__MAIN_TEXT__

Page 1


PrÓlogo Lo ciudadano sagrado

Nos sentimos sujetas en el viento. Como una piñata a la que todos ven y todos le dan palos. Así estamos las madres de los desaparecidos. María Herrera Magdaleno, mamá de cuatro hijos desaparecidos, Michoacán

É

ste es un libro sobre un conflicto al que mayormente se le llama “la guerra” y que tiene todo que ver con lo que ocurre en los países productores de droga de América Latina, los países exportadores de migrantes y víctimas de la violencia brutal de Centroamérica y los principales países de consumo como Estados Unidos. Aunque el de México sea uno de los epicentros de un problema global que sólo podríamos explicar mapeando los conglomerados criminales que extienden sus tentáculos más allá del negocio de las drogas (con trata, venta de armas, pederastia, etcétera) y que se estructuran con las extremas leyes capitalistas del mercado negro. O dicho de otro modo: un conflicto que podríamos comprender observando con los menos prejuicios posibles cómo se desarrolla, cuáles son sus causas y cuáles sus consecuencias. Para acercarnos a él con la curiosidad y con la vulnerable desnudez de nuestra humanidad. La guerra es, dice María Moliner en su humanísimo diccionario escrito precisamente tras la dolorosa experiencia de la guerra, una lucha continua entre personas, en un sentido material o moral. Declarar la guerra, puntualiza, es declararse en hostilidad manifiesta contra alguien. Y en efecto el expresidente Felipe Calderón le declaró públicamente la guerra al narcotráfico y puso este vocablo en el centro de la conciencia nacional. Su decisión no

17


México. 45 voces contra la barbarie

estuvo cautelosamente pensada ni partió de una estrategia sensata ni absolutamente honesta. Y la ciudadanía mexicana quedó entre lo que Marcela Turati llamó un fuego cruzado. Siete años después, el número de asesinados, desaparecidos, extorsionados, mutilados, amenazados, desplazados y víctimas de crímenes de diversa gravedad en México equivale a cifras de guerra. El estado de desprotección de la población, la amenaza contra la prensa, las mínimas garantías de las que no gozan las víctimas que buscan justicia, la censura mediática y el miedo no hacen sino profundizar en esta visión del país. Y el grado de crueldad del que hemos sido testigos era inimaginable para todos nosotros hace apenas siete años. Antes de la guerra. México es ahora un país distinto. Y es necesario un cambio urgente de imaginación política, reivindicación de los derechos humanos, indignación organizada y acompañamiento a las víctimas en nuestra petición común de justicia, memoria y dignidad. La guerra de México, que se conoce a menudo como “la guerra contra el narcotráfico”, es el colmo de un discurso absurdo e hipócrita contra la legalización de las drogas. Y Froylán Enciso cree, y lo argumenta con muchísima precisión en su ensayo “Justicia transicional para el desmantelamiento del régimen de prohibición de drogas” (Nuestra Aparente Rendición, 2014), que el debate sobre la legalización, que combate la fallida estrategia que inició Richard Nixon en los años setenta y que condicionó absolutamente la ilegalidad en toda América Latina, es urgente hoy en nuestra sociedad. Y que debemos proponerlo desde todos los colectivos que están trabajando contra la guerra. Porque hablar de la legalización es hablar de la paz. En los años sesenta un debate similar en torno a la sexualidad nos parecía a todos inconcebible, y sin embargo nuestra capacidad de hablar sobre el tema cambió el mundo y aumentó nuestra percepción de los derechos de género y reproducción. Hoy es necesaria una segunda revolución: debemos pensar en la legalización, abrir un debate nacional e internacional, no sólo por una cuestión de salud, sino por una cuestión de seguridad. La estrategia estadunidense para combatir el tráfico desde América Latina ha modificado absolutamente las expectativas que podría haberse planteado el continente si las cosas fueran de otra forma y está modificando hoy nuestro derecho al futuro. Las cifras son aterradoras. El futuro de México es incierto y nuestra recuperación nacional será larga y dolorosa. Faltan muchos años para que podamos planteárnosla. Pero probablemente podemos contribuir a ese cambio que todos queremos si cada quien, desde su ámbito y sus posibilidades, confía en nuestra capacidad de dialogar y escucharnos y nuestra voluntad de

