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Juana Inés Dehesa

Manual del treintón

(que no entiende nada)

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MANUAL DEL TREINTÓN (QUE NO ENTIENDE NADA) © 2017, Juana Inés Dehesa Diseño de portada: Jazbeck Gámez Fotografía de la autora: @karla_diaz_m D.R. © 2017, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec C.P. 11560, Miguel Hidalgo, Ciudad de México Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2017 ISBN: 978-607-527-300-6 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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A mis amigos, que son impresentables, porque me han hecho lo que soy: impresentable.

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Índice

1. ¡Madres!, ya tienes treinta. Corte de caja, 11 2. Quick recon: dónde estoy, dónde esperaba estar y qué me toca A tu edad, tu papá y tus tíos ya…, 25

3. ¿Estoy jefe o soy mi jefe? Las expectativas con las que me educaron Tu papá dice que los hombres no se besan…, 41

4. Los mandilones de tus amigos se están casando, ¿será que ya te toca? Tus amigos. Ay, tus amigos, 57

5. ¿Hijos o nomás un perro? ¿De verdad quiero ser jefe de familia? ¿Para qué? De chiquito siempre quisiste tener hijos, 73

6. Pero qué necedad con lo de las citas A ver: ponte de acuerdo en lo que quieres, 89

7. Ventajas y desventajas de la independencia. ¿Por qué querrías casarte? Cuánto nos costó que te salieras de casa de tus papás, 105 9

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8. ¿Madre, esposa, cómplice o institutriz? ¿Qué busco en una mujer? Las sospechosas comunes, 121

9. ¿Guapa pero tonta, sexy pero loca o lista pero aguadona? Las complejas negociaciones de la mujer ideal No te me tires a la tragedia, criatura, 137

10.

¿Será que soy algoholic?

¿Ya quieres que hablemos del tema?, 153

11. Ah, caray, ¿y esta panza? ¿Será momento de empezar a hacerle caso a mi cuerpo? La tenue frontera entre ser sano y ser una nena Los deportes, sólo en la tele, 169

12. Los mitos de los hombres Tantas cosas que se dicen de ser hombre, 185

13. Nuevos mantras Fear is the path to the dark side, 201

14. A planear los próximos treinta. ¿Quién quieres ser, cómo y con quién? Abre tus brazos fuertes a la vida, 217

Agradecimientos, 233

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1 ¡Madres!, ya tienes treinta. Corte de caja

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egún yo, tú estabas de lo más preparado para tus treinta. Los ibas a pasar como quien pasa un tope y ya, sin pena ni gloria. Para nada ibas a vivir la crisis tremenda que me atacó a mí cuando yo cumplí treinta. Ya sé, ya sé, que mis treinta nos cayeron a todos de novedad porque —y no me lo tienes que repetir, gracias—, de entrada, sucedieron casi un año antes, cuando absolutamente nadie a nuestro alrededor estaba cumpliendo treinta y eso era algo que nada más no se hacía, como hablarle a la novia de tu amigo en la borrachera o pararte de la mesa sin al menos hacer la finta de dejar para la cuenta. Pero eso no es culpa mía, sino del sistema educativo: estúpida escuela que me hizo repetir primero de primaria sólo porque no sabía sumar; tendrían que haber sabido que nunca iba a aprender y que más les hubiera valido ahorrarse y ahorrarme tantos problemas. Aunque, ahora que lo pienso, eso hubiera implicado, tal vez, no conocernos y, desde luego, no compartir tantos bonitos años de primaria y secundaria juntos; está bien, perdono 11

