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VICENร‡ VILLATORO

EL REGRESO DE LOS BASSAT Traducciรณn de

jorge rizzo

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Título original catalán: El retorn dels Bassat. © Vicenç Villatoro, 2016. © de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2016. © de esta edición: RBA Libros, S.A., 2016. Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona rbalibros.com Primera edición: noviembre de 2016. ref.: onfi967 isbn: 978-84-9056-712-8 depósito legal: B. 20.007-2016 anglofort, s.a. • preimpresión Impreso en España • Printed in Spain Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

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Asa Heshel permaneció callado. Estaba pensando en su propia familia. Recordó el séder de casa de su abuelo. Recordó a sus tíos, a su madre. isaac bashevis singer, La familia Moskat

Todo aquel nacido de mujer lleva sobre sus hombros a sus padres. No sobre sus hombros. En su interior. Durante toda su vida debe llevarlos, a ellos y a todo su cortejo, a sus padres, a los padres de sus padres, una muñeca rusa preñada hasta la última generación. amos oz, El mismo mar, citado también en Una historia de amor y oscuridad

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1 sefarad, ida y vuelta

—Mi madre fue la primera judía que nació en Barcelona desde tiempos de los Reyes Católicos. No sé si la madre de Luis Bassat, Yolanda Coen Romano, fue la primera judía nacida en Barcelona desde la expulsión de los judíos en 1492. Si no la primera, sí de las primeras. Explícitamente como judía. Nació el 26 de junio de 1917, mientras Europa estaba en guerra: los lugares de donde habían llegado sus padres y sus abuelos. También Luis Bassat fue el primero en muchas otras cosas. Celebré la primera bar mitzvá en la primera sinagoga construida para serlo, después de quinientos años: la de Barcelona, en la calle Porvenir, que se acababa de inau­gurar. Hay en Luis Bassat un orgullo de principio y de retorno. No es el del explorador que ha encontrado un territorio nuevo. Es el de quien fue echado de malos modos y regresa más fuerte. El indiano que se fue pobre a hacer las Américas y que cuando vuelve se compra la mejor casa a orillas del mar. En un bestiario medieval, que Ausiàs March recoge en uno de sus poemas, cuando el toro es vencido por otro, se va al desierto, solo, hasta que recupera la fuerza necesaria «per destruir aquell qui l’ha desert», para destruir al que le ha vencido. Entonces regresa triunfante. Se supone que el sefardí parece añorar una patria, muy vieja y perdida, mientras da tumbos por 7

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los confines del Mediterráneo, hasta que por fin vuelve a poner los pies en ella. Quizá no siempre fueran así las cosas, no exactamente. No importa. No es la historia, sino la memoria: la historia cocinada y especiada, endulzada y con un toque amargo. Ida y vuelta. En las raíces de la familia de los Bassat y de los Coen hay una historia trenzada que recorre todos los confines del Mediterráneo, oriente y occidente, norte y sur. Un paisaje sefardí de islas claras y mares de color turquesa y platos de vigilia del sabbat con especias y memoria de la madre. Una historia mediterránea de huidas y de regresos. No sabemos de dónde salimos, hace quinientos años, quizá de la misma Barcelona. El regreso es a Barcelona, a principios de un siglo convulso: ser judío en la España de los años treinta, de los cuarenta, judíos clandestinos, noticias de muertos que llegan de Salónica y de Polonia, de Trieste y de París. Barcelona, puerto de regreso, refugio precario, en tiempos de tormenta. Le pido a Luis Bassat que me deje acompañarlo por esta trenza de viajes de ida y vuelta, compartir el orgullo del regreso. En 1917, cuando Yolanda Coen Romano nació en Barcelona, hacía casi quinientos años que no nacía ningún judío en la ciudad; ellos eran los primeros en regresar. El gran viaje de regreso. Se lo pido y me responde Hagámoslo juntos, cada uno pondrá su memoria y sus palabras. Pues vamos allá.

¿Qué es ser judío? En mi casa, de pequeño, tenía más que ver con la comida que con la oración. Era más una cocina que una religión. Luis Bassat dejó de creer cuando se le murió un hijo, pese a todo lo que rezó para que 8

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viviera. Le falló el Dios de Israel. (Pero no dejó de ser judío.)

