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ADIOS MI LOCA EUROPEA JOE SCHREIBER


Adiós, mi loca europea Título original: Au revoir, Crazy European Chick © 2011, Joe Schreiber Publicado según acuerdo con Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company Traducción: Adriana de la Torre Diseño de portada: Diego Álvarez y Roxana Deneb Fotografía del autor: © Houghton Mifflin Harcourt D.R. © Editorial Océano, S.L. Milanesat 21-23, Edificio Océano 08017 Barcelona, España www.oceano.com D.R. © Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, piso 10 11000 México, D.F., México www.oceano.mx www.oceanotravesia.mx Primera edición: 2015 ISBN: 978-607-400-961-3 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

hecho en méxico / made in mexico impreso en españa / printed in spain


Prólogo Describe una experiencia o logro significativo y el efecto que esto tuvo en ti (Universidad de Harvard)*

—Me disparaste —dije. Yo estaba tirado boca abajo, preguntándome si moriría del dolor. A veinticinco pasos, ella tenía la pistola automática en una mano y la escopeta recortada en la otra, apartándose la sangre de los ojos. Eran las tres de la mañana. Estábamos en el despacho de abogados de mi padre, en el piso 47 de la Tercera Avenida, número 855, o lo que quedaba de él. Los policías se parapetaban detrás del sofá. Ella hablaba, pero yo no podía oír nada. Los disparos me habían dejado temporalmente sordo. Pensé en mi padre. Respiré profundo y vi que el lugar se ondulaba en las orillas; iba a entrar en shock. El dolor no cedía ni un poco y pensé que prefería desmayarme a averiguar cómo iba a terminar todo esto. Al fin y al cabo, nunca he sido de los que terminan lo que empiezan. Ella caminó hasta mí, se arrodilló y me envolvió con sus brazos, presionó sus labios en mi oreja, tan cerca como para que pudiera oír lo que me decía. —Perry —me dijo—, la pasé muy bien esta noche.

*

En cada capítulo hay una instrucción seguida del nombre de una universidad. Son las instrucciones que les hacen a los candidatos para que escriban un ensayo como parte de su solicitud de ingreso. [N. de la T.] 11


Uno Explica la manera en que tus experiencias de adolescente difieren significativamente de las de tus amigos. Incluye comparaciones (Universidad de Puget Sound)

Gobi fue idea de mi mamá. No es que yo la culpe, lo que sucedió no es culpa de nadie. No soy precisamente religioso, pero la forma en que se maneja la culpa cuando la sangre empieza a correr tiene algo de católico: tomo mi parte, toma la tuya y pásala. No olvidemos al tipo de la esquina: ¿le tocó su parte? Imagino que podríamos culpar a la misma Gobi, pero eso es tanto como culpar a Dios por la lluvia o por un terremoto en algún país tercermundista donde la mitad de las construcciones se derrumban porque todavía se hacen con adobe. Sucedió, eso es todo. En ese sentido, los seres humanos son como los hijos infelices de padres alcohólicos: recogen lo que queda y tratan de inventar razones para explicar lo sucedido. Podríamos argumentar que eso es lo que nos hace interesantes, y quizás así sea para alguna raza alienígena que nos estudie a millones de kilómetros de distancia. Pero desde donde yo lo veo, sólo es patético y triste. Bueno, todo empezó porque la familia de mi mamá recibió a una estudiante de intercambio de Alemania cuando ella tenía mi edad. Todos se llevaban de maravilla, y mi mamá seguía en contacto con esta mujer, que ahora era terapeuta familiar y vivía cerca de Berlín. Mis papás la visitaban siempre que iban a Europa y entiendo que la pasaban de perlas, riendo, haciendo chistes y recordando los viejos tiempos. Poco antes de mi último año en preparatoria, mamá pensó que sería culturalmente 13


