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La aprendiz de bruja

Ja me s N ico l

Traducciรณn de Milo J. Krmpotic

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Primera edición: octubre de 2016 Título original inglés: The Apprentice Witch Maquetación: Marquès, S.L. Diseño de cubierta: Luis Tinoco Edición: Helena Pons Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats La edición inglesa fue publicada en 2016 en la editorial Chicken House, 2 Palmer Street, Freme, BA11 1DS © 2016, James Nicol © 2016, Milo J. Krmpotic, de la traducción © 2016, La Galera SAU, de la edición en lengua castellana Casa Catedral® Josep Pla, 95 – 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com twitter.com/lagalerayoung / facebook.com/lagalerayoung / instagram.com/lagalerayoung Impreso en Egedsa Roís de Corella, 16 08205 Sabadell Depósito legal: B-14.389-2016 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-5870-0

Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta al CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.

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No hay nada como una abuela, ¡pero es que la mía es MÁGICA! A Mollie Rose Serella, con amor.

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Desde siempre, las brujas se han servido de unos símbolos mágicos llamados glíficos para someter, controlar y utilizar la magia que nos rodea. Hay cuatro glíficos cardinales y dos secundarios. Se puede pensar que la magia es como el hilo y los glíficos, como la aguja. Lo uno sin lo otro tiene un uso limitado. Una bruja se sirve de uno o más glíficos para atraer la magia hacia sí y, cuando la magia y los glíficos conectan, se produce el hechizo. Por mucho que todas las brujas usen la misma colección de glíficos, las habilidades particulares de cada una y los depósitos naturales de magia utilizados llevan a que cada hechizo resulte único para quien lo realiza. MANUAL DE LA APRENDIZ DE BRUJA

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Capítulo 1 LA AUTORIDAD CIVIL DE BRUJERÍA

Hylund —anunciaba el póster—, ¡vuestro país os necesita! ¡Alistaos HOY MISMO! Arianwyn se quedó contemplando a la elegante mujer que la miraba con expresión orgullosa desde el cartel. Tenía el pelo rubio y ondulado, los labios de un rojo brillante, y lucía el uniforme azul marino y la estrella plateada propios de la bruja que ha terminado ya el proceso de instrucción. Arianwyn bajó la mirada hacia su abrigo, al lugar que pronto ocuparía su propia estrella. Unas campanadas lejanas dieron la hora y se colaron entre el ruido del ajetreado tráfico matutino que la rodeaba, de las bocinas que bramaban a lo largo de la calle repleta de coches. Si seguía soñando despierta, ahí plantada, iba a llegar tarde. Cogió la bolsa y sorteó a la multitud de viandantes para cruzar las altas puertas de hierro forjado. Los letreros de inscripción la encaminaron a subir unas escaleras y a adentrarse en un largo corredor muy iluminado.

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Se cruzó con otras brujas —algunas exhibían orgullosas sus estrellas recién estrenadas y sonreían de oreja a oreja— y con miembros del personal de administración que llevaban pilas de documentos o carpetas sujetapapeles. El ambiente estaba lleno de charlas alborotadas y de un fuerte olor a abrigos de lana húmedos y a desinfectante. Los zapatos mojados de Arianwyn chirriaban sobre el suelo pulido. Se puso al final de una de las colas que se habían ido formando sin demasiado orden, pero pronto deseó no haberlo hecho. En ese momento, Gimma Alverston entregaba su documento de identidad en el escritorio que había al principio de la fila, rodeada como siempre por su grupito de jóvenes brujas. Gimma lucía un aspecto muy parecido al de la bruja del póster que había visto en la calle: era toda ella una cascada de pelo rubio ondulado y una gran sonrisa. Arianwyn se tocó de manera nerviosa sus propios rizos despeinados mientras intentaba encogerse en la cola. Pero ya era demasiado tarde —o ella era demasiado alta—. Una de las chicas del grupo, una bruja de mirada inteligente a la que Arianwyn identificó como Polly Walden, le dio un codazo a Gimma y señaló en su dirección. Esta asomó la cabeza, esbozó una sonrisa mezquina y les susurró algo a las demás. Sus crueles risitas resonaron por el pasillo y Arianwyn se puso colorada. «Es justo lo que necesitaba —pensó—. ¿Qué le he hecho yo para que me trate así?». Gimma era una esnob cruel para quien el mundo se dividía entre quienes estaban con ella y quienes estaban en su contra. Se había comportado así con 10