18


Prólogo

entendernos. Hoy, ésta es una cuestión urgente. La impunidad nos está devorando, y cientos de miles de personas están viviendo situaciones extremas de injusticia, terror y desigualdad. Es imprescindible saber qué ha ocurrido, qué hemos entendido, qué sigue y qué podemos hacer. Pero entender lo que ocurre desde un solo lugar, sin estar dispuestos a poner en duda nuestras convicciones y nuestros deseos, es absolutamente insuficiente. Hoy, más que nunca. Tras el exilio de la segunda guerra mundial, el filósofo alemán Theodor W. Adorno concluía que la única verdad está en la moral y que la moral sólo surge cuando dos hechos contradictorios se encuentran. Hoy, nuestro dolor y nuestra esperanza conviven con una naturalidad inaudita, y eso nos puede ayudar a buscar en esas dos emociones opuestas, alguna verdad que tenga que ver con la moral, con el sufrimiento ajeno, la empatía y la compasión. A pesar de que la información que recibimos para romper esa contradicción constante en la que hoy habitamos parezca siempre confusa, alarmante y a menudo esté manipulada por nuestros prejuicios o por los intereses de los otros. Adorno entendió que de la contradicción surge la verdad y que la verdad sólo se puede construir con el sentimiento, esta certeza tan empática, sensata, sensible y en apariencia tan mínima, después de haber estudiado durante años el fenómeno del antisemitismo y sus consecuencias en las conductas y el pensamiento contemporáneo de occidente. Para eso sí inventaron una palabra, me dice Héctor de Mauleón: genocidio, un término acuñado por el académico polaco Raphael Lemkin en 1944 que todos entendemos de inmediato. En México, sin embargo, todavía no tenemos ninguna palabra que pueda contenerlo todo. No sabemos qué nombre ponerle a la tragedia, la crueldad, la impunidad, la desigualdad, la corrupción, la exclusión y el clasismo. Todavía no sabemos de qué manera englobar a los pueblos abandonados de las sierras, el silencio de muchas redacciones de prensa, la extorsión de miles y miles de negocios, el desplazamiento forzado, el exilio, las amenazas, la búsqueda de los desaparecidos y las desaparecidas, el asesinato de defensores de los derechos humanos, las fosas, los espectáculos dantescos de la muerte, esta aparente indiferencia internacional y muchas veces también nacional, tanta tristeza, tanto miedo. No sabemos cómo decir cuánto y qué tan íntimamente nos ha modificado esta guerra, que hay quien la llama “crisis humanitaria”, “la violencia” o “el problema”. Pero a pesar de que no tengamos todavía una única palabra que lo englobe todo, las consecuencias de lo que hoy nos ocurre ya resultan evidentes, analizables y comprensibles. Y nos pueden ayudar a enfrentar un futuro que queremos que sea mejor.

19


México. 45 voces contra la barbarie

Durante años, distintas generaciones y disciplinas han pensado, desde distintos lugares del país y del extranjero, qué está pasando en México, por qué y de qué modo podemos entenderlo. Algunas víctimas ya se han empoderado y han podido aportar su voz a esta pregunta común. Y los periodistas del país, en muchos aspectos, ya están organizados. Y aunque esta guerra esté siendo un aire que se nos ha metido en el cuerpo como la humedad a los enfermos de reuma, nos da tremendas pistas para saber cómo podemos reconstruir, paso a paso, esta narrativa de la guerra, que me dice Sergio Aguayo que ya se puede rastrear aunque no sepamos en qué desembocará ni hacia dónde nos lleva. Y es cierto: la resistencia a la guerra la empezamos a percibir como algo que ya hemos hecho. Y podemos reconocer en esa narrativa que hemos escrito en comunidad una verdad absoluta: la moral de la que hablaba Adorno. Porque sabemos reconocer el dolor de las víctimas, la desesperación de los familiares de los desaparecidos, la desesperanza que genera el exilio, la tristeza de los desplazados, la pobreza, la ignorancia, la injusticia, la falta de oportunidades y el horror. Sabemos ya qué cosa es el miedo. Y sabemos también ver la esperanza, la valentía, la generosidad, la empatía, la solidaridad y el amor. Todo eso sí podemos entenderlo, porque sabemos de qué modo lo hemos sentido y nos hemos esforzado para entenderlo en los demás. No importa que la información parezca siempre confusa, manipulada, mal leída o falsa. Este dolor que hoy reconocemos y esta empatía que lo ha modificado todo son radicalmente verdad. Un artículo aparecido a principios de 2014 en el diario La Jornada aseguraba que en México se han abierto en ocho años más de cuatrocientas fosas en las que se han encontrado los restos de más de cuatro mil personas.1 Ahora trate por favor de construir mentalmente la inimaginable escena que reúne a cuatro mil personas asesinadas (casi seis veces la gente que cabe en el Museo Dolores Olmedo de la ciudad de México, tres veces la que cabe en el Polyforum Siqueiros, la mitad del Auditorio Nacional, 363 equipos de futbol). Añádale cien personas. Réstele quince. Multiplíquelas por dos. Divida por uno punto cinco. Y ya no ve nada. No vemos nada. De este tamaño es nuestra incertidumbre, nuestra ignorancia. No somos capaces de imaginar a cuatro mil personas —que serán decenas de miles más, si no centenas, si algún día logramos abrir todas las fosas del territorio nacional. Y eso sí es rabiosamente cierto, radicalmente verdad. No sabemos entenderlo todo, pero todo nos duele. Como me dice desde el D.F. Magali Tercero: ya hemos cambiado mucho. Y aun así, o quizá precisamente por eso, es que necesitamos saber. La ciudadanía

