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Edición: Martín Solares Diseño de la colección: Estudio Sagahón / Leonel Sagahón y Jazbeck Gámez Ilustración de portada: Beatriz Díaz Corona Jiménez Fotografía de la autora: Catherine Hélie © Editions Gallimard EL MUELLE DEL INFIERNO Título original: Quai des enfers Traducción: Glenn Gallardo Jordan © Editions Gallimard, 2010 D.R. © 2015, Editorial Océano de México, S. A. de C. V. Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, piso 10 Col. Lomas de Chapultepec Miguel Hidalgo, C.P. 11000, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx

Para venta exclusiva en América. Prohibida su venta en España. Primera edición: 2015 ISBN: 978-607-735-066-8 Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita permiso en info@cempro.org.mx Hecho en México / Impreso en México Made in Mexico / Printed in Mexico

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capítulo i

—Oye, Steph, ¿habrá algo más oscuro que las aguas del Sena por la noche? —No tengo idea… ¿El ojo de Satanás? —¿Por qué dices “el ojo”, imbécil? ¿Crees que está tuerto? Phil, jefe de operaciones de la Brigada Fluvial, exploraba las aguas tenebrosas con la mirada, palpándolas, desvistiendo como todo un experto a ese río con alma de mujer. Tardó en replicar: —Tal vez se deshizo de un ojo para ver únicamente el lado malo de las cosas… ¿no crees? Siguieron las bromas en la embarcación a medida que ésta surcaba el Sena y rebasaba el puente de Arcole. En el cielo resonaban los potentes motores de un avión mientras que allá, instalado en el muelle, el Cronos saltaba sobre las pesadas olas oscuras. París dormía a pierna suelta. Los ojos de los policías, protegidos bajo sus gorras, escrutaban las tinieblas. No hacía frío: helaba como para reventar aceitunas. Phil había importado esta expresión de su último periodo de prácticas como buzo en Antibes. A esa hora, los últimos minutos del 18 de diciembre, las palabras y los paseantes escaseaban. Había llovido en París toda la semana. A la velocidad que iban, las heladas gotas del Sena abofeteaban sus rostros con violencia. De los cuatro hombres de la tripulación nocturna, dos llevaban un pasamontañas que los hacía ver como atracadores. Los muelles se iban quedando vacíos y

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sólo destacaban las siluetas fantasmales de las dos afiladas torres de la Conserjería: verdaderas estacas de piedra capaces de atravesar el cielo. A la una de la mañana la imagen de la justicia en París era más bien siniestra. Al empezar el día las funciones habían sido permutadas y asignadas: Phil fue designado jefe de operaciones, Steph sería el piloto, Hervé el buzo y Rémi el socorrista. El muelle del Louvre anunció que se acercaban al Puente del Carrusel. Algunas motocicletas ligeras, recostadas de lado, dormían junto a las argollas. —¡Eh, muchachos! ¿Sabían que esos faroles tienen un tubo desplegable? Rémi hablaba poco, costumbre heredada de su padre, el cual podía pasar toda una comida sin dirigir al interlocutor una sola palabra. Por ello él también aprendió a vivir en las fronteras del lenguaje. Con el ruido de fondo, nadie lo escuchó. Sólo Phil alzó la voz: —Rémi, ya te hemos dicho que si le hablas a las olas sólo te responderán los peces. Rémi bajó la mirada. —Les decía que vean los faroles del Carrusel, vean cómo asoman la cabeza por la noche… —El día que te canses de los bagres podrás trabajar como guía de turistas, Rémi. Tendrás mucho éxito. Rémi no respondió. No necesitaba a los demás para alimentar su imaginación. Luego de desviar la mirada del grupo, disfrutó la visión de los faroles del Carrusel y se sintió a su vez observado por esas luces surgidas de la mente del escultor Ray­ mond Subes, las cuales se elevaban diez metros al final del día. Los parisinos habían olvidado a Raymond Subes, pero él no. Rémi se sentía el guardián del Sena, su memoria viva. Conocía cada detalle, desde los mascarones del viaducto de Austerlitz, con las masivas cabezas bovinas de sus pilares, hasta el zuavo del puente del Alma, que revelaba el nivel del Sena y tenía los pies hundidos en el río. Ése era su territorio. Se sentía orgulloso de conocer

