Page 1


kamy wicoff


Diseño de portada: Cristóbal Henestrosa y Jonathan Cuervo Diseño de interiores: Cristóbal Henestrosa Fotografía de la autora: Elena Seibert

DESEOS IMPOSIBLES Título original: Wishful Thinking © 2015, Kamy Wicoff Traducción: Karina Simpson D. R. © 2016, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec C.P. 11560, Miguel Hidalgo, Ciudad de México Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2016 ISBN: 978-607-527-030-2 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx

Impreso en México / Printed in Mexico


Diseño de portada: Cristóbal Henestrosa y Jonathan Cuervo Diseño de interiores: Cristóbal Henestrosa Fotografía de la autora: Elena Seibert

Deseos Imposibles Título original: Wishful Thinking © 2015, Kamy Wicoff Traducción: Karina Simpson D. R. © 2016, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec C.P. 11560, Miguel Hidalgo, Ciudad de México Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2016 ISBN: 978-607-527-030-2 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx

Impreso en México / Printed in Mexico


Diseño de portada: Cristóbal Henestrosa y Jonathan Cuervo Diseño de interiores: Cristóbal Henestrosa Deseos Imposibles © 2015, Kamy Wicoff D.R. © 2016, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, piso 10 Col. Lomas de Chapultepec Miguel Hidalgo, C.P. 11000, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100 info@oceano.com.mx www.oceano.mx Primera edición: agosto, 2016 ISBN: 978-607-527-030-2 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en infor@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico


Índice

Deseos imposibles Uno. Un sobre misterioso Dos. El trabajo Tres. Deseos Imposibles Cuatro. Funciona: en verdad funciona Cinco. La supermujer aterriza Seis. En casa Siete. Doctora Diane Sexton Ocho. Semana uno: la vida en el carril de alta velocidad Nueve. Duerme, idiota Diez. Doble visión Once. Revisión de viernes, premio de viernes Doce. Felices fiestas Trece. Charla junto a la chimenea Catorce. Víspera de Año Nuevo Quince. Persevera ante todo Dieciséis. ¡Sorpresa! Diecisiete. Sorprendida Dieciocho. Problemas Diecinueve. Fe Veinte. Tiempo real Veintiuno. Haciéndolo todo de nuevo Veintidós. Desayuno de trabajo Veintitrés. La hora de la acción

3 11 25 39 54 69 81 96 114 143 162 177 199 217 234 250 266 275 296 322 333 339 354 366


Veinticuatro. ¿Y ahora qué? 382 Veinticinco. Sana y salva 396 Epílogo 412 Agradecimientos 423


Para Max y Jed. Daaa


Uno Un sobre misterioso

Jennifer Sharpe siempre había soñado con ser dos personas. De niña soñaba con ser una mamá dedicada a la casa y también ser la presidenta de Estados Unidos, cuando fuera grande. Se había sentido como si fuera dos personas en la secundaria, cuando las hormonas de la adolescencia podían llevarla desde la cima hasta el fondo del mundo en diez segundos exactos. Pero nunca había necesitado tanto ser dos personas, o incluso tres, como cuando despertó un día (o eso parecía) para encontrarse a sí misma como una mamá de dos, divorciada y de treinta y nueve años, con una pensión alimentaria irrisoria, un trabajo de tiempo completo muy estresante en el que no le pagaban lo suficiente para cubrir el costo de la guardería, y un gato que constantemente vomitaba en el sillón. Era difícil comprender cómo había sucedido todo esto. Jennifer intentaba comprenderlo mientras preparaba la cena (era una exageración decir que hervir la pasta y calentar los nuggets de pollo era cocinar), a la vez que ayudaba a su hijo mayor, Julien, con su tarea de matemáticas, mientras que el menor, Jack, golpeaba a su hermano una y otra vez en la cabeza con un martillo de plástico, hasta que ella se lo arrebató, lo puso en la repisa más alta del librero y lo mandó a su habitación. Ella intentó comprenderlo después de que los niños se durmieron —a veces se acostaban hasta las diez de la noche, cuando se manifestaban particularmente reticentes a que terminara el 11


día y, de hecho, ella tampoco quería que se fueran a la cama porque el tiempo que pasaban juntos en la noche era preciado—, se sirvió vino en una copa, limpió el vómito del gato y respondió correos electrónicos hasta que se arrastró a la cama para leer durante diez minutos para “ella”. Trataba de comprenderlo cuando tenía que dejar cada sábado a sus hijos con su exesposo, un actor desempleado, la única noche de la semana que éste pasaba con ellos —una noche que, incluso después de un año, ella todavía sentía que él no merecía, ya que durante los dos primeros años después del divorcio transcurrieron algunos meses sin que él los viera—, y había notado que él se hizo un levantamiento de ojos bastante obvio, que al parecer era más importante que contribuir con las clases de guitarra de Julien. E intentaba comprenderlo cada mañana cuando llegaba a su trabajo como vicepresidenta ejecutiva de programas comunitarios y desarrollo en el Departamento de Vivienda de la Ciudad de Nueva York, o dvcny, y se enfrentaba a una montaña de papeles que sólo un superhéroe con ochenta brazos y un multicerebro podría hacer desaparecer. Catorce años antes, ella había sido una joven recién graduada de la facultad de negocios, atractiva y destacada, y tenía un novio guapísimo que era protagonista en un programa piloto de televisión. Ahora luchaba por mantener limpia la tina del baño. En alguna parte existe una mujer, había escrito recientemente Jennifer en un correo electrónico a su mejor amiga, Vinita, que también trabajaba y era madre de tres, aunque medio felizmente casada, que a los treinta y nueve años tiene múltiples hijos que tocan múltiples instrumentos y practican múltiples deportes y sobresalen en múlti12


