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APOCALIPSIS ISLAND MÉXICO © 2017 T. Dolmen Editorial sobre la presente edición © de la obra Antonio Malpica ISBN: 978-84-16961-20-7 C/Oms 53, 3º 07003 Palma info@dolmeneditorial.com Autor: Antonio Malpica Corrección: Pilar Lillo Maquetación interior: Laura Ruiz Dibujo y diseño de portada: Alejandro Colucci Dirección: Darío Arca Ninguna parte de este libro podrá ser reproducida ni distribuida por sistema electrónico o mecánico alguno sin previa autorización escrita de su propietario o del editor, salvo para uso informativo. Todos los personajes y sucesos en esta publicación, más allá de los que son claramente de dominio público, son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Precio en Canarias, Ceuta y Melilla incluye gastos de transporte.


Para mis hijos, a quienes entusiasmaba mucho la idea de que estuviera escribiendo una novela de zombis. Y para su mamá, que no tanto. Ustedes tres serían la mejor compañía en cualquier apocalipsis.


ÍNDICE DE LECTURA DE LA SAGA Apocalipsis Island: orígenes Apocalipsis Island Apocalipsis Island: el centro comercial Apocalipsis Island: nuevos orígenes Apocalipsis Island: misión África Apocalipsis Island: guerra total Z Apocalipsis Island: batalla final


I

El profesor abrió los ojos y lo primero que pensó fue que, para ser el cielo, olía bastante mal. Y para ser el infierno, estaba demasiado iluminado. Identificó una grieta y siguió su camino a lo largo de un techo gris mugre que se extendía más allá de su campo de visión. Distinguió entonces una lámpara que colgaba del techo. Quiso girar la cabeza y no lo consiguió. Era como si pesara cientos de toneladas. “El infierno –se decidió entonces–. Aunque un infierno con muy poca clase”. Nada que ver con los dibujos de Doré o las sensacionalistas lluvias de fuego de aquellas lejanas lecciones de catecismo de su infancia. Intentó emitir un sonido y lo mismo, empujar la voz fue como pelear con un pedazo de tela endurecido en el interior de su garganta. Tragó una saliva inexistente y le dolió como si jamás hubiese tragado nada antes en su vida. “Jamás. Nada. Antes. En mi vida”. Pensó. Y se sorprendió con esta mínima concatenación de palabras. Porque sabía que estaba vivo. Y no sabía si valía la pena regocijarse en ello. Procuró calmarse y abarcar un poco más con la vista. La lámpara caída, el techo, la grieta, la cama. La cama. “¿En qué cama estoy postrado?”, pensó. Identificó una bolsa transparente, seca de medicamento, sostenida de un soporte metálico a su lado, la gotita muerta, la manguerita vencida, colgando exánime. El fuerte olor a mierda y a insecticida. 9


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Hizo el amago de incorporarse y todos sus huesos crujieron, sus músculos despertaron, la cama rechinó. “Carajo”, pensó. Ese movimiento fue el que le permitió darse cuenta de que estaba desnudo. Le maravilló sentir sobre la piel de la espalda y los glúteos la dura superficie del colchón. Luego, el tacto de un tubo que salía directamente de su estómago. Comprendió que aquello que olía tan mal era él mismo. Él y todo lo que había expulsado su cuerpo. “Al carajo”, insistió mentalmente. E hizo un esfuerzo mayúsculo para torcer el cuello y abarcar más con la vista. Hundió la cara un poco más en la almohada pero apenas consiguió mirar hacia un costado con el ojo que sobresalía de la tela del cojín. Advirtió entonces que estaba en un hospital. A su lado, una hilera de camas vacías, empujadas todas contra la pared. Más allá, el mostrador de informes de ese piso del hospital, los letreros que indicaban los números de camas y habitaciones, las recomendaciones para dar la batalla a la diabetes y la obesidad. A través de la puerta arrancada de sus goznes, las escaleras hacia el piso superior y hacia el inferior. Las paredes cacarizas de mosaicos. La luz del sol entrando oblicua al abandonado piso. Ni un solo ruido, aunque las ventanas rotas dejaban pasar un tenue vientecito que, por momentos, confería a las esquinas de los despegados carteles un mínimo aleteo. “¿Qué chingados pasó?”, se dijo ahora, un poco más honestamente. Unas lejanas campanadas de iglesia embadurnaron el silencio con un toque de engañosa cotidianidad. Advirtió que el piso era víctima del desorden. Y que había sangre aquí y allá. En el suelo, en las paredes. Sangre seca, pero sangre al fin. Un par de moscas revoloteaban sobre su cabeza. Resopló y forzó a la memoria. Pensó en algunos nombres, datos, asideros mentales. “Instituto Independencia”. Es donde doy clases a puros delincuentes. “Mario Landa”. Es el cabrón de mi jefe. “Rogelio Andrade”. Es el cabrón de mi mejor amigo. “Diecinueve de 10