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cada detalle del Sena y le tenía sin cuidado que boicotearan su erudición: —Vete a la mierda… —Rémi tenía la costumbre de hablarse a sí mismo y, de ser necesario, era su propio interlocutor. La lancha neumática pasó bajo los puentes y sus nombres desfilaron por la mente del joven, despertando en él de manera inconsciente viejos recuerdos, de la misma manera que, de niño, abría las ventanas de cartón de un calendario de adviento para ver las imágenes en el interior. Pero para entender esta ciudad necesitaría un calendario maléfico de adviento, uno capaz de revelar las historias de horror que ocurrieron en cada rincón de París: el Puente Real, el puente de la Concordia, el puente de Alejandro III, el puente de los Inválidos, el puente del Alma, la pasarela Debilly, el puente de Jena, el de Bir-Hakeim, el de Rouelle, el de Grenelle, el puente Mirabeau y el puente de Garigliano, al oeste de París… Sus recuerdos emergieron uno a uno: por allá, una mujer decidida a suicidarse llenó su mochila con cosas pesadas para lograr sumergirse; acá debieron buscar una Magnum calibre 357 que un delincuente arrojó al agua; más lejos, el difícil hallazgo, en las profundidades del fango —que él sabía agitar como si fueran los cenagosos estratos de su memoria—, de un frasco infernal, lanzado por un hechicero vudú, el cual contenía las entrañas de un individuo, mezcladas con alfileres, miel, sangre seca, un pedazo de tela y un mechón de cabellos rizados. El Sena solía guardar los secretos de todos los desdichados que decidieron ahogarse. Pero los miembros de la Brigada Fluvial estaban obligados a hallarlos, aunque en la búsqueda se viesen obligados a enfrentar a sus propios demonios. A medida que la lluvia arreciaba, los rostros de los policías rivalizaban en la intensidad de sus muecas con las gárgolas de Notre-Dame. A la altura del puente de Auteuil dieron un giro en redondo. La ronda nocturna no era precisamente un crucero; el Sena parecía un río de petróleo capaz de ensuciar sus almas.

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—¡Qué clima de mierda! Phil no era el mejor dotado de todos los policías para la oratoria. A medida que esquivaban los lanchones, los policías no dejaban de acechar la oscuridad un instante, aunque las sombras estaban en calma. La negra y alargada lámpara de mano creaba efímeras lunas rojizas que se deslizaban sobre los lanchones. A la una y media de la mañana, la tripulación fluvial parecía abandonada por los dioses. —No somos pingüinos para sufrir este clima. ¡Se me están congelando los pies! Steph golpeaba sus manos una contra otra para evitar el entumecimiento. Parecía el último esquiador del día, aplaudiendo de frío, atrapado en lo alto de un teleférico. Miró con decisión a Hervé, el piloto. —Regresemos a la base: somos los únicos parisinos que están padeciendo esta helada. ¡Vamos, muchachos, de vuelta! El simple hecho de saberse de regreso hacía que Phil se sintiera mejor. Pero Hervé replicó: —Tampoco nos pagan para vigilar a las gaviotas, ¿no? Cuando se movían a toda velocidad, París lucía como una feria de pueblo. Las luces blancas, amarillas, azules y rojas de los embarcaderos pintaban y creaban otro mundo: el de la ciudad nocturna. Y es que los policías de la Brigada Fluvial del Sena pertenecían a un reino aparte, un reino flotante. Cada vez que estos exploradores surcaban el río por la noche, sabían que se contaban entre los pocos afortunados que podían mirar la ciudad desde ese punto de vista único. Conocían París como nadie —incluso desde el fondo de sus profundidades— y su misión consistía en escrutar la ciudad. Más misterioso que los callejones mejor escondidos, más resguar­dado que los pasajes secretos de los edificios, el Sena sabía guardar los peores secretos y tenía el don de atraer el turismo y la muerte en la misma proporción. Encargados de vigilarlo, los policías conocían de memoria sus cambios de ritmo y de humor. Por ahora,

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todos tenían el mismo deseo: no verse obligados a bucear en sus aguas. Sabían que la temperatura no rebasaba los seis grados centígrados, pero nadie quería comprobarlo. Además, el Sena estaba crecido. Como cada noche, Steph estudió la escala de Austerlitz, que indicaba un metro setenta, mientras que el lecho normal del Sena mide menos de un metro. En ciertos puntos estrechos, la profundidad alcanzaba los cuatro metros y medio. La corriente era muy fuerte a lo largo de los 3.4 kilómetros, y el supuesto color verde de sus aguas sólo se veía en los folletos turísticos. En la mejor de sus zonas, el Sena tenía el color y la temperatura de un café helado. En la peor, parecía una mezcla de lodo infernal, en la que nadie podría reconocer a su propia madre a cincuenta centímetros de distancia. Todos lo sabían, y por eso iniciaron el camino de regreso con la mente puesta en la agradable temperatura de la sala de descanso, donde aún flotaría el olor a la cena que habían tomado… Si es que el viento llegaba del este. Nadie se sorprendió cuando Phil volvió a cantar:

