Page 1


DOLMEN editorial

antologia z7.indd 3

23/09/13 20:03


índice —7— PRÓLOGO: MUERTO VIVIENTE — 11 — camarero caramelo Alejandro Castroguer — 31 — EL DISPARO FINAL AC OJEDA — 51 — EL GRAN MARTIN KAPS Raúl Lepe — 79 — Somos lo que comemos: Instrucciones para cocinar un zombi Guillem López — 93 — Jodido lunes Juande Garduño — 105 — La bella durmiente Iván Mourin

antologia z7.indd 5

23/09/13 20:03


— 121 — LA CARRERA Víctor Blázquez

— 143 —

LUCAS Víctor Mateo Patau — 167 — No siempre brilla el sol en el Caribe Juan Ángel Laguna Edroso — 185 — Terror Z David Jasso

— 201 —

Timmy Lonnegan Claudio Cerdán — 211 — CAZADOR DE FREAKS J.E. Álamo — 227 — Zelos Alfonso Zamora Lorente

antologia z7.indd 6

23/09/13 20:03


MUERTO VIVIENTE Hace poco más de un año, y tras una época de un arrollador y sorprendente éxito, las primeras voces sentenciaron al género Z; lo dieron por acabado, alegando la falta de ideas para la renovación del género. Ergo, que el género volvería a su gueto particular para satisfacer los deseos de sus incondicionales, pero que el gran público le daría la espalda, y que series como The Walking Dead y las películas que habían alcanzado la gran pantalla en formato de cine para consumo mayoritario, no eran más que el canto del cisne; la muerte, definitiva esta vez, de los muertos vivientes. El simple hecho de que muchos consideraran las letras dedicadas a los zombis como un género en sí, ya suponía un logro para sus autores, lectores y editores. Cabría añadir a la lista de logros a los autores superventas que han conseguido llegar al gran público, rompiendo el muro en el que se suelen enclaustrar los seguidores de estas corrientes minoritarias. Y no solo fueron los autores extranjeros, con Max Brooks a la cabeza, los que asaltaron las listas de los best sellers; los españoles también ocupan un lugar de privilegio entre los más vendidos, y escritores como Carlos Sisí, Manel Loureiro, Víctor Blázquez, Alfonso Zamora, Juan de Dios Garduño y Alejandro Castroguer, entre otros, se han convertido en nombres de culto. Pero los agoreros insistían (e insisten) en su letanía de que el género ya no daba más de sí, que había alcanzado sus límites. Y fue esa mención a los límites lo que me llevó a plantearme una pregunta: ¿Qué límites tiene un género? ¿Quién establece sus fronteras? Planteé las preguntas entre algunos autores amigos y las respues7

antologia z7.indd 7

23/09/13 20:03


MUERTO V IV IE NT E

tas fueron diversas, aunque coincidentes en un aspecto: “Límites, los que tú quieras poner”. Y no quise. ¿O sí? ¿Y si establecía los límites que marcan los géneros, pero de otros ajenos al deambular de nuestros queridos zombis? Y lo hice. Relatos protagonizados por los muertos ambulantes con las características propias de otros géneros. Lancé el reto a algunos escritores consagrados en esto de los muertos que vuelven para devorar a los vivos, pero también a otros que no habían tocado el género; alguno de estos últimos me confesó que no había leído casi nada sobre el tema. —¿Qué os parecería escribir un relato Z enmarcado en un género distinto? La condición es que hay que respetar las características de ese género, no salirse de sus límites –les dije. Y les gustó la idea. La elección del género la dejé al parecer de cada autor, aunque yo aporté algunas ideas. Hubo quien se entusiasmó, quien dudó y también quien lo rechazó de plano. Reuní a doce autores. Conmigo trece. ¿Qué puedo decir de ellos? Nada que no averigüéis leyendo sus relatos. Todos diferentes, tan dispares entre sí que no hubo portada que los pudiera aglutinar salvo un enorme zombi que “devorara” tantos puntos de vistas. (Gracias, Alejandro Colucci). Y no hay mucho más que decir. A continuación la lista de autores y el género que eligió cada uno. Iván Mourín: Gótico. Adrián Ojeda: Western. 8

antologia z7.indd 8

23/09/13 20:03


Guillem López: Culinario. David Jasso. Terror. Raúl Lepe: Fantástico. Claudio Cerdán: Negro. Víctor Blázquez: Periodístico. Alejandro Castroguer: Humor negro. Juan de Dios Garduño: Realismo sucio. Juan Ángel Laguna: Pulp. Víctor Mateo: Thriller psicológico. Alfonso Zamora: Porno. J.E. Álamo: Steampunk. Algunas de las elecciones llevan mejor la etiqueta de “subgénero” que la de género, pero el objetivo principal se alcanzó en todos los casos: zombis embarcados en contextos que nada tienen que ver con los tradicionales del género Z. Yo he disfrutado preparando la antología y, sobre todo, leyendo los relatos. Espero que tú, lector, también los disfrutes. Gracias a los autores, que han llevado a cabo un trabajo excepcional. Y a Dolmen, que lo ha hecho posible. Llegó la hora. Pasad. Reíd. Temblad. DISFRUTAD. PD. Y un año más tarde el género sigue gozando de una salud excelente... J.E. Álamo Autor de Tom Z. Stone y Tom Z. Stone: Let it Be.