20


Prólogo

empoderada, los periodistas amenazados y las víctimas de esta guerra no dejan de buscar información que les explique qué han vivido, dónde están sus familiares, cómo nos hallamos en este escenario inhóspito que hoy parece pudrirse tras una engañosa y opresora atmósfera, qué hacer para que la tragedia que hemos aprendido a reconocer no se repita. Cómo evitar que lo que ya les ocurrió a unos, les ocurra a otros. Activistas de todo el país buscan información para seguir porque, dicen, “ya no entendemos nada”. Excepto en zonas excepcionalmente calientes, la mayoría de los mexicanos y mexicanas no sabe con precisión qué cárteles operan en los lugares en los que habitan, de qué modo trabajan, con quién están coludidos, en qué niveles, qué son capaces de hacernos, de hacerse, de corromper pareciera que indefinidamente. Y esta incapacidad para asumir el complejo panorama nacional y nuestra compleja historia criminal nos paraliza. Todo nos parece extremadamente peligroso, urgente, importante, y tal vez lo sea. Aunque Anabel Hernández nos advirtió hace tiempo que es inútil tratar de combatir lo que no comprendemos. Y yo a eso añado que es urgente tratar de combatir. Aunque hoy la violencia sea en muchos casos algo parecido a un sopor que nos hace caminar un poco más cansados, pensar un poco más lento, reaccionar un poco más despacio. Sabemos ciertos hechos puntuales por habitar en una zona concreta, nos suenan decenas de nombres y escuchamos y transmitimos rumores que en muchos casos no ayudan a generar una información apropiada para entender ni combatir esta guerra. Creemos cosas que no son ciertas. Construimos escenarios imposibles. Incluso difundimos mucha información falsa en las redes sociales. Pero lo hacemos, sobre todo, por un inevitable instinto que nos empuja a comprender para sobrevivir. O porque creemos que tenemos el derecho a saber y que los demás sepan. O porque de algún modo, a menudo inconsciente, suponemos que esta falsa sensación de entender es una manera razonablemente segura de mantenernos a salvo, no obstante sea sólo una fantasía que suele jugar en nuestra contra. Javier Sicilia tiene razón cuando resume lo que está ocurriendo de esta manera tan precisa: “Ésta”, me dice desde Morelos, “es la guerra más estúpida que he conocido”. Y tiene razón. La lucha contra las drogas es mayormente una pantomima y el refugio de un lucrativo negocio. Como escribió hace unos años Araceli Manjón-Cabeza: le hemos dado el negocio más lucrativo del mundo a la gente más armada y con menos escrúpulos del mundo. O dicho de otro modo: esta guerra es un simulacro, tal y como asegura la periodista Lucy Sosa

