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Blake Crouch

MATERIA OSCURA Traducciรณn de Raquel Castro y Alberto Chimal

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Ésta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor, o se usan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares de la realidad es mera coincidencia.

Diseño de portada: Jorge Matías Garnica / La Geometría Secreta MATERIA OSCURA Título original: dark matter © 2015, Blake Crouch Traducción: Raquel Castro y Alberto Chimal D. R. © 2016, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec C.P. 11560, Miguel Hidalgo, Ciudad de México Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2016 ISBN: 978-607-527-047-0 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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A cualquiera que se haya preguntado cómo se habría visto su vida al final del camino que no tomó.

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Lo que pudo haber sido y lo que ha sido se dirigen a un mismo fin, que siempre está presente. Las pisadas resuenan en la memoria a través del pasadizo que no tomamos, hacia la puerta que nunca abrimos. T. S. Eliot, “Burnt Norton”

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Uno

M

e encantan las noches de jueves. Se siente como si estuvieran fuera del tiempo. Es nuestra tradición, exclusiva de nosotros tres: noche familiar. Mi hijo, Charlie, está sentado a la mesa, dibujando en un bloc. Tiene casi quince años. Creció cinco centímetros durante el verano y ahora es tan alto como yo. Dejo de mirar la cebolla que estoy rebanando y le pregunto: —¿Puedo ver? Levanta el bloc y me enseña una cordillera de montañas que parece de otro planeta. —Me encanta —le digo—. ¿Es de puro gusto? —Tarea. Entrego mañana. —Entonces no lo interrumpo, señor Último Minuto. De pie y ligeramente borracho en la cocina, en ese momento no me doy cuenta de que esa noche es el final de todo. El final de todo lo que conozco, de todo lo que amo. Nadie te dice que todo está a punto de cambiar, de serte arrebatado. No hay una alerta de proximidad, una indicación de que estás al borde del precipicio. Y tal vez eso es lo que hace que la tragedia sea tan trágica. No sólo lo que ocurre, sino cómo ocurre: un golpe que te llega de la nada, cuando menos te lo esperas. No hay tiempo de encogerse o prepararte.

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La luz brilla en la superficie de mi vino y la cebolla comienza a irritar mis ojos. Thelonious Monk gira en el tocadiscos de la sala. Jamás me podría aburrir de la riqueza en las grabaciones análogas, en especial del crujido de la estática entre una pista y la siguiente. La sala está llena de pilas y pilas de viniles raros que, según me digo a mí mismo, algún día organizaré. Mi esposa, Daniela, está sentada en la barra de la cocina, agitando su copa de vino casi vacía con una mano y sosteniendo su teléfono en la otra. Siente mi mirada sobre ella y sonríe sin levantar la vista de la pantalla. —Ya sé —dice—. Estoy rompiendo la regla principal de la noche familiar. —¿Qué es tan importante? —le pregunto. Fija sus oscuros ojos españoles en los míos. —Nada. Camino hacia ella, le quito con suavidad el teléfono y lo pongo en la barra. —Podrías empezar a preparar la pasta —le digo. —Prefiero verte cocinar a ti. —¿Ah, sí? —y agrego, más quedo—: te excita, ¿verdad? —No, sólo es más divertido beber sin hacer nada. Su aliento tiene la dulzura del vino y me regala una de esas sonrisas que parecen de arquitectura imposible. Todavía me mata con ella. Termino mi copa. —Deberíamos abrir otra, ¿verdad? —digo. —Sería tonto no hacerlo. Mientras libero el corcho de una nueva botella, ella toma de nuevo su teléfono y me muestra la pantalla. —Estaba leyendo una reseña de la exposición de Marsha Altman en la Chicago Magazine. —¿La tratan bien? —Sí, prácticamente es una carta de amor. —Bien por ella. —Siempre pensé… —deja morir la frase sin terminarla, pero 12

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sé a dónde iba. Hace quince años, antes de conocernos, Daniela era una promesa de la escena artística de Chicago. Tenía un estudio en Bucktown, había expuesto su trabajo en media docena de galerías y había logrado su primera exhibición individual en Nueva York. Y entonces, la vida. Yo. Charlie. Una depresión posparto inmovilizante. Descarrilamiento. Ahora da clases de arte, privadas, a estudiantes de secundaria. —No es que no me alegre por ella. O sea, es brillante, lo merece —dice. —Si te hace sentir mejor, Ryan Holder acaba de ganar el Premio Pavia. —¿Qué es eso? —Un premio multidisciplinario por logros en ciencias físicas y de la vida. Ryan ganó por su trabajo en neurociencia. —¿Es un premio importante? —Un millón de dólares. La consagración. Le abre las puertas a un montón de dinero de becas. —¿Asistentes más guapas? —Obviamente, ése es el verdadero premio. Me invitó a una celebración informal, hoy, pero le dije que no podía. —¿Por qué? —Porque es nuestra noche. —Deberías ir. —De verdad prefiero no hacerlo. Daniela levanta su copa vacía. —O sea que lo que estás diciendo es que los dos tenemos buenas razones para beber mucho hoy. La beso y le sirvo generosamente de la nueva botella. —Tú podrías haber ganado ese premio —dice Daniela. —Tú podrías haber conquistado la escena cultural de esta ciudad. —Pero hicimos esto —y señala con un ademán la expansión de techo alto de nuestra casa de piedra roja. La compré antes de conocer a Daniela con una herencia—. E hicimos esto —dice, 13

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señalando a Charlie, que sigue dibujando con una intensidad hermosa que me recuerda a Daniela cuando está concentrada en una pintura. Ser el padre de un adolescente es algo extraño. Una cosa es criar a un niñito, y otra muy distinta es cuando una persona al borde de la madurez te busca para que la aconsejes. Siento que tengo muy poco que ofrecerle. Sé que hay padres que ven el mundo de cierta manera, con claridad y confianza, que saben exactamente qué decirles a sus hijos. Pero yo no soy uno de ésos. Mientras más pasa el tiempo, menos entiendo. Amo a mi hijo. Significa todo para mí. Y, con todo, no puedo evitar la sensación de que le estoy fallando. Que lo estoy echando a los lobos sin más herramientas que las migajas de mi perspectiva insegura. Voy hacia el gabinete junto al fregadero, lo abro y busco una caja de fettuccine. Daniela se vuelve hacia Charlie. —Tu padre pudo haber ganado el Nobel —le dice. Me río. —Eso es una exageración —digo. —Que no te engañe, Charlie. El hombre es un genio. —Eres muy amable —le digo—. Y estás un poquito borracha. —Es verdad y lo sabes. La ciencia estaría más avanzada si no amaras tanto a tu familia. Sólo puedo sonreír. Cuando Daniela bebe, ocurren tres cosas: su acento comienza a marcarse, ella se vuelve beligerantemente amable y tiende a exagerar. —Una noche (no se me va a olvidar nunca), tu padre me dijo que la investigación pura consume la vida. Dijo… —por un momento, y para mi sorpresa, la emoción la rebasa. Sus ojos se humedecen y sacude la cabeza como hace siempre cuando está a punto de llorar. En el último momento, se controla—. Me dijo: Daniela, en mi lecho de muerte preferiré tener recuerdos tuyos que de un laboratorio estéril y frío. Miro a Charlie y lo pesco volteando los ojos al cielo sin dejar de dibujar. 14

