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ÍNDICE

1. La forma normal de operar · 13 EL RASTRO DE PAPEL

2. Una hoguera en el suelo · 35 LA INQUISICIÓN MEDIEVAL

3. Reina de los Tormentos · 71 LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA

4. Ese artefacto satánico · 105 LA INQUISICIÓN ROMANA

5. Los confines de la Tierra · 141 LA INQUISICIÓN GLOBAL

6. La guerra contra el error · 177 LA INQUISICIÓN SECULAR

7. Con Dios de nuestro lado · 215 LA INQUISICIÓN Y EL MUNDO MODERNO

Agradecimientos · 241 Notas · 243 Bibliografía · 275 Índice analítico · 289


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LA FORMA NORMAL DE OPERAR El rastro de papel Nadie entra y nada sale. –Archivista del vaticano, 18771

La teología, señor, es una fortaleza, y en una fortaleza no hay grietas menores. –Reverendo Hale, en Las brujas de Salem, 19532

El palacio

U

n día caluroso de un verano reciente en Roma, atravesé la enorme Plaza de San Pedro, tomé un breve respiro a la sombra de un flanco curvado en la columnata de Bernini y seguí hasta topar con un impasible guardia suizo en una puerta de hierro forjado, la Porta Cavalleggeri. El guardia examinó mis credenciales, me las devolvió e hizo un saludo ceremonioso. Sorprendido por ese gesto solemne, yo estaba a punto de devolverlo por instinto cuando reparé en que iba dirigido a un cardenal que entraba balanceándose al Vaticano detrás de mí. Cruzando aquella puerta, en Piazza del Sant’Uffizio 11, se alza un palazzo renacentista con el rubicundo aspecto ocre y crema de muchos otros edificios de esa ciudad. Se trata de las oficinas de la Congregación para la Doctrina de la Fe (cdf), cuya tarea, en palabras de la Constitución Apostólica, Pastor Bonus (El Buen Pastor), promulgada en 1988 por el papa Juan Pablo II, es “promover y salvaguardar la doctrina de la fe y la moral en el mundo católico”. Y continúa Pastor Bonus: “Por esta razón, todo lo referido


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de un modo u otro a ese asunto se halla dentro de su competencia”.3 Es ésta una encomienda muy amplia. La cdf es una de las nueve congregaciones que forman el aparato administrativo de la Santa Sede, pero predomina sobre las demás. Cada documento o decisión importante que emana de cualquier punto del Vaticano debe recibir su aprobación. Esta congregación genera asimismo muchas resoluciones propias. Los pronunciamientos vaticanos de la última década contra la clonación y el matrimonio entre personas del mismo sexo se originaron en ella, así como la instrucción a las parroquias católicas de no dar a la Genealogical Society of Utah los nombres de feligreses pasados o presentes, medida que reflejó las “graves reservas” del Vaticano por la práctica mormona del bautismo póstumo. La declaración Dominus Jesus (Señor Jesús), emitida en 2000, que reiteraba que la católica es la verdadera Iglesia de Cristo y único medio seguro de salvación, es también un documento de la cdf.4 Y dado que ésta es responsable de la disciplina clerical, sus acciones –e inacciones– son centrales para los escándalos de pedofilia que han sacudido a esa Iglesia. Durante más de dos décadas, la Congregación para la Doctrina de la Fe fue encabezada por el cardenal Josef Ratzinger, posteriormente Benedicto XVI, a quien durante su largo imperio como prefecto se le conoció como “el policía” o Panzerkardinal (cardenal blindado), azote de liberales, flagelo de disidentes y paladín de la ortodoxia más recalcitrante. Muy antigua, hasta el Concilio Vaticano Segundo esta congregación tuvo otro nombre: del Santo Oficio. De labios de veteranos del Vaticano y funcionarios de la Iglesia en todas partes, hoy se siguen oyendo breves referencias al “Santo Oficio”, del mismo modo en que, en los noticieros, se oye hablar de “Whitehall” (el gobierno británico), “Foggy Bottom” (la ciudad de Washington) o “el Kremlin” (el gobierno ruso). Antes de serlo del Santo Oficio, sin embargo, esta congregación tuvo aún otro nombre: en 1908 se llamaba Sagrada Congregación de la Santa Inquisición Romana y Universal. El comediante estadunidense Lenny Bruce dijo en broma una vez que “la Iglesia” era una sola. La Sagrada Congregación de la Inquisición Universal fue la sede de la Inquisición, la campaña centenaria de la Iglesia para hacer frente a sus supuestos enemigos, de dentro y fuera, por todos los medios posibles, aun si eran brutales. Por razones comprensibles, hoy nadie en el Vaticano llama a la cdf “la 14


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Inquisición”, salvo con dejo irónico. Los miembros de la curia papal se distinguen por su falta de tacto para las relaciones públicas: en años recientes invitaron a regresar a su Iglesia a un obispo escéptico del Holocausto,5 intentaron convencer a los africanos de que usar condón agravará la crisis del sida6 y dijeron a los pueblos indígenas de América Latina que sus creencias religiosas son “atrasadas”,7 pese a lo cual hasta la propia curia acabó por aceptar que ese término era inútil, si bien tardó algunos siglos en hacerlo. Cambiar de nombre es fácil, no así meterse en los terrenos de la ingeniería genética (que, en todo caso, la Iglesia no promueve). La cdf nació orgánicamente de la Inquisición, y la entidad moderna no puede librarse de esa marca. Siendo cardenal, a Ratzinger se le llamó varias veces “el gran inquisidor”. En ocasión de una visita suya a Manhattan, el cardenal de Nueva York, John O’Connor, lo presentó así desde el púlpito, forma no del todo afortunada de romper el hielo.8 Quizá sea cierto que, como se explica en una página en internet de seguidores de Ratzinger, ese epíteto se originó en “las mentes febriles de algunos católicos progresistas”, pero de todas formas se generalizó. (En respuesta a una pregunta frecuente, en ese mismo sitio se señala: “¡No, por Dios! El cardenal Ratzinger no fue nazi”.)9 El palacio que hoy alberga a esta congregación fue construido para alojar a la Inquisición cuando en 1542, en plena arremetida del protestantismo y otras herejías, el papado decidió que las vagas e intermitentes averiguaciones inquisitoriales de la Iglesia, iniciadas en la Edad Media, debían sujetarse a un control central, un Departamento espiritual de Seguridad Interior, por así decirlo. El papa Paulo III creyó tan urgente esta tarea que la construcción de la basílica de San Pedro se suspendió varios años, para poder poner fin al palacio de la Inquisición.10 En un momento dado, el palazzo dio cabida no sólo a oficinas administrativas, sino también a celdas. El filósofo y cosmólogo Giordano Bruno fue recluido un tiempo en este edificio, antes de ser quemado en la hoguera en Campo dei Fiori, Roma, en 1600. Cuando, hace una década, yo entré en él por primera vez,11 el palazzo estaba algo maltrecho y derruido, igual que gran parte de Roma y, en realidad, que una parte del Vaticano mayor de lo que cabría imaginar. Afuera, Vespas se inclinaban sobre pedales de descanso. En un corredor pasando el patio, un letrero escrito a mano señalaba el camino a una má15