enriquecedor si nuestra familia hiciera lo mismo. Papá aceptó en piloto automático —su estilo acostumbrado— y, para ser honestos, ni siquiera estoy seguro de que estuviera escuchando lo que mamá decía. Así fue como recibimos a Gobi. Gobija Zaksauskas. Mi mamá hizo que Annie y yo escribiéramos su nombre 20 veces, y buscamos la pronunciación en un sitio web lituano para asegurarnos de que lo decíamos bien. De todos modos, no creo que ella nos hubiera corregido. Desde el momento en que la recogimos fuera de la terminal internacional del aeropuerto jfk de Nueva York, lo más que la oí decir al respecto fue “Llámenme Gobi”. Así lo hicimos y eso fue todo. En la casa la instalamos en el cuarto de visitas al final del pasillo, con su baño privado y su propia laptop, para que pudiera hablar por Skype con su familia. Mi cuarto era el de junto, donde me pasaba la noche memorizando palabras para el examen de ingreso a la universidad y dándome golpes contra la solicitud y oía su voz a través de la pared, hablando en bajos exabruptos de sílabas cargadas de consonantes que no podía comprender, comunicándose con los miembros de su familia, al otro lado del mundo. Al menos eso creía yo. ***

Menciona “estudiante extranjera de intercambio” a cualquier grupo de chicos de preparatoria y obtendrás la misma expresión. Es como si todos y cada uno de los perros que juegan póker olfatearan a la vez el mismo nuevo y exótico tipo de croqueta que podría satisfacer todos sus deseos, o al menos envenenarlos de puro placer. Al principio, yo ciertamente bromeé mucho con Chow y los otros muchachos al respecto, todos nos imaginábamos a una seductora mediterránea, con ojos entornados, labios 14


carnosos, curvas como de auto deportivo europeo y piernas de modelo de trajes de baño, quien me daría clases sobre tretas femeninas antes de que yo entrara en la universidad. Ahora eso ni siquiera me parece gracioso. Gobi no era mucho más alta que mi hermana pequeña; tenía el cabello oscuro y grasoso, eternamente recogido en un chongo espeso en la nuca, que siempre salía a ambos lados, brillante y angular, como las aletas de un pingüino. Su cara casi desaparecía detrás de unos enormes anteojos de armazón negro, con espejuelos tan gruesos que sus ojos parecían flotar descoloridos como dos amebas del otro lado de un microscopio. Tenía la piel del color del puré de papas instantáneo, donde cada barro destacaba furiosamente. Una vez, y sólo una vez, mi hermana Annie de doce años se ofreció a intercambiar ideas de maquillaje con ella, y la reacción de Gobi fue tan extraña que todos hicimos como si nunca hubiera sucedido. Su única expresión facial, una sorprendida combinación de duda y perplejidad inquieta, la podría haber hecho víctima del bullying en algunas preparatorias, pero en los pasillos de Upper Thayer la hacía literalmente invisible, una sombra que flotaba cerca de los casilleros con un cargamento de libros abrazados contra el pecho. Su vestimenta tendía hacia los suéteres de lana pesada, camisas tipo chamarra y densas faldas marrón que le llegaban debajo de la rodilla, ocultando cualquier forma que su cuerpo pudiera tener escondido debajo. La única joya que usaba era una cadena de plata con medio corazón colgando, a la mitad de la curva de su pecho. Por las tardes cenaba con nosotros, el dije sonaba, participando amablemente en la conversación con su inglés formal y quedo, respondiendo a las preguntas de mamá sobre los deportes o los acontecimientos actuales, hasta que todos encontrábamos alguna excusa razonable para escapar a nuestras respectivas vidas. Un día, seis semanas después de su llegada, se desmayó en el comedor de la escuela sobre una charola de carne asada con 15