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Probablemente avergonzado por nuestra exhibición de melodrama familiar. Me quedo con la mirada fija en el gabinete y espero a que el dolor en la garganta desaparezca. Cuando sucede, tomo la pasta y cierro la puerta. Daniela bebe su vino. Charlie dibuja. El momento pasa. —¿Dónde es la fiesta de Ryan? —pregunta Daniela. —En Village Tap. —Ése es tu bar, Jason. —¿Y? Se me acerca y me quita la caja de pasta de la mano. —Ve a tomar un trago con tu viejo colega. Dile que estás orgulloso de él. Mantén la cabeza en alto. Dile que lo mando felicitar. —No le voy a decir eso. —¿Por qué? —Él siempre ha sentido algo por ti. —Detente. —Es verdad. Desde hace mucho. Desde que compartíamos habitación. ¿Te acuerdas de la última fiesta de navidad? Se la pasó tratando de engañarte para que te pararas bajo el muérdago con él. Se ríe. —La cena estará servida a la hora que regreses —dice. —Lo que significa que debo estar de vuelta en… —Cuarenta y cinco minutos. —¿Qué haría yo sin ti? Me besa. —Ni siquiera pensemos en eso. Tomo mis llaves y la cartera del plato de cerámica junto al microondas y camino hacia el comedor con la mirada fija en el candelabro con forma de teseracto que pende sobre la mesa. Daniela me lo dio como regalo por nuestro décimo aniversario de bodas. El mejor regalo en la vida. Cuando llego a la puerta de enfrente, Daniela grita: 15

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—¡De regreso compra helado! —¡De chocomenta! —agrega Charlie. Subo el brazo y levanto el pulgar. No miro hacia atrás. No digo adiós. Y el momento pasa sin ser notado. El final de todo lo que conozco, de todo lo que amo.

He vivido en Logan Square durante veinte años y nunca es mejor que durante la primera semana de octubre. Siempre me hace recordar aquella línea de F. Scott Fitzgerald: La vida vuelve a empezar cuando comienza el crepitar de las hojas en otoño. La tarde está fresca y los cielos están lo suficientemente despejados como para ver un puñado de estrellas. Los bares están más inquietos de lo usual, llenos de decepcionados fanáticos de los Cubs. Me detengo en la banqueta bañado por el brillo de un letrero chillón que parpadea village tap y me quedo mirando la puerta abierta de ese ubicuo bar que te puedes encontrar en cualquier barrio de Chicago que se respete. En este caso, se trata de mi abrevadero local. Es el más cercano a casa, está a unas cuantas cuadras. Atravieso el brillo del letrero de neón azul de la ventana y doy un paso dentro del corredor. Matt, el cantinero y dueño, me saluda con un movimiento de cabeza mientras me abro camino entre la multitud que rodea a Ryan Holder. —Justo le estaba contando a Daniela de ti —le digo. Él sonríe, su apariencia es exquisita para el circuito académico: atlético y bronceado, vestido con un suéter de cuello de tortuga negro, su vello facial cuidadosamente perfilado. —Maldita sea, qué gusto me da verte. De verdad. ¿Cariño? —le toca el hombro desnudo a la joven que está sentada a su lado—. ¿Te importaría dejar que mi viejo amigo robe tu asiento por un minuto? 16

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La mujer abandona su lugar obedientemente y me subo al banco junto a Ryan. Llama al cantinero. —Queremos que nos traigas un par de copas de la bebida más cara que haya en el lugar. —Ryan, no es necesario. —Esta noche beberemos sólo lo mejor —dice, agarrándome el brazo. —Tengo Macallan 25 —dice Matt. —Dos dobles. A mi cuenta. Cuando el cantinero se va, Ryan me pega en el brazo. Con fuerza. A primera vista, no pensarías que es un científico. Practicaba lacrosse en la universidad y todavía tiene esos hombros anchos y el movimiento ágil de un atleta natural. —¿Cómo están Charlie y la hermosa Daniela? —Muy bien. —La hubieras traído. No la veo desde navidad. —Te envía saludos. —Tienes una buena mujer, pero eso no es novedad. —¿Hay posibilidades de que sientes cabeza en un futuro cercano? —No muchas. Creo que me sientan bien la vida de soltero y sus considerables ventajas. ¿Todavía estás en Lakemont College? —Sí. —Escuela decente. Das Física en pregrado, ¿verdad? —Exacto. —Así que les estás dando… —Mecánica cuántica. Conceptos introductorios. Nada especialmente sexy. Matt regresa con nuestras bebidas y Ryan se las quita de las manos. Luego pone una enfrente de mí. —Así que este festejo… —comienzo. —Una cosa inesperada que algunos de mis posgraduados organizaron. Nada les gusta más que emborracharme y que sea el centro de atención. 17

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—Qué buen año para ti, Ryan. Todavía me acuerdo de cuando casi repruebas ecuaciones diferenciales. —Y me salvaste el trasero. Más de una vez. Por un segundo, detrás de su confianza y distinción, vislumbro al estudiante alocado, amante de la diversión con el que compartí un horrible departamento por año y medio. —¿El Pavia te lo dieron por tu trabajo en…? —le pregunto. —Identificar el córtex prefrontal como generador de la conciencia. —Claro. Por supuesto. Leí tu ensayo al respecto. —¿Qué te pareció? —Brillante. Se muestra genuinamente complacido por mi comentario. —Si te soy honesto, Jason, y lo digo sin falsa modestia, siempre pensé que serías tú quien estaría publicando textos académicos. —¿De verdad? Me mira con atención por encima de sus lentes de armazón de plástico negro. —Por supuesto. Tú eres más listo que yo. Todos lo sabían. Bebo de mi whisky. Trato de no admitir lo delicioso que está. —Sólo una pregunta: ¿cómo te ves a ti mismo en estos días? ¿Te consideras más un científico investigador o un profesor? —Yo… —Porque yo me veo a mí mismo, primero que nada y más importante que todo, como un hombre que busca respuestas a preguntas fundamentales. Ahora, si la gente a mi alrededor —y hace un gesto hacia sus alumnos, que se han comenzado a agrupar alrededor de nosotros— es suficientemente inteligente como para absorber conocimiento en mi cercanía… genial. Pero transmitir ese conocimiento no me interesa. Todo lo que me importa es la ciencia. La investigación. Descubro un aleteo de molestia, o enojo, en su voz, y está creciendo, como si estuviera tratando de reunir valor para decirme algo. Trato de reírme del asunto. 18