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quina de café exprés. Un teléfono en la pared databa de los años cincuenta. Aquí y allá había techos y muebles descarapelados. Pese a ello, la cdf ya tiene página en internet y correo electrónico, y un mensaje procedente de Piazza del Sant’Uffizio 11 aún puede crispar los nervios de departamentos de teología y oficinas diocesanas del mundo entero. La Congregación para la Doctrina de la Fe heredó algo más que el adn institucional de la Inquisición y su sitio en los organigramas: gran parte de su rastro de papel. El grueso de los documentos oficiales del Vaticano componen el llamado Archivio Segreto, y están guardados en su mayoría en un enorme búnker subterráneo al pie de un antiguo observatorio.12 (Aunque traducido como “secreto”, Segreto connota “personal” o “privado” más que “confidencial”.) Pero los acervos del Vaticano son tan grandes –tan sólo los índices ocupan treinta y cinco mil volúmenes– que muchos documentos deben guardarse en otro lado. Los expedientes de la Inquisición se conservan principalmente en el Palazzo del Sant’Uffizio, y durante cuatro siglos y medio –hasta 1998– este archivo estuvo cerrado al público. Al momento de mi primera visita, el archivo de la Inquisición –oficialmente Archivio della Congregazione per la Dottrina della Fede– se desbordaba de una sala a otra y de uno a otro piso en el ala oeste del palazzo, llenando unos veinte recintos. Estaba bajo vigilancia papal las veinticuatro horas, al cuidado de un busto de mármol de Pío XII, pontífice enigmático y adusto y actual candidato a santo, pese a su inquietante historial en torno al Holocausto. Pío XII era asistido en sus deberes por el cardenal inquisidor y censor papal del siglo xvi Roberto Belarmino, cuyo retrato de gran tamaño dominaba una pared próxima. Bañaba las salas una tenue luz amarilla. Una escalera de caracol unía los niveles superior e inferior. Oscuros libreros se alzaban en hileras apretadas, combados bajo gruesos fardos de documentos, atados muchos de ellos sobre envolturas de papel (como ropa lavada) y encuadernados otros a manera de libros. Los lomos mostraban anotaciones latinas en letra antigua y elegante. Algunos indicaban el tema: De Spiritismo, De Hypnotismo, De Magnetismo Animale. La mayoría eran muy distintos: contenían los documentos de casos particulares y las actas de las reuniones trisemanales de la Inquisición del último medio milenio. Estas reuniones se celebraban martes, jueves y sábados, y el papa las presidía una vez a la semana. 16


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Para los estándares modernos, la catalogación es caprichosa, y aun caótica, en reflejo de siglos de uso y la peculiar psicología organizativa de la Santa Sede. Como comentó un experto, los archivos del Vaticano se ordenaron conforme a la lógica de la curia, no para comodidad de los historiadores modernos.13 Si bajara un paquete, uno podría tropezar con deliberaciones internas sobre la censura contra René Descartes. Si bajara otro, podría descubrir papeles personales de un cardenal inquisidor del Renacimiento: los originales de todas sus indagaciones, en orden cronológico; una autobiografía burocrática –nacida del orgullo de lo logrado–, con reflexiones garabateadas en los márgenes, y aquí y allá una crucecita negra para indicar que una sentencia fue debidamente ejecutada. Si bajara un tercer fardo, uno podría hallar el informe de una reunión de rutina, en el que la súbita inserción por el notario de varios puntos negros indica que los inquisidores sesionaban en esos momentos a puerta cerrada y él había sido echado de la sala, procedimiento más confiable que la práctica moderna, de uso en agencias de inteligencia y de la ley, de “redactar” un documento confidencial con gruesas barras negras. Ninguna orden judicial ni ley de libertad de información podría desentrañar lo que esos puntos negros ocultan. La atmósfera en la sala de lectura es quieta y apacible. Aromas de piel en lento desmoronamiento flotan en el aire. Algunos estudiosos se sientan a las mesas. Nadie habla: silentio es la regla explícita. El exprés debe dejarse afuera. Está prohibido fumar. La experiencia física es la provista por cualquier biblioteca antigua, calmante y abrazadora, lo que no hace sino agudizar la sensación de desconexión psíquica. Cuando el Archivio se abrió por primera vez al público, un funcionario del Vaticano, el cardenal Achille Silvestrini, expresó la esperanza de que contuviera “sorpresas agradables”.14 Pero los vestigios preservados en los millones de páginas de estas salas son principalmente sombríos: restos de vidas desbaratadas, y a veces sumariamente suprimidas; de ideas puestas en duda, y a menudo sofocadas; de voces silenciadas, temporal o permanentemente; de una ciega inercia burocrática enganchada a la certeza moral y el poder terrenal y espiritual. Son vestigios de actos emprendidos en nombre de la religión, aunque las implicaciones van más allá de ella. 17


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Todo archivo es un depósito de lo que ha hecho una esquirla de la civilización, para bien o para mal. Éste no es la excepción. El Archivio puede deber su existencia a la Inquisición, pero contribuye a explicar el mundo presente. En nuestra imaginación, asociamos sin pensar el término “inquisición” con el término “oscurantismo”. Pero considérese qué es realmente una inquisición: una serie de procedimientos disciplinarios dirigidos a agrupaciones específicas, codificados en una ley, organizados de manera sistemática, impuestos por la vigilancia, ejemplificados por la severidad, sostenidos en el tiempo, respaldados por el poder institucional y justificados por una visión del único camino verdadero. Así entendida, sería más atinado ver la Inquisición no como una reliquia, sino como un presagio.