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al sistema educativo y a la directora nazi que se emperró en que eso de sumar era importantísimo, todo sea por ti y por nuestra amistad. El caso es que, como todos sabemos, cuando yo cumplí treinta las cosas fueron muy distintas. Le dedicamos horas y horas, días y días, a planear el día. Le pedimos al novio de la Cuquis que nos reservara un piso completo del antro que regenteaba, invitamos a medio mundo (hasta me obligaste a escribirle a los impresentables a los que juré que nunca más iba a buscar, no lo puedo creer; todo porque una semana antes me había peleado con mi novio y tú estabas necio con que tenía que ampliar mis horizontes y darle un empujoncito a mi destino porque ya iba a cumplir treinta y, según me dijiste con esa delicadeza tan tuya que me ha llenado de traumas, llevaba años fijándome en puro perdedor y estaba a dos de que se me empezaran a ir todos los trenes). Me acuerdo que discutimos la música horas enteras; yo quería que predominara el pop ochentero por el cual mi mal gusto musical se ha vuelto legendario, tú querías algo más para bailar, porque, para variar, andabas saliendo con una chiquis nueva y te urgía demostrarle tus dotes de rey de las pistas. Al final, los del lugar pusieron a un disc jockey nefasto que nos recetó horas y horas de punchis-punchis y le valió un pepino tenernos enfrente dándole lata toda la noche para que cambiara la música. Según yo, terminamos tardísimo. Aunque pueden haber sido las dos de la mañana, porque si en algo estamos de acuerdo es en que soy una ñoña a la que le gusta levantarse temprano y ponerse la piyama a las diez. Pero sí debe de haber sido tarde porque ya sólo quedábamos tú y yo en el antro. Y el novio de la Cuquis, que ya tenía cara de que le urgía cerrar 12

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y olvidarse de nuestra existencia. Y nosotros, en la plática intensa y profunda, porque yo, para variar, estaba en crisis; no tengo idea ni de qué ni por qué, ni si era un asunto familiar o sentimental o de chamba, o qué (seguramente el pleito aquel con el novio aquel, eso debe de haber sido), pero lo que sí recuerdo como si lo estuviera viviendo, es que te tapaste la cara con las manos y me dijiste “Ay, Juana; deja de pensar que tus decisiones le afectan a todo el mundo y haz lo que te dé la gana; no eres tan importante”. Tantos años después, lo recuerdo claritito. Tal vez fue porque accedí a la barra libre nacional que nos paqueteó míster Cuquis, o tal vez porque fue un legítimo momento de iluminación, pero no puedo pasar por esa esquina de la Condesa sin que me venga a la mente y piense que, mal que bien, fue una frase que merecería estar grabada en algún sitio en letras de oro, porque a partir de ese día (bueno, a partir de dos días después de ese día, porque en el ínter me atacó una cruda francamente incapacitante) mis decisiones han estado marcadas por esas palabras. Creo que nunca has vuelto a tener tanto sentido de la oportunidad. Te viste como los grandes, pues. Por eso, cuando pienso en tus treinta, tengo la impresión de que te súper vi la cara y no te di nada a cambio de tu sabiduría tipo Yoda. Bueno, también es que no quisiste hacer nada; yo desde que faltaban seis meses empecé a darte lata con que qué íbamos a hacer y tú me mandaste al demonio. Te propuse millones de opciones, hasta las que a mí me daban ganas como de meterme debajo de las cobijas y no salir nunca, como rentar el salón de fiestas al que íbamos cuando éramos chicos y arriesgarnos a pescar un bicho súper maligno de las esporas de la alberca de hule espuma, ir todos a un 13

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campo de Gotcha, treparnos a una trajinera en Xochimilco con todo y mariachis; bueno, hasta estuve dispuesta a endeudarme todavía más y llevarte a Las Vegas. No escatimé ni recursos ni creatividad, que conste. Pero tú saliste con que tampoco era cosa de ponerse extravagante, que no era para tanto, que le bajara dos rayitas a mi entusiasmo y que con armar una comida (peda) enorme en el jardín de tus papás era mucho más que suficiente. Mataste todas mis iniciativas: los M&M’s con tu nombre, el pastel con tu foto, el video con testimonios de tus exnovias (ése era más para divertirme yo, la neta, pero dime si no hubiera sido un puntadón). Y al final nos quedamos, como todos los años, con la misma comida con tus mismos cuates de siempre en tu casa de siempre.