—¿Y cómo se llamará el libro? —Los títulos se ponen al final... Aunque solo sea para poner la empresa en marcha, a modo provisional, empezamos a pensar en posibles títulos. En un primer momento, Luis propone Sefarad, ida y vuelta. A mí me gusta. Funciona en cualquier lengua. En todas las estaciones de tren del mundo se puede pedir un billete de ida y vuelta. Se nota que Luis es publicista. Sabe que es necesaria una idea con fuerza, un concepto claro, vinculado a una emoción. Lleva encontrándolas toda la vida. Para la sopa de caldo y para hojas de afeitar, para la Cataluña de los hijos de los inmigrantes y para la Barcelona de los Juegos Olímpicos. No siempre para sí mismo. Aunque también, a veces. Me gusta el título, pero quizá el libro acabe hablando más de la vuelta que de la lejanísima ida. Quizá por eso, yo propondría Un hombre que vuelve. Porque mi último libro, sobre mi abuelo, se llamaba Un home que se’n va. Porque siempre, cuando escribimos, proyectamos sobre las historias, propias o ajenas, nuestras obsesiones, nuestros miedos y nuestras euforias. Todas son propias, tanto las suyas como las mías. Porque quiero escribir sobre ir y volver y quedarse. Pero ya sé que no puede ser, es un juego demasiado en clave. Al final ni tuyas ni mías, y tanto tuyas como mías: será El regreso de los Bassat.

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¿Por qué nos ponemos a caminar juntos, Luis y yo, por los papeles y las fotografías, por la historia de las familias y las ciudades que acaban encontrándose en su interior, que lo preceden y que lo explican a lo largo de todo un siglo? Él, supongo, lo hace para saber de dónde viene. La obsesión por ubicar las raíces para recordar a los muertos, por deporte genealógico, a partir de una cierta edad. Él sabe que proviene de muchos lugares. Sabe que su historia es la de una gente que viene y va, que atraviesa desiertos, que muere en las catástrofes. Yo, porque quiero hablar de los errantes (judíos errantes, humanos errantes), de mí mismo, que querría ser errante y no lo soy. O quizá lo soy, sin salir de casa o saliendo siempre para acabar volviendo. Porque quiero hablar de irse y de regresar. De las barcas que reman para escapar del pasado, de las corrientes que siempre nos devuelven a él, de los que nos alejan, de ir a contracorriente. Porque explicar una familia errante es explicarlas todas. El tiempo de la familia Bassat. Mi tiempo. Mi familia. (Pero es él quien tiene todos los papeles, todas las fotos, todos los pasaportes.)

¿El regreso a Sefarad? Es todo un mito, bellísimo, acreditado. La nostalgia de las viejas casas de piedra de Toledo, las enormes llaves de hierro conservadas en Salónica, la lengua de los padres y de los abuelos, la voluntad de volver al lugar del que venimos y en el que dicen que, por un tiempo, nuestros antepasados fueron felices y respetados, señores del mundo... Pero los que regresan no vuelven a Toledo. Van a Barcelona, durante aquel cambio de siglo de exposiciones universales y un puerto efervescen10

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te, como van a Barcelona otros judíos que no vienen de Sefarad, o tantos europeos que no son judíos: como llegó desde Pfaffenhoffen el joven Louis Moritz a mediados de siglo para poner una fábrica de cerveza junto a las murallas; o unos años más tarde, también de Alsacia, August Kuentzmann Damm y su sobrino Joseph Damm para construir otra un poco más allá, en la calle Viladomat. O como los Carasso, estos sí judíos, de Salónica, que ela­ boraron el primer yogur en la calle dels Àngels. Y así tam­bién los Coen y los Bassat. Entre muchos otros. Cinco siglos sin judíos en Sefarad. El tiempo de los Reyes Católicos, la Inquisición, las hogueras donde arden los conversos, marranos, anusim, criptojudíos reales o imaginarios hasta finales del siglo xvii (en la plaza Gomila de Mallorca, donde ahora hay tantas discotecas). No hay judíos en Sefarad porque los expulsaron y no les dejan volver, los matan si vuelven. Cuando por fin pueden volver, van a Barcelona, sobre todo a Barcelona. Quizá hasta entonces volver no era posible, pero quizá tampoco lo desearan mucho. España estaba fuera del mundo, de la Europa moderna. Vuelve a recuperarse hacia finales del xix. Y Barcelona se pone en marcha y atrae gente y está en efervescencia. Ha vivido la revolución de las chimeneas. Es Europa, quiere serlo, acelera para serlo. Y entonces es cuando vuelven los judíos. Quizá el regreso sea sobre todo una búsqueda. Quizá no sea el viaje de la nostalgia, sino de la esperanza. Quizá no busquen en Barcelona el pasado, sino el futuro.