puré de papas. Yo estaba al otro lado de la cafetería cuando escuché los gritos; Susan Monahan estaba segura de que había muerto. Sin embargo, cuando Gobi despertó en la enfermería, explicó su enfermedad. —Está bajo control. Pero en realidad no lo estaba, y desde entonces había tenido al menos doce episodios similares. Parecían llegar en racimos, relacionados con el estrés, y nadie podía saber cuándo se presentaría el próximo. Finalmente encontramos que el nombre médico de lo que Gobi tenía era epilepsia del lóbulo frontal: básicamente, se trataba de un pequeño circuito en la actividad eléctrica del cerebro, quizá genético u ocasionado por algún tipo de golpe en la cabeza. Dostoievski lo padecía, Van Gogh y quizá también San Pablo, cuando se golpeó al caer del burro camino de Damasco, si es que crees en ese tipo de cosas. Todos sabíamos que Gobi no tenía permitido conducir. Una vez la encontré sentada muy derecha en la mesa del comedor con los ojos medio abiertos, mirando al vacío. Cuando le toqué el hombro, ni siquiera me miró. A pesar de esto, o quizá debido a esto, yo siempre le sonreía y la saludaba en los pasillos. Le ayudaba con su tarea de literatura inglesa y prácticamente hice su presentación en PowerPoint sobre la Bolsa de Valores de Nueva York, la mañana que la tenía que entregar. De todos modos, siempre que me veía llegar miraba hacia otra parte, como si supiera cuánto me molestaba la gente por tener trato con ella; no mis verdaderos amigos, estoy hablando de perdedores de clase mundial como Dean Whittaker y Shep Monroe, estúpidos ricos cuyos padres Fortune 500 nadaban en las heladas aguas de las finanzas internacionales en busca de su próximo alimento. Nada de eso me molestaba. Los chicos con quienes la pasaba y con quienes tocaba música, los muchachos de Inchworm y uno o dos amigos que no me abandonaron cuando papá me hizo renunciar al equipo de natación para unirme al grupo de debate, ellos parecían entender o, al menos, compadecerse. 16


—Mala suerte, Stormaire, te tocó un mal negocio. —Bueno —decía, encogiéndome de hombros—, no está tan mal. Y no lo estaba, hasta que mi mamá me pidió que llevara a Gobi al baile de graduación.

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Dos ¿Qué miembro de tu familia ha influido más en tu identidad y en tus aspiraciones? (Universidad Dartmouth)

Faltaban dos semanas para el baile de graduación y yo no tenía boletos. Ésa fue mi primera excusa. Pero mamá dijo que ya se había encargado de eso, ella tenía amigos en el comité organizador y siempre sobraban algunas entradas. Yo no era del tipo que le gusta el baile de graduación; ninguno de nosotros lo era, excepto Chow, cuya novia le dejó muy claro que terminarían si no la llevaba. Lo molestamos sin misericordia al respecto a pesar de que, en el fondo, a Chow parecía gustarle ese tipo de atención. Incluso hizo cita con un estilista de Manhattan y hasta tuvo el valor de contárnoslo. Este chico tenía algo de masoquista, no había ninguna otra explicación racional. Cuando quedó claro que la táctica del boleto no funcionaría, jugué mi carta ganadora y recordé a mi mamá que mi banda, Inchworm, tocaba esa noche, y no en un lugar cualquiera, sino en Monty’s, en la Avenida A. Era nuestra primera tocada real en Nueva York. La reacción de mamá (“Oh, no me había dado cuenta”) fue suficiente para hacerme confiar en que lograría zafarme. Ella nos había visto tocar algunas veces aquí y allá, pero sabía que esto era diferente. Entonces metió a mi papá en el asunto. Sucedió como siempre, cuando menos lo esperaba. Así es como opera mi papá. Probablemente eso sea lo que lo hace tan buen litigante; lo que lo hizo más perfecto fue que la hora del juicio final sucedió en su oficina. 18