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Arianwyn desde su primer encuentro en la escuela, cinco años atrás. Puesto que eran las dos únicas brujas que había en la clase, todo el mundo dio por sentado que se llevarían bien, pero Gimma dejó muy claro desde un principio que no deseaba ser amiga de Arianwyn y no hubo mucho más que añadir. —¡Oh, mirad, si es Arianwyn, la Horrible!— exclamó Gimma mientras el joven del otro lado del escritorio le devolvía el carnet y ella procedía a guardarlo en el ridículo bolsito de cuentas que llevaba siempre con ella—. ¿Estás lista para la evaluación? Más risas. Gimma recorrió lentamente la cola hasta llegar al punto en el que se encontraba Arianwyn. —¿Sabías que una familia de Highbridge me ha ofrecido un puesto de bruja privada? —le preguntó con tono engreído—. No me apetece nada tener que lidiar con la plaga de duendes de alguna pobre ancianita o acabar haciendo hechizos para una panda de paletos pueblerinos. A ti, «Horrible», ¿qué crees que te tocará, si es que pasas el examen? Las demás chicas rodearon a Arianwyn con sus sonrisas de superioridad. Gimma giró el cuello para acomodarse la brillante melena. —¡De verdad espero que encuentren algo a la medida de tus posibilidades, algo que no sea demasiado difícil! No todo el mundo puede permitirse una formación como la que me ofreció mi familia. ¿A ti quién te instruyó, Arianwyn? —le preguntó, por más que todas conocían ya la respuesta. Arianwyn no contestó. Sentía que le ardían las mejillas. 11

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—He oído que fue su abuela —susurró Polly con tono mezquino. Deseaba más que nada en el mundo tener el coraje de hacer algo, de decir algo. Pero en vez de eso miró hacia otro lado, como había hecho ya en tantas ocasiones, buscando un punto de la pared en el que concentrarse mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Así es como solía responder a las burlas de Gimma. «Ignórala, ya se aburrirá». —Em... ¿nombre, por favor? ¿Señorita? ¿Hola? Arianwyn había llegado hasta el principio de la cola sin darse cuenta. Gimma y su grupito se habían largado. Un joven estresado, y más o menos de su edad, le sonreía educadamente mientras batallaba con pilas de carpetas, una máquina de escribir y notas varias. El pelo negro le caía sobre la cara y él soplaba una y otra vez para apartárselo de los ojos. —Lo siento. Me llamo Arianwyn Gribble —sonrió. —¿Y tiene una identificación, señorita... Gribble? ¡Oh, aquí está! —Extrajo una carpeta marrón de la parte de abajo de una de las inestables pilas, que se tambaleó amenazadoramente. El joven se sonrojó mientras Arianwyn le entregaba el documento que la acreditaba como bruja, sobre cuya superficie destacaba en grandes letras azules el sello ape, que la identificaba como «Aprendiz Pendiente de Evaluación». Al acercar el brazo para recibirlo, él desplazó la columna de papeles, que tembló y comenzó a deslizarse lentamente hacia el suelo. En el tiempo que dura un parpadeo, Arianwyn se echó ha12

