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Ángeles caídos


Ángeles caídos Título original: Angelfall © 2012 Susan Ee © 2012 Feral Dream LLC Diseño de portada: Estudio Sagahón Diseño original de portada: Milica Acimovic Imagen de portada: Michael Agustin Lorenzo Traducción: Alejandro Espinoza D.R. © Editorial Océano, S.L. Milanesat 21-23, Edificio Océano 08017 Barcelona, España www.oceano.com D.R. © Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, piso 10 11000 México, D.F., México www.oceano.mx www.oceanotravesia.mx Primera edición: 2013 Primera reimpresión: XXXXXX ISBN: 978-607-735-084-2 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. impreso en españa

/ printed in spain


Susan Ee

Ă ngeles caĂ­dos El fin de los tiempos Libro primero


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P

uede parecer irónico, pero desde que comenzaron los ataques las puestas de sol han sido más hermosas que

nunca. A través de la ventana de nuestro edificio, el cielo arde como un mango maduro, con colores naranja, rojo y púrpura. Las nubes se encienden con los colores del atarde-

cer, y casi me da miedo que todos los que estamos atrapados abajo también ardamos en llamas. Con el calor moribundo del sol en mi rostro, trato de no pensar en nada más que en procurar que mis manos dejen de temblar, mientras termino de preparar mis cosas y cierro la cremallera de mi mochila. Me pongo mis botas favoritas. Antes eran mis favoritas porque una vez recibí un cumplido de Misty Johnson por las franjas de piel bordadas a los lados. Ella es —o más bien fue— una porrista conocida por su buen gusto, así que mis botas se volvieron mi seña distintiva, aun cuando habían sido fabricadas por una compañía de botas para escalar. Ahora son mis favoritas porque esas mismas franjas son un lugar ideal para guardar cuchillos. Deslizo también algunos cuchillos para carne en el bolso trasero de la silla de ruedas de Paige. Dudo un poco antes de 7


poner uno en el carrito de supermercado de Mamá, que está aparcado en la sala, pero finalmente lo hago. Lo escondo entre un montón de biblias y una montaña de botellas vacías de refresco. Coloco algunas prendas encima mientras ella está distraída, con la esperanza de que no notará que está ahí. Antes de que oscurezca por completo, empujo a Paige por el pasillo hacia las escaleras. Ella puede hacerlo sola, eligió una silla convencional en lugar de una eléctrica, y eso ha resultado una bendición, pero sé que se siente más segura cuando yo la empujo. El elevador no es una opción estos días, a menos que estés dispuesto a arriesgarte a quedar atrapado cuando se va la electricidad. Ayudo a Paige a levantarse de su silla y la cargo sobre mi espalda mientras nuestra madre baja la silla los tres pisos por las escaleras. No me gusta cómo se siente el cuerpo frágil y huesudo de mi hermana. Es demasiado ligera, incluso para una niña de siete años, y eso me da más miedo que todo lo demás. Cuando llegamos al vestíbulo vuelvo a acomodar a Paige en su silla. Le recojo un mechón de cabello oscuro detrás de su oreja. Con sus pómulos altos y sus ojos de medianoche, casi podríamos ser gemelas. Tiene un rostro de hada más marcado que el mío, pero en unos diez años se parecerá mucho a mí. Sin embargo, nadie nos confundiría, aunque las dos tuviéramos diecisiete años, como no se confunde lo suave con lo áspero, lo caliente con lo frío. Incluso ahora, aunque está muy asustada, las comisuras de sus labios me dedican el fantasma de una sonrisa. Está más preocupada por mí que por ella misma. Le devuelvo la sonrisa, tratando de irradiar seguridad. Vuelvo a subir las escaleras para ayudar a Mamá a bajar su carrito. Luchamos con el armatoste, haciendo un escándalo al bajar. Es la primera vez que estoy contenta de que ya no 8


hay nadie en el edificio para escucharlo. El carrito está repleto de botellas vacías, las cobijas de bebé de Paige, montones de revistas viejas y biblias, todas las camisas que Papá dejó en el armario cuando nos abandonó, y cartones llenos de sus preciados huevos podridos. También llenó todos los bolsillos de su suéter y su abrigo con huevos. Yo preferiría abandonar el carrito, pero la pelea que tendría con mi madre sería más larga y más escandalosa que ayudarla a bajarlo. Sólo espero que Paige esté bien durante el tiempo que nos tome hacerlo. Quiero patearme a mí misma por no haber bajado el carrito antes, de modo que Paige estuviera en el piso de arriba, un poco más segura, en vez de esperarnos en el vestíbulo. Para cuando llegamos a la puerta de entrada del edificio, estoy sudando y tengo los nervios a flor de piel. —Recuerden —digo—, no importa lo que suceda, sigan corriendo por El Camino hasta llegar a la calle de Page Mill. Luego diríjanse a las colinas. Si nos separamos, nos encontraremos de nuevo en la cima de las colinas, ¿de acuerdo? Si nos separamos no habría muchas esperanzas de que volviéramos a encontrarnos en ninguna otra parte, pero necesito mantener la ilusión de la esperanza porque ésta bien podría ser todo lo que tenemos. Pego el oído a la puerta de entrada de nuestro edificio. No escucho nada. Ni viento, ni pájaros, ni coches, ni voces. Abro un poco la pesada puerta y me asomo. Las calles están desiertas salvo por los coches abandonados en todos los carriles. La luz moribunda deslava el concreto y el acero con ecos de color grisáceo. Los días pertenecen a los refugiados y a las pandillas de recolectores. Pero todos se retiran por la noche y dejan las 9


calles vacías al caer el crepúsculo. Hay un gran temor por lo sobrenatural ahora. Tanto los predadores mortales como las presas parecen concordar con la idea de escuchar a su instinto y se esconden hasta el amanecer. Incluso las peores pandillas callejeras abandonan la noche a las criaturas que pudieran merodear la oscuridad de este nuevo mundo. Por lo menos así lo han hecho hasta ahora. Pero en algún momento los más desesperados comenzarán a aprovecharse del amparo de la noche, a pesar de los riesgos. Yo espero que nosotras seamos las primeras, para ser las únicas allá afuera, por ninguna otra razón más que por no tener que alejar a Paige de cualquier situación en la que ella quiera ayudar a alguien en peligro. Mamá se aferra a mi brazo mientras observa los alrededores. Sus ojos brillan de miedo. Ha llorado tanto este año desde que Papá se fue que sus ojos están permanentemente hinchados. Tiene especial terror por la noche, pero no hay nada que yo pueda hacer al respecto. Comienzo a decirle que todo va a estar bien, pero la mentira se seca en mi boca. No tiene caso tranquilizarla. Respiro profundo y abro la puerta.

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e siento expuesta de inmediato. Mis músculos se tensan como si me fueran a disparar en cualquier mo-

mento.

Tomo la silla de Paige y la empujo fuera del edificio. Reviso el cielo, luego a nuestro alrededor, como un conejo que quiere escapar de sus predadores. Las sombras oscurecen rápidamente los edificios abandonados, los coches y los arbustos moribundos que no han recibido agua en las últimas seis semanas. Un artista de grafiti pintó con aerosol la imagen de un ángel enfurecido con alas enormes y una espada en la pared del edificio al otro lado de la calle. La grieta gigante que parte la pared atraviesa en zigzag el rostro del ángel, haciéndolo parecer un demente. Debajo de éste, un aspirante a poeta garabateó las palabras ¿Quién nos cuidará de los guardianes? Me estremezco con el ruido metálico del carrito de Mamá cuando lo saca a empujones hacia la acera. Nuestras pisadas crujen sobre vidrios rotos, lo cual me convence más de que estuvimos resguardadas en el edificio más tiempo del que debíamos. Las ventanas del primer piso están rotas. Y alguien clavó una pluma en la entrada. 11