La lista de invitados Bueno, tus mismos cuates de siempre, más o menos. Aquello fue como pasar lista a las tropas napoleónicas pasadito Waterloo: uno tras otro, un montón de tus amigos fueron causando baja. Me acuerdo que el que más me pudo fue Pruneda. Cuando me dijiste que el baboso de Pruneda se había enamorado de una chiquis súper ruda que no lo dejaba ir a comidas y, mucho menos, como era su legendaria costumbre, terminar a las cinco de la mañana necio con que quería ir a ver el amanecer a Acapulco (si por él hubiera sido, más de una vez la hubiéramos seguido con fogata en la bahía y de ahí a la comisaría), ahí sí pensé que una época importante de nuestras vidas y nuestra juventud se había terminado para siempre; una fiesta tuya sin 14

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Pruneda era como Los Chamos sin Chayanne. O sea, un sinsentido y, casi, una pérdida de tiempo. Y lejos estaba de imaginar que el de Pruneda no iba a ser sino el primero de muchos casos similares e igualmente lamentables. Que una vez que me prendiera del hilo telefónico, el whatsapp y los correos electrónicos, iba a resultar que, por ejemplo, Juan sí iba, pero se tenía que salir temprano porque sólo tenía nana hasta las ocho y no había quien cuidara al bebé (después de que en tu comida de veintiocho nos hizo prometer a todos en la mesa que si lo veíamos con ánimo de reproducirse lo lleváramos de urgencia a la clínica del imss más cercana a hacerse una vasectomía, promesa que, obviamente, nadie le hizo buena y nomás nos presentamos al bautizo con cara de mustios); que Luis tenía que quedarse de guardia en su oficina porque su jefe estaba de gira de trabajo, pero si podía se daba una vuelta, y que Ramoncito tenía llamado, como siempre, y no creía salir antes de las doce de la noche. O sea, fatal. Y ni para qué hablamos de tus amigas. Porque, para empezar, no nos hagamos: yo soy tu única amiga. Por lo menos, la única con la que no has tenido ondas ni momentos de tensión romántica. Todas las demás son, antes que cualquier otra cosa, tus exnovias y sólo Dios sabe por qué, todavía te hablan, con todo y que con unas sí te has portado como perro, la verdad. Todas, cuál más, cuál menos, medio se hicieron las locas y dijeron que iban felices, pero con pareja (hasta crees que te iban a conceder la dicha de verlas solas y abandonadas; estoy segura de que más de una hasta rentó un estríper, con tal de presentarse del brazo de alguien). Lorena, esa que era veterinaria y de la que me (nos) reía (mos) porque hablaba con las 15

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hormiguitas, hasta me salió felizmente casada con un cuate que, además de guapo, es millonario y dueño de un par de caballos (lo conoció porque Lorena era la doctora de los caballos, te lo digo porque la chiquis hizo hasta lo imposible por colarlo en la conversación el día en que le hablé, supongo que porque le urgía que te pasara el mensaje de que, básicamente, de lo que te perdiste, así que yo cumplo y te lo paso), para que veas el favor que le hiciste dejándola ir. La única que de inmediato contestó que sí iba y que iba sola, y que me estuvo mensajeando horas a ver en qué me ayudaba y cómo se colaba hasta la cocina, fue Ingrid. Ay, Ingrid, hasta ternura me da: quiere tantísimo contigo y tú estás necio con no pelarla. Y no es nada mala persona, es razonablemente lista y bonita y no es tan cierto que tiene un ojo que se le va de vacaciones; es más, si supieras lo que te conviene ya le habrías hecho caso, pero no: en lugar de eso, insistes en invitarla a tus fiestas y dejarme a mí lidiando con ella porque le urge reclutarme para su causa y que nos hagamos las mejores amigas del mundo. Claro, hasta que llegó ese que dices que es tu amigo, el tal Pepe Castillo, que tenía toda la pinta de Godínez venido a más y que estaba necio en decirme “niña” y en preguntarme si siempre era tan seria. O sea, lo mismo que me ha preguntado las otras diez veces en que me he topado con él; en una jugada de maestrísimo, se lo endilgué a Ingrid y se hicieron los más amiguitos del mundo, a tal grado que yo que tú, le hablaba a Ingrid y me cercioraba de que no me anden pedaleando mis bicicletas, porque me late como que Pepe Castillo sí te anda dando baje con tu incondicional. Y ya que estamos en el tema, ¿qué onda con tus nuevos amigos de la oficina? O sea, ¿sí te das cuenta de que no 16

