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anita nair

El hombre empezaba a parecer algo nervioso. Le preguntó algo a la mujer. Ella asintió con la cabeza. Él se separó de la multitud y fue al kiosco de la entrada. Regresó con un refresco para ella. Ella dio un trago y se lo ofreció a él. Él negó con la cabeza. «¿Por qué pierdo el tiempo mirándolos?» Akhila apretó los labios. «Ésta es la prueba de lo que me ha dicho mi familia. Una mujer no puede vivir sola. No se las puede arreglar sola.» El cambio de señales le impidió entrar en reflexiones más profundas. La luz de la máquina del tren se acercaba a la estación y los altavoces anunciaron su llegada. Akhila levantó su maleta y agarró con fuerza el asa dispuesta a subir al tren. La marea de pasajeros avanzó en cuanto el tren se detuvo. Akhila sintió que el miedo la empujaba. El tren sólo se detenía allí dos o tres minutos. ¿Cómo podrían subirse todos al mismo tiempo? Se abrió camino entre la gente a codazos. Cuando llegó a la puerta se encontró con el anciano. Ayudaba a su mujer a ascender los escalones del vagón. –Vamos, suba al tren, deprisa –le dijo a Akhila. Empujó al resto de los pasajeros mientras Akhila subía su maleta y lograba entrar en el vagón. El reservado de señoras estaba al principio del coche. Entró en él y buscó su número. En el compartimento había seis literas. Tres a cada lado. La suya era una de las de abajo. Pero, por ahora, las seis pasajeras se sentarían en las literas inferiores hasta que fuera la hora de acostarse. Entonces soltarían la litera intermedia de su seguro en la pared y la asegurarían a la de arriba. Akhila metió la maleta debajo del asiento y echó una mirada a su alrededor. La anciana estaba enfrente. Su marido había puesto la maleta debajo del asiento y soplaba en una almohada inflable. Cuando estuvo inflada y dura le dio unas palmaditas y se la puso al lado. Subió la ventana y aseguró la lengüeta para que no se cayera y le atrapara la mano. –¿Quiere que le ayude a subir la ventana? –le preguntó a Akhila. Ella sonrió y rechazó su ofrecimiento. –Estás bien, ¿verdad? –preguntó tras volverse hacia su mujer–. Cuando te vayas a dormir cierra las persianas de madera. Así entrará 30

El vagon de las mujeres Océano [2].indd 30

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