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Ilustraciones de Jorge Garnica

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Una primera versión de las cartas reunidas en este volumen se publicó en la columna semanal del autor en el diario Milenio. Han sido reconstruidas para su publicación en forma de libro.

ENTREGA INSENSATA Cartas a la deriva © 2018, Xavier Velasco c/o Schavelzon Graham Agencia Literaria www.schavelzongraham.com Diseño de portada e ilustraciones de interiores: Jorge Garnica / La Geometría Secreta Fotografía del autor: Blanca Charolet D. R. © 2018, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec C.P. 11560, Miguel Hidalgo, Ciudad de México Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2018 ISBN: 978-607-527-493-5 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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A Carlos MarĂ­n, por el pacto secreto.

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Posso até adivinhar a cara que ela faz quando me escreve. Chico Buarque, Nina

Tengo puesta ya la mesa y no la pienso quitar… ¡Traiga sus cartas adentro y lo invito a merendar! Guillermo Briseño, Cartero

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A quien corresponda

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el dicho al hecho, a veces, media sólo una carta. No es un secreto que las cartas comprometen, ni sería del todo exagerado decir que muchas de ellas se escriben solas, a partir del impulso que las alumbró. Todo cuanto uno expresa “de su puño y letra” —que es justo como luego se lo echarán en cara— tiene madera de prueba fehaciente y está abierto a infinitas interpretaciones. Debería ser obvio, y rara vez lo es para los impulsivos, que firmar esas líneas claridosas es ponerse en las manos del destinatario y dejarse medir por sus expectativas. ¿Para qué querría uno regresar a la alcoba de un amor caduco, sino para robarse las cartas que en mala hora le escribió? Componer una carta es consumar un acto de intimidad. Habla uno demasiado al escribir. En una sola línea descuidada (o entre ellas, quiera o no) cuenta lo que le falta, le escuece, le provoca, le mueve. Escribimos desnudos, aun cuando nos pensamos protegidos, pero igual desnudarse es liberarse. A saber la de males, rencores y amarguras que causan las palabras por siempre reprimidas y fermentadas. No siempre logra uno quedar en buenos términos con sus destinatarios, pero a cambio se pone en paz consigo mismo. Más que enviar un mensaje, cumple un rito de higiene espiritual. No es tanto lo que dice como lo que exorciza.

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Ninguna de estas cartas espera una respuesta. No han conocido sobre, timbre ni buzón. Tampoco el remitente, es decir el autor, o sea yo, conoce a buena parte de sus destinatarios. Pero igual les escribo, en parte por el reto de experimentar dentro de una columna periodística, y en parte por el réprobo deleite de cultivar un género en creciente desuso, aliado natural de díscolos, románticos, ingenuos y morbosos. Pero el juego es el juego: quien pretende encarnarse en remitente debe apostar las tripas en el jaripeo. No he evitado, por tanto, incluir aquí unas cuantas cartas íntimas, varias de ellas escritas en tributo a unos pocos amores infinitos. ¿Pues dónde, sino a lomos de una carta de amor, exhibe el remitente sus ángulos más frágiles? El estilo en las cartas es evidencia de coquetería, pero sin ella no serían cartas. Incluso en la venganza o el horror —y por qué no, en los partes militares— no suele quien remite descuidar la apostura postal de sus palabras. Me he arrogado esta vez el cuco privilegio de pulirlas, al extremo tramposo de rehacerlas. El estilo, por cierto, es la piel del relato: vale más que sea carne y no poliuretano. He evitado el tuteo, con quien pude, porque no a todo el mundo puede uno arrastrar al tren del artificio literario sin temerse en el cuero de un fantoche. Muda uno de talante mientras cumple el ritual de sentarse a escribir para alguien más, y en ese trance invoca ánimas chocarreras a las que no sabrá, ni podrá, ni querrá finalmente controlar. Escribes, luego exhibes, de eso se trata el juego. Las cartas encandilan, embrujan, embrutecen, desafían, inspiran o endemonian a quienes las escriben, presas de un arrebato sin pudor ni paciencia cuyo precio no hay tiempo de evaluar. Para colmo de males, muchas de ellas contienen porcentajes de verdad en pelota no siempre saludables para quienes habrán de recibirlas o, ay, interceptarlas. Con perdón de estos últimos y al final en su nombre, el remitente deja el paquete abierto y añade la advertencia “confidencial”, para ya no gastar en estampillas. Sin más por el momento, paso de las palabras a los hechos. 12

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I. Fan mail

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Para ayudarse a vivir Destino: José José, tesoro nacional

A la salud del crooner de mala fama, tortuosas referencias y prestigio de “Príncipe de la Canción Romántica”. Remite uno entre tantos tristes de ocasión.

