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DONALD TRUMP ¿Ángel o demonio? © De la obra Javier Cosnava © 2017 Plan B publicaciones de la presente edición Primera edición: Julio 2017 ISBN: 978-84-16961-37-5 Depósito Legal: PM 539-2017 Portada: Azahara Carreras León Autor: Javier Cosnava Ilustraciones: Norberto Fernández Corrección: Pilar Lillo Maquetación y diseño: Laura Ruiz Briones Dirección: Darío Arca Todas las imágenes son copyright © de sus respectivos propietarios y/ o licenciatarios y se han incluido en el libro a modo de complemento para el cuerpo teórico del texto y para situarlo en su contexto histórico correspondiente. En caso de que se observara cualquier tipo de omisión, ésta se rectificará en futuras ediciones. «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)»

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Cor unum, Mahalta


ÍNDICE INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 10 EN UN LUGAR DE GRECIA DE CUYO NOMBRE. . . . . .14 EL COMIENZO DEL VIAJE. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14 AIGION. 140 ANTES DE CRISTO. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14 EL IMPERIO AMERICANO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 24 CÓMO ENFADAR A UN GRIEGO. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 24 EL JEFE. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 24 LAS EXEQUIAS DE ALEJANDRO . . . . . . . . . . . . . . . . . 36 BABILONIA AÑO 323 A.C.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 36 LA GENTE TERRIBLE. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 36 LA GRAN MURALLA. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 50 CHINA. DINASTÍA MING. AÑO 1450 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51 MUEREN LOS HOMBRES, SE SALVAN LAS VACAS. . . . . . . 59 HISPANIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 64 HISPANIA. SAGUNTO. AÑO 219 A.C. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65 EL INFILTRADO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 74 UN CAPÍTULO TRISTE. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 82 CIUDAD DEL HORIZONTE DE ATON AÑO 1900 A.C . . . . . . . 82 EL MUNDO ES COMO ES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 82 CUERNOS NO SON MÉRITOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 98 FRANCIA, 1871. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99 LA DEFENESTRACIÓN QUE NO FUE. . . . . . . . . . . . . . . . . . . 106 EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS. . . . . . . . . . . . . . . . . 112 AFUERAS DE FLORENCIA, AÑO 1513. . . . . . . . . . . . . . . . . . 112 EL HUEVO O LA GALLINA. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 112 UN CAMBIO DE TORNAS. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 126 NUEVA YOK, TAL DÍA COMO HOY. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 126 SALVEMOS A DONALD TRUMP . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 126


Para que lo sepáis, no me creo un dios. Yo creo en Nuestro Señor. Y si un día Dios viniese a uno de mis apartamentos le ofrecería sin dudarlo una suite de lujo… No gratis, por supuesto, pero le haría un generoso descuento.

Donald Trump


INTRODUCCIÓN: Este libro EL VOLUMEN QUE TIENES ENTRE MANOS QUÉ ENCONTRARÁS EN CADA CAPÍTULO LA POLÍTICA DE TRUMP


¿Ángel o demonio?

EL VOLUMEN QUE TIENES ENTRE MANOS ¿Es realmente Donald Trump un demonio? ¿Es tan malo como nos lo pintan? ¿O acaso ha habido otros “Trump” en la historia de la política y de la humanidad? En este ensayo novelado asistirás a un viaje del propio Donald Trump y el autor de esta obra a través del tiempo y de la historia. De una forma amena, divertida y en ocasiones hilarante, descubrirás qué se oculta realmente tras la figura más controvertida del momento. Visita, junto al presidente de los EEUU y junto a Cosnava, Hispania, la antigua Roma, la Grecia clásica, la Florencia de Maquiavelo, la China de la Gran Muralla y muchos otros lugares y momentos decisivos de la historia. De labios del propio Trump iremos descubriendo que la historia es y siempre será cíclica, que lo que ahora estamos viviendo ha sucedido ya. Y lo que es peor: volverá a suceder a menos que aprendamos de una vez y hagamos algo para remediarlo. QUÉ ENCONTRARÁS EN CADA CAPÍTULO Al principio de este libro encontrarás un índice detallado de la obra. Cada parte y segmento de la misma explica no solo la historia de la familia Trump, sino que es un viaje a través de la historia de la política y la sinrazón humanas. LA POLÍTICA DE TRUMP Al final de cada capítulo encontrarás un pequeño ensayo donde se desarrollan un poco más los conceptos explicados hasta ese momento, siempre de una forma amena y clara, sin los tecnicismos o la aridez de otros libros.

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Yo sĂŠ cĂłmo conseguir que las cosas se hagan bien. Donald Trump


En un lugar de Grecia de cuyo nombre... EL COMIENZO DEL VIAJE AIGION. 140 ANTES DE CRISTO


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EL COMIENZO DEL VIAJE Recuerdo que estaba sentado con mi bebé en el regazo cuando recibí la llamada de mi editor. Me incorporé a duras penas con el pequeño en una mano y el auricular en la otra. –¿Quieres que te escriba en un mes un libro sobre Donald Trump? –creo que espeté anonadado. Pero necesitaba el dinero, y los pañales sucios se amontonaban en un lado de la habitación y no sabía cómo secarlos más veces para reutilizarlos. La vida del artista, y en particular la del escritor, es muy dura. Así que me dispuse a hacer un libro, un ensayo probablemente, sobre la figura del polémico presidente de Estados Unidos. Aquella noche mi hijo tenía muchos gases luego de la última toma de pecho y de un biberón. Mientras trataba de calmarle cantándole La Macarena, de Los del Río, que por alguna razón en lugar de ponerle de los nervios como al resto de la raza humana le provoca un profundo sueño, creo que yo también me quedé dormido, o cuando menos eso espero para salvaguardar mi cordura. Al despertar o creer que despertaba descubrí que mi hijo dormía plácidamente en su cuna, con mi mujer roncando en el lecho a su lado. A mi diestra, por increíble que parezca, se hallaba el mismísimo presidente Trump, vestido con una absurda túnica de lino, muy corta, que le llegaba a la altura de las rodillas, su barriga bamboleándose bajo la tela y yo rezando para que lo que se bamboleaba fuese solo su barriga. –Venga, vamos, tenemos mucho trabajo –dijo Donald, encaramándose acto seguido a la ventana de la habitación y saltando al vacío, su absurdo tupé danzando al viento como una rata pillada a 200 km/hora por una autopista. Y yo le seguí, acaso porque los artistas, estemos o no necesitados de dinero, haríamos cualquier cosa por una buena historia, incluso precipitarnos sin hacer preguntas desde la ventana de un tercer piso.