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cia adelante y con el dedo índice dibujó un pequeño símbolo sobre el pupitre. Briå, el glífico de aire. El símbolo desprendió una suave luz azulada, visible únicamente para los ojos de una bruja. Los papeles y carpetas no solo se enderezaron, sino que también pasaron a ordenarse por sí solos sobre el escritorio. El joven sonrió de nuevo. —¡Gracias! —¿QUÉ está pasando aquí? Una voz áspera e indignada se abrió paso entre la algarabía del lugar. Una mujer enjuta y arrugada, vestida con un austero traje gris que no le quedaba del todo bien, los observaba a ambos por encima de unos gruesos anteojos. —¡Oh, señora Newam, lo lamento! Estaba a punto de ir a buscarla. Esta es la señorita Gribble, tiene la ceremonia de evaluación a las once en punto. La señora Newam continuó con la mirada clavada en ellos, como si aguardara más explicaciones. —Verá —continuó el joven, algo desesperado—, hay tantos documentos, y se han desordenado mucho con el ir y venir de brujas, y de repente... ¡zas! Comienzan a caerse. Pero la señorita Gribble ha estado ¡FANTÁSTICA! Solo ha tenido que dar un toquecito al escritorio para que todo regresara a su sitio. Mire: ¡como nuevo! —Y señaló la ordenada montañita de carpetas. Los ojos de la mujer se estrecharon hasta convertirse en dos diminutas rendijas. 13

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—Colin, ni me importa ni me afecta en modo alguno lo que la señorita Gribble haya hecho o haya dejado de hacer con tus carpetas. Tu labor consiste simplemente en hacer que las aprendices de bruja pasen al proceso de evaluación lo antes posible, no en obligarlas a realizar... truquitos de este tipo. Colin miró a Arianwyn y se encogió de hombros. Pero la señora Newam no había acabado. —Si no es mucho inconveniente, quizá podrías ir a mi oficina a buscar los documentos que necesito.Yo me ocuparé de la señorita Gribble. Con las mejillas ruborizadas, Colin le dirigió a Arianwyn una sonrisa amable y salió corriendo pasillo abajo mientras sorteaba la marea de aprendices que iban llegando. —No ha sido culpa suya —intentó explicar Arianwyn, pero la mirada que le dirigió la señora Newam le hizo callar. —No queremos que nadie tenga que esperar más de la cuenta, señorita Gribble. Hoy tengo otras dos ceremonias de evaluación que atender. Entre la guerra, que tiene ocupadas a nuestras brujas de mayor experiencia, y el aumento de espíritus oscuros, que provoca que cada pueblo y aldea desde Goldham hasta Vellingstone haya decidido de repente que necesita a una bruja, simplemente no damos abasto. —Lo entiendo —dijo Arianwyn. —¿Ha venido algún familiar para acompañarla? —No, estoy sola —contestó Arianwyn, sintiéndose culpable por haber salido del apartamento tan tem14

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prano y por haberle escondido a su abuela la carta con los detalles de la evaluación. La señora Newam le dirigió una mirada suspicaz y abrió la carpeta marrón sobre el escritorio para hojear los papeles que contenía. —¿Acaba de cumplir quince? ¿Solo lleva dos años de aprendiz? —Sí —respondió Arianwyn—. Pero yo quería... —¿Y quién la instruyó? —Maria Stronelli... mi abuela. La señora Newam volvió a mirarla por encima de sus anteojos. —Ya veo. Y ahora mismo es aprendiz de... Arianwyn se sonrojó al recordar la burla de Polly. —De mi abuela. —Vaya, es una situación bastante... anticuada. —La señora Newam la observó con atención y repasó los documentos, como si intentara dar con una clave oculta. Entonces se le iluminó la cara—. Oh, la señora Stronelli forma parte del Consejo de Venerables. —Se acercó para mirarla a través de sus cristales de culo de botella y le sonrió, pero se trató más bien de un gesto estirado y amargo, no de una sonrisa de verdad. Arianwyn sintió un nudo de ansiedad en el estómago. Vio que la señora Newam se aprestaba a añadir algo más cuando una voz metálica hizo crepitar el altavoz que había en lo alto de la pared. —Por favor, que todas las aprendices de la ceremonia de evaluación de las once se dirijan al patio central. Patio central para la evaluación de las once en punto. Gracias. 15

