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Ésta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor, o se usan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares de la realidad es mera coincidencia. Diseño de portada: Cristóbal Henestrosa y Jonathan Cuervo Diseño de interiores: Cristóbal Henestrosa Fotografía de la autora: Daniel N. Johnson LAS NORMALES Título original: The Regulars © 2016, Georgia Clark Traducción: Karina Simpson D.R. © 2017, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec C. P. 11560, Miguel Hidalgo, Ciudad de México Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2017 ISBN: 978-607-527-164-4 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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Ă?NDICE

Primera parte: Base 11 Segunda parte: Sombra 163 Tercera parte: Polvo 375 Cuarta parte: Rubor 485 Agradecimientos 527

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PRIMERA PARTE BASE

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A pesar de la vehemencia con que su madre insistía en lo contrario, Evie Selby nunca había creído que era hermosa. Había momentos en que se sentía linda: algún ángulo en picada, o selfies con luz tenue que provocaban que su cabello teñido de negro y su pequeño e intenso rostro se vieran como de duende, incluso tiernos. Había momentos en que se sentía genial: el día que comenzó a usar los lentes con el armazón más grueso que pudo encontrar, la noche en que se tatuó un verso de un poema en su pálido antebrazo. Pero ¿hermosa? No. Eso pertenecía al reino de las mujeres con facciones simétricas y pronunciadas, con cabellos como crines de caballos y cuerpos como autos deportivos extranjeros: angulosos, llamativos y suavemente poderosos. Mujeres como esa modelo con sonrisa de satisfacción que adornaba una de las páginas lustrosas de las pruebas que llevaba bajo el brazo. Si tan sólo tuviera una cuarta, una quinta o una octava parte del encanto de esa mujer, quizás Evie se sentiría más segura para la cita de esa noche. Basta, se dijo a sí misma. Se acomodó los lentes en el entrecejo e inhaló el aire veraniego y sofocante de la ciudad. Eres una diosa. Eres un partidazo. Eres como el resultado de todos los libros de superación personal que se hayan escrito. Y, se dio cuenta al ver la hora, también vas tarde. Debía estar en la Galería Wythe hacía tres y medio minutos. A pesar de lo que puedan pensar aquellos que están felizmente emparejados, noventa y nueve por ciento de las 13

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citas en línea no son lo bastante emocionantes para llegar a ser divertidas, ni lo bastante estresantes como para llegar a ser aventuradas. Tan sólo… incómodas. Aburridas. Una hora de plática trivial con alguien a quien pensarías dos veces antes de salvarlo de un edificio en llamas. Las citas en línea son como una ruleta rusa. La mayoría fallan. Pero a veces, amigas de Evie habían conocido a un partidazo: un neoyorquino inteligente, estéticamente agradable y aún soltero. Quizás esta noche, pensó Evie, sea la noche en que todo salga de maravilla. La galería estaba semivacía. Aunque era lunes, ella había esperado que llegara más gente, aunque fuera por el caché del apellido Willow. Un pequeño grupo de Brooklyn, ataviado con faldas transparentes y corbatas vintage de moño, estaba parado frente a las fotografías experimentales tamaño bolsillo de su amiga. Y todos parecían estar en parejas. Todos, excepto una chica que estaba al otro lado del lugar. Como de la altura de Evie, pero más delgada, más pequeña. El cabello oscuro le caía sobre los hombros. Vestía de forma sencilla, con una camiseta y unos jeans. Cuando volteó a ver la fotografía, Evie se quedó con la boca abierta. Totalmente bonita. Totalmente Ellen Page-y. Imposible, Quinn era aún más atractiva en persona. El pánico atravesó las venas de Evie. Debí haberme puesto un vestido de A-game. Necesitaba un trago. En una pequeña mesa ofrecían vino y cerveza. El novio de Willow, Mark, era el barman. —Hola —soltó las pruebas sobre la mesa plegadiza—. ¿Puedo dejar esto aquí? ¿Se me ve bien el maquillaje? 14