antologia z7.indd 9

23/09/13 20:03


camarero caramelo Alejandro Castroguer Para José Manuel Nogales, por ilustrar los personajes de «La Guerra de la Doble Muerte». En señal de amistad.

Como constatación de lo inevitable, todo ha empezado a ir mal desde primera hora de la mañana. ¿Cómo iba a imaginar entonces todo lo que me ocurriría después? Cuando todo se confabula en tu contra… Y es que esto me pasa por ser un zombi de buen corazón, de malas ideas pero sentimientos nobles.

Todo comienza con el perro. Aunque mi esposa lo ha sacado a pasear antes de desayunar, el hijoputa se caga en la alfombra. Dado que estoy solo en casa, me toca recoger la mierda con una bolsa de plástico del supermercado. El animal, más listo que el hambre, se ha esfumado silenciosamente y permanece escondido un buen rato, asustado. A saber debajo de qué cama estará. Ya pillaré a Espeto, que así se llama el perro. Para hacer algo de provecho y que la parienta no se queje de mi holgazanería, me apresto a barrer el salón. Aunque me duelen todos los huesos, me esfuerzo en la labor. Me agacho e introduzco la escoba debajo del tresillo. Hoy abjuro de las prácticas de otras mañanas: 11

antologia z7.indd 11

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

esconder la suciedad y la borra ahí donde no llega la visión de rayos X de Engracia. Sí, Engracia es mi mujer. Aunque si lo pienso bien es una ballena varada en el pantanal de mi vida. Tras quince años de matrimonio, no queda nada de aquella sílfide con quien me prometí. Hoy en día, si la vendiese al peso obtendría un buen fajo de billetes. Sería cuestión de subastarla por Internet. Al permanecer doblado sobre la cintura y volcado hacia delante mientras barro bajo el sofá, se me descuelga el estómago a través del desgarrón del abdomen. Me percato de ello cuando asoma su hechura de haba gigante por entre la abertura de la bata. Cuanto más podrida tengo la carne, menos me sujeta las vísceras. Me apresuro a devolverlo a su sitio antes de que se ensucie o Espeto aparezca de repente y le lance un mordisco. Invocado o no por el maldito estómago escapista, lo cierto es que el perro reaparece en el salón. Mide cada paso y arrastra la mirada por el suelo. Anhela mi perdón. Para conseguirlo, echa el resto en semejante representación teatral. Siempre he manifestado que actúa mejor que Sylvester Stallone. Pero le sirve de poco: su regreso, al fin, me concede la oportunidad de la venganza. Le lanzo un escobazo de órdago. Gracias al mismo le sacudo las moscas que anidan dentro de su cavidad torácica. Salen revoloteando por entre las costillas y los jirones de carne. De haberle arreado más fuerte habría esparcido todos sus huesos por el suelo. Ya le dije a Engracia que no quería ningún jodido perro zombi de la fosa común. Antes de preparar el almuerzo, a eso de las doce, me siento ocioso a ver una película del Oeste: «El bueno, el feo y el malo». Del frigorífico he escogido una lata: una 12

antologia z7.indd 12

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

cerveza bien fría es todo un lujo para un currito como yo. Me encanta sentir la lata congelada directamente contra las falanges mondas. Por otra parte, odio tener que medir los sorbos al milímetro, sobre todo porque debo guardar cuidado: he de evitar que la cerveza se derrame por el desgarrón del abdomen y manche la camisa, el pantalón y la bata. No quiero que nadie piense que me orino encima. Media hora después de empezar la película, el taconeo de la vecina del piso de arriba me escupe a la realidad, como si fuese una señal de mal augurio. Qué más da si Paquita tiene un cuerpo mayúsculo y un culo epicúreo. Si al menos el techo fuese de cristal, mis quejas serían menos lastimeras. Verle las bragas –si es que las lleva puestas– neutralizaría de alguna manera mi bilis. De tan quemado que tengo el hígado creo que no serviría ni de cenicero. Los malditos pasos recorren todo el techo de la casa. Cuando se alejan del salón todo marcha de lujo. Lo malo es que, de inmediato, la vecina regresa a taconearme encima de los cuernos. Al final decido que dejaré el western para mejor ocasión. Además, tampoco me concentro en los avatares de Rubio, Tucco y Sentencia. Dentro de la cabeza, igual que en una olla, me bulle aún la condena del despido. Esta vez he aguantado seis meses. Y no dejo de pensar en ello. Así nunca juntaré el dinero que necesito para adquirir la serie a la que he echado el ojo en la FNAC: el Sherlock Holmes interpretado por Jeremy Brett. Me he encaprichado de ella. Cuesta sesenta euros y aún me faltan quince. De modo que tendré que sisarle a la parienta durante otro par de meses más. Araño veinte céntimos aquí, dos euros allá, en los recados que ella me encarga. Desoyéndola, muchas veces he reco13