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Capítulo 2 EL MEDIDOR DE EVALUACIÓN

n grupito de aprendices esperaba en el patio helado y empapado por la lluvia, rodeadas por quienes habían acudido a darles ánimos. Gimma estaba allí con sus padres. La madre llevaba una cara chaqueta con cuello de piel y una falda muy elegante, y se dedicaba a arreglar nerviosamente el uniforme de su hija. El padre, mientras tanto, conversaba jovialmente con varios hombres que lucían las togas del Senado Real. Gimma lanzó una mirada gélida hacia Arianwyn. —¡Venga, rápido! —ladró la señora Newam para que las quince jóvenes brujas se subieran al estrado. Todas llevaban vestidos azules y elegantes abrigos de idéntico color, los zapatos lustrados y el cabello liso, aunque inevitablemente húmedo. Arianwyn captó su propio reflejo en una ventana: era una cabeza más alta que el resto de las chicas y su pelo se había encrespado por culpa de la lluvia. Suspiró. Quienquiera que hubiera decidido que

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era buena idea celebrar la ceremonia al aire libre, durante una fría y húmeda mañana de enero, o bien estaba loco o era un sádico. «Debe de haber sido la señora Newam», dedujo. Se respiraba un ambiente de excitación, pero Arianwyn no lograba contagiarse de aquel entusiasmo. Un mal presentimiento la había estado rondando toda la mañana, y no conseguía quitárselo de encima. Unas risitas algo más allá de donde estaba atrajeron su atención y miró de reojo a Gimma. ¿Cómo lograba estar tan perfecta en pleno aguacero cuando ella, Arianwyn, estaba hecha un desastre? Gimma se volvió justo a tiempo para pescar a Arianwyn mirándola. «¡Lagarto, lagarto!». —La mirada al frente, señorita Gribble —dijo la señora Newam mientras recorría la fila de aprendices ajustando los cuellos de los vestidos y haciendo que se sacaran las manos de los bolsillos. Arianwyn se sentía intranquila. Algo iba mal. «Debería estar emocionada», pensó. Su sueño estaba a punto de cumplirse. Desde que tenía memoria solo había deseado una cosa: servir al Reino, tal y como habían hecho su madre y su abuela, tal y como su padre seguía haciendo... Pero, aun así, un mal presentimiento seguía acechándola. Se produjo una callada conmoción cuando un par de señoriales puertas se abrieron para dar entrada a August Coot, el director de Taumaturgia y responsable de la Autoridad Civil de Brujería. Un gramófono balbuceó y resucitó a la vida, y las lentas y emotivas 17

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notas del himno nacional resonaron en el patio y, de inmediato, todos los presentes se pusieron un poco más firmes. —Honrar la magia. Servir al Reino. Honrar al rey. Servir a la magia —recitaron las aprendices al unísono mientras la melodía se iba desvaneciendo y el director se acercaba al atril para comenzar su discurso. —Buenos días a todos, y gracias por asistir a esta ceremonia. En el día de hoy, la evaluación la llevará a cabo la señora Hortensia Newam, de pleno acuerdo con las normas y procedimientos de la Autoridad Civil de Brujería. —Reorganizó las hojas en que llevaba escrito el discurso y se aclaró la garganta—. Estas jóvenes brujas están a punto de embarcarse en una maravillosa carrera al servicio de su país. Su destino es ocupar posiciones de honor dentro de sus nuevas comunidades, en este proceloso momento en que la guerra asola el continente. Como ya deben de saber, el número de criaturas espirituales y, de hecho, de espíritus oscuros ha aumentado en más de un diez por ciento en los últimos cinco años, y el Senado Real ha solicitado que tomemos medidas al respecto. ¡Las nuevas brujas jugarán un papel vital para que la Autoridad Civil de Brujería se embarque, por vez primera, en una misión para catalogar los diversos tipos de criaturas espirituales existentes en los Cuatro Reinos! Hubo algunos murmullos de interés por parte del público, pero aquella ciertamente no era la respuesta que el director Coot había esperado. Tosió y dirigió 18