21


México. 45 voces contra la barbarie

de El Diario de Juárez desde Chihuahua. La doble moral sobre la legalización de las drogas que nos impide afrontarlas como un gravísimo problema de salud pública y un problema trasnacional, la cantidad infame de dinero que se está ganando con esta guerra, los comandos de mercenarios que llegan de Afganistán a trabajar en México para proteger a los empresarios nacionales y extranjeros que hoy están celebrando, como bien dice Edgardo Buscaglia, una orgía patrimonial en México, parecen brutalmente alejados de personas como Letty Hidalgo, que busca a su hijo desaparecido en Monterrey en 2011 y me dice: “Estoy llena de dolor”; o como Jorge Verástegui, que busca a su hermano y a su sobrino desaparecidos en Coahuila en 2009 y concluye: “Nos hemos aventado al vacío”. Mientras desde Quintana Roo, al otro lado del país, la combativa Teresa Carmona, con una generosidad que hoy resulta imprescindible para mantener la cordura nacional, dice la verdad con una frase que hace algunos años todavía nos parecía inconcebible: “Soy afortunada porque yo sí pude enterrar a mi hijo”. Así las cosas en México. “Nos ven como payasitos de circo”, me dice Araceli Rodríguez. “O ni siquiera nos ven porque así creen que no les va a pasar”, suspira. Su hijo Luis Ángel, policía federal, desapareció con seis compañeros y un civil y desde entonces no ha dejado de buscarlos a pesar de haber hablado con sus victimarios y haberlos escuchado contar cómo los balearon, los descuartizaron y los disolvieron en ácido. Lo que quede de ellos, me dice, merece cristiana sepultura. Así las cosas para miles de mexicanos y mexicanas que engordan las listas inimaginables de víctimas con una dignidad, una solidaridad y una capacidad de amar que hoy son un tesoro precioso en medio de la masacre. Lo ciudadano sagrado. Porque si bien es cierto que hoy México nos duele, hoy también México nos enorgullece, nos envalentona, nos enseña día tras día cosas que nunca pensamos que seríamos capaces de entender y asumir como verdades tan importantes que sólo podemos vivir en consecuencia. México nos ha hecho mejores. Infinitamente mejores. Y eso es lo sagrado que debemos preservar. Ésta es la fuerza de la ciudadanía, de la resistencia y del amor. Ésta es la verdad que ha surgido en este tiempo contradictorio y este momento terrible que cuando comenzó la guerra no sabíamos que seríamos capaces de atravesar. Pero, como me dice Rossana Reguillo desde Jalisco, somos cada día más nosotros. Y ya hemos entendido que juntos, juntas, somos mejores y más fuertes. De hecho, asegura Hermes D. Ceniceros desde Sonora, llegará un día en que nos daremos cuenta de que somos nosotros quienes hemos hecho justicia, nosotros quienes contaremos este periodo de nuestra historia. Nosotros, los ciudadanos de a pie, los

22


Prólogo

periodistas, los activistas por la paz y sobre todo las víctimas, quienes nos apropiaremos de la narrativa de este país que ya no podrán contar las instituciones oficiales. Y cuando todo esto termine, concluye Hermes, tendremos la capacidad de contarnos nuestra historia con todo el dolor que esto implica. O como bien resume Diego Osorno desde el noreste: algún día los muertos del narco serán verdad. Porque ya lo había dicho Blas de Otero: nos queda la palabra. Pero falta. En esto coincide la mayoría de las personas entrevistadas para este libro: falta mucho tiempo para que en México se detenga la masacre y el país se recupere. Faltan años. Porque hoy, como asegura el periodista Darwin Franco desde Guadalajara, todavía somos el reflejo de la estructura en la que estamos inmersos: años de priismo y corrupción que han manipulado nuestros modos de ser ciudadanos obedientes; siglos de pobreza y desigualdad que hoy están llegando a uno de sus puntos más álgidos; el colmo del patriarcado, del machismo, la xenofobia, el clasismo y el racismo. El cortocircuito del capitalismo, como lo llama Froylán Enciso para resumir lo que hoy estamos viviendo en México. Si bien, frente a este laboratorio del capitalismo extremo, apunta la activista Jamie-Leigh Ruse desde el Reino Unido, decir la verdad es un acto de amor. Nuestro acto de amor. Y este libro quiere ser uno de estos actos. Es parte de una voz común que hemos venido construyendo durante los siete años que han pasado desde que comenzó la guerra. Por supuesto que no es una voz completa, porque faltan muchas, muchísimas personas que tienen mucho que ayudarnos a pensar y a entender. Pero sí es una voz común, algo que deberíamos celebrar en medio de este momento de incertidumbre y desconfianza. Ésta es una voz que, hoy, sí nos representa. Lo ciudadano sagrado. Una respuesta a un planteamiento que me hizo hace mucho tiempo la activista tapatía Teresa Sordo: “para seguir trabajando por la paz”, me dijo, “necesitamos saber más cosas, porque ya no entendemos nada”. Nos falta muchísima información, me dijo. Entender bien qué está ocurriendo. Quién hace qué y cómo. Y es exactamente lo que he intentado con este libro, que tratemos, juntos, de contestar. México está repleto de personas que incansablemente y con una capacidad inconmensurable de empatizar con el dolor de los demás trabajan por la paz del país, desde hace años, día tras día, con el único objetivo de ayudar a que termine esta tragedia o que, cuando menos, mantengamos la humanidad y la cordura mientras dure. Personas convencidas de que juntos, juntas, no claudicaremos ante nuestro derecho de exigir respeto y justicia y seremos