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¿Qué vino tienes? —le lanzó otra mirada a Quinn, todavía no estaba lista para hacer contacto visual con ella. —Hola, Evie —el chico alto y con lentes respondió con rapidez—. Sí, sí y sauvignon blanc. ¿Un día difícil en la oficina? Evie negó con la cabeza. —Una cita —señaló a Quinn con un gesto. —Ah —Mark le pasó una copa—. Qué divertido. —Estoy nerviosa. —No tienes por qué estarlo. —Mentiroso. —¡No es verdad! Evie intentó sonreír. Mark sonrió. —¡Ve por ella, tigre! Evie tomó otra copa para Quinn y comenzó a caminar hacia ella, intentando calmar los irritantes martillazos de nervios. —¿Quinn? Al escuchar su nombre, la chica volteó y reveló un rostro con forma de luna y ojos que parecían más redondos que ovalados. Su piel era perfecta. Una sonrisa dulce. —¿Evie? —De carne y hueso —dijo Evie, mientras intentaba no pensar en su piel no tan perfecta y en su propia sonrisa no tan dulce—. Hola. —Hola. —Hola —dijo de nuevo Evie, y en su fuero interno se dio una patada por sonar como un robot. Le ofreció a Quinn la copa—. ¿Tienes sed? 15

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—De hecho, no bebo. No necesito drogarme para disfrutar la vida. Evie parpadeó. Malditas citas por internet… —Estoy bromeando —Quinn sonrió y tomó la copa—. Gracias. —Ah —Evie soltó una risita. En línea, Quinn era incisiva y difícil de definir, cualidades que a Evie le parecían tan atractivas como la persona que tenía enfrente, más cálida y menos ingeniosa. Quinn miró alrededor. —¿Ésta es la inauguración de tu amiga? —Sí. Willow Hendriksen —en ese momento vio a Willow en una esquina, cercada por gente con aspecto de artistas. Su falda verde de seda y su cabello rubio cenizo claro con un mechón rosa pastel daban la impresión de que la chica de veintidós años estaba libre de ataduras. Había algo distintivamente etéreo en Willow Hendriksen, como si fuera a transformarse en una multitud de aves si chasqueabas los dedos—. Es ella. Quinn miró a Willow como si estuviera nerviosa de que la descubrieran haciéndolo. —Es la hija de Matteo Hendriksen, ¿verdad? ¿El cineasta? Evie asintió. —Ajá. —Wow. Súper. ¿Lo conoces? —Sí —Evie asintió de nuevo, y se sintió reconforta­da por el hecho de que Quinn estuviera impresionada—. Claro. Últimamente casi no está en Estados Unidos. Pero Willow todavía vive en su casa, así que cuando él está aquí, nos vemos. Nos juntamos. Somos colegas —Evie 16

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le guiñó un ojo. ¿De verdad acabo de decir que somos co­legas? —Dios mío, no puedo imaginar lo que es crear obras tan grandiosas que la gente admira y respeta —dijo Quinn. Lo que Evie no podía imaginar era cómo Quinn se había fijado en ella. —¿Así que eres músico? Quinn se encogió de hombros. —Lo intento. —Suenas a que tienes una gran voz para cantar. Y tu look es genial. Quinn se sorprendió y sonrió complacida. —Gracias —caminó a la siguiente foto. Evie la siguió—. Alguien me acaba de decir que aquello que haces más tiempo es lo que en verdad eres. Digamos que eres un actor, pero sólo vas a una audición por semana y pasas la mayor parte del tiempo trabajando como mesero, entonces eres mesero. Yo hice las cuentas y resulta que soy músico —Quinn le sonrió a Evie, casi tímidamente—. Y tu perfil me dice que eres escritora. ¿Sobre qué escribes? Evie no se asumía como escritora de la misma manera en que Quinn se asumía como músico. Tenía un blog llamado Algo Mordaz, pero era anónimo, y no era a lo que le consagraba casi todo su tiempo. Se dedicaba a ser una modesta correctora de estilo en una revista para mujeres llamada Salty, y corregía erratas en historias del estilo de “Cómo enloquecerlo con lo que tienes en tu refrigerador”. Eso no impresionaría a alguien como Quinn. —Escribo para el New York Times —las palabras se le escaparon de la boca, tan poco planeadas como un estornudo. 17