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sólo tienen como veinte años menos que nosotros (bueno, está bien, como cinco o seis) y que son casi todos unos tarados insoportables? ¿En qué momento me descuidé y te empezaste a llevar con ellos? Cuando me sales con esas cosas, con esos mocosos que todos se visten con la misma camisa azul de cuadritos, usan el mismo reloj y se hablan de usted el uno al otro, me siento tentada a darte la razón de que lo mejor que puedes hacer por tu bienestar emocional es abandonar tu chamba horrible de burócrata elegante y rogar por que te acepten en Unicef y te dejen salvar al mundo.

Tu mamá que me persigue, porque piensa que soy muy buena niña y le preocupa su retoño De hecho, sería buenísimo que te decidieras a salir con Ingrid, o con quien sea, nomás para que tu mamá sea el problema de alguien más. Yo creo que sufre de algún tipo de sordera selectiva, fíjate, porque llevo los últimos treinta años tratando de hacerle entender que, a pesar de que se esmera en procurarme y en desplegar sus encantos conmigo (cosa que le agradezco, porque es una gran persona), lo nuestro nunca va a evolucionar a algo más, sino que somos amigos y punto. Insisto: y punto. No de esos amigos de comedia romántica que un buen día se voltean a ver desde el fondo del vaso de su sexta cuba pintadita y dicen “zas, pues, ora que lo pienso, asco, asco, no me das”, ni mucho menos de ésos que ya hicieron un pacto y si para los cuarenta ninguno de los dos se ha casado (en las películas es a los treinta, ya sé, pero no se trata de darnos balazos en los pies, ¿verdad?) se arrejuntan; vamos, ni siquiera 17

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te pediría material genético, porque yo sí conozco a tu primo Lorenzo, ése que dicen que nomás tiene un ritmo más lento que el del resto del mundo, y a mí me disculpas, pero pongo la mano en el fuego por que ese muchacho trae algún problemita genético que nadie le ha diagnosticado. Me da lo mismo que me insistas en que es subsecretario de Gobernación y graduado en Harvard. Pero nada de esto lo entiende tu mamá. Al contrario: estoy segura de que en algún momento de nuestra adolescencia y lejana juventud les pidió a unas monjitas de ésas a las que les ayuda que rezaran por que Dios nos ilumine y nos casemos. Yo creo que por eso me tardé tanto en encontrar novio, caray; por el entusiasmo y empeño de las monjitas. Y no es lo único que hace, para nada: sus labores de Celestina van mucho más allá y curiosamente a mí me toca siempre ir a las comidas familiares y me llegan las llamadas más exóticas en la mitad de la semana para que le ayude con puras cosas que me cae que podría hacer sola o ayudada por tu hermana. Y, obviamente, tu fiesta de cumple, la fiesta del príncipe, no podía ser la excepción. Al día siguiente de que quedamos en que sí la ibas a hacer, ya me estaba mensajeando para torturarme con que qué sería bueno servir de comer y si todavía tenía el teléfono de ese chef que hacía tan buenísimos pasteles. Ni cómo explicarle que el chef era ése al que tú le decías el Pastelero Bigotón, ése que después de hacerme subir tres kilos a fuerza de rellenarme de fondant fosforescente y ganache con frambuesa, desapareció de la faz de la Tierra y me dejó desolada, prediabética y con una tirria invencible por cualquier postre más elaborado que un Gansito. En mala hora se me ocurrió llevarlo a presumir al cumpleaños 18

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de tu papá y provocar la adicción de tu mamá. Lo único que pude hacer fue decirle que el chef en cuestión se había caído muerto, víctima de una avellana que se le había atravesado en la tráquea y que sí, en efecto, qué pena y qué pérdida tan grandes. Lo cual, obviamente, no me salvó de que me pidiera que entonces la acompañara a buscar una tiendecita monísima en Coyoacán que le había recomendado una de sus amigas de la jugada de los lunes (eso de que tu mamá juegue pókar con sus amigas me pone muy nerviosa; me las imagino como Los Soprano, pero todas con suetercito abierto y collar de perlas). No sólo nos tardamos años en encontrar la tienda, porque la amiga de tu mamá no es exactamente una maestra en Historia y confunde a Matamoros con Morelos, sino que ya que llegamos ahí, fue pidiendo probaditas y no se estuvo en paz hasta que no probó un cachito de cada pastel que había en la tienda y, claro, me iba dando al grito de “A ver si aunque sea por el estómago la convenzo de que sea mi nuera”. Una tragedia.

