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F. C. YEE

Traducción y notas de Marcelo Andrés Manuel Bellon

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Ésta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de los autores, o se usan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares reales es mera coincidencia.

La épica conquista de Genie Lo Título original: The Epic Crush of Genie Lo © 2017, Christian Yee Traducción: Marcelo Andrés Manuel Bellon Ilustración de portada: © 2017, Vincent Chong Diseño de portada: Alyssa Nassner Adaptación de portada en español: Francisco Ibarra D.R. © 2018, Editorial Océano, S.L. Milanesat 21-23, Edificio Océano 08017 Barcelona, España www.oceano.com D. R. © 2018, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec C.P. 11560, Miguel Hidalgo, Ciudad de México www.oceano.mx www.grantravesia.com Primera edición: 2018 ISBN: 978-607-527-554-3 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. impreso en méxico / printed in mexico

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Para Abigail

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o manejé el asalto tan bien como podría haberlo hecho. Habría sabido qué hacer si hubiera sido la víctima. Entre-

gar todo en silencio. Alejarme lo más rápido posible. Ver al ladrón directamente a los ojos si me encontraba acorralada. En la escuela, pasé el seminario opcional de defensa personal para chicas Fuertes y Seguras con todos los honores. Pero nunca nos dijeron qué hacer cuando te encuentras a seis hombres mayores dándole una paliza a un muchacho de tu edad a plena luz del día. Era un martes por la mañana, por el amor de dios. Yo iba camino a la escuela, el chico estaba en el suelo y los asaltantes lo estaban pateando como si sus vidas dependieran de ello. Ni siquiera intentaban tomar su dinero. —¡Aléjense de él! —grité. Balanceé mi mochila por la correa como un lanzador de martillo olímpico y la arrojé al grupo. El resultado no fue exactamente digno de una medalla de oro. La mochila, cargada con mis libros escolares, se quedó corta y sólo se posó bajo uno de los zapatos de los asaltantes. Todos se volvieron para mirarme. Mierda. Debería haber intentado huir, pero algo hizo que me quedara congelada en mi sitio: los ojos del chico. A pesar de que

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había recibido una paliza que debería haberlo dejado sin sentido, sus ojos estaban perfectamente claros mientras se clavaban en los míos. Me miraba como si yo fuera lo único importante en el mundo. Uno de los hombres arrojó su cigarrillo al suelo y dio un paso en dirección a mí, ajustando su gorra de camionero de una manera particularmente amenazante. Mierda, mierda, mierda. Eso fue todo. El chico dijo algo, sus palabras se perdieron en la distancia. El hombre se estremeció como si no pudiera creer lo que estaba escuchando, y se volvió para reanudar la brutal paliza. Finalmente, mis piernas recordaron para qué servían. Escapé. Debería haberme preocupado de que el asalto y la embestida se convirtieran en un franco homicidio, pero seguí adelante sin mirar atrás. Estaba demasiado asustada. Lo último que vi de ese chico fueron sus dientes blancos y relucientes. *** —En primer lugar, ni siquiera deberías haber intervenido —me dijo Yunie en el salón de clases—. Él estaba con ellos. Levanté la cabeza del escritorio. —¿Qué? —Sólo se trataba de una iniciación de pandillas. Los miembros más viejos inician a los nuevos golpeándolos hasta casi matarlos. Si él te sonrió todo el tiempo, fue porque se sentía feliz de conseguir estar dentro. —No creo que haya pandillas que merodeen por la ruta para paseaperros de Johnson Square, Yunie. 10