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—¿Estás enojado conmigo, Ryan? Casi suena como si pensaras que te traicioné. —Mira. He dado clases en el mit, en Harvard, en Johns Hopkins, las mejores escuelas del planeta. He conocido a los hijos de puta más inteligentes y, Jason, tú habrías cambiado el mundo si te hubieras decidido por ese camino. Si hubieras continuado con él. En vez de eso, estás dando clases de Física en pregrado a futuros médicos y abogados de patentes. —No todos podemos ser superestrellas como tú, Ryan. —No, si se dan por vencidos. Me termino mi whisky. —Bueno, me da gusto haber venido para esto —digo y me levanto. —No seas así, Jason. Era un cumplido. —Estoy orgulloso de ti, hombre. Lo digo en serio. —Jason. —Gracias por el trago. De vuelta en el exterior, camino por la banqueta. Mientras más distancia pongo entre Ryan y yo, más enojado me siento. Y ni siquiera estoy seguro en contra de quién. Siento caliente la cara. Líneas de sudor bajan por mis costados. Sin pensar, doy un paso debajo de la banqueta donde está la señal del paso peatonal, y de inmediato registro el sonido de llantas frenando bruscamente, de hule rechinando contra el pavimento. Me giro y miro incrédulo cómo un taxi amarillo sale disparado hacia mí. A través del parabrisas que se aproxima veo al conductor claramente: un hombre de bigote, con los ojos muy abiertos y expresión de pánico, preparándose para el impacto. Y entonces mis manos están sobre el metal tibio y amarillo del cofre del auto, y el conductor está asomado por su ventanilla, gritándome: —¡Pedazo de imbécil, casi te mato! ¡Fíjate, tarado! 19

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Las bocinas comienzan a sonar detrás del taxi. Me regreso a la banqueta y miro cómo se reanuda el flujo del tránsito. Los ocupantes de tres automóviles son tan amables que bajan la velocidad para poder mostrarme el dedo.

El supermercado Whole Foods huele como la hippie con la que salí antes de Daniela: una mezcla de vegetales frescos, café molido y aceites esenciales. El susto con el taxi acabó con mi alboroto, y ahora busco en los congeladores sumergido en una especie de niebla de letargo y sueño. El clima está más frío cuando salgo de nuevo, un viento fuerte sopla desde el lago, presagiando el invierno de mierda que se asoma a la vuelta de la esquina. Con mi bolsa de tela llena de helado, tomo una ruta distinta a casa. Son seis cuadras más, pero lo que pierdo en tiempo lo gano en soledad, y entre lo del taxista y lo de Ryan, necesito un poco de tiempo extra para recobrarme. Paso por una construcción, vacía por la noche, y unas cuadras más adelante, por el patio de juegos de la primaria a la que asistió mi hijo, la resbaladilla de metal brilla bajo un farol de la calle mientras los columpios se agitan por la brisa. En estas noches de otoño hay una energía que se conecta con algo primario en mi interior. Algo de hace mucho tiempo. De mi infancia en el oeste de Iowa. Pienso en los partidos de futbol de la secundaria y en las luces del estadio bañando a los jugadores. Evoco el olor a manzanas maduras y el ácido tufo a cerveza de las fiestas en los campos de maíz. Siento el viento en la cara al ir en la parte trasera de una vieja camioneta por una carretera vecinal, el polvo rojo arremolinándose frente a las luces traseras y mi futura vida entera bostezando delante de mí. Ésa es la belleza de la juventud. Hay una levedad que permea en todo porque todavía no has 20

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tomado esas malditas decisiones, no te has comprometido con ningún sendero, y el camino delante de ti se abre en disyuntivas puras, limpias, de potencial ilimitado. Amo mi vida, pero no he sentido esa levedad en años. Las noches de otoño como ésta son lo más cerca que puedo estar de esa sensación. El frío comienza a aclararme la cabeza. Será bueno volver a estar en casa. Estoy pensando en encender la chimenea de gas. Nunca lo hemos hecho antes de Halloween, pero esta noche es tan fría que después de caminar poco más de un kilómetro con este viento, todo lo que quiero es sentarme junto al fuego con Daniela y Charlie y una copa de vino. La calle atraviesa la línea 1 del tren elevado. Paso sobre las vías oxidadas del tren. Para mí, más que el perfil de los edificios recortados contra el cielo, la línea 1 del elevado es lo que personifica a la ciudad. Ésta es mi parte favorita de la caminata a casa, porque es la más oscura y silenciosa. En este momento… No hay trenes entrantes. No hay luces en una u otra dirección. No se percibe ruido de los pubs. No hay más que el rugido distante de un jet cruzando el cielo, en su acercamiento final al aeropuerto O’Hare. Espera… Hay algo más. Pisadas que se aproximan por la banqueta. Echo una mirada a mis espaldas. Una sombra se apresura hacia mí, la distancia entre nosotros disminuye más deprisa de lo que tardo en entender qué está pasando. Lo primero que veo es una cara. Blanca, como la de un fantasma. Cejas altas, arqueadas, que parecen dibujadas. Labios rojos, fruncidos, demasiado delgados, demasiado perfectos. 21

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Y ojos terroríficos: grandes y negros como un pozo, sin pupilas o iris. Lo siguiente que veo es el cañón de una pistola, a diez centímetros de mi nariz. La voz grave y rasposa detrás de la máscara de geisha dice: —Date vuelta. Dudo, demasiado sorprendido como para moverme. Él presiona mi cara con la pistola. Me vuelvo. Antes de que pueda decirle que mi cartera está en mi bolsillo frontal izquierdo, dice: —No estoy aquí por tu dinero. Sigue caminando. Comienzo a moverme. —Más rápido. Camino más rápido. —¿Qué quieres? —le pregunto. —Cierra la boca. Un tren pasa rugiendo y salimos de la oscuridad, debajo de la plataforma del tren elevado; mi corazón rebota dentro de mi pecho. Absorbo todo alrededor con repentina y profunda curiosidad. Del otro lado de la calle hay un complejo habitacional, y de este lado de la cuadra hay una serie de negocios que cierran a las cinco. Un salón de manicure. Un despacho legal. Un taller de reparación de electrodomésticos. Una tienda de llantas. El vecindario es un pueblo fantasma, no hay un alma en la calle. —¿Ves esa camioneta? —me pregunta. Es una Lincoln Navigator negra estacionada en la calle, un poco adelante de nosotros. La alarma trina—. Ponte en el asiento del conductor. —Sea lo que sea que estés planeando… —O puedes desangrarte hasta morir aquí mismo, en la banqueta. 22