Eso no porque me da una cruda horrible Y peor tragedia fue cuando tú a tu vez me arrastraste a que te acompañara a comprar el alcohol y demás cosas para la fiesta. Para empezar, no hiciste caso de ninguna de mis recomendaciones de comprar un jamoncito serrano bueno y unos quesos, me dijiste que ni que fueras una señora menopáusica y que con papas estaba bien. Yo te dije que a estas alturas de nuestra vida ya no estábamos para sentarnos frente a una bolsa de papas por todo alimento durante nueve horas, y tú dijiste que iba a haber 19

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tacos y que de todas maneras, si no, a las siete de la noche iba a empezar a ejercer mis encantos para convencer a alguien de que se lanzara a la tiendita de la esquina y me trajera papas (lo cual es absolutamente cierto; es más, todo el mundo sabe que guardas una bolsa extra dentro del congelador para que seguro nadie la encuentre y se la coma; es uno de tus grandes detalles aunque se me destemplen los dientes mala onda). Así que de nada sirvió que me quejara y te dijera que ya estábamos grandecitos para llenarnos la panza y las arterias de amarillo cinco y grasas poliinsaturadas; me dijiste de manera francamente salvaje que grandecita yo y que no te diera lata, que te dejara ser. Pero, a cambio, te pusiste súper nena cuando llegamos a la parte del chupe. Yo pensé que iba a ser como en todas tus comidas y que, por lo tanto, iba a ser todo velocísimo y fácil: millones de cervezas de las que fueran, litros y litros de Bacardí, coca y agua mineral y ¡listo!, íbamos a salir de ahí muy rápido y muy contentos. Pero no; ahora resulta que con los años no nos volvimos menos borrachos, pero sí más selectivos y melindrositos. Cuando vi tu lista, casi me desmayo: tequila bueno para tomar derecho; tequila chafa para las palomas; ron pero añejo y no Bacardí; dos marcas distintas de vodka para tus exnovias y sus estrípers y otras tantas de mezcal; ginebra; bourbon; whisky; coca zero; coca light; ginger ale; dos Boings de guayaba de litro (¿qué demonios?); jugo de arándano; quinas, y una caja de Perrier. Ah, y una botella de tinto mexicano, porque hay que apoyar a la industria. ¿Te acuerdas del cuentón? Hubiéramos podido pagar la deuda externa de todo Centroamérica y hasta nos hubieran dado cambio. Te comenté algo y me dijiste que ni modo, que aparentemente así eran las cosas cuando uno crecía. 20

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El día de la comida El día antes de tu comida me fui a dormir tempranito. Estaba exhausta: un preparativo más y estaba dispuesta a dar por terminada nuestra amistad y a mudarme a Alaska huyendo de tu mamá y de todas tus exnovias locas. Había pasado la tarde inflando globos y colgando serpentinas, porque aparentemente a tu señora madre nadie le ha clarificado tu año de nacimiento (pobre, pero sí de pronto se le patina cañón) y no era cosa de que yo me le pusiera al brinco y le dijera que los globitos los inflaba y los pegaba su abuela. Me dormí temprano porque… bueno, porque soy una ñoña, sí, pero también porque tenía cita en el salón a las diez para un paquete completo: desde depilación de cejas, porque ya estaban agarrando ondita como de Jack Nicholson en One Flew over the Cuckoo’s Nest, hasta manipedi, pasando por corte, peinado y todo lo que hiciera falta para que tus amigas esas a las que les caigo súper gorda y se ponen como Carrie cuando platico con sus maridos, sólo se refieran a mí como “esa amiga que tienes que no se ha casado” y no “esa amiga que tienes que, ¡obvio!, no se ha casado”. Y no te hagas, yo sé que así me dicen y que sí se ponen como Carrie, aunque me digas que soy una exagerada. Casi me da un infarto cuando sonó mi teléfono a la una de la mañana. Ya sé que la gente normal no duerme con el teléfono debajo de la almohada, ya lo sé. Pero es que, con la chamba que tengo, tampoco es cuestión de que se caiga el mundo a la mitad de la noche y yo no me entere; así, si se cae, escucho el aviso de mi teléfono, leo de lo que se trata y luego lo olvido completamente. O sueño que contesto correos y cosas así. La 21

