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Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor, o se usan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares de la realidad es mera coincidencia.

Los criminales de noviembre Título original: The November Criminals © 2010, Sam Munson Traducción: Sonia Verjovsky Diseño de portada: Jorge Garnica / La Geometría Secreta D.R. © 2016, Editorial Océano, S.L. Milanesat 21-23, Edificio Océano 08017 Barcelona, España www.oceano.com D. R. © 2016, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec Del. Miguel Hidalgo, C.P. 11560, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx www.oceano.mx • www.grantravesia.com Primera edición: 2016 ISBN: 978-607-735-831-2 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Impreso en México / Printed in Mexico


«No hay negador que no esté sediento de algún catastrófico sí.» E. M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido


I M

e pidieron que explicara cuáles son mis mejores y mis peores cualidades. Así que déjenme comenzar diciendo,

damas y caballeros, que es difícil que yo me considere una mala persona. Quiero decir que padezco de escrúpulos, a veces más serios, otras menos. Todo el mundo, incluso un verdadero defensor de la inmoralidad, se ve a sí mismo como una buena persona. O como si trabajara para hacer el bien, sin importar que sus acciones —evaluadas una por una— sean transparentemente egoístas, homicidas, etcétera. En cierto modo es un argumento bastante fuerte contra el valor de términos como bueno o malo. La gente se siente así incluso hoy día, en 1999, cuando se supone que todos nos deberíamos de estar arrepintiendo y lamentando y apretando los dientes. Pero no puedes pasar por la vida sin hacer distinciones. Y venderles cantidades pequeñas o medianas de hierba a chicos ricos, seguros y tranquilos (cosa que pasé haciendo durante gran parte de mi tiempo libre durante los últimos cuatro años) no es el tipo de comportamiento por el que valga la pena agonizar. Eso lo haría parecer demasiado importante, ¿saben? Ni siquiera necesito el dinero.


Sin embargo —a juzgar por mis acciones— soy una mala persona. Dejemos eso en claro, para no crearles ideas equivocadas. Durante más de una quinta parte de mi vida hasta la fecha fui un dealer, no obstante uno menor, y cliente de dealers de mayor volumen, que a la vez son clientes de empresas más importantes, y así sucesivamente hasta el infinito. Qué sombrío, ¿no creen? Humano, pero sombrío. Tenía una báscula digital farmacéutica. Una costosa caja fuerte negra, que en el punto álgido de mi prosperidad contenía 12 380 dólares en cuatro cajas de zapatos, con el efectivo organizado en fajos debidamente etiquetados (¡qué patético!). Una pistola, aunque ésa fue una adquisición posterior. Una provisión sospechosa de bolsas herméticas de plástico. Un bíper. Éste era todo el sórdido y delator equipo. Tengo dieciocho años y cinco días. Vivo en un arbolado barrio de clase media alta en Washington, D. C., con mi padre, que hace vasijas de barro. También da clases en la poco reconocida academia de artes de nuestra ciudad, el Instituto Cochrane. Clases sobre cómo hacer vasijas de barro. Mi nombre es Addison Schacht, si pueden creerlo: el padre muerto de mi madre muerta se llamaba Addison. Ya que soy una incógnita, no soy popular, incluso ahora, en mi último año, en mi salón de la preparatoria John F. Kennedy. ¿Qué tan incógnito, se preguntarán ustedes? No podría, so pena de muerte, decirles a qué universidad quieren ir ni uno solo de mis compañeros de mi salón, así de poco tengo que ver con ellos. No realizo actividades extracurriculares más allá del estudio del latín y del coleccionismo de chistes ofensivos sobre el Holocausto. Vivo en la calle X, en el piso X, peso X kilos. ¿Qué es lo que quieren? ¿Un índice de mi alma? ¿La medidas de mi verga? 12