23


México. 45 voces contra la barbarie

capaces de inventar estrategias para resistir a la podredumbre de la violencia. Algunas de esas personas se cansan en el camino, luego resurgen, pasan la estafeta, se detienen tantito a respirar, cambian su mundo, se modifican, se alejan o regresan. Pero nunca dejan de mandar relevos o señales desde lugares remotos y ciudades masificadas, aportando e inventando modos, en muchos casos sin acceso a la voz pública, sin esperar nada a cambio, sin condiciones. Por una extraordinaria bondad. Por dignidad y sentido común. Por estricto amor. Y todos nosotros, todas nosotras, atesoramos cada uno de estos destellos como lecciones constantes de respeto, esperanza y dignidad. Son nuestra fuerza. Somos nuestra fuerza. Y es que la alternativa, me dice Julián LeBarón desde Chihuahua, tiene que ser estrictamente ciudadana. O como lo cuenta Marco Lara Klahr, desde el D.F.: debemos empezar uno a uno, como ciudadanos, a desacreditar y desnaturalizar la privación de la vida de los demás, las prácticas extorsivas generalizadas y la denigración ciudadana del otro. Si no hacemos eso yo no veo cómo vamos a poder comunicarnos, porque no estamos pudiendo hablar. Y lo cierto es que tenemos mucho, mucho trabajo por delante. Aunque hoy ya sabemos más. El argentino Edgardo Buscaglia nos recuerda que queremos conseguir que se respeten cincuenta y ocho derechos humanos que hoy en México se violan de manera sistemática y cada vez más frecuentemente por parte de actores estatales. Aunque el periodista John Gibler asegura desde Estados Unidos que si un 98% de los casos ni siquiera se está investigando, eso no refleja la incapacidad, la incompetencia ni la torpeza del Estado. De hecho, asegura Gibler, ni siquiera refleja que el Estado no esté haciendo su trabajo. Sino que pone en evidencia que el Estado tiene otro trabajo y que lo hace bastante bien. Han pasado más de siete años desde que el expresidente Felipe Calderón le declaró públicamente la guerra al narcotráfico. Y en ese tiempo, muchos ciudadanos han pasado del estupor a la acción, y juntos hemos entendido muchas cosas y nos hemos acoplado, consciente o inconscientemente, a este momento común. Hemos encontrado en nuestras voces un espacio de credibilidad y de milagrosa seguridad. Aunque la violencia se mantenga intacta. O peor, tapada por este manto insoportable de silencio, de censura y de hartazgo que parece haber llegado con el cambio presidencial. Como me dice, con tristeza, Javier Sicilia: “Logramos visibilizar a las víctimas, logramos poner en el centro de la conciencia nacional la tragedia humanitaria y la emergencia que tiene el país. Logramos la Ley de Víctimas. Pero logramos muy poca justicia y nada de paz”. Es terrible pensarlo así, pero así es. Y parece haber varias causas que lo explican.

24


Prólogo

La sociedad civil, obviamente, no ha reaccionado en masa. Nunca lo hace. Sería impensable. Por un lado, porque la vida debe seguir. Por otro, porque las urgencias, las coyunturas y el día a día son francamente complicados para millones de ciudadanos que no son conscientes de sus derechos y que no tienen recursos para reclamarlos. La apatía y el cinismo son un quiste que ha enfermado a otros muchos. Y “a río revuelto, ganancia de pescador” parece una constante en muchas instituciones y actitudes públicas de políticos, fuerzas del orden y empresarios. Karla Lottini se lamenta desde Canadá de estas desigualdades que la han llevado al exilio y a la necesidad de enfrentar el temor. Y Ernesto Núñez me dice que la ciudadanía, ahora ya, está reaccionando a este grado de presión tomando la justicia por su mano: mantas que amenazan a ladrones e incluso intentos de lincharlos en algunas colonias del D.F., las extrañas autodefensas que han surgido en ciertos estados y que debemos diferenciar de las policías comunitarias indígenas o la celebración de la muerte de los sicarios que se aplaude como un acto de legitimidad desde la prensa oficial y oficiosa. A pesar de que nuestra tarea como especialistas, advierte Lydia Cacho, es poder entender cuándo esta celebración es un proceso mental para poder superar la incapacidad de actuar, porque de otro modo, concluye la activista desde el sur del país, celebrar la muerte es síntoma de la propia enfermedad. Y, en efecto, debería aterrorizarnos. A las razones por las que no hemos conseguido la paz, coinciden muchas de las personas entrevistadas en este libro, sin duda deberíamos sumar la necesidad que nos recuerda el periodista Wilbert Torre de hacer una crítica feroz al periodismo que leemos. Confiamos cada vez más en las capacidades de nuestra prensa independiente, pero la voz masiva está en manos de grandes grupos y corporaciones que deciden lo que podemos y no podemos saber. A veces por seguridad o miedo, a veces por ententes económicas o políticas, a veces parecería que por falta de interés. Y contra eso, me dice Alejandro Almazán desde la ciudad de México, ya hemos perdido la guerra y la única salida, probablemente, sea la lucha armada. Somos como diabéticos, asegura Almazán, que nos estamos haciendo tontos, que sabemos que ahí está el mal, que no hay cura, pero que no dejamos de comer dulces. Eso es lo que está pasando en el gobierno federal, concluye: que están dando dulces a los diabéticos y los diabéticos se hacen pendejos. Por otro lado, hay una cuestión de estrategia gubernamental para combatir al crimen organizado en materia de narcotráfico. Anabel Hernández me cuenta que no le han permitido verla y Alejandro Páez Varela no duda en

