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EL INFORME ROJO William Ryan

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Edición: Martín Solares Imagen de portada: Manuel Monroy Diseño de portada: Diego Álvarez y Roxana Deneb EL INFORME ROJO Título original: The Twelfth Department Traducción: Fernanda Melchor © 2013, William Ryan D. R. © 2016, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Polanco Chapultepec Del. Miguel Hidalgo, C.P. 11560, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2016 ISBN: 978-607-735-942-5 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprograf ía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Hecho en México / Printed in Mexico

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Para Charlie

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Personajes

Doctora Irina Azarova: esposa del profesor Azarov Isaac Bábel: escritor de renombre y vecino de Korolev Sargento Belinsky: miliciano a cargo de la policía investigadora uniformada de la Casa de Liderazgo Blanter: agente de la Seguridad del Estado adscrito al departamento doce de la nkvd Doctora Zinaida Petrovna Chestnova: patóloga forense y amiga de Korolev Danilov: responsable de las operaciones de traslado del Instituto Azarov El Diácono: secuaz del conde Kolia Dubinkin: teniente de la nkvd. Nikolai Yezhov: comisario del Pueblo para la Seguridad del Estado y director de la nkvd Monsieur Hubert: representante de la embajada de Francia en Moscú Conde Kolia: líder del clan de los Ladrones moscovitas Capitán Alekséi Korolev: detective de la Brigada de Investigación Criminal (bic) de Moscú Yuri Korolev: hijo del capitán Korolev Valentina Nikoláyevna Koltsova: amiga y vecina de Korolev Natasha Koltsova: hija de Valentina Koltsova Kuznetsky: miliciano que asiste a Korolev Levschinsky: especialista forense de la bic de Moscú Lilova: sirvienta del doctor Shtange

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María Lobkovskaya: vecina de Korolev Galina Matkina: sirvienta del profesor Azarov Menchikova: residente de la Casa de Liderazgo Mishka: mano derecha del conde Kolia Pavel Morózov: supervisor del parque vehicular del cuartel de la Milicia y amigo de Korolev Petia el Persuasor: informante Inspector Popov: jefe de Korolev Priudski: portero original de la Casa de Liderazgo Coronel Rodinov: oficial decano de la nkvd Semión Shabalín: asaltante de bancos y gánster Doctor Arkady Shtange: subdirector del Instituto Azarov Anna Shtange: esposa del doctor Shtange Shura: sirvienta de Bábel y amiga de Korolev Nadezhda Slivka: detective novata de la bic de Odesa Spinsky: director del orfanato de la calle Vitsin Svalov: agente de la Seguridad del Estado adscrito al departamento doce de la nkvd Tambova: también conocida como Barrilito, celadora del orfanato de la calle Vitsin Timinov: portero sustituto de la Casa de Liderazgo Serguéi Ushakov: especialista forense de la bic de Moscú Vera: amiga de Valentina y trabajadora del zoológico de Moscú Doctor Weiss: vecino y colega del profesor Azarov Capitán Dmitri Yasimov: compañero de Korolev en la bic de Moscú Coronel Záitsev: director del departamento doce de la nkvd

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Prólogo

Los Estanques del Patriarca era uno de los sitios predilectos de Korolev en Moscú: un pequeño parque con una laguna cuadrada en torno a la cual —especialmente en una cá­ lida noche de verano como aquélla— hombres de camisas inmaculadas y mujeres ataviadas con largos vestidos se paseaban con parsimonia. En el extremo sur del parque se alzaba un pabellón rodeado de columnas en el que, por una cantidad razonable, cualquier ciudadano podía degustar un vaso de té y sentarse a contemplar a los patos. Había también un quiosco de madera, en el rincón que daba al oeste, donde vendían cerveza y kvas y, si uno sabía cómo pedirlas, bebidas todavía más fuertes. De haber tenido tiempo y un asunto menos acuciante que atender, pensó Korolev, no habría sido mala idea pedir un trago de vodka. Pero no podía darse ese lujo aquel preciso día ni en aquel momento. No con ese gánster al que había estado persiguiendo durante seis meses a punto de caer en la trampa que le había tendido. Necesitaba estar en su juicio. Ese Semión Shabalín era más escurridizo que una anguila untada en aceite, y sumamente astuto. Korolev y sus camaradas habían logrado atrapar a la mayoría de los integrantes de la banda de los Zorros Grises y ponerlos donde se lo merecían, pero Shabalín se les escapaba justo cuando creían que ya lo tenían. Y si bien casi toda el hampa moscovita se regía por ciertos códigos morales —que a menudo ellos mismos pasaban por alto, cabe decirlo—, los Zorros