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—¡Wow! —Quinn rio un poco—. Wow. Eso es maravilloso. —Creo que están tratando de equilibrar su paridad de género, ¿sabes? —Evie improvisó al recordar que el Times tenía la diferencia de género más grande en la industria en lo que se refiere a escritores—. Tiene altas y bajas. Como todo. —¿Eres redactora de la revista? —Quinn seguía con los ojos muy abiertos. —Sip —dijo Evie—. Hice prácticas en la universidad y comencé a trabajar ahí hace unos meses. —Wow. Sé que ya lo dije, pero es impresionante —los ojos de Quinn siguieron mirando a Evie un poco más de lo que deberían, antes de que los apartara. Un deseo cálido y líquido fue creciendo despacio en el vientre de Evie, como un gato despertando por la tarde después de una larga siesta. —¿Ya comiste? —preguntó Quinn. Evie negó con la cabeza. —Qué bien, yo me muero de hambre. Hay un lugar de comida marroquí a la vuelta. ¿Se te antoja? —Claro —definitivamente. Tres mil por ciento. —Genial. Sólo que antes iré al baño. Evie se colgó la bolsa del hombro para ir a esperar a la entrada de la galería. Bebió un trago del vino, y contuvo activamente la euforia total que le había inspirado la sugerencia de Quinn; más específicamente, su aceptación. Ya habían pasado seis meses desde la última vez que tuvo sexo. A lo único que llegó en el verano fue a la prueba del Papanicolau. Y mientras el sexo podía ser una diversión mucho más caótica y húmeda, lo que en realidad extraña18

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ba era ser besada. El primer beso nervioso, entusiasta y casi siempre desastroso, memorable por su imperfección, pasionalmente torpe. Esa narrativa estaba conduciendo a un beso. La comida, la bebida después de comer, la caminata hacia la estación del metro, el beso. Por supuesto, su mentira era estúpida. Pero podía retractarse después. O qué demonios, tal vez podría lograr que le publicaran algo en el Times. Claro, sólo tenía veintitrés años, pero la forma en que Quinn la había mirado la hizo sentir que podía escalar el monte Kilimanjaro sin una gota de sudor. —Evie. El murmullo suave y casi musical sólo podía ser de la dama de la fiesta. —¡Hola, Willow! —Evie le dio un abrazo con una mano y presionó su mano libre contra el omóplato anguloso de Willow—. Felicidades. Willow sonrió melancólica y echó una mirada alrededor del lugar medio vacío. —Nunca quise ser famosa por mi nombre, pero esto es un poco deprimente. —¡No lo es! Esto es maravilloso. —Y justo por eso es que te vas después de… ¿cinco minutos? —¡No me estoy yendo! Sólo… voy a otro lugar… Willow hizo un ademán de no querer escuchar el pretexto y sonrió con complicidad. —¿Acaso estoy presenciando una rara conquista de Evie? —En efecto —Evie no pudo evitar sonreír—. Vamos por algo de comer. —Qué bien. Te ves muy bonita. 19

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—Ay, por favor —Evie se frotó las ojeras que estaba segura que sus lentes acentuaban—. Me veo como si alguien me acabara de dar un puñetazo en la cara. —Cálmate —Willow jaló con cariño un rizo del cabello oscuro de Evie. Se escuchó la voz de Quinn detrás de ellas. —Tu amigo detrás de la barra me dio esto. Quería asegurarse de que no lo olvidaras. Evie se dio la vuelta. Quinn traía las pruebas de Salty. La historia en la portada era acerca del vajazzling.* —“Añade un poco de emoción a tu vagina” —Quinn leyó en voz alta el subtítulo de Evie, antes de mirarla y fruncir el ceño de forma extraña—. Puritanos. —Dios mío, ¿sigues llevándote trabajo a casa, Evie? Pensé que ya no lo harías —Willow le sonrió a Quinn—. Soy Willow. —Quinn —respondió ella, pero miraba a Evie—. ¿Trabajo? —Todo el año he intentado convencerla de que renuncie —dijo Willow—. Tal vez tú puedas ayudarme a hacer una intervención. Evie miró a Willow, luego a Quinn y al final las páginas. Su garganta se había cerrado—. De hecho, no son para mí. —Pero tu nombre está ahí —Quinn señaló la etiqueta blanca engrapada en la parte superior, y leyó—: “Correctora: Evie Selby”. * Vajazzling: el arte de decorar el pubis con cristales y diamantes. (N. de la T.)