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Paris est la ville des ponts Moi l’homme d’un seul amour Au Square du Vert-Galant ! Au Square du Vert-Galant La Seine a deux amants Justice et Police Pour veiller tous nos, tous nos vices Qui m’aurait dit pourtant Qui m’aurait dit pourtant Qu’un jour, ils sonderaient Mon amour…1 1

París es la ciudad de los puentes. / Yo soy hombre de un solo amor. / ¡En la plaza del don Juan! / En la plaza del don Juan / el Sena tiene dos amantes: / la Policía y la Justicia. // Para que vigilen todos, todos nuestros vicios. / Quién diría, / quién diría / que un día iban a sondearlo en busca / de la que fue mi amada…

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—¿No conoces otra canción menos romántica? —¡Vete al carajo! Es una gran canción. El final es tan triste que te hace llorar. Si la noche hubiera sido menos oscura, Steph y Phil habrían podido ver cómo se iluminaba el rostro de Rémi antes de comentar: —Lo que nadie sabe es si el tipo mató a su mujer o sólo la perdió… —Yo también me lo he preguntado desde hace muchísimo, por esa frase que dice “Que un día iban a sondearlo en busca de la que fue mi amada”. Mi papá la cantaba… —Entonces es una canción muy antigua… —dijo Rémi. —¡Oye, enano! No soy el veterano de la Fluvial por nada, ese honor te lo ganas. Hasta el comandante me respeta. Los tripulantes del Cronos estallaron en una gran carcajada. Ya se veía la Pasarela de las Artes, ya se insinuaba y acercaba el café. La ciudad estaba en calma desde hacía una semana, porque el frío lo anestesiaba todo, incluso a las mentes enfermas. La última misión que tuvieron en los embarcaderos coincidió con un aumento de la temperatura. Los de la Fluvial estaban convencidos de que con el frío hasta el crimen disminuye. Avanzaron por el brazo de la Casa de la Moneda. Rémi, cuya mente no dejaba de vagabundear por la historia, se imaginó que pasaban frente al fantasma del dique regulador de la Moneda, cuya terrible inundación de 1910 cubrió incluso a la misma garita. Y exclamó: —¡He ahí el sexo de París! —¿De qué hablas, Rémi? ¿Qué tontería estás diciendo? —Estamos llegando al triángulo que forma la plaza Dauphine… que visto en un mapa parece el sexo de la ciudad, según André Breton. De los tres policías que tripulaban el Cronos, ninguno se detuvo a comentar las extrañas palabras de Rémi, porque su instinto se había puesto en alerta. Ahí, al pie del Muelle de los Orfebres,

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flotaba en la penumbra algo más que un mal presentimiento. Envuelta en los relámpagos plateados de los reflejos, vieron una aparición antes de ser devorada por la oscuridad. —¡Carajo, qué demonios fue eso! Phil palmeó el hombro de Steph para que apagara el motor del Cronos, y éste detuvo en seco su marcha. —Vamos a ver eso, muchachos. ¡Rémi, alúmbralo! Phil informó por la radio al estado mayor: —Aquí el Cronos, nos detuvimos en la escala del Muelle 36, a fin de examinar una embarcación sospechosa. —Entendido, Cronos —respondió una voz imperturbable. —¡Acércate Steph! ¿Por qué está ahí esa barca? No es normal a estas horas. Phil no podría decir qué fue lo que más le molestó: sentir que se escapaba su ansiado descanso o la intuición de que algo entraba rápidamente en la categoría de lo turbio. Podría apostarlo. Pasaron entre los pilares del Puente Saint-Michel, se volvieron a orientar en dirección de la barca y giraron la nave sin perder de vista un instante al objetivo. A medida que avanzaban río abajo —en dirección de la corriente— la nariz del Cronos se colocó rápidamente a cuarenta y cinco grados del muelle. Hervé lanzó el primer cable para amarrar la nave y Rémi consolidó la posición amarrando otro cabo en la proa. —Esto apesta, muchachos —dijo Hervé—: una barca bajo las ventanas de la Policía Judicial. No es parte de la decoración navideña del Muelle de los Orfebres. Todos los rostros se tensaron. La luna, redonda como un queso, surcó los ojos de Rémi: —Oigan, no estoy seguro, pero parece que hay un cuerpo en la barca… Hay algo inmóvil ahí, y está envuelto en una sábana. —Debe ser un vagabundo, ¡son capaces de refugiarse hasta en un refrigerador! Aunque hay algo inquietante en todo esto… —Phil, esa sábana no parece un cobertor. Tenemos que abordar.