Las cosas casi nunca son lo que parecen. Los mitos no son exactamente la narración de la historia. Son mucho 11

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más importantes. Los mitos mueven más la vida y mueven más a la gente que los datos de los registros. La historia de la familia Bassat se vive como la historia del regreso a Sefarad. Es su mito fundacional, la narración sobre la que construyen lo que son y lo que quieren ser. Lo que explicarían primero, antes de pasar otra cosa, en el prólogo. Primera paradoja: la mitad de las raíces de Luis Bassat no estuvieron nunca en Sefarad. No regresan porque nunca habían estado en Sefarad. Los Bassat, sí. El conjunto de las raíces paternas de Luis pueden haber salido de España, hablan su español en casa, es su lengua de relación, de cultura, de vida. Pero la otra mitad de las raíces, las de la madre, Yolanda Coen, no han pasado nunca por Sefarad. No son sefardíes, en este sentido. Su lengua no es el judeoespañol, el ladino, como sí lo es la de la familia Bassat, que viene de Bulgaria, de Salónica, de Estambul. Los Coen, judíos de Corfú, hablan un dialecto del veneciano transmutado con el tiempo en el italiano culto moderno. La línea materna de Luis, los Coen, es romaniota. Al igual que la mayoría de los judíos de Corfú de finales del siglo xix. Como la práctica totalidad de los de la localidad griega de Ioánina, muy cerca de allí, que es de donde salieron los Coen a mediados del xix para irse a Corfú. La familia materna de Luis Bassat procede de la vieja, antiquísima comunidad de judíos de Grecia, que muchos años atrás hablaban un viejo dialecto del griego, el yevánico, un judeogriego (por así decirlo, la versión griega del yidis o del ladino), y que llevaban allí, según algunas fuentes, desde la destrucción del Segundo Templo o desde la destrucción del Primer Templo y del exilio de Ba­bilonia, según otras. Más de dos mil años en Grecia. Y desde allí vieron, en el siglo xv, la llegada de los expulsados de Es12

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paña, aunque casi no se mezclaron con ellos. Al contrario, se evitaban. Capuletos y Montescos. Cuando los Bassat y los Coen llegan a Barcelona, cada uno por su cuenta, vienen de lugares muy próximos: el antiguo Imperio Otomano de los Balcanes, que se extendía desde Constantinopla hasta el Danubio, y la isla de Corfú, a poca distancia de su frontera. Pero, si retrocedemos aún más en el tiempo, las raíces de unos y otros están muy alejadas entre sí. En el lugar de donde venían quizá no se hubieran encontrado nunca, no se habrían querido mezclar, sefardíes y romaniotas. Pero en la Barcelona de principios del siglo xx, al fin y al cabo todos son judíos, sin más. O, para ser más precisos, como no venían ni de Alemania ni de Rusia, sefardíes. Sin más matices. Y de aquí, a pesar de la paradoja, el mito. El mito del regreso a Sefarad. Ida y vuelta.

Segunda paradoja: para los judíos medievales que vivían en la ciudad, Barcelona no era Sefarad. No eran de Sefarad, en todo caso iban a Sefarad. A ver a sus hermanos de Sefarad. Es lo que explican Eduard Feliu o Manuel Forcano o Jaume Riera, los expertos que hablan de ello actualmente. En la Edad Media, antes de los Reyes Católicos, Sefarad era el nombre hebreo de Al-Ándalus. Los de Barcelona eran los judíos de Aragón, o de Cataluña, o de Provenza... Pero cuando los judíos son expulsados de los reinos de la Península, en su memoria la palabra «Sefarad» ya sirve, y servirá para siempre, para hablar de todos estos reinos. También de Barcelona. Y en la memoria culta de los que se quedan, también. Sefarad, la piel de toro. Cuando Salva13

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dor Espriu copia la Shemá, el «Escucha, Israel», para dirigirse a la España del siglo xx, la llama Sefarad: Escolta, Sefarad: els homes no poden ser si no són lliures. Que sàpiga Sefarad que no podrem mai ser si no som lliures.1

Las palabras no significan lo que significaban en su origen, sino lo que entendemos en el presente. Para Mossé ben Nahman, ni su Girona del siglo xiii ni Barcelona son Sefarad. Para Luis Bassat, para sus ancestros de los Balcanes, para Espriu, sí que lo son. Las palabras son lo que decidimos que sean. La voluntad es más fuerte que la historia.

Tercera paradoja: a pesar de la memoria mítica de la Inquisición y de la expulsión, de la reina Isabel y de los actos de fe, la familia de Luis Bassat vuelve a Sefarad precisamente porque es un país católico. Una cosa es el mito. Otra es tener que ganarse la vida. —Mi abuelo materno, Manuel Coen, se fue de Corfú a finales del xix, después de unas revueltas que hubo contra los judíos. Primero estudió en Turín y luego fue a parar a Trieste, y allí trabajó en una empresa que comercializaba parafina, que se vendía sobre todo para hacer velas. Y los mejores clientes de las velas eran las iglesias. La empresa de Trieste tenía un gran mercado en Italia (en aquel entonces la ciudad formaba parte del Imperio Austrohúngaro, pero ha sido siempre una ciudad a caballo entre Austria, Italia y Eslovenia), que le había permitido expandirse y 1.  «Escucha, Sefarad: los hombres no pueden ser si no son libres. / Que sepa Sefarad que nunca podremos ser si no somos libres». (N. del t.)