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—Te sorprenderías —dijo mientras pasaba el dedo sobre la pantalla de su teléfono para revisar sus mensajes—. Algunas áreas más allá de la farmacia tienen muy mala fama. Quizá tenía razón. En la burbuja de la Preparatoria de Santa Firenza resultaba fácil olvidar que nuestro pueblo no era muy próspero. En realidad, una escuela competitiva era lo único que tenía a su favor. Para nada éramos como Anderton o Edison Park o cualquiera de los otros barrios ricos del área de la Bahía, en donde vivían las familias de capital de riesgo y ejecutivos de tecnología. Por otro lado, ese chico no podría haber sido un pandillero. Ése no es el tipo de detalle en el que te centras en el calor del momento, pero mirando hacia atrás, me di cuenta de que estaba usando harapos. Como un mendigo. Puaj. Me encontré con un grupo de imbéciles atacando a patadas a un mendigo sin hogar y no pude hacer algo para detenerlos. Gruñí y dejé caer mi frente sobre el escritorio otra vez. —Azótate un poco más —dijo Yunie—. Le dijiste lo que había pasado a un maestro en cuanto llegaste a la escuela y pasaste toda la mañana dando tu informe a la policía, ¿cierto? —Sí —murmuré con la cabeza gacha—. Pero si no fuera tan idiota, podría haber llamado a la policía allí mismo —las faldas de nuestros uniformes no tenían bolsillos, así que, por supuesto, llevaba mi teléfono en la mochila. Es decir, lo habría tenido si no la hubiera arrojado. Recuperar mis apuntes de las clases avanzadas tomaría bastante. Mis armas secretas, todos los exámenes de práctica por los que había perseguido a mis maestros hasta que me los entregaron, se habían perdido. Estudiar por cualquier método que no fuera el de recuerdo activo era para tontos. 11

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Y mis libros de texto. No estaba segura de cuál era la política de la escuela sobre los reemplazos. Si el costo recaía sobre mí, probablemente tendría que vender sangre. Pero aunque nunca lo admitiría, ni siquiera con Yunie, lo que más me dolía no había sido perder mi teléfono o mis notas. Eran los pendientes de oro falso que había fijado en los tirantes de la mochila. Los que papá me había comprado en Disneylandia, aunque yo era demasiado joven para que me hicieran las perforaciones en aquel entonces, demasiado pequeña para recordar gran parte del viaje. Nunca los volvería a ver. El timbre sonó. Algo pesado cayó a un lado de mi cabeza, y me enderecé de golpe. —¡Hey, idiota! —grité—. Eso podría haberme golpeado en la… ¿eh? Era mi mochila. Con todas mis cosas dentro. Los pendientes de Minnie sanos y salvos. La señora Nanda, nuestra maestra principal, estaba en pie junto a su escritorio y golpeó su pisapapeles de Educador del Año para llamar nuestra atención, cortando el aire como el martillo de un juez. Su agradable cara redonda lucía aún más alegre y vivaz de lo habitual. —Grupo, me gustaría presentarles a un nuevo estudiante —dijo—. Por favor, den la bienvenida a Quentin Sun. Santo cielo. Era él.

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aludos —dijo con acento espeso, pero su voz sonó fuerte y clara—. Ya llegué.

Había hecho mi mejor esfuerzo para describir a este tipo

a la policía. Me presionaron mucho para que les diera más detalles, ya que al parecer éste no había sido el primer asalto en grupo de las últimas semanas. Pero había dejado a los oficiales Davis y Rodríguez decepcionados: unos ojos bonitos y una sonrisa ganadora no eran una gran pista. Estaba demasiado alterada para fijarme en nada más, lo que significaba que ésta era mi primera mirada decente al chico sin encontrarme bajo la influencia de la adrenalina. Y entonces, un par de cosas… Uno: era bajo. Es decir, realmente pequeño para un chico. Me sentí mal porque mi cerebro se fijara en eso primero, pero él ni siquiera alcanzaba la estatura de la señora Nanda. Dos: estaba bien, físicamente. No entendía cómo alguien podría estar en pie después de semejante paliza, pero aquí estaba él, ileso, intacto. Me sentí aliviada y perturbada al mismo tiempo cuando me di cuenta de que no había un solo rasguño en él.