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Nota mental: Educar a mi hijo para que escoja una profesión decente, una en la que se gane dinero a final de mes, y quitarle desde bien niño tonterías de esas como las de ser poeta, dibujante o escritor.

AIGION. 140 ANTES DE CRISTO De pronto me encontraba en medio de una larga sucesión de vides y olivos, hasta más allá de donde se perdía el horizonte. Hacía un calor asfixiante. Me volví al escuchar el rumor del agua. Un río estrecho y poco profundo discurría a mi diestra, perezoso y moribundo. A mi lado se hallaba de nuevo el mismísimo Donald Trump, vestido todavía con aquella ridícula túnica que mostraba sus velludas pantorrillas e insinuaba el final de su panza. Por desgracia y bajando la vista advertí que vestía yo similar prenda. –¿Dónde nos hallamos y por qué me has traído aquí? –pregunté. Pero el presidente de los Estados Unidos, o su trasunto, o la imagen de mi sueño o quién demonios fuera aquel ser que me había guiado hasta aquel lugar, se limitó a encogerse de hombros y a señalarme, luego de un instante en el que oteó el horizonte, a un campesino que estaba labrando la tierra con una azada. –Aquel hombre es un griego que no sabe que en realidad no es un griego –dijo Trump de forma críptica encaminándose hacia la lejana figura. Yo iba a decir algo pero me quedé con la boca abierta contemplando cómo se alejaban las velludas pantorrillas. Así que me encogí también de hombros y me encaminé hacia la línea del horizonte.

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–Mi familia también tiene unos orígenes sencillos como los de ese hombre –dijo entonces el presidente Trump–. Nuestro verdadero apellido era Drumpf pero un antepasado mío decidió simplificarlo en el siglo XVII y pasamos a ser los Trump. Mi abuelo se crió en Alemania y cruzó el Atlántico para buscar fortuna en Estados Unidos, un lugar donde, es curioso, la palabra Trump significa engañar o hacer trampa aunque yo siempre he preferido elegir la otra acepción, la que se usa en el juego de cartas del bridge donde un Trump es un triunfo. Eso soy yo: un triunfo, un triunfador. ¿No es verdad? No tuve tiempo de responder ni creo que mi interlocutor lo esperase porque prosiguió hablando mientras caminaba decidido hacia el campesino griego. –Mis enemigos, por supuesto, hacen burla y prefieren otras acepciones como la de engañar o hacer algo sin escrúpulos: lo llaman trumpear. –Trump se detuvo un instante se secó la frente con la manga de su túnica y caminó los metros que le separaban de aquel hombre que araba y que parecía en último término nuestro destino. No sé si esperaba yo algo extraordinario de aquel diálogo entre Trump y el griego, una conversación que desvelase quién era en verdad el presidente y por qué me había llevado a aquel lugar inhóspito; pero fuera lo que fuese lo que esperaba me llevé una gran decepción, porque después de que el Donald se atusase su enorme pelazo, sonrió a al campesino y dijo sencillamente: –Mi compañero y yo tenemos mucha sed; buscamos un lugar donde tomarnos una cerveza. El campesino griego dejó de hablar, levantó la vista y nos contempló largamente. Era bajo, delgado y muy moreno, curtido por el sol; de manos callosas y mirada esquiva. Señaló justo detrás de él, a una choza destartalada que apenas se mantenía en pie. –En mi taberna mi mujer os servirá algo de beber y también de comer si gustáis.


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El astuto Donald sonrió y enarcó una ceja dirigiéndose resueltamente hacia la choza, sin dar las gracias siquiera. Un par de minutos después, sentados delante una jarra de cerveza caliente y un trozo de pan, queso y unos higos, Donald Trump me reveló que su abuelo Friedrich había montado en Seattle una taberna como aquella. Y las cosas le habían ido bastante bien. Mientras hablaba tuve la desagradable experiencia de sufrir en mis carnes los rozamientos de la mujer del campesino griego y de su hermana, que no tardé en darme cuenta que estaban ofreciéndome otro tipo de servicio aparte de la comida y la bebida. –El local de mi abuelo –añadió en ese momento Trump, guiñándome un ojo– también era un lugar donde se reunían y ofrecían sus servicios mujeres de vida disipada. Pero qué le vamos a hacer… era un buen negocio y mi abuelo no iba a rechazar una oportunidad como aquella. Un Trump nunca rechaza un negocio: está en nuestros genes. Luego de rechazar por mi parte y de forma vehemente las insinuaciones de la tabernera y su hermana, e incluso de acariciar una de las pantorrillas de Trump esperando que las mujeres dilucidasen que cualquiera capaz de acariciar aquella masa de carne sería incapaz de yacer con mujer alguna, bebí un sorbo de cerveza caliente (en realidad, cebada fermentada y sin apenas licuar) que estaba repugnante. Y luego escuché sin mucho interés el resto de la historia del abuelo Friedrich y sus sucesivos negocios de tabernas-prostíbulos hasta finalmente dirigirse al territorio del Yukón en Canadá. Allí volvió a tener éxito abriendo un restaurante especializado en carnes a la brasa llamado “El Ártico” que, por supuesto, también era un prostíbulo, ya que en aquella zona estaban en plena fiebre del oro y había muchos hombres agotados que, luego de excavar en sus concesiones mineras, estaban más dispuestos a gastar su dinero en lo que Trump llamaba “buenas mujeres de vida disipada”. Friedrich, que ahora se hacía llamar Fred, volvió a Alemania con una pequeña fortuna, se casó con una tetona mujer teutona y regresó una vez más a Estados Unidos, concretamente a Nueva York.