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consolidarse. Entonces lo enviaron a España basándose en la idea de que es un país católico, lleno de iglesias, y que aquí también habría un mercado importante. Llega a Barcelona en 1905, en busca de las empresas que suministran velas de iglesia para venderles parafina... La historia del viajante judío de Trieste es como la de los viajantes de Terrassa que iban por la España de principios de siglo xx a vender tejidos: el vendedor ambulante, el viajante de comercio con su muestrario. Judíos, catalanes, pueblos de mercaderes errantes por caminos polvorientos, como si fuera un western, el carromato del doctor Dulcamara con su elixir o lo que fuera, perfumes, tejidos, velas... —Cuando yo estudiaba bachillerato me hicieron aprender los pueblos de España, provincia por provincia, y recuerdo que los recitaba en casa. Había incluso un método mnemotécnico para recordarlos, una cuarteta en la que se hacían rimar los principales pueblos de cada provincia: Almansa, Villarrobledo / Hellín, La Roda, Albacete... Bien, pues cuando los recitaba en voz alta, mi abuelo se los sabía todos. Todos. No es que se supiera los nombres; sabía dónde estaban, cómo se llegaba, recordaba cómo había cogido el tren o el carro para hacer los últimos kilómetros. Para él, cada pueblo era una iglesia. O muchas. Porque detrás había una tienda, una pequeña empresa que le suministraba las velas y que por tanto era un cliente potencial para sus parafinas. Un judío de Corfú buscando iglesias por Sefarad. El mito del regreso a Sefarad. Un mito de proporciones bíblicas, una historia de exilios y de sueños de retorno; el año siguiente a Jerusalén. Una historia de expulsiones y de añoranzas. Los judíos vuelven a una España que los había expulsado quinientos años antes, cuando se casó para siempre con el catolicismo. Cuando decidió 15

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—con los Reyes Católicos, después con Trento; contra el espíritu del Renacimiento, después contra el de la Ilustración— que ser unánimemente católico, vigía de Occidente y reserva espiritual de la cristiandad, formaba parte de su esencia nacional. Que era lo que quería ser, lo que era como país. No hay judíos porque este es un país católico. Pues, bien, Manuel Coen vuelve como judío a Sefarad, buscando iglesias para venderles velas. En 1912 se establecerá ya definitivamente en Barcelona, donde aún no hay comunidad judía ni nada que se le parezca.

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galería familiar. manuel coen israel Una vez acabada la guerra, durante los veranos pasados en Caldetes, Manuel Coen Israel paseaba vestido de blan­ co de arriba abajo, con un sombrero de paja, una america­ na de hilo y unos zapatos de dos colores tostados, impecable, un señor entre los chalés modernistas a la orilla del mar. Como un personaje secundario, pero significativo, de una película de Visconti. No sé si, en aquella época y así ataviado, Manuel Coen parecía un arquetípico veraneante de casa bien —el veraneo burgués en Caldetes del que hablan Barral o Gil de Biedma—, como tantos otros barceloneses acomodados con chalé propio o con habitación en el hotel Colón. Dos estaciones más allá en la línea ferroviaria de la costa, hacia el norte, los veraneantes que encontrá­bamos en Canet no eran exactamente así. En cualquier caso, si Manuel Coen parecía un veraneante burgués convencional, no lo era en absoluto. Las apariencias engañaban. Inquieto, vital, podía evocar la guerra que había pasado allí mismo para huir de los bombardeos de Barcelona, también su paso por la prisión de Burgos ya en tiempos de Franco, el proceso por haber pertenecido fugazmente a la masonería, la persecución sufrida dos veces (durante la revolución al inicio de la guerra, en las prisiones franquistas al acabar esta), no exactamente por ser judío, pero en el fondo por cosas que podían tener que ver indirectamente. No es la biografía del veraneante típico. 18