Se las podría dar; es algo que no me avergüenza ni nada por el estilo. Pero ¿les ayudaría a entenderme? Sin embargo, toda esta historia enredada y pasmosa me ha estado carcomiendo. Y es por eso que la estoy escribiendo. Para desahogarme. Ya he desperdiciado suficiente tiempo. Y no es que sea poco inteligente; no vayan a pensar eso. En cada simulacro de examen que tomé, mis calificaciones fueron idénticas a las que obtuve en el examen de admisión de verdad: 770 puntos en la parte verbal y 650 en matemáticas. Esto viene de tres series de resultados. ¿Qué tal esa precisión? En mi sarta de pruebas de los cursos avanzados, obtuve tres cincos y dos cuatros. No tengo nada más. Salvo una medalla de plata y una de oro en el Examen Nacional de Latín. La literatura latina está desprovista de gran parte de las emociones humanas, pero aun así estoy orgulloso de mis medallas: mis maestros han sido una maldita vergüenza. Vender hierba no figuraba en mi lista de planes permanentes cuando comencé a hacerlo hace cuatro años, justo después de llegar a la Kennedy. Sólo un poco, al principio. Pero era fácil y más desafiante que mi trabajo en clase. También me daba un punto de apoyo en la ecología de la escuela, que de otra manera no habría descubierto. No lo pensé en demasía. La gente la quería, y llegaron a suponer que podría proveérsela, y de repente me encontré que era propietario de un pequeño pero floreciente negocio. Me prometí que lo dejaría cuando me graduara. Sólo por razones prácticas. Y logré dejar de hacerlo, incluso antes de mi fecha tope. Esto no fue por volición. La circunstancia jugó su típico papel contundente, materializada en un compañero de clase llamado Kevin Broadus. 13


Kevin era un chico callado y fornido, un geek de la banda de música. En realidad no lo conocía, aunque nos saludábamos con la cabeza entre clases. Y como era uno de los pocos chicos negros que se encontraban en el Programa para Jóvenes Dotados y con Talento, tenía más o menos en cuenta su presencia. Por lo menos hasta nuestro penúltimo año cuando, unos cinco meses antes de que ocurrieran los brutales eventos que llevaron su nombre a los periódicos, Kevin hizo algo que me pareció… admirable, quizás ésta sea la mejor palabra para definirlo. O quizá no admirable, porque es atrevido admirar a alguien con quien no hablas de manera regular. Pero poco comprometedor. Sucedió en febrero. La señorita Prather, nuestra maestra de inglés del año pasado, hablaba sin parar con un tono superartificial sobre lo que se llama “historia afroamericana”. Febrero, como seguramente ya lo saben, es el Mes de la Historia Afroamericana, una ocasión de mucho recelo y nervioso alarde entre los maestros del Programa para Jóvenes Dotados y con Talento aquí en la Kennedy. Aprendemos, cada año, la misma historia anticuada, como una larga ronda de un juego: los fundadores fueron hipócritas, el Compromiso de las Tres Quintas Partes fue malo, la decisión de Dred Scott fue mala, Frederick Douglass fue bueno, Booker T. Washington malo, el experimento de Tuskegee malo, los aviadores de Tuskegee buenos, Langston Hughes bueno, el jazz bueno, y todavía hoy todos somos racistas. ¡Gracias por jugar! Es como una versión comprimida de la historia norteamericana, una que no logra hacer justicia a todas las complejas tonterías en las que se mete la gente dentro de la vida política, y que también fracasa completamente a la hora de expresar cualquier sentido real de lo horrible que debió haber sido la vida (y de muchas maneras todavía lo es) en Estados 14


Unidos para los esclavos y sus descendientes. Es como una postura forzada. No sé de qué otra manera describirlo. En aquel momento hablábamos de la música y su relación con la literatura afroamericana. Y la señorita Prather estaba en la mitad de su mortificante perorata sobre lo estupendo que era que la literatura afroamericana no estuviera restringida de la manera que otra literatura de su tiempo lo estaba, de cómo estaba repleta de una energía nueva y vital, una corriente rítmica. Muchos de los chicos de mi clase asentían al escucharla, algunos hasta convencidos. Y después de alcanzar su crescendo, gesticulando con las manos y haciendo que su voz palpitara, después de que sufriera su pequeño orgasmo, o lo que fuera, se detuvo y miró a Kevin y dijo: “Pero preguntémosle a nuestro músico de la escuela. ¿No está de acuerdo, señor Broadus?”. Cómo quisiera poder comunicar el horrendo silencio vacío que siguió a su comentario. Todos estiraron los cuellos desde sus pupitres de madera, con silla y escritorio combinado, para clavarle la mirada a Kevin, quien se quedó viendo sus manos. El sol de la tarde caía y dejaba sus lentes en blanco. Y entonces él dijo: “No en especial”. Eso fue todo. La señorita Prather se quedó con las manos alzadas y la boca abierta. Se veía dolida, con los ojos vacilantes por la traición de Kevin. El silencio persistió. Entonces la señorita Prather suspiró y dijo: “Bueno, se trata de algo generalmente aceptado, Kevin”. Más silencio. Kevin volvió a hablar. “Sí, pero si algo está aceptado, ¿por qué me lo pregunta a mí?”. Alguien farfulló una carcajada entre sus manos ahuecadas. La señorita Prather no tuvo, literalmente, nada que decir. Así que se repitió en su discurso. Como si Kevin no existiera. Y seguimos con nuestra lección. Éste es el único recuerdo claro que tengo de Kevin 15


