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La temporada de los accidentes Título original: The Accident Season © 2015, Moïra Fowley-Doyle Traducción: Karina Simpson Publicado originalmente como “The Accident Season” por Random House Children's Publishers UK, una división de The Random House Group. Diseño e imagen de portada: Jorge Garnica / La Geometría Secreta D.R. © 2016, Editorial Océano, S.L. Milanesat 21-23, Edificio Océano 08017 Barcelona, España www.oceano.com D. R. © 2016, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec Del. Miguel Hidalgo, C.P. 11560, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx www.oceano.mx • www.grantravesia.com Primera edición: 2016 ISBN: 978-607-735-869-5 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. impreso en méxico

/ printed in mexico


Para mi familia, sobre todo para Claire



Entonces alcemos nuestras copas por la temporada de accidentes, Por el río bajo nosotros donde hacemos naufragar nuestras almas, Por los moretones y los secretos, por los fantasmas en el techo, Una copa más por el camino acuoso.

C

uando escuché a Bea cantar esas palabras fue como si pequeños insectos se arrastraran bajo mi columna vertebral,

listos para cambiarla. Se rompería y doblaría, hasta convertirse en otra cosa. Nuestras sienes sudaban bajo las máscaras pero no nos las quitamos. Se sentía como si se hubieran vuelto parte de nuestra piel. El fuego estalló y gimió en medio de la habitación y los arcos sobre las puertas murmuraron. No sé cómo sabía que los ojos de Sam estaban cerrados o que Alice tenía un calambre en un costado. Sólo sabía que yo era todos. Yo era Alice con su boca medio abierta, quizá por la excitación o por el miedo; yo era Sam con sus manos empuñadas; yo era Bea balanceándose frente a todos nosotros, con su vestido rojo empapado en sudor, y era yo misma, Cara, sintiendo como si me saliera de mi piel. Los pies de Bea golpearon el piso de madera a ritmo de tambores. Sus palabras se volvieron más


ruidosas. Pronto todos nos estábamos moviendo y la duela sacudía el techo del piso de abajo. El vino salió volando de nuestras copas y cayó al suelo como sangre. Cuando pisoteamos alrededor del fuego en los restos de la recámara principal, algo despertamos. Tal vez era algo en nuestro interior; esa cosa misteriosa que conecta cada hueso a nuestra columna, o que mantiene los dientes adheridos al interior de nuestras bocas. Quizás era algo entre nosotros, algo en el aire o en las llamas que volaban alrededor. O tal vez era la casa misma, los fantasmas entre las paredes o las memorias anidadas en cada cerradura, las historias guardadas entre las grietas en la duela. Nos romperíamos en pedazos, seríamos cortados en dos y reapareceríamos completos de nuevo, esquivaríamos el cuchillo del mago y nos columpiaríamos hasta lo más alto. En la casa embrujada en los últimos días de la temporada de accidentes, nunca moriríamos.

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1. E

lsie aparece en todas mis fotos. Lo sé porque he revisado todas las fotografías de mí y de mi familia tomadas en los

últimos diecisiete años y ella aparece en todas. Apenas me di cuenta anoche, al borrar seis meses de fotos de mi teléfono. Está en los vestidores a la hora del almuerzo. Flota en la esquina del marco en las visitas escolares. Está en todas las obras de teatro de la escuela. Pensé: Qué coincidencia, Elsie aparece en todas mis fotos. Luego, por una corazonada, revisé las demás fotos de mi computadora. Y aquéllas pegadas en mis diarios. Y en los álbumes de fotos en mi familia. Elsie aparece en todas. Le da la espalda a la cámara en las fiestas de cumpleaños. Está en las vacaciones familiares y en las caminatas a lo largo de la costa. Incluso es visible un indicio de ella en las ventanas y espejos en el fondo de las fotos tomadas en casa: un codo por aquí, un tobillo por allá, un rizo de su cabello. ¿En realidad será una coincidencia? ¿Una coincidencia de esta magnitud? Elsie no es mi amiga. De hecho, Elsie no es amiga de nadie. Sólo es esa niña que habla demasiado suave y se para dema-


siado cerca de ti, de quien solías ser una especie de amiga cuando tenías ocho y tu padre se acababa de morir pero que en esencia se quedó atrás junto con las muñecas de trapo y los juegos de té y otras reliquias de la infancia. He colocado en mi teléfono una muestra representativa de setenta y dos fotos tomadas en los últimos años para mostrársela a Bea antes de clases. Quiero preguntarle si piensa que está sucediendo algo en verdad extraño o si el mundo en efecto es tan pequeño como para que alguien aparezca en todas las fotos de otra persona. Aún no le muestro las fotos a Sam. No sé por qué. En las fotos más viejas mi casa parece de caricatura: no hay autos en la entrada, cortinas de colores en forma de reloj de arena enmarcan las ventanas, una nube de humo estática sale de la chimenea como algodón de azúcar blanco o simple algodón. Yo de siete años jugando a Robar el tocino con Alice en el camino frente a la casa. Y ahí, a un lado del marco, una pierna, el dobladillo de una falda escocesa y el tacón del zapato café tosco que siempre usa Elsie. Aquellas fotografías fueron tomadas hace una década; esta mañana no hay algodón saliendo de la chimenea, y las cortinas en forma de reloj de arena de la sala enmarcan la imagen de mi madre saltando en una pierna mientras lucha por ponerse una bota en el otro pie. Afuera, Alice pisotea fuerte con impaciencia. Acecha por la ventana y golpetea el vidrio, diciéndole a nuestra madre que se apresure. Sam se ríe desde el pasillo, invisible al sol de la mañana que arroja sombra a todo lo que está pasando la puerta principal. Yo empujo mis puños hasta el fondo de mis bolsillos y miro el cielo. Hay algunas volutas de nube colgando que parecen un reflejo de mí, recargada a un costado del auto. 12