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—Correcto —las mejillas de Evie se calentaban. Respiraba entrecortadamente. —Llámame más tarde —dijo Willow y se perdió entre la multitud. —Así que eres una correctora y también periodista —dijo Quinn, y sonaba como si no lo creyera. Mierda. Mierda. —No —la voz de Evie era apenas perceptible—. Es decir, sólo soy la primera parte. Quinn tenía la boca entreabierta, fijada en una expresión de confusión y perplejidad. —Mentiste por completo acerca de escribir en el Times. —De hecho, estaba visualizando positivamente mi futuro perfecto —Evie se mordió los labios—. Es una técnica muy poderosa. —¿Mentir? —Visualizar. La expresión de Quinn ahora era de incredulidad. Toda la calidez, todo el interés habían desaparecido. —Por favor, no te vayas —dijo Evie—. Maldición, eres muy bonita y agradable, y yo también soy agradable. El jurado aún está deliberando si soy bonita —balbuceó—. Cometí un error, lo siento. Quinn retrocedió un paso, despacio, como si no quisiera alarmar a un perro enojado. —Lo siento, Evie. No me siento bien con esto. Su cita salió de la galería, y Evie se quedó con su copa de vino y una guía sobre cómo decorar una vagina.

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Evie terminó de marcar las pruebas después de las diez. La luz de la habitación de Krista se colaba por debajo de su puerta. Evie tocó suavemente. —Hey, no necesitas tocar. —Ésa es tu política —dijo Evie—, no la mía. Krista Kumar, la diminuta compañera de cuarto de Evie, estaba envuelta en un revoltijo de cobijas y almohadas, mirando algo ruidoso en su laptop. Y frente a ella, balanceándose de forma precaria en un cojín, estaban los restos de un pastel con betún rosa. Evie frunció el ceño al verlos. —¿Qué es eso? Krista presionó la barra espaciadora del teclado. —En la pastelería que está a unas cuadras lo iban a tirar. Creo que la caja estaba abollada. —Estás comiendo un pastel de la basura. —Estoy comiendo desechos de pastel. Está delicioso. ¿Quieres un poco? —No —Evie se hundió en el otro extremo de la cama—. Bueno, sí. Krista le pasó el tenedor. —¿Esto fue lo que cenaste? Krista negó con la cabeza y con la barbilla señaló los recipientes a medio comer de Sing-Sing Palace, el restaurante de comida de Asia del Sur en la acera de enfrente. En más de una ocasión, Krista se había descrito a sí mis-

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ma como más deliciosa que su almuerzo especial de $6.99 dólares, considerando que su mamá era mitad malasia y mitad hindú, y su papá era ceilandés. —¿Qué tal estuvo tu cita? —Me pescó en una mentira flagrante y se fue. —¿Le mentiste? ¿Por qué? Evie murmuró con la boca llena de betún, el cual debía admitir que estaba muy bueno. —Porque estoy loca. —No estás loca. Eres maravillosa. Come más pastel de la basura. Evie le pellizcó el muslo y Krista gritó como un cachorro. Krista era como un perrito. No tenía capacidad para concentrarse, era muy buena para acurrucarse y se quejaba cuando la dejabas sola en casa. Lo cual probablemente hacía que Evie fuera más como un gato: temperamental y pretenciosa. —Oye, Evie. —¿Sí? —¿Qué crees que esté haciendo Amy Poehler ahora mismo? Evie sonrió y se acomodó entre las cobijas. —Justo ahora, Amy Poehler está bebiendo un ruso blanco que preparó ella misma, y da un discurso inspirador al que todos están muy atentos. En un baño de tina caliente. En Japón. Krista suspiró, feliz y con envidia. —Amy es genial. —Lo sé —dijo Evie—. Tiene la mejor vida del mundo. ¿Tienes mi camiseta azul sin mangas?