25


México. 45 voces contra la barbarie

afirmar que se está reproduciendo el modelo silencioso que se impuso en el Estado de México. Toluca es el modelo que a ellos les gusta, me dice. Y eso pasa, muy probablemente, por la censura, la estrategia paramilitar y el silenciamiento nacional e internacional de la guerra y de la paz. Frente a eso, sugiere Guillermo Osorno, para acceder a la humanidad y la tristeza de las víctimas silenciadas en los grandes medios, debemos escuchar la voz de las mujeres. Porque son las mujeres periodistas quienes están dando voz a las víctimas, y tal vez leerlas nos dé una visión distinta de lo que está ocurriendo. Por supuesto, me dice la activista Cordelia Rizzo desde Monterrey, porque cuando las mamás de los desaparecidos te cuentan sus historias, lo están volviendo a vivir todo, y eso permite crear un vínculo vital entre el crimen, la seguridad y la vida de estas personas. Leer la guerra a partir de la humanidad de esa experiencia, asegura Rizzo, es conectarla a la vida de una persona y multiplicarla. Darle esta relevancia a todo es fundamental. Lidiar con ello es otra cosa. Norma Andrade, la mamá de la joven Alejandra asesinada en Juárez, quien junto con la maestra de su hija, Marisela Ortiz, fundó una de las primeras asociaciones dedicadas a trabajar contra la guerra que en Juárez se adelantó unos diez años, dijo en una ocasión que “la sociedad no quiere ser parte de la minoría que somos nosotras”. Y aquel me pareció un gran resumen de la situación de las víctimas en el país. Hoy las dos mujeres que fundaron Nuestras Hijas de Regreso a Casa viven en el exilio: Norma en el Distrito Federal, Marisela en Estados Unidos. Y cuando entrevisté a Marisela para este libro me contó que tras la desaparición de Alejandra tardó mucho tiempo en entender qué había pasado, porque ella creía que las chicas que desaparecían eran “las que andaban en los antros, en la calle, solas por ahí en la medianoche y con malas amistades”. Ése era el discurso que se había emitido desde el gobierno y que reproducían los medios de comunicación, me dice. “Y tardé un tiempo en entender que no era cierto”. La entrevista que me da Marisela es brutal: una historia de tanto terror que parecería imposible. Y así sucede a menudo frente al terror: lo convertimos en incredulidad para que no nos contagie. De este modo, los feminicidios y el desequilibrio de géneros que permea la mayor parte de la sociedad mexicana no se convierten en tema nacional y una de las muchas causas de la guerra. Del mismo modo que silenciamos el tránsito de los migrantes que hizo que llegaran, mucho antes que todos nosotros, a este escenario esperpéntico. Frente a eso, resulta fundamental una pregunta que se hace Darwin Franco con la intención de que nos la hagamos todas y todos nosotros: si yo no siento que esto me afecta a mí, ¿cómo diablos puedo hacerle entender a otro