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—Aquí el Cronos, hay un cuerpo en la barca frente al Muelle 36, está cubierto con un paño blanco, tal vez sea un cadáver. —Rémi, ve a ver quién es la bella durmiente… Rémi lanzó una mirada furtiva a Phil: la tensión vuelve poeta a cualquiera. Luego se quitó los guantes de cuero para esquiar y buscó unos guantes de hule en su morral. Sin saber por qué, ocultó la reticencia que le provocaba el ir a investigar la barca. No creía en nada inquietante. Ningún cuerpo se enrolla solo en una sábana. Lo que no se atrevía a confesarse a sí mismo es que tenía la impresión de estar a punto de profanar una tumba. De esa barca provenía una marcha fúnebre, una tribulación palpable. El recuerdo de un sufrimiento. A Rémi no le gustaban los escenarios del crimen. Penetraba en ellos con titubeos, persuadido de que no debía transgredir el lugar donde se cometió un asesinato. —Rémi, apresúrate. —Eh, ustedes: ¡somos la Brigada Fluvial! —gritó. Cuando puso un pie en ella, la barca se meneó con un rechinido y sintió cómo un escalofrío le subía por la columna vertebral. Acercó lentamente la mano a la sábana blanca que envolvía una forma humana de la que no se distinguía nada, ni siquiera la suela de un zapato. Reunió todo su valor a medida que pensaba en que el objeto envuelto recordaba una momia —lo cual no le sirvió de mucho. Sus dientes no sólo castañeteaban de frío. Tomó suavemente la delgada sábana de color blanco invernal. Entonces la vio. Sus manos enguantadas temblaron a medida que descubría un rostro perfecto, pero muerto. Tendría unos treinta años, o al menos eso le dijo su instinto. Su rostro se ocultaba tras una espesa cabellera negra. Nunca había visto mechones tan lacios: casi hubiera jurado que eran de seda. Se estremeció por la perfección del rostro. Por su sensual perfección. Muerta, esa mujer seguía siendo bella. Bella hasta causar miedo.

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—Ni con un desfibrilador podríamos despertarla. —No pierdas tu tiempo. Rémi. Lo que le quede por decir se lo dirá al escalpelo del Instituto Médico Forense. Con calma, viejo. Los cadáveres te afectan demasiado. Por una vez, la voz de Phil le pareció amable. Frente a un cuerpo en descomposición, una cabeza separada de su tronco o una rigidez cadavérica, la reacción de la Fluvial era siempre la misma: conservar huellas e indicios y dejar todo intacto. De modo que Rémi dejó que la dama de nieve siguiera durmiendo y volvió con la tripulación. ¿Por qué había pensado en la nieve? Tal vez porque la muerta estaba vestida por completo de blanco, incluyendo los zapatos. —Aquí el Cronos, hallamos un cuerpo. Confirmada la rigidez cadavérica. ¿Podrían enviar al oficial de guardia del primer distrito? Eran las dos de la mañana, la muerta tendría que esperar… Al menos hasta que el oficial de guardia se tomara un café bien cargado y corriera a rendir honores a las Parcas.

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capítulo ii

En los muelles tenía lugar un velorio inesperado: la bruma formaba capas de niebla que descendían a cubrir al cadáver. Un grupo de agentes de la comisaría del primer distrito se había presentado rápidamente para realizar la inspección ocular. Aquella noche, el borracho que habitualmente debía ser rescatado de las orillas del Sena, lo que los parisinos llaman el tapón de botella, se había transformado en una blanca sirena. Las hipótesis abundaban. —¡Los haraganes de la Judicial van a poder trabajar al pie de sus propias ventanas! Mientras llegaba el oficial de guardia, Phil, Hervé y Rémi escudriñaban las orillas del río en busca de indicios. —¿Qué pretenden encontrar cuando no saben qué buscan? —masculló Phil. —Cuando no se sabe qué se busca, no se sabe qué se encuentra —Rémi rectificó la frase archifamosa. Entonces halló en el suelo una moneda de dos euros que se introdujo en el bolsillo, a fin de atraer la suerte. Phil se volvió hacia los arces y se dedicó a refunfuñar. Aunque sabía que la suerte no sonríe nunca a los gruñones, no por eso dejaba de comportarse con brusquedad. Al cabo de media hora el oficial Francis Lemeure asomó su helada nariz. Eran exactamente las dos y media de la mañana.