Alice es mi hermana. Es un año mayor que yo y un millón de años más sabia, o eso le gusta creer (y tal vez tenga razón, ¿yo qué voy a saber? Casi no soy sabia). Sam es mi exhermanastro, lo cual es una gran verdad: como nuestros padres están divorciados, técnicamente ya no es mi hermano. Su padre estuvo casado con mi madre hasta que desapareció hace cuatro años. Huyó con una antropóloga bióloga y pasa el tiempo estudiando gibones en los bosques tropicales de Borneo. Sam ha estado viviendo con nosotros durante siete años, así que supongo que en todos sentidos es mi hermano, pero casi siempre es sólo Sam, parado en la sombra del pasillo con el pelo oscuro cayendo sobre sus ojos. Como sé que lograr que todos entren al auto tomará algún tiempo, retiro las manos de mi bolsillo y saco de nuevo mi teléfono. Reviso las fotos; es la tercera vez esta mañana, y juego a Encuentra-A-Elsie como en los libros ¿Dónde está Wally? No me había dado cuenta de que Elsie siempre luce preocupada. Arrugas en el entrecejo marcan su frente y su boca hace puchero. Incluso su pelo se ve preocupado, de alguna manera, cuando su cara está volteada. Eso es un gran logro, me pregunto cómo se ve mi cabello cuando volteo la cabeza. La parte posterior de mi cabeza no es algo que vea muy a menudo; a diferencia de Elsie, yo poso cuando me toman una foto, y sonrío. Cuando Alice voltea la cabeza (cuando, por ejemplo, está golpeando en la ventana de la habitación del frente por vigésima vez para apresurar a mi madre, quien ha olvidado algo —su teléfono, su bolsa o su cabeza— y ha vuelto a subir las escaleras para buscarlo), su cabello parece severo. Está teñido dos tonos más claro que su rubio natural, siempre lacio hasta la raíz, peinado perfecto, enrollado firmemente con uno de esos broches para hacer moños y atorado 13


con dos largos palillos. Alice tiene un pelo de no-te-metasconmigo. El pelo de mi mamá es morado. Cae sobre sus hombros en ondas suaves mientras maneja, y se balancea cuando sacude la cabeza. Mechones de pelo se le pegan al brillo de los labios; ella los escupe mientras habla. Hoy se pintó las uñas del mismo color. Si fuera cualquier otra época del año que estuviéramos camino a la escuela, mi mamá estaría volteando hacia Alice, que iría en el asiento del copiloto, o acomodándole el pelo, chupando la punta de su dedo para suavizar los bordes del maquillaje de sus ojos, o bebiendo café de un termo de la misma forma en que algunas personas le dan una calada a un cigarro. Pero estamos a finales de octubre y anoche Alice se cayó de las escaleras, así que mi madre agarra el volante con sus manos de nudillos blancos y uñas moradas, y no despega la mirada del camino. No nos habría traído, pero está convencida de que caminar es más peligroso. —¿Cómo te sientes de la cabeza, linda? —le pregunta a Alice. Es la trigesimosegunda vez que le pregunta eso esta mañana (la octogesimonovena desde que volvieron del hospital anoche). Sam marca otra línea en su mano con pluma roja. Cada vez que mi mamá pregunta eso, la boca de Alice se hace más pequeña. Sam se inclina y me susurra al oído. —Te apuesto cien billetes a que Alice grita antes de que cuente cien. Extiendo mi mano para hacer el trato. El apretón de Sam es fuerte y cálido. En silencio le ruego a Alice que resista hasta llegar a la escuela. 14