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En una foto de mayor, sentado a la mesa, con una mirada pícara en los ojos, no sé por qué me recuerda a Josep Pla en alguna foto, con una pajarita oscura en el cuello, camisa blanca, las gafas sobre el mantel, al lado de la copa. La foto de un burgués vestido de domingo en la Barcelona del año 60. Un burgués diferente. Sus únicos deportes eran mentales: los juegos de cartas, las damas, los juegos de mesa y de memoria. Quizá el hambre pasada en el penal de Burgos lo convirtiera en buen comedor: cuentan que un día comía en el Set Portes y, cuando ya se había tomado el postre y el café, vio a un camarero pasando con una sopa humeante que era el primer plato de la mesa de al lado. Preguntó qué era, lo olió e hizo que le sirvieran una ración, a modo de colofón de la comida. Manuel Coen, el menor de una familia de dieciocho hijos de Corfú al que la jabonería familiar ya no podía dar trabajo, griego de nacionalidad, italiano de formación, hablante de numerosas lenguas aprendidas o vividas, era un hombre moderno y liberal, abierto a los cambios del mundo y de la ciencia. Aquel hombre de su tiempo, avanzado, progresista, tenía coche cuando casi nadie lo tenía, y cuando tampoco parecía la prioridad de su economía familiar, más bien modesta. Era un Ford muy pequeño, con una luz exterior en la ventanilla del conductor que permitía iluminar la calle y buscar, por ejemplo, el número de una casa en una calle muy oscura, algo que fascinaba a su nieto Luis. Del mismo modo que le fascinaba la manera que tenía de escribir a máquina, a toda pastilla, prueba de lo mucho que había tenido que mecanografiar en su vida, sin secretaria: la correspon­ dencia con la casa Luzzato de Trieste, cuya representación llevaba en España bajo el nombre de Comercial Luz. Le interesaban los cambios técnicos, el olor de los nuevos tiempos, la luz de la Ilustración. 19

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Este mismo Manuel Coen era una persona profundamente religiosa, el más practicante de la familia de Luis Bassat. Luis lo había visto de pequeño recitando todas las oraciones, en casa, poniéndose las filacterias, la compleja liturgia personal del judío creyente. Fue uno de los fundadores de la primera Comunidad Israelita de Barcelona, de la que fue tesorero durante muchos años. Pero nunca recitó las oraciones reservadas únicamente a los Coen, la antigua casta sacerdotal, que le correspondían por apellido y por linaje. No se consideraba digno de ello. Explica Carmen Orellana que cuando, ya siendo novia de Luis o recién casados, ella cruzaba los dedos de las manos en un gesto instintivo, el señor Manuel le golpeaba ligeramente las manos entrelazadas y se las hacía separar: decía que era como si se pusiera a rezar como los cristianos. Severo, pero comprensivo; riguroso, pero bondadoso; si ahora pudiera ver los ojos de Manuel Coen cuando le decía aquello a la prometida de su nieto y adivinar en su mirada qué porcentaje había de serio y qué de irónico en aquella admonición religiosa, quizá acabaría de entender del todo el personaje y entendería también un poco más al nieto, a Luis Bassat Coen.

Cuando a principios del siglo xx Manuel Coen llega a Barcelona y empieza a visitar pueblos para vender parafina para hacer velas, la mayoría de la gente que se encuentra no ha visto un judío en su vida. Y si lo hubiera visto —algo muy improbable— no lo habría reconocido como judío. No habían visto ninguno, pero se habían hecho una idea. Los judíos, para ellos —no solo en los 20

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pueblos remotos, también en Barcelona— eran una sombra lejana, antigua, de los tiempos de Jesús, de época medieval como mucho. Seguramente estaban convencidos de que habrían reconocido a uno, si se lo encontraran, a partir de las caricaturas de la Pasión: nariz aguileña, vestidos exóticos, rasgos exagerados. Los judíos eran cosa de la historia. De la historia sagrada, sobre todo. Un mito, no una realidad tangible. Un mito, pero muy vivo, aunque no hubiera judíos. Los niños —sobre todo en los pueblos, pero también en la ciudad— salían a «matar judíos» cada Semana Santa. A veces se empezaba ya el Domingo de Ramos. Lo más habitual era que se hiciera a partir del Jueves Santo, todo el Viernes Santo y hasta el sábado. Al terminar el oficio de tinieblas, nocturno, los días correspondientes a la muerte de Jesús, antes de la resurrección, en las iglesias y a la salida de las iglesias la gente iba a matar judíos. Sobre todo los niños: era una distracción ruidosa en medio de días de silencio absoluto. Se trataba de hacer el mayor jaleo posible con matracas, carracones y hasta mazas y cazuelas, botellas y cántaros. Se repetía al acabar el oficio del sábado, por las calles. En Barcelona, hasta la década de 1930, la calle Aragó, atravesada por el tren, era el lugar donde más gente se concentraba para matar judíos. Hasta dos décadas más tarde, ya en tiempos de Franco, matar judíos era una de las costumbres de la Semana Santa. No era un nombre metafórico. No era hacer ruido y decir un nombre cualquiera, como en algunos lugares de Castilla, que dicen que van a matar judíos cuando van a beber chatos de vino. Era una acción metafórica, pero consciente. El pedagogo Antoni Bori i Fontestà, en su popularísima obra El trobador català, publicada en 1892 con gran éxito entre el público infantil y reeditada 21

