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EL CASO VIVALDI

TURNER MÚSICA



FEDERICO MARIA SARDELLI

EL CASO VIVALDI Traducciรณn de Carmelo Di Gennaro

TURNER Mร SICA


De esta edición: © Turner Publicaciones S. L. Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com Edición original: L’affare Vivaldi, Sellerio editore, 2015 Primera edición en castellano: febrero de 2017 © Federico Maria Sardelli, 2015 © De la traducción: Carmelo Di Gennaro, 2017 Imagen de cubierta: Retrato de Vivaldi, desde Pier Leone Ghezzi, 2003, Federico Maria Sardelli, óleo sobre tabla, 21 x 27 cm, colección del autor.

ISBN: 978-84-16354-03-0 Depósito legal: M-2070-2017 Impreso en España Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni de otra manera sin previo permiso de los editores. La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com


ÍNDICE Personajes principales .................................................................. 9 1.

Venecia, viernes 27 de mayo de 1740, calle de’ Favri, casa del reverendo don Antonio Vivaldi .......................... 13 2. Castillo da Passano, Occimiano en el Monferrato, otoño de 1922 ...................................................................... 23 3. Venecia, 4 de agosto de 1741 ............................................. 31 4. Borgo de San Martino, Monferrato, otoño de 1926 ........ 41 5. Venecia, viernes 3 de noviembre de 1741 ........................ 53 6. Turín, martes 12 de octubre de 1926 ................................ 69 7. Venecia, jueves 16 de abril de 1778, Campo San Beneto .................................................................................. 89 8. Turín, miércoles 6 de octubre de 1926 ............................. 97 9. Venecia, sábado 20 de mayo de 1780 .............................. 117 10. Turín, marzo de 1927 ........................................................ 133 11. Génova, 12 de septiembre de 1893 ................................. 153 12. Seis epílogos ...................................................................... 171 Anotaciones sobre las fuentes ................................................. 209 Nota del traductor ..................................................................... 215



PERSONAJES PRINCIPALES

LOS MANUSCRITOS DE ANTONIO VIVALDI,

es decir todo el archivo personal del compositor, en el cual se conservan centenas de manuscritos originales MARGARITA Y ZANETTA VIVALDI, hermanas solteras de don Antonio NANE BORELLO, alguacil del tribunal de Censores FRANCESCO VIVALDI, peluquero y librero, hermano de don Antonio ZUANE, aprendiz en la peluquería de Francesco Vivaldi MARCELLO DURAZZO, patricio genovés FRANCESCA DA PASSANO, su esposa ALMA, su criada ARTABANO TOSI, acreedor de don Antonio Vivaldi ANTONIO GASPARINI, notario Monseñor FEDERICO EMANUEL, arribista y salesiano Su cura ecónomo en el colegio de San Carlo Teniente general ETTORE MAZZUCCO, podestá de Alessandria Teniente general UGO CAVALLERO, senador, presidente de Ansaldo, luego héroe de la guerra de Etiopía Com. CARLO GRASSI, munífico benefactor JACOPO SORANZO, patricio veneciano, senador y bibliófilo ANTONIO SORANZO, patricio veneciano de escasa figura y estatura Tres criados del susodicho ALBERTO GENTILI, musicólogo, director de orquesta, compositor, profesor de historia de la música en la universidad de Turín LUIGI TORRI, director de la Biblioteca Nacional de Turín y superintendente bibliográfico para Piamonte y Liguria, compositor y musicólogo AMELIA, su mujer

