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Vivir en armonía Durante todo el año (y toda a la vida), la salu salud está vinculada a un estilo de vida saludable que debe incluir una dieta equilibrada lo más variada posible y la práctica de actividad física de forma habitual. Pero, además de movernos y comer bien, para vivir en armonía deberíamos considerar otros aspectos que forman parte de nosotros mismos y que están íntimamente relacionados con nuestro entorno. En este sentido, pocos fenómenos naturales influyen tanto en nuestra vida cotidiana, e incluso en el curso de la historia, como las estaciones del año. Según las sucesivas alturas que va alcanzando el sol sobre el horizonte en su movimiento anual, se distinguen las cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Cuando el astro pasa más alto sobre el horizonte, el clima es más caluroso y estamos en verano. En cambio, cuando su transcurso es más bajo, las temperaturas son más frías y estamos en invierno. Estas variaciones cíclicas en la intensidad de la energía solar marcan los diferentes ritmos que sigue, desde siempre, la naturaleza y, por tanto, nosotros también. Sin embargo, muchas veces no nos percatamos de cómo nos afectan porque en la actualidad vivimos en un medio muy artificial. Sí, ahora estamos inmersos en una sociedad con un alto grado de tecnología y desarrollo científico, donde cada día se producen innumerables acontecimientos que no llegamos ni siquiera a asimilar por la rapidez con la que se dan. Esto nos lleva a vivir muy de cara al exterior, de manera que tenemos muy desatendida nuestra propia esencia natural y llegamos incluso a olvidar la estrecha relación que nos une con el medio ambiente. Pero, concientes

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o no de ello, somos parte integrante de la naturaleza y, por tanto, nos regimos por las mismas leyes que la gobiernan a ella. Por este motivo, no constituyen un misterio preguntas como: ¿por qué al comenzar la primavera nos sentimos apáticos a la vez que nos entran las prisas por disfrutar del sol?, ¿por qué en verano estamos más optimistas y alegres?, ¿por qué en otoño se disparan las depresiones?, ¿cómo es que en cada invierno aumentan espectacularmente las gripes y los resfriados? Preguntas que tienen su explicación en el devenir de los ciclos naturales. El objetivo de este libro es mostrar algunas pautas que nos ayuden a percibir y entender cómo nos afectan las distintas estaciones. A medida que recuperemos la conciencia sobre nuestra naturaleza, nos conoceremos mejor y nos sentiremos más conectados con nuestro interior, así como con todo lo que nos rodea. Bien vale la pena que, ahora que estamos tan desconectados de nuestro medio natural, hagamos un esfuerzo para seguir escuchando y respetando el ritmo de la naturaleza (como ha hecho siempre la Humanidad), porque así nos resultará más fácil mantener la salud y el equilibrio.

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Las estaciones y la alimentación El cambio es un proceso inherente a nuestras vidas. Sin embargo, sentir hoy el ritmo que marca la naturaleza no nos resulta tan evidente como antes, ya que muchos de nosotros vivimos en ciudades rodeados de un universo tecnológico e industrial que nos dificulta tomar conciencia de nuestra esencia natural. Pero, aunque no nos demos cuenta, seguimos rigiéndonos al son de los ciclos naturales. Cuando no los respetamos, caemos en un mayor desgaste que, tarde o temprano, nos debilita. Y la alimentación es uno de los aspectos de mayor peso que deberíamos adecuar a las características propias de cada estación. Los distintos alimentos que componen nuestras comidas tienen como función aportarnos la energía y los nutrientes precisos para que nuestro cuerpo funcione. Así que una dieta sana y equilibrada es un pilar fundamental para gozar de buena salud. Es cierto que estamos capacitados para comer de todo sin consecuencias inmediatas. Pero nos conviene sentir y respetar lo que nos dicta nuestra capacidad innata de adaptación y alimentarnos en consonancia, basándonos siempre en la variedad, la moderación y el equilibrio.

Variedad y equilibrio con alimentos de temporada Asegurar una alimentación variada y equilibrada es mucho más fácil de lo que creemos. Para ello no necesitamos buscar alimentos caros ni raros, ajenos a los que siempre han formado parte de nuestra tradición. Basta con recuperar los platos de siempre, como los que guisaban nuestras abuelas, pero aprovechando los avances culinarios que ahora tenemos a nuestro alcance.

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Nuestra alimentación tradicional era sencilla y no hacía falta buscar lejos los alimentos. Estaba basada en los alimentos locales, propios de cada temporada. Las recetas se preparaban con las técnicas más adecuadas para cada estación con el objetivo de satisfacer las necesidades que surgían según el momento climático. Era una cocina que permitía vivir en armonía con el entorno. En invierno primaban las recetas calientes y reconfortantes para combatir el frío; en primavera, platos más ligeros y llenos de color con el fin de celebrar la llegada del sol; en verano, las ensaladas y las comidas informales al aire libre; y en otoño, guisos calentitos en los días grises y preparaciones más ligeras para los soleados.

Más frutas y verduras Muchos de nosotros comemos menos vegetales frescos que antes. Sin embargo, deberíamos tomar como mínimo dos raciones de verduras y tres piezas de fruta diariamente porque estos alimentos nos proporcionan una buena cantidad de minerales, vitaminas, fibra y elementos fitoquímicos (la mayoría de estas sustancias son potentes antioxidantes) que nos nutren y protegen de la enfermedad. Lo ideal es aprovechar las variedades que ofrece la temporada, ya que estas son las más sabrosas y las que nos aportan todos los compuestos que necesitamos para afrontar las peculiaridades de cada estación. Del mismo modo, en cualquier época del año nuestra dieta debe incluir cereales integrales (arroz, pan, avena…), legumbres (lentejas, alubias, garbanzos…) y frutos secos (nueces, almendras, avellanas…). Por sus características, estos alimentos se encuentran disponibles durante todo el año, así que no supone ningún problema

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contar con ellos. Nos aportan energía, fibra, vitaminas, minerales y sustancias antioxidantes, entre otros nutrientes.

Menos grasas saturadas Una alimentación sana y equilibrada, además de contar con los vegetales de la estación, debe limitar los alimentos con un alto contenido en grasas saturadas porque su exceso está relacionado con el desarrollo de enfermedades cardiovasculaares, entre otros problemas de salud. Las grasas saturadas se encuentran en las carnes grasas, los embutidos, los lácteos enteros, la mantequilla... así como en los aceites vegetales de coco y de palma, presentes en muchos productos precocinados y en la bollería y la pastelería industriales. Asimismo, hay que reducir el consumo de grasas trans, que en el organismo se comportan de forma similar a las saturadas. Estas se encuentran en margarinas, salsas comerciales, bollería y pastelería industriales, fritos… Por otro lado, además de disminuir el consumo de los alimentos citados, conviene, tanto para cocinar como para aliñar, utilizar siempre aceite de oliva virgen. Este aceite ejerce un importante papel preventivo y terapéutico en el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares, además de que aporta otros muchos beneficios para la salud. Aunque sus efectos se atribuyen mayoritariamente a su elevado contenido en ácido oleico (monoinsaturado), distintos estudios han puesto de manifiesto la importancia de las sustancias antioxidantes (vitamina E y polifenoles) que también contiene. Y, por supuesto, en la dieta de cualquier temporada no pueden faltar ni el pescado (azul y blanco) ni las nueces, ya que son ricos en ácidos grasos omega 3. Este tipo de grasa poliinsaturada tiene propiedades cardiosaludables y antiinflamatorias y, como no puede ser sintetizada por el organismo, la debemos tomar forzosamente con la alimentación.

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