26


Prólogo

que también le afecta a él? La solidaridad pasa por esa pregunta, y así lo han entendido hoy muchos de los periodistas de México que están siendo absolutamente consecuentes con esa certeza. Es de las pocas cosas que debemos agradecerle a Calderón, me dijo en una ocasión Diego Osorno: durante su mandato salieron muy buenos periodistas de guerra. Él, como muchos colegas suyos, se ha sentido especialmente orgulloso de la reacción de su gremio del periodismo independiente que ha reaccionado a la guerra de manera inmediata, efectiva y responsable. A pesar del miedo y la constante amenaza que supone hoy en México investigar qué está ocurriendo. Han muerto más periodistas en México desde la alternancia democrática que en toda la segunda guerra mundial o que en el Irak en guerra. La situación de muchos periodistas de provincia es límite y agotadora. Los desplazamientos internos tienen como consecuencia el empobrecimiento de familias y la pérdida de puestos de trabajo. Y aun así la prensa independiente del país, mayormente a través de libros, me dice Anabel Hernández, ha logrado hacernos voltear a mirar lo que está ocurriendo. Sirva como ejemplo lo que la periodista Daniela Rea me cuenta que ocurrió cuando la caravana del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad llegó a Veracruz, y la ciudadanía se sorprendió mucho al darse cuenta de que no habían tenido acceso a una información precisa y no sabían qué estaba pasando en el país hasta que lo escucharon en primera persona gracias al testimonio de las víctimas. Y eso es fundamental: porque en México, hoy, nos han arrebatado también ese derecho. No es un país en el que la ciudadanía no se informe, no lea prensa local, no vea la televisión y no escuche la radio. No obstante, la manipulación mediática y los intereses económicos son sistemáticamente responsables de la falta de conocimiento histórico y emocional que hoy nos impide reaccionar masivamente a la tragedia. Como dice Wilbert Torre, recién desembarcado de Estados Unidos, debemos observar esa situación mediática y criticarla ferozmente. Porque empatizar es, sin duda, una forma de lucha a la que tenemos derecho. Las víctimas necesitan que sus compatriotas las sostengan, las acompañen y empaticen con ellas de alguna manera, me dice Daniela Rea. Y tal vez los demás no sepamos que eso es lo que hoy nos toca hacer: empatizar con el dolor ajeno. Acompañarnos. O tal vez no hayamos comprendido todavía el acto brutal de empoderamiento social que supondría hacerlo. Aunque de eso no se derive, de ningún modo, que hoy seamos peores que antes. No hay ningún gen maléfico en la historia de México, ningún

27


México. 45 voces contra la barbarie

desinterés social ni un valemadrismo absoluto. Creer eso es pasar por alto nuestra responsabilidad social y nuestra capacidad solidaria. México es un país que se ha organizado en muchas ocasiones, y la segunda guerra mundial la libraron los países supuestamente más democráticos del mundo. Estas dos certezas mínimas deberían bastarnos para entender lo que me dice Alma Guillermoprieto: que el nuestro no es un país de salvajes, no obstante hoy parezca que tengamos que aclararlo incluso en América Latina. Lo que ocurre, me dice el activista por los derechos de los migrantes Rubén Figueroa, es que “el miedo es un virus que lo penetra todo. Y al gobierno no le interesa solucionar problemas como el de la inmigración porque gana mucho dinero con todo esto. Esto no es una bruma de maldad nacional, esto es corrupción y pobreza”. Y ésta es, insiste Magali Tercero, una responsabilidad urgente, porque en México siempre hay formas de comportarse ilegalmente y vivimos en ese margen entre la legalidad y la ilegalidad, me dice. Y es cierto: crecimos sabiendo que si no tenemos contactos, muchas veces no tenemos salida. Por eso me pareció especialmente novedoso lo que me dijo Daniel Gershenson, quien con su trabajo como defensor de los consumidores ha entendido que de la misma manera que el Estado nos penaliza si no cumplimos con nuestras obligaciones ciudadanas, nosotros le podemos reclamar al Estado si no cumple con sus deberes. Porque que un sector minoritario de la población pueda vivir como si estuviera en Dubái, asegura Gershenson, no significa que el resto de esa población no tenga derecho a disfrutar de un entorno en paz. Alejandro Vélez Salas, tras años de estar acompañando y empoderando a los familiares de los desaparecidos y las desaparecidas, lo explica diciendo que la fuerza está en los otros. Y que si bien no podemos pedirle a todos que vayan a San Fernando a buscar fosas comunes, y todos tenemos derecho a seguir nuestro camino de felicidad y nuestro camino profesional, sí tenemos la obligación social de estar informados sobre el lugar donde vivimos. Tal vez nos cueste vislumbrar la magnitud y la importancia de la fuerza que nos daría cumplir con esa obligación. Tal vez nos cueste creerlo. Pero sea como sea, hay que inventarnos modos nuevos, reacciones nuevas y nuevas opciones. En este principio de siglo en que el mundo parece convulso, dentro y fuera de México, hay viejos patrones que ya no funcionan. Y necesitamos de la imaginación de muchas generaciones, disciplinas y rincones sociales para buscar una vía más justa que esté basada en el diálogo, el debate, el respeto, el cuestionamiento y la igualdad. Debemos buscar esa verdad que surge del encuentro de los dos hechos contradictorios que hoy habitamos: la esperanza