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Por desgracia murió en la gran epidemia de gripe española de 1918. Y quedó de esta forma al cargo de su pequeño imperio de tabernas-prostíbulos su hijo Frederick, conocido por todos como Fred Trump Jr. o Fred Trump II. Finalmente perdí la paciencia y estallé: –¿Por qué demonios me has traído a la edad antigua, a la hacienda de un campesino griego que dices que no es griego? ¿Por qué demonios me explicas la historia de tu abuelo, que puedo leer perfectamente en cualquier ensayo biográfico? ¿Por qué, en suma, hemos hecho este viaje? Trump me miró sorprendido y movió la cabeza a derecha y a izquierda como si pensase que yo era un pobre idiota. Al cabo dijo: –Te explicaba la vida de mi abuelo para hacer tiempo. ¿No quieres escribir un ensayo sobre mí? ¿Quieres conocerme mejor? ¿O es solo una pose porque pretendes prejuzgarme como hacen todos? Un hombre es su familia. Nada más que su familia. Respecto a qué hacemos aquí, ahora lo verás. En ese instante, el dueño del negocio regresó del sembrado con la azada al hombro y abrió con estrépito la puerta de la taberna. Donald Trump se alzó y fue a su encuentro elevando la voz y levantando su jarra: –¿Por qué no se sienta con nosotros, buen hombre? Le invitamos a una cerveza. Seguro que tendrá sed después de todo lo que ha trabajado ahí afuera. Menuda mierda de biografía voy a escribir, pensé para mis adentros, Vicente (mi editor) no me va a contratar nunca más cuando lea esta historia de tabernas griegas, prostíbulos y viajes en el tiempo.


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LA POLÍTICA DE TRUMP Es importante que el lector comprenda que la mayor parte de los libros, artículos periodísticos y en general casi toda la información que hay en libros en papel o en las redes sociales sobre Donald Trump es directamente interesada o difamatoria. Incluso en ensayos serios realizados en teoría por historiadores o pensadores de prestigio aparecen constantemente voluntarios (o involuntarios) signos de desprecio hacia su familia y hacia la persona misma de Trump. Desde el principio los Trump fueron unos tramposos, desde el principio eran empresarios sin escrúpulos expertos en tabernas que en el fondo ocultaban prostíbulos, de tal forma que no es raro que el propio Donald heredase esa forma de entender los negocios. De mi formación como historiador he aprendido a poner en duda la unanimidad de las fuentes. Cuando todas las fuentes opinan lo mismo es que no son enteramente confiables. Debe haber puntos de vista diferentes para poderse confrontar, de lo contrario no hay historia, no hay ensayo que pueda ser completamente objetivo o al menos intentarlo. En este ensayo novelado intentaré descubrir y descubriros qué hay de verdad tras la figura de Donald Trump.

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Me gusta el nepotismo. Sé que mucha gente dice: “Oh, eso del nepotismo es muy malo”. “Poner a amigos o familiares en los cargos más importantes no está bien”. Yo creo que la gente que dice ese tipo de cosas no tiene hijos o muy pocos familiares a los que aprecie. Donald Trump


EL IMPERIO AMERICANO CÓMO ENFADAR A UN GRIEGO EL JEFE


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CÓMO ENFADAR A UN GRIEGO (y vivir para contarlo)

El campesino llevaba encima ya unas cuantas cervezas; comía con los dedos y emitía unos extraños gruñidos de satisfacción mientras devoraba una torta plana cubierta de pescado. De postre, su esposa le había traído un dulce de membrillo que el tragón contemplaba con ojos ávidos sin terminar aún de engullir su torta de pescado. –Es usted muy amable por invitarme –dijo entonces el griego, que en realidad había sido invitado por Trump a una cerveza y se había invitado él mismo a todo lo demás. –La verdad es que lo he hecho porque aquí mi joven amigo –dijo Donald señalándome– necesita de su sabiduría para entender la primera lección que debo darle. El griego, que respondía al nombre de Atenodoro, abrió la boca sin duda para mostrar sorpresa o preguntar de qué demonios estaba hablando Trump. Pero una vez la tuvo abierta pensó que era mejor decisión llenarla de membrillo y esperar acontecimientos. Así que esto hizo, mientras continuaba emitiendo extraños gruñidos y se relamía. –Quiero demostrarle a este joven escritor que usted aunque se cree griego en realidad no es griego. Se hizo el silencio mientras el hombre decidía si aquellos extranjeros le estaban insultando o se estaban riendo de él, o alguna otra cosa que en su cortedad no alcanzaba a comprender. Finalmente dijo: –¿No? ¿Y entonces qué soy? Atenodoro parecía cada vez más interesado en el giro de la conversación, había dejado de comer y sus ojos se habían achicado. –Usted, aun sin saberlo, es romano. –¿Romano? Yo odio a los romanos. Yo escupo en la cara de los romanos –y como para refrendar su afirmación Atenodoro escupió en el suelo una mezcla extraña de saliva y dulce de membrillo con virutas de tortas de pescado.

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Trump se volvió en mi dirección y dijo: –Tú sabes algo de historia, ¿no es verdad, Cosnava? Estamos en Grecia, en la ciudad de Aigion en el año 140 antes de Cristo. ¿Dónde estamos realmente? –En el imperio romano –repuse, entendiendo tal vez por fin a dónde quería llegar el bueno del presidente–. Nos hallamos pocos años después de finalizar la guerra aquea y Grecia ha perdido su independencia. Ahora es una provincia del imperio romano, bueno formalmente todavía República. Es más, pensé sin decirlo en voz alta, nos hallamos en la capital de la antigua Liga Aquea, una ciudad orgullosa en el norte del Peloponeso, llena sin duda a rebosar de griegos muy cabreados precisamente con los romanos. –Os equivocáis –repuso Atenodoro–. Estamos en territorio de la Liga Aquea y nosotros dictamos nuestras propias leyes. Miré largamente a mi interlocutor. Aunque la Liga Aquea se había desmoronado, seguiría existiendo una pequeña Liga Aquea por muchos siglos aunque siempre bajo el dominio de los romanos. Nominalmente independiente, pero a todos los efectos, mapas de época incluidos, parte del imperio. –Y, sin embargo pagáis impuestos a los romanos –terció Trump en ese momento. –Sí –reconoció Atenodoro a regañadientes–. Pero de momento, un día cercano nos levantaremos y… –Y, sin embargo, consumís los productos romanos, sus grandes terratenientes hacen negocios en vuestro suelo, la literatura griega, antaño la más importante del planeta, poco a poco va cediendo terreno ante las artes romanas. –¡Eso nunca! –repuso Atenodoro, apuntando a Trump con un estilete curvo formado enteramente por dulce de membrillo endurecido. Parecía que habíamos tocado un punto sensible–. ¡Los romanos jamás sabrán hacer teatro y poesía como nosotros! Son unos haraganes engreídos. Ya pueden vencer las batallas que quieran y dominar lo que quieran porque nunca… –Y, sin embargo, lo harán –volvió interrumpirle Trump,