Un proceso de setecientos años De la Inquisición se dirá lo que sea, pero fue un éxito rotundo en un aspecto: todos conocen su nombre. Y todos saben lo suficiente al menos para soltarlo con tranquilidad, invocarla como una metáfora, explotarla con fines de entretenimiento y esgrimirla en una discusión como un puñal sigiloso o una burda cachiporra. “Nadie espera a la Inquisición española”, clama Michael Palin, de la compañía británica de comediantes Monty Python, al irrumpir en una sala vestido de cardenal.15 En la película History of the World: Part 1 (La loca historia del mundo: Parte 1), la Inquisición se convierte en un sensacional número de baile de Mel Brooks: “La Inquisición (¡Pobres diablos!). / La Inquisición (¡Allá vamos!).”16 Sería posible compilar una densa monografía de las contribuciones de la Inquisición al humor. Un epígrafe apropiado sería la frase de Woody Allen de que “la comedia es tragedia más tiempo”.17 En Good Morning America (Buenos días, Estados Unidos), de la cadena abc, se preguntó recientemente al comentarista político Cokie Roberts sobre funcionarios que habían sido objeto de investigaciones especiales: “Tú hablas mucho con esas personas, Cokie. ¿Se sienten perseguidas por la Inquisición?”.18 En Fox News, el conductor Brit Hume describió el escrutinio mediático de la trayectoria de la exgobernadora Sarah Palin en Alaska como “trato digno de la Inquisición”.19 En Fortune, un artículo sobre 18


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magnates de las finanzas llamados a declarar en el Capitolio llevaba por título “La Inquisición se reúne en Washington”.20 A veces las referencias son más específicas. En una entrevista con Kenneth Starr, cuyas investigaciones sobre la aventura del expresidente Bill Clinton con Monica Lewinsky resultaron en el exhaustivo Starr Report (Informe Starr), Diane Sawyer comenzó diciendo que a su huésped se le había “comparado con Saddam Hussein, Nerón y Torquemada, cabeza de la Inquisición”. Starr relataría más tarde: “Tuve que indagar quién fue Torquemada. Sí, […] no sabía nada de él”.21 Gore Vidal sí lo sabía, por supuesto. Al reflexionar sobre su vida en una entrevista, el anciano y mordaz escritor censuró a varios miembros de la familia Kennedy, como lo ha hecho a menudo, señalando que Bobby era “un farsante, un Torquemada en miniatura”.22 El columnista Taki Theodoracopulos, al criticar las tácticas de Carla Del Ponte, primera fiscal del Tribunal Criminal Internacional para la antigua Yugoslavia, elevó el espectro de que los acusados “fueron injustamente condenados por una suiza que se cree Torquemada y que, por si fuera poco, se parece a él”.23 Las comparaciones suelen ser burlonas, pero con igual frecuencia son muy serias. En alusión al escándalo de abusos sexuales que llega hasta los más altos niveles de la Iglesia, la periodista Maureen Dowd tituló un artículo como “¿Debería haber una Inquisición contra el papa?”.24 Ningún acontecimiento reciente ha producido más invocaciones de la Inquisición que la prosecución de la guerra contra el terrorismo a partir del 11 de septiembre de 2001. La promulgación de nuevos y severos instrumentos legales, el uso de la vigilancia extrajurídica, la detención sin juicio de presuntos enemigos, el empleo reiterado de la tortura en interrogatorios, la atmósfera dominante de desconfianza religiosa: considerados en conjunto, estos hechos contribuyen a explicar que la búsqueda de “inquisición” en Google arroje hoy más de ocho millones de entradas. Pero pese a todo lo que se sabe de ella como punto de referencia, la Inquisición propiamente dicha es aún muy poco conocida. Son pocos los que pueden ofrecer siquiera un puñado de datos históricos básicos sobre el tema. ¿Cuándo empezó la Inquisición y por qué? ¿Cuánto duró? ¿A qué países afectó? ¿Cómo se llevó a cabo? ¿Qué consecuencias tuvo? ¿Cómo terminó? ¿Sigue presente entre nosotros, bajo formas diversas? ¿Y qué entendemos en definitiva por esa palabra? En el mejor de los casos, el 19


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conocimiento común no cubre mucho más que esto: la Inquisición sucedió en el pasado remoto, promovió la persecución de los judíos e hizo uso frecuente de la tortura y la muerte en la hoguera. Todo ello cierto, pero apenas un trozo reducido del asunto. Aunque su influencia sufrió altibajos, la Inquisición duró de una u otra forma más de setecientos años.25 Estuvo presente en episodios tan diversos como el exterminio de los templarios y el sitio de la fortaleza herética de Montségur. Intervino en la vida de Galileo y Graham Greene. Comúnmente asociada con la persecución de los judíos, fue de hecho mucho más amplia en sus metas, y en un principio no se ocupó mucho de ellos. En efecto, su orden específica fue imponer disciplina entre los miembros de la Iglesia, no fuera de ella; entre quienes habían caído en el error, aceptando movimientos heréticos o relajando de otro modo los lazos de la fe. En 1231, el papa Gregorio IX nombró a los primeros “inquisidores de la depravación herética” como agentes papales expresos. Comenzó así lo que más tarde se conocería como la Inquisición medieval, lanzada para enfrentar la amenaza para la Iglesia de los herejes cristianos, en particular los cátaros, del sur de Francia. La recién establecida orden de los dominicos, cuyos curas y monjas son identificables hasta la fecha por sus hábitos blancos, desempeñó un papel decisivo en el combate de la herejía cátara. Su fundador, Domingo de Guzmán, es a quien se celebra en “Dominique”, melodía de 1953 interpretada por Sor Sonrisa (única canción belga, se asegura, en haber ocupado hasta ahora el primer lugar de popularidad en Estados Unidos).26 Los inquisidores solicitaban denuncias y, como implica su nombre, hacían interrogatorios. Sus labores eran estrictamente locales; no había un mando central. Su tarea fue secundada por la bula papal Ad extirpanda, promulgada en 1252, la cual justificó y alentó el uso de la tortura utilizando argumentos filosóficos a los que nunca les han faltado defensores, y que finalmente hallarían eco en la Casa Blanca y el Departamento de Justicia. En menos de un siglo, la misión de la Inquisición medieval se había cumplido en alto grado. Un autor moderno, al reflexionar en los motivos de que las inquisiciones lleguen a su fin, llama la atención sobre una razón simple: la escasez última de material inflamable.27 Los dominicos eran muy rigurosos. Como católico con muchos amigos jesuitas en mi juventud, recuerdo haber oído un comentario sobre la diferencia entre dominicos 20