antologia z7.indd 13

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

rrido cuatro calles más o me he pateado media Málaga en busca de la panadería, la frutería o la peluquería más económica. Todo en beneficio de mi objetivo, los sesenta euros. Ante este nuevo contratiempo del despido, solamente tengo que redoblar el esfuerzo ahorrador y punto. Y es que no hay banco más inexpugnable ni con mejores medidas de seguridad que el monedero de mi Engracia. No en vano es ella quien controla el movimiento del dinero en casa. Ahora me asalta el miedo. Cuanto más tiempo tarde en reunir el dinero, más posibilidades habrá de que sus rayos X detecten el escondrijo donde guardo los cuarenta y cinco euros. Al poco de detener el DVD, cesa el repiqueteo de los tacones. Curioso, ¿no? En descargo de la vecina pienso que lo hace sin darse cuenta. La pobre está nerviosa porque su marido es transportista y aparca más veces su camión en otras cocheras que en la suya. Ya he dicho antes que soy un muerto viviente de buenos sentimientos. Así que en lugar de cagarme en toda su estirpe, la compadezco. Pobrecilla. A saber la de telarañas que tendrá la cochera de Paquita. Elijo un poquito de Mahler para relajarme. Mejor algo de música que la película para esta mañana de agosto. Al perro le gusta. Se queda frito con Mahler. Espeto se ha subido al sofá y descabeza el sueño mientras la Sinfonía Resurrección truena en el salón con la potencia de un vendaval, de la tormenta perfecta. Todo es perfecto hasta que… No, joder, otra vez no. Con el oportunismo de un disparo en mitad de la misa, el interfono grazna justo en el instante en que la música se ha plegado sobre sí misma y se ha convertido apenas en un susurro en los altavoces. 14

antologia z7.indd 14

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

—¿Sí? —digo con la voz más cansada posible, el auricular sobre la oreja. —Los vivos. El Ocaso. Preparo los nueve euros que me ha dejado Engracia a tal efecto. Prefiero no pensar en la gilipollez que es esto de pagar para que te entierren cuando te llega la Doble Muerte. Olvídate de eso, Nicasio. He de ser diligente si pretendo volver cuando antes a disfrutar de la sinfonía mahleriana. Abro. El cobrador tiene casi tan mal aspecto como yo. Bueno, con algo de suerte tengo hasta peor aspecto que él. Ladro un buenos días poco amistoso. Alargo el dinero y recojo el cambio procurando no rozar los huesos y la carne putrefacta del otro. —¿Y la señora Engracia? Con un portazo más que elocuente aborto su intento por hilvanar unas palabras. Ahí tienes mi respuesta. Punto final. Reanudo la audición del CD. Inmediatamente la música rebaja la robustez de mi cólera. De pronto soy un corderito que acepta, sumiso, que lo apiolen después de proferir un balido de agradecimiento. La música está a punto de curar mi ánimo cuando… Ahora no es el nerviosismo de Paquita el que me solivianta, sino la llantina del bebé de los vecinos de al lado. Por culpa del raquitismo de las paredes, que son tan delgadas como papel de fumar, puedo oír cómo el crío se desahoga forzando las cuerdas vocales. Ese cabroncito tiene madera de tenor wagneriano. Se esfuerza como si pretendiese escupir los pulmones por la boca. Los llantos se me clavan en el cerebro, igual que una perforadora. Toda vez que he perdido el clímax de la sinfonía será mejor dejarla para otra ocasión. Accedo al cuarto de 15