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Abro la puerta del lado del conductor y me siento frente al volante. —Mi bolsa de compras —digo. —Tráela —y se sube detrás de mí—. Enciende el auto. Cierro la portezuela y acomodo la bolsa de tela con mis compras en el piso del asiento del copiloto. Hay tanto silencio dentro del auto que puedo escuchar mi pulso, un golpeteo veloz en mi oído. —¿Qué estás esperando? —me pregunta. Enciendo el motor. —Acciona el navegador. Lo hago. —Da clic en Destinos anteriores. Nunca he tenido un auto con gps integrado, y me toma un rato encontrar el lugar correcto en la pantalla táctil. Aparecen tres ubicaciones. Una es la dirección de mi casa. Otra es la universidad en la que trabajo. —¿Me has estado siguiendo? —pregunto. —Selecciona Calle Pulaski. La dirección es Calle Pulaski número 1400, Chicago, Illinois, 60616, y no tengo ni idea de dónde es eso. La voz femenina del gps me da instrucciones: Da vuelta en U y avanza por uno punto dos kilómetros. Meto la velocidad y tomo la calle oscura. El hombre detrás de mí dice: —Abróchate el cinturón. Lo hago mientras él hace lo mismo. —Jason, que quede claro: si haces cualquier cosa distinta a lo que indican esas instrucciones, voy a dispararte a través del asiento. ¿Entiendes? —Sí. Avanzamos por mi vecindario, mientras me pregunto si lo estaré viendo por última vez. En un semáforo en rojo, me detengo enfrente de mi bar. A través de la ventana del copiloto, veo que la puerta aún está abierta. 23

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Alcanzo a distinguir a Matt y, entre la multitud, a Ryan, de espaldas a la barra y recargado en ella, sentado en su banco, con los codos apoyados en la madera llena de rayones, cortejado por sus alumnos de posgrado. Probablemente les está contando una terrorífica fábula con una moraleja acerca del fracaso en la que el protagonista es su viejo compañero de habitación. Quiero llamarlo. Hacerle entender que estoy en problemas. Que necesito… —Ya está el verde, Jason. Acelero hacia la intersección. El gps nos guía a través de Logan Square hasta llegar a la vía rápida Kennedy, donde la indiferente voz femenina me instruye: Da vuelta a la derecha en cuatrocientos metros y avanza por treinta kilómetros. El tráfico es tan ligero que puedo acelerar a 110 kilómetros por hora y quedarme así. Mis manos sudan sobre el volante y no puedo dejar de preguntarme si voy a morir esta noche. Se me ocurre que, si sobrevivo, cargaré con una revelación por el resto de mi vida: abandonamos esta vida del mismo modo en que llegamos: totalmente solos, despojados. Tengo miedo, y no hay nada que Daniela o Charlie o nadie pueda hacer en estos momentos por ayudarme, a pesar de que es cuando más los necesito. Ellos ni siquiera saben lo que estoy viviendo. La interestatal bordea el lado oeste del centro de la ciudad. La torre Willis y los rascacielos que la rodean brillan contra la noche con una cálida serenidad. Retorciéndose entre el pánico y el miedo, mi mente se dispara, tratando de comprender lo que está pasando. Mi dirección está en el gps. Es decir que no fue un encuentro al azar. Este hombre me ha estado siguiendo. Me conoce. Por lo tanto, algo que yo hice es la causa de este encuentro. Pero ¿qué? No soy rico. Mi vida no vale nada fuera del aprecio que le tenemos yo y mis seres queridos. 24

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Nunca he sido arrestado, jamás he cometido un delito. Nunca he dormido con la esposa de otro hombre. Claro, les he mostrado el dedo a algunas personas mientras manejo, pero así es Chicago. Mi última y única pelea a golpes fue cuando estaba en sexto de primaria, cuando golpeé a un compañero en la nariz por haberme vaciado leche en la espalda. No le he hecho mal a nadie, no de la manera significativa de la palabra mal. No de una manera que pudiera haber culminado en esta escena: yo, conduciendo una Lincoln Navigator con una pistola apuntando a mi cabeza. Soy un físico atómico y profesor en una universidad pequeña. Trato con respeto a mis alumnos, incluso a los peores. Los que han reprobado mis materias lo han hecho porque de entrada no les importaba, y definitivamente ninguno de ellos podría acusarme de haber arruinado su vida. Incluso me salgo del camino para ayudarlos a pasar. El perfil de la ciudad se empequeñece en el espejo lateral; se aleja cada vez más, como una costa familiar y reconfortante. Me arriesgo: —¿Te hice algo en el pasado? ¿O trabajas para alguien a quien le hice algo? No entiendo qué es lo que podrías querer… —Mientras más hables, peor va a ser para ti. Por primera vez, me doy cuenta de que hay algo familiar en su voz. No podría señalar de dónde o cuándo, pero nos conocimos antes. Estoy seguro de eso. Siento la vibración de mi teléfono al recibir un mensaje. Y luego otro. Y otro. Olvidó quitarme el teléfono. Miro la hora: 9:05 p.m. Dejé mi casa hace poco más de una hora. Los mensajes son de Daniela, sin duda, preguntándose dónde estoy. Llevo quince minutos de retraso, y yo nunca me retraso. Echo una mirada por el retrovisor, pero está demasiado oscuro 25

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para ver nada excepto un atisbo de la máscara de fantasmal palidez. Me arriesgo a hacer un experimento: quito la mano izquierda del volante y la pongo en mi regazo. Cuento hasta diez. Mi captor no dice nada. Vuelvo a poner la mano en el volante. La voz computarizada rompe el silencio: Toma la salida de la calle Ochenta y Siete en cuatro punto tres kilómetros. De nuevo, quito la mano izquierda del volante, muy despacio. Esta vez, la deslizo en el bolsillo de mi pantalón. Mi teléfono está muy metido, y apenas alcanzo a tocarlo con mi índice y mi dedo medio, pero de alguna forma me las arreglo para pellizcarlo entre los dos. Milímetro a milímetro, logro sacarlo, a pesar de que la funda de plástico se atora en cada pliegue de tela, y ahora siento una vibración sostenida entre las puntas de los dedos; está entrando una llamada. Cuando al fin consigo sacarlo, pongo el teléfono en mi regazo, boca arriba, y vuelvo a poner la mano en el volante. Mientras la voz del gps actualiza la información de la distancia que falta para nuestra siguiente vuelta, lanzo una mirada al teléfono. Hay una llamada perdida de mi contacto Dani y tres mensajes de texto: DANI (hace 2 min) La cena está en la mesa. DANI (hace 2 min) ¡Apúrate! ¡Nos estamos muriendo de HAMBRE! DANI (hace 1 min) ¿Te perdiste? :)