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Grises no seguían ninguno. Con cada asalto que cometían establecían nuevos estándares de brutalidad y depravación, de tal forma que incluso los Ladrones —el clan organizado que controlaba el crimen en Moscú— sacudían la cabeza en desaprobación. Pasara lo que pasara ese día, Korolev había decidido que Shabalín no escaparía de aquel parque. Korolev caminaba por fuera de la reja del parque mientras Petia el Persuasor, su informante, recorría el sendero arbolado que se extendía en paralelo a lo largo del agua azul del estanque que reflejaba el cielo. Slivka iba unos pasos atrás de Petia; llevaba un lindo vestido blanco y su rubio cabello corto lucía casi dorado bajo el sol. Sus labios eran, tal vez, demasiado finos y su expresión demasiado severa, pero era una mujer muy atractiva, y Korolev vio cómo la cabeza de los hombres se volvía una tras otra para seguir el andar de la muchacha por el parque. Se preguntó si esos hombres se mostrarían tan entusiastas si supieran que aquella mano casualmente metida dentro del bolso de mano sujetaba la culata de un revólver reglamentario. Korolev echó un vistazo a su reloj. Si Petia no les había mentido, Shabalín se encontraría con él en la cuarta banca a la izquierda del pabellón, justo en un par de minutos. Se ajustó la máquina expendedora de boletos que se había echado al hombro —parte de su disfraz de conductor de tranvía disfrutando de un descanso— y, para sorpresa suya, se dio cuenta de que realmente deseaba que hubiera un sándwich dentro de la fiambrera de hojalata que llevaba, en vez de su pistola Walther. No cesaba de observarlo todo: examinaba a cada una de las personas que se le cruzaban, en busca de algo o alguien que pareciera fuera de lugar. Si las cosas marchaban como él esperaba, habría una breve escaramuza y Shabalín sería aprehendido. ¿Y si las cosas no marchaban según el plan? Bueno, si tenía que dispararle a Shabalín en una pierna, lo haría. Korolev tomó asiento junto a una anciana dama, a diez metros de la banca en la que Petia se había sentado. Slivka encontró sitio un poco más allá sobre el sendero, al otro extremo

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de la banca de Petia. Dos minutos más tarde, un vendedor de globos de aspecto vagamente familiar comenzó a pregonar su mercancía en las inmediaciones. Desde el lugar donde Korolev estaba sentado, el disfraz de Yasimov lucía poco convincente. Parecía que una de las puntas del bigote del detective estaba ligeramente más elevada que la otra, pero ya era muy tarde para remediarlo. Korolev suspiró, sacó su diario del bolsillo del abrigo y lo abrió, oteando los alrededores una vez más mientras lo hacía. Todo estaba en calma: un velero de juguete se movía lentamente en el agua y dejaba tras de sí una estela con forma de V, la única perturbación en la superficie del estanque. Era una tarde sofocante y el calor parecía fundirlo todo, haciendo incluso que los ruidos de la ciudad parecieran distantes. Se sorprendió a sí mismo bostezando mientras corría el pasador de su fiambrera para tener el arma más a la mano. De nada te servía tener una pistola si no podías sacarla rápido. El velero de juguete avanzaba y Korolev no tenía la menor idea de dónde tomaba impulso. No podía sentir nada en el aire, ni la más insignificante brisa, sólo el peso insoportable del calor. Se le ocurrió que, ya que no podía comer un sándwich, un helado sería lo más indicado para un día como éste. Bostezó de nuevo. Podía sentir cómo sus ojos se hacían cada vez más pesados. Se llevó una mano a la oreja para pellizcarla con fuerza. El dolor lo despabiló justo en el momento en que una manada de besprizorniki entraba caminando en el parque, llamando su atención. La mayor parte de aquellos niños de la calle iban descalzos y llevaban puestos pantalones cortos y camisas metidas bajo el cinturón o colgando de sus hombros desnudos, y la piel oscurecida como madera aceitada debido al largo verano. Caminaban con el pecho levantado y los hombros echados atrás, y al parecer nadie les había avisado que no eran los dueños de aquel sitio. A Korolev no le gustó nada la actitud de los chicos. Parecían predispuestos a la maldad: miraban directa e imprudentemente a los ciudadanos con quienes se cruzaban, y entre ellos