ples aspectos, y que también tiene múltiples negocios, tiene un lugar en múltiples comités de beneficencia y puede hacer múltiples sentadillas. Al pensar en los montones de libros y artículos que nunca dejaría de leer acerca de mujeres que lo tenían todo, y alardeaban humildemente sobre las dificultades que conlleva tenerlo todo, ella continuaba el correo con arrepentimiento: Yo, por otro lado, puedo hacer sólo una sentadilla y conservar un solo trabajo (a duras penas), y ayer intenté inscribir a Jack, que no practica un solo deporte, a futbol de invierno, sólo para que me dijeran que estaba atrasada en la colegiatura por múltiples meses. Vinita, a quien Jennifer conoce desde la universidad, le escribió de inmediato: Muéstrame a esa mujer, respondió, y le daré múltiples patadas en el trasero. Jennifer valoraba el apoyo solidario. Pero a una parte de sí misma le costó trabajo reírse. Esa mujer existía. ¿Cómo lo sabía? Porque cada día, conforme intentaba seguirle el ritmo en vano, estaba segura de que ella era quien recibía las patadas en el trasero. El martes 24 de septiembre comenzó como cualquier otro día en la vida de Jennifer desde que ella y Norman se habían separado. A las 6:45 a.m., su cafetera programable Mr. Coffee, el gran amor de su vida, comenzó a borbotear y a emitir olores penetrantes desde la barra ubicada junto al sofá-cama donde ella dormía, el cual, cuando estaba extendido por completo, ocupaba setenta y cinco por ciento de la estancia de su departamento. Jennifer gimió, se estiró y se sentó. Luego se puso de pie y atravesó el pasillo hacia el baño, donde se quitó su camiseta favorita de Revolver de los Beatles y sus pantalones de la pijama y se 13


metió a la regadera. Otra vez el agua tenía poca presión y el champú le escurría por la cara como si fuera fango, mientras se paraba debajo del chorrito que salía débilmente. Justo cuando estaba a punto de terminar de bañarse, escuchó los pasos de un niño pequeño y sonrió. Julien. —Hola, ma —dijo al otro lado de la cortina de la regadera, con su tono ligero e indiferente de niño de ocho años que ya quiere tener catorce. ¿Qué pasó con “mami”?, pensó ella—. ¿Puedo jugar con tu celular? —Julien —dijo ella, y jaló la cortina con brusquedad y sacó la cabeza, todavía con espuma del champú en la nariz—, ¡esto no puede volverse una cosa de todas las mañanas! Si tú juegas, tu hermano también va a querer jugar, y sabes que es imposible sacarlo de la casa en las mañanas… —Pero, ma, ya practiqué guitarra por 20 minutos y Jack aún está dormido y ayer dijiste que podía jugar si practicaba guitarra e hice toda mi tarea pero entonces llegaste tarde a casa así que no he jugado en tu celular como por ¡dos días enteros! ¡Por favor! ¿Por favor? —el discurso de Julien casi había alcanzado el nivel de lloriqueo que le crispaba los nervios a Jennifer. Pero el pecho se le comprimió al escucharlo decir que se había levantado incluso antes que ella para practicar. Le preocupaba la intensidad de su hijo, su incapacidad para relajarse, de descansar un poco. Ella había sido igual de niña y aun así no podía manejarlo ahora. —Practiqué treinta minutos ayer —dijo él, yendo de la súplica al reproche—. ¿Estás segura de que no puedes venir a mi recital? 14


Jennifer negó con la cabeza con tristeza. El recital de guitarra de Julien era a las cuatro de la tarde. Cuatro de la tarde de un día entre semana. ¿Cómo se suponía que asistiría cualquier padre que trabajara? Quería decírselo, pero Julien habría protestado, porque aunque ella siempre había sido una mamá trabajadora, hasta hacía unos cuantos meses había sido una madre trabajadora que podía asistir a los recitales de guitarra diurnos. De hecho, su antiguo jefe del Departamento de Vivienda de la Ciudad de Nueva York la había reclutado de una carrera en consultoría administrativa mucho más lucrativa al prometerle ese tipo de flexibilidad. Pero hacía poco había cambiado el presidente del dvcny, elegido por el propio alcalde como parte de su plan para imponer una “ética laboral de sector privado” en cada rama del gobierno de la ciudad. Lo que significaba que desde hacía meses le era prácticamente imposible salir del trabajo para asistir los recitales de música e incluso a las sesiones de terapia de lenguaje de Jack. —Por favor, ¿puedo jugar con tu teléfono, mami? —preguntó Julien de nuevo, sonriendo esperanzado. Mami. Con eso lo logró. —Bueno —dijo ella. Mientras salía por la puerta con su cuerpo diminuto, delgado y descamisado, gritó—: ¡Pero sólo por diez minutos! Otra vez a solas bajo el chorro decepcionante de la regadera, Jennifer observó con un poco de nostalgia el espacio que la rodeaba. Luego cerró la cortina y comenzó a quitarse la espuma que le chorreaba por el cabello. Era hora de despertar de una vez por todas y encarar el día. Cada mañana mientras se duchaba, Jennifer elaboraba dos listas mentales de quehaceres: una para el trabajo 15


y otra para la casa. Estas listas correspondían a sus dos trabajos, el primero como empleada de la ciudad y el segundo como asistente personal, chofer y mesera (a veces así le parecía la maternidad) para los señoritos Julien y Jack Bideau. Una parte de ella pensaba que el orden de las listas estaba mal: ¿acaso su primera lista no debía corresponder a sus actividades de mamá y su segunda lista a los quehaceres laborales? Pero la realidad era que mientras el trabajo demandaba toda su atención para poder conservarlo, las visitas de sus hijos a casas de amigos, las excursiones y los días de pizza eran asuntos en los que se esforzaba por estar al día, pero a menudo lo hacía mal y no había ningún jefe que la regañara. Jennifer deseaba que su niñera de hace muchos años, Melissa, hiciera la lista de la casa por sí misma, con lo que colmaba su fantasía de contar con alguien que llevara la casa con la precisión militar de un ama de llaves sacada de la serie Masterpiece. Pero Melissa era una chica bien intencionada de veintitantos años que tenía que trabajar porque le faltaba dirección a su vida, y ni siquiera era capaz de lavar los trastes. Conforme comenzó a compilar sus listas, el cerebro de Jennifer pronto comenzó a revolverse: ¿los niños tenían invitaciones a jugar? ¿Melissa tenía que irse temprano hoy? ¿Cuál era su primera reunión en el trabajo? ¿A quién tenía que llamar, qué debía ordenar por internet (un nuevo par de zapatos de futbol, material para un proyecto escolar, comida), con quién había quedado de verse para almorzar y a qué hora era la clase de spinning a la que, al menos, quería pretender que deseaba asistir? Jennifer cerró la llave de la regadera, salió y se paró en el tapete. 16