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octubre”. Es mi cumpleaños. “Chihuahua número once”. Es el edificio donde vivo. “Once mil quinientos veintitrés pesos”. Es la lana que le debo al fisco. “Cincuenta y cuatro mil pesos más intereses”. Es la lana que le debo a mi hermano en Torreón. “969 WGH”. Son las placas de mi carcacha, un Tsuru que hay que encender a patadas. Y luego, como si lo hubiera estado evitando deliberadamente: “Carolina Escudero Hernández”. Es mi esposa. “Gustavo Tapia Cortés”. Soy yo. Volvió a intentar emitir un sonido y ahora consiguió gemir. “Algo es algo”, pensó, pues seguramente tendría que intentar pararse en algún momento. Ir al baño. Conseguir agua. Lo que fuese. “¿Cuánto tiempo llevaré postrado?”. Regresó la cabeza a su posición original, mirando hacia arriba. Consiguió aclararse la garganta carraspeando, fue como meter una mano bajo su piel y rasguñarse el pecho. Apretó los ojos de dolor. “Recarajo”. “Luis Rebolledo Orta”. Apareció súbitamente el nombre. Lo repitió. “Luis Rebolledo Orta”. Es mi alumno. Algunas piezas empezaron a embonar. Luis Rebolledo. Estábamos a media clase de matemáticas. Un eje cartesiano en el pizarrón. La explicación de una fórmula. Y entonces... Los gritos. Principalmente, los gritos. Ocupábamos el 202 B. Y traté de que se serenaran. ¿Pero cómo si Luis Rebolledo Orta ya tenía sujetada de los pelos a Marina León? ¿Cómo si ya la mordía en el cuello? Cualquier otro profesor habría hecho lo mismo que yo. “Salgan en orden. Vamos a clausurar el salón”. Los gritos, principalmente. Ya había habido brotes. Pero en la ciudad apenas empezaba. Y tal vez Luis Rebolledo y Marina León fuesen casos aislados. Intenté cerrar el salón, los chicos llorando y corriendo y entonces el golpe de la puerta. Nunca fue bueno en la escuela, el cabrón de Luis Rebolledo. Ni siquiera en deportes. Un poco 11


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gordito, incluso. ¡Pero qué manera de empujar la puerta! Atrás de mí, solo el barandal. Y entonces... Entonces nada. El profesor tiró de la línea de sus recuerdos para darse cuenta de que, en efecto, no había nada. Nada más. Cayó del segundo piso y lo siguiente fue despertar ahí oliendo a mierda. “Tal vez en tres días la ciudad ya se llenó de zombis –pensó–. Y por eso aquí no hay nadie. Nada. Y por eso no se escucha ni un jodido ruidito”. Hizo un esfuerzo sobrehumano y consiguió levantar la mano derecha. Estirar los dedos, con uñas sumamente largas. Encogerlos. Una mosca caminando sobre el índice, a sus anchas. Se llevó la mano a la cabeza y, presa de temblores, se palpó la nuca. Los largos cabellos. Advirtió que no le dolía nada en esta, a pesar de que recordaba haber caído de espaldas hacia el patio; el dolor y luego, pum, la nada. La nada. “Un milagro –pensó–. Seguro alguna contusión, nada de cuidado, apenas un desmayo”. Y el eco de un objeto metálico cayendo, en algún lugar del hospital. Pero no en sus recuerdos. Aquí. Ahora. “Tengo que incorporarme”. Más ruidos en la distancia y más esfuerzos sobrehumanos para levantar el cuello, apoyar los codos, separar la cabeza de la almohada. Sintió por primera vez el catéter insertado en el pene. Tuvo que regresar el cuerpo a la cama, completamente fatigado. La manguera que desembocaba en el interior de su estómago le causó un poco de daño. Reparó en su mano por primera vez, en la delgadez de esta. La increíble ausencia de tono muscular. “¿Querías que bajara de peso, pinche Carolina? Pues ahí está”. Pero luego pensó que nadie baja tanto de peso en tres días. El golpe de una puerta contra la pared, el picaporte contra el ladrillo. Y ahora, pasos. Pasos en las escaleras. No era su imaginación. Pasos, efectivamente. Acercándose. O alejándose. Pasos. Alguien. 12


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–¡Eeehh! –dijo con un gruñido. Pensó por primera vez que seguramente conseguiría vivir. Vivir, extraña palabrita. Con todo lo que implicaba. Caminar, ver el sol, tomarse una cerveza. Vivir. Esa otra persona le ayudaría a levantarse, le ayudaría a beber un poco de agua, tal vez le convidaría de su alimento, le ayudaría a volver a su casa, a sus cosas. Vivir. “Me merezco –eso sí– unas vacaciones. Pinche Landa, nadie se cae cinco metros de nalgas y vuelve al trabajo como si nada. Además, me empujó uno de los alumnos, eso debe contar”... –¡Eeeeh! ¡Aaaáááh! –quiso decir “acá” pero esa mínima consonante le cortó el cuello como una cuchilla y tuvo que conformarse con puras letras A. En todo caso, sabía que el sonido había viajado hasta los oídos de aquella otra persona en el recinto. De pronto poder mojar la lengua en un poco de agua se volvió una meta posible, la felicidad más pura. Agradeció en silencio que los pasos ahora se aproximaran. Giró el cuello. A través del marco de la vencida puerta del piso apareció. Una enfermera. Sí. De eso no cabía duda. Pero no era, en absoluto, el tipo de enfermera que te toma el pulso, te mide la temperatura, ajusta el volumen a la tele y te acomoda el almohadón. No señor. Esta había perdido toda vocación de servicio desde hacía mucho tiempo, eso estaba clarísimo. De mirada enloquecida, el blanco uniforme hecho girones y sucio de sangre, los cabellos vueltos un negro matorral, descalza y emitiendo gruñidos, era lo último que cualquier postrado en una cama de hospital desea ver cuando se siente deseoso de pronta recuperación. Y mucho menos si el convaleciente ha descubierto minutos antes que no puede mover ni el meñique sin sentir como si estuviera tratando de levantar un piano. Los ojos del monstruo se encontraron con los del profesor. Un grito de satisfacción colmó su garganta (la del monstruo, se entiende.) Y fue inmediatamente hacia él. –¡Nooooo! –gritó el Profesor; una clara exclamación que no necesitó de ninguna ayuda para ser expulsada. 13