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y jesuitas: ambas órdenes se crearon para combatir a los enemigos de la Iglesia, los cátaros en el primer caso, los protestantes en el segundo. La diferencia: ¿conoces a un cátaro? Un segundo capítulo, la Inquisición española, empezó a fines del siglo xv. Mientras Fernando de Aragón e Isabel de Castilla consolidaban su régimen, la Inquisición en una España recién unificada persiguió sus objetivos con independencia de Roma. Era, en efecto, un brazo del gobierno, y los monarcas nombraban a su personal. La Inquisición española se dirigió principalmente contra los judíos convertidos al cristianismo, pero cuya sinceridad estaba bajo sospecha; en otras palabras, de quienes se creía (o decía) que eran “judaizantes”, o vueltos al judaísmo. También apuntó sus esfuerzos contra los muchos musulmanes cristianizados, quienes, de igual manera, podían retornar a la fe de sus mayores. El primer inquisidor general en España, el monje dominico Tomás de Torquemada, siguió una trayectoria que hizo de su nombre sinónimo de la Inquisición, enviando a unas dos mil personas a la hoguera en cosa de años. La Inquisición en España llevaría a un cataclismo: la expulsión de los judíos no conversos en 1492. Dado que los dominios de los soberanos españoles se extendieron después a Asia y América, la Inquisición viajó más allá de la península ibérica. Actuó en zonas de lo que hoy es Estados Unidos, Nuevo México por ejemplo. En Santa Fe, controversias religiosas en presencia de la Inquisición produjeron ejecuciones fuera del palacio de gobierno, en la plaza, a la vista de los actuales restaurantes de lujo y exclusivas galerías de arte. De España la Inquisición se extendió a Portugal, y de ahí al imperio portugués. Operaba por igual en Brasil y la India, lo mismo que en muchos lugares intermedios y más allá. La Inquisición española terminó en momentos diferentes en localidades distintas. En México sobrevivió hasta 1820, a unos meses de que se consumara la independencia de España, y en ésta hasta 1834, cuando un decreto real la abolió de una vez por todas. La última ejecución ocurrió en 1826; la víctima fue el maestro español Cayetano Ripoll, condenado por herejía. (Se le colgó en vez de quemársele en la hoguera.)28 En círculos católicos ultraconservadores hay quienes reaccionan al historial de la Inquisición española alzándose de hombros, a lo sumo: “Sí, quizá los métodos fueron demasiado enfáticos, pero eran otros tiempos. No seamos 21


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anacrónicos. ¡Y no hay que olvidar la amenaza para la Iglesia!”. Un grupo de clérigos católicos y activistas laicos presionan hoy para que se declare santa a la reina Isabel.29 El tercero, aunque no último, capítulo de la Inquisición, la así llamada Inquisición romana, se inició en el siglo xvi con el arribo de la Reforma. Ésta es la inquisición para la que se construyó el ya mencionado palazzo. Su objetivo central fue el protestantismo, si bien no dejó fuera a judíos, homosexuales, supuestos practicantes de brujería y librepensadores peculiares o irritantes a quienes hoy llamaríamos “intelectuales públicos”. En este caso, el proceso inquisitorial se asentó por primera vez en un órgano de Estado bajo directa supervisión papal. Se trataba de una burocracia centralizada al mando de un inquisidor papal general, cuya labor solía ser un escalón para el papado; en la segunda mitad del siglo xvi, no menos de tres grandes inquisidores llegarían a ser papas. La burocracia inquisitorial era campo fértil para reclutar obispos y cardenales.30 Pobló la curia tal como hoy los servicios de seguridad abastecen al Kremlin. Las actividades de la Sagrada Congregación de la Inquisición Universal se entrelazaban con las de la Congregación del Índice, a cargo de la censura, en una época en que la difusión de la imprenta había vuelto más peligrosas las ideas y más difícil la censura. Fue la Inquisición romana la que procesó a Galileo por sus argumentos sobre el cielo. En cierto sentido, se comportó como una institución moderna: sus ritmos y procedimientos, y aun sus sandeces, serán reconocibles para quien tenga experiencia con una burocracia grande. Sin embargo, su principal blanco de ataque era la modernidad, y las ideas y mentalidad en las que se basaba. En 1870, la unificación de Italia provocó la desaparición de los estados papales, los dominios en que el papa gobernaba como un monarca temporal. Salvo por materias de disciplina interna, que no implicaban amenaza alguna de castigo o daño físico para los laicos, pero que aun así podían sofocar la vida intelectual y la disidencia, la Inquisición romana llegó entonces a su fin. Pasarían casi sesenta años antes de que el dominio del papa sobre lo que quedaba del amurallado Estado de facto de la Ciudad del Vaticano, de cuarenta y cuatro kilómetros cuadrados, fuera reconocido por Italia, en un concordato firmado por Benito Mussolini y Pío XI. Para ese momento, la Congregación de la Inquisición ya se había esfumado en 22


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el organigrama de la curia romana, aunque, como observa un historiador, “su acta de defunción no se ha emitido nunca”.31 La Congregación para la Doctrina de la Fe conserva los procesos y funciones de la Inquisición romana en forma moderada. Hasta los años sesenta siguió censurando y prohibiendo libros, aunque pocos le hacían caso, y algunos de quienes le prestaban atención lo hacían por las razones equivocadas. Durante mi infancia y juventud católica, la relegación de un libro al Índice papal parecía servir de acicate (no siempre confiable, sin embargo, como habrán descubierto quienes intentaron leer a Hobbes o Pascal bajo las sábanas, lámpara en mano). Siguiendo la práctica de la antigua Inquisición, la cdf continúa celebrando reuniones semanales regulares. Obispos, representantes papales y otros jerarcas le envían quejas sobre doctrina y teología, versión moderna de las denuncias medievales, aunque el término oficial no es “denuncia”, sino “delación”, como para sugerir referencia a un procedimiento médico. Yo me he visto confundiendo a veces la cdf con los cdc (Centers for Disease Control, Centros de Control de Enfermedades). Existe cierto paralelo entre ambos. La Inquisición, en suma, ya no es lo que fue. Pero, en cierto sentido, sigue tan firme como siempre. El historiador Edward Peters ha señalado que su prolongada decadencia a lo largo de siglos fue paralela al ascenso de una Inquisición metafórica que perdura en el folclor y la cultura popular, en obras de arte y literatura, en la comedia y la polémica.32 Esto ocurrió parcialmente en respuesta a (o incluso como mitologización de) un pasado en retirada, una aceptación de lo que había hecho la Iglesia, percibido a través de muchos puntos de vista. Pero también ocurrió en respuesta a un presente en evolución. Aun si, en efecto, el mundo se precipitó a lo que entendemos por “modernidad”, es obvio que los métodos y mentalidad de la Inquisición no se restringieron a la Iglesia. Cobraron vida propia, y podían hallarse en las instituciones del mundo secular. Arthur Koestler ubicó su novela inquisitorial, Darkness at Noon (El cero y el infinito), en un remedo de la Rusia de Stalin, durante el apogeo de las purgas de la década de 1930. A fines de la de 1940 el juez Robert H. Jackson, primer fiscal estadunidense en Nuremberg, citó la Inquisición en su resumen del juicio contra los principales criminales de guerra nazis.33 En la de 1950, Arthur Miller evocó la cacería de brujas del Massachusetts colonial en The Crucible 23