Sólo había un remedio para calmar la ansiedad tan familiar que se había apoderado de ella, como le sucedía casi todas las mañanas: su teléfono. O, más específicamente, el calendario en su teléfono, el cual, con sus listas y entradas de colores, era el andamiaje que soportaba la frágil estructura, absurdamente compleja y siempre cercana al colapso que era su vida. —¡Julien! —gritó, mientras añadía mentalmente “lavar las toallas” a su lista de “casa”, al tiempo que jaló de un estante una toalla empapada y con un ligero olor a agrio—. ¡Necesito mi teléfono! —¡No lo encuentro! —respondió él. Con la toalla envuelta en su cabeza, con el cuerpo aún húmedo, Jennifer se petrificó como un animal, paró las orejas y su mente giró a mil por hora. ¿Julien no encontraba su teléfono? Julien siempre podía encontrar su teléfono. Ella siempre ponía su teléfono sobre la mesita que está junto al sillón. Siempre lo miraba antes de irse a dormir. Pero la noche anterior se había quedado dormida con el televisor encendido después de haber bebido media —bueno, tres cuartos— botella de vino. (Había decidido darse más tiempo para sí misma, como si al irse quedando inconsciente poco a poco al ver Gilmore Girls en Netflix de alguna forma se estuviera consintiendo.) Su teléfono era su vida. Su vida estaba en su teléfono. ¿Cómo podía no encontrarlo? Jennifer se vistió de prisa y se dirigió a la sala. Encontró a Julien registrando con determinación los huecos del sofá-cama que rechinaba. Ella también comenzó a buscar, empezando por su portafolios y después en cada repisa y superficie en la que podría haber dejado su teléfono, pero 17


no lo encontró. Pronto confirmó que no estaba en ninguno de los lugares habituales en el cuarto de los chicos (bajo las literas, junto al radio de Julien) ni tampoco en su baño (atrás del inodoro, junto a su cepillo de dientes). Cuando volvió a la sala con las manos vacías, el corazón de Jennifer se encogió. ¿Cuándo fue la última vez que lo usó? La noche anterior había llegado a casa y se había apresurado para realizar los quehaceres rutinarios con los chicos, así que no había visto su celular. Vinita la había llamado al teléfono fijo. Y después de colgar, tomó el vino, miró la televisión y se quedó dormida. Sabía con certeza que no estaba en la oficina porque le había texteado a Melissa desde el taxi que había abordado en su prisa por llegar a casa. Había desaparecido. Estaba segura de ello. Una vez ya había perdido su teléfono —el error más caro que uno podía cometer, aparte de dejar caer un anillo de diamantes en una coladera—, e incluso con la renovación gratuita le había costado 300 dólares reponerlo. No quería pensar en lo que le costaría reponerlo esta ocasión. Julien le jalaba la manga. Ella se agachó, lo tomó por los hombros y lo miró a los ojos. —Seguro se me cayó en alguna parte —dijo Jennifer. Él soltó un chillido—. ¡Es sólo un teléfono! —gritó, intentando comportarse como un adulto, aunque añadió sin poder resistirlo—: Y perderlo es mucho peor para mí que para ti. Julien levantó las cejas escéptico, como diciendo: ¿En serio?, y ella levantó las cejas también: En serio. —Lo siento, ma —dijo—. ¿Puedo mascar un chicle de camino a la escuela? 18


—No —respondió. Jennifer se sentó en cuclillas. Su barato teléfono inalámbrico no tenía batería (naturalmente, lo había descolgado después de hablar con Vinita), así que ni siquiera podía marcar a su celular hasta que llegara al trabajo. Suspiró. Pero una parte de ella se preguntó si una mañana sin su teléfono sería tan caótica. Sí, su teléfono mantenía en orden su vida. Pero a veces sus timbres, sonidos y correos electrónicos interminables le pesaban como un grillete digital. De pronto, Julien señaló su laptop que estaba en la mesa de la cocina. —¿Ya intentaste con esa cosa? —¿Qué cosa? —Esa cosa que instalamos la otra vez. Encuentra mi Teléfono. ¡Encuentra mi Teléfono! ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Jennifer se puso rápidamente de pie, tratando de no albergar demasiadas esperanzas pero a la vez optimista, corrió hacia la mesa, se sentó y encendió la laptop. Tecleó la url y entró en su cuenta. Julien se encontraba a su lado, expectante. Un enorme botón verde apareció: Encuentra mi Teléfono. Ella pensó que lo más seguro era que estuviera en alguna zona de Queens, en tránsito para ser vendido en Canal Street, después de ser empeñado por el taxista oportunista. (¡Maldito!) Pero valía la pena intentarlo. Dio un clic. Miró cómo giraba la rueda. Localizando… Apareció un mapa y en él un punto azul. Jennifer miró de nuevo. El punto estaba en el número 270 de West 11th Street. —¡Es nuestra dirección! —gritó Julien—. ¡Está aquí! 19


