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LADRÓN DE CADÁVERES Patrícia Melo


LADRÓN DE CADÁVERES Patrícia Melo


Obra publicada com o apoio do Ministério da Cultura do Brasil / Fundação Biblioteca Nacional

Obra publicada con el Apoyo del Ministerio de Cultura de Brasil / Fundación Biblioteca Nacional

Editor de la colección: Martín Solares Diseño de portada: Diego Álvarez y Roxana Deneb Ladrón de cadáveres Título original: Ladrão de cadáveres Traducción: Juan Pablo Villalobos © 2010, Patrícia Melo Publicado según acuerdo con Literarische Agentur Mertin Inh. Nicole Witt e. K., Frankfurt am Main, Germany D.R. © 2015, Editorial Océano de México, S. A. de C. V. Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, piso 10 Col. Lomas de Chapultepec Miguel Hidalgo, C.P. 11000, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2015 ISBN: 978-607-735-622-6 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprograf ía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Hecho en México / Impreso en España Made in Mexico / Printed in Spain


Para Pedro Henrique


Primera parte El cadรกver


Los cadáveres no soportan ser nómadas. Tomás Eloy Martínez


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Nos pudrimos de calor. Oigo pasos en la azotea de al lado, pero no tengo fuerzas para gritar. Susurran, tropiezan y rompen alguna cosa. Ríen. Abajo, el taller de bicicletas está cerrado. Los niños del barrio, en manada, se divierten espiando a los vecinos. Suben a los tejados, trepan a los árboles, se meten por las troneras. Escucho a lo lejos el ruido de los carritos avalancha que rasgan el asfalto. Silban. Pinches indios de mentiritas, dice Sulamita, mientras se levanta desnuda y va al baño. Abajo, la vieja grita. La india. Apenas ayer me contó que sabe trenzar palma de acuri.1 Sulamita se enoja cuando se queda a dormir. Dice que tengo que conseguir trabajo, salir de aquí, buscar otro barrio. Indios de mierda, repite. A mí me gusta el lugar. Y Corumbá. Y ya me acostumbré a los niños, que muchas veces se aprovechan de mis salidas para revolver mis cosas. Además, la india vieja me cae bien y me acuerdo de ella cuando salgo a pescar. Oigo a Sulamita llenar una cubeta de agua en el baño. No hagas eso, le digo, en vano. De puntitas, se aproxima a la puerta y sorprende a los niños, de espaldas, trepados en la ventana. La palmera de acuri es la planta usada tradicionalmente por los indios guató.

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Oigo a los niños que corren, gritando y riendo, después del baño que recibieron. Sólo en ese momento abro los ojos. Es domingo.


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El reportero dice: treinta y tres mil jóvenes morirán asesinados en los próximos cuatro años. Imagino a un policía disparándoles. Los negros. Ejecutados por la espalda, imagino. Los pobres. Veo la masa encefálica embarrada en la pared donde ocurre la matanza. Y los bordes de las heridas. El reportero dice: los muertos, de acuerdo con las estadísticas, serán negros y mulatos. Alguien tendrá que lavar las calles, pienso. Me gusta meterme a mi camioneta roja destartalada, encender la radio y, en la comodidad de la monotonía, después de haber tomado una ducha fría y de haber bebido un café cargado, oír al locutor hablar de la caída de las bolsas por todo el mundo, matanzas, terremotos, ataques de los talibanes, secuestros, inundaciones, homicidios, pandemias, violaciones y embotellamientos kilométricos. Eso me tranquiliza. Forma parte de mi recuperación pensar de esta manera. Oigo todo con la sensación agradable de que no estoy en el punto de mira de nadie, estoy fuera de las estadísticas, no soy rico, no soy negro ni musulmán, eso es lo que pienso, estoy a salvo, protegido dentro de mi camioneta, mientras me dirijo a Vila dos Remédios y entro en la Carretera Antigua, siempre con la ventanilla abierta, para sentir el olor del campo que invade mis narinas. A veces Sulamita duerme en casa y, esos días, echo a andar mi antivirus particular al escuchar sus historias sobre lo que sucede en la delegación de policía donde trabaja como auxiliar administrativo. Incautaciones de droga, órdenes de aprehensión,