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(Las brujas de Salem), parábola del macartismo. Otros escritores –Aldous Huxley, Ray Bradbury, George Orwell– situaron sociedades imaginarias en el futuro, justo más allá del horizonte, donde inquisiciones de una u otra especie habían adquirido el control. Vigilar, imponer creencias, censurar, manipular, castigar a quienes piensan distinto a los poderosos: en el mundo moderno, la dinámica inquisitorial era más evidente que nunca, permitida por instrumentos aún más eficaces. El relato de Dostoyevski “El gran inquisidor”, incluido en Los hermanos Karamazov, es una parábola tan teológica como secular de la corrupción de una fe. Dostoyevski batalló toda su vida con cuestiones religiosas. Sufrió censura y cárcel a manos del Estado zarista. En una ocasión tuvo que soportar el trauma de una ejecución simulada. En “El gran inquisidor”, Jesús vuelve al mundo –a Sevilla, “en la etapa más terrible de la Inquisición”– y es conducido ante el sumo sacerdote, para ser interrogado. Jesús no dice nada, pero el gran inquisidor formula una acusación feroz, condenándolo por el don de la libertad moral, que la humanidad no puede comprender ni usar con prudencia. Pero eso no importa. La Iglesia comprende a la perfección las implicaciones –que la libertad moral sólo causa dificultades–, y por tanto ha tomado medidas para refrenarla. El gran inquisidor dice a Jesús: “Hemos corregido tus actos. […] Y a la humanidad le agradó verse dirigida de nuevo como un rebaño de ovejas”. Y le pregunta: “¿Por qué vienes a estorbarnos ahora?”. Por toda respuesta, Jesús besa los labios del anciano. El gran inquisidor lo deja libre, aunque con esta orden: “Vete y no vuelvas más”.34

En los archivos El límite de velocidad para automóviles en la Ciudad del Vaticano es de treinta kilómetros por hora. Pero la burocracia curial avanza más despacio todavía, como cabría esperar de gerontócratas al timón. La Santa Sede se toma su tiempo. En 1979, el historiador Carlo Ginzburg escribió una carta a Karol Wojtyla, recién nombrado papa Juan Pablo II. Siendo judío, Ginzburg tenía experiencia directa del odio y la persecución. Leone, su padre, agitador antifascista, fue muerto a golpes por los nazis, y el joven 24


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Carlo pasó la guerra escondido con su abuelo materno, no judío, bajo el seudónimo de Carlo Tanzi. En su carta solicitó al papa permitir el acceso de expertos al Archivio. Aunque no guardó copia de su misiva –hoy sellada quizá en alguna de las colecciones del acervo–, recuerda que empezaba así: Chi le scrivo e uno storico ebreo, ateo, che ha lavorato per molti anni sui documenti dell’Inquisizione (“El autor de la presente es un historiador judío ateo que ha trabajado muchos años con documentos inquisitoriales”). Luego de casi veinte años de silencio, en 1998 recibió una carta en la que Ratzinger lo invitaba a la ceremonia de apertura al público del Archivio.35 Mala suerte: ya tenía otro compromiso, contestó Ginzburg. Recibió entonces una llamada telefónica de un monseñor del Vaticano. Ginzburg volvió a declinar. “¡Qué lástima!”, dijo el monseñor, “porque su carta influyó en la decisión de abrir el archivo del Sant’Uffizio.” “¿Qué carta?”, fue la reacción de Ginzburg. El monseñor respondió: “Su carta al papa.” “¡Qué memoria!”, repuso Ginzburg, y buscó la forma de cambiar sus planes. El Archivio no se abrió por completo; los especialistas sólo podrían examinar documentos hasta la muerte del papa León XIII, en 1903. (“Naturalmente”, dijo un funcionario del Vaticano, sin dar más explicaciones.)36 Pero era un comienzo. “Estamos al tanto de todos los pecados de la Iglesia”, aseguró el cardenal Ratzinger al hacer el anuncio, “y es de esperar que la lista no aumente.”37 En los mundos académico y religioso, la apertura parcial del Archivio fue un gran acontecimiento. Con ese motivo se celebraron en Roma dos congresos de estudiosos de la Inquisición; Ratzinger estuvo presente en el primero, y el papa dio la bienvenida a los participantes en el segundo.38 Los estragos del mal de Parkinson entorpecían ya el habla de Juan Pablo, y quienes lo oyeron no entendieron bien a bien lo que dijo hasta conocer la transcripción al día siguiente. Entre otras cosas, Juan Pablo II pidió a los historiadores no “rebasar los límites de su disciplina y dar un veredicto ético” sobre la conducta de la Iglesia.39 Dos años después, el miércoles de ceniza del año 2000, el papa encabezó una procesión penitencial por las calles de Roma para pedir perdón por los errores e infracciones del pasado, incluida destacadamente la Inquisición. En forma por demás significativa, la disculpa se refería a actos de seguidores de la Iglesia, no de ella misma.40 25