La oficina de papá estaba en la Tercera Avenida, en la zona central, arriba, en el piso 47, “a medio camino entre Dios y Broadway” —como le gustaba decir—, a pesar de que siempre me hacía pensar en alguien saltando por la ventana y gritando todo el trayecto hasta chocar contra la banqueta: plaf. Dos veces por semana, jueves y viernes, caminaba directamente de la escuela a la estación de tren y tomaba la línea New Haven, que en una hora me dejaba en la estación Grand Central. Luego caminaba ocho cuadras hacia el norte y dos más hasta las oficinas de Harriet, Statham y Fripp. El vestíbulo era amplio, con una fuente gigante y toneladas de acero y vidrio. Deslizaba mi tarjeta magnética personalizada para pasar por el torniquete y me dirigía a los elevadores que estaban al otro lado del escritorio de seguridad. Arriba, en el 47, las secretarias generalmente tenían una montaña de cosas esperándome: fotocopias, engargolados, archivo, junto con la cartera internacional, que no llegaba hasta más tarde. Por lo que se refiere a trabajos de medio tiempo, pagaban mejor que McDonald’s y papá decía que una carta de recomendación de uno de los socios principales, quizás incluso de la misma Valerie Statham, me sacaría de la lista de espera de la Universidad de Columbia —donde estaba actualmente atorado—, para aterrizar suavemente en el montón de admisiones. Ya me habían aceptado en Uconn y Trinity, pero Columbia era lo máximo. —Ya estamos en mayo —indicó mamá—. ¿Cómo sabemos que no han decidido ya? —No lo han rechazado aún —dijo papá—. Así que razón de más para pedir una carta de recomendación. No es demasiado tarde. Yo estaba en el cubículo de fotocopias en el 47, hasta el cuello de declaraciones, cuando entró papá y me dijo: —Dice tu mamá que estás buscando un esmoquin. Algo seguro sobre este hombre es que siempre sabías cuándo te dejaría tonto de un golpe. Coloqué las hojas sobre la mesa y 19


me di vuelta para enfrentarlo directamente, tal como me había enseñado a hacer siempre que comprendiera que una pelea estaba por comenzar. Eran cerca de las seis de la tarde y la mitad de los socios ya se había ido, pero los ojos azules de papá brillaban alegremente, el nudo de su corbata aún perfecto, y podría parecer que acababa de afeitarse. En cuanto a la relación predadorpresa, ésta salía directamente de Animal Planet. —No podré ir —dije—. Tenemos una tocada esa noche aquí, en la ciudad. —Habrá otras tocadas, Perry. —No como ésa. Nos tomó tres meses prepararla; de hecho, vamos a pagar por tocar allí. Sus pupilas se contrajeron como ribetes de acero, como si tuviera pequeños músculos y realmente los estuviera flexionando. —Yo bajaría la voz si planeara quejarme así. Las reputaciones se arruinan aquí por menos de eso. —De todos modos, ¿de quién fue la idea, de Gobi o de mamá? —Gobi regresa a su casa la semana próxima —dijo papá—. Tu madre piensa que sería una buena despedida —se inclinó un poco más sobre mí, yo podía oler su colonia, algo sutil y cara—. Mira, todos sabemos que las cosas no resultaron para ella tal como lo esperábamos este año. Sería agradable terminar en una nota alta. —Aún no has respondido a mi pregunta —dije. Papá asintió. Comprendí que yo tenía derecho a tales tácticas de confrontación, pues afinaban las habilidades para el futuro guerrero masai en el que, sin duda, me convertiría. —Lo que yo entiendo —dijo papá— es que fue Gobi la que abordó el tema con tu madre. —¡Espera! ¿Quieres decir que ella quiere que yo la lleve al baile? —esto era, por decir lo menos, improbable, sin embargo, escuchar a mi papá decirlo en voz alta con el zumbido de la fotocopiadora detrás de mí lo hacía parecer verdad—. Ella apenas me voltea a ver en los pasillos, por no decir en casa. 20