antologia z7.indd 15

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

baño. Desde aquí aún escucho los berridos del bebé. Lleno el lavamanos de agua caliente. Me miro al espejo, la cuchilla de afeitar en ristre. No sé por dónde coño empezar, toda la carne putrefacta, hecha jirones. Esparzo la espuma por ambas mejillas y por el cuello, y con mimo de cirujano me afeito procurando dejarlo todo tal como está; que no me pase como ayer, que se me cayó un pedazo putrefacto de barbilla al lavamanos y se lo tuve que echar de almuerzo al perro. Todavía me falta apurar la mejilla izquierda cuando me llaman al móvil. —¿Sí? —digo procurando no mancharlo de espuma. —¿Don Nicasio Leal? Como me temo lo peor, respondo con mi peor registro de voz, la de ventrílocuo aguardentoso: —Lo siento. El señor no está en casa —miento. Con algo de suerte el comercial creerá que ha llamado al Palacio de la Zarzuela. —Mire, le llamaba para ofrecerle una nueva promoción de telefonía… —Le repito que el señor no está en casa. —Es que la promoción de... Cuelgo antes de oír el nombre de la empresa. Malditos altruistas. Todas las compañías de telefonía se obstinan en que gaste de la manera más inteligente el dinero. ¿Qué sería de un zombi como yo sin sus desvelos? Estoy limpiando el lavamanos cuando vuelve a sonar el móvil. Vibra con el furor de un juguete erótico. —No estoy —respondo nada más descolgar, con la rapidez de un pistolero del Oeste. Ni siquiera el Rubio o Sentencia podrían desenfundar antes. —Nicasio, espera, soy yo —es la voz de mi mujer—. Te llamaba para recordarte lo de esta tarde. Pide permiso en el trabajo. 16

antologia z7.indd 16

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

—Veré si me puedo escapar, cariño. —Las palabras se me mueren en los dientes. Mi boca es ahora mismo el cementerio de Sad Hill donde estaba la tumba sin nombre junto a la de Arch Stanton—. La cosa no está fácil, ya sabes que mi jefe es peor que un toro embolado cuando da cornadas a diestro y siniestro. —Bueno, recuérdalo. A las siete empezamos. Le miento con descaro: digo que lo tendré en cuenta. Todavía no sabe que me han despedido. Termino la llamada con un podrido Te quiero. Apenas he comenzado a almorzar cuando suena el timbre. Ahora es el maldito carillón de la entrada. A veces he pensado en destrozarlo de un martillazo. Por desgracia me faltan arrestos para afrontar una apuesta como esa. Luego tendría que soportar los coletazos de ballena enfadada de Engracia. La fiereza de Moby Dick al lado de la suya es casi beatífica. Ni mil capitanes Ahab acabarían con ella. Además, cuando alcanza semejante nivel de furia, su boca se convierte en un auténtico aspersor de saliva. Será mejor olvidarse, de momento, del sacrificio del timbre. —¿Quién será ahora, joder? —mascullo mientras saboreo la tortilla de patatas. Espeto me escolta hasta la puerta. Por mucho que le inste a que se quede en la cocina, no hace ni puñetero caso. Es un maldito perro entrometido y chismoso. Menos mal que no sabe hablar. A saber la cantidad de patrañas que largaría por ese hocico. Al abrir la puerta, me encuentro con la sorpresa del día. Algo así debió experimentar Moisés cuando le habló la zarza ardiente. Un poco más y se me desencaja la mandíbula. Menuda mujer, qué clase, qué figura. Menos mal 17

antologia z7.indd 17

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

que me he afeitado, es en lo primero que pienso al verla. Y quítate la bata, fantoche, lo segundo. La mujer no es Marilyn Monroe, es cierto, pero solo porque la carne purulenta afea sus curvas y le dibuja en el rostro una mueca a mitad de camino entre la desesperación y la hambruna más implacable. Es evidente que debería comer algo más: está escuchimizada y los huesos de los brazos se traslucen bajo la piel cenicienta. No es exagerado decir que he visto vivos con mejor aspecto que ella. Le haría falta un buen potaje y un pantagruélico bocata de mortadela. Pese a ello, a esa delgadez casi anoréxica, la mujer luce cuerpo de actriz de cine. Canela en rama, como decía mi abuela. Además es alta como la torre de la catedral. Es de esas que te provocan una contractura muscular cuando tratas de echarle el brazo por encima del hombro. —Estaba almorzando… —me excuso echando a un lado de la boca el bolo alimenticio. —Será solo un momento. En previsión de que Espeto nos moleste, cierro la puerta tras de mí. He tirado del pomo sin pensar en nada más, obnubilado por el imán de semejante cuerpo. Cuando me doy cuenta del imperdonable error, una punzada me perfora el estómago: joder, joder y joder. Me he dejado las llaves dentro y el almuerzo encima de la mesa, al alcance del perro. —Buenos días, Avon llama —se apresura a decir la zombi diez. —Dígame, señorita. —Me llamo Adriana. —Yo, Nic Leal. Me alegro de conocerla. Ya te digo: me alegro demasiado. Aunque tengo la sangre gomosa por culpa de la muerte en vida, de pronto resucita mi ingle. Menos mal que la bata disimulará la 18