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Por la mente del profesor pasó aquella vez que estuvo internado por apendicitis y la enfermera de turno no dejaba de palparle el vientre para monitorear el dolor. Cada vez que ella presionaba, él sentía que por su mente pasaba una sola descripción: “Demonio infecto del averno”. Pero incluso aquella frase le quedaba corta a aquello que se aproximaba en ese momento hacia él. El zombi no apartaba la vista de su víctima, seguro de que en breve se daría un banquete de lo más apetitoso. El profesor, mientras tanto, echaba mano de todas sus fuerzas para levantarse, echar a correr, ponerse a salvo. Pero lo único que consiguió fue arrancarse la manguera del estómago, girar y alcanzar malamente la orilla opuesta de la cama. Se sujetó del barandal pero lo venció su cuerpo, que regresó a la posición original de rebote. El zombi ya estaba a menos de cinco metros de él. El profesor pensó que era la manera más patética de morir después de haber sobrevivido a un clavado de cabeza al asfalto sin red de protección. –¡Auxilio! Cualquiera que se ve en una situación de peligro como esa recupera el habla milagrosamente. –¡Auxilio, alguien! Levantó sus dos manos y las opuso en dirección al monstruo que ya se acercaba, a su paso cansino de zombi. Ambas palmas de las manos en dirección hacia la enfermera que, seguramente, al alcanzarlas, las mordisquearía entusiastamente, comenzando por los dedos. Ya estaba a un paso del barandal de la cama cuando se escuchó una detonación. Y el profesor advirtió que el rostro de la enfermera se tornaba instantáneamente en una boca abierta, una flor negra de huesos, sangre, cartílago... él mismo recibió en la cara parte de la pulpa que salió expulsada del cráneo hecho pedazos. –Te tengo –dijo una voz a las espaldas del zombi que, sin embargo, no dejaba de avanzar, aún presa de su frenesí. Las manos del zombi, ahora carente de rostro, alcanzaron las ropas del profesor. Pero entonces ocurrió otra detonación y, ahora sí, el no muerto quedó completamente sin cabeza. Se venció sobre sus rodillas y siguió tratando de palpar lo 14


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impalpable, aunque ahora tirado en el suelo y presa de los últimos estertores de vida. O eso tan parecido a la vida. –Odio que no se mueran de inmediato –dijo la voz. El profesor pudo utilizar ambas manos para limpiarse el rostro. Se despegó de la frente un pedazo de cráneo y un poco de esa sangre viscosa que corre por las rígidas venas de los zombis, tan parecida a la salsa de chipotle rancia. –Esto hay que celebrarlo –dijo la voz, a la que siguió el sonido de un motorcito. El profesor entonces distinguió a un hombre mayor, con anteojos y cabello cano, sobre una silla de ruedas, sosteniendo una escopeta aún humeante entre las manos. Avanzaba hacia él con la sonrisa en los labios. Le ayudaba a moverse un ronroneante motor instalado en la silla de ruedas. –Dos buenas noticias. –Sacó de un bolsillo interior de la gabardina que portaba una botella de whisky, a la que dio un apurado trago–. La primera: al fin pude cazar a esta bruja desgraciada que nunca dejó de rondar el hospital. Y la segunda... –hizo una pausa melodramática y extendió la botella hacia el profesor– usted ha despertado. El interpelado apenas pudo hacer un mínimo movimiento con el brazo sin conseguir alcanzar nada. –Era de esperar –dijo el minusválido– que, con el tiempo que lleva postrado, no pudiera levantarse. Pulsó la palanca de su silla de ruedas para conseguir acercarse lo más posible a él. El cuerpo del zombi crujió bajo el armatoste sobre el que se desplazaba el recién llegado. El viejo le puso al profesor, sobre los labios, la boca de la botella. El profesor sintió el ambarino líquido quemándole las papilas, pero aun así se sintió agradecido. Y, hasta cierto punto, afortunado. –Por cierto, soy Roque Mancilla –se presentó el viejo, dando un par de palmaditas al antebrazo del profesor–. Y si quiere mi opinión, qué bueno que al fin despertó porque esto ya se estaba volviendo un muladar imposible. Al principio tuvimos bastantes escrúpulos, usted me entiende. Pero de un tiempo para acá, ya nos dábamos por satisfechos con que no se muriera. –¿C-c-cómo? 15


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Roque dio otro trago al whisky y, al fin, le volvió a enroscar la tapa para devolverlo a su gabardina. –Todas sus secreciones, querido profe. Llevamos meses dejándolo marinarse en su propio jugo. A las moscas las mantenemos a raya como podemos –tomó un atomizador cercano y lo hizo escupir ráfagas de insecticida sobre el cuerpo del maestro, los insectos huyeron momentáneamente–. Pero la verdad es que, de unos meses para acá, verlo respirar era lo importante. Usted disculpará. Alimentarlo no era problema. Introducía las papillas por el acceso directo que le hicieron a la panza. Pero el resto... Ahora el viejo sacó una cajetilla de cigarros y, de esta, un pitillo, mismo que prendió con un encendedor que también extrajo de su gabardina. Con gran deleite expulsó el humo. –En fin. No se puede pedir demasiado a un hombre como yo, ¿cierto? Antes diga que no lo devoró ninguna de estas alimañas. Tengo el cuarto de al lado lleno de bonitos cadáveres. Lo contempló por algunos segundos, disfrutando su cigarro. El profesor se esmeró por doblar una rodilla. Hasta ese momento sintió la porquería en la que se encontraba depositado. –Me urge un baño –dijo con toda claridad y convicción. –Y que lo diga. Pero no se preocupe. Después de tanto tiempo, tiene derecho a unas cuantas horas de reflexión. –¿“Tanto tiempo”? ¿Pues cuántos días han pasado? Roque Mancilla aprovechó para volver a tomar el arma, doblar el cañón e incrustarle dos nuevos proyectiles. En un santiamén lo regresó a su forma, se asomó por la mira y lo recargó en su silla. –No tiene ni idea, ¿verdad? –No. –Según Malasangre, lleva usted un año y medio, días más, días menos, en esa lamentable condición.