No creo ni por un segundo que sea una pluma de ángel de verdad, aunque sin duda es lo que quiere aparentar. Ninguna de las pandillas es tan rica o poderosa. Todavía no, por lo menos. La pluma fue sumergida en pintura roja que escurre por la madera. Al menos espero que sea pintura. He visto el símbolo de esta pandilla en supermercados y farmacias en las últimas semanas, para prevenir a la gente que busca alimentos y medicinas. No pasará mucho tiempo antes de que los miembros de la pandilla lleguen a reclamar lo que haya quedado en los pisos de arriba. Pero nosotras no estaremos ahí. Por lo pronto están ocupados reclamando territorios antes de que las pandillas rivales lo hagan. Cruzamos de prisa hacia el coche más cercano, buscando protección. No necesito ver detrás de mí para saber que Mamá nos sigue porque el escándalo de las ruedas del carrito me indican que se está moviendo. Echo un vistazo hacia arriba, luego en ambas direcciones. No hay movimiento en las sombras. Tengo un destello de esperanza por primera vez desde que conformé el plan. Quizá ésta será una de esas noches en las que nada ocurrirá en las calles. Nada de pandillas, nada de restos de animales masticados de los que se encuentran por las mañanas, nada de gritos haciendo eco en la noche. Siento más confianza mientras saltamos de un coche a otro, moviéndonos más rápido de lo que esperaba. Nos dirigimos hacia El Camino Real, una de las arterias principales de Silicon Valley. El nombre es apropiado, si consideramos que nuestra realeza local —los fundadores y empleados de las compañías de tecnología más avanzadas en el mundo— probablemente se quedó atrapada en este camino como todos los demás. 12


Las intersecciones están atestadas de coches abandonados. Nunca había visto un embotellamiento en este valle antes de las últimas seis semanas. Los conductores aquí siempre fueron de lo más educados. Pero lo que realmente me convence de que llegó el Apocalipsis es el crujido de los teléfonos celulares bajo mis pies. Nada más que el fin del mundo llevaría a nuestros nerds ecoconscientes a tirar a la calle sus dispositivos móviles más modernos. Es casi un sacrilegio, aunque estos aparatos no valgan nada ahora. Había considerado quedarme en las calles más pequeñas, pero las pandillas son más propensas a ocultarse donde están menos expuestas. Aunque es de noche, si los tentamos en su propia calle podrían arriesgarse a exponerse por un carrito de provisiones. A esa distancia, es poco probable que sean capaces de ver que sólo son unos trapos y botellas vacías. Estoy a punto de asomarme por detrás de una camioneta para revisar por dónde hacer nuestro siguiente salto cuando Paige se estira hasta meterse por la puerta abierta y toma algo del asiento. Es una barra energética. Cerrada. Estaba entre un montón de papeles, como si se hubieran caído de un bolso. Lo inteligente sería tomarla y correr, para luego comerla en un lugar seguro. Pero en las últimas semanas he aprendido que el estómago a veces le gana a la mente. Paige abre la envoltura de un jalón y parte la barra en tres porciones. Su rostro brilla mientras nos pasa a cada una su parte. Sus manos tiemblan por la emoción y por el hambre. A pesar de ello, nos da los pedazos más grandes y se queda con el más pequeño. Parto el mío a la mitad y le doy una parte a Paige. Enseguida Mamá hace lo mismo. Paige parece triste de que recha13


cemos su obsequio. Yo me pongo un dedo en los labios y le dirijo una mirada firme. Toma la comida que le ofrecemos a regañadientes. Paige ha sido vegetariana desde que tenía tres años, cuando visitamos un zoológico. Aunque era prácticamente una bebé, logró hacer la conexión entre el pavo que la hizo reír y los emparedados que se comía. La llamábamos nuestra pequeña Dalai Lama hasta hace unas semanas, cuando comencé a insistirle que tendría que comer lo que fuera que encontráramos en la calle. Una barra energética es lo mejor que podríamos encontrar estos días. Nuestros rostros se relajan aliviados con la primera mordida de la barra crujiente. ¡Azúcar y chocolate! Calorías y vitaminas. Uno de los papeles cae del asiento del copiloto. Veo de reojo el encabezado: “¡Regocijémonos! ¡El Señor ya viene! Únete a Nuevo Amanecer, sé el primero en llegar al Paraíso”. Es uno de los volantes de los cultos del Apocalipsis que comenzaron a brotar como granos sobre piel grasosa después de los ataques. Tiene algunas fotos borrosas de la furiosa destrucción de Jerusalén, La Meca y el Vaticano. Parece hecho con prisas, como si alguien hubiera tomado algunas imágenes de las noticias y hubiera usado una impresora casera a color. Devoramos nuestro almuerzo, pero yo estoy demasiado nerviosa como para disfrutar el sabor dulce. Casi hemos llegado a la calle de Page Mill, la cual nos llevaría cuesta arriba por las colinas, hasta llegar a un área relativamente despoblada. Supongo que, una vez que lleguemos a las colinas, nuestras oportunidades de sobrevivir se incrementarán considerablemen­te. Es plena noche, los coches desiertos son iluminados tenebrosamente por la luna creciente. 14


Hay algo en el silencio que me pone los nervios de punta. Tendría que haber algo de ruido; quizá una rata escabulléndose o pájaros o grillos o algo. Hasta el viento parece tener miedo de moverse. El sonido del carrito de Mamá suena especialmente fuerte en medio de este silencio. Me gustaría haber tenido tiempo para discutir con ella. Una sensación de urgencia me invade, como si sintiera la energía previa a un relámpago. Sólo necesitamos llegar a Page Mill. Avanzó más rápido, zigzagueando de coche en coche. Detrás de mí, la respiración de Mamá se vuelve más pesada y más jadeante. Paige está tan callada, casi sospecho que está conteniendo su respiración. Algo blanco cae suavemente, flotando hasta aterrizar sobre Paige. Ella lo toma y se voltea para enseñármelo. Su rostro está pálido, con los ojos desorbitados. Es una pluma. Una pluma blanca. De las que a veces se salen de un edredón de pluma de ganso, tal vez un poco más grande. Siento que la sangre se me va del rostro a mí también. ¿Cómo podemos tener tan mala suerte? Normalmente sus blancos son las ciudades grandes. Silicon Valley es sólo una franja de oficinas pequeñas y suburbios entre San Francisco y San José. San Francisco ya fue atacada, de modo que si fueran a atacar algo en esta zona, sería San José. Es sólo un pájaro que pasó volando por aquí, eso es todo. Eso es todo. Pero estoy jadeando de pánico. Me obligo a mirar hacia arriba. Sólo veo el interminable cielo oscuro. Pero luego sí veo algo. Otra pluma, más grande, cae flotando y se posa en mi cabeza. 15


Gruesas gotas de sudor se deslizan por mi frente. Salgo corriendo a toda velocidad. El carrito de Mamá cascabelea enloquecidamente detrás de mí, mientras trata con desesperación de seguirme. No necesita explicaciones o motivación para correr. Tengo miedo de que una de nosotras se tropiece, o de que se voltee la silla de Paige, pero no puedo detenerme. Tenemos que encontrar un lugar dónde escondernos. Ahora, ahora, ahora. El coche híbrido por el que apostaba queda aplastado con el peso de algo que le cae encima repentinamente. El ruido del choque casi hace que se me caigan los pantalones. Por suerte, logra opacar el grito de Mamá. Logro ver el destello de brazos dorados y alas blancas. Un ángel. Tengo que parpadear para asegurarme de que es real. Nunca antes había visto un ángel, por lo menos no en vivo. Claro, todos vimos el video de Gabriel con sus alas doradas, el Mensajero de Dios, siendo acribillado sobre la pila de escombros en la que se había convertido Jerusalén. O las imágenes de los ángeles atrapando un helicóptero militar en el aire y arrojándolo a la multitud en Pekín, con las hélices de frente. O ese video casero de la gente huyendo de un París en llamas, el cielo repleto de humo y de alas angelicales. Pero al ver la televisión, siempre podías decirte que no era real, aunque estuviera en todos los noticieros durante días. Sin embargo, ahora no había modo de negar que esto era real. Hombres con alas. Ángeles del Apocalipsis. Seres sobrenaturales que pulverizaron el mundo moderno y asesinaron a millones, quizá incluso billones, de personas. Y aquí está uno de estos horrores, justo frente a mí.

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El mundo del maĂąana


Dedico este libro a los primeros lectores de Ángeles caídos. Gracias por caer conmigo.

El mundo del mañana Título original: World After © 2013 Susan Ee © 2013 Feral Dream LLC Diseño de portada: Estudio Sagahón Diseño original de portada: Sammy Yuen Traducción: Sandra Sepúlveda Martín D.R. © Editorial Océano, S.L. Milanesat 21-23, Edificio Océano 08017 Barcelona, España www.oceano.com D.R. © Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, piso 10 11000 México, D.F., México www.oceano.mx www.oceanotravesia.mx Primera edición: 2014 ISBN: 978-607-735-413-0 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. impreso en méxico

/ printed in mexico


Susan Ee

El mundo del maĂąana El fin de los tiempos Libro segundo


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odos creen que estoy muerta. Estoy acostada con la cabeza en el regazo de mi madre en

la caja trasera de una camioneta pickup enorme. La luz del amanecer proyecta sombras en las arrugas de dolor que surcan el rostro de mi madre mientras el ruido del motor vibra a través de mi cuerpo inerte. Somos parte de la caravana de la Resistencia. Media docena de camiones militares y camionetas se abren paso entre los autos abandonados hacia las afueras de San Francisco. En el horizonte detrás de nosotros, el nido de los ángeles sigue quemándose tras el ataque de la Resistencia. Decenas de periódicos cubren los escaparates a lo largo del camino, transformándolo en un corredor de recuerdos del Gran Ataque. No necesito leer las primeras planas para saber lo que dicen. Todos estuvieron pegados a las noticias durante los primeros días de la invasión, cuando los periodistas seguían reportando lo que sucedía en el mundo: París en llamas, Nueva York inundado, Moscú destruido. ¿Quién le disparó a Gabriel, el mensajero de

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Dios?