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una mirada rápida al texto sobre el atril antes de continuar. Pero, entre la lluvia que caía incesante y el castañeteo de sus propios dientes, Arianwyn apenas lograba concentrarse en sus palabras, así que se sintió agradecida cuando el discurso expelió su último aliento y fue seguido de un pequeño repiqueteo de aplausos. El director se hizo a un lado mientras la señora Newam se acercaba a la primera aprendiz, una muchacha de aspecto alegre que llevaba gafas. El joven de antes, Colin, apareció sobre el estrado cargando con lo que parecía ser una caja de madera oscura de tamaño medio, con una gran bombilla en su parte superior y varios interruptores, botones y diales de grabación en uno de sus lados. ¡Era el medidor de evaluación! La señora Newam se puso a estirar el retorcido cable de color crema que se hallaba unido a una fina vara de metal, culminada por una reluciente y perfecta esfera. A continuación, desenrolló un pequeño diagrama que mostraba los glíficos cardinales. —Concéntrense en los cuatro glíficos a la vez —les dijo a las aprendices con brusquedad—. Porque hoy no queremos hacer ningún hechizo real, ¿verdad? Accionó el interruptor del medidor de evaluación y este ronroneó. La primera chica extendió la palma de la mano y la señora Newam bajó la varita plateada hasta ella. Los presentes contuvieron el aliento mientras pasaban los segundos. Tras un largo minuto, el medidor de evaluación lanzó un chisporroteo, la luz parpadeó 19

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y una pequeña tira de papel surgió de uno de sus laterales. La señora Newam la arrancó y procedió a leerla. —¡Aprobada! —dijo tras un instante. Hubo una pequeña ola de aplausos entre las demás brujas y sus acompañantes. La señora Newam guardó el papelito dentro de una carpeta y pasó a la siguiente aprendiz, mientras la chica de aspecto alegre se sonrojaba por la emoción y saludaba feliz a alguien entre el público. Arianwyn iba cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro, impaciente. Una tras otra, las brujas fueron evaluadas por el medidor, que zumbaba con la aparición de cada nueva tira de papel. El tiempo variaba de una a otra. La evaluación de Polly duró apenas unos segundos, pero la de Gimma se prolongó a lo largo de cinco interminables minutos, circunstancia que Arianwyn disfrutó en secreto. De un modo u otro, la señora Newam fue exclamando el preceptivo grito de «¡Aprobada!» y, en cada ocasión, el patio se llenó con los mismos aplausos y cariñosos gritos de apoyo. Por fin, el director Coot, la señora Newam y Colin aparecieron delante de ella, que era la última bruja de la fila. La señora Newam arqueó una ceja, se volvió hacia el medidor de evaluación y accionó su interruptor. La máquina produjo un ligero ronroneo. La mujer acercó la varita plateada de sondeo hacia Arianwyn y esta tragó aire, nerviosa. —Por favor, concéntrese en los glíficos —le indicó 20

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la señora Newam mientras sostenía el póster con los glíficos cardinales ante ella. Bria° Aluna °

Erte A° rdra Arianwyn cerró los ojos y respiró profunda y regularmente mientras se formaba una representación mental de todos los glíficos a la vez. En algún lugar cercano se produjo un débil impulso mágico que fluyó hacia ella y le hizo sentir un suave hormigueo al entrar en contacto con su piel. Notó la presión del frío metal de la varita sobre la palma de su mano. Oía el minúsculo silbidito que realizaba la señora Newam al inspirar y espirar el aire a través de la nariz. Volvió a concentrarse en los glíficos. «Briå: aire, vuelo, transformación». Una pequeña oleada de poder atravesó a Arianwyn cuando el flujo de energía conectó con ella. «A luna: agua, curación, adivinación». La° sensación de cosquilleo crecía. Se sintió mareada. «Erte: tierra, fuerza, protección, vida». Los glíficos se formaban y desaparecían en la oscuridad como extrañas flores. 21