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repetidamente hasta los años treinta, tiene un poema titulado precisamente «Anem a matar jueus», muy explícito, en este sentido: «Anem a matar jueus, aquesta raça traïdora...». No se trataba solo de hacer ruido por hacer ruido. Había instrucciones precisas: «per ‘llà on es vegi que un jueu passa, braços enlaire, bons cops de maça, cops de martells...».2 Desde luego, era improbable que al salir de la iglesia con las mazas y las carracas se encontraran algún judío sobre el cual aplicar las instrucciones. Pero podía pasar Manuel Coen, con su maleta de vendedor de parafinas. Simplemente, no lo habrían reconocido. En aquel inicio de siglo, cuando empiezan a llegar sefardíes de Bulgaria, Grecia y Turquía, Barcelona es una ciudad sin judíos, pero con una memoria y una imagen de los judíos. Un país antisemita sin judíos. Antisemita respecto a un arquetipo, a una idea, que no tiene cuerpo ni rostro, fuera del tiempo. En 1907, cuando Manuel Coen ya había aterrizado en Barcelona, un historiador sacerdote, estudioso de la vieja aljama de judíos de Vic, escribió: Ya hace casi setecientos años que una colonia de gente extraña adquirió la carta de vecindad en la ciudad de Vic, entre cuyos habitantes pasó buena parte de dos siglos en correctas relaciones y hablando la misma lengua; profesando, no obstante, religión y costumbres diferentes, y viviendo siempre separados como el agua y el aceite. Era una aljama de judíos que, espoloneada por su instinto de raza, venía a ejercer aquí su comercio y su usura, para dar cumplimiento a su fatídico destino y llenar de sueldos sus logreras arcas. Es público y notorio que los judíos son activos e 2.  «Vamos a matar judíos, esta raza traidora [...] allá donde se vea que pasa un judío, brazos arriba, buenos mazazos y martillazos...». (N. del t.)

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insidiosos, despiertos y agudos de ingenio, de natural astutos y cicateros, con pocos escrúpulos y sin entrañas; condiciones unas y otras muy a propósito para dedicarse al oficio de la banca.

Hablaba de los judíos del siglo xii. Pero aquel arquetipo también servía para el presente. No había habido ocasión, ni voluntad, de retocarlo. Pues bien, resulta que aquella gente extraña, activa e insidiosa, con pocos escrúpulos y sin entrañas, iba volviendo poco a poco al lugar que habían tenido que abandonar quinientos años atrás. Pero la gente aún no lo sabía. Perduraba aquel antiguo antisemitismo de carracas y de mazas, ingenuo porque no tenía víctima reconocible. ¿Qué pasaría si decidían volver, como ya habían hecho los Coen, como harían los Bassat? Pues que sin duda vendrían a ganar dinero con la banca y la usura (¡y el pobre Manuel Coen vendiendo parafina por los pueblos para las velas de las iglesias!) y destinados, como antes, como siempre, a la vieja maldición, a vivir entre nosotros, pero no mezclados con nosotros. Agua y aceite.

galería familiar. peppina romano coen Peppina Romano Coen tenía veinticuatro años cuando se casó con su tío, Manuel Coen Romano, hermano de su madre. Él no era mucho mayor, tenía treinta años. Manuel y Pazzina, el marido y la madre de Peppina, eran dos de dieciocho hermanos, y se llevaban entre ellos dieciocho años. Pazzina era una de las hermanas mayores y sus hijos —tuvo siete, entre ellos Peppina, del matrimonio 23

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con Mandolino Romano Besso— eran prácticamente de la misma generación que sus hermanos más pequeños, como Manuel, que era el menor. Peppina y Manuel, al igual que sus padres y sus abuelos, habían nacido en Corfú, y habían llegado a Italia muy jóvenes. Peppina, como el resto de su familia, a Trieste: allí se quedaron, hasta que las emigraciones, la guerra y el Holocausto los desperdigaron por el mundo, pero en Trieste aún quedaban muchos de ellos. En Trieste, los alemanes atraparon a Pazzina Coen Israel, la madre de Peppina, y la deportaron a Auschwitz, donde murió. La infancia y la juventud de Peppina es, por tanto, completamente italiana. En Italia se casó con su tío, en 1916, en la sinagoga de Via Guastella de Milán. Y cuando se fueron a vivir a Barcelona, donde antes de casarse ya trabajaba Manuel para una empresa italiana, se llevaron consigo un mundo de referencia italiano, aunque ambos tuvieran pasaporte griego. En Barcelona, vivieron en un mundo judío por una parte, y en un mundo italiano, por otra. De hecho, cuando vivían en la isla, los judíos de Corfú ya tenían un idioma y unas costumbres italianizados: eran judíos más a la italiana que a la griega. Después, para Peppina, vinieron Trieste y Milán. Para Manuel, también Turín. Peppina hablaba en italiano con su marido; el italiano era también la lengua del hogar en los tiempos de Barcelona, la que hablaban con su hija y su hijo Mauricio. Para los nietos y, por extensión, para toda la familia, Peppina Romano acabó convirtiéndose en la nonna o, para mayor precisión, la nonnina. Y su marido, en el nonnino. Y para Luis Bassat y para sus padres la nonnina se convirtió en el vínculo más vivo con el pasado, con la tradición de la que procedían. Existe una foto de boda de Peppina y Manuel que 26