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Al momento de mi visita, preside el Archivio monseñor Alejandro Cifres Giménez, diminuto español de cincuenta y un años de edad procedente de Valencia (donde, por casualidad, ocurrió la última ejecución de la Inquisición española). Cifres es afable, cordial y competente. Muestra a veces un cáustico sentido del humor. Cuando le pregunté si la revista en la que trabajo estaba siendo considerada para la condena papal, contestó: “Todavía no”. Oye música country, tiene en su coche un reproductor de cd y una vez reveló que entre sus películas favoritas está Happy, Texas (Salvajemente tiernos), comedia sobre convictos fugitivos que se hacen pasar por instructores gays de concursos de belleza, y que probablemente el índice papal habría condenado. Cifres no es historiador, sino teólogo, así como archivista y paleógrafo titulado. Sus superiores lo nombraron director del Archivio reconociendo que los clérigos caducos que supervisaron durante mucho tiempo los documentos de la Inquisición no eran lo que demandaba un archivo abierto al público. Cifres obedeció las órdenes de su obispo y vino a trabajar a la congregación, bajo las órdenes directas de Josef Ratzinger. Fue Cifres quien le llamó a Ginzburg. Cuando lo conocí, él mismo me guió por un pasillo hacia su oficina, cerca de la estantería. Yo me entretuve viendo las leyendas de las cajas de documentos. El Archivio consta en esencia de dos partes. Una es el archivo histórico, la Stanza Storica, que contiene los viejos expedientes de las congregaciones de la Inquisición, el Santo Oficio y el Índice. Pero la cdf también es una entidad administrativa viva; realiza actividades propias de la Iglesia y genera documentos todos los días, los cuales pasan a integrar el archivo activo. Muchos de estos documentos –sobre asuntos teológicos, sobre problemas con el clero– son muy delicados. Hoy se sigue llamando a teólogos a Roma, para disciplinarlos o silenciarlos, en ocasiones luego de procedimientos parecidos a juicios. Al avanzar por el pasillo, hice una pausa en algunos anaqueles de expedientes modernos. Monseñor Cifres volvió sobre sus pasos, me tomó del codo y me llevó consigo. Cuando le pregunté de qué trataban esos expedientes, contestó: “De… ¿cómo les llaman ustedes?… quienes cuelgan los hábitos”. En esa visita no vi tantas carpetas de “colgar los hábitos” como habría imaginado, dados los numerosos escándalos de pedofilia. Seguro que los anaqueles crujen ahora. 26


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Sentado a su escritorio, con alzacuello y camisa negra de manga corta, Cifres trató de darme una idea de lo complicado de su puesto. Para comenzar, está escaso de dinero. Antes, la Inquisición podía confiar en sus ingresos por concepto de confiscaciones (aunque no tanto como se ha alegado a veces, dicen los historiadores). Las confiscaciones ya no son una opción, por fortuna. Cifres formó una sociedad de Amigos del Archivo de la Inquisición –Tabularii Amicorum Consociato, para dar su nombre oficial–, con objeto de recaudar fondos de donativos privados. Cobra asimismo una cuota modesta por usar el Archivio. No mencionó planes de una tienda de souvenirs. El sistema de archivamiento también presenta desafíos. Sigue una lógica, aunque poco común. Nada está clasificado de acuerdo con categorías modernas, y mucho menos por orden alfabético. Para poder hallar algo, debe conocerse la estructura burocrática y mapa mental del Vaticano, menos un tecnocrático sistema decimal de Dewey que un intrincado “palacio de la memoria” del misionero Matteo Ricci. Los documentos sobre quienes han colgado los hábitos se encuentran en la sección Sacerdotal. Los relativos a apariciones, revelaciones u otros fenómenos extraordinarios, en la sección Disciplinaria. Los asociados con la censura, en la sección Doctrinal. Una categoría enorme bajo el rubro Doctrinal se llama simplemente Dubia (“Dudas”), documentos relacionados con cuestiones íntimas de fe referidas por curas y obispos de todo el mundo. Curiosamente, las dudas ocupan un sitio importante en la teología católica.41 Son un estado mental que todos experimentan, pero también un instrumento básico de indagación filosófica: “dudar bien” es un paso hacia la verdad, como mantenía Aristóteles (y Tomás de Aquino con él). A los teólogos les encanta complicarse la existencia. “¿Qué tipo de duda tenemos aquí? ¿Positiva o negativa? ¿Especulativa o práctica? ¿Simple o metódica? ¿Real o ficticia?”. Carreras notables se han forjado sobre el lecho rocoso de la duda. En la práctica, la Iglesia ha apreciado más la certeza. Hasta 1920, un letrero a la entrada de los archivos vaticanos amenazaba con excomunión a quien se introdujera en ellos sin permiso.42 El Vaticano dice garantizar ahora su libre consulta. El acceso a los expedientes históricos se ha ampliado poco a poco; hoy los especialistas pueden estudiar materiales que datan hasta la muerte de Pío XI, en 1939. Pero no es posible pasar por alto 27


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los recordatorios de censura y otras controversias. Al vagar por secciones de acceso restringido, advertí hileras de gruesas cajas de documentos con rótulos como “Küng”, “Boff”, “Lefebvre”, “Greene”. El impulso de tomar una de ellas fue casi irresistible. Hans Küng y Leonardo Boff son teólogos católicos distinguidos cuya obra ha sido frecuentemente puesta en la mira por el Vaticano. Marcel Lefebvre, arzobispo disidente de derecha, fue excomulgado en 1988 por Juan Pablo II. La obra de Graham Greene fue objeto de intenso análisis por el Vaticano en las décadas de 1940 y 1950.43 Un día tropecé en los estantes con dos cajas de madera pulida, similares a viejos ficheros de biblioteca, con tapas de madera abisagradas.44 Descansaban una encima de la otra en un mueble de estilo victoriano. El rótulo de la caja inferior decía “A-K”, y el de la superior “L-Z”. Cada una estaba llena de fichas gastadas, de filo superior vencido por el uso. Bajé una y eché un vistazo a las tarjetas, en las que atisbé citas de obras de Sade, Sartre, Spinoza y Swift, entre muchos otros. “¿Qué es esto?”, pregunté a monseñor Cifres, mostrándole la caja. Él la tomó de mis manos, le bajó la tapa y volvió a depositarla en el mueble. “Eso”, respondió, “es el Índice de Libros Prohibidos, el más reciente”. Pensé en el murmullo de horror de hace décadas –¡el Índice papal!– y me fue difícil imaginar que todo se redujera a fichas usadas en una caja de zapatos. La Congregación del Índice, antes estrechamente asociada con la Inquisición, ya no existe, y el muy temido Índice papal se interrumpió en 1966. Su ataúd abierto había descansado brevemente en mis manos. No obstante, ese índice no fue repudiado del todo; el documento que lo abolió reafirmó su “valor moral”.45 La cdf aún examina con detenimiento libros y publicaciones periódicas, y a veces expide un monitum o amonestación. La ausencia de un índice oficial no significa la de aquello que no se debería leer. Algunos recordarán que aunque el Vaticano no ha adoptado una postura oficial ante los libros de Harry Potter, y desde luego no ha emitido ningún monitum al respecto, en 2003 el cardenal Ratzinger mencionó con asombro en una carta privada las “sutiles seducciones” de esa serie.46 Los comentarios de Ratzinger ocurrieron antes de que apareciera Harry Potter and the Order of the Phoenix (Harry Potter y la Orden del Fénix), quinto volumen de la colección, que presentó al personaje de Dolores Um28