¿Era posible? Había buscado en todas partes, y ella podía encontrar una cabeza de Lego en una caja de Playmobil. ¿Se le habría caído en la entrada? Justo en ese momento entró Jack tambaleándose, medio lloroso. —Mamá —dijo, se trepó a su regazo y se frotó los ojos—. ¿Tengo escuela hoy? —Jack preguntaba lo mismo cada mañana. A diferencia de su hermano mayor, que había celebrado la ocasión en que había tenido tarea de “verdad” (aunque ahora ya mostraba menos entusiasmo), a Jack le gustaba acurrucarse, quedarse dormido e ir al parque en pijama. —Sí, mi amor —respondió ella. Miró el reloj en su computadora y vio que ya eran las 7:15 a.m. Para llevar a los dos niños a sus respectivas escuelas y llegar a tiempo a su oficina tenían que estar en la puerta a las 7:40 en punto: hora de salida que se alejaba con rapidez del reino de lo posible. —Pon el sonido, ma —dijo Julien, y se cruzó sobre ella para tocar el trackpad. Hizo clic en el ícono que decía Reproducir el Sonido—. ¿Escuchaste algo? —preguntó. Pero ella no escuchó nada. —¿Quieres jugar a algo? —le preguntó Jennifer a Jack, y lo quitó de su regazo con un leve empujón—. ¡Tenemos que escuchar un sonido que viene del teléfono de mami para encontrarlo! —¡Terdiste tu teléfono otra vez! —gritó Jack. —Perdiste —lo corrigió Jennifer, pronunciando deliberadamente la P. Corregir la pronunciación de Jack (de la cual, en los últimos días, se preocupaban ella, la terapeuta del lenguaje de Jack y la maestra de preescolar) se 20


había vuelto algo tan automático que era probable que lo hiciera si él le gritara “¡Tuidado!” cuando le fuera a caer una viga de acero en la cabeza. —Pppperdiste —repitió Jack, presionando obediente la lengua contra el paladar. —Shhh —dijo Julien impaciente—. Guarden silencio —Julien comenzó a recorrer la sala, caminando de puntitas como Elmer Gruñón en temporada de caza. Jack lo imitó. Jennifer atravesó el pasillo hacia la habitación de los niños, pero no escuchó nada más que el ruido que hacían sus hijos, peleándose en la sala por quién jugaría primero con el teléfono una vez que lo encontraran. Hacían tanto alboroto que no podía escuchar sus propios pensamientos, ni mucho menos oír el teléfono si alguien pidiera ayuda. —¡Basta! —gritó Jennifer, mientras volvía a la sala—. ¡Jack, vístete! ¡Julien, guarda tu tarea en la mochila! —los niños se movieron a toda prisa. Por fin la sala estaba en silencio. A solas, Jennifer contuvo el aliento y escuchó. Esta vez oyó algo. Débil pero nítido, era un repiqueteo reverberante, como el silbido prolongado de un submarino. Siguió el sonido y se encontró agachada frente a la puerta principal de su propia casa. El ruido ahogado provenía del otro lado. Jennifer giró la cerradura con torpeza, luego abrió la puerta y miró hacia abajo. Para su asombro, un sobre pesado color crema yacía a sus pies. Para la Señora Jennifer Sharpe , 270 West 11th Street, Depto. 19-A, Nueva York, Nueva York, 10014. No tenía matasellos ni remitente. Jennifer se inclinó y recogió el sobre. La caligrafía era extravagante, como de invitación para una boda, aunque 21


al mirarla de cerca se dio cuenta de que no estaba escrita a mano sino que había sido impresa de alguna forma. Le dio la vuelta al sobre y lo abrió, cuidando que no se rompiera ese objeto elegante. Su interior estaba forrado con algo parecido a una hoja de oro. Su teléfono, aún sonando, estaba dentro. Jennifer estuvo a punto de besarlo. Deslizó el pulgar sobre la carátula suave, silenció el repiqueteo y se permitió a sí misma un momento de alivio delicioso, interrumpido de inmediato por los niños que habían escuchado el timbre del teléfono y habían salido disparados por el pasillo, embistiéndose el uno al otro para hacerse con él. Jennifer estaba a punto de decirles que guardaran silencio y se pusieran los zapatos (aunque no con tantas palabras), cuando vio algo extraño en el mosquitero de la entrada: otro sobre, del mismo color crema, dirigido a ella con el mismo tipo de letra elaborado y formal. Para entonces los chicos prácticamente ya estaban trepando por sus piernas. —¡Silencio! —dijo. Era como gritar al viento—. ¡Silencio! —rugió. Desconcertados, los chicos intercambiaron una mirada. —¿Qué pasa, mamá? —preguntó Jack, quien sólo había logrado ponerse unos calcetines rayados y una camiseta de Linterna Verde en su esfuerzo interrumpido por vestirse. Jennifer, sin responder, le dio un golpecito al sobre con su pulgar. Éste se abrió y se deslizó un pedazo del papel. Apenas comenzaba a vislumbrar que se trataba de un mensaje escrito cuando, en un volumen que Jennifer nunca creyó que su teléfono fuera capaz de emitir, una voz de mujer clara y chillona inundó la sala. 22


—Querida señora Sharpe —comenzó a decir la voz. Los niños abrieron desmesuradamente los ojos—. Como sin duda ya habrá deducido, su teléfono llegó a estar en mi posesión anoche. Le pido una disculpa por no habérselo devuelto de inmediato, pero sucedió a una hora muy tardía. Jennifer revisó su teléfono, volteándolo de un lado a otro, de arriba abajo, como si su exterior fuera a darle alguna pista de las aventuras que había vivido. Sus hijos lo observaban también. La voz, sonora y precisa, había establecido una presencia imponente en la pequeña sala de su casa. —Sin embargo, me he tomado una pequeña libertad —continuó la voz—. Soy una inventora, en cierto modo, y he estado trabajando en una aplicación diseñada, ahora me doy cuenta de ello, precisamente para una persona como usted. Anoche, en un ataque de inspiración, instalé esta aplicación en su teléfono —al escuchar esto, Jennifer alejó el teléfono de su cuerpo. Los chicos también dieron unos pasos hacia atrás. —En verdad es una aplicación milagrosa; ¡estoy segura de que estará de acuerdo! Pero hay una advertencia. Si decide usarla, por favor, primero póngase en contacto conmigo. Es una tecnología muy poderosa y requiere algunas instrucciones para usarla de manera segura. Una vez más, por favor acepte mis disculpas por cualquier inconveniente que le haya causado. Espero saber de usted pronto. ¡Adiós, por el momento! Sinceramente, doctora Diane Sexton —el mensaje cesó su desplazamiento metódico, se deslizó de nuevo de regreso al sobre y desapareció. 23