antologia z7.indd 18

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

erección. ¡Menudo polvo tiene Adriana! Es de suponer que la cochera de Adriana andará más solicitada que la de Paquita, la vecina de arriba. Como no soy un marido escrupuloso, no me importaría aparcar mi coche en cualquiera de ellas. Como soy zombi de imaginación quijotesca, pienso en un trío entre mi vehículo y las dos cocheras. —Vengo visitando el bloque, Nic. Seguro que algo de lo que traigo —apunta levantando su maletín de Avon— le sirve a su mujer. —Lo siento, señorita. Por temor a una familiaridad más que embarazosa, evito el desacato de llamarla por el nombre. Adriana suena tan musical, tan sensual, que temo que la bata no consiga esconder por más tiempo el estado de turgente y enhiesta felicidad en que permanezco. —Mi esposa no está en casa. —Tanto mejor, Nic. Por el contrario ella sí se atreve a usar mi nombre en detrimento del más correcto y distante señor Leal. Aunque me agrada, he de reprenderla. Lo hago sin convicción, más que nada por frenar de alguna manera la firmeza de mi coche y la desenvoltura de mi imaginación. —Llámeme señor Leal, si no le importa. —Como quiera, Nic. ¿Puedo entrar en casa y enseñarle el contenido del maletín? Ella podría enseñarme lo que quisiera cuando quisiera, pero la verdad es que no podemos entrar en casa. Más que nada porque las llaves se han quedado dentro. Sonrío de manera bobalicona. —Lo siento, señorita, he de bajar a la calle —miento. —Puedo acercarme dentro de un rato, cuando acabe con las visitas del bloque. —Lo siento, luego tengo que ir a trabajar —miento de nuevo. 19

antologia z7.indd 19

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

—Ya pasaré otro día entonces, Nic —se marcha camino de las escaleras. Antes de perder de vista su culo, que observo con arrobo, se gira y me dice: No vaya a salir a la calle con la bata puesta. Al otro lado de la puerta escucho a Espeto, que se desgañita ladrando. Joder, ahora necesitaré a un cerrajero para que me abra. Y para colmo de males es la hora del almuerzo. Contrariamente a lo que haría cualquiera en mi situación, prefiero buscar a un profesional que me resuelva la papeleta antes que telefonear a la parienta y pedirle las llaves. Ya te digo. No tengo espíritu de capitán ballenero y al primer embate de Engracia me achantaría. Por fortuna el perro se ha callado, o cansado, quién sabe. Eso… o le ha dado un infarto y se ha muerto por segunda vez. Un momento… ¿a lo mejor se está comiendo la tortilla de patatas y bebiendo el gazpachuelo? Lo cierto es que, con anterioridad, sus ladridos parecían capaces de concitar la atención de todo el bloque y ahora el silencio me concede margen a la esperanza. Algo es algo. Pienso en la tarifa del cerrajero. De inmediato la idea se me antoja un cáncer en la cabeza, una patada en el culo. Y es que si pretendo que mi esposa no se entere de nada, tendré que echar mano de los cuarenta y cinco euros que he sisado para la serie de Sherlock Holmes. Y por menos de veinte, veinticinco euros, no convenceré a ningún profesional. Mierda. A este paso nunca conseguiré esa maldita serie. Indirectamente vuelvo a acordarme del despido. ¿Qué voy a decirle a Engracia esta tarde? ¿Cómo se lo cuento, si es que lo hago? ¿Qué hará cuando conozca la noticia? Me entran sudores fríos nada más que de pensarlo. 20

antologia z7.indd 20

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

De pronto reparo en un detalle para nada insignificante: no puedo bajar a la calle con la bata puesta. Cualquier vecino podría dar el chivatazo a mi esposa y estaríamos en las mismas. Cargaría contra mi mala memoria: citaría a Gustav Mahler o a Sergio Leone como pruebas inequívocas de mi estado de enajenación mental. Ella es una muerta con los pies en la tierra: prefiere a Azúcar Moreno y las películas de Marisol. Porque desconoce el significado de la palabra gafapasta, que si no la emplearía como una espada, dispuesta a hacer sangre. Un momento. Tengo una idea. Eres un puto genio, Nicasio. Sin lugar a dudas creo que ese es el mejor sitio para esconder la bata. ¿Dónde mejor? De manera que me apresuro a quitármela y a bajar en ascensor hasta el portal del bloque. Afortunadamente no me cruzo con ningún vecino. Frente a los buzones calibro la manera más conveniente de conseguir mi objetivo. Aunque la ranura de mi buzón —nueve centímetros de largo por tres de ancho— se antoja demasiado pequeña, no me arredro tan fácilmente. No, ahora no. Miro a derecha e izquierda. No hay moros en la costa. Es lógico: todos están almorzando, incluido Espeto. Todos menos yo. Me arrodillo y me afano en doblar la bata sobre el suelo. Lo hago de manera metódica para conseguir que, una vez doblada, quede lo más plegada posible. De ello depende el éxito de mi empresa. Pero el buzón, igual que un bebé desobediente que no abre la boca a la hora de comer, se mofa de mi empeño. Joder, será cabrón. La ranura es más estrecha que el tanga de una modelo. Así no lo conseguiré ni aunque me muera durante otros cincuenta años.