Vuelvo a poner mi atención en el camino, preguntándome si el brillo de mi celular será visible desde el asiento trasero. 26

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La pantalla se oscurece. Alcanzo el aparato, presiono el botón de encendido y activo la pantalla. Marco mi código de acceso de cuatro números, presiono el icono verde de Mensajes. Los de Daniela están al principio, y cuando abro la conversación, mi raptor se mueve detrás de mí. Vuelvo a poner las dos manos en el volante. Toma la salida de la calle Ochenta y Siete en uno punto nueve kilómetros. El protector de pantalla se activa, el teléfono se apaga. Mierda. Deslizo mi mano hacia abajo, vuelvo a teclear el código de acceso y comienzo a escribir el texto más importante de mi vida, con mi dedo índice moviéndose con torpeza por la pantalla táctil y completando cada palabra después de dos o tres intentos por culpa del autocorrector. El cañón de la pistola se clava en mi nuca. Reacciono con brusquedad, volanteando hacia el carril de alta. —¿Qué estás haciendo, Jason? Enderezo el volante con una mano, para regresar al carril de baja velocidad, mientras mi otra mano baja hacia el teléfono, acercándose al icono de Enviar. Mi captor se asoma por entre los asientos delanteros y su mano enguantada se apodera del teléfono. Toma la salida de la calle Ochenta y Siete en quinientos metros. —¿Cuál es el código, Jason? —como no le respondo, continúa—: espera. Te apuesto a que lo sé. ¿Será el mes y año de tu nacimiento, pero al revés? Veamos… tres, siete, dos, uno. ¡Allá vamos! Por el espejo retrovisor, veo que el teléfono le ilumina la máscara. El hombre lee el texto que estuve a punto de mandar: —Pulaski 1400, llama al 911… Chico malo. Tomo la rampa que nos saca de la vía rápida. El gps dice: Da vuelta a la izquierda en la Calle Ochenta y Siete y avanza al este por seis punto un kilómetros. 27

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Avanzamos por el sur de Chicago, a través de un vecindario por el que no tenemos por qué detenernos. Pasamos por hileras de casas. Edificios de apartamentos. Parques vacíos con columpios herrumbrosos y aros de basquetbol sin redes. Cortinas metálicas y rejas de seguridad para proteger negocios cerrados por la noche. Pintas de pandillas por todos lados. Me pregunta: —¿Cómo le dices, Dani o Daniela? Mi garganta se cierra. La ira, el miedo y la indefensión bullen dentro de mí. —Jason, te hice una pregunta. —Vete al diablo. Se inclina sobre mí y siento que sus palabras arden en mi oído: —No creo que quieras ir por ese camino conmigo. Voy a lastimarte más de lo que te han lastimado en toda tu vida. Te haré sentir un dolor que no creerías que es posible. ¿Cómo le dices? Aprieto los dientes, pero respondo. —Daniela. —¿Nunca Dani? ¿A pesar de que así la tienes en el teléfono? Me siento tentado de voltear el auto contra el carril de alta y matarnos a ambos. —Casi nunca —le digo—. No le gusta. —¿Qué hay en la bolsa de compras? —¿Por qué quieres saber cómo le digo? —¿Qué hay en la bolsa? —Helado. —Es su noche familiar, ¿cierto? —Sí. Por el retrovisor, lo veo tecleando en mi teléfono. —¿Qué estás escribiendo? —le pregunto. No me responde. Ya salimos del gueto. Ahora avanzamos por una tierra de nadie 28

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que ni siquiera parece ser parte de Chicago, mientras el paisaje de la ciudad es apenas un tachón de luces en el horizonte lejano. Las casas están desmoronándose, sin luz, sin vida. Todo parece abandonado desde hace mucho. Cruzamos un río y delante de nosotros está el lago Michigan, y su oscura extensión es un desenlace adecuado para este páramo urbano. Como si el mundo se acabara justo aquí. Y quizás el mío sí acaba aquí. Da vuelta a la derecha y avanza hacia el sur sobre Pulaski por ochocientos metros para llegar a tu destino. Él se ríe para sí mismo entre dientes. —Vaya, creo que estás en problemas con tu señora —aprieto con fuerza el volante—. ¿Quién era ese hombre con el que tomabas whisky hace rato, Jason? No se veía desde fuera. Afuera, en la frontera entre Chicago e Indiana, está muy oscuro. Vamos pasando por las ruinas de fábricas y patios del ferrocarril. —Jason. —Se llama Ryan Holder. Era mi… —Tu excompañero de cuarto. —¿Cómo sabes eso? —¿Son muy cercanos? No lo veo en tus contactos. —No realmente. ¿Cómo sabes…? —Yo sé casi todo acerca de ti, Jason. Podrías decir que convertí tu vida en mi especialidad. —¿Quién eres? Llegarás a tu destino en doscientos metros. —¿Quién eres? No me responde, pero mi atención comienza a alejarse de él mientras me concentro en lo que nos rodea, cada vez más remoto. El pavimento fluye bajo las luces de la camioneta. Atrás de nosotros, el vacío. Adelante, el vacío. 29

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El lago está a mi izquierda, a la derecha hay bodegas abandonadas. Has llegado a tu destino. Detengo la camioneta en medio del camino. —La entrada está adelante, a la izquierda —dice. Los faros rozan una reja tambaleante de unos tres metros de alto, coronada con un oxidado alambre de púas. La verja está entreabierta y una cadena que alguna vez la mantuvo cerrada ahora yace cortada y enrollada entre las hierbas, a un lado del camino. —Empújala con la salpicadera. Incluso desde el interior de la camioneta, el rechinido de la verja al abrirse es sonoro. Los conos de luz iluminan los remanentes de un camino, el pavimento agrietado y vencido por años de soportar los duros inviernos de Chicago. Prendo las luces altas. La luz baña un patio de estacionamiento, en el que las farolas se han caído aquí y allá como cerillos desperdigados. Más allá, se cierne una estructura desgarbada. La fachada de ladrillos del desgastado edificio está flanqueada por enormes tanques cilíndricos y un par de chimeneas de unos treinta metros de alto, levantadas contra el cielo. —¿Qué es este lugar? —pregunto. —Pon la palanca en P y apaga el motor. Detengo el auto, muevo la palanca de velocidades como me indicó y apago el motor. Nos rodea un silencio de muerte. —¿Qué lugar es éste? —insisto. —¿Qué planes tienes para el viernes? —¿Perdón? Un golpe fuerte en el costado de mi cabeza me proyecta contra el volante; aturdido, me pregunto por medio segundo si así es como se siente que te den un balazo en la cabeza. Pero no, sólo me golpeó con la pistola. Toco el lugar del impacto. 30