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demostrando que, como es de todos sabido, la educación no es su punto fuerte. Atenodoro, por toda respuesta, lanzó el contenido de su jarra de cerveza a la cara del presidente. La cosa se puso fea. Un minuto después estaban dándose manotazos. Trump se llevó un coscorrón en su tupé en forma de rata muerta y Atenodoro se clavó en el cuello su propio dulce de membrillo durante el forcejeo, lo que le dejó la garganta verde y untuosa. Dos minutos después corríamos por la montaña de Aigion (hoy en día llamada Egio) perseguidos por un griego encolerizado y dos prostitutas, mientras Trump gritaba entre carcajadas: –¡Viva el imperio romano! Yo recordaba que por aquellos parajes Hércules había acometido una de sus doce pruebas, algo relacionado con un jabalí, y ya estaba esperando encontrarme con una pareja salvaje en cualquier recodo cuando Trump repitió: –¡Viva el imperio romano! Aquello avivó la rabia y la velocidad de nuestros perseguidores, que se abalanzaron sobre nosotros como una verdadera manada de jabalíes, pero Donald, con su rata en la cabeza al viento, siguió gritando impertérrito hasta que los perdimos de vista.

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LA POLÍTICA DE TRUMP El capitalismo americano es el gran dominador del mundo actual. Aunque la crisis financiera que comenzó en 2007 tuvo su punto de origen en los Estados Unidos, fue el resto de economías las que acabaron sufriéndola reforma más intensa. Especialmente respecto a Europa, la economía estadounidense tiene una gran ventaja: se trata de un país unificado. Nadie puede afirmar con seguridad que va a ser de Europa a 15 o 20 años vista, si habrá más países que abandonen la Unión como Inglaterra y su brexit o si algunos estados acabarán quebrando como estuvo a punto de hacer Grecia. Sin embargo, EEUU es un país unido, la Reserva Federal nunca dejará tirada a California por más que tenga una deuda enorme. Eso lo saben los inversores y por ello los estadounidenses son capaces de remontar cualquier crisis mientras otros se quedan embarrancados. Si Europa fuese capaz de unirse de forma definitiva en un gran estado con poder real en Bruselas, podría hacer frente a los Estados Unidos a largo plazo, pero eso resulta impensable en la actualidad, siendo más viable el pensar que la Unión Europea acabará desapareciendo fruto de sus propias incapacidades y contradicciones. Por otro lado, la economía de los gigantes asiáticos no está mejor. En China se ha formado una burbuja inmobiliaria que no tardará en estallar, creando una crisis asiática similar a la de 2007 en el primer mundo. Aunque muchos creen que es una potencia dominante a largo plazo aún tiene mucho que demostrar. En el presente y, en eso Trump tiene razón, el jefe sigue siendo Estados Unidos. Y lo seguirá siendo bastante tiempo.

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28 EL JEFE

De alguna manera, el avieso y en el fondo cruel razonamiento del recién elegido presidente de Estados Unidos me golpeó en pleno rostro. Él era el jefe, como en el programa de televisión The Apprentice (El Aprendiz) que durante casi años había mostrado a los televidentes de EEUU un Donald Trump que decidía quién conseguía una oportunidad de trabajo en sus empresas y quién no. Trump era el jefe y los aspirantes solo aprendices cuyo destino estaba en sus manos. Y ahora el jefe eran los Estados Unidos. Estados Unidos era el jefe del mundo. Los europeos o los latinoamericanos nos creemos independientes como Atenodoro y su triste liga aquea. Pero consumimos la cultura de los yanquis. Conozco personas que no tienen ni la menor idea de geografía de Alemania o Chile o del país con el que comparte frontera, pero conocen perfectamente las calles de Nueva York por las series o las películas. Nos creemos independientes, pero consumimos sus otros productos también, su Coca-Cola, sus McDonalds... En Europa, incluso su sistema de defensa, la OTAN, que engloba a la mayoría de los países del continente en un solo el gran ejército, está liderado por los Estados Unidos y ellos aportan el 70% del dinero, hombres y material de aquellos que tienen que defenderlos. Por último, y aunque la crisis financiera comienza en Estados Unidos, ellos salen pronto de la crisis, mientras que los que se hunden realmente hasta casi el colapso son los europeos y otras muchas naciones, pero no USA. Porque así como los griegos se convirtieron poco a poco en una colonia de los romanos, los europeos y muchos otros países se han convertido en colonias de los Estados Unidos. Cultural y social sin duda, económica y militar en gran parte. Trump ha venido para recordar al mundo que él es el jefe, que los Estados Unidos son el jefe, que ya basta de poner dinero de su bolsillo para nuestra defensa, que ya basta de hacer concesiones que los americanos necesitan. ¿Por qué?