21

antologia z7.indd 21

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

Preciso de otra táctica. Desdoblo la bata. Ya lo tengo. Entrará poco a poco. Con los bebés desobedientes se obra precisamente de esta manera: cucharadita a cucharadita se comen toda la papilla. Vamos allá. No te estreses. Empiezo con la manga izquierda de la bata. Se la doy de comer al buzón. Este la acepta sin rechistar. Es cuando insisto con la parte central de la bata, cuando empiezan los problemas. El buzón parece saciado, atiborrado. No puedes hacerme esto ahora, hermano. Le juro por mis vivos —si es que todavía me queda alguno— que extraeré a diario de sus tripas la propaganda comercial. Con el borde cortante de la ranura me acuchillo parte de la carne de los dedos. Las rodajas caen al suelo, igual que si fuesen hebras de pollo o de ternera de un rollo kebab. Le doy patadas con el fin de esconderlas bajo la propaganda que la falta de civismo de algunos vecinos ha esparcido por el portal. A lo mejor debería optar por recoger la carne en un cartucho de papel elaborado a tal efecto con la última promoción de Ikea y subírsela a Espeto. Sobre todo por si, el muy cabrón, no ha tenido bastante con mi tortilla de patatas. —Un poquito más —murmuro. Antes de concluir la operación, una voz femenina me asalta por la espalda. —Buenas tardes, Nic. La manga derecha de la bata cuelga del buzón, igual que una lengua. Pareciera como si el puñetero buzón se estuviese burlando de mí. Me giro azorado, tratando de ocultar la bata con mi espalda. —¿Qué hay, señorita? —Es Adriana, otra vez. —Avon llama, ¿recuerda? Con sus encantos sería capaz de hacer perder el norte al más experimentado explorador. Desorientarse con 22

antologia z7.indd 22

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

sus curvas y su sonrisa es lo más fácil. De momento, me conformo con sonrojarme. Por fortuna, en esta ocasión consigo controlar la corriente sanguínea de la ingle. —¿Ya ha terminado con las visitas del bloque? —Nic, recuerde que vendré a visitarlo otro día —dice sin dejar de caminar hacia la calle. Me regodeo con la visión de su trasero. Ella se sabe observada y se contonea al borde del esguince de tobillo o de la luxación de cadera. Con sus encantos y esa manera de caminar sería capaz de venderle productos de belleza al mismísimo Frankenstein. Puede que ella no haya visto nunca «El bueno, el feo y el malo» y jamás haya escuchado la Sinfonía Resurrección, pero a quién le importan minucias como esas. No precisa de aditivo alguno, ni el conservante o el colorante de unas aficiones singulares como las mías. Por delgada que esté, su cuerpo lo es todo, una apuesta segura: un depósito a plazo fijo, una cuenta en un paraíso fiscal en el extranjero, un trabajo de funcionario. Observo su culo. De repente la revelación es implacable. La estrechura de la falda no deja lugar a dudas: lleva tanga. Me lo imagino más pequeño que la boca de mi buzón. A saber lo que es capaz de tragarse la ranura que esconde debajo. Cualquiera sabe si ella podría digerir mi bata. —Demasiada publicidad, ¿no cree, Nic? —apunta, sosteniendo la puerta ya abierta. Detecto cierta mofa en su tono de voz. —Demasiado agresiva —respondo con la pizca de ironía precisa como para restar importancia a mi ocurrencia de dar de almorzar al buzón. Si fuera un mosquito volaría en dirección al escote de Adriana buscando el mejor ángulo de visión. Si por el contrario, fuese una hormiga, caminaría entre sus 23