hablando en clase. De nuevo, no me quiero atrever a llamarlo admirable. Pero, en mi opinión, demostró verdaderamente que tenía los huevos bien puestos. Quería felicitarlo, pero se perdió entre la suspirante multitud después de la clase antes de que pudiera hacerlo. Por suerte, supongo: también eso habría sido una especie de atrevimiento. *** Por cierto, debía haber mencionado que la Kennedy es una escuela segregada. No porque los chicos negros sean menos capaces o algo así, sino porque —y aquí estoy teorizando— mi barrio y otros barrios que la proveen de estudiantes blancos están repletos del tipo de papás que simplemente aman a los negros… en el sentido abstracto. Y la escuela Kennedy es, por un margen considerable, mayoritariamente negra. Y, de todos modos, en un principio todos ellos (los papás del barrio, quiero decir) querían que sus hijos fueran a una escuela privada. Así que hace unos veinte años, todos estos maestros exhippies de historia e inglés de la Kennedy establecieron esta pequeña escuela noventa por ciento blanca dentro de la Kennedy, el Programa de Jóvenes Dotados y Talentosos, y permiten que cada año entren unos seis chicos negros como bálsamo para sus conciencias, y arman pantomimas como el Mes de la Historia Afroamericana y de la Atención a la Diversidad (que es tan horrendamente torpe como sugiere su nombre). Porque si tuvieran conciencia, ¿habrían establecido esas divisiones internas para empezar? Pero sea como sea, Kevin destacaba entre todas estas adversidades, entre estas circunstancias. Por causas ajenas a su voluntad, era visible. Tocaba en la banda de música, como dije antes: saxofón barítono. Y trabajaba 16


después de clases en Second Mate Stubb’s, que es una cadena nacional de cafés. Su café, todo su esquema, es digno de confianza y mediocre, así que los artistillas engreídos de la Kennedy se burlan de Stubb’s. Cosa que no me parece justa. He llegado la conclusión de que la mediocridad confiable es lo más importante para la pervivencia de la existencia humana. No nos la podemos apañar con desastres propios del Romanticismo. Moriríamos del agotamiento. En fin, sucedió en el Stubb’s de la avenida Wisconsin, cerca de la calle M, donde el montículo de la avenida se hunde hacia el agua grisácea y de aspecto jabonoso del río Potomac. Alguien entró una noche y masacró a Kevin y a las otras dos personas que trabajaban ahí. Una ostentaba un nombre memorable: Turquoise Tull. Tenía veintitrés años. El otro era un tipo llamado Brandon Gambuto. El pistolero les metió plomo y ya: dos balazos a la gerente, Turquoise, uno al otro tipo y doce a Kevin, según se regodeaba la nota de prensa. Escrita por un “articulista” (según lo indicado al pie de la nota) del Post, Archer B. Sexton (¿qué clase de nombre es ése? Las piezas que lo integran son intercambiables, y por lo tanto no es humano). Ya saben a lo que me refiero: “Kevin Broadus era un estudiante ejemplar en la preparatoria Kennedy. Turquoise Tull era una madre soltera muy trabajadora. Brandon Gambuto era un aspirante a músico. Todos murieron la semana pasada en lo que algunos llaman los homicidios más atroces de la historia reciente”. “Estos brutales asesinatos conmocionaron a un tranquilo barrio del noroeste.” “El teniente James Huang, quien está a cargo del cuerpo especial que lleva la investigación, garantizó que la policía metropolitana está haciendo todo lo que está en su mano. Pero los residentes del 17