José,

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sta no es la carta de un seguidor, sino a su modo la de un perseguido. Me explico: hay canciones que uno escoge para que le acompañen, y hay otras que lo escogen a uno. Y ahí vienen de nuevo, duendes perseverantes resueltos a colmar los pensamientos de quien ha pretendido —afán incompetente— conservarse impermeable a la tenacidad de la infección romántica. Alcanzado otra vez por el virus de siempre, no me queda mejor opción que acreditarlo. Si no recuerdo mal, empezó todo por La nave del olvido. Era yo uno de aquellos escuincles retraídos que, dicen los mayores,

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acostumbran traer la música por dentro. Niños que, se supone, no entienden buena parte de lo que oyen, ni muy probablemente se interesan por pasiones que están más allá de su alcance; y sin embargo viven siempre alertas. Gente pequeña que conoce su papel, consistente en cuidar que los adultos asuman con candor su candidez y den sus pensamientos por inofensivos. Pero el amor, José, nunca es inofensivo, y todavía menos en la infancia, cuando se sabe motivo de risa entre quienes presumen de entenderlo. Cierto es que era un asunto complicado, empezando por todas las palabras que uno captaba a medias, o malinterpretaba de raíz, incluso con la ayuda del diccionario. Pero ni falta hacía, si ya la pura voz del oficiante —trémula, emocionada, combativa, triunfante en la derrota— dejaba muy en claro la gravedad del caso. No tuve que indagar más allá del instinto para hacer uno a uno míos sus sobresaltos y concluir en secreto que El triste era yo. ¿Quién no se ha escofinado la garganta en el fallido empeño de seguirle el paso a aquella voz cantante que ha podido ayudarse a vivir? Me recuerdo jadeando, sudando en soledad, feliz desentonado, como quien consumó una hazaña deportiva, tras cantarla tres, cuatro, siete veces seguidas y preguntarme cómo hacía usted para no reventarse en el intento. Una canción así no se puede entonar desde la indiferencia o la comodidad; debió saber Roberto Cantoral que su composición exigía una entrega ya no sólo completa, sino autodestructiva, y en mi opinión de niño sencillamente heroica. Al paso de los años, uno estrena pudores innombrables e intenta sepultar al niño que recién dejó de ser. Es la hora de negar todo cuanto creyó y proclamarse adulto a rajatabla. También se estrenan héroes e imposturas, himnos y pretensiones, aprecios y desprecios a la altura del mundo a conquistar. Iba, pues, al colegio con bandera de punk y soltaba estridentes carcajadas si acaso algún osado se permitía siquiera tararear una de las canciones que en otros tiempos me convulsionaron. 16

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¿En otros tiempos, dije? Ja, ja, ja. Bien me cuidé, no obstante, de seguir entonándolas cuando nadie me oía, en parques solitarios o azoteas ignotas, cual si fuesen alguna enfermedad secreta capaz de sumergirme para siempre en el pozo sin fondo del descrédito. Pues lo que al fin tenía que ocultar no era ya tanto mi tenaz predilección por las efusiones de José José, como todo lo que ello revelaba sobre mis personales debilidades. No sabía, o no quería saber, que tales eran grandes fortalezas. Verdad es, a todo esto, que desde entonces sigo su carrera, salpicada de escándalos por causa de su misma vocación abismal, con alguna empatía solidaria, más cierta gratitud inconfesada por esa que usted llama “mi misión”. Entiendo que un trabajo como el suyo supone el compromiso de quien se ha resignado a arder y calcinarse por cumplir el ritual de la pasión sin freno, ni cautela, ni vergüenza. Sobra decir que José Sosa Ortiz, en su papel de príncipe romántico, es más punk de lo que uno soñó ser. Mentiría si dijera que de su repertorio conozco solamente cuanto escuché a lo largo de la infancia. Me las he ido aprendiendo, año tras año, diríase que sin proponérmelo, y puedo presumir que me las sé al dedillo porque nunca he dejado de cantarlas, siempre que la emoción y el sentimiento no dejan más salida, y ya me temo que he de morir con ellas. No lamento, por tanto, el espectáculo del hombre inmolado y derruido por ejercer la entrega pasional hasta sus consecuencias más extremas. Perdón que sea tan punk, pero es que lo celebro, y de paso le aplaudo al amor al lado suyo. Si la flama arde el doble, dice el dicho, durará la mitad. Somos ya no legión, sino legión de legiones quienes nos hemos acabado a José José. Hoy que me desgañito canturreando que he sido de todo y sin medida con la mujer que amo, sin rastro de pudor y cundido de orgullo, me consuelo pensando que el héroe de mi infancia es aún inagotable. Parafraseándolo, me atrevo a reclamarle: No me diga que se va. En cuanto a mí respecta, con perdón, nadie puede quitármelo. 17