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batidas, corruptelas y fraudes. La gente se jode a montones, ésa es la verdad. Hoy, mientras comíamos pan fresco, me contó de una mujer que llegó a la delegación con un cuchillo enterrado en el oído. Así empecé aquel domingo. Hasta aquí, sin problemas, me digo a mí mismo. Por lo menos no tengo cuchillos en el oído. Ahí la llevamos. Todo bajo control, cambio. Estacioné en el primer puente, bajé a la boca del canal y me quedé ahí, oyendo el croar de las ranas y pensando a dónde iría a pescar. Me acordé del día en que fui con Sulamita en bicicleta hasta la gruta. Una idea de asno, dijo Sulamita. El camino estaba encharcado por las inundaciones, el lodazal llegaba a los tobillos. Sulamita iba quejándose durante el trayecto, mientras empujaba la bicicleta. Luego tomamos un baño en las aguas heladas de la gruta. Desde aquel puente casi no se veía ningún bicho, ni siquiera capibara o caimán, debido a las haciendas de los alrededores. Algunos tucanes y cuervos sobrevolaban la vegetación baja, buscando alimentos en las pozas de agua que reflejaban la luz del sol. Hacía tanto calor que los camiones que transportan ganado en la región no se arriesgaban. El sudor me escurría por el rostro. Volví a la camioneta y me metí al matorral, entre los carandays. Seguí hasta donde la brecha lo permitía, llevando mis artícu­los de pesca, una hielera con cerveza, carrete, caña y anzuelo, y un poco de harina de mandioca. Luego de dejar la camioneta estacionada bajo un árbol, hice una caminata hasta el río Paraguay, con mi material de pesca y la red. No sé cuánto tiempo caminé. Mi cabeza pulsaba bajo el sol. En el trayecto me detuve en la boca de la gruta, la misma que había visitado con Sulamita. Exhausto, me quité la ropa y me quedé flotando mucho tiempo, sintiendo cómo el cuerpo se refrescaba, hasta que mi cabeza paró de latir. Recuperado, seguí la brecha hasta el río. Era el mes de enero, cuando los peces suben en cardumen para desovar en la cabecera de los ríos. En esta época, la pesca


está prohibida, no se puede usar esparavel, red, ni trampas de varas. La ventaja es que el lugar es todo tuyo. Me senté, abrí una cerveza, y fue uno de esos domingos tranquilos, soleados, en que el pensamiento vaga sin rumbo ni preocupación. Pasé la tarde así, medio mareado por la cerveza, viendo el río correr. Una brisa tibia soplaba en mi cuerpo. Pesqué lo que era posible cargar en la caminata de vuelta a la camioneta. Dos pacus, un pintado y tres bogas, menos de diez kilos. Después me tiré debajo de una sombra, comí un poco de harina de mandioca y cerré los ojos, esperando que la temperatura bajara para volver. No sé cuánto tiempo dormí. Soñé que tenía que registrar extensiones y coordinar a las telefonistas a través del sistema de radio, cambio. Hacía un montón de tiempo que todo había terminado y el radio seguía en mis pesadillas. Desperté con taquicardia al oír un ruido de motor. Miré al cielo y vi a la aeronave que volaba bajo, pensé que era alguien que tomaba fotografías aéreas. No sé bien cómo sucedió. De repente, una explosión y el avión se sumergió en el río Paraguay, como un ave pescadora.