28


Prólogo

y el terror. De otro modo, perpetuaremos esa certeza sobre México que me comparte Jesús Robles Maloof: este país, me dice, ha sido un maestro perfecto de la macabra sutileza de que puedan coexistir una población funcional y otra mitad de la población en sufrimiento extremo. Debemos combatir la manipulación que nos ha llevado hasta eso, resistir nuestra capacidad de argumentarla, voltear a ver. Porque sólo seremos capaces de construir una sociedad más justa e incluyente si encontramos maneras de escucharnos, de confiar en que el otro está igualmente consternado por la situación y que es capaz de hacer algo al respecto. Y que, como decía Bakunin, debemos esperar que cada uno participe según sus posibilidades y reciba de acuerdo con sus necesidades. Sólo si logramos entender que todos tenemos algo que aportar, algo que imaginar, algo que decir y algo que recibir, el camino a la paz será distinto y será nuestro. Más efectivo, más crítico. Mejor. Aunque hasta ahora, el miedo no nos ha vencido. El insoportable silencio estatal no nos ensordece. Y hoy, como nunca, ha cobrado sentido en México ese grito de dignidad infantil de “Un, dos, tres por mí y por todos mis compañeros”. Debemos cometer el acto revolucionario de confiar en que podemos trabajar juntos, tejer redes, acompañarnos. Y saber que cuando unos hablan de la guerra, están hablando de todos nosotros y por todos nosotros. Ésa es la finalidad del trabajo de paz que se hace hoy en México: construir un bien común justo y en igualdad de condiciones. Repetir, como repiten los familiares de las víctimas, que se está trabajando para que lo que ya les ocurrió a algunos, no les ocurra a los demás. Y entender que ése es el camino porque es precisamente lo que nos ha enseñado esta guerra: que todos los muertos son nuestros muertos y todos los desaparecidos nos atañen directamente, que queremos juicios justos, planes efectivos de lucha contra el crimen organizado, saneamiento policial, protección de la ciudadanía, derecho a la información, respeto a las comunidades, acceso a la educación, al trabajo y a la nutrición, derecho a la salud, a la diferencia y a la igualdad. Porque si algo hemos logrado entender, por ahora, es que la paz está ahí. Y nuestra capacidad de resistencia pasa precisamente por pensar que un México mejor es posible. Me cuenta Óscar Martínez desde El Salvador que no hay miedo que detenga la migración. Que los hombres y las mujeres que salen de sus países, a pesar de los riesgos que hoy supone cruzar México, lo hacen porque creen que pueden tener una vida mejor. Y cuando me lo cuenta yo pienso que, una vez más, los migrantes han sido los primeros en haber

29


México. 45 voces contra la barbarie

entendido qué sigue, en haber llegado a la guerra, en haber reaccionado en consecuencia. Son las primeras víctimas y llegan a conclusiones, a menudo, mucho antes que nosotros. Y su tenacidad por conseguir una vida mejor y más justa debe ser la nuestra. A pesar de que, como bien dice Jesús Robles Maloof, cuando decimos fuera de México que estamos viviendo una guerra, no nos crean. Incluso dentro de nuestro propio país en ocasiones seguimos pareciendo exagerados, obsesionados, clavados en una sola idea que lo ha opacado todo. Pero debemos inventar modos de darnos a entender. Tenemos derecho a ser escuchados. Es una cuestión de dignidad, me dice Sanjuana Martínez desde Nuevo León. Por eso resistimos, me dice. Sergio González Rodríguez lo vivió en carne propia cuando hace años comenzó a investigar los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez y recibió una paliza que lo llevó al borde de la muerte. Pero insistió en sus investigaciones, como insisten hoy periodistas, activistas y familiares a lo largo y ancho del país que no parecen dispuestos a rendirse. Porque, como me dice Javier Valdez Cárdenas desde Sinaloa, si no es toda la población la que directa o indirectamente está afectada, sí es la mayoría. Y frente a eso, asegura Alberto Escorcia, la gente se rebela en sitios distintos del país todos los días. Y es cierto: nunca nos hemos detenido, y ahí es donde radica la esperanza. En usar nuestras capacidades, que son muchas, para construir la paz. Aunque a veces parezca, como me dice Marcela Turati, que estemos hablando desde abajo del mar y nadie nos escuche. O que nos hayamos desencantado definitivamente de la democracia, como cree Darío Ramírez. Pero yo creo, con Blas de Otero, que nos queda la palabra. Que construir nuestro lenguaje a partir de la tragedia es un acto de humanidad extraordinario. Y que tiene razón Cristina Rivera Garza, cuando dice que existe una relación orgánica e intrínseca entre la escritura y los contextos donde se produce esa escritura. Que el libro en sí mismo es una comunidad y que no hay soledad en la escritura. Y eso es lo que nunca hemos dejado de hacer: todos y todas nosotras hemos seguido hablando. Y éste es nuestro diálogo, nuestra voluntad de paz. Lo que hasta ahora hemos pensado, entendido y tratado de transmitir. Y seguimos. Lolita Bosch

30


Profile for Editorial Océano de México, SA de CV

12833c  

12833c