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Mis dedos se llenan de sangre pegajosa. —Mañana —dice—. ¿Qué planes tienes para mañana? Mañana. Suena a un concepto extraño. —Me toca… aplicar un examen a mi grupo de Física. —¿Qué más? —Nada más. —Quítate toda la ropa. Miro por el retrovisor. ¿Para qué me quiere desnudo? —Si querías intentar algo, debiste hacerlo cuando tenías el control del auto. Desde este momento, eres mío. Quítate la ropa. Y si tengo que decírtelo de nuevo, voy a hacerte sangrar. Mucho. Me desabrocho el cinturón de seguridad. Mientras me quito la sudadera gris y encojo los brazos para sacarlos de las mangas, me aferro a un jirón de esperanza: todavía tiene puesta la máscara, lo que significa que no quiere que vea su cara. Si planeara matarme, no le importaría que pudiera identificarlo. ¿Cierto? Me desabotono la camisa. —¿Los zapatos también? —le pregunto. —Todo. Me quito los zapatos, los calcetines. Deslizo hacia abajo mis pantalones y mi bóxer. Entonces, mi ropa (hasta la última prenda) queda en una pila en el asiento del copiloto. Me siento vulnerable. Expuesto. Extrañamente avergonzado. ¿Qué si trata de violarme? ¿Es eso lo que quiere? Pone una linterna en la consola, en medio de los asientos. —Sal del auto, Jason. Me doy cuenta de que veo el interior de la Navigator como una especie de bote salvavidas. Mientras permanezca dentro, no podrá lastimarme. 31

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No hará un mugrero aquí dentro. —Jason. Mi pecho está jadeante, comienzo a hiperventilarme, puntos negros comienzan a aparecer por mi campo de visión. —Sé lo que estás pensando —dice— y puedo lastimarte igual de fácil dentro del coche. No estoy recibiendo suficiente oxígeno. Estoy comenzando a angustiarme. Pero me las arreglo para decir, sin aliento: —Mentira. No quieres mi sangre aquí dentro.

Cuando vuelvo en mí, me está arrastrando, jalando de mis brazos, para sacarme del asiento delantero. Me deja caer en la grava, donde me siento, mareado, esperando que mi cabeza se aclare. Siempre hace más frío cerca de un lago, y esta vez no es la excepción. El viento me asesta una mordida cruda, aserrada, en la piel expuesta y erizada. Aquí fuera está tan oscuro que puedo ver cinco veces más estrellas que en la ciudad. Mi cabeza pulsa, y una línea fresca de sangre corre por un costado de mi cara. Pero con una carga entera de adrenalina corriendo por mi sistema, el dolor está silenciado. El hombre deja caer una linterna en el suelo junto a mí y prende la suya. La apunta hacia el edificio en ruinas que vi cuando manejaba hacia acá. —Después de ti —me dice. Aprieto la linterna en la mano y me esfuerzo para ponerme de pie. Tropiezo hacia el edificio, mis pies descalzos pisan sobre periódicos empapados. Esquivo latas de cerveza apachurradas y fragmentos de vidrio que brillan bajo el haz de luz de mi linterna. Al acercarme a la entrada principal, me imagino este mismo estacionamiento en otra noche. Una noche por venir. Es el principio del invierno, y a través de una cortina de nieve que cae, la oscuridad es ribeteada por destellos azules y rojos. Detectives 32

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y perros policías pululan entre las ruinas, y mientras examinan mi cuerpo, desnudo, destrozado y descompuesto en algún lugar dentro del edificio, una patrulla se estaciona enfrente de mi casa en Logan Square. Son las dos de la mañana y Daniela sale a la puerta en camisón. He estado desaparecido por varias semanas y ella sabe en el fondo de su corazón que no voy a regresar, piensa que ya se hizo a la idea de ese hecho brutal, pero al ver a esos jóvenes oficiales de policía con sus ojos duros y sobrios, y con los hombros y las gorras —que se han quitado respetuosamente y han puesto bajo el brazo— espolvoreados de nieve… todo eso finalmente rompe algo dentro de ella, algo que ella misma no sabía que aún estaba intacto. Daniela siente que sus rodillas se licúan, su fuerza se desvanece, y mientras se hunde en el tapete de la entrada, Charlie baja la escalera rechinante detrás de ella, despeinado y con los ojos todavía entrecerrados, preguntando: —¿Es sobre papá? Conforme nos acercamos a la estructura, dos palabras se revelan en los gastados ladrillos sobre la entrada. Las únicas letras que logro discernir dicen nergía de chi. Mi raptor me obliga a entrar por una abertura en los ladrillos. La luz de nuestras linternas barre el interior de una oficina de recepción. Hay muebles podridos de los que sólo queda la estructura de metal. Un viejo enfriador de agua. Los restos de una fogata. Un saco de dormir desgarrado. Condones usados sobre una alfombra mohosa. Entramos a un largo pasillo. Sin las linternas, ésta sería una oscuridad de ésas en las que no alcanzas a distinguir tu mano enfrente de tu propia cara. Me detengo para tratar de alumbrar delante de mí, pero la luz es tragada por la oscuridad. Hay menos desechos en el linóleo torcido bajo mis pies, y ningún sonido, excepto el bajo y distante gemido del viento afuera de estas paredes. 33

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Tengo cada vez más frío. El hombre encaja el cañón de su pistola en mi riñón para obligarme a avanzar. ¿Será que, en cierto momento, entré en el radar de un psicópata que decidió aprender todo sobre mí antes de asesinarme? A menudo hablo con extraños. Quizás hablamos brevemente en el café que está cerca del campus. O en el tren. O en mi bar de costumbre. ¿Tendrá planes para Charlie y Daniela? —¿Quieres que te ruegue? —le pregunto con la voz temblorosa—. Porque lo haré. Haré lo que me pidas. Y lo más terrible de eso es que es verdad. Me deshonraría a mí mismo. Lastimaría a alguien más. Haría casi cualquier cosa con tal de que me llevara de nuevo a mi vecindario y dejara que la noche continuara como se suponía que tenía que ser: conmigo yendo a casa a estar con mi familia, llevándoles el helado que les prometí. —¿A cambio de qué? —pregunta—. ¿De que te deje ir? —Sí. El sonido de su risa truena por el corredor. —Me daría miedo ver de qué serían capaces todos ustedes con tal de salir de esto. —¿Salir de qué, exactamente? Pero no responde. Caigo sobre mis rodillas. La linterna se me escapa rodando. —Por favor —suplico—. No tienes que hacer esto —apenas reconozco mi propia voz—. Podrías irte. No sé por qué quieres hacerme daño, pero piénsalo por un minuto. Yo… —Jason. —… amo a mi familia. Amo a mi esposa. Amo… —Jason. —… a mi hijo. —¡Jason! —Haré lo que sea. 34