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se contaban chistes que iban un grado más allá de la simple picardía. Estaban en busca de problemas, no había duda de ello, y, en un momento de absoluta claridad, Korolev se dio cuenta de que el blanco que elegirían para sus diabluras sería, inevitablemente, el vendedor de globos de extraño aspecto y bigote torcido. —A veinte kopeks los globos rojos —anunciaba Yasimov, y su voz sonaba como el balido triste de la oveja que ha perdido a su cordero. Los besprizorniki se volvieron al mismo tiempo, como sabuesos que hubieran detectado un rastro. Sin decir una palabra se acercaron al infeliz detective y lo rodearon. —¿Veinte kopeks? ¿Veinte? ¿Por un globo que llenaste con tu propio gas? —dijo el líder, un bribón andrajoso que, Korolev estaba seguro, se convertiría en cliente frecuente de la Milicia de Moscú en un futuro. —Piérdete, crío, o sentirás la punta de mi bota —exclamó Yasimov y se volvió rápidamente cuando otro chiquillo tiró de su camisa a rayas estilo marinero que, por alguna razón desconocida, Yasimov había creído que le haría verse más rea­lista en su papel. —Dos por diez sería más justo, maldito especulador —dijo un esmirriado chico de pelo oscuro, con entradas prematuras y la nariz torcida. De una de las comisuras de su boca emergía un cigarrillo, y el mequetrefe sopló una bocanada de humo hacia el rostro indignado de Yasimov para enfatizar su punto. —Camaradas, yo digo que no sólo es un especulador —farfulló el líder—, yo digo que es un espía. Tiene ese aspecto sospechoso. —Lárguense de aquí, piojosos, o haré que se arrepientan de haber despertado esta mañana. Entonces estalló el primer globo, después de que el crío flacucho lo pinchara con la brasa del cigarrillo. Al mismo tiempo, como si el estruendo del globo hubiese sido una señal, una rápida serie de estallidos semejantes al fuego de ametralladora se oyeron del otro lado del sendero, donde un grupo diferente de muchachos había encendido una carrillera de petardos.

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La completa calma que había rodeado al detective mutó en un caos instantáneo, pero para Korolev, extrañamente, las cosas parecieron moverse en cámara lenta. Pensó que aquel maldito alboroto no podía ser coincidencia. Si todo aquello no era una distracción, él era una bailarina del Bolshoi. ¿Dónde estaba Shabalín? No le fue difícil hallarlo en cuanto miró a su alrededor: el sujeto estaba escalando la verja del parque, a menos de veinte metros de allí. Una vez en el jardín, Shabalín avanzó a paso rápido hacia Petia, con la mano metida en el bolsillo. Korolev estaba seguro de que no era un peine lo que llevaba ahí dentro. Petia reconoció a Shabalín, se puso bruscamente de pie y levantó las manos para defenderse. Korolev pegó la carrera y, justo cuando el brillo plateado del cuchillo de Shabalín se abalanzaba sobre el pecho de Petia, hizo oscilar la correa de la pesada máquina expendedora de boletos contra el hombro del gánster, en un golpe brusco que apartó el brazo de Shabalín poco antes de que la hoja lo hiriera, y lanzó el cuchillo varios metros más allá sobre el sendero. —¡Petia, maldito traidor! —gritó Shabalín, sujetándose el hombro mientras se retorcía y se zafaba de los intentos de Korolev por detenerlo. —Quieto, Shabalín —gritó Korolev, pero el líder de la banda se había alejado ya un par de pasos por el sendero. En algún lugar cercano, Yasimov hacía sonar su silbato y alguien llamaba a gritos a la policía. —Detente —exclamó Korolev— o disparo. Shabalín se volvió y por ello no alcanzó a ver el vestido blanco que se arrojó sobre él como un tren rápido. Slivka clavó su hombro —y cada gramo de su peso— en el pecho del criminal, que azotó como plomo contra el suelo mientras su cabeza rebotaba en el asfalto. Se quedó ahí tirado, completamente inmóvil —un fardo de miembros y ropas—, mientras Slivka gateaba hasta él para darle la vuelta y esposarle las manos por la espalda.