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bridge, la Gran Inquisidora de Hogwarts. Umbridge es una profesional calificada del control del pensamiento: Muy bien, Potter, esta vez confiaré en tu palabra, pero te advierto que detrás de mí está el poder ministerial. Todos los canales de comunicación dentro y fuera de esta escuela son objeto de monitoreo. Un regulador de la red de Floo vigila cada chimenea en Hogwarts, salvo la mía, por supuesto. Mi brigada inquisitorial abre y lee todo el correo de lechuzas que entra y sale del castillo.47

El nacimiento de lo moderno La apertura al público del Archivio vaticano es un avance más en lo que en los últimos decenios se ha vuelto una época de oro de los estudios sobre la Inquisición. Hasta que se dio a conocer la magistral History of the Inquisition of the Middle Ages (Historia de la Inquisición en la Edad Media), de Henry Charles Lea, a fines del siglo xix, la mayoría de los trabajos sobre las labores inquisitoriales habían consistido en enconadas polémicas de un bando u otro. Incluso la obra de Lea, aunque incomparable en muchos sentidos, exuda franca animosidad contra la Iglesia católica. La historia de la Inquisición nunca será totalmente “descanonizada” –es decir, librada de intereses sectarios–, pero ya ha andado un largo camino en pos de ello. En las últimas décadas, usando materiales de acervo fuera del Vaticano disponibles en fecha reciente, y que ahora incluyen los del Santo Oficio, historiadores de Europa y América han producido cientos de estudios que, vistos en conjunto, hacen ajustes severos a algunas opiniones tradicionales sobre el tema. Para comenzar, la idea de “la Inquisición” como fuerza monolítica con una inteligencia dirigida –“un ojo que no dormía nunca”, según la expresión del historiador William H. Prescott–48 ya es insostenible. Se trató más bien de una iniciativa que varió en virulencia y capacidad de un lugar a otro y de una época a otra. “La Inquisición” sigue siendo una abreviatura cómoda, que yo continuaré usando, pero ha de entenderse como un término colectivo; hubo muchas inquisiciones. 29


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Otro hallazgo de las investigaciones modernas es que, por lo que respecta a sus procedimientos, los tribunales de la Inquisición fueron a menudo más escrupulosos y sistemáticos que los juzgados seculares de la época. Es probable que hayan usado la tortura con menos desenfreno que las autoridades laicas. Claro que en este rubro la norma es de muy bajo nivel, y en todo caso el escrúpulo y la coherencia no obstan para la crueldad o la injusticia, ni la ilegalidad. Lo que el autor Michael Kinsley observó acerca del Washington moderno se aplica por igual a la Inquisición: “El verdadero escándalo no está en lo que se juzga ilegal, sino en lo que se considera legal”.49 Aun así, la Inquisición se apegó a ciertas reglas, y concedía algunos derechos a los acusados. Los estudios contemporáneos también han corregido las cifras de víctimas. Antiguas estimaciones del número de personas muertas por la Inquisición ascienden a más de un millón; la cifra exacta podría estar cerca de las varias decenas de miles, quizá dos por ciento de quienes fueron llevados ante los tribunales inquisitoriales por algún motivo. Dicho esto, las discusiones sobre el conteo de cadáveres se vuelven pronto inútiles y desagradables. Al serle presentada una copia de su confesión, en la que dijo haber “ordenado personalmente la muerte de tres millones de individuos en la cámara de gases”, el excomandante de Auschwitz, Rudolf Hess, tomó la pluma fuente de un abogado, tachó “tres millones”, escribió “dos millones” y firmó el documento.50 Cualquiera que haya sido el número de sus víctimas, la Inquisición impuso penas de algún tipo a cientos de miles de personas, y el temor y pesar infundidos por cada caso, por limitado que fuera, se extendía hasta afectar a un amplio círculo. Este efecto didáctico no era, por supuesto, parte menor del propósito. No es de sorprender entonces que la experiencia inquisitorial haya dejado honda huella psicológica. Las nuevas investigaciones, sin embargo, tienen lecciones más importantes que ofrecer entre líneas. La Inquisición puede concebirse como algo más grande e insidioso que el sostenido empeño de siglos de una institución religiosa. La visión de la historia basada en la teoría de la conspiración –según la cual los males de este mundo han sido producto de los masones, los Illuminati, la Comisión Trilateral, el Opus Dei, la sociedad secreta Skull and Bones o la casa de bolsa Goldman Sachs– representa una salida fácil; ojalá la fuente del mal fuera tan fácil de identificar y afrontar. 30


1. La forma normal de operar

Pero si la perspectiva se altera un poco –si el objeto es puesto bajo la luz–, es posible ver que la Inquisición fue permitida por algunas de las fuerzas más liberales entre las que fundaron el mundo moderno, lo que hace de las inquisiciones de diverso tipo un rasgo periódico e ineludible de la vida moderna. Las inquisiciones avanzan de la mano de la civilización. ¿Por qué la Inquisición surgió de repente? Intolerancia, odio y sospecha de “el otro”, basada a menudo en diferencias religiosas y étnicas, nos han acompañado siempre. A todo lo largo de la historia, estas realidades han generado persecución y violencia. Pero la capacidad para sostener una persecución –volverla resistente, dándole así vida institucional– no apareció hasta la Edad Media. Hasta entonces no había instrumentos para avivar y controlar las brasas omnipresentes del odio. Una vez en existencia esa capacidad, las inquisiciones se vuelven una realidad de la vida, la forma normal de operar. Y no son privativas de la religión; también son políticas. Los blancos pueden ser grandes o pequeños. Un impulso inquisitorial puede echar silenciosa raíz en los sistemas de gobierno y sociedad civil que ordenan nuestra vida. Los instrumentos son éstos: un sistema de leyes, y el medio para administrarlo con cierto grado de uniformidad; un proceso claramente definido para hacer interrogatorios y extraer información; procedimientos para llevar un registro de actividades y obtener datos de documentos compilados y almacenados; un mecanismo administrativo –una burocracia–, junto con un cuadro de personas calificadas para operarlo; posibilidad de enviar mensajes a grandes distancias y de restringir las comunicaciones de otros, y una fuente de poder para asegurar el cumplimiento de todo ello. La fuente de poder puede variar. Desde el principio, los fines religiosos de la Inquisición se embrollaron con el poder de los dirigentes seculares. La relación fue a veces simbiótica y siempre complicada, y cambió con el tiempo. En el caso de la Inquisición medieval, la Iglesia intentó influir en el poder laico para conseguir sus fines (aunque las autoridades seculares tenían en mente sus propios propósitos). La Inquisición española invirtió este modelo: la corona hizo de ella un componente oficial del Estado. Durante la romana, el tribunal fue controlado directamente por el papado, y en sus territorios Estado e Iglesia eran lo mismo. (Fuera de los estados papales, la Inquisición operaba en términos fijados por el gobierno local.) El siglo 31