Segundo Distrito Policial, el área de jurisdicción de Huang, siguen inquietos.” Sexton habló acerca de las copiosas manchas de sangre con forma de mapa, la ausencia de cualquier robo, las tribulaciones de la policía. Esto ocurrió en julio, antes de mi último año, este año. Estuvieron machacando con la historia durante los peores y más jodidos meses del verano, en los crueles momentos de calor y humedad por los que es tan conocida nuestra ciudad. Durante un tiempo la gente estuvo hablando de represalias pandilleras. Digo, eso es lo que yo pensé al principio, pandillas o drogas. Era de suponer que todas las balas de más empleadas en Kevin significaban algo. Pero él parecía —y esto lo digo, como mencioné antes, sin haberlo conocido bien, o nada— demasiado pasivo como para estar involucrado en cualquier cosa que requiriera retribución. Los reporteros locales estuvieron dale y dale con el tema, pero abandonaron su teoría pandillera tras uno o dos días y luego hablaron sobre una tragedia sin sentido. ¿De veras? Piénsenlo: eres un chico aburrido con un trabajo aburrido, porque tus papás te presionan para hacerlo, en un barrio aburrido. Aquí el pantanoso calor de los veranos es repetitivo y entumece el alma. Las madres aburridas, los estudiantes universitarios y los dueños de las tiendas de antigüedades que frecuentan ese Stubb’s en particular se te quedan mirando con ira altanera mientras esperan sus pedidos. Tu patética gerente (que ha hecho una carrera de esto, cosa que te horroriza) a veces te desafía por tus errores. Pero también te felicita, que a su manera es peor, y te da a entender alguna frustrante mediocridad que reconoce en ti y que ve como emparentada a la suya. Así que esto sucede durante uno o dos meses, sin tener alivio alguno a la vista. No es una tortura 18


pero es un fastidio para la inquietud que sientes ahora, la sensación de que puedes abarcar cualquier cosa. Y luego una noche entra alguien —alguien que en teoría tiene un aspecto normal— y te dispara. Un hombre de altura y complexión mediana, que lleva ropa oscura, para que no se vea la sangre, ropa holgada, para que la pistola permanezca invisible. Mayor que Kevin. En mi visor mental es blanco, aunque eso es estadísticamente improbable en D. C. Camina con calma en los ojos. Sería estúpido llamarlo vacío. Tiene la suficiente fuerza interior ipso facto para planear y llevar a cabo tres asesinatos, que es —si puedo decirlo así— más de lo que la mayoría de la gente logra jamás. Sus manos se rehúsan a temblar. Mira alrededor; no hay nadie más en la tienda; levanta su mirada hacia los empleados, uno por uno. La mundanidad de su rostro es incomprensible y espeluznante, como lo es su cabello castaño normal, del color prestado de alguna persona real que conozco. Así como cada faceta física suya es prestada. Y luego, mientras irradia su normalidad, saca su pistola. ¿Qué pasa si te mata en segundo lugar? ¿Qué si el primer disparo sólo te lisia, te derriba? ¿Qué si el sol todavía no se ha puesto aún? ¿Pueden imaginárselo? ¿Morir en el suelo de un Stubb’s con el último ocaso de verano en los ojos? ¿A los diecisiete años? ¿Justo cuando saboreaste la independencia por primera vez? Me refiero a que apenas llevo dos años manteniendo relaciones sexuales, y puedo decirlo sin titubear: perder eso dolería tanto como perder la vida misma. También manejar. No soy superfan de eso, pero es necesario en mi actividad laboral, y a otra gente le encanta manejar. ¿Y la universidad? ¿Ese prospecto de verdes jardines y bebidas y cogidas ilimitadas? ¿O encarar a la señorita 19


Prather como lo hizo Kevin? Ése es el encanto que tiene la independencia. En mi opinión, la palabra para ello no es tragedia. No tengo ninguna duda de que destruyó a sus padres —aunque también es imposible para mí entender su pérdida; puedo pensar en ello pero no tengo manera de entenderlo—, sin embargo la verdadera pérdida sería para ustedes. ¡Para ustedes! ¡Es su vida! Hay algo egoísta en la idea que tenemos de la tragedia, ya que depende de que otra gente esté mirando. Sin embargo, supongo que ha sido así desde tiempos antiguos, por lo menos según el señor Vanderleun, el maestro de inglés de tercero, que habla de la ironía trágica al menos tres veces por semana sin tener la menor conciencia aparente del colosal desperdicio de su propia vida. Tragedia sin sentido. Exacto, sí, pero se podría describir a la mayoría de la existencia humana como una tragedia sin sentido, o incluso la existencia en general si uno es un idealista de verdad. La madre de Kevin nunca apareció en las noticias locales, y su padre sólo una vez. El señor Broadus, alto, de lentes, ligeramente encorvado, rogaba que el tipo que lo hizo se presentara ante la policía. Aunque debe haber sabido que no había la menor posibilidad de que eso sucediera. Cuando la televisión pública finalmente se puso las pilas, Capitol Ideas (quizás el programa más aburrido del mundo) invitó a Archer B. Sexton, giboso y calvo y sonrojado como una granada, a su plató gris oscuro para hablar del caso. Lo presentaron como un historiador y articulista urbano, en recatadas letras blancas cernidas bajo el nudo de su corbata carmesí. Básicamente repitió los mismos puntos de su artículo, con muchos contoneos de su uniceja, que se ve chistosísima en un tipo totalmente calvo. Como una oruga inmovilizada en apuros. 20