—¡Guau! —dijo Julien. —Doble guau —asintió Jennifer. Luego vio el reloj: 7:29. ¡Siete veintinueve! Al salir del embrujo que por un momento los atrapó, Jennifer se inclinó para activar a sus dos hijos que aún se mostraban estupefactos. —¡Siete veintinueve! —gritó—. ¡Julien, ponte los zapatos! ¡Jack, los pantalones, ahora! Los chicos se dispersaron asintiendo a gritos, aunque Jennifer sabía que pronto volvería a la habitación de Jack para asegurarse de la correcta ejecución de la puesta de los pantalones. Jennifer cruzó rápido la estancia hacia la cocina y metió algunas rebanadas de pavo, puré de manzana y un yogur a la lonchera de Scooby-Doo de Jack (Julien tomaba el almuerzo en la escuela), luego agarró dos barritas de cereales para que los niños desayunaran en el metro. Mientras recogía sus pertenencias, repasó su lista mental y tomó cada objeto mientras pensaba en él: laptop, libreta, lápiz labial, bolso, llaves, teléfono. Teléfono. Sonrió. Qué suerte tenerlo de vuelta, pensó mientras deslizaba su delgada estructura en el bolsillo de su abrigo: sentirlo en su mano era tan gratificante como un trago de dopamina. Las circunstancias de su devolución no podían ser más extrañas, eso era seguro. Pero se lo habían devuelto, y por ahora era todo lo que necesitaba saber.

24


Dos El trabajo

Los niños llegaron puntuales a la escuela, pero no lo suficientemente temprano para que Jennifer se presentara en su oficina a tiempo, lo cual, en el nuevo régimen, se castigaba con humillación pública en una reunión del personal. Corría a través de una fina bruma otoñal, con la bolsa de la laptop golpeando incómodamente su cadera izquierda, la banda que sostenía su grueso cabello castaño —que mantenía a la altura de los hombros— se le deslizaba poco a poco hacia la cola de caballo y sus tacones gruesos pisaban el concreto con fuerza. Esto sucedía más a menudo de lo que le gustaba admitir: no “correr” a una cita o al trabajo o a las escuelas de los niños en un sentido metafórico, sino correr literalmente, sin un momento que perder. En un pasado no tan distante, la única vez que Jennifer había corrido a alguna parte había sido cuando entrenaba para un maratón. (¿En realidad había sido ella, en una vida pre-bebés, pre-divorcio, quien atravesaba Central Park con un top para correr y con los músculos abdominales marcados sutilmente?) Al llegar a las oficinas del Departamento de Vivienda de la Ciudad de Nueva York en la calle de Broadway número 250, Jennifer se detuvo para recuperar el aliento y limpiarse con un kleenex el sudor que le goteaba de la frente. Pero cuando se incorporó en el ajetreo del amplio vestíbulo del edificio y tomó su lugar entre los adultos pulcramente vestidos que sostenían vasos de café y, uno tras 25


otro, deslizaban las credenciales en los torniquetes junto a los paneles de los elevadores, sin un solo niño ni una taza de café a la vista, su andar frenético dio paso a una sensación de calma. Por la mañana, el trabajo era su refugio. Y al final del día deseaba estar en casa. Al subir por el elevador a su oficina en el piso 20, Jennifer trasladó toda su atención al trabajo, el cual amaba, a pesar de los dolores de cabeza que le provocaba y de su nuevo jefe. Tenía una cantidad impresionante de cosas que hacer, ¡pero es de mañana! Se recordó a sí misma. Todo era posible. Entonces las puertas del elevador se abrieron y Jennifer vio a Tim, su ansioso asistente, fácilmente alterable y muy joven, parado ahí, aguardando. Nunca había sucedido antes. Ella era una empleada de la ciudad, no Anna Wintour. Pero ahí estaba él, sosteniendo su teléfono y haciéndole gestos de una forma un tanto acusatoria. —¿Está encendido tu teléfono? —preguntó Tim. —Claro que lo está… ay, ¡Fahrvergnügen! —exclamó ella, haciendo una mueca y gruñendo de frustración. Tim también hizo una mueca, aunque más bien puso los ojos en blanco. (No se había acostumbrado aún a la variedad de sustitutos de groserías que Jennifer había adoptado desde que tenía hijos.) Ella sacó el teléfono y se dio cuenta de que estaba puesto en silencio; seguro se le olvidó quitarlo después de su última junta del día anterior. Había al menos seis mensajes de Tim de la última media hora, apilados como pequeñas lagartijas verdes comiéndose la superficie de la pantalla. —Bill te está esperando —dijo Tim, de camino a la oficina de Jennifer—. Dice que te mandó un correo electró26


nico anoche. Hay alguien ahí; ella llegó desde las ocho y media. —¿Quién? Tim abrió un correo electrónico en su teléfono. —¿Alicia Richardson? —¿Alicia Richardson? ¿Qué hace ella aquí? —Jennifer no la había visto en años. Había sido directora de una de las peores preparatorias de Brooklyn que había logrado transformar bajo su administración. Cuando Jennifer llegó al Departamento, Alicia estaba a cargo del programa educativo. Las dos coincidieron brevemente, pero había sido suficiente para que Alicia dejara claro que le impresionaban muy poco las credenciales de Jennifer. —Esa maestría en negocios y administración —una vez le dijo Alicia, mordaz— es tan relevante para lo que hacemos aquí como un traje de astronauta. Alicia se había ido poco después para asumir el puesto de superintendente en un distrito en Brooklyn. Una vez que entraron en la modesta oficina de Jennifer, que tenía el espacio apenas suficiente para su escritorio y una silla para visitantes apretujada entre la pared y un librero, Tim se las arregló para sentarse frente a ella, con sus largas piernas dobladas y las rodillas al ras del borde del escritorio de Jennifer. Ella encendió su computadora y comenzó a buscar en la bandeja de entrada el correo de Bill. —No olvides registrar que ya llegaste —dijo Tom con un dejo de sarcasmo. —¡Ay, por Dios! —dijo Jennifer, minimizó la ventana del correo y abrió la aplicación de Reloj para Empleados que Bill les había impuesto durante su primera semana 27