Los ángeles son más rápidos que los misiles. Líderes nacionales dispersos. El fin de los tiempos. Conducimos a un lado de tres peatones con la cabeza rapada, envueltos en lo que parecen sábanas grises. Están pegando carteles manchados y arrugados de una de las sectas apocalípticas que surgieron en los últimos meses. Entre las pandillas callejeras, las sectas y la Resistencia, me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que todo el mundo sea parte de algún grupo. Supongo que ni siquiera el fin del mundo puede evitar que los humanos tratemos de pertenecer a algo. Los miembros de la secta se detienen en la acera para ver pasar nuestra camioneta llena de gente. La nuestra no es una familia grande: sólo una madre asustada, una adolescente de cabello oscuro y una niña de siete años sentadas en la parte trasera de una camioneta llena de hombres armados. En cualquier otro momento, hubiéramos sido como ovejas en la compañía de lobos. Pero ahora, tenemos lo que algunas personas podrían llamar “presencia”. Algunos de los hombres en nuestra caravana llevan trajes militares y sostienen grandes rifles. Otros tienen ametralladoras que apuntan hacia el cielo. Algunos son pandilleros recién salidos de las calles, con tatuajes caseros en los brazos y una quemadura por cada una de sus víctimas. Sin embargo, todos estos hombres rudos se agazapan al fondo de la caja, lo más lejos que pueden de nosotras, haciendo lo posible por mantener su distancia. Mi madre sigue meciéndose hacia adelante y hacia atrás, como ha hecho desde que salimos del nido en llamas, y murmura una canción en su idioma inventado. Su voz sube y 8


baja de volumen, como si estuviera teniendo una discusión con Dios. O tal vez con el diablo. Una lágrima rueda por su barbilla y cae sobre mi frente. Sé que su corazón se está rompiendo. Se está rompiendo por mí, su hija de diecisiete años, cuya única misión en la vida consistía en proteger a la familia. Para ella, soy sólo un cuerpo sin vida que el mismo diablo le entregó. Estoy segura de que mamá jamás podrá borrar de su mente la imagen de mi cuerpo inmóvil en los brazos de Raffe, con sus enormes alas de demonio iluminadas por las llamas enmarcando su cuerpo. Me pregunto qué pensaría mamá si alguien le explicara que Raffe en realidad es un ángel a quien le robaron sus alas. ¿Acaso le resultaría más extraño eso que si alguien le explicara el hecho de que no estoy muerta, sino paralizada por el veneno de un escorpión monstruoso? Quizá pensaría que esa persona está tan loca como ella. Mi hermana está sentada a mis pies, completamente inmóvil. Sus ojos miran fijamente un punto en el espacio, y su espalda se mantiene recta a pesar del movimiento del vehículo. Es como si Paige se hubiera apagado a sí misma. Los tipos rudos que nos acompañan la observan de reojo, como hacen los niños pequeños cuando te miran a escondidas por debajo de su manta. Paige parece una muñeca torturada recién salida de una pesadilla, cubierta de puntos de sutura y hematomas. No quiero ni pensar qué pudo haberle sucedido para quedar así. Una parte de mí quisiera saber más, pero la otra parte se alegra de no saber absolutamente nada al respecto. Respiro profundo. Tarde o temprano voy a tener que levantarme. No tengo más remedio que enfrentarme al mundo. 9


Estoy descongelada por completo ahora. Dudo poder defenderme o pelear si las cosas llegaran a eso, pero estoy casi segura de que soy capaz de moverme sin problemas. Me incorporo. Supongo que, de haber pensado bien las cosas, no me hubieran sorprendido los gritos. La que grita más fuerte es mi madre. Veo cómo sus múscu­ los se ponen rígidos de terror y tiene los ojos increíblemente abiertos. —Está bien —le digo—. Todo está bien —me cuesta trabajo articular las palabras, pero por lo menos no sueno como una zombi. La escena me resultaría graciosa, excepto por un pensamiento que me viene a la cabeza de repente: ahora vivimos en un mundo en el que cualquiera podría matar a alguien como yo sólo por ser un bicho raro. Levanto las manos en un gesto tranquilizador. Digo algo para tratar de calmarlos, pero mis palabras se pierden entre los gritos. El pánico en un área tan pequeña como la caja trasera de una camioneta es muy contagioso, por lo que veo. Los otros refugiados se aplastan uno contra el otro contra la cabina de la camioneta tratando de alejarse de mí. Algunos incluso parecen dispuestos a saltar del vehículo en movimiento. Un soldado con la piel grasosa y llena de granos me apunta con su rifle, aferrándose a él como si estuviera a punto de dispararlo por primera vez en su vida. Subestimé por completo el miedo primitivo que nos invade como especie en extinción. Esta gente lo ha perdido todo: sus familias, su seguridad, su Dios. Y ahora, un cadáver reanimado acaba de incorporarse frente a ellos. 10


—Estoy bien —les digo lentamente, con toda la claridad de la que soy capaz. Sostengo la mirada del soldado, intentando convencerlo de que no está sucediendo nada sobrenatural—. Estoy viva. Por un momento, no logro adivinar si van a relajarse o a echarme del vehículo convertida en un colador lleno de balas. Todavía tengo la espada de Raffe colgada de un hombro, debajo de mi abrigo. La idea me consuela un poco, aunque sé que la espada, obviamente, no puede detener balas. —Tranquilo —mantengo mi voz suave y mis movimientos lentos—. Estaba noqueada. Eso es todo. —Estabas muerta —insiste el pálido soldado, que debe tener mi edad o menos. Alguien golpea en el techo de la camioneta. Todos brincamos, sobresaltados, y tengo suerte de que el soldado no accione el gatillo de su rifle accidentalmente. La luneta trasera de la cabina de la camioneta se desliza y la cabeza de Dee se asoma a través de ella. Tiene la mirada grave, pero es difícil tomarlo muy en serio con sus pecas de niño pequeño y su cabello imposiblemente rojo. —¡Oye! No molestes a la chica muerta. Es propiedad de la Resistencia. —Sí —dice su hermano gemelo Dum desde la cabina—. La necesitamos para practicarle autopsias y todas esas cosas. ¿O acaso crees que las chicas muertas a manos del príncipe de los demonios son fáciles de encontrar? —como de costumbre, no puedo distinguir cuál de los gemelos es cuál, así que les asigno sus nombres aleatoriamente en mi mente. —Prohibido disparar a la chica muerta —dice Dee—. Le estoy hablando a usted, soldado —señala al tipo con el rifle y se le queda viendo con cara de pocos amigos. Podría pensar 11


que su aspecto de Ronald McDonald y sus apodos de Twee­ dledee y Tweedledum los despojarían de toda autoridad. Pero estos chicos tienen un talento especial para pasar de bromistas a peligrosos de forma convincente en un santiamén. Espero que estén bromeando sobre la autopsia. La camioneta se detiene en un estacionamiento abierto. Todos se olvidan de mí mientras miramos a nuestro alrededor. El edificio de adobe frente a nosotros me resulta conocido. No es mi escuela, pero es una escuela famosa que he visto un montón de veces. Es la escuela preparatoria de Palo Alto. Hay una media docena de camiones y camionetas en el estacionamiento. El soldado del rifle sigue mirándome con temor, pero por lo menos ya no me apunta con su arma. Mucha gente nos observa con curiosidad mientras el resto de la caravana se detiene en el estacionamiento. Todos me vieron en los brazos del demonio alado, que en realidad era Raffe, y todos pensaron que estaba muerta. Me siento tan cohibida ante sus miradas inquisitivas que me acomodo en silencio a un lado de mi hermana. Uno de los hombres se acerca a tocarme el brazo. Tal vez quiere ver si mi piel está caliente o fría como la de un muerto. El rostro de mi hermana se transforma instantáneamente en el de un predador a punto de atacar. Sus dientes afilados brillan cuando se los muestra al hombre, enfatizando la amenaza. Tan pronto como el hombre retrocede, Paige regresa a su lugar, con la expresión de su rostro en blanco. El hombre nos observa, pasando sus ojos de una a otra, buscando pistas para preguntas que yo no puedo responder. Todo el mundo en el estacionamiento vio lo que pasó y ahora nos miran con una mezcla de miedo, curiosidad y repulsión. Bienvenidos al espectáculo de fenómenos. 12