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II

Malasangre se enfundó el reluciente casco negro ya que estaba encima de su motocicleta. De una patada consiguió que el motor rugiera y, después de dos buenos acelerones, activó la puerta de la cochera. La cortina metálica comenzó a ascender y Malasangre la observó con paciencia mientras palpaba la pistola que llevaba en una funda sobre el cinturón, apenas por debajo de su chamarra negra con una calavera en la espalda. No sería la primera vez que el ruido de la cortina atrajera a algún no muerto, y dejarlo entrar sería lo primero que habría que evitar. La cortina se levantó por completo y, ante la ausencia de hordas cadavéricas que se quisieran colar en el edificio, la moto volvió a rugir y atravesó la puerta en un santiamén. El mecanismo estaba intervenido de tal forma que, en cuanto la puerta abría, dos segundos después reiniciaba su movimiento para volver a cerrarse. Era una medida de seguridad necesaria. Pero dos segundos le bastaban siempre a Malasangre para abandonar el edificio, el mismo que había equipado para realizar una defensa digna del Armagedón, de ser necesaria. Tras la puerta que acababa de cruzar, había rifles de repetición apuntando hacia la calle, todos a la espera de ser accionados en caso de un motín zombi o cosa similar. Ninguna medida le parecía menor a Malasangre, y esa era una de tantas. Finalmente, contaba con un arsenal completito a su disposición. 17


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Se detuvo sobre la calle. Miró en ambas direcciones. El panorama usual: algunos fiambres acabándose de pudrir, autos desvencijados durmiendo el sueño del abandono, basura, un poco de viento, cielo despejado. Ningún zombi a la vista. Hizo que el escape de la moto gruñera como una bestia malhumorada. Pensaba peinar la zona del otro lado del Eje Central, como había estado haciendo las últimas dos semanas. Varios edificios aún contaban con víveres y no faltaban autos con gasolina listos para ser ordeñados. Podía ser un buen día. Y aún no daban las diez de la mañana. –¡Malasangre! –se escuchó un grito a sus espaldas. Sacó la artillería pesada en un santiamén. De su espalda extrajo un AR15 cuyo cañón dirigió hacia el sitio del que surgió la voz. Hasta Malasangre sabía que esto era un alarde innecesario, pero siempre valía la pena dejar en claro que no estaba para jueguitos. Un muchacho rubio de aproximadamente doce años, con el cabello crespo despeinado y anteojos de armazón negro a los que les faltaba un lente, se acercó corriendo. Llevaba botas militares, pantalones holgados, playera de tirantes y, a manera de arma, un bate metálico de béisbol. Como casi todo el mundo, estaba listo para no dejarse morder por ningún zombi sin dar batalla. Malasangre lo miró con reprobación. A diferencia de “casi todo el mundo”, Malasangre siempre llevaba ropa reforzada, pese al calor. En su opinión, siempre era mejor tolerar la incomodidad del calor extremo que enfrentarse a la posibilidad de que los dientes de un zombi alcanzaran su piel al primer mordisco. Pero prácticamente solo ella pensaba así en días de calor extremo. –¿Te acompaño? –dijo el chico con una chispa singular en la mirada. Malasangre pensó su respuesta. Levantó la visera del casco para mirar al muchacho de frente. El ojo azul tras la mica de su único lente se veía empequeñecido por lo grueso del anteojo. –Deja de acosarme, Urquiza. –No te acoso. Pero podríamos hacer equipo, ya te dije. –Yo no hago equipo con nadie. Regrésate con el Cerda y los Boinas Negras. 18


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–Bah –se encogió de hombros–. ¿Esos idiotas? No los necesito. –Y tampoco me necesitas a mí. Malasangre volvió a bajar la visera del casco y echó a andar la motocicleta. Sabía que el ruido atraía a los zombis, así que lo mejor era alejarse, no hacerle la mala obra a Urquiza de convocar algún desfile de muertos vivos. Se colocó los auriculares y encendió el ipod. El shuffle escogió una canción de pop en español, la única música que le gustaba. Como otras veces, quiso patrullar antes la plaza Río de Janeiro y los alrededores. Darse una vuelta para confirmar que la cantidad de zombis de la zona era tolerable. Ingresó al parque con todo y motocicleta y se dejó llevar por el trazo de los caminitos adoquinados para cerciorarse de que no había gérmenes de muertos vivos recientes. Todo lo que halló fue un hombre con el rostro prácticamente deshecho por las moscas y sus larvas, recostado contra un árbol como quien busca la sombra mientras espera el autobús. Sus ojos la inspeccionaron y emitió un patético gemido de moribundo. Malasangre prefirió no gastar una bala en él. Volvió a la calle. La canción en sus oídos le confería a la mañana un falso aire de optimismo que no quiso desdeñar. A fin de cuentas, lo tenía todo consigo: municiones, un lugar donde guarecerse, combustible. Salud. Si acaso, lo único que lamentaba era tener que seguir pegando carteles por todos lados. Y, probablemente, seguir alimentando una esperanza que, en su opinión, solo se terminaría el día de su muerte. O el día del reencuentro, si es que este era, en verdad, posible. Prefirió no estropearse el buen ánimo, que ya comenzaba a echar raíces, y continuó con la patrulla. Después de la vuelta reglamentaria, tomó Orizaba en dirección a Álvaro Obregón. Lo hacía regularmente, con el fin de echar un ojo a los Boinas Negras, apertrechados en Casa Lamm, un antiguo recinto cultural que ahora albergaba a unos cuarenta o cincuenta menores de edad. Los días que abandonaba su propio fortín se congratulaba de verificar que el vigía sobre la barricada estaba listo y en su puesto. En esta ocasión, un niño moreno, calvo y con el torso desnudo sostenía en sus manos una tableta electrónica, levantaba periódicamente la vista para 19