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xx traería consigo una nueva etapa evolutiva: inquisiciones totalmente en manos del Estado y que no requerían ninguna dimensión religiosa.

Su inquisición, y la nuestra Hay un factor más en la hechura de una Inquisición: la convicción de que se tiene la razón absoluta. El cardenal Alfredo Ottaviani, prefecto del Santo Oficio en los años sesenta, adoptó como lema la frase latina Semper idem, “Siempre igual”.51 Los inquisidores –como sus superiores y socios teológicos– compartían una visión de certeza moral. Creían tener acceso personal a una verdad inmutable. Aceptaban sin más que Dios prestaba gran atención a los asuntos humanos, y que actuaba en la causa de la Inquisición. Esta forma de pensar era tan incuestionable como la creencia moderna en las leyes de la gravedad o la genética. Al paso del tiempo, muchos inquisidores terminaban siendo funcionarios y arribistas, sin duda, pero la premisa de la institución se mantuvo sin cambios. En un mundo de certeza moral, lo impensable se vuelve permisible. Al dejar de creerse en la inviolabilidad de la conciencia privada, técnicas para atrapar a inocentes en escenarios de culpa prestablecida se hicieron cada vez más sofisticadas y sistémicas. El título de un influyente estudio sobre la Inquisición medieval –The Formation of a Persecuting Society (La formación de una sociedad perseguidora)– insinúa en parte lo que ocurrió.52 Un historiador del siglo xx concluye: “Los inquisidores medievales perfeccionaron técnicas con las que podía alterarse la trama misma de la realidad”.53 Un inquisidor franciscano confió una vez al rey Felipe IV de Francia, a principios del siglo xiv, que si los santos Pedro y Pablo hubieran aparecido ante su tribunal, las técnicas que empleaba habrían asegurado su condena.54 Un defensor de la Iglesia de principios del siglo xv, al elogiar a los inquisidores, afirmó: “Perseguimos las semillas del mal no sólo en los actos de los hombres, sino también en sus pensamientos”.55 Todo esto suena muy medieval, pero no es meramente medieval. Los eruditos pueden debatir si en verdad existe un Estado “totalitario” y cuáles son sus características esenciales, pero el deseo de controlar los pensamientos de los demás –unido a la convicción de que “la historia me 32


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absolverá”– está en la base de gran parte del lóbrego relato de los últimos cien años. Algunos fenómenos asustan por extraños; la Inquisición, por demasiado conocida. Al contemplar esta última, se ve a Occidente cruzar el umbral de un tipo de mundo a otro. La persecución adquirió entonces una plataforma moderna, las ventajas ofrecidas por una red creciente de leyes estandarizadas, comunicaciones, supervisión administrativa y mecanismos de fuerza controlados. La dirigencia no estaba ya en manos de guerreros, sino de una elite instruida; no de rufianes, sino de profesionales calificados. Y en su plano más elevado, las razones de la Inquisición no eran la codicia, el sueño de ganancias o el ansia de poder (aunque ninguna de éstas estuvo ausente nunca), sino la fervorosa convicción de que todos debían suscribir una verdad suprema. Cada brote subsecuente de persecución, política o religiosa, ha sido instigado por estas mismas fuerzas. Ellas son la causa de que la trayectoria básica de la represión sea siempre igual. Sugieren por qué la persecución es tan difícil de detener. Y contribuyen a explicar por qué la plantilla de la Inquisición se ha trasladado tan fácilmente de la esfera religiosa al mundo de los gobiernos y las ideologías seculares, su principal asiento durante más de un siglo. Yo comencé explorando la Inquisición en mi carácter casual de católico y estadunidense. Pese a conocer los pecados y deficiencias de la Iglesia y mi país, no ignoro que ambos son capaces de inspirar y hacer el bien. Sé asimismo que, pese a los estupendos estudios recientes, la mayoría de los trabajos sobre el tema escritos a través de los siglos han sido menos que neutrales. Se reconozca o no, los estudios de la Inquisición se han desprendido de los intereses y preocupaciones de quienes los realizan. De esto, y sin la inducción de la garrucha o el potro, me declaro culpable. En la década de 1990 me aventuré en el mundo de la Inquisición y sus ramificaciones motivado en principio por los intentos del Vaticano de silenciar o censurar a un significativo número de teólogos distinguidos, a algunos de los cuales yo conocía. Pero en ello influyó también un contexto más amplio. Muchos amigos y colegas eran expertos en la antigua Unión Soviética, y habían participado en largos debates sobre la naturaleza intrínseca y mecanismos internos de ese régimen represivo. Al mismo tiempo, la cultura política y 33


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legal estadunidense parecía cada vez más acusadora y ponzoñosa, al cierre de un siglo que vio Amenazas Rojas en la década de 1920, el internamiento de estadunidenses de origen japonés en la de 1940, el apogeo del macartismo en la de 1950 y la persecución por el gobierno de “subversivos” y activistas de diversas tendencias en la de 1960. Luego del 11 de septiembre, el espectro de la guerra religiosa pasó de nueva cuenta a primer plano, igual que los debates sobre el interrogatorio y la tortura y acerca de la vigilancia interna en nombre de la seguridad nacional. Los crecientemente acelerados avances de internet, entre tanto, plantearon preguntas fundamentales sobre la censura, la desinformación y el significado de la verdad. El surgimiento de la Inquisición brinda un cristal para ver el mundo que hoy habitamos, un mundo en el que la privacidad y la libertad de conciencia se enfrentan a fuerzas que quieren contenerlas. Ésta es una contienda central de la era moderna y los siglos por venir. Los problemas ofrecidos por la Inquisición comprenden el mundo que llamamos nuestro.

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