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Ahora estoy temblando descontroladamente. De frío, de miedo. Me patea en el estómago, y mientras el aire sale de golpe de mis pulmones, ruedo sobre mi espalda. Encima de mí, mete el cañón de la pistola entre mis labios, en mi boca, hasta el fondo de mi garganta, hasta que el sabor de aceite rancio y residuos de carbón es más de lo que puede soportar mi estómago. Dos segundos antes de que vomite el vino y el whisky que tomé en la noche, retira la pistola. —¡Párate! —grita. Me agarra del brazo y me jala para ponerme de nuevo de pie. Apuntando con la pistola hacia mi cara, vuelve a poner la linterna entre mis manos. Miro fijamente la máscara, mi lámpara ilumina el arma. Es mi primera oportunidad de verla bien. No sé casi nada de armas de fuego, sólo que tienen una cacha, un gatillo, una cámara y un agujero gigante al final del cañón que se ve capaz de acabar conmigo. La luz de mi linterna deja ver una pincelada de cobre hasta la punta de la bala que señala hacia mi cara. Por algún motivo, me imagino a este hombre en un apartamento de una sola habitación, cargando las balas dentro del cilindro, preparándose para hacer lo que ha hecho. Voy a morir aquí, quizás ahora mismo. Cada momento se siente como si pudiera ser el último. —Muévete —ruge. Comienzo a caminar. Llegamos a una intersección y damos vuelta en otro pasillo, más ancho, alto y arqueado. El aire es húmedo y opresivo. Escucho un goteo distante. Las paredes están hechas de concreto y, en vez de linóleo, el piso está cubierto con musgo que se vuelve más grueso y húmedo a cada paso. El sabor de la pistola permanece en mi boca, aderezado con un toque ácido de bilis. Partes de mi cara se están adormeciendo por el frío. Una vocecita en mi cabeza me grita que haga algo, que intente algo, lo que sea. Tan sólo no te dejes guiar como una oveja 35

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al matadero, un pie siguiendo obedientemente al otro. ¿Por qué hacérselo fácil a mi raptor? Fácil. Porque tengo miedo. Tanto miedo que apenas puedo caminar erguido. Y mis pensamientos están fracturados y vagan sin control. Ahora entiendo por qué las víctimas no pelean. No puedo imaginarme a mí mismo tratando de vencer a este hombre. Tratando de correr. Y aquí está la verdad más vergonzosa: hay una parte de mí que preferiría que acabe todo ya, porque los muertos no sienten miedo o dolor. ¿Significa que soy un cobarde? ¿Es ésa la verdad final que tengo que enfrentar antes de morir? No. Tengo que hacer algo. Salimos del túnel a una superficie de metal que está helada bajo las plantas de mis pies. Me agarro de un barandal de hierro oxidado que rodea una plataforma. Está más frío aquí, y la sensación de espacio abierto es inconfundible. Como si estuviera programado, una luna amarilla se arrastra por encima del lago Michigan, elevándose muy despacio. Su luz se derrama a través de las ventanas de una amplia sala, y es suficiente para ver todo lo que hay aquí sin necesidad de la linterna. Mi estómago se revuelve. Estamos de pie en el punto más alto de una escalera abierta con una caída de unos quince metros. Todo se ve como si estuviéramos dentro de un cuadro al óleo, la forma en que la antigua luz cae sobre una fila de generadores dormidos en la parte de abajo y la celosía de vigas sobre nuestras cabezas. Hay tanto silencio como en una catedral. —Vamos a bajar —me dice—. Ten cuidado en dónde pisas. Descendemos. Dos escalones antes de llegar al segundo descansillo de la esca36

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lera, giro con la linterna sostenida con fuerza en mi mano derecha, apuntando hacia su cabeza… … y no le doy. Mi propio impulso me lleva de regreso al lugar en el que empecé y un poco más. Pierdo el equilibrio y caigo. Aterrizo en el descansillo, de golpe, y la linterna se escapa de mi mano y desaparece más allá de la orilla. Un segundo después, la escucho explotar en el piso, unos doce metros debajo de donde estamos. Mi captor me mira detrás de la máscara inexpresiva, con la cabeza ladeada y la pistola apuntando hacia mi cara. Tras soltar el gatillo, da un paso hacia mí. Dejo escapar un gemido cuando su rodilla se encaja en mi esternón, y me clava en el descansillo. La pistola toca mi cabeza. —Debo admitirlo, me siento orgulloso de que lo hayas intentado —dice—. Fue patético. Lo vi venir a kilómetros, pero al menos caíste por el impulso. Retrocedo al sentir un piquete agudo en el cuello. —No te resistas —me dice. —¿Qué me inyectaste? Antes de que pueda responderme, algo se abre paso a través de mi sangre y barre mi cerebro como si fuera un tractor. Me siento imposiblemente pesado y ligero al mismo tiempo, mientras el mundo gira y se tuerce sobre sí mismo. Y entonces, tan rápido como me pegó, se va. Otra aguja se clava en mi pierna. Mientras grito, tira ambas jeringas por la orilla de la escalera. —Vámonos —me indica. —¿Qué me inyectaste? —¡Levántate! Uso el barandal para ponerme de pie. Mi rodilla está sangrando por la caída. Mi cabeza todavía está sangrando. Tengo frío, estoy sucio y mojado, mis dientes castañetean tan fuerte que siento como si se fueran a romper. 37

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Bajamos, mientras la endeble construcción tiembla por nuestro peso. Cuando llegamos al fondo, dejamos atrás el último escalón y caminamos entre una hilera de viejos generadores. Desde el piso, este cuarto parece incluso más inmenso. A medio camino, se detiene y alumbra con su linterna una mochila de tela que está apoyada contra uno de los generadores. —Ropa nueva. Apúrate. —¿Ropa nueva? No entien… —No tienes que entender. Sólo tienes que vestirte. Entre todo el miedo que siento, detecto también un temblor de esperanza. ¿Me va a dejar vivir? ¿Por qué otro motivo me está haciendo vestirme? ¿Tengo una posibilidad de sobrevivir a esto? —¿Quién eres? —le pregunto. —Apúrate. No te queda mucho tiempo. Me acuclillo junto a la mochila. —Límpiate primero. Dentro de la mochila, encima, hay una toalla, que uso para limpiarme el lodo de los pies, la sangre de mi rodilla y de mi cara. Saco un bóxer y unos jeans que me quedan perfectamente. Lo que sea que me haya inyectado, creo que puedo sentirlo ahora en mis dedos: una falta de destreza mientras tropiezo con los botones de una camisa a cuadros. Mis pies se deslizan sin esfuerzo dentro de un par de caros mocasines de piel. Me quedan tan bien como los jeans. Ya no tengo frío. Es como si hubiera un centro de calor en medio de mi pecho, que irradia hacia mis brazos y piernas. —También la chamarra. Tomo una chamarra de piel negra del fondo de la mochila y paso los brazos por las mangas. —Perfecto —me dice—. Ahora, toma asiento. Me siento contra la base de metal del generador. Es una enorme pieza de maquinaria del tamaño del motor de una locomotora. Se sienta enfrente de mí, con la pistola apuntando casualmente en mi dirección. 38