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debió de hacerse en plena Guerra del 14, antes de que naciera su hija Yolanda, una de esas fotos que se enmarcaban y se ponían en los comedores. Están uno al lado del otro, superpuestos. Si fuera actual, diría que se nota el Photoshop, parecen retocados a lápiz. Manuel queda detrás, con un bigotito escaso. Peppina, más en primer plano, sonríe, con un rostro redondeado y suave bajo unos cabellos con unas ondulaciones excesivas. Lleva un vestido muy cerrado, de cuello alto, y una sarta de perlitas o de pequeñas cuentas blancas de tres vueltas. Tiene un punto de inocencia en la mirada, pero diría también que de picardía. Quizá aquella joven de poco más de veinte años ya mostrara las primeras señales de la elegancia sofisticada que iría creciendo con el paso de los años, ya en Barcelona. La sofisticación de una mujer que a finales de los años treinta fumaba con boquilla, como una actriz de Hollywood, una Greta Garbo barcelonesa. Empezó a fumar por prescripción facultativa: el médico se lo recomendó cuando sufrió una ciática muy dolorosa, hacia los cuarenta años. Cuando otro médico, ya casi a los noventa, poco antes de morir, le dijo que dejara el taba27

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co, se lo quedó mirando con ironía y le preguntó «¿Para qué?», a aquellas alturas. El marido de Peppina, Manuel, representaba mejor que nadie la tradición religiosa, en las raíces familiares, pero su presencia se fue haciendo menor con el paso de los años, diluyéndose cada vez más. En cambio, la nonnina era la tradición cotidiana, viva, la de los juegos de los niños, las canciones y, sobre todo, la cocina. Pasó recetarios precisos y variados a su hija y después a Carmen, la esposa del nieto, que venían de un mundo antiguo en el otro extremo del Mediterráneo, de viñedos y olivos, de vino blanco y aceite de oliva, de almendras y miel y limón. La cocina casera, para los Bassat, cuando se emparentaron con los Coen, fue por encima de todo la cocina de la nonnina, una cocina con lejanas resonancias griegas, teñida por contacto con la sefardí, pero por encima de todo era una cocina italiana. La pasta di mandorla que le enseñó a hacer a su hija Yolanda era insuperable. Era la cocina que Luis Bassat comió de pequeño y añoró de mayor, de la manera en que solo se añoran los sabores dulces de la infancia. (Yo he visto a Luis comiendo con los ojos humedecidos unos gnocchi al gorgonzola en Trieste, como los de su madre, como los de la nonnina.)

«Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera». La frase, tan repetida, con la que Tolstói empieza Anna Karénina es muy cierta, pero tiene un inconveniente práctico: ninguna familia es eternamente feliz; ninguna es constantemente infeliz. Las familias son a la vez felices e infelices, a ratos, a fragmen28

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tos, a veces ambas cosas en un mismo momento. Dentro de las familias se encuentra todo. Todos los mundos. Por eso las novelas hablan, sobre todo, de las familias. Este es un libro de familia. O de familias, si se prefiere. Felices e infelices, y ninguna de ellas está permanentemente en un grupo o en otro, se van trenzando los infortunios y las euforias. Bien y mal avenidas, el espacio del amor y el de la contienda. Familias dentro de una comunidad, con la que comparten las reglas del juego: dos judíos, tres sinagogas. Cada uno en la suya, a veces todos a una y a veces unos contra otros. Nacimientos y bodas, disputas por las herencias o en los consejos de administración; conflictos sentimentales, inmobiliarios y financieros; protección y ayuda en tiempos de dificultad. Gente que se cae bien y gente que no se habla; reencuentros y separaciones, entre matrimonios, entre hermanos, entre padres e hijos. Hay de todo. Como en todas partes. Este es el libro de familia de los Bassat y de los Coen. ¿Dónde los pondría Tolstói?, ¿en el grupo de las familias felices que se parecen todas o en el de las infelices, cada una a su manera? Las tendría que poner en los dos grupos. En un siglo, en un momento u otro, en uno u otro sitio, han estado a un lado y en el otro. Han compartido las similitudes de las historias felices y las diversidades de las historias tristes. En definitiva, de eso va la literatura. Es eso lo que la hace posible. Que se parece a la vida.