como jefe del departamento. Se abrió un mensaje. Llegas tarde, decía. —Lo sé —murmuró ella. Luego se desplegó otro mensaje. Un mensaje instantáneo de Bill. Por favor reúnete conmigo en mi oficina. Reunión con Alicia Richardson de acuerdo con mi correo de anoche. Jennifer apenas pudo reprimir un quejido, tomó un bloc de notas y una pluma y se puso de pie. Tim también se incorporó. —¿Recuerdas cómo solía ser? —le preguntó, siguiéndola hacia el pasillo, con sus hombros anchos y huesudos caídos—. ¿Cuándo sólo éramos tú y yo, y yo no tenía que recoger la ropa de la tintorería de nadie? A pesar de su prisa, Jennifer se detuvo y posó una mano sobre el brazo de Tim. Ella sabía que en muchos sentidos él se había quedado con el trato más injusto cuando Bill asumió el cargo, y pasó de ser el asistente de Jennifer —haciendo cosas aburridas, sí, pero también mucho trabajo significativo— a convertirse en el asistente de Jennifer y Bill, y resultó ser mucho más de Bill, cuya “ética laboral del sector privado” venía junto con la expectativa de que sus subordinados le sirvieran en el mismo estilo en el que estaba acostumbrado. —Todo va a mejorar —lo tranquilizó, y apretó su codo y sintió como si él también fuera su hijo, algo que le pasaba a menudo. Pero conforme caminaba apresurada por el pasillo, retrasada para una junta que ni siquiera sabía que tendría hasta hacía apenas diez minutos, Jennifer supo que él no creía que fuera a mejorar. ¿Por qué habría de hacerlo, si ella tampoco lo creía?

28


Bill Truitt no llevaba mucho tiempo en el nuevo trabajo, pero su oficina, con su bonita alfombra gris, su gran escritorio de vidrio y un fragante y enorme arreglo de azucenas, era más parecida a la de los hombres poderosos que Jennifer recordaba de sus años de trabajo como consultora administrativa que a las oficinas gubernamentales deslucidas a las que ya se había acostumbrado. (No se imaginaba cómo era que él había purgado tan rápido ese olor a oficina de edificio viejo.) En una de las paredes colgaba aquello a lo que Jennifer y Tim se referían en privado como la Pared de la Fama de Bill: fotos de él con una variedad de personalidades adineradas de Nueva York, en muchas de ellas con el alcalde Fitch. Eran un par extraño: Bill, el afroamericano exjugador de futbol americano y heredero inmobiliario de Nueva York, y el alcalde Fitch, de piel blanca, labios delgados y de tipo gerencial y financiero que nunca se bronceaba y jugaba golf sólo porque tenía que hacerlo. Pero ser socios miembros del .01 por ciento, con múltiples casas, esposas con servidumbre, e hijos en universidades pertenecientes a la Ivy League, parecía haber cerrado algunas brechas que sin duda aún existían entre ellos. Después de tocar la puerta suavemente, Jennifer la empujó, y al entrar, Alicia Richardson se puso de pie para saludarla. Jennifer ya casi había olvidado lo elegante e impactante que era Alicia. Sus rizos color castaño claro estaban peinados perfectamente como los de Viola Davis en los Oscares, y vestía uno de sus trajes sastres distintivos color crema, con su brillo marfil contrastando con su piel color moca. Alicia siempre había hecho sentir a Jennifer como si llevara puestos jeans de señora en un coctel. 29


Sus miradas se encontraron y, a pesar de sí misma, Jennifer sintió cómo su cuerpo se tensaba y endurecía. En cambio, Alicia ni siquiera parpadeó. Incluso se mostraba un poco engreída. Lo cual era alarmante. —Jennifer —dijo Alicia mientras extendía la mano con una sonrisa—, me da gusto verte otra vez. Los tres intercambiaron los comentarios amables usuales y luego se sentaron. Afuera de la ventana, el edificio de 110 pisos que pertenecía a la compañía de Bill, Empresas Bill Truitt, había sido terminado justo antes de que su designación como director del dvcny dominara el horizonte. Durante la primera reunión que tuvieron en su oficina, Bill se lo había hecho saber con orgullo a Jennifer, pero a pesar de su postura de macho (¿qué mejor que un pene de 110 pisos plantado justo afuera de la ventana para fijar el tono apropiado con los nuevos empleados?), esa reunión había salido bien. De hecho, durante unas cuantas semanas después de su nombramiento, Jennifer había pensado que Bill Truitt era lo mejor que le había sucedido. Ahora, casi todos los días intentaba recordarse a sí misma este hecho: Bill Truitt —junto con una porción de los 300 millones de dólares de estímulos fiscales destinados al dvcny, y que para conseguir que los aprobara el Congreso, controlado por republicanos, el nuevo alcalde había tenido que usar sus contactos de negocios— era responsable de revivir el proyecto que ella quería con todo el corazón, uno en el que había invertido tanto que casi era como su tercer bebé: un nuevo tipo de centro comunitario que ella nombró Se Requiere una Aldea. El concepto de Se Requiere una Aldea era sencillo. Cuando comenzó a trabajar para el dvcny, Jennifer había 30


notado (como muchos antes que ella) que uno de los mayores problemas que tenían los residentes de las viviendas de bajos recursos para salir adelante, o incluso manejar sus vidas, era el tiempo que perdían. No había un lugar centralizado en el que pudieran capacitarse para el trabajo y pagar la renta; cobrar los cheques de asistencia social y contar con una guardería; contar con los recursos sin fines de lucro que mejor satisfacían sus necesidades y, al mismo tiempo, reunirse con su trabajador social. Todo estaba disperso, y tomaba años ejecutarlo. De este problema surgió la solución de Se Requiere una Aldea: un centro comunitario que albergara bajo un solo techo filiales de todas las dependencias, servicios y recursos que necesitaran los residentes, fueran o no gubernamentales. Después de años de trabajo, tanto de diseño del centro como de coordinación para obtener el apoyo necesario de fundaciones privadas y agencias gubernamentales, Jennifer había terminado una solicitud de oferta a fin de que los contratistas licitaran para la construcción del área principal. Pero justo cuando la solicitud de oferta estaba a punto de lanzarse, la economía se colapsó. Jennifer aún recordaba estar parada en su oficina cuando escuchó la noticia de que se congelaban los nuevos proyectos de la ciudad, y la sensación de su corazón roto. Después de eso, la carencia de fondos había sido tan severa que Jennifer dejó de considerar Se Requiere una Aldea como un sueño aplazado. Más bien había sido un sueño sin futuro desde el inicio. Todo continuó así hasta que Bill Truitt, constructor de grandes empresas, entró a trabajar y Jennifer decidió aprovechar la oportunidad y mostrarle la vieja solicitud 31