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Iguales, ni las pelotas Destino: Serena Williams, gladiadora con raqueta

Vista del otro lado de la red, tiene los ojos fijos de una pantera y como tal acecha, entre quieta y vibrante: toda ella un ultimátum en boca de profeta.

Serena,

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usted sí que me gustaría tutearla pero, como más tarde entenderá, no quisiera pasar por igualado. Necesito, para mejor llegar a mi destinataria, de una distancia larga, ancha y profunda, ojalá suficiente para manifestarle toda mi admiración y aun así salvar las diferencias. Que por cierto, Serena, son las que nos acercan. Pues por más que los aspirantes a impolutos se afanen subrayando nuestras semejanzas —todas ellas biológicas, establecidas sólo a ojo de pájaro— desde ahora le confieso que el recuento, por obvio, me llena de pereza. Cierto es que tanto usted como yo vinimos a este mundo

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equipados con ojos, piernas, cabellos y nariz, además de unos cuantos gramos de sesos, uñas y demás accesorios similares, aunque siempre disímbolos. ¿O miento si le digo que haría falta ser bruto, impertinente o miope para atreverse a equiparar sus rotundos piernones con mis patitas flacas y quebradizas? Afirman los racistas de buena conciencia que los blancos somos iguales a los negros, todo lo cual supone, para empezar, que los llamados blancos resultamos idénticos entre nosotros: una tesis ya en sí totalitaria que pretende imponer la igualdad a partir del color de la piel, el grosor de los labios o todos esos huecos y sesgados estándares que a unos los definen como caucásicos, a otros como orientales, y a otros más como afro-americanos, por nombrar sólo tres categorías zoológicas. ¿Necesitamos usted, yo o el vecino de enfrente que venga un angelito redentor a definirnos, y entonces limitarnos? Antes de responder, permítame abundar en algo de lo suyo. Le escribo la presente presa de una fascinación sin nombre ni frontera, al tiempo que rescato del olvido sus saltos de gacela escurridiza, sus ojos de hechicera cazadora, sus muslos contundentes y al propio tiempo dúctiles: ingredientes que la hacen, junto a otros incontables y no siempre tangibles, exactamente igual a nadie en este mundo. Porque a usted la igualdad le raspa el alma, tanto así que defiende con las uñas sus diferencias. Como no se ha cansado de ponérnoslo claro, usted está lejísimos de asemejarse a las demás tenistas. Y es más, si no le importa, déjeme precisar: es usted majaderamente superior. No dudo que sería buen detalle dirigirme no solamente a usted, sino de paso a su hermana Venus, que también con enjundia muy poco igualitaria cosecha una victoria detrás de otra en el aún llamado deporte blanco. Puesto que al ser tenistas, morenas, hermanas y ganonas, parecería fácil meterlas a las dos en un destinatario, pero encuentro que ustedes son distintas como dos gotas de agua. ¿O es que las gotas de agua no son, precisamente, diversas en volumen, forma y peso? A menos que, holgazanes que somos, prefiramos mirarlas a distancia, 20