Samuel Bassat Strumza, abuelo de Luis Bassat, llegó a Barcelona para la Exposición Internacional del año 1929. Venía a ver las novedades en maquinaria que se exponían en Montjuïc, en una muestra centrada en los nuevos usos 29

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de la electricidad, para aplicarlos al negocio familiar de fabricación de hojas de afeitar de acero. Llegó a Barcelona por trabajo, pero al parecer se enamoró de la ciudad, y decidió quedarse. —En casa siempre se ha dicho que un factor fue la lengua —­recuerda Luis Bassat, que no llegó a conocer a su abuelo—. El abuelo Samuel, yo tenía que haberme llamado como él, era de Bulgaria y hablaba ladino. Cuando oyó hablar a la gente por la calle en Barcelona, dijo: «¡Aquí todo el mundo habla ladino! ¡Aquí todo el mundo habla como yo!». El abuelo Samuel llegó a Barcelona casi con sesenta años. Había nacido en Bulgaria, en Shumla, en una familia sefardí como las que explica Elias Canetti en sus memorias de infancia: la aristocracia comercial judía de los Balcanes, los descendientes de los judíos españoles. Era el mayor de una familia con muchos hermanos. De joven, y ya casado con Matilde Cuenca, una joven aún más sefardí, también de Bulgaria, de Varna, se fue a Estambul. Tenían una hija pequeña, de dos años, Regina Bassat Cuenca. Matilde tuvo un segundo hijo al llegar a Estambul, pero cogió el tifus cuando el niño tenía un mes y murieron los dos, madre e hijo. Ella tenía veinte años. En aquella época, contra el tifus no había nada que hacer. Samuel Bassat se volvió a casar poco después con Estrella Jerusalmi, una joven de muy buena familia de Hasköy, el gran barrio de los sefardíes de Constantinopla, dieciséis años más joven que él. En 1911 tuvieron un hijo: José Bassat Jerusalmi, el padre de Luis. Cuando el abuelo Samuel viajó a Barcelona, en 1929, no llegaba a una ciudad del todo extraña. Desde Estambul, durante los años veinte, los hermanos Bassat Strumza fueron repartiéndose por el mundo. Samuel debió de pasar por Viena, no es seguro. La hija del primer matri30

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monio, Regina, vivía allí con sus abuelos paternos, Lázaro Bassat y Malka Strumza. Después, Regina se fue a vivir a casa de otro de los hermanos Bassat, un tío suyo, Enrique (o Heinrich, o Haim, según en qué lengua estén escritos los papeles), que se fue a Hamburgo, donde fundó una empresa de hojas de afeitar que después trasladaría a Solingen. Allí vivía también Moisés Bassat, un hermano más pequeño. Otro de los hermanos, Alberto (o Albert, en alemán) ya estaba en Barcelona, desde hacía tiempo, en la rambla de Catalunya. Más tarde también llegaría allí el más pequeño de los hermanos varones, Jacques... Otro, Aquiles, se fue a México... El abuelo Samuel no fue, pues, el primer Bassat que emprendía el regreso a Sefarad. Ya tenía a su hermano Alberto en Barcelona. La ciudad le gustó por el clima, por el impulso creado por la Exposición Internacional —mien­ tras el mundo ya empezaba a tambalearse por efecto del crac del 29—, porque hablaban una lengua (unas lenguas) que no les eran extrañas después de haberse criado con el ladino en Constantinopla y en Bulgaria. Llegó con su esposa y con la hija de su primer matrimonio, mientras que su hijo muy pronto se iría a estudiar a Alemania, con el tío Enrique, que dirigía la fábrica de Solingen. Una familia desperdigada por Europa, y después por el mundo. Viniendo de Bulgaria, pasando por Turquía, recordando —mitificadas— unas antiguas raíces de Sefarad, conservadas en la lengua y en la cocina. Pasados por Constantinopla. Repartidos por Austria, por Alemania, después por México y Brasil. Y, a partir de la llegada del abuelo Samuel, del tío Alberto, del tío Jacques, con uno de sus centros en Barcelona. Un centro desde el que la familia Bassat vio cómo el mundo —en los años treinta, los cuarenta— entraba en ebullición, estallaba, se volvía oscuro e incomprensible, y volvía a nacer después de otra manera. 31

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En la vida de Luis Bassat, uno de los publicistas más prestigiosos del mundo, confluyen dos familias errantes y muchos viajes a través de lo...

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