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3 La nariz del avión monomotor estaba sumergida en la parte más estrecha y recortada del río, un trecho no navegable, en cuyo lecho raso una de las alas había quedado clavada. Del motor salía una humareda oscura. Me quité los pantalones, los zapatos deportivos, entré al río y nadé hasta la aeronave. El nivel del agua estaba un poco arriba de mi cintura. En cuanto subí al fuselaje avisté al piloto, un tipo grande, joven, con una cara huesuda. La sangre chorreaba a presión de una herida en la cabeza. Forcé la puerta derecha, parcialmente fuera del agua, y entré. Le dije al piloto que no se preocupara, que lo llevaría a mi camioneta y pediríamos ayuda usando mi celular. Tienes mucha suerte, afirmé, mientras lo desprendía del cinturón de seguridad, mucha suerte de verdad, desplomarse del cielo y seguir vivo. Fue en ese momento cuando se desconectó, mientras le decía que era un tipo privilegiado. Antes soltó un suspiro sofocado, casi un gemido. Chequé su pulso, cero. Una sensación de pavor se apoderó de mí. El agua comenzaba a entrar a la aeronave. Abrí la puerta del lado derecho, para evitar que fuéramos arrastrados, sin mucha seguridad de que mi raciocinio fuera correcto. Jadeante, tragando agua, nadé de vuelta a la orilla, ahora con miedo de las pirañas. Intenté conectar el teléfono celular que estaba en el bolsillo de mi pantalón, no había señal. Regresé al avión, entré a la cabina y me senté en el banco del copiloto. Me quedé algunos minutos oyendo cómo el agua batía en el fuselaje, pensando qué hacer. Quizá lo mejor fuera sacar al


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muchacho del río. No había, sin embargo, la menor probabilidad de cargarlo hasta la camioneta. Era más fuerte que yo, el muchacho, quizá pesara unos ochenta kilos. Podría arrastrarlo hasta la camioneta. La idea me perturbó. Cargar un cadáver. También se me ocurrió que sería lo mismo dejarlo ahí, hasta el rescate. Desde la carretera, yo podría llamar a la policía. En menos de tres horas llegarían. Volví a checar el pulso del muchacho. Fue entonces que descubrí la mochila de cuero, presa por el asa, atrás del asiento. Adentro encontré un paquete inconfundible, de esos que ves en la televisión, en reportajes sobre incautaciones de drogas. Una masa compacta y blanca envuelta en un plástico grueso lacrado con cinta adhesiva. Hice un pequeño agujero en el embalaje y probé el polvo restregándolo en mi encía. No era un entendido en el asunto, pero tampoco era un lego. Hasta mi lengua quedó anestesiada. La garganta también. Me puse a pensar en el puesto de policía por el que tendría que pasar, rumbo a Corumbá. La idea de un montón de dinero hizo que no tardara ni un minuto en tomar la decisión. No sé quién fue el que dijo que el hombre no es honesto por mucho tiempo cuando está solo, pero es la pura verdad. Con el mismo ímpetu, quité el reloj de la muñeca del piloto y me largué.


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Hasta hace un año yo era gerente de telemarketing en una central en São Paulo, era el responsable de la venta de aparatos para hacer ejercicio, de esos que doblas, metes debajo de la cama y no vuelves a usar. Antes había vendido cosas peores, como tarjetas de crédito, filtros de agua y fajas para adelgazar. Vivía al límite, ahogado de café, corriendo por los pasillos de la oficina como un conejo asustado, preparando reportes y coordinando equipos de ventas a través de un sistema de radio, siempre con la sensación de que no iba a dar la talla. Una parte de mis responsabilidades era enseñar a las nuevas operadoras a utilizar powerpoint, word, excel y outlook, una capacitación pesada y larga que invariablemente disparaba mis crisis de jaqueca. Acababa de preparar a una empleada muy joven e inexperta, y en su primer día de trabajo, por la mañana, cuando fui a monitorear sus primeras llamadas, noté que estaba articulando las palabras con dificultad. Eso, después del camino lleno de piedras de la capacitación. ¿Qué traes en la boca?, le pregunté. Y entonces me mostró el piercing que se había puesto en la punta de la lengua el día anterior. Lo que me mató fue su expresión, sonreía, avergonzada, como si hubiera hecho una travesura. O como si fuera posible trabajar de esa manera, sibilante, escupiendo las palabras a personas que no quieren hablar con nosotros, que nos cuelgan en la cara en cuanto se dan cuenta de que se trata de ventas. ¿Ventas?