de oferta. Para su deleite, a él le encantó. Se Requiere una Aldea, con la propuesta de colaboración entre agencias gubernamentales y fundaciones privadas, y las animaciones por computadora de los artistas que mostraban cómo debía verse el centro, combinaban su amor por la construcción y el emprendimiento social. Afirmó que ése sería su legado. Los vínculos de Bill con el alcalde aseguraban una porción del fondo federal de estímulos, aunque Bill había dejado claro que ésa sería la única parte fácil. —Estos fondos federales no significan que las cosas van a ser fáciles de ahora en adelante —les dijo Bill a ella y a Tim con severidad, como si fueran un par de bebés perezosos—. La ciudad está en quiebra, y todos debemos hacer más con menos. Eso requerirá más horas de trabajo, más eficiencia y más responsabilidad con el uso de su tiempo en esta oficina. Por haber trabajado en el sector privado, Jennifer, sabes a lo que me refiero. Lo sabía. Pero una cosa era trabajar ochenta horas a la semana por un empleo que pagaba mejor que la mayoría, y otra era hacerlo por uno que pagaba bastante menos. La idea de ver el centro construido al fin, después de años de espera, la había mantenido activa, pero aun así no había trabajado la cantidad de horas que Bill esperaba; lo cual el Reloj para Empleados nunca le permitía olvidar. Cuando se sentó, Jennifer notó que Alicia sostenía entre sus manos una copia de la propuesta original de Se Requiere una Aldea. Se le encogió el estómago. Estaba a punto de preguntar a qué se debía el placer de la reunión, cuando Bill se dio la vuelta hacia su pared, descolgó una foto y, guiñándole un ojo a Alicia, la puso sobre su escritorio y le hizo un gesto a Jennifer para que la mirara. Era 32


una foto de una Alicia muy joven, con toga y birrete, parada junto a un Bill muy envejecido de cabello entrecano. —Mi padre, Bill grande —dijo Bill—, con una de las primeras graduadas del programa de becas de la bte for Good Foundation, Alicia L. Richardson —Jennifer se asomó para ver la foto con el interés más entusiasta que pudo fingir—. Ustedes dos ya se conocen, ¿verdad? —preguntó Bill mientras colgaba la foto de vuelta en la pared. —Sí —dijo Jennifer—. Alicia estaba aquí cuando entré a trabajar hace siete años. Qué inspirador este asunto sobre tu papá y la beca. ¡Guau! Bill sonrió. Alicia sonrió. Jennifer sonrió. Deseaba haber tenido tiempo para leer el correo electrónico. —Así que, Jennifer —comenzó Bill y se recargó sobre el respaldo del sillón negro tipo trono que había comprado para reemplazar la muy inferior silla de oficina de gobierno—. Tú sabes que te tengo en la más alta estima. Se Requiere una Aldea es lo más interesante que le ha sucedido al dvcny hasta ahora, y te agradecemos por ello. Pero, francamente, las cosas no se están agilizando lo suficientemente rápido. —Vamos a tiempo con el calendario —dijo Jennifer—, de acuerdo con el plan que tú y yo formulamos cuando… Bill la interrumpió con un movimiento de la mano. —Quiero abrir el centro principal en un año a partir de hoy. Dos años es demasiado tiempo. Deberíamos estar abriendo camino en este momento en lugar de tener otra enojosa reunión con los residentes —Jennifer estaba a punto de objetar, cuando Bill se sentó y posó los codos sobre el escritorio, entrelazando sus manos frente a él—. He construido centros comerciales en menos tiempo del 33


que hemos perdido en construir este centro. No digo que sea tu culpa. Pienso que necesitas ayuda adicional. Y por eso está Alicia aquí. Ella ha sido superintendente en el Distrito 13 por varios años, que por supuesto es el distrito donde se construirá el centro. Ella creció en las casas Marcy. ¡Creció aquí y salió! Ella conoce a la comunidad, es una líder. Jennifer intentó no desmayarse. ¿Qué estaba diciendo Bill? ¿Iba a poner a Alicia a cargo de Se Requiere una Aldea? Por la forma en que Alicia asentía y sonreía, cacareando con falsa modestia mientras Bill la elogiaba, parecía que eso era precisamente lo que iba a hacer. —Creo que lo que Bill está tratando de decir, Jennifer —dijo Alicia, volteando hacia ella y hablando en el tono firme pero amigable de la directora de preparatoria que alguna vez fue—, es que desde que Binnie Freeman se fue no has tenido a alguien en el departamento con una historia y trayectoria entreveradas con la comunidad, algo que puedo aportar si soy el rostro público del proyecto. Era cierto que Jennifer no pertenecía a la comunidad, se había criado en los suburbios y su carrera anterior la había desarrollado en la iniciativa privada en un ambiente petulante. Binnie, su anterior jefa y mentora, era quien tenía un vínculo con la comunidad. Pero Jennifer ya llevaba siete años en el departamento y Se Requiere una Aldea era suyo, en cuerpo y alma. La idea de ser degradada a una especie de autor intelectual tras bambalinas, que sirviera sólo para ajustar los números y hacer hojas de cálculo mientras Alicia Richardson se llevaba el crédito por su trabajo duro, era devastadora. 34