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La luz de luna llena el lugar, entra desviándose a través de las ventanas rotas allá arriba y envía haces dispersos que dan en… Marañas de cables. Engranes. Tubos. Palancas y poleas. Paneles de instrumentos cubiertos con calibradores y controladores rotos. Tecnología de otra era. —¿Qué pasa ahora? —pregunto. —Esperamos. —¿A qué? Descarta mi pregunta con un ademán. Una calma extraña se cierne sobre mí. Una sensación de paz fuera de sitio. —¿Me trajiste aquí para matarme? —No. Me siento tan cómodo así, apoyado contra la vieja máquina, como si estuviera por hundirme dentro de ella. —Pero dejaste que lo creyera —insisto. —No había otra alternativa. —¿Otra alternativa para qué? —Para traerte aquí. —¿Y por qué estamos aquí? Pero s��lo niega con la cabeza y mete la mano izquierda bajo la máscara de geisha y se rasca la cara. Me siento extraño. Como si estuviera viendo una película y, a la vez, actuando en ella. Un sopor irresistible se posa sobre mis hombros. Mi cabeza se hunde. —Deja que te haga efecto. Pero no lo hago. Peleo contra la sensación. Pienso en cómo ha cambiado el tono de mi captor, inquietantemente deprisa. Es como si fuera otro hombre, y la desconexión entre el que es 39

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ahora y la violencia que mostró hace unos minutos debería aterrorizarme. No debería estar tan tranquilo, pero mi cuerpo ronronea pacíficamente. Me siento intensamente sereno, profundo y distante. —Ha sido un largo camino —me dice, casi como una confesión—. Casi no puedo creer que estoy aquí sentado, mirándote. Hablando contigo. Yo sé que no lo comprendes, pero hay tanto que quiero preguntarte… —¿Acerca de qué? —De ti. De qué se siente ser tú. —¿Qué quieres decir? Duda antes de responder: —¿Cómo te sientes acerca de tu lugar en el mundo, Jason? Contesto despacio, deliberadamente: —Ésa es una pregunta interesante, considerando la noche por la que me has hecho pasar. —¿Eres feliz con tu vida? En este momento sombrío, mi vida me parece dolorosamente bella. —Tengo una familia increíble. Un trabajo que me llena. Estamos a gusto. Nadie está enfermo. Mi lengua se siente espesa. Mis palabras comienzan a sonar mal articuladas. —¿Pero? —Mi vida es genial —digo—. Es sólo que no es excepcional. Y hubo un tiempo en que podría haberlo sido. —Mataste tu ambición, ¿no? —Murió de causas naturales. Por descuido. —¿Y sabes cómo sucedió exactamente? ¿Hubo un momento en el que…? —Mi hijo. Yo tenía veintisiete años y Daniela y yo llevábamos juntos algunos meses. Ella me dijo que estaba embarazada. Nos divertíamos juntos, pero no había amor. O quizá sí lo había. No sé. Pero definitivamente no estábamos buscando empezar una familia. 40

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—Pero lo hicieron. —Cuando eres científico, el final de los veinte años es una época crítica. Si no publicas algo importante antes de los treinta, te sacan a pastar. Quizás es la droga, pero se siente tan bien estar hablando. Un oasis de normalidad después de las dos horas más locas que he vivido en mi vida. Yo sé que no es cierto, pero se siente como que, mientras sigamos conversando, nada malo puede pasar. Como si las palabras me protegieran. —¿Había algo importante en tus trabajos? —pregunta. Ahora tengo que concentrarme para mantener los ojos abiertos. —Sí. —¿Y qué era? Su voz suena distante. —Estaba tratando de crear la superposición cuántica de un objeto que fuera visible al ojo humano. —¿Por qué abandonaste tu investigación? —Cuando nació Charlie, tuvo complicaciones médicas serias. Las tuvo todo el primer año de su vida. Yo necesitaba mil horas en ambiente estéril, pero no podía llegar ahí con la suficiente rapidez. Daniela me necesitaba. Mi hijo me necesitaba. Perdí el financiamiento. Perdí mi momento. Por un instante fui el joven nuevo genio, pero en cuanto me tambaleé, otro tomó mi lugar. —¿Te arrepientes de tu decisión de quedarte con Daniela y hacer una vida con ella? —No. —¿Nunca? Pienso en Daniela y la emoción me inunda, acompañada del horror verdadero de este momento. El miedo regresa y, con él, una nostalgia de mi hogar que duele hasta la médula. Necesito a Daniela en este momento más de lo que nunca he necesitado nada. —Nunca. Y entonces estoy tirado en el piso, la cara contra el frío cemento, y la droga me está arrebatando de aquí. 41

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Él está arrodillado a mi lado, poniéndome sobre mi espalda, y yo miro, hacia arriba, la luz de luna que cae a través de los altos ventanales de este lugar olvidado, la oscuridad arrugada por parpadeos de luz y color como vacíos que giran, se abren y cierran entre los generadores. —¿La volveré a ver? —pregunto. —No lo sé. Quiero preguntarle por enésima vez qué quiere de mí, pero no puedo encontrar las palabras. Mis ojos se cierran contra mi voluntad, trato de mantenerlos abiertos pero es una batalla perdida. Mi captor se quita un guante y toca mi cara con la mano desnuda. Lo hace de un modo extraño. Delicado. Me dice: —Escúchame. Vas a estar espantado, pero puedes hacerlo tuyo. Puedes tener todo lo que nunca has poseído. Lamento haber tenido que espantarte hace rato, pero debía traerte aquí. Lo siento, Jason. Lo estoy haciendo por ti y por mí. —¿Quién eres? —digo sin voz. En vez de responderme, saca de su bolsillo una nueva jeringa y una pequeña ampolleta de vidrio llena con un líquido claro que, bajo los rayos de la luna, brilla como mercurio. Le quita la tapa a la aguja y extrae el contenido de la ampolleta dentro de la jeringa. Mientras mis párpados caen de nuevo, muy despacio, veo que se levanta la manga izquierda y se inyecta a sí mismo. Entonces tira la ampolleta y la jeringa sobre el cemento entre nosotros dos, y lo último que veo antes de que mis ojos terminen de cerrarse es esa ampolleta de vidrio rodando hacia mi cara. —¿Ahora qué? —susurro. —No me creerías si te lo dijera —me contesta.

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