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FAUSTINO CURLO,

marqués y bibliotecario de la Biblioteca Nacional

de Turín MARÍA PIERINA PEYRON,

de casada Curlo, su mujer cafetero y chismoso El señor PANCRAZIO, chismoso MATTEO LUIGI CANONICI, jesuita y bibliófilo PASQUALE, su criado ALVISE e GIROLAMO CORNER, patricios venecianos ROBERTO FOÀ, agente de cambio, judío DIODATA SEGRE, casada Foà, su mujer MAURO FOÀ, su hijo, fallecido con un año de vida GIACINTA, criada de casa Foà ADELINA, ama de llaves de casa Foà La señora VIRGINIA AGNELLI, el Mº MARIO CANELLO, el profesor LIONELLO VENTURI, amigos e invitados del gran oficial ROBERTO GUALINO GIACOMO DURAZZO, embajador imperial en Venecia y bibliófilo ERNESTINE UNGNAD VON WEISSENWOLFF, su esposa GIROLAMO DIEDO, patricio veneciano Seis marineros con cara de malos FLAVIO DURAZZO, patricio genovés, hermano de Marcello GIUSEPPE MARIA IV DURAZZO, patricio genovés, padre de los susodichos Padre FERNANDO, su confesor GIUSEPPE MARIA V DURAZZO, patricio genovés, hijo de Flavio FILIPPO GIORDANO, industrial textil y gran oficial RENZO GIORDANO, su hijo, fallecido con doce años de vida BENITO MUSSOLINI, jefe del gobierno, primer ministro, secretario de Estado, caudillo del Fascismo ARNALDO BRUSCHI, tipógrafo y anarquista EZRA POUND, poeta estadounidense y propagandista del régimen fascista. OLGA RUDGE, violinista, su amante GINO TAMBURINI, director de la Biblioteca Nacional de Turín, sucesor de Luigi Torri Don NICOLA, secretario de monseñor Federico Emanuel en Castellammare di Stabia Contable Comendador AMILCARE SCIARRETA, presidente de los Juegos Fascistas de Stabia BEPI,

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Caballero SILVIO SOLARI, podestá de Rapallo LUCY MABEL RIESS, JAMES LAUGHLIN, marquesa PALLAVICINO-GROPALLO, Doña ALFIERI-BONOMI, diputado ALESSANDRO LESSONA, amigos e invitados de Ezra Pound en Rapallo ATTILIO BULGARONI, suboficial de la 1ª Legión “Ferrea” de la Milicia de Voluntarios para la Seguridad Nacional ARTEMIO ROBECCHETTI, camisa negra de primera OSVALDO RICCI y UGO CATAPIANO, legionarios fascistas Doctor ELIA CASSUTO, medico judío ANNA CASSUTO, su esposa GUIDO CHIGI SARACINI, patricio de Siena, fundador de la Academia Musical Chigiana ALFREDO CASELLA, compositor y colaborador del susodicho conde LUIGI SOCINI GUELFI, podestá de Siena EDUARDO PALLANTE, prefecto de Siena VITTORIO PASSALACQUA, secretario federal del Partido Nacional Fascista de Siena Profesor AZZO AZZI, magnífico rector de la universidad de Turín

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1 VENECIA, VIERNES 27 DE MAYO DE 1740, CALLE DE’ FAVRI CASA DEL REVERENDO DON ANTONIO VIVALDI

Piso en la segunda planta, vacĂ­o. Silencio acolchado, roto de vez en cuando por dĂŠbiles voces procedentes del exterior. En la gran habitaciĂłn que mira hacia la Riva del Ferro, la luz dorada de la maĂąana entra por los cristales de las ventanas que dan hacia el canal y corta en diagonal el cuarto. Una de las ventanas estĂĄ mal cerrada y bate lentamente contra el marco, mecida por la liviana brisa que entra, haciendo un ruido dĂŠbil, rĂ­tmico. Polvo por todas partes, que flota muy lentamente en la luz rasante de la maĂąana. Entre las dos ventanas, una mesita de nogal pegada a la pared con una silla forrada de cuero negro que dejĂł atravesada el Ăşltimo en levantarse de ella. Sobre la mesa, al centro, tres fascĂ­culos de papel pautado con diez pentagramas por cada hoja. En la primera pĂĄgina se lee el tĂ­tulo #onlteBor al lado, a la izquierda, una resma de cartas, cuentas, requerimientos de pago. En el costado derecho, un tintero con la pluma en su interior, la tinta casi totalmente evaporada y transformada en un sutil estrato de papilla negra; otras plumas en un vasito de cobre allĂ­ al lado. Manchas de tinta seca de distinto tamaĂąo se confunden con la oscuridad de la madera. Al borde de la mesa, hacia la pared, una bandejita rectangular de plata con un cuchillo muy afilado para rascar el papel y sacar punta a las plumas, un abrecartas de hueso, un ovillo de cordel de cĂĄĂąamo blanco, un alfiler grande para coser, dos barritas de lacre ya empezadas. En el rincĂłn izquierdo de la mesa un candelabro triple, de peltre, con tres velas de sebo casi gastadas. En la pared opuesta a las ventanas, dos grandes armarios pintados a la manera china, con las puertas abiertas; los anaqueles del interior llenos a rebosar de resmas de manuscritos musicales escritos sobre papel de filigrana a tres lunas, todos ordenados con cuidado y seĂąalados con tiras de papel que cuelgan debajo de cada resma. En las tiras se puede leer: Conciertos ‘ripieni’, Conciertos para violĂ­n, Cantatas, Dramas en mĂşsica antiguos, Dramas en