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asegurarse de que ningún zombi o intruso intentaba traspasar, y seguía jugando en la tableta. La barricada no era sino un montón de porquerías de lo más variadas, desde televisores hasta defensas de auto, pero impedían el paso donde antes había existido una reja. Del otro lado alguna vez hubo un restaurante, una librería, oficinas... ahora era el campamento de unos mocosos que habían aprendido a sobrevivir como todo el mundo, escamoteándole segundos a la muerte. –¡Olarte, llama al Comandante! Dile que quiero hablar con él. –No está –respondió el chamaco sin levantar la vista de su juego. –Es importante. –¿No oíste? No está, Malasangre. Y ya me hiciste perder, mensa. Malasangre acarició la idea de dar un par de tiros al aire y convocar algún zombi de la cercanía, pero no valía la pena. Ni por los tiros ni por escarmentar al Olarte. Pero sí hizo rugir la motocicleta para encaminarse, ahora sí, hacia el oriente. Avanzó por Orizaba evitando los autos que aún estorbaban el paso, esos que nadie había querido orillar como sí habían hecho en algunas avenidas principales por las que transitaba cualquier vehículo automotor del Nuevo Orden. La ventaja de andar en motocicleta era que su único impedimento era trepar a los árboles: la ciudad y su tiradero le eran indiferentes. Con absoluta tranquilidad, Malasangre se movía por toda la ciudad sin ningún problema. Y por ello utilizaba las calles como si no estuvieran, la mayoría, convertidas en una infame colección de despojos de autos, muebles y pedazos de muebles, esqueletos humanos y animales, desperdicios metálicos, plástico, vidrio, ramas, hojas, millones de hojas, restos de batallas y de carnicerías, lodo y polvo y sangre y más sangre. En un año y medio el servicio de limpieza era una de las cosas que más se extrañaban en la apesadumbrada Ciudad de México. Dio vuelta en la calle de San Luis Potosí y disminuyó la velocidad antes de sortear un poste vencido. “Aferrados”, pensó, mirando en dirección hacia avenida Cuauhtémoc. Un par de sobrevivientes empujaban un carrito de supermercado repleto de cosas a lo largo de la calle. Se trataba de un escuálido señor y acaso su señora, igual de famélica; él era 20


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quien portaba el arma, sujeta al hombro, un lamentable rifle de municiones. No todos contaban con la suerte de Malasangre, quien se había hecho con todo un arsenal militar gracias a cierta ocurrencia posterior al día en que todo se lo cargó el carajo, cuando entró a hurgar en el almacén de una empresa de seguridad y transporte de valores y dio con veinticinco armas de grueso calibre, ocho pistolas y balas como para sostener una guerra por varios días. El sujeto que empujaba el carrito bien hubiera podido ser confundido con un zombi de no ser por la ropa limpia, probablemente producto del botín que iba en el interior del carrito. Ropa, libros, una guitarra, comida rancia y, con toda seguridad, joyas y oro, que habrían extraído de algún departamento aledaño. “Pobres aferrados”, pensó Malasangre, volviendo a sentirse afortunada. Ella contaba con un vehículo, armas, comida y un lugar más o menos confortable para comer, dormir y aliviar el intestino. Contaba, también, con la convicción de que los zombis no conquistarían el planeta ni acabarían con él; y que podía vivir con ellos mientras no volvieran a ser la plaga de los primeros días, donde los ataques eran multitudinarios. Sí. Definitivamente volvió a sentirse afortunada. Avanzó sobre San Luis Potosí, no sin antes hacer una venia al pasar al hombre, que la contempló sin desconfianza. Giró en Cuauhtémoc e hizo chillar las llantas luego de hacer un poco de eslalon con los cascarones de autos a media avenida. La idea sería ir por el Viaducto hasta el otro lado del Eje Central, buscar provisiones y, preferentemente, gasolina. Entonces, se detuvo en el cruce con Antonio M. Anza. Le llamó la atención una congregación de zombis en la estación del metrobús a media calle, justo sobre lo que antes servía de andén para el ascenso y descenso de pasaje. Se acercó con todo el descaro del rugido de su motor. Los zombis miraron hacia ella. Un par decidió que no sería mala idea ir en pos del banquete recién llegado. Malasangre se levantó la visera del casco y contempló la escena a sabiendas de que el tiempo que les tomara a los zombis alcanzarla sería de un par de minutos, cuanto más. 21