—Pero tú la ves a ella. Le sonríes y la saludas. Le has ayudado con sus tareas. En una palabra, la trataste con un mínimo de decencia y civilidad, lo que imagino fue más de lo que muchos de tus compañeros lograron hacer. ¿A quién más le pediría que la llevara? Negué con la cabeza. —Papá, si fuera cualquier otra noche… —Pero no lo es, es ese sábado —esperó, pero no era la pausa de alguien que aguarda una respuesta, solamente me estaba dando tiempo de absorber sus palabras—. Tu madre te llevará mañana a que te ajusten el traje. Me doy cuenta de que haces un sacrificio personal, así que para endulzar el trago amargo… —escuché el tintineo de unas llaves de auto salir de su bolsillo, el estilizado logo de Jaguar brilló con el resplandor verde de la copiadora, mientras él las movía frente a mí— … yo proveeré el transporte. Apenas miré las llaves. Él sólo me había dejado conducir el Jag dos veces en mi vida, sacarlo en reversa para lavarlo y en ocasiones me permitía ir a la cochera a sentarme en él para estudiar para los exámenes del colegio. Por el tono de su voz capté que no era una táctica de negociación. Era un hueso, simple y puro, y él me lo lanzaba sencillamente porque podía. En su mente el asunto estaba cerrado. Lo que sucediera después era mera especulación. —Papá, no quiero. —Un hombre tiene obligaciones más allá de sí mismo, Perry. —Lo que significa que no tengo opciones. —Significa que en este caso debes dejar de lado tus motivos egoístas y considerar a otras personas por una vez. Por una vez: eso fue lo que me prendió. Al mirar atrás, creo que yo podría haber aceptado si él no hubiera dicho eso. Pero lo dijo y ya no pude contenerme. Antes de que me diera cuenta, le arranqué las llaves y las lancé hasta el otro lado, donde rebotaron en un gabinete y aterrizaron junto a varias cajas de papel para copias. 21


—¿Mi egoísmo? ¡Todo lo que hago es para otras personas! —al decir eso, vi la expresión de mi papá ir de la sorpresa a la ira y llegar a una especie de frío desapego como de cristal líquido, todo en cuestión de segundos, y nuevamente, por centésima vez, comprendí cómo se hizo socio en una de las firmas más prestigiosas de Nueva York: tenía los nervios de un piloto de pruebas y la temperatura interna de un dragón de Komodo. Era el tipo que querías que aterrizara el avión cuando todos los indicadores enloquecían. Yo respondí con la única arma de mi arsenal: salirme de quicio. —Me pediste renunciar al equipo de natación para concentrarme en las calificaciones —dije— y lo hice. Me sugeriste enviar una solicitud a Columbia y trabajar como burro para obtener una carta de recomendación, y lo hice. Todo lo que tengo es esta banda y esa tocada y tienes que dejarme que toque ese día, sólo eso, sólo esta única cosa, ¿de acuerdo? Esperó, soportándome de la forma en que podrías soportar a un mimo mediocre en la calle, y luego, con una voz suave dijo: —¿Terminaste? —Sí. —Bien. Tu madre te llevará mañana a que te ajusten el esmoquin —su mano volvió a surgir, extendiéndome un billete de 100 dólares—. Yo creo que sería apropiado que luego te ofrecieras a llevarla a cenar como un gesto de aprecio. —Guárdalo —dije—, tengo mi propio dinero. —Claro que lo tienes —dijo sonriendo, mientras se dirigía a levantar las llaves del auto y me dejaba allí parado. ***

Fui directamente al vestíbulo y presioné el botón del elevador. Al diablo con las copias, que las haga él mismo. El elevador bajó dos pisos, se detuvo y una mujer alta y elegante, con traje y portafolios, se colocó junto a mí, hablando suave22