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música nuevos, PeQueÅas arias sueltas, -agnilcat ¹ , Para la Piedad, Papel pautado para diez pentagramas, etcétera. Poquísimo el espacio aún disponible, solo algo queda sobre la resma de los Conciertos para peQueÅa mauta y la de las Sonatas a Solo. También aquí polvo. Desde la ventana mal cerrada, un soplo de viento levanta débilmente del escritorio unos papeles que se vuelven a posar despacio, creando cada vez un pequeño torbellino de polvo que brilla a la luz y luego desciende lentamente. Silencio. En la planta de abajo, revuelo de mujeres. –Zanetta, ¡están llamando a la puerta! –Madre mía, ¿otra vez? ¡Ese, otra vez! No puedo más, ¡yo me vuelvo loca! Es la cuarta vez que… –En realidad, hermana, es la tercera. –Ahí está, ¿no la queríais? ¡La letrada! Siempre haciéndose la sabelotodo. Mirad mejor por la ventana del soportal sin que os vean. –Voy, pero tranquila, a lo mejor es solo la Lucietta que deja siempre la llave dentro, no os agitéis, a lo mejor es el señor Ambrosio que ha vuel… ¡qué va!, tenéis razón, es ese otra vez, el miserable cobrador del tribunal, ¡que se lo lleve el diablo! –Y cómo golpea la puerta, ¡le gusta mucho asustar a la buena gente! –Asomaos vos, Margarita, yo no puedo volver a verlo. –Por supuesto que me asomo yo, ay de mí, le destrozaría con mucho gusto la cara…Voy, voy, ya basta: ¿por qué llamáis, por qué gritáis, qué queréis, la sangre de los pobres cristianos? Bajo la ventana de las hermanas Vivaldi, en la calle, el procurador del tribunal, un joven enjuto con cara de pocos amigos al que le gustaba su cargo, compuso de repente una sonrisa irritante mientras con la mano derecha ondeaba, por tercera vez en el plazo de pocos días, el mismo mandato de comparecencia. –La sangre no, estimada señora, haría falta solo un poco de dinerillo. Así que hoy también interpretaremos la misma comedia: ‘En nombre de los Excelentísimos y Honradísimos Magistrados de Cuentas, vengo yo, Nane Borello, jurado de Cuentas, a preguntar si el Excelentísimo Reverendo don Antonio Vivaldi se encuentra en esta casa’. Contestad que sí o que no. –¡Que no, no y no! Os lo dije ayer, os lo dije antes de ayer, ¿cuántas veces os he de repetir que nuestro hermano se fue, que está fuera de Venecia, que no sabemos dónde está ni tampoco cuándo volverá? 14