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a verdad es que Paige y yo estamos acostumbradas a que nos miren. Yo solía simplemente ignorar a la gente, pero

Paige siempre les sonreía a los curiosos desde su silla de rue-

das. Casi siempre le devolvían la sonrisa. El encanto de Paige era difícil de resistir. Antes. Mamá empieza a recitar una letanía en su idioma inventado. Esta vez me mira mientras murmura, como si me estuviera rezando a mí. Los sonidos guturales que salen de su garganta dominan el ruido de la multitud. Mamá tiene una capacidad especial para incrementar el horror de cualquier situación, incluso a plena luz del día. —Muy bien, todos fuera de los vehículos —ordena Obi con una voz autoritaria. Mide casi dos metros, tiene los hombros amplios y un cuerpo musculoso, pero es su presencia imponente y su confianza en sí mismo lo que lo distingue como el líder de la Resistencia. Todo el mundo lo observa y escucha mientras camina entre los vehículos, con el aspecto de un comandante militar de verdad en una zona de guerra—. Vacíen los camiones y caminen hacia el edificio. No se expongan al cielo abierto mientras les sea posible. 13


Eso anima a la gente, que empieza a saltar de los camiones. Los tipos de nuestro vehículo se empujan unos a otros con tal de alejarse de nosotras. —Conductores —llama Obi—, cuando los camiones estén vacíos, muevan sus vehículos y estaciónenlos cerca de aquí. Ocúltenlos entre los demás autos abandonados o en algún lugar que sea difícil de ver desde arriba —camina a través del río de refugiados y soldados, dándole un propósito y un sentido a quienes de otra manera estarían perdidos por completo—. No quiero que quede ningún rastro de que esta zona está ocupada. Debe parecer que el área está abandonada en un radio de dos kilómetros. Obi se detiene cuando ve a Dee y Dum de pie uno al lado del otro, mirándonos. —Señores —dice. Dee y Dum salen de su trance y voltean a mirar a Obi—. Por favor, muestren a los nuevos reclutas a dónde deben ir y qué deben hacer. —Correcto —dice Dee, saludando a Obi con una sonrisa traviesa. —¡Novatos! —grita Dum—. Los que no tengan idea de lo que tienen que hacer, sígannos. —Pasen por aquí, chicas —dice Dee. Supongo que se refiere a nosotras. Me levanto con dificultad y automáticamente me agacho para ayudar a mi hermana, pero me detengo antes de tocarla, como si una parte de mí creyera que es un animal peligroso. —Vamos, Paige. No sé qué haría si Paige no se mueve. Pero ella se levanta y me sigue sin chistar. No creo que logre acostumbrarme a verla caminar sobre sus propias piernas. Mamá también nos sigue, sin dejar de recitar sus plegarias. Me parece que son más fuertes y más fervientes que antes. 14


Las tres nos incorporamos al flujo de recién llegados que camina tras los gemelos. Dum camina hacia atrás, mirándonos de frente mientras habla con nosotros. —Vamos a entrar a una escuela preparatoria, donde nuestros instintos de supervivencia siempre están en su máxima expresión —bromea. —Si los ataca el impulso de grafitear las paredes o golpear a su profesor de matemáticas —dice Dee—, háganlo donde las aves no puedan verlos. Caminamos a un lado del edificio principal de adobe. Desde la calle, la escuela parece pequeña. Detrás del edificio principal, sin embargo, hay todo un campus de edificios modernos conectados por pasarelas techadas. —Si alguno de ustedes está herido, debe acudir a este magnífico salón de clases —Dee abre la puerta más cercana y se asoma. Es un salón de clases con un esqueleto de tamaño natural colgando del techo—. Huesos les hará compañía mientras esperan al médico. —Y si alguno de ustedes es médico —dice Dum—, sus pacientes lo están esperando ansiosamente. —¿Somos todos? —pregunto de repente—. ¿Nosotros somos los únicos sobrevivientes? Dee mira a Dum. —¿Las chicas zombis tienen permiso de hablar? —Sólo si son guapas y están dispuestas a pelear en el barro contra otras chicas zombis. —Amén, camarada. —Esa es una imagen desagradable —les lanzo una mirada de pocos amigos, pero en el fondo estoy contenta de que no estén asustados por mi regreso de entre los muertos. 15


—No elegiríamos a las zombis en estado de descomposición, Penryn. Sólo elegiríamos a las que estén frescas y recién resucitadas, como tú. —Sólo que con las ropas rasgadas, y demás. —Y con hambre de peeeeechos. —Quiso decir cerebros. —Sí, eso. —¿Podrían contestar a su pregunta, por favor? —pregunta un hombre con anteojos sorprendentemente intactos. No parece estar de humor para bromas. —Bien —dice Dee, repentinamente serio—. Este es nuestro punto de encuentro. Los demás nos encontrarán aquí. Seguimos caminando bajo la débil luz del sol y el tipo de los anteojos termina en la parte de atrás del grupo. Dum se inclina hacia Dee y le susurra en voz suficientemente alta para que yo pueda escucharlo: —¿Cuánto quieres apostar a que ese tipo estará en primera fila apostando en la pelea de chicas zombis? —intercambian sonrisas y se guiñan un ojo. El viento de octubre se filtra a través de mi blusa. No puedo dejar de buscar a un ángel en particular en el cielo, con alas de murciélago y un sentido del humor bastante cursi. Me obligo a bajar la mirada al suelo. Las vitrinas de los salones de clases están cubiertas de carteles y avisos sobre los requisitos para ser admitido en el colegio. Otra vitrina muestra estantes llenos de obras de arte de los estudiantes. Figuras de arcilla, madera y papel maché de todos los colores y estilos cubren cada pulgada de la vitrina. Algunas son tan buenas que me da tristeza pensar que estos niños no van a crear obras de arte en mucho, mucho tiempo. 16


Mientras caminamos a través de la escuela, los gemelos se quedan cerca de mi familia. Yo dejo pasar a Paige y a mamá, pensando que no es una mala idea que Paige camine delante de mí, donde puedo cuidarla. Ella camina rígidamente, como si todavía no estuviera acostumbrada a sus piernas. Yo tampoco estoy acostumbrada a verla así, y no puedo dejar de mirar los puntos de sutura que recorren todo su cuerpo y la hacen parecer una muñeca de vudú. —¿Así que esa es tu hermana? —pregunta Dee en voz baja. —Sí. —¿Por la que arriesgaste tu vida? —Sí. Los gemelos asienten cortésmente de forma automática, como hace la gente cuando no te quiere ofender. —¿Y su familia es más normal? —les pregunto. Dee y Dum se miran el uno al otro. —Nah —dice Dee. —No, la verdad no —dice Dum al mismo tiempo. Nuestra nueva casa es un salón de historia. Las paredes están cubiertas de líneas del tiempo y carteles que relatan la historia de la humanidad. Mesopotamia, la Gran Pirámide de Guiza, el Imperio otomano, la dinastía Ming. Y la Peste Negra. Mi profesor de historia nos contó que la peste acabó con casi el sesenta por ciento de la población de Europa en poco tiempo. Nos pidió que imagináramos cómo sería que el sesenta por ciento de nuestro mundo estuviera muerto de repente. No me lo pude imaginar en ese momento. Me pareció tan irreal. Creando un extraño contraste, encima de todos los carteles de historia antigua, cuelga la imagen de un astronauta en 17


la luna con la Tierra azul flotando detrás de él. Cada vez que veo esa pelota de azul y blanca en el espacio, pienso que debe ser el mundo más hermoso de todo el Universo. Pero eso también me parece irreal ahora. Afuera, los motores de más camiones retumban cuando llegan al estacionamiento. Me acerco a la ventana para verlos y mamá comienza a empujar pupitres y sillas a un lado para hacernos espacio. Me asomo y veo a uno de los gemelos llevar a los aturdidos recién llegados hacia la escuela, como el flautista de Hamelín. —Hambre —dice mi hermana detrás de mí. Me tenso de inmediato y tengo que guardar toda clase de ideas horribles en la bóveda en mi cabeza. Veo el reflejo de Paige en la ventana. En la imagen borrosa sobre el cristal, ella mira a mamá como cualquier otro niño miraría a su madre, en espera de la cena. Pero su cabeza parece distorsionada por una curva en el cristal, enfatizando las puntadas negras que surcan su rostro y alargando sus dientes afilados. Mamá se inclina y acaricia el cabello de su pequeña. Luego comienza a tararear su inquietante canción de disculpa.