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—¡Siéntate! —exclamaba Yasimov, y Korolev se volvió para ver cómo Petia se derrumbaba sobre la banca y se llevaba las manos a la cabeza con expresión de arrepentimiento. Los globos flotaban entre las ramas de los árboles, arriba de ellos, y los últimos besprizorniki se dispersaron cuando el parque se llenó de uniformados. —Buen trabajo, camaradas —dijo Korolev. Se arrodilló para examinar al desmayado Shabalín. Parecía que todo había terminado; habían ganado la batalla. Puso la mano en el cuello del gánster para buscarle el pulso y se alegró de hallarlo. En vista de las circunstancias, el hecho de que nadie hubiera resultado muerto en la redada parecía un milagro. Korolev sacó un paquete de cigarrillos de su bolsillo, le ofreció uno a Slivka y encendió uno para él. Apenas iban a dar las cuatro de la tarde; tenía mucho tiempo para llegar a la estación. No podía haber un mejor augurio para la visita del pequeño Yuri a Moscú que haber puesto a Semión Shabalín tras las rejas.

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Capítulo 1

La estación Yaroslavsky se encontraba atestada e incómoda, pero Korolev se permitió sonreír al respirar el aire caliente y pesado. ¿Qué importaba todo, si en cuestión de minutos su hijo Yuri, de doce años, descendería del tren proveniente de Zagorsk? Hacía mucho calor. Incluso en la relativa frescura del vestíbulo principal, Korolev podía sentir cómo el sudor se acumulaba bajo sus brazos y se deslizaba por su espalda, al parecer en un flujo continuo; pese a ello, no podía ocultar la alegría que le burbujeaba por todo el cuerpo. Como fuera, ya no haría tanto calor y el clima se pondría más agradable. Idealmente se habría quitado la chaqueta, que en aquel bochorno se sentía pesada como un abrigo de pieles. Pero si lo hacía, los ojos de los ciudadanos presentes se fijarían en la Walther que llevaba en la sobaquera y se preguntarían si acaso Korolev era un chequista que acudía a la estación a arrestar a alguien, y también si acaso no terminarían siendo ellos los arrestados. Bien podía prescindir de ese tipo de atención. Deseó que el tren llegara a tiempo, o al menos con un retraso mínimo. Sólo había algo que le preocupaba insistentemente respecto a la visita de Yuri: lo inesperada que era. Había surgido de la nada. Días atrás, su exesposa, Zhenia, se había comunicado con él para preguntarle si podía hacerse cargo de Yuri por una semana; no le había explicado por qué y Korolev tampoco se lo

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había preguntado. En el momento se había sentido satisfecho de pasar toda una semana con el chico, a solas los dos. Más tarde, cuando lo reflexionó detenidamente, no pudo evitar otro tipo de reacción. Después de todo, él había amado mucho a Zhenia en la época en que fueron marido y mujer, y el amor siempre deja marcas en el alma de un hombre; por lo que no había nada que pudiera hacer al respecto. Fue por ello que, a pesar de que sabía que los planes de Zhenia no eran en absoluto de su incumbencia, no pudo dejar de sentirse un tanto mal ante la idea de que muy posiblemente su exmujer iría a pasar una semana con otro espécimen del género masculino y, además, en un sitio en el que su hijo no era bienvenido. No le tenía mala voluntad a Zhenia, por supuesto; estaba en todo su derecho. Pero aun así… Dos agudos silbidos procedentes de más allá de las vías despojaron los pensamientos de Korolev del cariz sombrío que habían tomado. En respuesta, los altavoces de la estación anunciaron la llegada del tren proveniente de Zagorsk. En menos de un minuto apareció en la lejanía, rodeado de vapor ondulante, y finalmente se detuvo antes de alcanzar los amortiguadores con un violento chirrido de frenos. En muy poco tiempo la plataforma vacía se atestó de pasajeros y una oleada de valijas y humanidad se agolpó en torno a él. Korolev se apostó junto al vagón del carbón y mantuvo bien abiertos los ojos en busca de un manojo de cabellos rubios y un rostro sonriente que apenas podía contener la emoción, pero no veía señal alguna de Yuri. La gente descendía y avanzaba, pero su hijo no aparecía, y después sólo quedaron los pasajeros rezagados y los empleados de los ferrocarriles. ¿Dónde estaba Yuri? Había niños en la multitud, pero todos iban con sus padres o su familia a la zaga. Zhenia había mandado al chico solo; había dicho que estaría bien, que el viaje no era tan largo. Pero Korolev sabía de sobra lo que podía pasar en el interior de un tren soviético, incluso a plena luz del día. Cosas que jamás le había contado a Zhenia. Se dio cuenta de que apretaba los puños y que el horror se filtraba lentamente en sus venas.

