo. Lumik-

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ki se alegró de estar lo bastante lejos como para no distinguir lo que decían. Consideraba que cuanto menos supiese de sus vidas privadas, mejor. La iglesia de Alejandro, con sus ladrillos rojos iluminados, se alzaba majestuosa. Su familiaridad inspiraba seguridad. Estaba tan oscuro que las viejas tumbas del parque que la rodeaban no se veían desde la calle. Los gruesos copos de nieve parecían plumas contra las ramas negras de los árboles, como si cayeran de las alas de los ángeles. Lumikki hundió las manos en los bolsillos del abrigo y apretó el paso. Sus dedos notaron algo extraño que antes no estaba ahí. Lo sacó: era un papel blanco doblado en cuatro. Lo desplegó y vio que era una nota escrita en ordenador. Se detuvo bajo una farola para leerla. Querida Lumikki: El príncipe no te conoce. Ni en la obra ni en la vida real. Solo se fija en tu exterior. Ve solo una parte de ti. Yo veo cómo eres por dentro, tu alma. Tienes sangre en las manos, Lumikki. Tú lo sabes y yo lo sé.

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Observo cada uno de tus movimientos. En breve tendrás más noticias de mí. Pero ten esto presente: si hablas con alguien sobre este mensaje, aunque sea a una sola persona, pronto habrá mucha más sangre. Y en el estreno de la obra no se salvará nadie. Con todo mi amor, Tu admirador, tu sombra Lumikki respiró hondo. Levantó la mirada de la carta y percibió algo con el rabillo del ojo. Algo negro. Pero, cuando se fijó, no vio más que las sombras alargadas y tenebrosas de los árboles.

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Tras sus aventuras en Praga, Lumikki ha vuelto a casa y ha rehecho su vida. Tiene una nueva pareja, se ha introducido en el mundo del teatro...