–A lo mejor si me lo dijerais en verso, o más bien en arias de cámara, al estilo de las que tan bien le salen a vuestro reverendísimo hermano… Yo os evitaría con mucho gusto estos embrollos, si ese cura ilustrísimo no estuviera dando vueltas por el mundo, dejando deudas en toda Venecia. Mis respetos. –Sois peor que un perro, atormentáis a la gente pobre. –Muy amable, estimada señora; os ruego que permitáis a vuestro muy humilde perro, antes de despedirse de una familia tan rara, el ladraros lo que sigue: decidle a vuestro reverendísimo hermano que mañana, si no se digna salir de debajo de la cama donde se esconde, expuesto en Rialto encontrará el mandato de comparecencia delante del magistrado, como suélese hacer con los deudores más selectos y con los ladrones más ilustres. Servidor vuestro. Guau, guau, guau. En la calle todos los chicos que habían parado de jugar para seguir la escena se fueron detrás del alguacil, como si ese fuera su nuevo bufón, el cual seguía haciéndolos reír ladrando como un perro; las ventanas de los vecinos se volvieron a cerrar poco a poco, una detrás de otra. Por el momento, el espectáculo se había acabado. Margarita fue la última en cerrar su ventana, muy despacio, posando la mirada fija hacia el vacío, girando el pómulo de latón con inusual delicadeza, como si fuera de vidrio soplado y tuviera miedo de romperlo; luego se dio la vuelta hacia el centro de su cuarto y se sentó a la mesa donde Zanetta se había quedado petrificada, escuchando la escena. Se mantuvieron durante un larguísimo minuto en silencio; luego, como respondiendo a una señal muda que solamente ellas parecían haber oído, las dos rompieron a llorar al mismo tiempo. Y lloraron mucho, y sollozaron mezclando en una letanía convulsa fragmentos de frases que desde hacía meses rebotaban entre las paredes de la casa: “Un hombre tan ilustre, perseguido por esa canalla…”, “…como un ladrón, como un ladrón, tuvo que huir nuestro desgraciado hermano, quién sabe cuándo podrá volver…”, “…desde que murió nuestro padre, hace cuatro años, no tuvo tranquilidad, todo el mundo en contra, todo el mundo”, “…y aquella bruja de soprano que destrozó las arias en la última ópera de Antonio, ¿cómo se llamaba? Ah, eso es, la Fumagalli ¿y pretende que se la pague?”, “…¿y ese fresco del Chiapolin? ‘Contad conmigo, adelantaré yo el pago a todos los cantantes’, pedazo de granuja”, “…menudos elementos los trompetas, en la última función parecían elefantes borrachos, pero luego se fueron corriendo al magistrado lloriqueando por su sueldo”, “…y nuestro pobre 15


hermano Antonio tenía siempre que ocuparse de todo y pagar de su bolsillo copistas, escenógrafos, bailarines, carpinteros, músicos…”, “…si por lo menos estuviera él ahora para reconfortarnos, para rezar con nosotras… ¿quieres empezar tú, Margarita?”, “no, empieza tú”, “está bien: Salve, Regina, Mater Misericordiae…” y la otra siguiendo “…vita dulcedo, et spes nostra, salve…”. Secadas las últimas lágrimas y susurradas las últimas confusas letanías, las dos mujeres volvieron a moverse por la casa, pero ya se encontraban cansadas, lentas, agotadas. Desde hacía cinco meses todo iba al revés. Más de cinco meses; los dos últimos años habían sido tremendos: una pena detrás de otra, óperas canceladas, contratos que pagar, deudas y acreedores cada vez más enfadados. Y ellas dos vivían la vida de don Antonio, pobres solteras que se habían quedado amarradas al padre y a su afamado hermano cura. Pero, por lo menos, mientras vivió Giovanni Battista, el anciano genitor, él sí que sabía cómo manejar los negocios y el dinero. Antonio no, lo enredaban, levantaba la voz pero luego no sabía cómo salir de los apuros. Nadie en Venecia tenía ganas ya de escuchar su música y sobrevivir se había vuelto un infierno. Cinco meses antes, desesperado tras la última ópera en el teatro de Sant’Angelo, había vendido un poco de música a esos tacaños de los gobernadores de la Piedad y con esa suma se había ido una noche hacia Viena, esperando que su amigo – sí, así decía él– su amigo el emperador lo ayudara tal y como lo había hecho diez años antes en Trieste. Esa fue su última ilusión. Acababan de poner el agua al fuego para la polenta cuando llamaron otra vez al portal. –¡No, otra vez ese! –gritó Margarita. –No creo, los golpes son distintos –comentó Zanetta, que tenía un oído muy fino, y se fue corriendo a la ventana. –¡Francesco! –su rostro se iluminó con una sonrisa–. Bajo enseguida para abriros. Volvió arriba resollando pero feliz detrás de su hermano pequeño. Se abrazaron en silencio, Zanetta le quitó el sombrero de tres picos, Margarita le acercó la silla y en un instante se encontraron todos sentados en torno a la mesa. –Ay de mí, si hubierais llegado un poco antes: también esta mañana volvió… –Chitón, lo sé todo. Vuelvo ahora mismo del notario Barbolin que me ha dicho que mañana por la mañana los censores pondrán un pleito de acreedores en contra de nuestro hermano. ¿Sois conscientes de lo que va a ser? Un infierno aún peor de lo que es ahora; 16