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«Årdra: fuego, energía, defensa». Y entonces lo vio, flotando, desplegándose en el interior de su mente junto a los otros glíficos. «¡Ahora no!», pensó Arianwyn, e intentó deshacerse de él. Se trataba de un glífico imposible, de un glífico que solo existía en su imaginación. Su forma era extraña, pero a la vez siempre le resultaba familiar. Sintió su poder tensando el flujo de magia que discurría por el patio. Intentó no centrarse en él, pero lo veía a mayor tamaño y con más intensidad que los otros cuatro, por más que no brillara igual que ellos. Era más bien oscuro y parecía atraer la luz hacia su interior. «¡Para ya!». Hacía siglos que no le sucedía esto, pero también era evidente que, si tenía que volver a pasarle, tenía que ser justamente ese día. La vez anterior en que había visto el glífico con tanta claridad había acabado tan mal... Pero no, no era el momento de pensar en ello. Lo había mantenido en secreto; no se lo había contado a nadie, ni siquiera a su abuela.Y, pese a todo, se sintió atraída por la extrañeza de su forma, y antes incluso de saber lo que hacía o por qué, se lanzó hacia él con su mente. El glífico se hallaba cargado de energía, pero transmitía frialdad y distancia, no las cálidas vibraciones propias de los glíficos de verdad. Arianwyn sintió la conexión: era demasiado tarde para detenerla. Fue como si toda la energía que la rodeaba se hubiera duplicado para lanzarse de repente 22

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hacia ella y golpearla como un calambrazo arrollador. Abrió los ojos y tropezó hacia atrás en la tarima. El día, que ya era gris de por sí, le pareció de algún modo más oscuro que antes. Las sombras eran más densas, más negras. El medidor de evaluación zumbó y una serie de pitidos resonaron por todo el patio. Las luces de las oficinas se apagaron. El público murmuró. La señora Newam lanzó un gritito de consternación al ver que el medidor de evaluación despedía un hilillo de humo que se retorcía en el aire. —¿Se ha roto? —preguntó Colin acercando la cabeza al humeante aparato. La señora Newam lo fulminó con la mirada. —No... no lo creo. ¡Una subida de tensión ha interrumpido la grabación, eso es todo! —Se puso a pulsar los interruptores y a girar los diales. ¡Pero nada! El pulso de Arianwyn se aceleró. ¿Qué acababa de suceder? Bajó la mirada hacia sus manos. Las palmas y las puntas de sus dedos lanzaban diminutos chispazos de energía. Volvió a sentirse mareada y se esforzó por concentrarse. La señora Newam seguía pulsando botones de forma frenética y, esta vez, una tira de papel surgió lentamente de la ranura en la base del medidor. La arrancó y la sostuvo ante sus ojos para que la pálida luz de la mañana le permitiera leer el mensaje. Durante un momento, los rasgos de la mujer se vieron atravesados por la duda, pero esta dejó paso a una expresión de triunfo mientras se volvía hacia Arianwyn. —Lamento informarle, señorita Gribble, de que su 23

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resultado es «sin calificación». —La mujer parecía incapaz de esconder la alegría en su voz. Entre el público, alguien lanzó un grito ahogado, al que siguió un alborotado cuchicheo. La señora Newam esgrimió el resultado para que Arianwyn pudiera comprobarlo. La muchacha lo cogió con las manos temblorosas, agradecida al ver que las chispas habían desaparecido ya. El papel se hallaba lleno de pequeñas marcas en torno a una línea roja irregular. Aquello no significaba nada para ella. Estaba segura de que iba a vomitar; sentía todos los ojos del patio puestos en ella. No deseaba más que correr, tan lejos y tan rápido como pudiera. Pero no lograba moverse. —Creo que necesitaremos un momento para resolver esta situación —dijo el director con una voz que fingía optimismo, e indicó a Arianwyn y a la señora Newam que le siguieran. Colin fue tras ellos tres, sosteniendo el medidor de evaluación aún humeante. Mientras atravesaban el patio, Arianwyn vio que alguien se movía en la última fila de espectadores: una figura alta y distinguida, envuelta en un abrigo oscuro, con un chal de color amarillo brillante que ondeaba al viento y la cara parcialmente tapada por un sombrero de ala ancha. ¡Era su abuela! A Arianwyn, el corazón se le cayó a los pies. Había estado allí todo el rato, lo había visto todo. ¡Las cosas difícilmente podrían haber salido peor! —¡Director Coot! —dijo su abuela saliendo de 24