—¿Todos traen sus guantes, verdad? —dice mamá—. Y, Sam, te voy a escribir una nota para química. ¿Están bien abrigados? Se tomaron las vitaminas hoy, ¿no es así? —Claro, Melanie —le dice Sam a Mamá. Me hace una mueca. Alice no resistirá este ataque. Mamá se aventura a lanzarle una brevísima mirada antes de mirar rápido al camino de nuevo. Alice está atando con cuidado una mascada de seda para esconder la venda alrededor de su cabeza. Se ha oscurecido los ojos con kohl para que el moretón a un lado de su cara parezca menos grave. Parece una gitana de cuento con uniforme de escuela. Llegamos a la intersección que está antes de la escuela. El pelo de mamá vuela de un lado a otro mientras intenta voltear a todos lados frenéticamente antes de atravesar el escaso tráfico. Cruzamos arrastrándonos a la velocidad de un caracol. Los otros conductores tocan el claxon. Cuando se estaciona, mamá se truena los nudillos y sacude las manos. Se quita las gafas de sol y nos entrega a cada quien una bolsa con el almuerzo. —Entonces, serán cuidadosos, ¿verdad? —aprieta el hombro de Alice con cariño—. ¿Cómo está tu cabeza, corazón? Los labios de Alice desaparecen. Lanza un grito corto y carente de palabras sin mirar a nuestra mamá, y sale furiosa del auto para entrar en el edificio principal de la escuela. Yo me desplomo en el asiento. —A pagar, hermana —restalla Sam. Cuando salimos del auto le entrego de mala gana un billete de cien. Nos despedimos de mamá y ella se aleja despacio. —No soy tu hermana —le recuerdo. Sam posa un brazo sobre mis hombros. 15


—Si tú lo dices, petite sœur —dice. Suspiro y sacudo la cabeza. —Ya sé que eso significa hermana, Sam. Estamos en la misma clase de francés. Cuando Sam va hacia su casillero para buscar los libros de su primera clase, yo voy al edificio principal a buscar a mi mejor amiga. Bea está sentada al fondo de la biblioteca con sus cartas de tarot esparcidas sobre el escritorio frente a ella. Le gusta leerse las cartas cada mañana para saber qué tipo de día le espera. A Bea no le gustan las sorpresas. No le sorprendería saber que el pequeño grupo de chicos de tercero que está sentado a unos escritorios de distancia está hablando a sus espaldas, así que evito que voltee a verlos. De todas formas, estoy convencida de que Bea puede echarle mal de ojo a quien la insulte. Me quito un guante del par que tengo sobre mis manos incómodamente calientes (el clima no está para sombreros y guantes pero mamá no nos deja salir de casa sin ellos) y jalo la silla que está detrás de mí para sentarme del otro lado del escritorio, frente a Bea. Apoyo mi barbilla sobre el respaldo de la silla que quedó frente a mí. —Elsie aparece en todas mis fotos —le informo. En automático, Bea y yo miramos a través de la biblioteca hacia la ventana. Por lo regular a esta hora de la mañana Elsie habrá abierto su puesto de secretos del día. Siempre los más jóvenes son los primeros en ir con ella, antes de que suene la campana para la asamblea, antes de que el conserje abra los cuartos de casilleros y la bibliotecaria salga de su oficina para decirnos que vayamos a clases. Vienen de uno en uno, mecanografían sus secretos en la máquina de escribir antigua de Elsie y salen a toda prisa de la biblioteca, con las cabezas 16


inclinadas, fingiendo estar absortos en el contenido de sus mochilas. La caja de Elsie se va llenando cada vez más con aquello que no puede ser dicho. Pero esta mañana ella no está ahí. Tal vez se le hizo tarde. Bea voltea a verme. —¿A qué te refieres? Saco mi teléfono y se lo muestro. Señalo el pelo castaño claro, los zapatos toscos, las arrugas en el entrecejo de cada Elsie en cada fotografía. Bea observa las fotos durante un largo rato. Finalmente levanta la vista. Sus cejas están juntas y su boca es una línea delgada. —Cara, esto es… —sacude la cabeza un poco. —¿Un poco más extraño de lo normal? —poso las puntas de mis dedos sobre mi frente y cierro los ojos. Bea lee cartas de tarot y enciende velas para los fantasmas. Dice que la magia se encuentra en todo nuestro alrededor y se ríe cuando nuestros compañeros de clase la llaman bruja. Pero esto es diferente. Bea revisa las fotos de nuevo, pasando de una a otra, se detiene, toca la pantalla y abre los dedos para ampliar la imagen. —¿Crees que es real? —le digo con las manos tapando mi boca—. ¿O crees que estoy loca? Por favor, no digas que las dos cosas. Bea no pronuncia palabra. Baraja sus cartas y las coloca una por una, despacio, sobre el escritorio entre nosotras. Mira las cartas y luego a mí, y luego vuelve a las cartas. Cuando al fin me mira tiene una expresión que yo no había visto en mucho tiempo. Contempla mi sombrero de lana, mi par de guantes extra que está debajo del par que me acabo de quitar, los mallones 17


gruesos que traigo puestos, así como las mallas debajo de la falda de mi uniforme, la curita en mi dedo, la venda alrededor de mi muñeca, el vago aroma a equinácea y ansiedad que me persiguen como una extraña nube triste. Bea suspira y asiente: lo comprende todo. Es la temporada de accidentes, la misma época cada año. Los huesos se rompen, la piel se rasga, los moretones florecen. Hace años mi madre trató de protegernos de todo, forró las esquinas y bordes de todas las cosas con hule espu­ma y gasas, nos cubrió en capas de suéteres y guantes, retiró todos los objetos filosos y cualquier cosa inflamable. Acampamos todos juntos en la sala durante ocho días, hasta que la comida para llevar que habíamos ordenado para ese encerrón —y que fuera depositada en la escalerilla de la entrada, y retirada de ahí furtivamente por mamá, pues no pensó en cómo cocinaría sin la ayuda de nuestro horno de gas—, nos intoxicó y pasamos las veinticuatro horas siguientes en el hospital. Ahora cada otoño compramos vendas y analgésicos, nos abrochamos, aseguramos las puertas. Nunca dejamos la casa sin al menos tres capas protectoras. Tememos la temporada de accidentes. Tenemos miedo de la facilidad en que los accidentes se convierten en tragedias. Ya hemos tenido demasiados. —Alice se cayó de las escaleras anoche —le digo—. Desde arriba. Al caer se golpeó la cabeza en el barandal. Dijo que sonó como un disparo en una película, sólo que más sordo. —Ay, Dios. —No había nadie en casa. En el hospital dijeron que tenía una contusión y que debíamos mantenerla despierta y hacerla caminar una y otra vez. Bea tenía los ojos muy abiertos. —¿Se encuentra bien? 18