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Y su excelente condición acababa de hacer que el Punto Tres fuera aún más obvio. Él estaba… dios. Nada bueno podría venir de nuestro nuevo compañero de clase siendo tan guapo. Era destructivo. Retorcido. Como si fuera un arma. Tenía los pómulos y la afilada mandíbula de una estrella pop, pero sus espesas cejas y su cabello salvaje y descuidado le concedían un aire de robustez natural que ningún cantante mimado podría conseguir jamás, ni tras un millón de años de maquillaje. —Arg, mis ovarios —murmuró Yunie. Ella no era la única, a juzgar por las suaves oleadas de suspiros que venían de alrededor. —¿Llegaste de dónde? —preguntó la señora Nanda. Quentin la miró divertido. —¿De China? —Sí, pero ¿de dónde exactamente? —añadió la señora Nanda, haciendo todo lo posible para hacer evidente su sensibilidad a las diferencias regionales. De Fujian, Taiwán, Pekín, ella nos había enseñado todo eso. Él sólo se encogió de hombros. —Las piedras —dijo. —¿Te refieres a las montañas, cariño? —dijo Rachel Li, abanicando sus pestañas desde la primera fila. —¡No! Yo no hablo mal. El grupo rio. Pero nada de lo que había dicho era incorrecto, técnicamente hablando. —Cuéntanos un poco sobre ti —dijo la señora Nanda. Quentin sacó su pecho. La camisa blanca abotonada y los pantalones negros del uniforme para chicos de nuestra escuela hacían que la mayoría parecieran conductores de limusina. Pero en él, la confección barata sólo resaltaba su excelente musculatura. 14

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—Soy el mejor de mi clase —dijo—. En este mundo no tengo igual. ¡Soy reconocido por miles en tierras lejanas, y nadie puede dejar de declararme rey! Hubo un momento de silencio y balbuceos antes de que estallaran las carcajadas. —Bien… mmm… todos somos grandes triunfadores aquí, en la Preparatoria de Santa Firenza —dijo la señora Nanda tan cortésmente como pudo—. Estoy segura de que te integrarás bien. Quentin inspeccionó el estrecho salón de clases color beige con mirada fría. Para él, los otros veintidós estudiantes que reían eran simples peones para quienes se había perdido su importante mensaje. —Basta de perder el tiempo —espetó—. Llegué a estos mezquinos salones sólo para reclamar lo que me pertenece. Antes de que nadie pudiera detenerlo, saltó sobre el escritorio de Rachel y pasó sobre ella al siguiente, como si Rachel no estuviera allí. —¡Hey! ¡Quentin! —dijo la señora Nanda, agitando frenéticamente sus manos—. ¡Baja ahora mismo de ahí! El nuevo estudiante la ignoró y continuó avanzando por la fila de escritorios. Hacia el mío. Todos los que estaban en su camino se inclinaron hacia un lado para evitar que los pateara. Estaban demasiado estupefactos para hacer otra cosa que no fuera servir de contrapeso. Se detuvo en mi escritorio y se agachó, mirándome a los ojos. Su mirada me inmovilizó en mi asiento. No pude voltear. Estaba tan cerca que nuestras narices casi se tocaban. Olía a vino y melocotones. —¡Tú! —dijo. —¿Qué? —chillé. 15

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Quentin me dedicó una sonrisa absolutamente salvaje. Inclinó su cabeza como si fuera a susurrar, pero habló lo suficientemente alto para que todos lo escucharan. —Tú me perteneces.

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a a demandarte, Genie —dijo Jenny Rolston mientras nos cambiábamos en los vestidores—. Una vez que

aprenda que así es como hacemos las cosas en Estados Unidos, encontrará un abogado. Golpeé la puerta de mi casillero para cerrarlo, pero rebotó de inmediato: más de un año de malos tratos habían desprendido la cerradura. Tuve que usar el peso de mi hombro para cerrar la puerta gris, abollada para siempre. —Hey, él se metió en mi cara —dije con la cabeza todavía enterrada debajo de mi playera. —Sí, fue grosero y se comportó como un loco. Pero tú reaccionaste de una manera absolutamente desmedida. Tal vez esté ciego ahora. —El Gran Joe, de Fuertes y Seguras, habría aprobado mis reflejos. Y el uso de mis pulgares. Jenny suspiró. —Si te suspenden por arrancarle los ojos a un estudiante de intercambio y me obligas a usar a una sustituta durante los regionales, te voy a asesinar. Dejé que la capitana del equipo dijera la última palabra. Después de la doble dosis de situaciones desagradables del