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entre la multitud—. ¿Me permite unas palabras, por favor? Arianwyn miró hacia otro lado. Sus mejillas parecían estar en llamas. Sentía que todos los ojos del patio iban y venían de su abuela al director. —Venerable Stronelli, esto es un... honor. —El director paseó la mirada por la señora Newam, Colin y Arianwyn, como si no supiera bien cómo debía proceder. Pero su abuela no pensaba recibir un no como respuesta y frunció el ceño, observando al director de un modo que a Arianwyn le heló la sangre en las venas. Este finalmente sonrió—. Por supuesto, será un auténtico placer. El director los condujo a un pequeño despacho más allá del patio. Mientras cerraba la puerta se volvió hacia la señora Newam: —¿Y bien? —le preguntó—. ¿Qué es todo esto? Llevo veinte años como director de este centro y nunca antes había visto a una aprendiz suspender el examen de evaluación de esta manera. ¿Qué demonios ha pasado? Arianwyn sintió que le temblaban las piernas, como si de repente se revelaran incapaces de sostenerla. Se apoyó contra el muro e intentó no cruzar la mirada con su abuela. Pensó que quizá sí iba a acabar vomitando. La señora Newam dio un paso adelante, agitando la lectura del medidor. —La ausencia de calificación implica que el equipo de evaluación no ha logrado captar el nivel de energía requerido. 25

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—¿Y eso qué significa? —insistió el director con las mejillas coloradas y los ojos muy abiertos. —¡Pues significa...! —estalló la señora Newam, aunque de inmediato se lo pensó mejor y dijo con más calma—: Significa, director Coot, que la señorita Gribble debería ser capaz de llevar a cabo gran parte de las tareas más sencillas, pero que difícilmente podrá enfrentarse a problemas que requieran de una mayor especialización, o desarrollar sus habilidades por encima de los encantamientos más básicos. Arianwyn sintió que la habitación comenzaba a alejarse de ella... y, de paso, todo lo que siempre había deseado, todo lo que siempre había querido hacer. —Pero... ¿qué hay de la subida de tensión? —preguntó Colin—. Quizá eso haya alterado la lectura. —El medidor de evaluación ya había obtenido una lectura clara antes de que se produjera esa subida de tensión —replicó cortante la señora Newam. No, eso no podía estar pasando, tenía que haber algún tipo de error. —¿No podemos repetir la prueba? —preguntó el director Coot, y Arianwyn recuperó la esperanza. —Esa opción está fuera de TODA discusión: la lectura ha sido suficiente. La señora Newam se acercó al director y ambos se embarcaron en una conversación entre susurros que acabó de forma abrupta cuando la abuela de Arianwyn tosió ruidosamente. —Director Coot, ¿me permitiría esas palabras ahora? —Y, mirando a la señora Newam, añadió—: ¿En privado? 26

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No era una petición. —De acuerdo —respondió el director, abanicándose la cara con una carpeta. —¡Esto es ridículo! —protestó la señora Newam—. El consejo no tiene autoridad en estas cuestiones... —¡Gracias, señora Newam! —dijo el director con firmeza—. ¿Puedo pedirles que tengan la bondad de esperar fuera durante unos minutos, por favor? Arianwyn siguió a la señora Newam y a Colin fuera del despacho, y la puerta se cerró suavemente a sus espaldas. El silencio se adueñó del sombrío corredor.