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Porque ellos son los jefes, dictan las normas y no necesitan hacer concesiones a nadie. Donald Trump es el nuevo cónsul de Roma, el nuevo emperador de Roma y él dice que Roma es lo primero Roma First. O como dice Trump: America First. América es lo primero, América antes que todo lo demás. En el fondo, Donald Trump es una persona de mensajes simples, el problema es que en su simplicidad en ocasiones encierran una gran verdad o un gran problema. No sé si somos realmente europeos, latinos, asiáticos... o una colonia americana. Pero lo terrible es que el razonamiento de que probablemente seamos nada más que eso, una colonia, no es ninguna locura. No hay nadie que pueda afirmar tajantemente que, en el futuro, cuando los historiadores hagan los mapas del imperio americano no incluyan a medio mundo en ese mapa, como hoy en día incluimos a los griegos y a la liga aquea dentro de los territorios del imperio romano, a pesar de que eran (en opinión de los griegos) independientes, como nos creemos muchos de nosotros. Porque igual somos estadounidenses sin saberlo. Y al igual que en Roma, donde por un lado estaban los ciudadanos de la propia Roma y luego los aliados o clientes con un grado mayor o menor de dependencia, en el mundo actual están los ciudadanos de primera (o ciudadanos USA) y todos los demás.

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30 LA POLÍTICA DE TRUMP

Noam Chomski en el libro de entrevistas “Trump’s America and the New World Order” explica que a su juicio uno de los grandes errores de la era Clinton fue intentar llevar la OTAN hacia el este, expandiéndola hacia la Alemania autodenominada Democrática y otros países. Y no solo por el enorme peso económico de esta acción sino porque ello enervó a los rusos que son la otra potencia dominante (los otros jefes según la visión del mundo de Trump), el otro gran imperio que, aun en decadencia, no debe subestimarse. Además, ahora las fronteras de la OTAN llegan hasta las fronteras de Rusia, algo que cualquiera con dos dedos de frente debe darse cuenta que no es bueno para nadie y puede ser el germen de una gran guerra futura. Trump no quiere problemas con Rusia; tampoco quiere tomar ninguna decisión que ponga en peligro la economía estadounidense y su recuperación económica. La moralidad no es su fuerte. Los acuerdos que hayan firmado los Estados Unidos en el pasado le traen sin cuidado, por eso ha anunciado que poco a poco se va a ir desligando de muchos de ellos. No le importa perder fuerza en la OTAN, quiere “retocar” el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Poco a poco se va a ir desligando de todo aquello que no le sirva a EEUU como empresa. Esos viejos tratados son problemas de los europeos, de los canadienses o de los mexicanos. No de los americanos. En Francia, ya hace muchos años el general de Gaulle estuvo en contra de la entrada en la Unión Europea y en la OTAN del Reino Unido, a los que consideraba poco interesados en el proyecto europeo (lo cual por cierto con el tiempo se ha demostrado). De Gaulle en algunos puntos pensaba de forma similar a Trump; su pensamiento podría llamarse Europa First, e incluso yendo más allá Francia First. Y algunas de sus ideas han sido heredadas por la extrema derecha francesa y la familia Le Pen.


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En Holanda también están surgiendo populismos de extrema derecha, y poco a poco los veremos brotar en muchos otros lugares. En el fondo, como ya se ha dicho, el razonamiento de Trump no es para nada complejo ni tampoco original. Lo que sí que es novedoso es verlo en una gran potencia y demuestra la crisis sistémica en la que vivimos. Ni siquiera Estados Unidos puede ser el garante del mundo libre porque tienen demasiados problemas en casa como para ello. El mundo libre, el primer mundo, el tercer mundo y todos los demás mundos tendrán que sacarse por sí mismos las castañas del fuego. Estados Unidos está dispuesto por obra y gracia de Trump a perder cierta influencia en la escena mundial porque la pueden recuperar fácilmente. Ellos son los jefes y nosotros sus colonias, eso no debemos olvidarlo. Ellos tienen el ejército más poderoso y pueden volver a reinar con mano de hierro cuando les venga en gana. Naturalmente, una vez en el poder, Trump ha tenido que hacer algunas cosas diferentes de las que proclamaba cuando era candidato, y ha tratado de mostrarse fuerte en temas de políticas internacional, dispuesto a atacar a ciertos países si fuera necesario. Un ejemplo sería el bombardeo de Shayrat de EUUU en represalia al ataque químico de Jan Sheijun, obra supuestamente de fuerzas gubernamentales sirias. Pero más que probablemente no son más que bravuconadas, al menos a corto plazo, porque mostrarse débil no es buen negocio. Y si una cosa odia Trump son los malos negocios.

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Me encantan los perdedores porque me hacen sentir magnĂ­ficamente satisfecho de mĂ­ mismo. Donald Trump


Las exequias de Alejandro BABILONIA AÑO 323 A.C. LA GENTE TERRIBLE


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BABILONIA AÑO 323 A.C. Abrí los ojos y estaba de vuelta en la habitación de mi piso en Oviedo. Vi que en la cuna el bebé se movía, a punto de despertarse, y alargué la mano aún somnoliento para colocar un chupete en su boquita. El bebé se calmó. Mi mujer seguía roncando. Yo suspiré y cerré de nuevo los ojos, sin saber que estaba punto de realizar uno de los más aleccionadores viajes que emprendería junto a Donald Trump. Volví a estirar la mano para rozar las mejillas de mi bebé, pero en su lugar me encontré el tupé en forma de rata muerta que coronaba la cabeza de Donald. Sonreía de oreja a oreja. Nos hallábamos en una de las ochos puerta ciclópeas que daban entrada a una ciudad, la más grande la antigüedad, con más de 85 kilómetros de diámetro y un cuarto de millón de habitantes. Miré la puerta frente a mí y reconocí el tono azul del lapislázuli y las figuras de dragones, leones y mil seres de la mitología sumeria. Aquella era la famosa puerta de Ishtar. Así pues, estábamos en Babilonia. Pero no pude recrearme en la excelsa obra de arte que contemplaba. Al fondo, por la avenida, vi corriendo de derecha a izquierda, como pollos sin cabeza, a centenares de personas que gritaban algo incomprensible, o más bien algo que al principio fui incapaz de entender. ¡Alejandro ha muerto! ¡El gran Alejandro ha fallecido! ¡Dioses! Aparte del lugar, ahora sabía el año, el 323 a.C., y el preciso momento en que falleció Alejandro Magno luego de diez años de campaña y de combatir en Asia Menor, Persia, Asia Central y la India. –Te aconsejo correr –dijo en ese momento el presidente, comenzando a brincar con sus piernas patizambas en dirección contraria a la plaza. Me volví. En efecto, una turba corría en nuestra dirección dispuesta a aplastarnos. Así que obedecí al presidente y le seguí por un sinfín de callejuelas, viendo en la lejanía los Jardines Colgantes y el templo de Marduk, deseando tener un poco de tiempo para visitar aquellas maravillas olvidadas por el tiempo.