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verdad, la verdad, ese día tenía el cel tan a la mano porque me urgía que me mandara un texto ese muchachito con el que andaba saliendo. Sí, el de mi trabajo que dices que es un pusilánime y que más le vale ser gay porque invierte mucho tiempo hablando de camisas como para triunfar en un mundo heterosexual, ése mero. Sí, ya sé que te dije que eso de que me gustaba había sido una cosa pasajera y ahora ya más bien me hacía gracia para platicar en el trabajo, pero la verdad es que te mentí de la manera más deshonesta y horrible para que ya no me siguieras molestando. Es que a veces sí eres muy latosito, la verdad, y ya de por sí mis prospectos se sacan muchísimo de onda contigo como para darles más motivos. Pero claro que esa noche no llegó un mensajito procedente del teléfono del pusilánime obsesionado con Thomas Pink. No. Sonó el maldito timbre de mi teléfono que en mis momentos buenos me da taquicardia y en la mitad de la noche ni te cuento y resultó que eras tú. Contesté perfectamente dormida. De hecho, me tomó un ratito enterarme de lo que estaba pasando y recuerdo que te pregunté más de una vez si yo te había marcado por error o qué demonios hacías metido en mi teléfono a esas horas. Luego, ya, fui despertando y me empecé a enojar porque estaba segura de que te habías ido de fiesta y te había dado por marcarme en un momento de arrebato alcohólico, como de pronto te pasa. Que te había dado por salir de la oficina y caerle a tus amigos en algún bar y ahora me hablabas para decirme que me querías mucho y que íbamos a ser amigos siempre, siempre. Y que si sería muy feo que me cayeran a seguirla a mi casa, porque ya era tardísimo y los habían echado de todos lados. 22

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Pero no, no era el caso. O sea, sí querías caer en mi casa, pero no porque fuera tardísimo ni porque anduvieras en busca de un sitio donde seguirla. Estabas en franca y absoluta crisis y querías hablar conmigo urgentemente. Estuve tentada a decirte que no, que no eran horas y que de todas maneras nos íbamos a ver en un ratito y me ibas a poder abrir tu corazón y hablar sin freno de tus sentimientos, pero como sí te noté medio ansiosito, hasta te dije que oquei, que te esperaba. Total, era rutina conocida (porque después de varias, hasta le agarré gusto a eso de despertarme en la madrugada, quitarme la piyama y sentarme contigo y tus amigos a tomar la última de ustedes y la primera mía hasta las seis de la mañana, la verdad), así que me puse unos jeans y una sudadera y me senté a esperarte con un plato de papas y unas cervezas. No tenía idea de cuál era el problema; supuse que una mujer de esas bien locas y bien intensas con las que luego te encaprichas (no digas que no; acuérdate de la que era bipolar y tú decías que cuando estaba en la manía era súper divertida hasta que un día nos persiguió por todo el Palacio de Hierro con un cuchillo de cocina), o también podía ser que estuvieras teniendo tu crisis del mes en la que ahora sí estabas dispuesto a renunciar y a olvidarte de los lujos en pro de una vida generosa y pródiga. Lo que sí nunca me pasó por la cabeza fue que, a esas alturas de la vida, me fueras a salir con que estabas viviendo una tremenda crisis de los treinta y que estabas seguro de que tu vida era un completo y absoluto desperdicio.

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En este ensayo sobre los retos, las decisiones y los conflictos que rondan a los hombres en el México contemporáneo, Juana Inés Dehesa aplic...

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