cualquiera que tenga una deuda se precipitará al magistrado para exigirla, y también todos los canallas y los envidiosos que no tengan ninguna, que aprovecharán a su vez la ocasión para pelar el Prete Rosso en su ausencia. Y, ¿adónde vendrán a sacar dinero? Aquí arriba, a su casa, y acá, a la vuestra. Refirió Borello, alguacil del Tribunal, que el 24 de mayo de 1740 acudía al lugar de la habitual vivienda del Reverendo D. Antonio Vivaldi en el barrio de San Salvador en la calle de Favri para citar al susodicho a que se presentara delante del juez a instancia de D. Antonio Chiapolin y que le contestaron los vecinos que no se encontraba en Venecia, si bien el alguacil estuviese allí también los días 25 y 27 y se le contestó como antes, así que el ilustrísimo señor Gerolamo Querini, juez del tribunal, enterándose de la susodicha contestación, mandó que se le citara por parte de uno de los alguaciles del Magistrado por el estridor de los vivos y que este anuncio se diera ‘ad ripas’, a instancia de sus acreedores. “El estridor de los vivos”; esa era la frase que los hería. Los llantos, los anuncios “ad ripas”, es decir en la orilla del canal, a la búsqueda de una persona viva que ha huido o desaparecido. Pero ese lamento no se detiene ahí: desgarra e hiere los vivos, a los que se han quedado o al que tuvo que huir avergonzado. Y resuena siniestro como la inserción artificiosa y absurda de dos versículos de las Sagradas Escrituras: “allí será el llanto y crujir de dientes”;1 “Cristo ha vuelto a la vida para ser el Señor de muertos y vivos”.2 Crujen los dientes de los vivos, eso es lo que se quedaba flotando, confundido y molesto, en las mentes preocupadas de las dos hermanas Vivaldi. –Creo que me voy a morir –jadeó Margarita. –Pero ¿vos no tenéis noticias de Antonio? ¿Os escribió a vos? ¿Va a volver? –insistió Zanetta. –No, no he tenido ni una carta suya desde hace dos meses y no sé lo que estará haciendo en Viena. Se fue con muy poco dinero, sin un contrato seguro, sin un cargo, sin una invitación a la corte. En otoño, me dijo, tendré que componer la ópera: pero mientras tanto ya estamos en junio y me pregunto, ¿cómo puede sobrevivir allí? El Señor le bendiga y le guarde. 1 Lucas, 13:28. 2 San Pablo, Epístola a los Romanos, Rom. 14:7-10.

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Las hermanas no rechistaban; Zanetta se mordía el labio, Margarita, la mayor de las dos, fingía darle cuerda nerviosamente al reloj. –Ánimo, hermanas, yo sé qué hacer, habéis de confiar en vuestro hermano. Más tarde, cuando esté muy bien entrada la noche (ni uno de los chismosos aquí alrededor tiene que enterarse de nada), yo me acercaré con Zuane. No llamaré a la puerta, vosotras tendréis que estar pendientes y en cuanto oigáis silbar en el canal el aria de Farnace, bajad para abrirme muy despacio la puerta. Luego, retiraos, ni se os ocurra encender farolillos, me las arreglaré yo. –Pero, ¿qué vais a hacer? –Pero, adónde… –Chitón. Confiad en mí, todo irá muy bien.

Y luego vino la oscuridad, y bajó sobre Rialto un aire templadito y perfumado de salobridad, fritura, claveles. El silencio, en la séptima hora, era total. Y fue entonces cuando Francesco salió de repente desde la calle de San Antonio como un gato, seguido por su gordo aprendiz, inigualable empolvador de pelucas y afamado autor de navajazos en las mejillas. Zuane tropezó de repente en un bidón de cobre puesto allí para recoger la lluvia. La campana resonó por toda la calle tapando a duras penas la blasfemia canina del pingüe aprendiz. Francesco imprecó, amenazó y se sonrojó en el más absoluto silencio. Se detuvieron un rato. Ninguna reacción desde las ventanas. Silencio. Prosiguieron hasta la orilla, y allí Francesco empezó a silbar la melodía pactada, pero el enojo por el primer tropezón le impedía colocar bien los labios: así que lo que le salió fue un silbido áfono y desteñido que de todas formas las hermanas reconocieron, trepidantes como estaban desde hacía horas y dándose continuamente el relevo en la ventana. El portal chirrió como siempre, pero a esa hora pareció penetrar el silencio como un timbrazo de oboe. Los dos hombres se colaron escaleras arriba en la oscuridad más absoluta, hasta el segundo piso; las hermanas volvieron a bajar al primero, encerrándose despacio en sus cuartos con el corazón agitado. Francesco conocía muy bien el piso; cuando los Vivaldi se mudaron, él había vivido allí durante los primeros dos años. Y efectivamente encontró enseguida, en la oscuridad de la noche, el hueco de la cerradura: la llave giró fluida y en un instante estuvieron en el interior. Llegaron, andando a tientas en la oscuridad más completa, a la habitación grande, Zuane detrás de él soplando como un fuelle; poco después los ojos se acostum18