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Advirtió que la manada de devoradores de carne, unos siete en total, daba cuenta de una señora gorda, ahora reducida a un amasijo de tirones sanguinolentos. La víctima llevaba ropa deportiva rosa al momento de ser alcanzada. Un par de zombis compartían cristianamente un mismo brazo, casi del tamaño de una pierna. Malasangre pensó enseguida que eso valía la pena de ser investigado. Solo conocía, en el nuevo orden del mundo, a una persona obesa: Monseñor, el líder espiritual de los “Hermanos del Mundo” (o “Místicos de los cojones”, como los referenciaba Malasangre). Y ahora, repentinamente, esta señora, quien felizmente pasaba a formar parte de los que ya no celebrarían la próxima navidad y el año nuevo. De alguna manera la señora se las había ingeniado para conservarse en sus buenos ciento cuarenta kilos de humanidad desde el Día Z. Valía la pena indagar porque, a partir de esa fecha, lo más común era vivir con el pellejo pegado a los huesos. Y aunque había quien más o menos se mantenía en forma, como era su caso gracias a una meticulosa y constante búsqueda de víveres, en general los sobrevivientes más robustos pesaban apenas por encima del promedio (considerando el promedio como el de una persona a media hambruna africana de los años setenta). Los dos zombis que la señalaron como platillo digno de ser agregado al banquete ya habían bajado de la estación. Y ya habían cruzado el carril del metrobús. En ese momento se encontraban a pocos pasos de la motocicleta. Fue cuando Malasangre decidió que serían dos balas muy bien empleadas. Dio en el blanco al primer disparo. El zombi que estaba más cerca, un hombre de traje y corbata, perdió la posibilidad de volver a usar sombrero en un santiamén. El otro zombi, un chico de apenas unos quince años o algo así, recibió la detonación en plena garganta. El cuello demostró que, sin hueso y sin la mayor parte del músculo, se volvía un órgano bastante incompetente: la cabeza se desvencijó hacia un lado y, aunque ambos cadáveres siguieron por algunos segundos con el ímpetu de vida de su espantosa condición, no tardaron en quedar inmóviles en el asfalto. Los otros zombis fueron más 22


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precavidos; siguieron acabando con la señora sin reparar en Malasangre. Pero ciertamente la mejor manera de descubrir el hilo sería a través de los objetos personales de la que en ese momento saciaba el apetito de los muertos vivos. –Con la pena, muchachos... pero hay prioridades. Apagó la motocicleta. Se apeó. Fue directamente a la estación y disparó a los zombis, uno tras otro, haciendo volar cráneos y materia gris necrosada como no había hecho ya en un buen tiempo. Sintió un extraño regocijo. Desde que se deshizo del primer zombi de su vida había tenido que admitir que le gustaba despacharlos al otro mundo. Por llamarlo de algún modo. Cuando al fin los cinco depredadores no eran sino cadáveres en toda forma, Malasangre trepó al andén. Hacía mucho que había perdido el asco del contacto, tanto con congéneres muertos como con zombis despedazados. Hurgó entre las ropas de la señora, húmedas de la sangre que, apenas un par de horas antes, todavía corría alegremente por sus venas. Dio con lo único que le importaba: un manojo de llaves. De estas pendía un llaverito que decía “Recuerdo de Veracruz” sobre una tortuga metálica y sonriente. Miró en derredor, tratando de descubrir dónde estaría la casa a la que la señora, tan sagazmente, había llenado de provisiones como para mantenerla en su gordura por tanto tiempo. Claro que cabía la posibilidad de que su sobrepeso también se debiera a un recurrente intercambio comercial con los mercaderes norteños, pero no lo veía probable. “Nadie tiene tal cantidad de oro y joyas”, pensó. Siguió mirando en derredor pero nada en los abandonados edificios circundantes le daba una pista. –De hecho... –dijo en voz alta, como acostumbraba desde las primeras semanas posteriores al Día Z–, ¿por qué habría necesitado salir de su casa? Fatal resolución considerando que le había costado la vida. Por la esquina asomó la cara un sujeto más calavera que ser humano. Seguramente uno de los primeros zombis, uno 23


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que ya llevaría en esa maltrecha necedad por más de un año. Arrastraba los pies, alertado por los disparos y la motocicleta. Malasangre no quería desperdiciar otra bala. Lo ignoró. Sacó de los compartimentos de la moto un cartel con la cara de su padre y lo sostuvo sobre una de las paredes de acrílico de la estación. Con la otra mano y la pistola de cinta adhesiva dejó el cartel adherido, rutina a la que estaba más acostumbrada que a la búsqueda de alimento. Miró en derredor con la mente llena de preguntas. ¿Por qué salió de su casa, señora? ¿Qué urgente necesidad la orilló? Algo en su memoria de corto plazo le hizo dar un respingo. Volvió a los bolsillos de la gorda. Uno estaba lleno de pañuelos desechables hechos bola. Húmedos, pero no de sangre. “Una gripe de campeonato”, pensó. Eso era lo que había obligado a la gorda a salir de su casa, la necesidad de medicina. El zombi ya había llegado a la estación, por el lado de la vía vehicular. Tenía que trepar un metro, aproximadamente, para subir a la plataforma a hincarle el diente a su objetivo. A Malasangre la acometió una conocida ternura, una mezcla de conmiseración y tristeza cuando veía a los zombis más viejos siendo víctimas de su propia imbecilidad. El muerto vivo intentaba trepar hacia ella con muy poco éxito y casi ninguna fuerza. –El asunto... –dijo, echándose las llaves al interior de su chaqueta– es que la señora tenía su buen almacén de comida. Pero seguro ni un solo miligramo de paracetamol. Ironías de la vida. El zombi ya había conseguido trepar medio cuerpo. Malasangre negó con la cabeza y, como si fuese un portero a punto de realizar un saque de meta, echó el cuerpo hacia atrás, tomó vuelo y dio una patada en la cabeza del infeliz, quien salió catapultado un par de metros hacia atrás para que, al fin, después de deambular por tanto tiempo por la ciudad, perdiera la mandíbula definitivamente. Malasangre saltó al pavimento y volvió a su motocicleta. Desde esta, obsequió una mirada a los restos de la carnicería. Dedicó una mínima plegaria por el alma de la señora. Estaba convencida de que cualquier persona que, a esas alturas, se mantuviese viva y 24