Tuvieran sentido o no, los asesinatos extinguieron finalmente lo que quedaba de su emoción pública. Todos los samaritanos perdieron el interés. Colocaron una especie de monumento horroroso en recuerdo suyo frente a Stubb’s. Pilas y pilas de flores baratas y tiesas, amarillas y azules, lirios y margaritas descuidadas, que todavía se mezclaban con velos de novia que los floristas embuten dentro de sus ramilletes. Y, en cualquier caso, ya saben qué tipo de personas deja flores en los memoriales públicos. Los anónimos, solitarios y desquiciados, en busca de alguna emoción ansiosa, algún vínculo imaginario con el muerto. Fue como si Kevin se desvaneciera del mapa. Sí, hubo una intranquilidad ligera y persistente entre mis compañeros de clase. Pero no tenía nada que ver con él, sino más bien con ellos, y creo que saben a qué me refiero: era algo contemplativo, dirigido a ellos mismos. La forma en la que nos habían animado a ser toda la vida, desde los cuatro años en adelante, a buscar nuestra propia condición metafísica en los demás. Este proceso de obliteración prosiguió hasta que Kevin tan sólo fue memorable como una interrupción en el flujo pacífico de los eventos. Luego llegó el tercer día de clases. Escuchamos en el altavoz una mención chirriante sobre Kevin, sobre los asesinatos. Sonaba como si la persona que hablaba —la doctora Karlstadt, nuestra directora y mi maestra de historia universal— se estuviera dirigiendo a nosotros desde el jodido Tártaro, áspera, apagada y vaga. “Su atención, estudiantes de la Kennedy. Su atención, estudiantes de la Kennedy. Como algunos de ustedes ya sabrán, la comunidad de la Kennedy sufrió una pérdida este verano. Kevin.” Pausa. Entonces se cortó el micrófono, supongo que para que la doctora Karlstadt pudiera 21


revisar su pronunciación. “Kevin Broadus, un prometedor alumno de último grado. Nuestros pensamientos están con él y con su familia.” Pausa. Ya sabía lo que venía después. “Aquí están los anuncios del día. El baño de mujeres del tercer piso está fuera de servicio.” Y la doctora Karlstadt prosiguió, con su voz uniforme, a detallar las fallas de servicios del día y los horarios de práctica después de clases para varias actividades internas. Hubo una asamblea el día siguiente a este anuncio, como para asegurarnos de que nunca tendríamos que volver a pensar en Kevin. El coro comenzó con “Bridge Over Troubled Water”. Tenemos un coro excelente, que ejecuta con una violencia contenida en sus voces. Se llaman los Tigres Cantores (el tigre es la mascota de Kennedy), nombre que me pareció horrible hasta que me di cuenta de que, a su estrafalaria manera, era estupendo. La doctora Karlstadt dio un discurso. El micrófono silbaba constantemente, y cuando sucedía lo golpeaba con las puntas de sus dedos mientras con la otra mano acariciaba su mascada color gaviota que reservaba para las ocasiones especiales. “Estamos reunidos aquí hoy para despedirnos de un miembro estimado por la comunidad Kennedy. Sus maestros lo extrañarán por su diligencia. Lo extrañará la banda, a la que ahora le hará falta un excelente saxofonista.” Y así continuó, durante todo el tiempo que ella y los demás administradores hubieron decidido. Entonces el coro, con túnicas doradas y amatistas (los colores de la Kenne­dy), cantó “Mary Don’t You Weep” para cerrar las cosas, meciéndose con el ritmo y aplaudiendo con las manos, haciendo un plúmbeo golpe compartido: el latido de un gran tambor hueco. Sic transit, ¿no? Hasta las personas comunes y corrientes merecen pompa y ostentación. Pero ¿qué es lo que recuerdo 22