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Korolev caminó junto al tren con pasos cada vez más rápidos. Revisaba todos los compartimentos y empujaba a quienes se interponían en su camino. Para cuando alcanzó el cuarto vagón estaba casi seguro de que a Yuri le había sucedido algo. Y para cuando llegó al quinto y lo encontró vacío ya estaba convencido de que definitivamente algo le había ocurrido. En el último carro —y para entonces los empleados de la estación ya comenzaban a cerrar las puertas del tren— encontró lo que tanto buscaba: una pequeña cabeza, mechones de cabello rubio aplastados contra la ventanilla. Abrió el compartimento, temiendo lo peor. El chico estaba recostado en la esquina de un asiento doble, con una maleta casi tan grande como él sobre las rodillas. Pálido como la muerte, los ojos cerrados. Yuri. Korolev extendió la mano para tocar la mejilla de su hijo y se preparó para lo peor, pero estaba tibia. Korolev no se percató de que había estado conteniendo la respiración hasta que bajó la mano. Yuri dormía. Se sentó en el asiento de enfrente, sin saber bien a bien qué hacer. ¿Debía despertarlo? Lo examinó. Le calculó un metro y medio de altura, por lo menos. Era un chico apuesto, de boca fuerte y barbilla bien definida. Llevaba el cabello muy corto a los lados pero un poco más largo en la parte de arriba, donde se le rizaba. Alrededor de su cuello, por encima de la camisa blanca sin mangas, colgaba una pañoleta roja de los Pioneros. El anillo de bronce que la sostenía justo debajo de la barbilla lucía como si hubiera sido pulido a propósito para el viaje. Había cambiado, era la verdad. Su cara era más delgada y había crecido varios centímetros, aunque el cambio radicaba en algo más. A Korolev le parecía estar mirando una versión distinta del hijo que recordaba. En dos años lo había visto sólo una vez —tres días, en marzo—, e incluso en aquella ocasión únicamente había podido visitarlo por las tardes. Por supuesto, había cambiado. Era joven, eso era lo que los jóvenes hacían. Sólo los hombres de mediana edad como él permanecían más o menos iguales.

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Finalmente se inclinó y sacudió el hombro de su hijo hasta que éste abrió sorprendido sus ojos azules. El chico miró a Korolev, miró el carro y luego la estación mientras se incorporaba. Korolev lo escuchó murmurar una sola palabra (Moscú), antes de recostarse de nuevo contra el respaldo del asiento. —Yuri —dijo Korolev en voz baja. Esperaba que el chico sonriera, que hiciera la maleta a un lado y le arrojara los brazos al cuello, pero, en lugar de eso, la expresión de su hijo continuó embebida de melancolía y no dijo una sola palabra. Korolev se inclinó de nuevo para alborotar los cabellos del chico, procurando hacerlo con gentileza. —¿Estás bien? Yuri asintió, pero como si eso le supusiera un gran esfuerzo. Korolev lo miró largo rato; había algo que no andaba bien, estaba seguro. Sin duda era sólo cansancio. Y calor. Tomó la maleta de las manos de Yuri y rodeó al chico con su brazo. —Ven aquí, Yurochka —le dijo, y lo alzó contra su hombro. Se volvió para descender del carro y después colocar a Yuri sobre sus pies vacilantes. —Tenemos que caminar un poco, ¿podrás hacerlo? El chico asintió. —Yo llevaré la maleta, entonces. Se abrieron paso por la plataforma hacia la salida, en silencio. Yuri llevaba la vista clavada en el suelo, en dirección a sus pies, y ni una sola vez la alzó hacia su padre. Korolev se sentía casi tan confundido como él. Tomaron el tranvía hacia Bolshoi Nikolo-Vorobinsky. Korolev logró acomodar a Yuri en un asiento y permaneció de pie junto a él para protegerlo de los apretujones de la hora pico de la tarde. Yuri no lo miraba ni a él ni a los otros pasajeros; tampoco se había asomado por la ventana para contemplar la ciudad. Su mirada parecía vacua, fija en el vacío. Korolev extendió instintivamente su mano para acariciarlo, pero se contuvo. Debía ir despacio; había tiempo. Los dos debían familiarizarse el uno con el otro de nuevo, eso era todo.