—Ahora está bien. Mi mamá no quería que viniéramos a la escuela hoy pero Alice insistió. Me quito el sombrero y sacudo el pelo, luego trato de acomodármelo. A diferencia de Alice, yo no me pinto el cabello (también a diferencia de Alice, yo no soy rubia), y está demasiado corto para alisarlo, así que mi corte de duende tipo siempre-está-creciendo se para en picos esponjosos color café siempre que uso sombreros. Bea cubre mis manos con las suyas. El meñique de su mano derecha abraza la lana del sombrero que sostengo. —¿Por qué no me llamaste? —pregunta. Luego, como para responder su propia pregunta, mira de nuevo las cartas. Aclara la garganta, como si dudara antes de hablar. Entonces lo dice—: Creo… Será uno terrible, Cara —intenta mirarme a los ojos pero yo tengo la vista fija en las cartas. Me toma un minuto responder. —¿Qué tan terrible? Bea toca con gentileza mi mano enguantada. Lo dice suavemente. —Uno de los peores —voltea una de las cartas hacia mí. En ella aparece una figura sobre una cama siendo picada por espadas. Me estremezco. Mi rodilla golpea una de las patas del escritorio y siento un dolor agudo. Cuando miro debajo veo que mis mallones y mis mallas se han rasgado por un clavo enorme que sobresale de la madera. Unas cuantas gotas de sangre se agolpan en el borde de la tela rasgada. Siento que mis ojos se empiezan a llenar de lágrimas. Bea se levanta y pone un brazo a mi alrededor. Huele a cigarros y a incienso. —Nos aseguraremos de que nada te suceda. Lo prometo. Podemos cambiar esto. Y no creo que te estés volviendo loca. 19


Hablaremos con Elsie. Parece que no vino a la escuela hoy, pero mañana hablaremos con ella. Todo va a estar bien. Ahogo el sentimiento de pánico que me sube por la garganta y saco de mi mochila un paquete de pañuelos desechables con decorado de piratas. Seco la sangre de mis mallones, tratando de mover mi muñeca lo menos posible. No le recuerdo a Bea que ya me está sucediendo algo, aunque sólo sea una cortada en la piel por un clavo y una muñeca torcida al salirme del auto de noche. Siempre es así: las cosas suceden y continúan sucediendo, y empeoran cada vez más. Miro hacia el lugar donde suele estar el puesto de secretos de Elsie. El escritorio vacío es como un diente que falta.

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2. E

l resto de la mañana tengo cuidado, me aferro con fuerza a los barandales, me fijo por dónde piso y evito las esqui-

nas y los bordes puntiagudos. A la hora del almuerzo Alice me sigue, Bea y Sam pasan los campos de futbol hacia las vías del tren detrás de la escuela. Nos gusta venir aquí y fumar a veces (los maestros rara vez pasan por aquí y si nos sentamos pegados a las vías nadie nos puede ver desde las ventanas de la escuela), pero Alice, quien está una generación arriba que nosotros tres, suele tomar su almuerzo en la cafetería con sus amigos. —Es que ya no puedo aguantar más preguntas —dice Alice cuando le pregunto por qué hoy ha venido con nosotros—. Ni que se me queden viendo —desvío la mirada de su rostro amoratado. A Sam y a mí nos gusta inventar antecedentes elaborados y absurdos para nuestras lesiones de esta época del año. Por supuesto, nadie nos cree: los maestros, hartos, nos dicen que dejemos de exagerar y algunos de nuestros compañeros se secretean y nos tildan de locos, pero al menos así nadie hace demasiadas preguntas. Alice prefiere no hablar nunca sobre los accidentes, ni siquiera con sus amigos. A ella le molesta mucho más que a