más claramente? Alex Faustner, quizá la zorra número uno de mi clase, sentada junto a mí y quejándose sobre cómo “todo esto” —se refería a cantar “Mary Don’t You Weep”— violaba sus derechos de la Primera Enmienda. Ella dice cosas así. Declaró esto mientras estábamos saliendo en fila. Quería decirle que se callara de una puta vez. Pero se alejó con sus murmurantes amigos antes de que pudiera decir nada. Además de ser una enorme hija de puta, Alex es —estoy seguro de que les asombrará escuchar esto— hermosa cien por ciento, elresto-de-la-sociedad-está-de-acuerdo-en-esto, cabello largo y oscuro, delgada, de voz suntuosa y grave. Así que ahí estaba. Habíamos cumplido con nuestro deber. La lápida estaba inscrita. Quieran verlo como quieran verlo. Y nada me habría sucedido —quiero decir nada fuera de lo común— si no me hubiera drogado y me hubiera ido esa tarde a la Banca con una amiga mía. No una amiga, más bien una socia. Simplemente alguien con quien me asocié porque uno se asocia con la gente. Por hábito, ¿no? Y no fuimos a discutir asuntos. La mayoría de la gente de mi edad pierde el tiempo así, hablando hasta que toda su energía e intención desaparecen. Es difícil no hacerlo, porque todo está sin decidirse, tanto que crees que puedes transformarte en lo que sea, superar lo que sea. Nadie puede ver todo ese potencial sin hundirse en el terror o por lo menos sentirse tentado al letargo gracias a la aparentemente exuberante cantidad de tiempo que tiene frente a uno. Qué hijo de puta tan pretencioso, estarán pensando. No importa. Sé que tengo razón. Esta socia se llama Digger Zeleny. No es lo que dice su acta de nacimiento, pero es el apodo que ella y todos los demás 23


utilizan (nombre real: Phoebe). Nos conocíamos desde que empezamos en la Kennedy. Era una de mis clientes frecuentes y razonables, y una reconocedora de mi sarcasmo dentro de clase, como lo era yo del suyo. Su apodo es extraño, lo sé, pero hasta consiguió que nuestros maestros lo usaran. Le pregunté por él, justo después de conocernos, y se negó a hablarme de ello. Eso fue hace cuatro años. Pero una semana más tarde, cuando le vendí hierba por primera vez, terminamos fumando juntos y lo confesó. Cuando era niña tenía un arenero en el patio de atrás, donde pasaba la mayor parte del tiempo cavando. No haciendo castillos o pasteles y hamburguesas falsas ni nada de eso, sólo cavando y llenando el hoyo, luego cavando otra vez, y murmurando para sus adentros todo el tiempo, Cava-cava-cavar-y-cavar. Siguió con este hábito cuando comenzó el kínder, y algún genio de la clase le empezó a decir Digger, que quiere decir excavadora, para burlarse de ella. Así que lo golpeó en la cara con su pala de plástico, y luego con su cubeta, y luego se negó a contestarle a cualquiera que no se dirigiera a ella como Digger. Asumió el derecho de propiedad del insulto. Así de cabeza dura es. Sus papás la tuvieron que llevar a un psicólogo, me dijo ella, para tratar de que revirtiera a Phoebe. Pero a él lo derrotó también, y quedó como Digger. “De todos modos nunca me gustó mucho Phoebe”, murmuró entre una bocanada de humo. “Sospecho que me llamaron así por la hermana de ese tipo de El guardián entre el centeno. Quiero decir que comencé a sospecharlo cuando tuve que leerlo. Así que a la mierda con eso.” Salimos disparados justo después de la asamblea —hay una salida poco conocida en el pasillo que serpentea entre nuestro edificio principal, parecido a un presbiterio y siempre 24