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Tan sólo cinco minutos a pie separaban la parada del tranvía de la calle donde Korolev vivía. Yuri aún no había dicho nada, ni siquiera había saludado a su padre como era debido. Korolev se detuvo ante la puerta de los apartamentos y se inclinó hacia Yuri, de forma que el chico no pudo evitar mirarlo. Incluso en la penumbra de las escaleras notó un brillo anormal en los ojos azules de su hijo. —Escucha, Yuri, sé que estás cansado, me doy cuenta, pe­ ro estás a punto de conocer a quienes serán tus vecinas durante esta semana y quiero que hagas un esfuerzo, ¿sí? La mujer se llama Koltsova, Valentina Nikoláyevna. Korolev pronunció los nombres con claridad, pues creyó que sería más cortés que el chico empleara tanto el nombre de Valentina como su patronímico, al menos hasta que entraran en confianza. Yuri asintió para indicarle que había memorizado el nombre completo. —Su esposo fue ese ingeniero famoso del que te hablé, el que murió en el accidente del metro. —Lo recuerdo. La voz de Yuri, cuando finalmente habló, pareció más un graznido. —Bien. Su hija se llama Natasha. Es un tanto más joven que tú e igualmente una excelente persona. Miembro de los Pioneros, igual que tú. Las dos son personas maravillosas, no podría pedir algo mejor. Así que quiero que hables alto y fuerte y que las trates como las excelentes camaradas que son, tal como el camarada Stalin lo esperaría de un magnífico ejemplar de la juventud socialista. Yuri pareció despertar con esas últimas palabras y por primera vez en toda la tarde prestó atención absoluta a Korolev. —Por supuesto —dijo. —Bien. Korolev se incorporó, metió la llave en la cerradura y dio un golpe en la puerta mientras la abría. —Ya llegamos —anunció. —Pasen, pasen —dijo Valentina mientras salía apresurada

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de la pequeña cocina y se secaba las manos con el delantal. Tenía las mejillas encendidas por el calor. A Korolev le pasó por la cabeza que nunca la había visto con un delantal. —Preparamos un pastel —dijo—. Queríamos hacer algo especial para Yuri. —Un pastel de durazno —dijo Natasha, al tiempo que aparecía a un lado de su madre, con una sonrisa en la cara—. Yo hice la fila. Quiero decir, para conseguir los duraznos. —No logramos conseguir todo lo que necesitábamos —Valentina se llevó un dedo a la barbilla mientras consideraba esto—, pero creo que estará bien. Huele bien. —Sí, huele bien —afirmó Yuri y, como todos los presentes, Korolev se sintió complacido de que su hijo sonriera. Valentina se acercó para abrazar al chico. —Yuri, estamos muy contentas de que estés aquí. —Gracias, estoy contento de haber venido. Yuri alzó la mirada hacia Korolev, quien asintió de forma aprobatoria. —Sí, camarada Yuri, compañero Pionero —dijo Natasha, y tomó la mano de Yuri en las suyas y la sacudió vigorosamente—. ¡Bienvenido a Moscú!

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Moscú, 1937. El capitán Alexei Korolev, investigador de la policía soviética, recibe la encomienda de hallar al asesino de un científico que...

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