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limando los detalles a golpe de pereza inconsecuente. Quiero decir que usted, Serena, me parece tan diferente de su hermana como podrían serlo dos distantes océanos. No parece preciso subrayar lo que pasa cuando alguna igualdad entre usted y las otras aparece fugazmente en el marcador, ya que aun cuando pierde —cosa nada frecuente— deja usted innegables huellas de distinción, desde el servicio raudo y terminante hasta el jadeo intenso que delata la cantidad de alma y músculo invertidos en la tarea empeñosa de entregarse hasta el último exceso. Y quien es excesivo, Serena, difícilmente admite presuntas igualdades. Muy al contrario, las pulveriza, con o sin la presencia de un marcador, ya que aquí la primera igualdad que se rompe tiene que ver con cada quien y su alma: si uno se da el lujazo de excederse, ello es en primer sitio para no ser igual a sí mismo. Más allá de la cantaleta regañona de tantos pastorcillos redentores, esto de ser igual resulta cuando menos aburrido, si es que no fastidioso y desafiante. Son muchedumbre los políticos y clérigos que hacen fama y fortuna vendiendo una igualdad de pacotilla que no estarían dispuestos a entregar. Peor aún, cuando deveras pretenden conseguirlo terminan reprimiendo con fiereza sin par todas las diferencias observables, y al cabo estimulando las imperceptibles. ¿Qué clase de igualdad se logra de esa forma? La de la ordinariez, en todo caso. Y es un efecto espurio, pues ya se ve que aun los ordinarios se pelean por ser más y más ordinarios, de modo que aun así resultan singulares. Usted, Serena Williams, con su raqueta Wilson similar mas no igual a la de Venus, no precisa de tesis feministas, ni antirracistas, y todavía menos de bobaliconadas manaderas para reivindicar esa naturaleza inconformista que la lleva a mostrarse constantemente superior a la Serena de un minuto antes. Me basta con mirarla caminar levantando la frente, sobrada de coraje y apostura, para dar a machistas y racistas la única respuesta que merecen: carcajadas. 21

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Ignoro el nombre del primer zopenco que tuvo el cuestionable gusto de querer imponer el ideal de igualdad, pero a final de cuentas me da igual. Se nos habla, asimismo, de igualdad de derechos, cuando todos sabemos que para combatirla están los abogados: especialistas en adelgazarlos o ensancharlos a la medida exacta del cliente —o, en su caso, del Estado, cuya prerrogativa es limitarlos y a veces, cuando puede, transubstanciarlos en mera retórica—. ¿Y qué decir de la siempre oportuna igualdad de oportunidades? ¿Ha notado que su sola mención consigue carretadas de votos? El problema es que, a la hora de pelear (y usted lo hace patente como nadie), las oportunidades no dependen de quien las da sino de quien las toma, y al hacerlo las desiguala para siempre. Cierto es que la miseria, como la ostentación, es de por sí ofensiva a la inteligencia, mas no menos estúpido sería equilibrarlas a rajatabla. Puesto que desiguales somos todos, y ello es independiente de sexo, raza y credo, por decir sólo tres de los estándares a los que los pastores suelen apelar. ¿Estaría usted de acuerdo en ser clasificada por color, creencia o preferencia? ¿No es verdad que tamaños desatinos, ideados con criterios ovejeros, hacen flaco favor a la causa que dicen defender? Por más que demagogos y fariseos afines —que no iguales— suelan hablar en nombre de las mayorías, lo cierto es que el respeto a la dignidad elemental tiene que ver con la defensa urgente de los menos y sus innumerables diferencias. Me aterran los burócratas preñados de estadísticas, tanto como los censos y sus preguntas generales o los comunistas y sus lugares comunes. Porque, ya aquí entre nos, debería usted saber qué tan particulares me resultan sus generales, una vez que confirmo que en sus anchos dominios lo realmente común es ser descomunal. Y eso tomando en cuenta que, ay, apenas la conozco. Si es que, entre tantas disimilitudes, alguna vez llega uno a conocer a quien sea. Pero ésa es la aventura: arrimarse a lo otro, ver lo que no se ve, distinguir semejanzas que habrán de fulminarnos con la fuerza que sólo 22

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tienen las diferencias. Una caricia, un beso, una mirada triste pero plena: ¿qué sería de nosotros sin esos signos que, aun siendo tan distintos, nos permiten reconocer nuestra materia y volcarnos en ella, ebrios de seducción? ¿Cómo negar que a veces la diferencia es la más fuerte y auténtica de las igualdades? Finalmente, Serena, iguales solamente son los números, y ésos nunca han podido con usted. Gracias, en todo caso, por nunca de los nuncas ser igual.

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Profile for Editorial Océano de México, SA de CV

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Abiertas como venas, atentas a la cruel complicidad de los lectores, estas veinticinco cartas recorren todo el espectro de lo mordaz a lo en...

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Abiertas como venas, atentas a la cruel complicidad de los lectores, estas veinticinco cartas recorren todo el espectro de lo mordaz a lo en...