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El amor es sexualmente transmisible

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o gano nada con explicarte. No me vas a entender. A veces, como si estuviera soñando, veo el día de mi muerte. Algo así como una visión espiritista, un flash. Y aunque no aparece la mujer, sé que es por ella que me están matando. Incluso me da tiempo de pensar que el desenlace de nuestra historia no me ha hecho infeliz. Que valió la pena. Hoy la luna está pasando por su casa astrológica favorita: Cáncer. El niño que nazca este día tendrá una personalidad tranquila y prudente. Será una buena persona. Sensible. Sufriría en un lugar como éste. Sopla una brisa que viene del río y la noche está silenciosa; el olor del huele de noche es tan intenso que llega a marear. Todavía hace calor. Durante la tarde vi pájaros volando en hileras rumbo al norte. No tarda en llegar el frío. Menos aquí, claro. El hombre que sale a la terraza de la pensión es calvo y barrigón, usa camiseta, bermudas rayadas y chanclas. Dice Buenas noches con la boca torcida –¿un derrame?– y se sienta en una silla de palma tejida. Abre el periódico con sus manos mordidas por la micosis y gruñe cada vez que termina de leer una noticia. Luego tose y bufa. Lo más cerca que puede estar un ser humano de un buey. Un chico que vive cerca llega a sentarse en los escalones de la entrada, como lo hizo las noches anteriores. No le gusta platicar pero se queda ahí, escuchando las conversaciones ajenas. Sus ropas son modestas pero limpias. El chico nos mira con altivez, con la confianza de quien se encuentra a sus anchas en el mundo. Guarda

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un secreto en su cabeza, que todavía no termina de descifrar, pero le dice: Tú eres mejor que la gente que te rodea. Es sólo una cuestión de tiempo para que todos lo sepan. Doña Jane aparece con el termo en una charola. El café ya viene endulzado, infernalmente endulzado. Va a llover, doña Jane. Quien dice eso es el pelón, sin quitar los ojos del periódico. Alcanzo a ver una noticia que sobresale en la página: de nuevo están liberando el río para los mineros. La ciudad al borde de una nueva irrupción de prosperidad. Basta con ver cómo aumentó el número de putas que circulan por el centro y por los alrededores de la terminal de camiones. Noche y día. Son las primeras en olfatear el oro. Todavía falta pa’ que llueva, don Altino. Doña Jane también habla sin mirar al pelón. Coloca la charola sobre la mesita y me regala una sonrisa que mezcla afecto y aprehensión. Las articulaciones me duelen, dice el pelón. Es sólo reumatismo, don Altino. Pues en la tardecita vi relámpagos en la sierra. Doña Jane espía la noche por el otro lado de la terraza de la pensión. Un enorme nido de maribombas se descuelga a través del recubrimiento verde agua del muro. Está abandonado. No va a llover, ya cambió la luna. Doña Jane apoya las manos en la cadera. Viste una blusa de manga larga a pesar del calor. Pretende esconder el nombre de un tipo que le tatuaron en el antebrazo izquierdo. Es la persona más vieja que conozco con un tatuaje. Nunca se lo enseña a nadie. Pecados de juventud. El secreto, decía Chang, el chino de la tienda, no es descubrir lo que las personas esconden y sí entender lo que ellas muestran. Pero Chang está muerto. ¿Qué puedes exhibir al mundo que sea más íntimo que tus entrañas? ¿Existe algo más obsceno? El pelón gruñe y agita las hojas del periódico como si quisiera sacudir las noticias que le desagradan. Doña Jane vuelve al interior de la casa y su paso desprende una ráfaga agradable. A lavanda. El chico me observa con atención. Tiene rasgos bonitos, cabellos escurridos y la piel muy oscura. A Chang le habría gustado. Pensar en el chino me lleva a recordar a la mujer, en esta noche 14

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oscura como brea en que Urano, el dios cordial, atraviesa el gran corcel de fuego. Además de mí, ella era la única que conocía y creía en esas cosas. Fue en la tienda de Chang. Mientras que esperaba a que envolviese los rollos que había comprado, distraje mis ojos en las fotos del aparador. El rostro de una mujer en un portarretrato capturó mi atención. Todavía joven, y muy bonita. Tenía los ojos grandes y oscuros y sonreía como si estuviese viendo, atrás de quien la fotografiaba, algo que la hacía inmensamente feliz. Sólo he visto mujeres sonreír de aquella manera al mirar gatos o niños. Qué maravilloso rostro, dije. Y escuché una voz a mis espaldas: Muchas gracias. Me di la vuelta y me topé con ella, la mujer del portarretrato. Traía el cabello más largo y sonreía de un modo bien diferente al de la foto. Un rostro que emitía una luz extraordinaria. Me clavó un par de ojos color de lodo de bauxita. Sentí que se movía el piso. Perdón, dije. Ella negó con la cabeza, sin quitar sus ojos de los míos y la sonrisa del rostro. Qué pena. Tanto tiempo sin recibir un elogio y, cuando lo recibo, inmediatamente piden disculpas. Sentí que un espasmo eléctrico me recorría debajo de la cintura. Por el rabillo del ojo vi que Chang me observaba. En ese caso, mantengo el elogio, dije. Qué bien, me da gusto. Y se veía feliz al recargarse en el mostrador para entregarle a Chang el comprobante de los rollos por revelar. Usaba una camiseta que dejaba a la vista, en sus hombros, media docena de pecas y los tirantes de un sostén negro. El profesor Benjamin Schianberg escribió sobre las tentaciones en su libro Lo que vemos en el mundo. Según él, algunos hombres subliman sus deseos, proyectándoles en un plano apenas mental, y eso es suficiente para satisfacerlos. Otros hombres, dice Schianberg, a pesar de resistir con diferentes grados de esfuerzo, terminan por ceder a las tentaciones. Son lo que él llama «hombres de sangre caliente». 15