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día, sólo anhelaba concentrarme en la práctica. Tenía cosas mejores de qué preocuparme que de un nuevo estudiante demente que se había aferrado a mí como un pato recién nacido. Amarré las cintas de mis zapatos deportivos, até mi cabello hacia atrás y me uní al resto de las chicas en la duela. La amenaza de muerte de Jenny había sido un cumplido, más o menos. Yo había resultado fundamental para el repentino aumento de victorias del equipo de Las Tiburones de Santa Firenza en el último año y medio. Pero no era porque yo fuera la mejor atleta del mundo. No me engaño sobre las razones por las que he estado en el equipo titular de voleibol desde que era estudiante de primer año. Soy alta. Ridículamente alta. Escandalosamente alta. Mons­ truosamente alta. Alta como una modelo, dice Yunie. Ella tiene permitido mentirme. Jenny me había echado el ojo desde el primer día. No tuvo que torcerme el brazo para reclutarme; lo cierto es que puedo decir que ha sido un arreglo mutuamente beneficioso. Soy la líder de la liga en términos de bloqueos a pesar de que voy apenas en el segundo año, y probablemente pueda obtener la atención de algún entrenador universitario cuando llegue el momento de las admisiones. Al menos hasta que se dé cuenta de que tengo el saque de una morsa. Lo único que no me entusiasma demasiado es que me llamen La Gran Muralla China. Pero, de nuevo, hay demasiados estudiantes asiáticos aquí para creer que se trata de un insulto de minorías. Además, estoy casi segura de que fue a uno de ellos a quien se le ocurrió. Mis pies chirriaron contra la duela cuando tomé mi posición en la media duela. El tiempo pasó volando mientras sudaba, gruñía y clavaba los minutos en el sonoro gimnasio. 18

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Nuestra única audiencia, además de la entrenadora Daniels, eran los burdos murales de los atletas de deportes de otoño y primavera que cubren las paredes. Al principio, sólo me uní a este equipo para parecer multifacética. No tenía el don de Yunie para la música, y necesitaba algunas actividades extracurriculares. Pero con el tiempo, me encantó el juego. Cuando la gente me preguntaba por qué, decía que había prosperado en cuanto al compañerismo. En realidad, sin embargo, lo que me agradaba era derrotar personas. Sin ayuda de nadie. Me gustaba arruinar los esquemas ofensivos cuidadosamente diseñados del otro equipo. Durante cinco sets a la semana, el mundo era injusto a mi favor. Y eso no sucedía muy a menudo fuera del gimnasio. Estaba inspirada hoy, apoyando a las novatas que habían sido intencionalmente colocadas de mi lado. Hasta que lo vi parado en las gradas. —¿Qué demonios? —dije—. ¡Sáquenlo de aquí! —No puedo —dijo Jenny—. La práctica ya terminó y estamos en tiempo extra: ya no podemos reclamar el gimnasio. Sólo termina el entrenamiento. Gruñí enojada y volví al punto para partido. Todavía podía sentir sus ojos ardiendo en la parte posterior de mi cabeza. —Alguien tiene un admirador —dijo Maxine Wong desde el otro lado de la red. —Cállate. —Rachel me contó todo —dijo la chica cuya posición había tomado—. ¿Te pusiste como loca porque él quería pactar un matrimonio allí mismo en clase? Pensé que los inmigrantes ilegales estaban de acuerdo con ese tipo de cosas. 19

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Mis ojos se agrandaron. El saque de mi lado fue golpeado y puesto para ella. —¡Cállate! —grité cuando fui por el bloqueo. Maxine no iba más allá de los juegos mentales. Era del mismo año que Jenny, pero cruzaba la línea con demasiada frecuencia con los estudiantes de primer y segundo año, al menos en mi opinión. No me caía bien. Sus provocaciones funcionaron esta vez. Ella era mejor jugando e insultando al mismo tiempo que yo. Estaba dese­ quilibrada y mi salto no fue suficiente. Ella obtendría el punto ganador… —¡Hey! —gritó Maxine mientras aterrizaba con fuerza sobre su trasero. El balón la golpeó en la cabeza y rodó sobre la línea lateral. —¡Caray, niña! —gritó Jenny desde atrás—. ¡Quiero ver eso a la hora del juego! Miré mis manos, desconcertada. Podría haber jurado que no conseguiría ese bloqueo. —Bicho raro —dijo Maxine, mientras se levantaba. Eché un vistazo hacia las gradas. Quentin se había marchado. Maldición. Ese imbécil me estaba desconcentrando tanto que me estaba metiendo en balance. *** —Está bien, esto ha ido demasiado lejos —dije—. Cruzaste la frontera al territorio de los acosadores hace mucho. No me importa hablar con la policía dos veces en un día. Quentin estaba acompañándome a casa. O al menos eso fue lo que pidió cuando salí de la escuela. Debí haberle dicho 20