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sana, se merecía sus respetos y, en el caso de su muerte, sus más sinceras condolencias. La mayoría de los capitalinos mexicanos habían emigrado o muerto o sido transformados. Los que se habían quedado y encontrado una forma de vida, en la opinión de Malasangre, formaban parte de una raza especial, acaso más testaruda pero también más apta y, por ello, digna de todo respeto. “Aferrados” de mierda, sí, pero aferrados chingones. Arrancó la motocicleta y volvió a su plan original. Avanzó a toda velocidad sobre el viaducto, flanqueada por los automóviles que los sobrevivientes habían ido orillando, poco a poco, hacia las paredes del acotamiento para permitir el paso de sus propios vehículos. Así habían hecho con algunas calles como el Viaducto Río de la Piedad, Avenida Cuauhtémoc, el Circuito Interior, algunas partes de Insurgentes, Paseo de la Reforma y el Periférico. Malasangre no dejaba de alimentar la esperanza de que los seres humanos pudieran reconquistar el país un día y ponerlo nuevamente en funciones a sabiendas de que había gente que se animaba a hacer ese tipo de cosas: limpiar de estorbos las calles. De pronto esa proeza funcionaba como un buen símbolo de los tiempos: negarse a la resignación, adaptarse, abrir nuevas vías. A la altura del cruce con Tlalpan escuchó los motores. Eran varios vehículos. Podían ser nuevos migrantes. Podían ser sobrevivientes de paso. Se detuvo a mitad del túnel, por debajo del sitio en el que, apenas dos años atrás, corría el metro ida y vuelta de Tasqueña a Cuatro Caminos. Aguardó. Sacó uno de sus carteles y lo pegó ahí mismo, donde se detuvo, teniendo cuidado de no ser vista. Recordó, por breves instantes, aquellos días en los que tuvo que tomar la decisión de quedarse en la ciudad, mudarse a algún sitio que le sirviera como cuartel, hacerse de armas. Poco a poco la ciudad había adquirido un nuevo pulso, los sobrevivientes aprendieron a convivir entre sí a pesar de que cada día podía ser el último. Se instalaron en una calma tensa de respeto mutuo que, según Roque Mancilla, era peor que lo que se vivía en los tiempos anteriores al Día Z, pues el supuesto respeto por la vida que tanto pregonaban Monseñor y los Hermanos del Mundo no bastaba para impedir que algún 25


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día estallaran las bombas y a la ciudad se la cargara el demonio en medio de una pirotecnia espectacular. Pero igual era cierto que nadie disparaba una sola bala en contra de un congénere. De no creerse. Pero así llevaban varios meses, viviendo bajo esa espada de Damocles agarrada con alambritos. Se aproximaron los vehículos. Tres camionetas negras tipo pickup. Tres Lobo negras, la primera con el estéreo a todo volumen, la última arrastrando un remolque. Malasangre respiró tranquila. Un convoy de Yolos. “Premios Darwin fallidos”, pensó. Orilló su moto y aguardó, esperando que simplemente pasaran a su lado y se marcharan. No fue así. La primera camioneta disminuyó la velocidad hasta detenerse junto a ella. Conducía un yolo sin camisa, greñudo y con varios piercings bien distribuidos por su cara. Un loco al que llamaban Sanjuán. A su lado iba otro yolo, un adolescente moreno con el cabello levantado en púas y teñido de amarillo, anteojos oscuros, y que no dejaba de menear la cabeza al ritmo de la música. En la parte posterior de la pickup, cuatro yolos más, sentados en el suelo: dos muchachas con camisetas de tirantes, aunque sin sostén, tatuajes diversos y la mirada perdida por alguna borrachera atrasada, y dos hombres, uno de ellos con el torso desnudo, el otro vestido como padrote neoyorquino, ambos echados de espaldas, dormidos, seguramente también por causa de alguna bebida embriagante. Sanjuán bajó el volumen de la música. –Qué transa, Malasangre. –Qué hay, Sanjuán –respondió ella, quitándose el casco. Sanjuán llevaba en la boca un cigarro a medio terminar. Se lo sacó de la boca y se lo ofreció a Malasangre, quien prefirió tomarlo y dar una chupada solo para no desairarlo y evitar problemas. No era tabaco. Era parte de la producción de cannabis que los Yolos cultivaban en alguna parte. Le devolvió el pitillo reteniendo el humo muy poco tiempo. –¿No te has zombificado, güey? –preguntó Sanjuán, sonriente. –No más que tú. Pero fue ese el momento en el que la reminiscencia de una imagen, atrapada al vuelo, le provocó a Malasangre un 26