nosotros que la gente de la escuela susurre a nuestras espaldas. A Alice le molestan muchas cosas. —Y también —dice después de pensarlo un poco—, me vendría bien fumar un poco. Bea no menciona el hecho de que Alice no fuma. Tampoco menciona los moretones de Alice ni la venda que se deja ver bajo su mascada. Se sienta en el borde de la zanja con las vías del tren a sus pies y saca su ukulele y una cajetilla de cigarros. Saca uno y se lo pasa a Alice. Exhala mientras rasguea su ukulele y su rostro se envuelve de humo. Con el halo brillan­ te de su cabello rizado y teñido de rojo, parece que está en llamas. Junto a ella, rubia y pálida, Alice parece Blanca Nieves en contraste con la Rosa Roja de Bea. Aunque Alice nunca se describiría a sí misma como una chica de cuento de hadas. A Bea le gusta decir que Alice es como una versión de nosotros en espejo: más práctica que poética. Siempre he pensado que el nombre de Alice le vendría mucho mejor a Bea, pero no podemos escoger nuestros nombres. A Bea le pusieron así por una heroína de Shakespeare, y a Alice por un libro infantil. Ya nunca podrán intercambiarlos. Sam no sabe por qué su madre eligió su nombre porque murió poco después de que él nació. Con respecto a mí, mamá siempre ha jurado que mi nombre completo es Caramelo. A veces ni siquiera creo que esté bromeando. Alice le pasa el cigarro a Bea, quien da un par de fumadas. Su labial deja manchas rojo brillante en el filtro. —Hay gente que dice que compartir un cigarro es como compartir un beso —nos dice Bea mientras me pasa el cigarro. Hago una mueca y aprieto el filtro con los labios. —¿Qué gente? —pregunta Alice. Alice cuestiona a Bea más que el resto de nosotros. Tal vez porque la vida de Alice 22


está anclada al mundo real un poco más que las nuestras, o al menos eso le gusta pensar. Se dice a sí misma (y nos dice a nosotros, en voz alta y a menudo) que ella no cree en la temporada de accidentes ni en las cartas del tarot, pero a veces me pregunto si dice la verdad. Ignora las súplicas de mi madre para que se vista con capas protectoras, pero a menudo pienso que es sólo para que los chicos de la escuela no se le queden viendo. —Todo tipo de gente —Bea está acostumbrada al cinismo de Alice. A veces pienso que dice cosas incluso más extravagantes cuando Alice está cerca porque le gusta el desafío—. Hay algo muy íntimo en el hecho de poner tus labios donde los labios de otra persona acaban de posarse un momento antes, e inhalar el mismo aire. Sam se cruza y me quita el cigarro. Sus dedos rozan los míos. —No es aire —Alice arranca manojos de pasto. Tiene una ceja levantada como en desaprobación, pero está sonriendo—. Es tabaco y alquitrán. —Da igual —dice Bea—. De todas formas lo inhalas. Saco mi libro y miro más allá de las vías del tren. El día aún es brillante pero está empezando a bajar la luz, como si estuviera cansado de mantener al sol y al canto de los pájaros y el aroma verde de los campos que están afuera del pueblo. Como este extraño clima cálido de octubre ya se hartó de fingir que todavía es verano y tan sólo está esperando que comiencen las lluvias y vientos de otoño para que se vuelva a sentir real. Sam se recarga en mí y balanceamos nuestras piernas por encima de las vías. Mis pies cuelgan sobre el hierro y la maleza: grandes botas rojas, sobre calcetines gruesos, sobre 23


pequeños pies que podrían romperse muy facilmente. Intento concentrarme en mi copia gastada de Cumbres borrascosas, pero sigo teniendo visiones del tren que llega de repente y aplasta nuestras frágiles extremidades. Trato de convencerme de que no creo que durante un mes al año una familia pueda ser, súbita e inexplicablemente, proclive a tener accidentes. Trato de fingir que no recuerdo los accidentes del pasado; los feos, los grandes, las tragedias. Sin querer volteo a ver a Alice. Las cartas de Bea dijeron que éste sería uno de los peores. Cuando lo peor sucede, la gente muere. Mi corazón salta hacia mi boca y palpita ahí y no en mi pecho. Son demasiadas cosas las que intento no recordar y a veces no sirve fingir. Doblo las piernas hacia mí y jalo a Sam y a Alice hacia la orilla de la zanja, lejos de las vías. No me preguntan por qué lo hago, sólo se sientan conmigo, con las piernas cruzadas, en medio del pasto lleno de tierra, y Bea se une a nosotros, rasgueando su ukulele con suavidad. Guardo mi libro en la mochila y todos sacamos nuestros almuerzos y los vasos desechables de té que compramos en la cafetería. El té ya está frío, pero al menos eso significa que no nos quemaremos la lengua. Sam toma un sorbo y hace una mueca. —Tibio —dice—. Delicioso —voltea a ver a Alice con una sonrisa maliciosa—. Entonces, ¿cómo va tu cabeza, corazón? —dice, imitando bien la voz de mi madre. —Ugh, no hagas eso —Alice inclina la cabeza hacia atrás y pone los ojos en blanco—. Ella de verdad necesita entender que a veces Estoy bien significa Estoy bien. Observo que Alice parte su sándwich en pequeños pedacitos y se los come despacio. La colilla del cigarro que acaba 24