braron a la débil luz que se filtraba por las ventanas orientadas hacia la orilla. Con calma, Francesco se dirigió hacia los dos grandes armarios que tan bien conocía: estaban pintados a la manera china, pero en la oscuridad parecían negros. Los tanteó y se dio cuenta de que ya estaban abiertos, mientras a sus espaldas Zuane resollaba; parecía que se le oía hasta en el canal. Se detuvo un rato para respirar ese olor a papel y tinta que encontraba tan familiar; luego, le hizo una seña a su aprendiz para que se esperase, quería ser él quien sacase con cuidado del armario esos preciosos papeles y los dispusiese por el suelo de una forma determinada. Conocía el cuidado que ponía su hermano en este propósito y cómo solía ordenar escrupulosamente sus manuscritos. En la oscuridad, los amontonó en pilas distintas que solamente él podía reconocer. Tardó una buena media hora en proceder de una forma tan meticulosa, con el resuello de Zuane, que parecía marcar el tiempo, resoplando de vez en cuando para dar a entender que se sentía desaprovechado. Los dos empezaron a trasladar las resmas hacia afuera, bajando por las escaleras hasta el entresuelo, atravesando después una puertecita de madera sin tratar, donde Francesco indicó el lugar exacto en el cual posarlas. Hicieron por lo menos una quincena de viajes arriba y abajo por las escaleras, y a la décima un fascículo se deslizó desde la resma que llevaba el empapado aprendiz. Se detuvieron y en silencio depositaron las cosas por el suelo, malditos sean los patosos. En el entresuelo las ventanas pintaban un tenue rayo de luz que se filtraba desde el exterior; iluminado por el rayo, el fascículo caído quedó a la vista de Francesco, que se había agachado para recogerlo. Beatus Vir, RV 597 Autógrafo, partitura. Papel de procedencia veneciana con filigrana a tres lunas crecientes. Las páginas miden aproximadamente 300 mm en vertical y 225 mm en horizontal. En ambos lados de cada hoja están marcados 18 pentagramas obtenidos con una única acción. En el recto, como en el verso, las rayas no presentan ningún margen al interior, lo que permite que la música continúe sin interrupciones a caballo de la raya central. El frontispicio pone: Beatus vir / in due cori / ¹ / Con )stromti del Vivaldi. Los pentagramas son de color marrón y presentan matices rojizos. Las dos mismas variedades de papel aparecen en los fascículos añadidos del Laudate pueri en La mayor. La colocación de las hojas resul19


ta muy compleja y atestigua un proceso muy elaborado de revisión ocurrido a lo largo de la fase de copia del manuscrito. Francesco conocía muy bien esas cosas, aunque él fuera peluquero como su padre; en Venecia, curiosa circunstancia, los barberos a menudo eran violinistas y su padre Giovanni Battista era también uno de los virtuosos más cotizados de la ciudad: este se había ocupado de enseñarle violín al primogénito Antonio y un poco de música a los demás hijos. Y había un buen número de ellos: cinco varones y cinco hembras; los varones todos bastante traviesos cómo él. Pese a que había nacido once años después de Antonio y a cierta distancia de los restantes cuatro hermanos, Francesco quizá era el que se le parecía más: la misma gran nariz, los mismos ojos vivaces y la barbilla con un hoyuelo. Pero él no tenía el pelo rojo, heredado de su padre, que había hecho que se tildase a Antonio con el apodo de “Prete Rosso”, el Cura Rojo. Y si bien Francesco no llegó nunca a ser músico, los manuscritos musicales eran cosa de familia: de vez en cuando iba él mismo a comprar el papel con pentagramas para su hermano, en cuanto veía que a este estaba a punto de acabársele. Conocía bien cómo se fabricaba, lo había visto hacer muchas veces en la tienda de los hermanos Zucconi, papeleros justo allí al lado, en la Riva del Carbon: ellos utilizaban unos rastrillos, es decir unas plumas con múltiples puntas, desde cuatro hasta doce, para trazar los pentagramas; pero para hacer hojas como esas se necesitaban 18 rastrillos fijados en una barra y la mano tenía que mantenerse muy firme para rayar al mismo tiempo la hoja entera, o la “hoja real”, sin que ninguna de las líneas se interrumpiera o corriese. En cuanto se secaba, la hoja se doblaba en cuatro y las plisadas del lado menor se abrían con el cortapapeles. Su hermano había llenado de música centenas, millares de esas hojas. Qué fácil es escribir música, pensaba Francesco cuando era un niño, basta con llenar de puntos y rúbricas esas rayas. Su padre y su hermano se quedaban allí días enteros, sentados a la mesa para escribir y copiar con el pulgar, índice y corazón de la mano derecha perennemente negros de tinta. Nada resultaba más sencillo que dibujar esos lunares sobre las rayas, pensaba el pequeño Francesco mientras correteaba por la casa, entre todos esos puntos musicales. Se dio cuenta de una cosa muy importante el día en que en la iglesia de la Piedad se tocó la música de un tal Dall’Oglio, que sustituía a su hermano como maestro en los conciertos: ¿cómo podía ser que los mismos puntos y las mismas rayas negras pudiesen producir una música tan aburrida e insulsa? 20