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—Tal vez está… por ahí —Krista agitó la mano vagamente hacia uno de los muchos montones de ropa tirados en el suelo. —Kris —suspiró Evie, al encontrar la camiseta arrugada—. En serio. —Lo siento. Iba a lavarla. La voy a lavar. Déjala aquí… —Está bien así —masculló Evie—. ¿Estás emocionada por tu llamado de mañana? —Muy emocionada —Krista volvió a mirar la computadora—. Apenas puedo contener mi entusiasmo. Evie miró a Krista con cautela. Habían pasado siete meses desde que ella, su compañera de cuarto de la universidad, había dejado la carrera de leyes en Boston y tomó el autobús de Peter Pan directo a Nueva York para probar suerte en la “actuación y otras cosas”. Evie aún intentaba comprender si lo había hecho para enfurecer a su papá, que era demasiado estricto y controlador, porque de hecho quería ser actriz, o si tan sólo le gustaba quedarse a dormir todo el día. —¿Ya pusiste tu alarma? —Es hasta la tarde. —¿Tienes dinero para la comida en Trader Joe? —¿Cuánto es? —preguntó Krista. —$35 dólares por cada una. —No. —¿No tienes $35 dólares? —Aquí no —dijo Krista. —¿Y con Venmo? —Evie —se quejó Krista—. Estoy viendo una película… —Está bien.

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Krista puso los ojos en blanco. —Lo sé, Evie. Debemos pagar la renta. Evie enrolló su puño con la camiseta azul, y se dijo a sí misma que quizá la molestia que sentía era por agotamiento. Se deslizó fuera de la cama de Krista. —Yo no dije nada. —No tuviste que decirlo —dijo Krista—. Pude verlo en tu cara. —Sin cara —gritó Evie al salir—. Soy uno de esos entes sexuales que salen en Ojos bien cerrados. ¡Sin cara! Escuchó a Krista reírse cuando cerró la puerta de su habitación. La discusión acerca de la renta sería olvidada en menos de un minuto. Ya fuera conscientemente o no, Krista no guardaba resentimientos. Y no era prejuiciosa. No le parecía que el trabajo de una persona fuera un microcosmos significativo de toda su existencia. Pero a Evie, sí. Se tumbó en su cama y se permitió a sí misma desmoronarse. Había veces en que hundirse en los contornos conocidos de la depresión era tolerable, incluso extrañamente disfrutable. Ahora sólo se sentía sola. Y triste. Si tan sólo pudiera repetir su cita. Podría haberle dicho a Quinn acerca de su blog, o tan sólo haberle contado la verdad acerca de Salty, y ver qué lograba con eso. Probablemente lo mismo. Si ella misma no respetaba su trabajo, ¿cómo podía esperar que lo hiciera la persona con quien saliera? Se desvistió, apagó la luz y se cubrió la cabeza con las cobijas. Quinn tenía razón. Uno era aquello que hacía la mayor parte del tiempo. Lo que significaba que ella era una 25

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correctora de estilo. El escalón más bajo del mundo editorial. En esa parte profunda y oscura de sí misma, que era como su Caverna de la Vergüenza, sabía que eso significaba que era una mediocre. Un fracaso.

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Krista Indrani Kumar nunca había estado lista a tiempo, en su vida. Entre más presión hubiera para una fecha límite, más se tardaba: era una respuesta al estrés relacionada con la moda. Se había perdido, casi literalmente, el funeral de su tío abuelo, en aras de lograr que todos los negros de su atuendo “combinaran”. Pero hoy no podía perder la cita bajo ninguna circunstancia. Hoy era el día en que Krista Kumar firmaría el contrato para un comercial nacional, eliminando por fin la hernia de una deuda que la perseguía como el fantasma de sus finanzas. Un anuncio en red nacional aparecería por veintiún meses, lo que le daría alrededor de $30,000 dólares. Además era para Bongo, el refresco multimillonario que todos en el planeta conocían, lo cual sólo podía significar más contratos, más trabajo. Pero de alguna manera, a pesar de haberse levantado relativamente temprano (a las 9:30 a.m.), iba tarde para su audición de la 1:00 p.m. Todo comenzó cuando salió a correr. La idea de una larga y saludable carrera a primera hora en la mañana le parecía una manera de controlar su vida, así que tuvo que hacerla. Había pasado entre hípsters y gente paseando a sus perros, y hípsters que paseaban perros, y de regreso a casa se detuvo en una de las mejores cafeterías a comprar un café latte doble con leche de soya con los $5 dólares que le quedaban. Su felicidad se esfumó cuando se dio cuenta de que había olvidado su llave. Tocó el timbre de 27