de fumar está humeando junto a sus pies. No estoy segura de que crea su Estoy bien más de lo que lo hace mamá. —Sólo está preocupada por ti —dice Bea. Alice se sacude las migajas del sándwich que cayeron en su falda. —Los papás de mis amigos se preocupan porque estudien la carrera correcta y no se emborrachen cuando salgan de copas —dice—. Mi madre pierde el juicio cuando no uso doble par de guantes. Eso no es preocuparse, eso es enfermo. —Tienes razón —Sam lo dice fingiendo sinceridad—. Ni que tuvieras una seria lesión en la cabeza y hubieras estado en el hospital apenas anoche. Alice abre la boca para replicar, pero antes de que pueda hacerlo yo intervengo y cambio el tema. —¿Qué carreras piensan cursar tus amigos? —pregunto. Alice es de esas personas que tienen un grupo bastante grande de amigos casuales. Por lo regular se lleva con los populares de la escuela, sin ser particularmente cercana a ninguno de ellos. Comen juntos el almuerzo y la invitan a todas sus fiestas, pero después de clase ella pasa casi todo el tiempo con su novio Nick, que es más popular que cualquiera de todos ellos. Nick es músico, sus habilidades de punteo son endemoniadas y tiene una voz de dios ardiente. El talento mana de él como si fuera un olor que todas las chicas pueden percibir a medio kilómetro. Supongo que cuando tu novio te escribe épicas canciones de amor a las tres de la mañana y te sube al escenario después de cada show, en realidad no necesitas muchos amigos cercanos. Yo, por otra parte, soy una de esas personas que tiene un pequeño grupo de amigos muy cercanos. Esos amigos son Bea y Sam. Debo admitirlo, es un grupo bastante pequeño. 25


Alice mete un trozo de sándwich a su boca. —Kim quiere estudiar Enfermería —dice—. Y la primera opción de Niamh es Negocios y Francés. Así que si no entro a Ciencias de la Computación en Trinity, estaré en dcu con ella. Aunque es como la cuarta en mi lista. Alice será la única persona en la familia que no se dedicará a algo artístico o literario, pero creo que para ella eso es parte de su atractivo. —Estoy segura de que conseguirás tu primera opción —le digo. —Si es que antes no muero por trabajar demasiado —dice Alice—. ¿Sabían que el señor Murray nos deja dos horas de estudio cada noche, además de la tarea? —Apenas es octubre —dice Sam—. Con razón estás de tan mal humor. Alice le da un empujón en el hombro. —Lo que necesitas —musita Bea, mientras saca una manzana de su mochila—, es una gran y enloquecida fiesta para poner en claro las prioridades de todos. —Tienes razón —ríe Alice—. Los deberes nunca deberían ser una prioridad. —¡Tarea! —Sam exclama de pronto con desaliento. Comienza a escarbar en su mochila buscando su cuaderno—. Por favor, díganme que el ensayo sobre la Primera Guerra Mundial no era para hoy. —Lo haría —dice Bea, divertida, mordiendo su manzana—, pero estaría mintiendo. —Mierda —Sam saca de la mochila su libro de historia y lo abre sobre su regazo—. ¿Ustedes ya lo hicieron? —pregunta a mí y a Bea. 26


—No podremos copiarnos el próximo año, ¿sabes? —le digo con tristeza—. No, si es que queremos salir bien en los exámenes, como Alice. Y quizá también tengamos que entregarla a tiempo. —Nunca —dice Bea solemne. —Bueno, yo les puedo decir que la mayoría de mi generación no entrega los deberes a tiempo —dice Alice mientras Bea saca de su mochila su carpeta de historia y se la entrega a Sam—. Excepto por Toby Healy, claro. Toby es uno de los chicos más populares de la escuela. Su pelo es rubio arena y tiene un bronceado inexplicable, y cuando sonríe se le hacen pequeños hoyuelos en las mejillas. Es uno de los mejores jugadores del equipo de futbol y el mejor de su generación, y aún con todo aquello pasa casi todas las tardes en asesorías de estudio. No es que me haya fijado… Bea me lanza una mirada traviesa. —Cara piensa que Toby es guapo. —Todos piensan que Toby es guapo —digo. —Yo no —dice Sam. —Todos, excepto Sam, piensan que Toby es guapo. —Pero, de hecho, tú no lo crees, ¿verdad? —me pregunta Sam. El teléfono de Alice vibra. Ella revisa sus mensajes pero no los responde y deja el teléfono. —Guapo o no, nunca funcionaría —dice Bea despreocupada. Estoy a punto de protestar (a pesar de estar interesada muy vagamente en Toby Healy, siento que debería…), pero Bea continúa—, por un motivo: sólo caben tres en nuestro departamento en París. Sam, Bea y yo hemos construido de forma concienzuda un plan que soñamos todo el tiempo para cuando termine27