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Susan Ee

El fin de los tiempos Libro tercero


El fin de los tiempos Título original: End of Days © 2015, Feral Dream LLC Traducción: Sandra Sepúlveda Diseño original de portada: Sammy Yuen Adaptación de portada: Estudio Sagahón / Leonel Sagahón D.R. © Editorial Océano, S.L. Milanesat 21-23, Edificio Océano 08017 Barcelona, España www.oceano.com D.R. © Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, piso 10 11000 México, D.F., México www.oceano.mx www.grantravesia.com Primera edición: 2015 ISBN: 978-607-735-738-4 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx impreso en méxico

/ printed in mexico


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or donde volamos, la gente huye, se dispersa bajo nosotros. En cuanto avistan la sombra gigante de nuestro enjambre

sobre ellos, corren a buscar refugio. Volamos sobre un paisaje urbano carbonizado, roto y mayormente abandonado. San Francisco solía ser una de las ciudades más bellas del mundo, con sus famosos tranvías y restaurantes de clase mundial. Los turistas acostumbraban pasear por el Muelle de los Pescadores y entre los callejones atascados de gente en el Barrio Chino. Ahora, los pocos sobrevivientes roñosos pelean entre sí por basura y sobras, y acosan a mujeres aterrorizadas. Se es-

cabullen entre las sombras y desaparecen cuando nos ven pasar. Los únicos que no huyen son los más desesperados, que optan por permanecer a la intemperie con la esperanza de escapar de las pandillas durante los pocos segundos que nos lleva sobrepasarlos. Debajo de nosotros, una chica se arrodilla junto un hombre muerto tendido en el suelo. No parece darse cuenta de nuestra presencia, o quizá no le importe. Aquí y allá, percibo los destellos de algunos objetos brillantes a través de una ventana, señal de que alguien nos está observando a través de 9


unos binoculares, o tal vez nos apunta con un rifle mientras pasamos. Sin duda, somos un verdadero espectáculo. Una nube gigante de langostas enormes con cola de escorpión que oculta el cielo. Y en medio de la nube, un demonio con grandes alas que lleva a una adolescente entre sus brazos. Al menos, eso es lo que parece. Cualquier persona que no sepa que Raffe es un Arcángel que vuela con alas prestadas pensaría que se trata de un demonio. Seguramente asumen que el demonio secuestró a la chica que lleva cargando. No podrían imaginar que me siento segura en sus brazos. Que descanso mi cabeza en la curva de su cuello porque me gusta sentir su piel cálida. —¿Los humanos siempre nos vemos así desde arriba?, le pregunto. Él me responde. Puedo sentir cómo vibra su garganta y veo que mueve la boca, pero no puedo oír lo que dice por encima del zumbido atronador del enjambre de langostas. En todo caso, quizá sea mejor que no pueda escuchar su respuesta. Los ángeles seguramente piensan que los humanos parecemos cucarachas, escabulléndonos entre las sombras en busca de un poco de basura. Pero no somos cucarachas, ni monos, ni monstruos, a pesar de lo que los ángeles piensen de nosotros. Seguimos siendo las mismas personas que fuimos una vez. Al menos por dentro. Por lo menos espero que así sea. Espío lo que queda de mi hermana a nuestro lado. Incluso ahora, tengo que recordarme a mí misma que Paige sigue siendo la misma niña que siempre amé. Bueno, quizá no sea la misma. 10


Ella vuela montada sobre el cuerpo marchito de Beliel, que varias langostas llevan cargado como si se tratara de un palan­ quín. Beliel está completamente cubierto de sangre, y parece como si llevara muerto mucho tiempo, aunque yo sé que está vivo. No es peor castigo del que se merece, pero todavía hay una parte de mí que se sorprende ante la crueldad primitiva de todo esto. Una isla gris de pura roca aparece frente a nosotros en medio de la bahía de San Francisco. Alcatraz, la famosa excárcel. Un torbellino de langostas vuela por encima de ella. Es una pequeña parte del enjambre que no acudió cuando Paige pidió ayuda en la playa, hace unas horas. Señalo a una isla detrás de Alcatraz. Es más grande y más verde, no alcanzo a distinguir construcción alguna. Estoy bastante segura de que es la isla Ángel. A pesar de su nombre, cualquier lugar tiene que ser mejor que Alcatraz. No quiero que Paige se acerque a esa roca infernal nunca más. Esquivamos el torbellino de langostas y volamos hacia la otra isla. Le hago una seña a Paige para que venga con nosotros. Su langosta y otras que vuelan cerca de ella nos siguen, pero la mayoría se une al enjambre que vuela sobre Alcatraz, con lo que se incrementa el tamaño del torbellino oscuro que sobrevuela la prisión. Algunas parecen confundidas, al principio nos siguen pero luego cambian de dirección y vuelven a Alcatraz, como si estuvieran obligadas a formar parte del enjambre. Sólo un puñado de langostas permanece con nosotros mientras rodeamos la isla Ángel, en busca de un buen lugar para aterrizar. El sol naciente destaca los verdes esmeralda de los árboles que rodean la bahía. Desde este ángulo, Alcatraz queda justo 11


delante del amplio panorama de la ciudad de San Francisco. Seguro que fue una vista impresionante alguna vez. Ahora parece una hilera de dientes rotos. Aterrizamos junto a la orilla en la costa oeste de la isla. Los tsunamis dejaron un montón de escombros en la playa y una pila de árboles hechos astillas a un lado de la colina, pero el otro lado está casi intacto. Cuando tocamos tierra, Raffe me deja ir. Siento como si hubiera estado acurrucada contra su cuerpo durante días. Mis brazos están prácticamente congelados alrededor de sus hombros y siento las piernas rígidas. Las langostas también trastabillan un poco cuando aterrizan, como si sufrieran de los mismos problemas. Raffe estira su cuello y sacude los brazos. Sus alas de murciélago se pliegan y desaparecen detrás de él. Todavía trae puesto el antifaz de la fiesta en el nido que se transformó en masacre hace unas horas. Es color rojo oscuro con listones de plata, y le cubre toda la cara, salvo la boca. —¿No te vas a quitar eso? —sacudo mis manos adormecidas—. Pareces la Muerte Roja con alas de demonio. —Bien. Así deberían verse todos los ángeles —mueve sus hombros hacia adelante y hacia atrás. No debe ser fácil cargar a alguien durante horas. A pesar de que trata de relajar sus músculos, veo que Raffe está en alerta máxima. Sus ojos vigilan nuestro entorno, inmerso en una tranquilidad inquietante. Ajusto la correa que cuelga de mi hombro de modo que mi espada, disfrazada de osito de peluche, se recargue contra mi cadera para tener acceso más fácil a ella. Entonces me dirijo a ayudar a mi hermana a bajar de Beliel. Cuando me acerco a Paige, sus langostas me gruñen y me amenazan con los aguijones de sus gruesas colas de escorpión. 12


Me detengo con el corazón palpitando. Raffe llega a mi lado en un instante. —Deja que ella venga hacia ti —dice en voz baja. Paige se baja de su palanquín y acaricia a una de las langostas con su pequeña mano. —Shh. Está bien. Es Penryn. No deja de sorprenderme que estos monstruos le hagan caso a mi hermanita. Me gruñen un momento más, luego se relajan y bajan sus aguijones, calmados por los susurros de Paige. Respiro profundo y retrocedo poco a poco, para que Paige acabe de tranquilizarlos. Paige se inclina para recoger las alas cortadas de Raffe. Venía acostada sobre ellas, y las plumas están sucias y parecen aplastadas, pero comienzan a esponjarse casi al instante. No puedo culpar a Raffe por cortarle las alas a Beliel antes de que las langostas le succionaran toda la vida junto con el resto del demonio, pero hubiera preferido que no tuviera que hacerlo. Ahora tenemos que encontrar un médico que se las trasplante de nuevo a Raffe antes de que se marchiten. Caminamos por la playa y encontramos un par de botes de remos atados a un árbol. Quizá la isla sí está ocupada después de todo. Con un gesto, Raffe nos indica que nos ocultemos mientras él continúa avanzando por la ladera. Parece que solía haber una hilera de casas en un lado de la colina. En la parte inferior, sólo permanecen los cimientos de concreto, llenos de tablas rotas manchadas con agua y sal. Pero en la parte superior, varias construcciones tapiadas continúan intactas. Nos escabullimos detrás de la construcción más cercana. Es suficientemente grande como para haber sido un cuartel 13


militar de algún tipo. Como los demás edificios, está sellado con tablones pintados de blanco. Parece que el complejo estaba clausurado desde mucho antes del Gran Ataque. Todo parece una especie de asentamiento fantasma, a excepción de una casa en la colina con vistas a la bahía. Es una casa victoriana perfectamente intacta, rodeada por una cerca blanca. Es la única construcción que parece una casa familiar, y la única pintada de color y con señales de vida. No percibo ninguna amenaza a la redonda, por lo menos nada que las langostas no puedan resolver, pero de todos modos me quedo oculta. Contemplo a Raffe cuando se lanza al aire para acercarse a la colina. Vuela de árbol en árbol, mientras se acerca cuidadosamente a la casa principal. Cuando la alcanza, el ruido de disparos destruye la paz.