Unos minutos más tarde, la abuela salió del despacho seguida por el director Coot, cuyas piernecitas tenían serios problemas para mantener la elegante zancada de la anciana mientras recorrían el pasillo. —Bien, acérquense, vamos —les ladró a Arianwyn, Colin y la señora Newam—. Si les parece bien, volvamos al patio. Fuera, las aprendices habían vuelto a subirse a la tarima. Todas ellas fruncieron el ceño al ver cómo Arianwyn regresaba al final de la fila. Seguía lloviendo con fuerza y las pocas personas que se habían tomado la molestia de quedarse estaban completamente empapadas. Arianwyn no tenía idea de lo que cabía esperar. Por eso se atrevió a lanzar una rápida mirada hacia su abuela, que se había vuelto a situar detrás del resto de los espectadores y permanecía quieta y en silencio. Colin, que tiritaba de frío en un extremo de la 27

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tarima, le hizo un gesto mostrándole los dos pulgares hacia arriba, pero Arianwyn no pudo devolverle la sonrisa. ¿Por qué era tan amable con ella? La señora Newam y el director Coot se hallaban inmersos en una furiosa conversación en voz baja. Ella le apuntó con un dedo rabioso y acusador, y él se puso morado y le respondió con palabras susurradas pero llenas de autoridad. Por fin, unos momentos después, el director pareció imponerse en aquella discusión silenciosa. Lentamente, ambos comenzaron a recorrer la fila a medida que iban prendiendo unas brillantes estrellas plateadas en el abrigo de cada una de las brujas. Arianwyn, aterrorizada por lo que pudiera pasar cuando le tocara a ella, miraba fijamente al frente. Notaba que todo el mundo estaba pendiente de lo que iba a suceder. —Ah, señorita Gribble. —Sonrió el director cuando por fin llegó su turno—. Su pobre resultado no debería impedir de forma definitiva que algún día acabe convirtiéndose en una bruja plenamente capacitada... El director extendió la mano. La señora Newam colocó sobre ella una pequeña caja de terciopelo, tal y como había hecho antes con el resto de las brujas.Y le sonrió, pero algo no cuadraba en su rostro enjuto. ¿Se trataba de alguna clase de broma cruel? ¿Había habido algún error? Un millar de pensamientos atravesaron la mente de Arianwyn a la vez. El director se entretuvo abriendo el cierre de la caja y por fin levantó el brazo para prender algo en el 28

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abrigo de la muchacha. Hubo un instante de vacilaciĂłn, seguido de una sorprendida ronda de aplausos, y ella mirĂł hacia abajo. Su abrigo no lucĂ­a una brillante estrella plateada, sino un opaco disco de bronce.

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Capítulo 3 DE VUELTA A CASA

l broche de bronce colgaba sobre el oscuro abrigo de Arianwyn. ¿Qué acababa de suceder? El director se volvió hacia los espectadores. —Damas y caballeros, pese a que su evaluación ha quedado por calificar, nos complace concederle a la señorita Gribble el honor del broche lunar. Dicho broche suele entregarse a aquellas aprendices de bruja que demuestran tener potencial, pero cuyos poderes todavía no han alcanzado su total madurez. La Autoridad Civil de Brujería se halla sometida a una presión inmensa y con ella llenaremos un cargo que, de otro modo, habría permanecido vacante. A Arianwyn le ardían las mejillas. ¿Qué había pasado en el despacho? Volvió a buscar a su abuela con la mirada, pero una sombra escondía la expresión de su rostro. ¿Qué había hecho? Hubo una dubitativa ronda de aplausos que murió

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"Brujas de Hylund", rezaba el cartel, "¡Vuestro país os necesita! ¡Alistaos ahora!" Arianwyn falla en su examen final de brujería, y en vez...

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"Brujas de Hylund", rezaba el cartel, "¡Vuestro país os necesita! ¡Alistaos ahora!" Arianwyn falla en su examen final de brujería, y en vez...