mos la escuela. Nos mudaremos juntos a Dublín a estudiar literatura y filosofía, lo que nos proveerá de la educación necesaria para ir a París, donde Sam dirigirá películas de arte francesas, yo pasaré mis días en librerías polvorientas y Bea pagará la renta trabajando como modelo (de desnudo, por supuesto) para pintores. Le doy una pícara bofetada de juego a Bea y corrijo unas cuantas líneas del ensayo de historia de Sam, a partir de las notas de mi cuaderno. El teléfono de Alice vibra otra vez. —¿Qué ese novio tuyo no sabe que estás en la escuela ahora? —Bea pregunta cuando el teléfono comienza a sonar sin parar. —Ahora vuelvo —dice Alice, se pone de pie y se aleja unos cuantos pasos para contestar. Nick terminó la escuela hace cuatro años; quién sabe qué tanto olvidas después de todo ese tiempo. Bea comienza a rasguear una melodía en su ukulele. La reconozco como una de las depresivas canciones de folk que le gusta tocar. Hace unas semanas, durante la clase, la señora O'Shaughnessy, maestra de irlandés, hizo que Bea tocara la canción a la usanza tradicional. Desde entonces ella y el maestro de música, el señor Duffy, no dejan de disertar sobre “el nuevo giro de Bea en la música tradicional”, pero nadie en el grupo de folk de la escuela quiere un ukulele en la banda de música. Alice regresa con una sonrisa en el rostro. —Me mandó flores —dice, y se sienta para guardar las cosas en su mochila—. A la cafetería de la escuela. Pensó que estaría ahí ahora. Kim dice que hay una docena de rosas en un gran florero. Todos están hablando al respecto. Estoy a punto de preguntarle a Alice si están celebrando algo o si Nick sólo está siendo romántico y espontáneo, cuando 28


de pronto el suelo bajo nuestros pies comienza a temblar. Las vías suenan. Volteamos para ver el tren. Pasa volando junto a nosotros como un ave serpenteante, rechinando y aullando. La estación está justo pasando la escuela y el tren baja la velocidad para permitir que pase otro tren. En uno de los vagones creo mirar un reflejo de nosotros cuatro, pero diferentes, distorsionados por la luz y el cielo del otro lado de la ventana. Se ven como vestidos para una fiesta de disfraces. La pelirroja que se ve como Bea podría estar disfrazada de sirena, con piel escamosa y toda la cosa. Me imagino que hay una estrella de mar pegada a su rostro y que su vestido de lentejuelas termina en una aleta. Otra chica con el pelo café claro tan corto como el mío está sentada con sus piernas sobre la mesa que está entre ella y la sirena. Casi se ve como si llevara puesto un vestido extraño y fluido del color de charco de aceite, y unos Converse plateados, y sus alas de hada color azul-verdoso pegadas en los hombros están aplastadas contra el respaldo del asiento detrás de ella. La chica que está sentada junto a la sirena —en la misma posición que Alice, quien está al lado de Bea, en la hierba— parece estar vestida como un bosque, con hojas pegadas en su rostro y en su vestido musgoso, y ramitas y pequeñas flores entrelazadas en su larga cabellera rubia. El chico del grupo, sentado junto a la chica hada, parece recién salido de una película muda. Su piel es gris y podría traer puesto una especie de sombrero tipo vodevil-cirquero-maestro de ceremonias sobre su cabello oscuro. Estoy un poco decepcionada cuando el tren avanza porque él es en verdad guapo. —Me pregunto hacia dónde se dirigen —le digo a Bea, que también observa el tren alejarse. 29


Alice, que escribe en su teléfono con una mano, se levanta, se echa la mochila al hombro y corre hacia el edificio principal de la escuela. —¿Adónde se dirigen quiénes? —pregunta Bea distraída, volteando a ver a Alice. Comienza a afinar su ukulele de nuevo y lanza una serie de tañidos ruidosos. —Los chicos en ese vagón —le digo. Ella y Sam observan el tren en movimiento, pero el vagón con los chicos disfrazados se ha ido. —¿Qué chicos? —pregunta Sam. Bea encoge los hombros. —No vi que hubiera alguien en la ventana —toca un par de cuerdas de forma experimental—. Sólo nos vi a nosotros cuatro reflejados en el cristal. Estiro el cuello para ver el tren pero ya se ha marchado. Tal vez sólo estoy alucinando por la falta de sueño. Pienso en el hospital anoche, en las enfermeras que ya nos conocen por nuestro nombre, en cómo tuvimos que estar dando vueltas con Alice de un lado a otro, preguntándole cosas, manteniéndola despierta. Tengo comezón en la rodilla, alrededor de la pequeña cortada que me hice hace rato, donde la sangre ha pegado las mallas a mi piel. Todo el resto del día se me dificulta concentrarme. Cuando suena la campana de las tres sigo a Sam y a Bea hasta las puertas del salón de educación física, pero en vez de entrar para cambiarme, le ruego a la señora Smith, la maestra, que me deje faltar a clase para ir a casa. Bea, quien claramente preferiría no tener que correr varias vueltas con desgano en el salón sudoroso y apestoso, malhumorada me dice adiós con la mano, mientras salgo para ir caminando despacio a casa bajo la luz del medio día. 30