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Ben, el vecino del piso de abajo: nadie respondió. Evie ya estaba en su trabajo en el centro. Entonces recordó la escalera de incendio. La ventana de la cocina siempre estaba abierta. Tuvo que arrastrar el bote de basura de plástico negro hasta la base de la escalera y trepar sobre él para alcanzarla: increíblemente asqueroso. La escalera estaba oxidada y atorada, pero después de intentarlo varias veces logró jalarla. Subir por la escalera de incendio era una victoria certificable, y justificó un breve baile de victoria. La ventana de la cocina estaba cerrada. Krista la empujó inútilmente, y entonces su miedo se convirtió en verdadero pánico. Necesitaba entrar. Lo único que había en la escalera de incendios era una planta muerta. Dentro de una pesada maceta de cerámica. Su primer intento resquebrajó el vidrio. El segundo logró romperlo. Su corazón se encendió al mirar la pequeña cocina tan familiar, como si se hubiera ido por años, y no por unos minutos. Con el tercero, cuarto y quinto intentos consiguió quitar el vidrio. Salió de la regadera a las doce del día, pero elegir el atuendo era una historia diferente. Todo estaba sucio o arrugado o se veía ridículo o era demasiado sexy o bien no lo suficientemente sexy. Y luego el maquillaje, que era como la cocaína: siempre se necesitaba un poco más. Pero de alguna manera, como un milagro, estuvo lista a las 12:40. En el metro llegaría al centro en media hora, tal vez un poquito más. Sólo llegaría unos minutos tarde. Agarró su bolsa, azotó la puerta y bajó los escalones de dos en dos: salió disparada directo a los dos policías que estaban al final de la escalera. Habían recibido un reporte de un 28

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vecino acerca de alguien que había forzado la entrada a un departamento. Le tomó a Krista cuarenta minutos convencer a los policías de que ella había entrado a su propio departamento. Cuarenta minutos de balbucear nerviosamente y mostrar facturas como comprobantes de domicilio y tres diferentes tipos de identificación y, al final, una franca imploración. Para cuando se subió al metro era la 1:20. Debía haber llegado hacía veinte minutos. De pronto tuvo una idea: pediría un Uber. Pasaron cuatro minutos interminablemente largos antes de que el auto negro llegara. Una vez dentro, llamó a Dale, su agente. Él contestó de inmediato. —¿Dónde demonios has estado? —Estoy en un auto —encendió un cigarro—. Dame cinco minutos. —¡Ya debías estar aquí! —¡No se permite fumar! —gritó el conductor. Krista maldijo y aventó el cigarro por la ventana. —¿Me puedes poner al final de la lista? Diles que acabo de tener una cirugía. Algo ambulatorio. —No —ella casi podía ver que él ponía los ojos en blanco—. Sólo ven ya. Dale colgó. El auto subió al puente Williamsburg. Y se detuvo. Frente a ellos había un mar de autos. Inmóviles. —¡No! —Krista golpeó la ventana. —¡No puede golpear! —gritó el conductor. Les tomó horas cruzar el puente. Su papá le llamó dos veces seguidas, y durante ambas sufrió un ataque de ansiedad, y pagaría por ello exponencialmente. Decir que sus papás estaban decepcionados por su decisión de dejar 29

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la facultad de leyes era como decir que el Increíble Hulk estaba molesto. Dale le mandó tres mensajes de texto. Ella sólo pudo atinar a responder el último: ya voy!! no dejes que se vayan

La oficina de Dale estaba en la Séptima Avenida con la Cuarenta y cuatro, pero cuando les tocó el alto en la Treinta y cinco, ella ya no pudo más. Después de saltar fuera del coche se echó a correr por la Séptima como un héroe de acción en camino a desarmar una bomba. —Está bien —se dijo a sí misma jadeando—. Sólo voy una hora tarde, verán a muchas personas, Dale arreglará esto, estas cosas siempre se retrasan… Entró al vestíbulo del edificio de Dale y apretó con histeria el botón del elevador. Clever Casting estaba en el piso 20. Básicamente ya estaba ahí. Lo había logrado. Un puñado de chicas con tacones llenas de energía entraron al elevador con ella, y apretaron el botón para el piso 20. —No puedo creer que hayas calificado para que te invitaran a esto —dijo una de ellas. —Ya sé —dijo otra—. ¡vip! Las orejas de Krista se pararon instintivamente. ¿Qué era vip? Las puertas del elevador se abrieron en el piso 20. Era un espacio abierto, como Clever Casting. Pero no era una oficina. Estaba repleto de exhibidores de ropa y zapatos y botes con bolsas y cinturones. En las puertas de vidrio que conducían al interior había pegada una hoja de papel con las palabras vip: Venta de Muestras de Gilt City. A Krista se le secó la boca. Dios mío santo. Eso no podía estar sucediendo. 30