—Para comenzar, y Bill está de acuerdo conmigo, debemos cambiar el nombre. Se me ocurrió One Stop. —¿Acaso ese nombre no le quita lo poético? —preguntó Jennifer. —Ayuda a los residentes a comprender qué es —respondió Alicia. De alguna forma Jennifer se las arregló para sonreír con los labios apretados antes de desviar su mirada hacia Bill. Pero se sorprendió al descubrir que ahora él estaba observando a Alicia con la misma expresión de amor serio que había usado con Jennifer unos momentos antes. —Cuando discutimos esto por primera vez hace unas semanas, Alicia, hablamos de que vinieras para fungir como la líder del proyecto —dijo él y Alicia asintió—. Pero desde entonces —continuó— lo he reconsiderado —Jennifer ahora tenía el placer de observar cómo la pedantería se deslizaba del rostro de Alicia—. Después de revisarlo con cuidado, he decidido que lo mejor será que tú y Jennifer sirvan como codirectoras de One Stop. Tú te encargarás de los residentes y de los vínculos comunitarios, y Jennifer liderará la planeación estratégica entre las distintas agencias. Hubo una larga pausa. Después, tanto Alicia como Jennifer comenzaron a hablar al mismo tiempo. —¡Esperen un segundo! —dijo Bill—. ¡Ni siquiera conocen la oferta completa todavía! —abrió un cajón y sacó dos juegos de contratos impresos en papel azul claro—. Pensé que no te gustaría la idea de codirigir, Alicia. Y Jennifer, para ser honesto, me preocupa tu nivel de compromiso. Así que decidí hacer algo novedoso por mi cuenta y volver más atractiva la oferta para ambas —Bill les pasó un contrato a cada una. 35


—Como ésta es una sociedad pública y privada —continuó—, he podido asignar un poco de dinero adicional a los costos de personal del lado de las fundaciones privadas. Si cumplen las metas aquí delineadas durante los próximos doce meses —dijo—, se les otorgará un bono en efectivo de cinco mil dólares por cada cuatrimestre, que serán proporcionados por bte for Good Foundation —se recargó de nuevo en el respaldo del sillón, claramente contento por haber pasado de ser el Grinch a Santa Claus en un segundo. Jennifer no podía creer lo que escuchaba. ¿Un bono de veinte mil dólares en tan sólo un año? Con eso podría ahorrar algo para el fondo universitario de sus hijos. Podría pagar sus deudas de las tarjetas de crédito. Pensó que incluso podría llevarse a sus hijos a unas vacaciones de verdad. (O tal vez sólo pagar las deudas de las tarjetas.) Con lo que era un aumento de 20 mil dólares real, podría respirar un poco —financieramente, al menos— por primera vez desde que ella y Norman se separaron. —No es caridad —añadió Bill—. Si no logran cumplir los objetivos cuatrimestrales serán despedidas. Así de simple. Alicia revisaba el contrato, con el ceño fruncido. Jennifer comenzó a leer el suyo también. Veinte mil dólares era mucho dinero, pero a simple vista Jennifer podía augurar que si aceptaba esos términos pagaría cada centavo. —Es mucho lo que hay que leer y analizar —dijo Jennifer levantando la vista hacia Bill—. Estoy segura de que Alicia también necesitará tiempo para revisarlo. Alicia asintió, mientras se ponía de pie. —Por supuesto —dijo Bill, quien también se levantó—. 36


Pero creo que la propuesta les resultará muy atractiva. Una oferta que no podrán rechazar, como dicen. ¿Como dice quién? Jennifer quería preguntar. ¿Los jefes de la mafia? Bill rodeó su escritorio y se acercó a las dos, y levantó la copia de la propuesta de Se Requiere una Aldea —ahora llamado One Stop, aparentemente— que él guardaba en su escritorio. —Sabes, Jennifer —dijo—, en realidad nunca hablamos del motivo por el cual acepté este trabajo. Sobre por qué le robo tiempo a proyectos como ése —otra vez el maldito rascacielos— para trabajar en proyectos como éste —Bill le dio una palmadita a la portada de la propuesta—. Alicia lo sabe —dijo, y asintió dirigiéndose a ella. Abrió la propuesta en una página que se veía manoseada: en ella aparecía una fotografía de Coco, una joven madre soltera de las Casas Whitman, en la escalera de entrada a un edificio con sus tres hijos. Jennifer adoraba a Coco. Por la expresión en el rostro de Bill mientras miraba la fotografía, también él la adoraba—. Estoy haciendo esto por ella. No hay ningún hombre en la foto. Sólo una madre soltera afroamericana, que se ve sepultada bajo el papeleo de la burocracia gubernamental cada vez que intenta cambiar su vida, o simplemente intenta conseguir lo que necesita, atorada en un sistema que no representa una oportunidad, sino una trampa —Bill levantó la vista y miró fijamente a Jennifer. Ella vio que estaba siendo franco, pero también vislumbró al político descarnado que sospechaba había en él—. Ésa era mi abuela, en una vivienda pública en Chicago en la década de los cincuenta. Y ése —dijo, señalando a uno de los niños— era mi papá. 37


Entonces Alicia se las arregló para mirar a Bill con la calidez de momentos atrás. —Tu padre fue un gran hombre —dijo ella. Jennifer musitó asintiendo, aunque todo lo que ella sabía sobre Bill Truitt padre era que había sido responsable de construir la compañía de bienes raíces que Bill hijo había heredado, y que ahora Bill, quien creció veraneando en los Hamptons, sabía tanto como ella acerca de desarrollar los proyectos. Claramente satisfecho con su actuación, volvió a poner la propuesta sobre el escritorio, les agradeció solemnemente a las dos y las acompañó hasta la puerta. Jennifer pensó que su oferta era franca. Eso de seguro. Si ella cumplía con las metas, podría meter veinte mil dólares extra al banco. Si no lo lograba, sería despedida. Alto riesgo, alta recompensa: un dogma común en el mundo de los negocios. Pero cuando estrechó la mano de Bill y observó su grueso reloj con diamantes incrustados, que siempre colgaba pesadamente de su muñeca —un reloj que costaba más de lo que ella ganaba en un año trabajando a morir—, no pudo evitar pensar: Mientras que algunos arriesgamos la renta, algunos de nosotros ni siquiera arriesgamos nuestro Rolex.

38


14472c  

Como todas (casadas, solteras, madres o sin hijos), Jennifer daría lo que fuera por la capacidad de estar en dos sitios al mismo tiempo. Qué...

14472c  

Como todas (casadas, solteras, madres o sin hijos), Jennifer daría lo que fuera por la capacidad de estar en dos sitios al mismo tiempo. Qué...