Nuestra casa está a un par de kilómetros del centro, por la calle principal, pasando las tiendas y las casas y los fraccionamientos, pasando los campos y las granjas; más allá, por un camino bordeado con setos y casas cubiertas de cal. Aunque para volver a casa desde el centro, la mayoría seguimos el río. El paseo del río está un poco alejado de la calle principal, que a veces no es más que una brecha irregular, y otras un área amplia con bancas de picnic y puentes para cruzar hacia el bosque del otro lado. El sitio en el que me gusta sentarme está cerca del puente más pequeño; en realidad es sólo un tronco que cruza el agua en espera de que el ayuntamiento construya un paso de piedra y concreto. En vez de irme directo a casa, me desvío, me siento en la ribera y fumo un cigarro. El suelo debajo de mí es duro y áspero. Del otro lado del río todo está amarillo y rojo, las hojas caídas están secas, crujientes y seductoras. Hay algo en las hojas otoñales que pide a gritos que las pisen. Puedo escucharlas susurrar en la brisa. Me quito los dos pares de guantes para que el cigarro no los queme y permanezco sentada un rato, como una mancha de color en la orilla plomiza, fumando, tratando de no pensar en las cartas de Bea. Desde que era pequeña, mucho antes de que Elsie empezara con el puesto de secretos, he venido aquí cuando no hay nadie cerca, para contarle mis secretos al río. A veces casi creo que puedo escucharlo responder en susurros. Abro la boca para hablar sobre lo que dijo Bea y que temo que éste sea un accidente en verdad terrible; el peor, si es que eso es posible —aunque me resulta difícil imaginar qué podría ser peor que el de hace cuatro años, que tan a menudo intentamos olvidar—, cuando de pronto creo ver una sombra 31


entre los árboles. Entrecierro los ojos para evitar el sol y mirar de cerca, pero la sombra ha desaparecido. Me pongo de pie y me acerco al río, las puntas de mis botas casi tocan el agua. Podría jurar haber visto un destello café opaco moviéndose entre los árboles. Le doy una última calada a mi cigarro, apago la colilla en el cesto de basura junto a la banca y me apresuro a cruzar el puente. Estoy a la mitad cuando el puente empieza a rechinar. Me detengo. He cruzado este puente mil veces. Fue construido antes de que yo naciera pero es macizo; se ha curtido con los años. Doy un paso con cuidado. Otro chirrido, esta vez más fuerte. Luego, en una avalancha de madera y agua, el puente colapsa. Me aferro del barandal y me sostengo con todas mis fuerzas mientras el puente se zambulle en el agua. Es una caída corta. La sección media del puente golpea el agua y se detiene, atrapada entre dos rocas. El agua zumba y me cubre las piernas hasta la cintura, pero aún estoy de pie, recargada en el barandal a la mitad del río. Estoy temblando, pero no por el frío. Estoy bien, me digo a mí misma con firmeza. Estoy bien. Respiro hondo hasta que puedo moverme de nuevo. Con cuidado, primero una mano y luego la otra, con las piernas pesadas bajo el agua, logro cruzar por el resto del puente hasta el otro lado del río. Me trepo a la orilla contraria. Aún sin aliento, me acerco despacio a la arboleda donde creo vislumbrar a Elsie. Mis botas tienen pegado musgo y pedazos de ramitas. Chapotean cuando camino. Separo una hilera de ramas y me asomo hacia el pequeño claro que se abre detrás de ellas. Todo es oscuro aquí, ensombrecido por las copas de los árboles. La luz es acuosa y extraña, llena de murmullos. 32


—¿Hola? —me siento como una niña en película de terror, ésa que te hace gritarle a la pantalla ¡Regresa!, ¡Corre! Mi corazón palpita rápido—. ¿Elsie? Creo escuchar un ruido diminuto que proviene de un conjunto de arbustos en el extremo lejano del claro. Todo lo demás está extrañamente silencioso. Puedo escuchar las hojas crujir o el cauce del río correr tras de mí. —¿Hola? —repito. Camino de puntitas hacia los arbustos. Las hojas crujen cuando me acerco. —¿Elsie? —me inclino hacia delante y aparto las ramas rápido, como arrancando yeso. No hay nada ahí. Nada excepto una pequeña caja escondida al fondo de los arbustos. Me pongo de rodillas y me arrastro debajo de ellos. Las ramas se atoran en mi cabello. Manoteo las hojas para quitarlas de mi camino, y es entonces cuando veo una trampa para ratones enclavada en un montón de musgo polvoriento. Durante un minuto observo la tierra, preocupada porque me he acercado demasiado al nido de un roedor, pero luego me doy cuenta de lo que hay arriba de la trampa y no es (por suerte) un ratón muerto, ni una pieza de queso con agujeros perfectos como en las caricaturas de Tom y Jerry. Es una muñeca. Parece que ha sido hecha de cartón y alambre y tela, como las muñecas quitapenas de Guatemala que mi mamá guarda en un pequeño morral que cuelga del espejo retrovisor en su auto. Sólo que ésta se ve exactamente como Elsie. Tiene cabello café opaco y piel pálida de tela y tiene una falda escocesa que se parece a la de nuestro uniforme y un suéter rojo deforme como los que Elsie siempre usa fuera de la escuela. Incluso tiene el cuello estilo Peter Pan de una camisa minúscula que sobresale debajo del cuello del suéter. Me alejo y me pongo de pie despacio. 33


—¿Elsie? —la llamo—. ¡Elsie! —no hay respuesta. Una brisa suave silba a través del claro y la piel de mis piernas se pone de gallina bajo las capas de ropa mojada. Me convenzo que tal reacción se debe al frío y al estar mojada, y no a aquella pequeña muñeca de cartón colocada como carnada en una trampa.

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