antologia z7.indd 23

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

tacones para levantar la mirada y comprobar si el tanga es tan estrecho como imagino. Pero no soy más que una triste estatua de sal, la penosa imagen del marido fiel que, por único atrevimiento, se regalará una sesión onanista pensando en la chica Avon. A esta hora del mediodía no he encontrado ningún negocio abierto, más allá de los consabidos locales regentados por zombis chinos, que proliferan con la saña de las cucarachas o de los gusanos post mortem. He tenido que telefonear a una empresa de información telefónica, de esas que te cobran un riñón por minuto. El operador me ha facilitado el número de un cerrajero veinticuatro horas. Quince minutos después lo tengo en la puerta de casa. La labor del cerrajero es tan eficiente que se me desguinza la sonrisa. Debería alegrarme, ya que de nuevo puedo entrar en casa… pero el tipo lo ha conseguido de una manera tan rápida que podría haberlo intentado yo solito. A él le ha sobrado con sesenta segundos, una ganzúa y el tirón oportuno del pomo. En silencio rumio unos insultos, similares a los que regurgito cuando voy a Hacienda o tengo que pasar la ITV a la moto. Todo en esta muerte en vida es un timo de escándalo. —Un segundito, que voy a buscar el dinero —farfullo mientras me adentro por el pasillo. Sorteo como puedo la alegría de Espeto, que brinca a mis pies, deseoso de darme la bienvenida. Del interior de la cisterna del retrete extraigo una botellita de plástico. Me seco el brazo con la toalla con cuidado de no perder ningún tasajo de carne podrida en la operación. —¡Menudo calor! —grito para que el cerrajero me escuche desde la entrada. Con ello intento ganar unos minutos de margen—. Menudo veranito que llevamos, ¿no cree? 24

antologia z7.indd 24

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

Dentro de la botella no solo hay un puñado de piedras a modo de lastre; en su interior duermen los cuarenta y cinco euros sisados a los distintos recados de Engracia. De regreso a la puerta, al pasar frente a la cocina estiro la mirada y compruebo, como me temía, que de la tortilla de patatas y del gazpachuelo solo quedan las huellas. A lo mejor Holmes sabría qué hacer con ellas. El cerrajero se seca el sudor de la frente con la manga del mono. ¿Será capaz el muy cabrón de decir que se ha fatigado? Después de pagarle treinta euros que me duelen como treinta latigazos, como treinta martillazos en los dientes, el tipo se lleva la mano a la sien descarnada —le asoma el hueso por el cuero cabelludo—. Es un remedo de saludo militar. Después me pregunta: —¿No tendría usted un vaso de agua fresca o una cervecita? ¿Y un poco de chacina? De la misma manera que obré anteriormente con el cobrador del Ocaso, le cierro la puerta en las narices. Que se vaya a vacilarle al señor alcalde o a los zombis chinos. Regreso al cuarto de baño. Tras devolver el dinero restante al interior de la botella, y esta a su escondrijo, me acuerdo de Adriana y de su purulento cuerpo diez a lo Bo Derek. También de su culo y del tanga más pequeño que la boca de mi buzón. Al establecer esta comparación, recuerdo que aún he de recoger la bata de dentro del mismo, y además que todavía no he almorzado. Pero antes acabaré lo que he empezado. El arte de la masturbación está últimamente muy denostado por novatos y viciosos. Desde la cama de matrimonio me sonríe el uniforme del restaurante Caramelo. Engracia me lo planchó antes de desayunar e irse al trabajo. He de devolverlo hoy y me 25

antologia z7.indd 25

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

he propuesto hacerlo en las mejores condiciones posibles. Decencia ante todo, Nicasio. Al mal tiempo, buena cara. Quien ríe el último, ríe mejor. Has de demostrarle a tu ex—jefe que eres mejor persona que él. Miro el reloj: las cinco de la tarde. Recuerdo esa absurda frase con que había de atender a los clientes, «Camarero Caramelo para servirle». Y sin desbaratar la sonrisa de zombi contento de trabajar diez horas seguidas por un sueldo que despreciaría un vivo. Como homenaje me pongo por última vez los pantalones, la camisa y la gorra color caramelo. Vaya por Dios, pero ahora prefiero no mirarme al espejo. Con lo demacrado que estoy pareceré un payaso más triste que el de McDonald’s. Me desvisto con cuidado: no he de perder ningún trozo de carne en el intento. Tampoco he de arrugarlo. Tengo que acercarme al restaurante a dejar el uniforme y, mientras permanezca allí, aparentar el aplomo consustancial del que puede obtener cualquier otro trabajo y con mejores condiciones laborales. Luego tendré que regresar al barrio a tiempo de asistir a la fiesta de cumpleaños del niño, que se celebra en casa de mi suegra. Pero tengo tan pocas ganas… Al observar el intachable planchado del uniforme, me acuerdo de la sonrisa lavada y almidonada de mi ex jefe. ¿A qué tintorería llevará sus hipocresías sudadas? ¿Cuánto le costará? Al acordarme de cómo relucía su sonrisa cuando me comunicó el despido, me hierve la bilis. Desesperado, lanzo una patada al aire con tan mala fortuna que me desencajo el meñique derecho contra la pata de la cama. Se me aparecen todas las estrellas del firmamento más las del Paseo de la Fama de Hollywood. Tras guardar el meñique en el bolsillo del pantalón, me detengo a hacer recuento de mis desgracias en el 26