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Rémi, que no perdía un detalle, notó con envidia su aliento a café pero no hizo ningún comentario, a pesar de que a esa hora soñaba con servirse una buena taza, que le calentara las manos y el paladar. Había llegado el momento de las preguntas: —¿Quién descubrió el cuerpo? —Íbamos a gran velocidad —Phil tomó la palabra—. Apenas nos internábamos por el brazo de la Moneda cuando descubrimos una barca. Al acercarnos notamos inmediatamente ese cuerpo enrollado en la sábana. Mi colega, Rémi Jullian, que es el socorrista esta noche, quiso asegurarse de que no sucediera nada malo y fue entonces cuando comprobó la rigidez cadavérica de una mujer blanca de treinta o treinta y cinco años, vestida. Llevaba guantes. No tocó nada. —¿Encontraron algún testigo: pescador, turista, enamorado, noctámbulo, insomne, u otro miembro del folclor nocturno? —Nada ni nadie. Fuimos los primeros en llegar. La gran anchura de espaldas de Francis Lemeure casi ocultaba a Rémi, del que apenas se veían los brazos a los lados del atlético cuerpo del oficial de guardia, cada vez que éste se movía. Aunque era enérgica, y a pesar de la rígida seriedad con que interrogaba, la voz de Francis Lemeure revelaba inseguridad y cierta inmadurez. Mientras el oficial informaba al agente del Ministerio Público de la muerte de la persona encontrada y descartaba un suicidio, Rémi los interrumpió: —Ella no pudo cubrirse sola con la sábana. Ésta se hallaba enrollada a su alrededor como… —buscaba las palabras— como una crisálida. Francis Lemeure lanzó una mirada de reojo y se percató de la presencia del muchacho. ¿No podría hablar menos fuerte? Al escuchar que el reemplazo del procurador de la República sería Claire Lesour, lo asaltaron recuerdos inoportunos.

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Claire Lesour… No era difícil recordar a la ministra. Una mujer pálida y flexible, de uñas esmaltadas. Tan agradable que era casi un estupefaciente. La primera vez que la vio fue frente a un hombre que se colgó en la calle Lavandières. Pasaron juntos el final de la noche e incluso compartieron un croissant al día siguiente. A las tres y veinticinco se dijo que con las mujeres había que armarse de paciencia. Se le ocurrió que tal vez lo hacía a propósito, para hacerlo esperar a él. A las tres treinta, un seco taconeo sobre el adoquinado anunció la llegada de la funcionaria. Ahí estaba, delgada como una espina negra, vestida como si quisiera helarse las piernas y rozagante como si se hallara a pleno sol. Se dijo a sí mismo: Nos habría ahorrado media hora si no se hubiese maquillado… Para molestarla, la recibió dándole otro nombre: —¡Vaya, Kate, pensé que te habías ido a dormir! Ella lo fulminó con la mirada: —Conque vengativo, ¿eh? Serías un buen criminal con ese carácter. Llegué tarde, pero tenía que vestirme para enfrentar este tiempo glacial. —Pues te vestiste para un mejor clima —señaló su falda. La mujer lo miró fijamente a los ojos. —¿Quisiste decir para un mejor clima o para un mejor momento, Francis? Al ver que los demás se acercaban, pospusieron sus diferencias. Cada uno de los muchachos presentó su informe a la ministra, mientras miraban de pasada sus piernas —todos, con excepción de Rémi. Ella extrajo su teléfono celular con cierta coquetería y se comunicó con el estado mayor de la Policía Judicial. —Hago saber a la Brigada Criminal que hemos descubierto un cadáver vestido, sin huellas particulares, rígido, recostado en una barca… Sí… Los espero… ¿Cómo?… ¿Dónde? En el número 36, sí, el 36, del Muelle de los Orfebres. Sí, sí, en el muelle, justo en las escaleras.

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En el segundo piso de las oficinas de la Policía Judicial, unos cuantos metros más arriba, el estado mayor le echó una ojeada al tablero que enumeraba a los agentes de guardia. El nombre designado era una garantía: le tocaba el turno al comandante en funciones Jonathan Desprez, el jefe de sección de la Brigada Criminal en persona. —Hay cadáveres con suerte —comentó el jefe de prevención de la Policía Judicial. El celular del comandante sólo sonó dos veces antes de que la brusca voz respondiera sin un ápice de fatiga. Un momento más tarde, el jefe de prevención se reunía con el jefe de servicio —el comisario de división Jean-Louis Finne—, con el jefe de grupo Duchesne y con el Representante Jurídico.

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El muelle del infierno; novela negra; literatura policiaca; Francia; París; río Sena; Ingrid Astier;

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