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que se marchara en vez de darle el tratamiento silencioso. Ahora cualquier observador no iniciado pensaría que estábamos tratando de aclarar un malentendido como personas civilizadas. —Adelante, llámalos —dijo—. Me dijeron que éste es un país libre. Un momento, ¿su inglés había mejorado? —No sé qué tipo de juego estás jugando —dije, acelerando el ritmo para que se quedara atrás y, con suerte, permaneciera allí—. Pero ya detén esto. No te conozco, no quiero conocerte. Que te haya encontrado cuando te estaban pateando el trasero no significa nada. Y de nada, por cierto. Bufó. —Fuiste de mucha ayuda. Ni siquiera le dijiste a nadie en la escuela que me habías visto golpeado, ¿cierto? Gruñí frustrada. Había muchas cosas que quería preguntarle: ¿cómo se había curado tan rápido?, ¿qué le había pasado a su vieja ropa raída?, ¿cómo su discurso parecía fluctuar al azar entre el de un adolescente del área de la Bahía y un bardo confucianista? Pero no quería alentarlo. —Sueñas con una montaña —dijo Quentin. Me detuve en seco y di media vuelta. Estábamos completamente solos en la acera, una desvencijada cerca de madera nos acorralaba por un costado, y del otro lado de la calle había un lote vacío con más bicicletas abandonadas que césped. —Sueñas con una montaña —repitió—. Verde y llena de flores. Todas las noches, cuando duermes, puedes oler las flores de jazmín y escuchar el flujo del agua. Dijo esto con verdadero drama. Como si estuviera acertando, forjando algún tipo de conexión entre nosotros. Sonreí con sorna: no era así. 21

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—Anoche soñé que estaba flotando en el espacio y mirando las estrellas —dije, satisfecha—, pero deberías seguir usando esa estrategia para ligar. Conozco al menos a un par de chicas en la escuela a las que les gustan estas cursilerías. Quentin no respondió por un segundo. Aparentemente fui yo quien lo había derribado. Y de pronto estalló en una gigantesca sonrisa de oreja a oreja. Bajo mejores circunstancias, habría sido maravilloso. —¡Eso es! —dijo, saltando de emoción—. ¡Eso lo demuestra! ¡En verdad eres mía! De acuerdo. Ese tipo de charla debía parar aquí y ahora. Inhalé profundamente para desatar un torrente de agresiones verbales y un repaso de los derechos de las mujeres durante el último siglo. Pero antes de que pudiera darle lo que pedía, Quentin brincó sobre la cerca vecina, proyectándose más de metro y medio en un fluido salto con la misma facilidad con la que alguien tomaría la escalera eléctrica. Reía y ululaba y daba vueltas de carro hacia adelante y hacia atrás sobre los postes, balanceándose sobre una superficie que debía ser más estrecha que una hilera de monedas. Mi cabeza comenzó a dar vueltas. Algo en su desinhibido despliegue hacía que me sintiera como si hubiera una luz brillando detrás de mis ojos, o como si estuviera recibiendo demasiado oxígeno. Sentí todas las náuseas que él debería estar sintiendo, dando vueltas de esa manera. Él no era normal. Debía ser un gimnasta o practicante de parkour o algo así, como en esos videos en línea. Tal vez era un monje Shaolin. No me importaba. Pateé la cerca con la esperanza de que cayera y se golpeara en la entrepierna, y corrí directamente a casa. 22

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*** Unos minutos más tarde crucé la meta, en la entrada de mi casa, jadeando. Me apresuré con las llaves, mientras mis manos se movían con más torpeza que de costumbre. El clic de la cerradura nunca había sonado más dulce. Por fin, por fin, me deslicé dentro y suspiré. Sólo para encontrar a Quentin sentado a la mesa de la cocina, junto a mi madre.

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