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Las chicas lanzaron unos gritos y salieron del elevador en masa. Una mujer con un sujetapapeles revisaba sus identificaciones y preguntaba: —¿Vienen todas juntas? Y las chicas respondieron a coro: —Sí. Krista estaba detrás de ellas. Mierda, ni siquiera había recordado seguirlas al salir del elevador. La mujer con el sujetapapeles se alejó. Las chicas comenzaron a arrebatarse la ropa, suspirando maravilladas. No. ¿Qué demonios estaba ella haciendo ahí? Tenía que llegar a su audición. No importaba que Gilt City organizara baratas de diseñador, y que una venta de muestras fuera todavía más barata, eso no era relevante en ese momento. Krista se dio la vuelta, decidida a partir. Y fue entonces que lo vio. Un vestido rojo de seda con una falda resplandeciente y coqueta que llegaba debajo de la rodilla y con cuello redondo y escotado, el cual ella ya sabía que mostraba la medida perfecta de senos. Marca Zac Posen. El precio original de la etiqueta era de $2,950 dólares. Estaba tachado. El vestido costaba $40 dólares. ¡Cuarenta malditos dólares! La deuda de su tarjeta de crédito brilló en el ojo de su mente: un número colosal que continuaba creciendo a una velocidad terrorífica. El deseo y el remordimiento y una incontrolable necesidad desnuda chocaron con fuerza en su pecho. No tenía absolutamente nada de dinero, así que por supuesto no debía comprar el vestido y, además, ya iba demasiado tarde. Bueno, exacto. Ya iba tarde. Y no había mucha diferencia entre llegar una hora tarde y una hora con diez minu31

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tos tarde; ninguna, de hecho. Y literalmente ésta era una oportunidad única en la vida. Literalmente. De $2,950 a $40 eran un ahorro de —Krista hizo rápido las cuentas mentales— noventa y ocho por ciento. Básicamente estaba ganando dinero al comprarlo. Y lo más importante de todo, sería perfecto para la audición. Absolutamente perfecto. A la mierda. Esto le tomaría máximo cinco minutos. Krista tomó el vestido, buscó por todos lados un vestidor —¡ay, los zapatos! Cuarenta y cinco minutos más tarde, entró derrapándose a Clever Casting, simultáneamente extasiada por sus compras, aterrorizada por enfrentar a Dale y nerviosa por la audición misma. Estaba sin aliento y habló con la recepcionista. —Estoy aquí para ver a… —Krista Kumar —Dale avanzó hacia ella a pasos largos. Su cabello al hombro estaba amarrado en una colita de caballo y llevaba un animal con correa. Algo que se meneaba y era peludo y asqueroso. —¿Qué demonios es eso? —Krista retrocedió. —Es Willis —Dale alzó a la cosa peluda. Su cuerpo era demasiado largo y flexible—. Es un hurón. —¿Por qué tienes un hurón? —Mi terapeuta me dijo que consiguiera un perro, pero en realidad me identifiqué con un hurón. ¿Verdad, Willis? —Dale comenzó a hablar como bebé—. ¿Verdad que me identifiqué contigo? Krista reprimió las ganas de vomitar. —¿Dónde está la gente de Bongo? Dale le hizo un gesto de beso al hurón, el cual agitó las patitas al aire. 32

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—La gente de Bongo ya se fue, Krista. La gente de Bongo ya se fue. —¿Qué? —Llegaste dos horas tarde. Eligieron a otra persona. —Pero… pero… Me quedé afuera de mi departamento, y el auto estaba atorado en el tráfico. Y… —Creo que esta agencia no es adecuada para ti, Krista. —¿Qué? ¿A qué te refieres? —Toma como ejemplo a Willis. Si quiere algo, va tras ello. Está concentrado. Decidido —la miró con desaprobación—. Todo lo que tú no eres. No te molestes en volverme a llamar. Dale y el hurón se alejaron sin prisa, y la dejaron sola. Sola. En bancarrota. Y… despedida. Un teléfono sonó, la recepcionista contestó y alguien pasó apresurado junto a ella con una pila de dvd. Krista soltó su bolsa en el suelo y comenzó a llorar. Aunque era una tarde brillante de fin de verano, dentro de McHale’s Ale estaba tan oscuro y lóbrego que uno podría pensar que era la muerte del invierno. Krista arrastró su triste trasero hacia un banco en la barra y ordenó un whisky. Le punzaba la cabeza. Tenía la nariz hinchada por llorar. Había arruinado el comercial. ¿Cómo se lo explicaría a Evie? Evie. Dejó caer la cara entre sus manos y gimió al recordar que había roto la ventana de la cocina. Ay, Dios, y había pedido un Uber del otro lado del puente. ¡Un Uber! Ni siquiera tenía dinero para el papel de baño. Y luego las 33