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Pero no fue posible y, huyendo de los disturbios, llegamos a un establecimiento que hacía esquina y al que coronaba un curioso letrero en llamativas letras escarlata: “Carros y coches de mano Atenodor el babilonio”. No me fue difícil comprender que nos hallábamos ante el ascendiente de aquel casi con el mismo nombre que había tenido la desgracia de conocer en la antigua Grecia unos 500 años después de la fecha en la que ahora lidiábamos por sobrevivir. Trump me guiñó un ojo y llamó a la puerta del establecimiento, que el dueño había atrancado con mil candados ante el peligro de los saqueadores. –¿Quién es? –dijo alguien al otro lado. Reconocí la voz gangosa y medio borracha de Atenodoro o Atenodor, o como fuese. Los genes son una cosa terrible, el que uno herede cosas semejantes a lo largo de los siglos me puso la carne de gallina al pensar en mi propio hijo. –Soy tu primo Donald –dijo Trump resueltamente. Se abrió una larga mirilla de la puerta y detrás de tres barrotes verticales vi a un Atenodoro más viejo y más calvo que la vez anterior, pero indudablemente emparentado con el gañán que recordaba persiguiéndome por las montañas de Aigion. –No te conozco. Tú no eres mi primo –dijo Atenodor–. Además, ¿qué clase de nombre es Donald? ¿Qué padre pondría tal epíteto a su vástago habiendo nombres tan bonitos como Nebucadrezar, Mardoqueo, Nirgursag o Utnapishtim? Trump suspiró y sacando de entre sus calzones una bolsa bien colmada de monedas se la entregó a Atenodoro a través de la mirilla, que no hizo caso del hedor y la abrió ávidamente. –Y sin embargo soy tu primo Donald. ¿Lo recuerdas ahora? La puerta se abrió con estrépito de metales que silbaban y se descorrían a toda velocidad. –¡Queridísimo primo Donald! –dijo Atenodor abrazando con verdadera devoción y amor fraterno a su pariente recobrado–. Por los dioses, dilecto primo, no te quedes ahí, que son momentos de gran peligro. El gran conquistador acaba de morir. Pasa, pasa con tu amigo a mi humilde morada.


LA POLÍTICA DE TRUMP Un aspecto poco comentado de todo lo relacionado con Donald Trump es la moralidad. Más allá de que realmente al final vaya a conseguir los objetivos que pretende y que Estados Unidos tenga una gran recuperación económica… Más allá de todo eso… Es más, digamos que por ejemplo realmente lo consigue y Estados Unidos comienza una nueva edad de oro. Aunque ello sucediese hay que preguntarse cómo llegó a estar en disposición de realizar ese milagro, cómo llegó al poder. Los valores morales de Donald Trump son escasos, eso si realmente tiene alguno. Demuestra un amor desaforado por el dinero y está convencido de que todo el mundo puede ser comprado, como Atenodoro. Por más que probablemente en muchas ocasiones esté en lo cierto, los políticos suelen al menos aparentar poseer unos ciertos valores: ya decía César hace dos mil años que la mujer del César no solo tiene que ser virtuosa sino parecerlo. Todo lo relacionado con un candidato debe ser intachable. Pero ese tiempo ya pasó. Donald Trump no pretende ser virtuoso ni parecerlo. El hecho de que los electores se hayan inclinado por una persona sin aparentes valores morales es uno de los aspectos más preocupantes de todo este asunto. Porque ya digo que puede ser o no finalmente un gran político, puede conseguir grandes objetivos como estadista, pero ha llegado un punto y también sucede en mi país, España, y supongo que en Latinoamérica y en medio mundo… Ha llegado un punto, decía, que la gente es capaz de votar a cualquiera aunque sea una persona que no tenga ningún problema en mostrar una falta absoluta de valores. Creo que probablemente sea el peor legado que nos ha dejado la crisis. Los ciudadanos han perdido una parte de la moralidad que antes atesorábamos. Cualquiera puede llegar a presidente si grita lo bastante fuerte y se muestra lo bastante airado. Es un mal presagio para los tiempos que se avecinan el que no queramos en el poder a gente mejor que nosotros; gente, como antes decía, intachable. Parece que ciudadano medio ya no tuviese sueños ni ideales y que, habiendo perdido él mismo esos valores, no se los exigiese tampoco a los políticos a los que vota.


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LA GENTE TERRIBLE Poco después, sentados delante de un brasero, degustábamos un vino de dátiles con sésamo, mientras al otro lado de la puerta se escuchaban chillidos, lamentos de plañideras y otras mujeres, y sonidos de carreras y golpes que duraron toda la noche. Nuestro Atenodor era soltero y, a juzgar por su aspecto desaliñado, su barba mal afeitada y su olor corporal, no tenía mucho interés en dejar de serlo. –¿Cómo sabías que Atenodor no se iba a quedar con el dinero y nos iba a cerrar la puerta en las narices? –le pregunté a Trump una de las veces que Atenodoro fue a su bodega a por más vino. –Porque ese hombre es un emprendedor. Un empresario. Quizá no quiera aparentar que posee ese código ético impoluto de la gente que siempre obra dentro de lo políticamente correcto, pero es un hombre de palabra. Si coge tu dinero, hará el servicio por el que lo pagaste; en este caso, creer a pie juntillas que somos familia y darnos cobijo en esta noche aciaga. Donald aprovechó la coyuntura para explicarme que Atenodor le recordaba a su padre Frederick Trump Jr., más conocido como Frederick Christ Trump o sencillamente Fred Trump II, que a la muerte del abuelo Friedrich fundó una empresa de cocheras. Precisamente como aquella de Atenodoro. Y lo hizo con su madre, Elisabeth Trump, e hijo. –Fred, mi padre, era un hombre excelente. Luego de la empresa de cocheras construyó viviendas en Queens durante décadas. Además, fue él quien inventó los supermercados autoservicio: la idea de reducir costes y personal colocando la mercancía sobre palés y que la gente encuentre el artículo que quiere sin necesidad de un estúpido empleado que le haga perder el tiempo. Luego construyó apartamentos en Brooklyn y siguió siendo un hombre de éxito, un hombre de palabra y confiable que tuvo la misma secretaría durante 60 años. Era, como Atenodor, alguien con un sentido del honor empresarial. Es decir, honorable a su manera y con sus propias normas, pensé para mis adentros.