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Ella abrió el sobre y desparramó las fotos sobre el mostrador de vidrio. Un arco iris; un número de metal oxidado en la fachada de una casa antigua; las raíces de un árbol que parecían una pareja de muchas piernas y brazos en un embate amoroso; la chimenea de una alfarería; una bicicleta caída bajo la lluvia. Ni una sola persona o animal. A pesar de eso eran buenas fotos, fotos tomadas por alguien con buen ojo y buen gusto. Ella notó mi interés. ¿Te gustan? Ésta es muy buena. Separé una de las imágenes: rayos de sol penetrando una casa en ruinas por las rendijas del tejado. Poesía y precisión. Eso dije, como lo oyes. Ella me miró, intrigada. Entonces se rio. ¿Eres fotógrafo? Era, dije. Hoy en día sólo tomo fotografías para mí mismo. ¿Fotografías de qué? Un poco de todo. Más que yo, entonces. Tomé la foto y la examiné de cerca. No retratas personas. No me gusta, me parece previsible. Puta madre, pensé, la foto que tenía en mis manos no sólo era buena, era formidable. Uno de los rayos de sol incidía, en segundo plano, sobre una muñeca de trapo arrojada sobre un montón de cascajo. Parecía un spot iluminando una bailarina caída en un escenario. ¿La muñeca ya estaba ahí? Claro, nunca interfiero, dijo. Sólo registro. Chang empujó el paquete de rollos en mi dirección. Ella ya estaba guardando las fotos en el sobre cuando le dije: Me encantaría tener una copia. Ella dejó de guardar las fotos, volteó a verme y me estudió como si confirmara que tenía méritos suficientes para entregarme lo que le pedí. Soportar esa manera oscura que tenía de mirar fue una experiencia difícil. Me hizo sentir desamparado. Tuve la impresión de estar siendo visto de verdad por primera vez en la vida. Y de estar 16

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viendo, también por primera vez, algo que el mundo hasta entonces no me había mostrado. De acuerdo con el profesor Schianberg (op. cit.), no es posible determinar el momento exacto en que una persona se enamora. Si se pudiera, afirma, bastaría un termómetro para comprobar su teoría de que, en ese instante, la temperatura corporal se eleva varios grados. Una fiebre, nuestra única secuela divina. Schianberg continúa: al enamorarse, un «hombre de sangre caliente» experimenta el de­ sam­paro de sentirse vulnerable. No cazó: fue cazado. La idea me llegó justo cuando ella sonrió, como si hubiera aprobado el examen al que me sometió, y separó la foto para regalármela. No me detuve para reflexionar si era o no osada. Sólo la coloqué en práctica. Sangre caliente. Ésa no es la foto que quiero, le dije. Y señalé el portarretrato en el aparador. Aquello la desarmó. Escuché su respiración alterarse. Chang abrió la boca, mostró sus pequeños dientes de rata e hizo lo que haría un buen comerciante: sacó el vidrio del aparador y entregó el producto para que el cliente pudiera examinarlo de cerca. El rostro era de verdad excepcional: anguloso, extraño. Los ojos tenían antigüedad y abismos. Queremos lo que no podemos tener, dijo el profesor Schianberg, el más oscuro de los filósofos del amor. Es normal, incluso saludable. Lo que diferencia a una persona de otra, añade, es cuánto quiere cada uno lo que no puede tener. Nuestra ración de polvo de las estrellas. Ella miró hacia abajo, tocó con la esquina de la foto sus labios. Pensó en el asunto por un instante. Entonces comprendió el juego. Y lo aceptó. Vamos a hacer un negocio más justo, dijo. Te cambio este portarretrato por una de tus fotos, ¿qué dices? Chang rio. Su oído anticipó el ruido del cajón de la registradora. Avancé una casilla. Creo que vas a salir perdiendo, nunca fotografié nada tan bonito. Aquel rostro extraordinario se irguió un poco. Sólo un poco. Salté varias casillas y le di mi tarjeta. Pasa cualquier día por mi estudio. 17