De repente, se acordó de ese día en el cual acompañó a su padre, Giovanni Battista, su madre, Camilla, y las dos hermanas, Margarita y Zanetta, a la iglesia de San Lorenzo para escuchar a su hermano mayor, que dirigía las vísperas; y se grabó en su memoria justo un fragmento de ese Beatus Vir, cuando tres hombres –un contralto, un tenor y un bajo– entonaron el versículo In memoria aeterna erit justus: estar casi dos horas sentado en el banco escuchando la interminable liturgia y aquella avalancha de música le resultó aburrido, pero, de repente, ese fragmento lo despertó. Qué raro, porque no era ni un “allegro” ni una pieza de aquellas con trompetas y oboe que le causaban sobresalto; no, se trataba de un andante para violines y violas, rarísimo, finísimo. Y cuando las tres voces empezaron a cantar, él, sin darse cuenta, se echó a llorar. Decían que al hombre justo se le recordará eternamente, pero mientras tanto esas voces parecían suspirar y gemir con una dulzura y sencillez irresistibles. –¿Todo bien, mi amo? Francesco no contestó, se levantó y repuso el fascículo en la resma desde la cual se había caído, alisándolo con una caricia. Volvieron a subir, aquello no se había acabado. Sus ojos ya veían, en aquella completa oscuridad, como si fuese de día. Pasaron la habitación de los armarios vacíos, cruzaron el dormitorio y llegaron a un camarín en el cual Francesco empezó a tantear un tercer armario, también pintado a la manera china. La pequeña llave resultó defectuosa; solo resoplando, injuriando, intentándolo una y otra vez, consiguieron que también ese armario se abriese. De aquí Francesco extrajo dos violines y se los entregó al gordinflón, rogándole con los ojos desencajados que pusiera sumo cuidado, mientras él recogía con la izquierda una viola d’amore y con la derecha otro violín y cinco arcos. Cuando cruzaban de nuevo la casa oscura, Zuane se golpeó la rodilla contra un aparador, lo que produjo un ruido sordo, después reanudó su camino con un aleteo de pasitos hacia delante y volvió a salir, consiguiendo, tras haber hinchado las mejillas con una imprecación aún peor que la anterior, volver a la posición erecta sin derrumbarse por encima de los instrumentos; prosiguió sin hablar, aparentando indiferencia. Francesco miró a su aprendiz con los ojos en blanco, pasmado, sin conseguir encontrar los insultos adecuados. Salieron por última vez del piso, bajaron y colocaron los instrumentos sobre un banquillo en el entresuelo. Solo Francesco volvió a subir para cerrarlo todo, armarios y puerta principal, mientras su aprendiz lo esperaba en el soportal sudando la gota gorda. 21


Las hermanas no dormían, tal y como estaban con los nervios a flor de piel, pero ninguna de las dos se atrevió a asomarse. Los dos hombres se deslizaron rápidos hacia la Riva del Vin, tambaleándose como dos maleantes recién salidos a la luz de su escondite, y desaparecieron en silencio entre las calles.

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