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Mientras, nuestro anfitrión regresó y siguió departiendo con su primo de temas banales. En un momento dado se quedó dormido y Trump, siempre interesado en contarme cosas de su familia, aprovechó la coyuntura para explicarme que Fred Trump II tuvo cinco hijos: Fred tercero, Donald, Robert, Elizabeth y Marianne, a los que intentó enseñar el negocio desde niños, llevándoles a los locales que regentaba, a los supermercados que dirigía o a los edificios en construcción. Allí les hacía barrer o aprender las tareas más básicas con el personal de calle. Pero Fred III fue una desilusión para todos porque no se interesó en el negocio familiar y decidió ser piloto. Así que todo quedó en manos del nuevo primogénito: Donald Trump. –Pero bueno, no hemos venido aquí para hablar de mi familia –dijo entonces el presidente, levantándose de su silla y dirigiéndose la puerta. Miró por la mirilla largo rato hasta que decidió que los ánimos se habían calmado en la gran Babilonia. Me hizo una señal y salimos a la calle. Atenodor dormía la borrachera y ni siquiera se apercibió de nuestra marcha. Mientras caminábamos atravesando una miríada de calles octogonales en dirección al palacio de Nabucodonosor, donde a aquellas horas los generales de Alejandro debían estar velando su cadáver, el presidente Trump prosiguió su clase magistral, pero esta vez una clase muy distinta. –Allí arriba –dijo señalando la bóveda que cubría el palacio, cubierto de teselas de cerámica vidriada– acaba de morir Alejandro Magno, posiblemente asesinado por esos generales que lloran a sus pies. –O por la malaria, o por el tifus, o por un mosquito –opiné, pues era uno de los grandes misterios de la historia. –Sí, hay muchas opciones –dijo Trump encogiéndose de hombros–, pero tienes que pensar como un empresario. Esos generales llevaban años batallando por un muchacho genial que tenía la intención de seguir batallando año tras


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año y década tras década hasta su muerte, que se presumía lejana, pues solo contaba 33 años. La genialidad y las ansias de expansión del muchacho no tenían fin. La guerra eterna no es un negocio. Conquistar y hacerte más rico a costa de los territorios conquistados sí es un negocio. Hacer una guerra tras otra que acabe empobreciéndote, enfadando a tus soldados y provocando malestar en tu pueblo y los pueblos que invades, eso no es un negocio y no sirve para nada. Me pregunté si estaba hablando del Estado Islámico, del que siempre ha dicho que podría derrotar fácilmente gracias a un plan secreto que aún no ha dado a conocer, pero me equivocaba. Trump volvió a señalar hacia el palacio donde yacía el cuerpo sin vida de Alejandro. Ambos contemplamos los reflejos iridiscentes de aquella magna obra de arte. Entonces dijo: –Ese hombre, por intereses de los poderosos, va a ser recordado como un santo. Seguramente podría ser recordado también como un tirano, por haber asesinado a parte de su familia y a cualquiera que pudiese entorpecer su ascenso al poder al poco de subir al trono cuando llegó al poder. Por haber atacado un país, Persia, que no ha hecho nada contra los griegos en décadas y nunca nada contra los macedonios como Alejandro. Por hacer lo propio con la India que jamás había hecho nada tampoco contra los macedonios; probablemente su rey Poros ni siquiera sabía qué demonios era un macedonio hasta que los combatió en Hidaspes. O por haber asesinado en un arrebato a Clito, uno de sus lugartenientes y quien le había salvado la vida en Granico años atrás. Trump no prosiguió su enumeración porque estaba claro a dónde quería llegar. –Así que nos encontramos –añadió– ante un hombre que era posiblemente un tirano, un asesino, un agresor de otros países y entre otros muchos vicios... pero que la historia recuerda como uno de los grandes hombres porque aquellos que tenían poder para escribir sobre él decidieron ensalzar su figura convirtiéndola en un ideal más que en una persona real.

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Carraspeé y repuse: –De la misma forma, supongo que me quieres decir que a ti los medios de comunicación, los periódicos, las televisiones, han decidido mostrar una imagen negativa. Han tratado de denostarte, justo lo contrario que hicieron con Alejandro. Trump asintió. El presidente había afirmado en más de una ocasión que la imagen oficial de los actores de Hollywood era contraria a Trump, pero que en privado muchos se dirigían a él para decirle que le habían votado y que le apoyaban pero que no podían reconocerlo en público. La campaña de los medios de comunicación contra Trump era tan poderosa que un personaje público rara vez se atrevía a reconocer que estaba de acuerdo con sus ideas. Independientemente de quién fuera Trump, incluso si fuera el hombre más malvado de la historia de la humanidad, era un hecho indudable que había muchos medios de comunicación en su contra. Y que habían fracasado estrepitosamente, porque había ganado las elecciones de todas formas. Aunque muchos ciudadanos tenía la visión de Trump que lanzaban esos medios, sin razonarla y sin contrastar información alguna. –Hay quien se cree cualquier mentira si se la explica la televisión. Por suerte, no todo el mundo se deja engañar –dijo Trump. Y entonces, parafraseándose a sí mismo y diciendo una de sus frases más famosas con voz importada, musitó: “Los periodistas son unos mentirosos. Son gente terrible. Son gente terrible. Terrible”. Y mientras repetía este mantra, con la visión de la cúpula del palacio refulgiendo en una miríada de colores y esfumándose delante de mis ojos, regresé a mi habitación, con mi mujer roncando apaciblemente y mi bebé moviendo sus bracitos arriba y abajo en sueños. Mioclonos, dicen los médicos que se llaman, espasmos involuntarios de los recién nacidos durante el sueño. Cogí al pequeño en mis brazos y besé su frentecita: –¿Realmente los periodistas son la gente terrible que