mente en su teléfono celular. Tenía unos cincuenta y pocos años, con el cabello castaño recogido de tal forma que mostraba su cuello esbelto, de cisne, sin arrugas. Me tomó unos cuantos segundos darme cuenta de que estaba parado junto a Valerie Statham, una de las socias principales de la firma, la que yo esperaba que escribiera la carta de recomendación para el Comité de Admisiones de Columbia. Una vez, hacía varias semanas, pasé junto a su oficina en una esquina y alcancé a ver un Manhattan que sólo existe para ciertos individuos que ocupan un estrato muy específico en el logro humano. Ella me debió reconocer, porque cuando terminó su llamada se volvió y me miró de arriba abajo. —Eres el hijo de Phil Stormaire, ¿verdad? —Ajá —dije—. Es decir, sí, señora —le extendí la mano, consciente de que mi cara y mis oídos seguían hirviendo por el pleito que tuve con mi padre—. Perry. Ella me dio la mano. —¿Estás haciendo prácticas de tiempo parcial aquí? —Sólo ayudo en algo, todavía estoy en preparatoria. —¿Te gradúas este año? ¿Cuáles son tus planes? —Columbia, con suerte. Leyes. —En serio —arqueó una ceja—. ¿Siempre has querido ser abogado? —Desde que tengo memoria. —Eso es bueno. Siempre digo a la gente que si no lo ha deseado al menos ese tiempo, debe dedicarse a otra cosa —tomó mi mano, le dio la vuelta como una lectora de palmas y examinó los callos en mis dedos—. ¿Cuánto tiempo llevas tocando la guitarra, Perry? —¿Disculpe? —Tus dedos te delatan flagrantemente. Parece que lo has estado haciendo durante un buen tiempo. Me sonrojé un poco sin razón, excepto que ella estaba tocando mi mano y mirándome a los ojos, y el darme cuenta de que me estaba sonrojando me hizo sentir aún más cohibido. 23


—Desde quinto año, creo. —Salí con varios guitarristas cuando estuve en la universidad. De hecho, hice casi una especialidad de ello. Me gané una buena reputación en Oberlin1 —sonrió y me di cuenta de que ella usaba un brillo labial casi del tono de su piel natural—. ¿Por lo menos eres bueno? —¿Perdón? —En la guitarra. —Estoy en una banda llamada Inchworm. Tocaremos en Monty’s, de la Avenida A —antes de que pudiera detenerme, le espeté el resto—, debería ir a vernos. —¿Disculpa? —A la banda —dije—. La podría poner en la lista de invitados. —Hace mucho tiempo que no voy por la Avenida A —el elevador sonó su campanilla, las puertas se abrieron en el vestíbulo—. ¿Cuándo es el show? —El sábado a las diez de la noche, pero generalmente empezamos un poco más tarde. Valerie frunció los labios un poco. —Qué mal. Estaré aquí toda la noche. —¿En la oficina? —Los socios también se tienen que desvelar, Perry —me hizo un guiño y me miró de un modo que no pude descifrar bien—. Pregunta a tu padre. Salí y la vi caminar por el vestíbulo de mármol, pasar la fuente, haciendo sonar los tacones hacia la puerta con el medido golpe de un cronómetro en cuenta regresiva hasta el silencio. Al salir hacia la Avenida Tres escuché una risita familiar detrás de mí.

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Oberlin es una universidad de Artes y Ciencias famosa por su conservatorio de música. [N. de la T.] 24


—Ese vino es demasiado fino para tu paladar, hermano. Al voltear vi a Rufus, el guardia de seguridad de 68 años, detrás del escritorio de la recepción. Había cubierto el turno de las seis de la tarde a las seis de la mañana durante cuarenta años y el edificio era tan suyo como lo era de la firma. —Oye —dije—, ¿a qué se refiere con eso de mi papá? —¡Hombre! ¿Por qué me preguntas? —levantó una revista frente a su cara y lo único que dejaba ver era la punta de su gorra azul—. Yo no escuché nada. —En serio, Rufus. Bajó la revista, exponiendo un par de ojos observadores detrás. —¿En serio? Este mundo es muy gracioso y lo es cada vez más mientras más vives en él. Y ésa es la verdad —levantó una taza desechable en mi dirección—. ¿Quieres un poco de café? Parece que te hace falta. —No, gracias, me tengo que ir. Miró su reloj. —Es un poco temprano, ¿no? —Terminé temprano. —¿Quieres un paraguas? —No hay ni una nube en el cielo. —Como quieras. A tres cuadras de la estación Penn, escuché los primeros rugidos de los truenos y vi rayos que rebotaban en los rascacielos. Cuando llegué a la estación estaba empapado.

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Profile for Editorial Océano de México, SA de CV

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Adiós, mi loca europea; novela para jóvenes; adolescentes; terror; suspenso; Joe Schreiber;

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