antologia z7.indd 26

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

día de hoy: el taconeo de Paquita, el cobrador que me ha importunado cuando escuchaba a Mahler, la mujer de Avon, el desafortunado tirón de la puerta para evitar el asedio de Espeto, el almuerzo devorado por el perro, la operación de introducir la bata dentro del buzón, el desembolso de treinta euros al cerrajero y la certeza de que de nuevo estoy en el paro. Dado que hay demasiados destinatarios potenciales de mi venganza, decido centrar mi odio en el uniforme de Camarero Caramelo. No en vano él me recuerda mi despido. Alcanzo el pantalón, la camisa y la gorra. Hago una pelota con ellos y me siento sobre ella a ver la tele un rato. Aprovecho la coyuntura para encajar el meñique perdido en su sitio. Nada más salir del portal, me encuentro en mitad del campo de batalla. Cuando fui en busca del cerrajero eran las tres y media de la tarde, y los contendientes estaban almorzando. Dos horas más tarde los guerrilleros han regresado a sus posiciones. Esta zona del barrio de Miraflores, la que linda con el Monte Pavero, necesitaría la intervención urgente de los Estados Unidos para ser pacificada. En caso contrario al final se establecerá como estado independiente. La puerta se cierra tras de mí y me deja en la puta calle. Esto es la locura, la guerra: el aullido de los coches, el fragor de las conversaciones, la música ofensiva de Camela a todo volumen, el acerado filo de las miradas… Como sería objeto de burla por parte del vecindario si me protegiese con un chaleco antibala y un casco azul de la ONU, opto por defenderme tras mis gafas de sol y unos tapones de cera. Aprieto el paso en dirección a la moto. Llevo el uniforme del restaurante debajo de la axila. Con algo 27

antologia z7.indd 27

23/09/13 20:03


c amarero caramelo

de fortuna, además de hecho un ovillo, lo entregaré perfumado. Pero ellos están ahí, ociosos guerrilleros vecinales. Y se encuentran demasiado cerca de mi Vespa. La mayoría de esa gentuza zombi está en el paro, y ni les importa. Los zombis merdellones conforman una especie autóctona de Málaga, que lejos de extinguirse como el lince o el oso polar, se reproduce a una velocidad solo digna de la obsesión fornicadora de los conejos. Rebuznan más que hablan… e infectan el aire con el dióxido de carbono de sus roñosos pulmones. Supongo que en todas las ciudades y países contarán con una escoria semejante, pero los de aquí son lo peor de lo peor: gente capaz de salir en pijama a la calle o de llevar cordones de oro al cuello del tamaño de la maroma del Titanic. Me agrada pensar que en Hollywood a cachos de carne de esta calaña no los contratarían ni de extras para rodar en el Bronx. Mancillarían los dólares con el sudor de sus huesos. Por mí, podrían volver a nacer todos de nuevo e irse al puñetero mundo de los vivos. Aspiro hondamente y contengo la respiración. Mejor no respirar su dióxido de carbono. Luego pongo cara de zombi bobo y sonrisa de comercial de seguros. Acelero el paso, deseoso de montarme en la moto para alejarme de ellos y así poder respirar de nuevo. —¡¿Te han cortado la luz?! —rebuzna uno de ellos. Lo he escuchado a pesar de los tapones de cera. Ni siquiera le miro—. Lo digo, Nicasio, porque algún día deberías mirarte al espejo. Joder, menudo careto. Me alejo del barrio retorciendo el acelerador de la Vespa. A mitad de Martinez de la Rosa puedo respirar de nuevo. Poco importa que el oxígeno hieda a humo 28

antologia z7.indd 28

23/09/13 20:03


A l e j a n d ro C a strogu e r

o al sudor del asfalto. Lo importante es no respirar el dióxido de carbono que expelen sus pulmones. No sé si he dicho antes que soy un zombi de buenos sentimientos. Lo soy. Es por eso, que conste, y no por miedo a los coletazos de ballena de Engracia, que no asistiré a la fiesta de cumpleaños de mi hijo. Al llegar al cruce con Eugenio Gross me detengo junto a un semáforo. Apago el motor de la Vespa y marco el número de móvil de mi esposa. Al tercer timbrazo descuelga. Me apresuro a quitarme el tapón de cera del oído derecho y a escupirle una mentira que me escuece como las llagas que sufro en todo el cuerpo. —Mujer, no podré llegar a tiempo. El jefe no me ha dado permiso para salir antes. Tampoco voy a fastidiarle la fiesta a la parienta con mis penas. Mañana será otro día, mañana habrá tiempo de poner la mejor sonrisa de muerto para decirle a Engracia que me he quedado en el paro.

Málaga, 3 de mayo de 2012

29

antologia z7.indd 29

23/09/13 20:03


antologia z7.indd 30

23/09/13 20:03

12824c  
Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you