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affe se esconde detrás del muro de uno de los edificios. —No queremos hacerles daño —grita en dirección de la

casa.

Otra ráfaga de balas le responde desde una ventana del piso superior. Yo me tapo los oídos. Mis nervios están más tensos de lo que puedo soportar. —Puedo escucharlos hablando ahí dentro —grita Raffe. Debe pensar que los humanos somos sordos. Supongo que, comparados con los ángeles, casi lo estamos—. Y la respuesta es no. Dudo que mis alas valgan tanto como las alas de un ángel. No tienen posibilidad alguna de atraparme, así que dejen de engañarse. Sólo queremos la casa. Sean inteligentes. Huyan mientras puedan. La puerta principal se abre de golpe. Tres hombres fornidos salen y apuntan sus rifles en diferentes direcciones, como si no supieran bien dónde están sus enemigos. Raffe se lanza al aire, y las langostas siguen su ejemplo. Vuela sobre ellos con sus impresionantes alas de demonio para intimidarlos, antes de aterrizar de nuevo a un lado de la casa. Las langostas vuelan hacia él, suben y bajan entre la hilera de árboles con sus colas de escorpión enroscadas detrás de ellos. 15


En cuanto los hombres echan un buen vistazo a lo que se están enfrentado, deciden huir. Corren hacia el bosque en dirección contraria. Luego huyen entre los escombros hacia la playa. Cuando los hombres desaparecen de la vista, una mujer sale de la casa. Corre con la cabeza gacha como un perro apaleado y huye de los hombres. Mira hacia atrás para ver dónde están, y me da la impresión de que tiene más miedo de ellos que de las criaturas aladas. La mujer desaparece en las colinas detrás de la casa, mientras los hombres se suben a los botes de remos y se dirigen hacia la bahía. Raffe camina hacia el frente de la casa desocupada y se detiene un momento, escuchando atentamente. Nos hace una seña para que nos acerquemos mientras se dirige al interior de la casa. Cuando llegamos a la casa, Raffe grita: —Todo en orden. Coloco una mano en el hombro de Paige cuando entramos al patio a través de la cerca blanca. Ella abraza las alas emplumadas de Raffe como si fueran su muñeco de peluche favorito mientras mira alrededor de la casa. Ésta es de un tono mantequilla con detalles color granate. Tiene un porche con muebles de mimbre y se parece mucho a una casa de muñecas. Una de las langostas deja caer a Beliel a un lado de la cerca. Se queda tirado, como un animal muerto. La piel marchita de su cuerpo es del color y la textura de la carne seca, y algunos hilitos de sangre aún brotan de los lugares donde Paige le arrancó pedazos de piel y músculo. Su estado es lamentable, pero es la única víctima de las langostas por la que no siento compasión alguna. 16


—¿Qué hacemos con Beliel? —le pregunto a Raffe. —Yo me encargaré de él —Raffe baja las escaleras del porche hacia nosotros. Tomando en cuenta todas las cosas horribles que Beliel le ha hecho, no entiendo por qué Raffe no lo mató en vez de sólo cortarle las alas. Quizá pensó que las langostas lo harían, o que las heridas que le causó Paige en el nido serían fatales. Pero ahora que ha llegado hasta aquí, Raffe no parece decidido a acabar con él. —Vamos, Paige —mi hermana camina a mi lado hacia el porche de madera y al interior de la casa. Esperaba encontrar polvo y moho dentro, pero es sorprendentemente agradable. La sala es tan perfecta que parece parte de una exhibición. Hay un vestido de dama del siglo xix

en una vitrina en la esquina. Junto a él, arrumbados en

un rincón, veo varios postes de latón con cordones rojos de terciopelo, como los que se usan para proteger cosas valiosas en los museos. Supongo que ya no son necesarios para mantener al público alejado de los muebles antiguos de la sala. Paige mira a su alrededor y se acerca a la ventana. Más allá del cristal, Raffe arrastra a Beliel hasta la puerta de la cerca. Lo deja allí y camina detrás de la casa. Beliel parece muerto, pero sé que no es así. Las víctimas de los aguijones de las langostas quedan paralizadas, tanto que parecen muertas, aunque están conscientes todo el tiempo. Es parte del horror de ser picado por ellas. —Vamos. Revisemos el resto de la casa —le digo. Pero Paige sigue mirando por la ventana la figura marchita de Beliel. Afuera, Raffe camina de vuelta frente a la casa con los brazos cargados de cadenas oxidadas. Me resulta muy inti17


midante mientras coloca las cadenas alrededor de Beliel y lo ata por el cuello, los brazos y los muslos. Luego envuelve las cadenas alrededor de un poste de la cerca y le coloca un candado en el pecho. Si no lo conociera, Raffe me daría mucho miedo. Me parece despiadado e inhumano mientras encadena al demonio indefenso. Curiosamente, es Beliel quien me llama la atención en este momento. Hay algo de él envuelto en cadenas que me parece familiar. Una especie de déjà vu. Pero desecho el pensamiento. Me siento tan cansada que seguramente estoy alucinando.

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unca me gustaron las mañanas, y ahora que llevo un par de noches sin dormir, me siento como una zombi.

Quiero tumbarme en un sofá en alguna parte y dormir durante una semana sin que nadie me moleste. Pero primero tengo que ayudar a mi hermana a instalarse. Me lleva casi una hora bañarla en la tina. Está cubierta de sangre y pedazos de piel de Beliel. Si los hombres del campamento de la Resistencia pensaban que Paige era un monstruo cuando llevaba puesto un vestido limpio con estampado de flores, sin duda se transformarían en una turba asesina si la vieran ahora. Me da miedo restregarle la piel con la esponja porque está cubierta de moretones y costras alrededor de las puntadas. Normalmente, mamá se encargaría de esto. Siempre fue sorprendentemente dulce y delicada cuando se trataba de tocar a Paige. Tal vez está pensando lo mismo, porque me pregunta: —¿Dónde está mamá? —Está con la Resistencia. Ya deben haber vuelto al campamento —dejo caer un poco de agua sobre su cuerpo y la toco suavemente con la esponja entre las puntadas—. Fuimos a buscarte, pero nos atraparon y nos llevaron a Alcatraz. 19


Mamá está bien, no te preocupes. La Resistencia rescató a todos en la isla. La vi en uno de los barcos en los que evacuaron a los prisioneros. Al parecer los moretones todavía le duelen, y no quiero jalarle una puntada accidentalmente. Me pregunto si éstas son del tipo de puntadas que se disuelven solas en la piel, o si un médico tiene que quitárselas. Eso me hace pensar en Doc, el tipo que la dejó así. No me importa cuál fuera su situación. Ningún ser humano decente mutilaría niños y los convertiría en monstruos devoradores de carne humana sólo porque un Arcángel megalómano le pidió que lo hiciera. Me dan ganas de cortar a Doc en pedazos cuando veo lo magullada y lastimada que está Paige. Entonces, ¿estaré loca por albergar la pequeña esperanza de que Doc puede ayudarla? Suspiro y dejo caer la esponja en el agua. No puedo soportar ver cómo sus costillas sobresalen de su piel moreteada. De todos modos, en el estado en que se encuentra ya no puedo limpiarla más. Dejo sus prendas manchadas de sangre en el lavabo y entro en una de las habitaciones para ver si puedo encontrarle algo nuevo que ponerse. Busco entre las cómodas antiguas, sin esperar encontrar gran cosa. Parece que este lugar era una especie de sitio histórico-turístico más que un hogar de verdad. Pero alguien estuvo aquí. Tal vez incluso decidió que podría convertirlo en su nueva casa. No hay mucho, pero al menos una mujer vivió aquí. Tal vez no por mucho tiempo. Encuentro una blusa y una falda de lino blanco. Una tanga. Un sujetador de encaje. Una camisola transparente. Una camiseta corta. Un par de calzoncillos de hombre tipo bóxer. 20