iluminado por una horrible luz café, y el auditorio— y nos dirigimos a la Banca, que es una banca de cedro colocada en un pequeño parque de ciervos en la extensa propiedad de una escuela privada un poco más adelante de la Kennedy, la Academia Brent, nombrada por el primer y menos corrupto alcalde de nuestra ciudad, Robert Brent. Inicialmente discutimos sobre muchas trivialidades, y luego sólo la dejé hablar para poder evitar el tema real. Me estaba contando algo sobre su mamá, que es médico, una hurgadora en profundidad de la maquinaria humana, no una dermatóloga ni nada por el estilo. Su mamá me odia. Lo cual es comprensible. Aunque no sabe el alcance real de mis relaciones con su hija. Estábamos drogados, con los labios un poco entumecidos, pero aun así compos mentis. Me quedé ahí sentado y observé cómo se arreglaba el pelo y se volvía a colocar los lentes sobre el tope, ese pequeño topecito mediterráneo en el puente de su nariz. Sobresalía un sendero de cuero cabelludo, una demarcación en el pelo oscuro de Digger, una torpe línea blanca y muerta. A nuestros pies, las sombras formaban cortinas en el pasto, que todavía estaba exuberante y subía trepando por nuestros tobillos: una nube densa pasaba por encima de nuestras cabezas. Y después regresábamos nuevamente a la luz de septiembre. Estaba tan fumado que me dolía la cabeza, tenía un amodorramiento rítmico sobre el paladar. Para los adolescentes, la hierba es la droga consumada, porque induce ese débil sentido de potencial del que hablaba hace apenas un momento. Una nube se abalanzó sobre nosotros y cortó la luz, y el cambio repentino me agitó: aquí está la luz, aquí está la oscuridad. Nadie quiere entrar en la oscuridad, cruzar esa línea, justo ahí, allá en el bosquecillo de pinos, ese techo, lo que sea. Los detalles físicos no importan. Nadie lo quiere, no es 25


para nada lo que uno quiere, pero no puedes evitar mirarla: la línea divisoria, y quieres cruzarla de todos modos. Digger me contaba todo el tiempo una historia sobre cómo su mamá pescó un fórceps de alguien, que otro cirujano le había dejado dentro. —Y no se lo puedes contar a nadie. De todos modos serían pruebas de negligencia. Y era una anciana negra. Así que, legalmente, eso pone al hospital en una situación supervulnerable. —¿Como lo que acaba de pasar sobre nosotros? —balbuceé. —Güey, ¿una nube? ¿De qué estás hablando? Estás pirado. Ella sofocó la risa, y entonces me fui hacia los árboles para salir de la luz e ir hacia la sombra, que me refrescó la frente caliente. Ahora me dolían las extremidades, me recorría un leve dolor corporal. Desde el matorral la escuché llamarme por mi nombre dos veces, y después se dio por vencida. Me tomó unos cuantos minutos recuperar la compostura. Sin embargo, todavía estaba horriblemente drogado, en esa fase de hilaridad débil. —Güey, Kevin Broadus. Digo, qué se puede hacer al respecto —le pregunté a Digger, todavía recargado contra un árbol. —¿Estás bien? —gorjeó ella. —¿Crees que encontrarán al tipo? —¿Qué tipo? —El tipo que lo mató. No sé. Sea quien sea. El tipo. —Güey, ¿acaso eras amigo suyo? Resoplé largamente y clavé el hombro contra las reconfortantes arrugas de la corteza. —No, estoy bien, es sólo que, como si no importase nada. Como que lo que me has contado me dejó hecho mierda, supongo. 26


Entornó los ojos diciendo: —Estás hecho un lío, güey. Y luego volvió a su perorata. La doctora Zeleny —me había encontrado con ella en algunas ocasiones delicadas, mientras bajaba furtivamente del cuarto de Digger— era tan diminuta como Digger. Más diminuta, incluso. Cuando nos conocimos, llevaba una camisa Oxford de mangas cortas de color malva que revelaba la ristra de músculos de sus antebrazos. La imagen de ella abriéndole la cavidad pectoral a alguien con un serrucho, mientras las luces de la sala de operaciones rebotaban de su cabeza de pajarillo bien modelada, me aterraba y al mismo tiempo tenía un inevitable sentido. La única ocasión en que habíamos hablado ella extendió un brazo para estrecharlo, con su acordonada muñeca esposada con un reloj de plata mate de capitán de la Gestapo. Digger no se parece en nada a ella, excepto que ambas son bajas. Abandoné mi intento de tratar de explicarle lo de Kevin. En realidad no tenía nada que explicar, sólo una bandada de pensamientos intoxicados, imbéciles, imposibles de negar. Así que la escuché hablar sobre los problemas del hospital un poco más. Se me apretó la mandíbula, junto con los puños. Quería golpear a alguien. Por mi propia estupidez, supongo. Pero no había nadie a quien golpear, así que le estreché la mano a Digger y me fui caminando a mi coche. Me fui a dormir cuando llegué a casa, una o dos horas. En el auto escuché los gorgoteos de la radio, pero no pude soportarlo después de una canción, así que bajé la ventanilla y escuché el viento que habitaba mi barrio. La casa estaba a oscuras cuando entré: no a oscuras, sino en tinieblas, como sucede cuando mi padre está en su estudio. Apaga todas las 27