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Adiós, dicen. No estoy interesado. No quiero comprar nada. Y nos cuelgan el teléfono en la cara. Y ella, mi empleada, con un piercing en la lengua. ¿Cómo vas a hablar con nuestros clientes?, le pregunté. Sonrió, intimidada, inclinando la cabeza hacia atrás. Sólo me acuerdo de una ola de odio que subió por mi cuerpo y del golpe seco que le di. Todos creían que yo era un tipo tenso, pero controlado. Hasta yo pensaba así. Lo primero que se me ocurrió en ese momento fue que nunca entendemos cómo una persona responsable y trabajadora saca un arma y mata a un automovilista en una pelea de tránsito. La verdad es muy sencillo. Sucede de la misma manera en que yo abofeteé a mi empleada. El arma está ahí, en la guantera. De repente, un chamaco se te cierra en una esquina, saltas del coche y le das un tiro en la cabeza. Así de sencillo. Me llevé a la muchacha de inmediato a mi oficina, ella estaba asustada, yo más, toma agua, le dije, siéntate aquí, agarra un klínex. Le pedí disculpas de todas las maneras posibles. Pero era yo el que no me conseguía perdonar, mucho menos entender cómo había sido capaz de reaccionar de aquella manera con la muchacha. Se quedó callada, con los ojos en el suelo. Como un perro apaleado. Sólo tenía ese vestido negro, roto, desde el primer día de capacitación venía a trabajar con él. Una muchacha aseada y raída. Pálida. Parecía una botella de agua. Vacía. Estás cansado de ver personas como ella por ahí, son de lo más común. Las ves en la parada del camión con un bolso corriente, apretando los botones del elevador, vendiendo boletos en el cine. Aquel día, ella intentaba no explotar en un llanto convulsivo delante de mí. ¿Puedo ir al baño?, me preguntó. Los dos ahí, uno frente al otro, yo no sabía qué hacer. Perdóname, le dije. Perdóname mil veces. Le ofrecí mi baño, los gerentes tenemos ese privilegio, pero ella prefirió usar el de los empleados. Volvió cinco minutos después, sin el piercing, con la cara lavada, pidió permiso para regresar a su mesa. Los días siguientes fueron terribles. Era como si los dos hubiéramos cometido un crimen. Había un ambiente tan pesado


entre los dos que ella ni alcanzaba a decirme buenos días. De tanto remordimiento e incomodidad, yo evitaba incluso pasar cerca de su mesa. Esperaba que ella me denunciara. Por la noche, en la cama, no dormía, pensando en esa posibilidad. Pero ella no me denunció. Eso duró una semana. Al octavo día, la muchacha no apareció. Cuando vi su silla vacía, tuve un mal presentimiento. Al rato, alguien de la familia telefoneó y supimos que se había tirado de un décimo piso. En el entierro vi de lejos al marido, de pelos parados y facha exótica, con argollas en la oreja y en la nariz, cargando a la hija de dos años. No fue por mi culpa, lo sé. Ella ya estaba avistando el abismo. Yo nada más le di el impulso para que saltara. ¿Quién era esa muchacha?, preguntó mi jefe cuando regresó de viaje y se enteró de la noticia. Días más tarde, todas las vendedoras conocían la historia de la bofetada y se rehusaban a recibir mis órdenes y a hablar conmigo. La noticia se diseminó como un virus por el edificio y alrededores. Empleados de otros pisos, de otras empresas, me volteaban la cara en el elevador o en la cocina económica donde comía todos los días. Es él, cuchicheaban, cuando yo pasaba. Fue por su culpa, decían. La bofetada. Me volví una especie de celebridad. El tipo de la bofetada. Yo era la peste, el demonio. Alguien escribió en la pizarra de comunicación de la central: “Monstruo sin corazón, ¡fuera!”. No me queda de otra, me informó el gerente general cuando me despidió. Luego caí en picada. No conseguía salir de la cama y tomaba tantas pastillas para dormir que parecía una máquina que conectaban y desconectaban. Estás fatal, me dijo mi primo Carlão, cuando, de casualidad, me visitó en São Paulo. De casualidad me invitó a pasar un tiempo con él. Fue así como me mudé a Corumbá. De casualidad.

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