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asegura Trump? –pregunté a mi bebé–. ¿Realmente la imagen que tenemos de Trump es solo una imagen deformada por los medios de comunicación o hay un fondo de verdad? Mi hijo movió de nuevo sus brazos en sueños y no supe si lo hacía en señal la afirmación o de negación. Probablemente en ambas porque respecto a Donald Trump hay pocas verdades absolutas. Y la única cosa terrible de esta historia es esa rata que lleva siempre en la cabeza. ¿Sabíais que está muy satisfecho de su pelo y que alude a su magnífica cabellera en muchos de sus discursos? Absolutamente verídico. Lo que demuestra que Trump, es evidente, sí tiene una visión deformada de ciertas cosas, empezando por su físico.

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Trump es un experto en rumores. Alguien siempre le ha dicho algo en secreto, como el asunto de la gente de Hollywood que le apoya sin poder reconocerlo; también afirma que muchos que le criticaban, ahora que es presidente le han llamado a la Casa Blanca diciéndole que se excedieron, que no querían decir lo que decían o que sus palabras habían sido malinterpretadas. Esto tiene visos de ser cierto porque nadie quiere enemistarse con el presidente de los Estados Unidos. Ahora que está en el poder poco a poco las aguas están volviendo su cauce y todos, incluso los periodistas, van reconociendo su poder, que no es sin embargo absoluto ni mucho menos, como ha demostrado el fracaso de su intento de reforma sanitaria. Sobre el tema de las guerras su opinión es bastante cambiante, incluso fiel a esa visión de diletante que muchas veces uno puede extrapolar de sus discursos. En muchas ocasiones ha dicho que es la persona más militarista del planeta y que va construir un ejército tan poderoso que nadie querrá enfrentarse a él. Por otro lado, criticó que Bush atacase Irak con la excusa de las armas de destrucción masiva, que todo el mundo, incluido el presidente, el primer ministro inglés Major y el presidente Aznar, sabía que no existían (a pesar de la infame foto de las Azores). En el show de Larry King en 2007 dijo que Saddam Hussein era una fuerza de estabilidad en Irak y que él habría matado a los terroristas que luego atacaron el World Trade Center antes de cometer aquel sanguinario atentado. Y añadió que Irak es ahora un santuario para los terroristas del Estado islámico gracias a los errores cometidos por Bush. Sin embargo, en otras ocasiones ha dejado entrever (como antes he adelantado) que sería capaz de derrotar al Estado Islámico de forma rápida; pero nunca ha dejado bien claro cómo, a pesar de que afirma que tiene una idea genial que lo cambiará todo. Entonces, ¿es militarista o antimilitarista? Como siempre con Trump, es difícil saberlo. Dependerá de lo que le interese en cada momento.


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El presidente no tiene pelos en la lengua pero también es un experto en no decir nada muy claramente, en prometer firmemente que hará algo increíble y magnífico sin dejar bien claro qué va a hacer. Pero es que los americanos, en el fondo como todos los ciudadanos, quieren oír a alguien que dice que va hacer cosas magníficas por su pueblo. En realidad, muchos no tienen claro qué desean ni qué cosas magníficas son esas, y se aburrirían mucho si se las explicasen de forma detallada. El presidente tiene muy bien ensayado su discurso y tal vez por eso ganó las elecciones, porque conocía a su electorado mucho mejor que Hillary Clinton. El electorado que votó a Trump no son solo paletos de la América profunda como nos hacen creer los medios de comunicación, esa gente terrible que tanto odia el presidente. La globalización ha creado grandes desigualdades, especialmente en un país tan desigual como los USA, que ya de forma natural tiene amplias bolsas de población que viven en o al borde de la pobreza. La crisis ha creado un nuevo tipo de ciudadanos, superado por las deudas que ha contraído, superado y cabreado con los políticos. El neoliberalismo ha enriquecido a muchos y empobrecido a muchos más, las distancias se han hecho insalvables y una parte de la población, cada vez mayor, necesita alguien a quien echar la culpa aparte de los políticos: a los inmigrantes, a los asiáticos que irrumpen en el mercado, a quien sea. Curiosamente, los políticos tienen poco contacto con ese ciudadano del siglo XXI, ese ciudadano frustrado y cabreado. Gente como Hillary Clinton no sabe conectar con ese nuevo votante. Pero los empresarios han desarrollado por interés una cierta conciencia de clase. Saben que un trabajador contento es más productivo y se sienten más inclinados a ser comprensivos ante las desigualdades porque, a medio plazo, no les interesan. Obama no ha hecho nada para frenar esas desigualdades y al final para muchos votantes ha acabado pareciendo un títere más del sistema, como los Clinton o como tantos otros.

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Trump parece un hombre nuevo, otro tipo de hombre nuevo, acaso radicalmente al que parecía ser Obama hace años. Pero el caso es que ofrece al electorado un nuevo tiempo de cambio. Trump lo llama “un cambio de verdad” en oposición al de Obama, que tilda de operación de marketing y palabras vacías. Sea como fuere, aunque Trump sea otro fraude del populismo, el caso es que se ha sabido vender bien ante ese electorado frustrado que quería otra cosa, un cambio diferente del cambio de Obama que apenas cambió nada. Y al final, vender bien un producto es más importante que el producto en sí. Trump parece una cáscara vacía, pero ha sabido vender el envoltorio de forma magistral.


Tengo la reputaciรณn de ser un tipo muy duro. Es una reputaciรณn justificada. Donald Trump


LA GRAN MURALLA CHINA. DINASTÍA MING. AÑO 1450 MUEREN LOS HOMBRES, SE SALVAN LAS VACAS


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De una forma amena, divertida y en ocasiones hilarante, descubrirás qué se oculta realmente tras la figura más controvertida del momento. De...