La gente se comportó de manera extraña durante los primeros días después del Gran Ataque. Cuando evacuaron sus casas, se llevaron sus teléfonos celulares, sus computadoras portátiles, sus llaves, carteras, maletas y zapatos finos, ideales para unas vacaciones elegantes, pero no para correr por las calles. Parecía que no podían aceptar que todo estaba a punto de cambiar para siempre. Eventualmente, sin embargo, todas esas cosas terminaron abandonadas dentro de los autos o en las calles o, en este caso, en los cajones de una casa-museo. Encuentro otra camiseta, que es casi tan grande como Paige. Es obvio que no voy a encontrar un par de pantalones que le queden, así que la camiseta tendrá que servirle de vestido por ahora. La acuesto en una habitación en el piso de arriba y dejo sus zapatos junto a la cama por si tenemos que huir a toda prisa. La beso en la frente y le digo buenas noches. Sus ojos se cierran como los de una muñeca, y su respiración se hace profunda casi de inmediato. Debe estar absolutamente agotada. ¿Quién sabe cuándo fue la última vez que durmió? ¿Quién sabe cuándo fue la última vez que comió? Regreso abajo para encontrarme a Raffe inclinado sobre la mesa del comedor con sus alas dispuestas frente a él. Se ha quitado la máscara, y es un alivio poder ver su rostro otra vez. Está acicalando sus alas. Parece que les ha lavado las manchas de sangre. Están puestas sobre la mesa, húmedas y flojas. Raffe arranca las plumas rotas y acomoda las sanas. —Por lo menos las recuperaste otra vez —le digo. Un haz de luz cae sobre su cabello oscuro y muestra unos destellos más claros. Raffe suspira. 21


—Volvimos al principio —se sienta pesadamente sobre una silla de madera, desanimado—. Necesito encontrar a un médico —no parece muy optimista. —Tenían algunas cosas en Alcatraz. Herramientas quirúrgicas angelicales, supongo. Hicieron todo tipo de experimentos allí. ¿Podría serte útil alguna de esas cosas? Me mira con ojos tan azules que casi parecen negros. —Tal vez. De cualquier manera debería revisar esa isla. Está demasiado cerca como para que la ignoremos —se frota las sienes. Puedo ver la frustración que le pesa sobre los hombros. Mientras el Arcángel Uriel está creando un falso apocalipsis y mintiéndoles a los ángeles para conseguir que lo elijan como su Mensajero, Raffe está atorado tratando de conseguir que le vuelvan a poner sus alas de ángel. Hasta entonces, no puede volver con su gente para tratar de arreglar las cosas. —Tienes que dormir un poco —le digo—. Todos tenemos que dormir un poco. Estoy tan cansada que casi no puedo sostenerme sobre mis piernas, me siento desfallecer. Fue una noche larga, y sigo sorprendida de que todos hayamos sobrevivido para ver un nuevo día. Pensé que Raffe no estaría de acuerdo, pero asiente suavemente. Eso sólo confirma que necesitamos descansar, y tal vez necesita tiempo para pensar cómo encontrar un médico que pueda ayudarlo. Subimos penosamente las escaleras hacia el par de dormitorios. Me detengo frente a las puertas y me giro hacia él. —Paige y yo podemos… —Estoy seguro de que Paige dormirá mejor sola. 22


Durante un segundo, creo que tal vez quiere estar a solas conmigo. Paso por un momento de incomodidad mezclada con excitación antes de leer su expresión. Raffe me lanza una mirada severa. Mi teoría se desvanece al instante. Él simplemente no quiere que duerma en la misma habitación que mi hermana. Por lo visto no sabe que ya compartí una habitación con ella cuando estábamos con la Resistencia. Paige ha tenido muchas oportunidades para atacarme desde que la convirtieron en monstruo. —Pero… —Usa esta habitación —Raffe apunta a la habitación al otro lado del pasillo—. Yo dormiré en el sofá —su tono es casual, pero imperioso. Obviamente está acostumbrado a que todos le obedezcan. —No es un sofá de verdad. Es un pequeño sillón antiguo diseñado para señoritas de la mitad de tu tamaño. —He dormido sobre rocas en la nieve. En comparación, un pequeño sillón antiguo es todo un lujo. Estaré bien. —Paige no va a hacerme daño. —No, no lo hará. Estarás demasiado lejos como para tentarla mientras estés dormida y vulnerable. Estoy demasiado cansada para discutir con él. Me asomo a su habitación para asegurarme de que todavía está dormida antes de entrar en mi propia habitación. El sol de la mañana irradia su calor a través de la ventana de mi habitación y sobre la cama. Hay un jarrón con flores silvestres secas en la mesita de noche, que añade un toque de morados y amarillos. Percibo un aroma de romero a través de la ventana abierta. Me quito los zapatos y recargo a Osito Pooky contra la cama, cerca de mí. El oso de peluche está sentado sobre el 23


vestido de gasa que cubre la funda de la espada. He percibido un tinte de emoción emanando de ella desde que encontramos de nuevo a Raffe. Creo que está feliz de estar cerca de él, pero triste porque no pueden estar juntos. Acaricio la suave piel del oso y le doy una palmadita. Por lo general, duermo con la ropa puesta por si tengo que salir huyendo de repente. Pero estoy harta de dormir así. Es incómodo, y la cálida habitación me recuerda cómo era el mundo antes de que tuviéramos miedo todo el tiempo. Decido que éste será uno de esos momentos preciosos en los que podré dormir plácidamente. Camino hacia la cómoda y hurgo entre la ropa que encontré antes. No hay mucho para elegir, pero trato de sacarle el mayor provecho posible. Elijo la camiseta corta y los bóxers. La camiseta me queda un poco floja, pero no me importa. Apenas me cubre la parte superior de las costillas y deja desnuda la parte inferior de mi torso. Los bóxers, en cambio, me quedan perfectos, a pesar de que sospecho que son para un chico. Una pierna se está deshilachando, pero están limpios, y el elástico no me aprieta la cadera. Me meto en la cama, maravillada ante la suavidad de las sábanas de seda. Al momento en que mi cabeza toca la almohada, comienzo a desvanecerme. Una suave brisa se cuela a través de las ventanas. Una parte de mí sabe que afuera, San Francisco está soleado y cálido, como a veces pasa en octubre en la ciudad. Pero otra parte de mí ve tormentas eléctricas. El sol se funde entre la lluvia, y mi habitación con vista al jardín se transforma en nubes de tormenta mientras me adentro más profundamente en mi sueño. 24


Me encuentro de vuelta donde los Caídos, encadenados, están siendo arrastrados a la Fosa. Las cadenas con picos que llevan en el cuello y la frente, las muñecas y los tobillos, gotean sangre mientras las sombras vuelan montadas sobre ellos. Es el mismo sueño que me mostró la espada cuando estábamos en el campamento de la Resistencia. Pero una parte de mí se acuerda de que esta vez no me acosté abrazando la espada. Está apoyada en la cama, pero no la estoy tocando. Este sueño no se siente como un recuerdo de la espada. Estoy soñando con mi propia experiencia de estar en la memoria de la espada. El sueño de un sueño. En la tormenta, Raffe vuela hacia abajo y roza las manos de algunos de los recién Caídos mientras se dirige hacia la tierra. Veo sus rostros cuando Raffe les toca las manos. Este grupo de Caídos debe ser el de sus Vigilantes —el grupo de guerreros angelicales de élite que cayeron por amar a las Hijas del Hombre. Estaban bajo el mando de Raffe, eran sus leales soldados. Incluso ahora, parecen albergar la esperanza de que Raffe pueda salvarlos, a pesar de que decidieron romper la ley angelical al casarse con las Hijas del Hombre. Un rostro me llama la atención. Su figura encadenada me resulta familiar. Me esfuerzo por verlo mejor, y eventualmente logro reconocerlo. Es Beliel. Se ve más fresco que de costumbre, y ese gesto de desprecio habitual en su rostro no existe. Hay rabia en él, pero detrás de ella descubro dolor genuino en sus ojos. Se aferra a la mano de Raffe durante un momento más que el resto de los Caídos, casi como despidiéndose de él. 25


Raffe asiente y continúa bajando hacia la tierra. Un relámpago rueda por el cielo con su estruendo y la lluvia cae en gruesas gotas que resbalan por el rostro de Beliel. Al despertar, el sol ha viajado a través de la mitad del cielo. No escucho nada raro, así que supongo que Paige sigue durmiendo. Me levanto y camino hacia la ventana abierta. Afuera sigue soleado, y la brisa sopla entre las hojas de los árboles. Los pájaros cantan y escucho el zumbido de muchas abejas, como si el mundo no hubiera cambiado por completo. A pesar del calor, siento un escalofrío cuando miro hacia afuera. Beliel todavía yace encadenado a la cerca del jardín, arrugado y torturado. Pero sus ojos están abiertos, y me mira fija­ mente. Supongo que ahora podría estar por completo descongelado de su parálisis. No me extraña que tuviera una pesadilla sobre él. Pero en realidad no fue una pesadilla, ¿o sí? Fue más como un recuerdo de lo que la espada me mostró antes. Niego con la cabeza lentamente mientras trato de encontrarle un sentido. ¿Acaso es posible que Beliel haya sido uno de los Vigilantes de Raffe?