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torrente de adrenalina. Un recuerdo mal afianzado intentaba, en su interior, adherirse a su memoria. Algo dejé pasar, pensó Malasangre. Algo importante. –¿Y qué cuentas? –Nada. Lo de siempre. Juntando. Ya sabes. Una de las mujeres, en la caja de la camioneta, golpeó impaciente en la superficie metálica, urgiendo a Sanjuán a que avanzara. El chico moreno que ocupaba el asiento del copiloto, y a quien apodaban el Morro, empezó a hojear una revista pornográfica. –¿Fueron de cacería? –preguntó Malasangre, señalando con un gesto la tercera camioneta, que remolcaba una caseta cerrada de esas que en otros felices tiempos se usaban para transportar caballos. Ahora llevaba zombis, una buena multitud apretujada. Con todo, Malasangre no tenía interés alguno en el asunto. En ese momento trataba de recuperar esa imagen desmenuzada que la había colmado de buenos sentimientos por un par de segundos. ¿Qué había sido? Por lo pronto, lo importante era no provocar a los Yolos, que se fueran lo antes posible sin armar escándalo. Eran tipos impredecibles y eso no la hacía sentir cómoda. –Los de hoy son para el safari de la Condesa. Pero sí vamos a organizar unos juegos en un mes o algo así, Malasangre. Avisa a quien puedas. Trae el oro que tengas. Alguna vez había asistido a los mentados Juegos Zombis del Zócalo y no le causaron mucho interés, aunque debía admitir que, en los tiempos que corrían, era una iniciativa interesante y, hasta cierto punto, digna de reconocimiento. Los Yolos organizaban juegos con los zombis que atrapaban en sus incursiones: “Chilangos contra zombis”, “Cacería Mortal”, “Fiesta Brava” y “Gladiador del Futuro” eran los más populares. Y en todos se podía apostar oro o la vida propia. Convocaban con altavoces por toda la ciudad y se encargaban, ellos mismos, de manejar las apuestas. Todo el mundo asistía porque, de pilón, contaban con la bendición de los Hermanos del Mundo, quienes oficiaban misa en la Catedral, apenas a unos pasos de ahí. –Lo pensaré. ¿Algo más, Sanjuán? Están obstruyendo. 27


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Sanjuán volvió a sonreír, haciendo que los pliegues de su cara, sujetos por piercings, se estiraran. –Deberías hablar con el Demetrio para que te dé chance de unirte a nosotros. –¿Y quién te dijo que ando buscando pegarme? –Hay que formar parte de algo, Malasangre. Tú sola no la vas a hacer. –La he hecho mejor que todos ustedes juntos. Sanjuán chasqueó la boca, negando. Miró al frente y luego devolvió la vista hacia Malasangre. –Sigues siendo virgen, ¿verdad, Malasangre? –No es de tu incumbencia, baboso. –Pero lo eres, ¿no? –Te diré algo, Sanjuán. Si me dices, sin usar tu celular, la raíz cúbica de veintisiete, te regalo una noche de placer salvaje. Todo lo que se te ocurra. Me puedes amarrar si quieres. El rostro de Sanjuán cambió. Pero apenas un poco. –¿Y para qué quiero yo tu trasero en forma de cubo, Malasangre? –Hasta un impotente como tú puede apreciar un regalo de ese calibre. Seré tu gatita por una noche entera. Sanjuán tragó saliva. Miró hacia atrás. Hacia el Morro. Luego dijo, en forma casi inaudible: –Veinti... dos. –Lástima. –Treinta y seis. –Lástima –dijo. –Ocho. Malasangre se puso el casco y encendió la moto. Sanjuán, por respuesta, volvió a subir todo el volumen de la música. El Morro puso los cuernos del rock en ambas manos, como si estuviera en un concierto en vivo. “Animal” de Def Leppard resonó en las paredes del túnel; desde luego, los Yolos hacían tal escándalo a propósito, para convocar muertos vivos y lazarlos con el fin de luego utilizarlos en sus juegos. Pero ahí, a medio túnel, era un alarde innecesario. Malasangre, echando los ojos al cielo, volvió a ponerse el casco. Sanjuán le mostró el dedo medio y presionó el acelerador. Las otras dos camionetas fueron 28


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detrás, a toda velocidad, levantando polvo y restos de papel. Los hacinados zombis en la caseta pasaron al lado de Malasangre con su coro de gemidos, ignorantes de su próxima suerte. Malasangre arrancó la motocicleta, esperando no tener que enfrentar a ningún cabezahueca, vivo o muerto, en los próximos segundos y seguir perdiendo el tiempo en tonterías. Efectivamente, al salir del túnel, tres cadáveres ambulantes se aproximaban, pero nada de cuidado. Por pura diversión Malasangre embistió a uno, consiguiendo un golpe seco, una cabeza rota como un jarro y un infeliz tirado en el suelo preguntándose en qué momento se había terminado su vida, si en ese preciso momento o varias semanas antes, al ser mordido en un glúteo por la que hasta ese día había sido su novia. Siguió Malasangre por el viaducto con la mira puesta en una sola cosa: llegar a aquella unidad habitacional con estacionamiento que había descubierto un par de días antes, toda ella bastante libre de saqueos. Si se hacía de treinta litros de gasolina para la subestación eléctrica del edificio, ya podría considerarlo un día exitoso. El viento pegaba en el casco y la chamarra de Malasangre mientras avanzaba por la avenida, aún sembrada de cadáveres y autos apoltronados sobre sus neumáticos desinflados. Entonces, un color. Y una textura. Frenó intempestivamente. En su mente, la indefensa imagen recién nacida consiguió sacar la cabeza de las aguas turbulentas de su memoria a corto plazo, dar bocanadas de aire y aferrarse con veinte uñas a la vida. Una imagen aparentemente insignificante, pero, en realidad, muy poderosa. Una manta roja en una ventana. Mientras transitaba sobre San Luis Potosí, a pocos metros de dar con aquella pareja de sobrevivientes, una manta roja que significaba el fin de una espera. Y comprendió por qué la oleada inexplicable de buenos sentimientos. Giró en redondo. Condujo de vuelta lo más rápido que pudo.

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