luces. Y baja las persianas. Esto siempre me desconcertó, pero es más fácil abrirlas simplemente que preguntar o discutir. Pero esa noche me tambaleé por la casa en penumbra, temblando, y dormí con los pesados zapatos aún puestos. ¿Alguna vez han notado lo pesados que son los zapatos si se quedan dormidos sin quitárselos? Como si contuvieran recordatorios de la gravedad, de tu estado encadenado, ¿no les parece? Una hora o dos de sueño, y después mi padre me despertó. Había encendido la luz de mi cuarto, el cual yo reubiqué en el sótano en primero de prepa. Es cómodo y no tiene ventanas. Es seguro. Había encendido las luces y se había encorvado sobre mí, su hilarante cola de caballo se había deslizado sobre su hombro y pintaba el aire bajo su barbilla. —Mi urna griega —masculló—. Estalló. —No sé qué decir —contesté. Toda la intrusión tenía el tono teatral y ajetreado de un sueño—. Estalló. ¿Qué puto sentido tiene todo esto? Mi padre no puede reaccionar a las inconveniencias sin rotundidad, sin salirse mentalmente del paisaje de la vida. Esto hace que para él sea más fácil (¿creo?) no sufrir reacción alguna a los problemas o catástrofes graves. Así que llámenla, quizás, adaptación. De todos modos, ya sabía adónde se dirigía con su discurso: A veces pienso, Addison, simplemente a veces fantaseo con lanzarme debajo de un autobús. Su remate retórico de siempre. También usa mi nombre completo siempre, como consecuencia nunca desarrollé un apodo, como consecuencia todos los demás, desde la doctora Karlstadt hacia abajo, me llaman Addison. Terminó su discurso sobre el suicidio, y lo miré con… ¿qué? ¿Compasión? ¿Consuelo? Lo aceptó y me dio unas pal28


madas en el hombro, tenía sus uñas y las ligeras redes de arrugas en la piel que hay entre sus dedos manchadas aún de barro. Las manos de mi padre, debería señalar, son enormes, como las patas de algún animal torpe y lúgubre. Yo estaba empapado de sudor. Sentía como si llevara horas nadando contra una marea poderosa y sin nombre. Sólo de una tarde en la escuela. Sobreestimamos nuestra fortaleza. Después de que mi padre me dejara, traté de hacer mis ejercicios de matemáticas. No tuve suerte. Traté de traducir parte de la Eneida. No tuve suerte. Me volví a recostar, vestido y en un silencio férreo, y me esforcé hasta quedarme dormido una hora antes de que saliera el sol. Él ya estaba horneando sus vasijas de barro cuando desperté y revisé el patio trasero, donde está el horno. Podía ver las lenguas de fuego que embestían desde sus ladrillos cenicientos. De hecho, casi sentía el calor succionador. Preparé un poco de café —que para variar sabía a tierra— y manejé hasta la Kennedy jodidamente temprano, y fumé unos cigarros en el Astabandera. Es el asta que hay en frente de nuestra escuela. La bandera está a media asta permanente: la manija se oxidó y nadie puede o quiere reemplazarla. Cuando te sientas ahí, queda una cancha de concreto grande y vacía entre tú y la escuela. Los fumadores la han usado como lugar de reunión durante todo el tiempo que llevo en la Kennedy. Me fumé media cajetilla, mirando la luz, buscando sombras que en otoño no existen a esa hora. Todo el asfalto se veía azul. Éste, llegué a creer después, fue el día en que comenzó todo. Cuando comenzó todo el proceso que me dejaría libre de mi ocupación de medio tiempo. Y quizás hasta en posesión del conocimiento que me faltaba. Pero eso tendrán que juzgarlo ustedes mismos. 29


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Los criminales de noviembre; Sam Munson

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