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a habitación está caliente por el sol. Adivino que debe ser alrededor del mediodía. Es glorioso disfrutar de un

descanso de toda la locura. Todavía no estoy dispuesta a renunciar a mi precioso sueño pero un vaso de agua suena bien. Cuando abro la puerta para ir por él, encuentro a Raffe sentado en el pasillo con los ojos cerrados. Frunzo el ceño. —¿Qué estás haciendo? —Estaba demasiado cansado para caminar hasta el sillón —responde sin abrir los ojos. —¿Estás vigilando? Te habría relevado si me hubieras di-

cho que teníamos que montar guardia. ¿De quién nos estamos escondiendo ahora? Raffe resopla. —Quiero decir, ¿hay algún enemigo específico en este momento? Está sentado frente a la puerta de Paige. Quizá debería haberlo sospechado. —Ella no me hará daño.

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—Eso es lo que pensaba Beliel —sus ojos siguen cerrados, y sus labios apenas se mueven. Si no estuviera hablando, pensaría que está dormido. —Beliel no es su hermana mayor, y él no la crió tampoco. —Llámame sentimental, pero me gusta la idea de que sigas de una sola pieza. Además, ella no es la única persona que podría estar interesada en tu deliciosa carne. —¿Quién te dijo que yo era deliciosa? —inclino la cabeza hacia un lado. —¿No has oído el viejo dicho? ¿Deliciosa como una chica testaruda? —No. Lo acabas de inventar. —Vaya. Debe ser un refrán angelical. Es para advertir a la gente necia acerca de los peligros de la noche. —Es de día. —Ah, ¿entonces no niegas que eres testaruda? —por fin abre los ojos con una sonrisa. Pero su expresión cambia cuando me mira. —¿Qué es eso que llevas puesto? —estudia mi atuendo con detenimiento. Estaba tan cómoda que me había olvidado de que sólo traigo puestos la camiseta corta y los bóxers. Me echo un vistazo rápido, preguntándome si debería avergonzarme. Estoy razonablemente cubierta, a excepción de mi abdomen, pero supongo que estoy mostrando más de mis piernas que de costumbre. —¿Esto viene de un tipo que anda sin camisa todo el tiempo? —claro, a mí me encanta que Raffe ande sin camisa y que muestre su abdomen, pero prefiero no mencionarlo. —Es difícil andar con camisa cuando tienes alas. Además, jamás he escuchado quejas al respecto. 28


—No te creas tanto, Raffe. Tampoco has escuchado elogios —quisiera decirle que hay un montón de chicos que se ven tan bien sin camisa como él, pero sería una mentira total y absoluta. Sigue escudriñando mi atuendo. —¿Estás usando bóxers de hombre? —Supongo que sí. Pero me quedan bien. —¿De quién son? —De nadie. Los encontré en un cajón. Se acerca un poco y jala el hilo de la pierna del bóxer que se está deshilachando. El hilo se descose, da vueltas lentamente alrededor de mi muslo y acorta más los bóxers, que ya eran cortos de por sí. —¿Qué harías si tuvieras que huir de repente? —su voz sale un poco ronca mientras mira fijamente, hipnotizado, el hilo que se descose poco a poco. —Me pondría mis zapatos y correría. —¿Vestida así? ¿Frente a un montón de hombres sin ley? —sus ojos se desvían hacia mi cintura. —Si estás preocupado porque una bola de pervertidos entren en la casa, no hará ninguna diferencia si estoy vestida así o con el hábito de una monja. O son seres humanos decentes, o no lo son. No creo que esto influya en su modo de actuar. —Sería difícil para ellos actuar mientras estoy rompiéndoles la cara. No toleraré ninguna falta de respeto hacia ti. —Sé que te importa mucho el respeto —sonrío a medias. Raffe suspira, como si estuviera un poco molesto consigo mismo. —Últimamente, parece que lo único que me importa eres tú. —¿Por qué dices eso? —apenas me sale un hilillo de voz. 29


—Porque estoy sentado en el suelo duro cuidando tu puerta mientras tú tomas una rica siesta. Me deslizo por la pared para sentarme a su lado en el suelo del pasillo. Nuestros brazos casi se tocan mientras nos sentamos ahí, dejando que nos rodee el silencio de nuevo. Después de un rato, le digo: —Creo que te haría bien dormir un poco. Puedes usar la cama. Yo puedo montar guardia un rato. —Por ningún motivo. Eres tú quien está en riesgo, no yo. —¿Quién querría venir a atacarme? —mi brazo toca el suyo cuando me volteo a mirarlo. —La lista es interminable. —¿Desde cuándo te volviste tan protector? —Desde que mis enemigos decidieron que eres mi Hija del Hombre. Trato de tragar saliva. Mi garganta está seca. —¿Lo decidieron? —Beliel nos vio juntos en el baile de máscaras. Incluso con mi máscara cubriéndome el rostro, Uriel sabía que yo estaba en la playa con ustedes. —¿Y lo soy? —susurro—. ¿Soy tu Hija del Hombre? —casi puedo oír mi corazón martillando mi pecho. Late aún más fuerte cuando me doy cuenta de que él seguramente lo puede escuchar. Raffe aleja la mirada. —Hay cosas que no pueden ser. Pero ni Uri ni Beliel entienden eso. Dejo escapar mi respiración lentamente. Supongo que también está diciéndome que yo tampoco lo entiendo. —Entonces, ¿quién exactamente va a venir por mí? —pregunto. 30


—Aparte de los sospechosos de siempre, toda la hueste de ángeles te vio conmigo cuando le corté las alas a Beliel. Piensan que viajas en compañía de un “demonio” ​enmascarado que les corta las alas a los “ángeles”. Ésa es suficiente razón para buscarte, aunque sea sólo para dar conmigo. Además, ahora eres una asesina de ángeles, delito por el cual la pena es una sentencia de muerte automática. Eres una chica muy popular. Pienso en lo que acaba de decirme. Me doy cuenta de que realmente no puedo hacer nada al respecto. —Pero todos los humanos somos iguales para ellos, ¿no es cierto? ¿Cómo pueden siquiera distinguirnos? A mí todos los ángeles me parecen iguales. Todos son tan estúpidamente perfectos en todos los sentidos: cuerpos perfectos, rostros perfectos, incluso tienen el cabello perfecto. Si no fuera por ti, creería que los ángeles son completamente intercambiables. —¿Lo dices porque yo soy más que perfecto? —No. Lo digo porque eres tan humilde. —La humildad está sobrevalorada. —También el sentido de la autocrítica, por lo visto. —Los guerreros de verdad no hacen caso de psicologías baratas. —Ni del pensamiento racional. Me mira las piernas desnudas. —No, no tan racional, lo admito —Raffe se levanta y me ofrece su mano—. Vamos, duerme un poco. —Sólo si tú duermes también —lo tomo de la mano, y él me levanta. —Bien, si eso te hace feliz. Entramos en mi cuarto, y me dejo caer sobre la cama. Me acuesto sobre las sábanas, pensando que sólo quiere ase31


gurarse de que voy a dormirme de verdad. Pero en vez de marcharse, se acuesta a mi lado en la cama. —¿Qué estás haciendo? —pregunto. Raffe descansa su mejilla en la almohada junto a la mía y cierra los ojos con cierto alivio. —Durmiendo una siesta. —¿No vas abajo? —No. —¿Qué pasa con el sillón antiguo? —Demasiado incómodo. —Pensé que habías dicho que has dormido sobre las rocas en la nieve. —Así es. Por eso duermo en camas suaves y calientitas siempre que puedo.

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Sutil y trepidante, adictiva y provocadora, El fin de los tiempos se ha encumbrado como una de las series juveniles de fantasía más queridas...