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compras… Y ser despedida… Su abrumadora estupidez la mantuvo con la cara al suelo en el bar. El vestido rojo que llevaba puesto de pronto semejaba a una enorme bandera roja. Era un desastre, sin duda alguna. Un total y completo… —¿Krista? En efecto. Nunca te encontrabas a nadie conocido en Manhattan a menos de que hubieras estado llorando. Krista lanzó una miradita cautelosa en dirección de la voz. Una rubia elegante con un jumpsuit escotado de seda negra estaba sentada en la otra esquina de la barra. Los labios carnosos color rosa sonrieron al reconocerla. Krista nunca había tratado a alguien que tuviera un jumpsuit escotado de seda negra, y mucho menos a alguien que pareciera una supermodelo con él puesto. —¿Sí? —¡Krista! —gritó la mujer—. No me recuerdas —se bajó del banco, levantó una bolsa de viaje de piel que parecía ser tan cara como el jumpsuit. Su sonrisa era generosa e indulgente—. Soy Penelope. Tomamos una clase de improvisación juntas en la Universidad de California hace unos meses. Ay, eras tan divertida. —¿Gracias? —Krista dio un sorbo al whisky que acababa de aparecer frente a ella. Penelope se acomodó junto a ella. —¿Todavía lo haces? —¿Hacer qué? —Improvisar. Ay, eras muy chistosa. —A veces —Krista se frotó los ojos—. Ahora no tengo dinero para tomar clases. Penelope inclinó la cabeza. 34

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—¿Qué sucede? —Yo… Ay, estoy pasando el peor día. Si existe Dios, se lo está tomando muy en contra de Krista Kumar. —¿Quieres platicar? Soy muy buena escucha —la voz de Penelope sonaba como seda rasgada. Sin planearlo, Krista se soltó. Comenzó a contarle que llegó tarde al comercial, pero en poco tiempo comenzó a quejarse de todo: la falta de audiciones, los espantosos empleos temporales, la insípida vida sexual, la deuda paralizante de la cual su mejor amiga ni siquiera sabía. Todo. Se sentía muy bien tan sólo hablando. Penelope continuó escuchando, haciendo pequeños ruidos empáticos que de hecho eran muy reconfortantes. —Hoy pude haber conseguido un supertrabajo —se quejó Krista—. Pero lo arruiné, como arruino todo. Soy una maldita idiota… —No eres una idiota —Penelope apretó el hombro de Krista—. No lo eres. Eres muy dulce. En verdad me ayudaste en esa clase, me hiciste sentir más segura de mí misma en el escenario —luego, casi como una ocurrencia repentina, añadió—: no todos eran tan amables conmigo en ese entonces. —¿Qué clase? —Krista miró a la mujer, sintiéndose un poco mareada por el whisky, pero muy segura cuando dijo—: nunca he tomado una clase contigo. Lo recordaría. Penelope pasó la lengua por su labio superior. Estaba pensando, pero se veía sexy. De todas formas, probablemente ella se vería sexy limpiando un inodoro. —He cambiado desde entonces —dijo finalmente—. Déjame invitarte otro trago. 35

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Krista se enderezó, ahora completamente segura de que nunca en su vida había conocido a esta amable y hermosa mujer. —¿Quién carajos eres? Penelope se inclinó hacia Krista, con los ojos muy abiertos y una mirada empática. Olía a rosas y champaña. —Alguien que te está haciendo un favor.

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Evie, Willow y Krista viven en Nueva York. Las tres se enfrentan a las dificultades cotidianas que experimenta cualquier mujer en la búsqued...

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