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Leyó y me hizo la pregunta que he escuchado desde hace más de cuarenta años. ¿Cauby? ¿Cómo el cantante? En la adolescencia me molestaba. No me gustaba nada el cantante. Con el tiempo lo superé. Me dio igual. Dejó de importarme. Hasta llegué a ver un show de mi tocayo en un bar de São Paulo. Y si alguien me hacía esa pregunta, me limitaba a responder. Sí. Ella me dio la mano. Mucho gusto: Lavinia. Su mano era grande, maciza; el apretón, delicado. Los inmensos ojos oscuros atisbaron en mí –sonreían por ella. Habría pagado por fotografiar aquel rostro. Una vez, en España, una mujer en la calle me cobró por permitir que la fotografiase. Le pagué. Lo valía. Ella entregó el dinero a Chang y no dijo nada mientras esperaba el cambio. Aproveché que traía sandalias para observar sus pies. Eran delgados, huesudos, casi masculinos. Aunque la forma no me agradaba, pensé que iba bien con ella. Un conjunto armónico. Percibió que la miraba, pero no le incomodó. Era de las que se sienten a gusto en el mundo. Chang colocó el cambio sobre el mostrador, billete sobre billete. Ella guardó el dinero en la bolsa y me encaró. Se oyó una sirena a lo lejos. Paso por ahí un día de éstos. Te llamo antes. Cuando quieras, le dije. Se despidió y se fue bajo el sol de la tarde. Fue un choque de luminosidades. Me recargué en la puerta para verla alejarse. Chang apareció a mi lado. ¿Sabes quién es? No, le dije. ¿Quieres que te lo diga? No, repetí, sin despegar los ojos de ella. Chang junto las manos y tronó los dedos. Como quieras, dijo. Prefiero irlo descubriendo poco a poco, pensé. Saborear el misterio. Al llegar a la siguiente esquina atravesó la calle y desapareció en medio de esa gente diminuta que deambula por el centro. Su 18

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colorido destacaba entre el gris predominante. Miré su rostro en el portarretratos: tenía una luz particular, propia, y un aire de que podría conseguir lo que quisiese en la vida. Doña Jane reaparece con una bomba de dedeté para rociar varias veces en dirección al nido de las avispas. Lo hace casi todas las noches. El olor del insecticida viaja por el aire hasta que me pica la nariz. El pelón cierra el periódico y se queja. ¿Para qué, doña Jane? Ahí no hay ni media abeja, ya todas se fueron. Ella le da la vuelta a la masa de barro endurecida, e inclina la cabeza para mirar, atenta al mínimo movimiento, antes de decir. Es que vuelven, don Altino. Ya no vuelven. Esa cosa es mala para la salud. El pelón voltea a verme en busca de apoyo para su queja, pero yo bajo la vista hacia el libro. Estoy releyendo el pasaje en que el profesor Schianberg se ocupa de las distintas clases de separación entre los amantes. Las transitorias y las irremediables. Menciona a un noruego enloquecido que hundió un navío como ofrenda por el regreso de su amada. El problema es que el navío no era de él, y lo metieron a prisión. Esta noche, yo hundiría todos los navíos, Lavinia. Incendiaría el puerto. Sólo por ver el brillo de las llamas reflejado en tus ojos oscuros. Va a terminar por envenenarnos, dice el pelón. Doña Jane arranca una hoja seca del helecho que se derrama majestuoso desde una maceta hecha con la propia raíz del helecho, preso en el techo de la terraza. Se está volviendo cascarrabias, don Altino. Cuidado: se está haciendo viejo. El pelón, desanimado, menea la cabeza. Abre de nuevo el periódico. Pequeñas venas azuladas se ramifican por sus piernas pálidas. La atención de doña Jane se concentra en el muchacho que se encuentra sentado en los escalones. El joven sabe que lo observan, pero evita mirarla. Como si le tuviera miedo. Una noche, cuando acababa de regresar aquí, estaba en la cocina limpiando una de mis cámaras, la única que sobrevivió. Una Pentax. Mi favorita. Ya era tarde. Hubo un instante en que levanté la cabeza y me encontré de frente con doña Jane, que me observaba. 19

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Me despertó un ruido, dijo. Bajé para ver si estaba todo en orden. Todo está bien. Doña Jane siguió mirándome sin decir palabra, con la cara amodorrada. Como si estuviera ahí sólo por el placer de escuchar la gotera que caía sobre el fregadero metálico. El cabello peinado hacia atrás la avejentaba. Vestía un camisón azul que le llegaba hasta las rodillas. Transparente. Podía ver la circunferencia oscura de los pezones. Pero preferí mirar hacia el nombre que tenía grabado en el antebrazo izquierdo: Antonio. Un aventurero que pasó por la ciudad hace algunos años, con el que ella huyó. Un estafador. Dicen que la abandonó sin dinero en Río. Doña Jane fue y cerró la llave del agua. No sé por qué nunca la cierran bien, dijo. Después se detuvo junto a la mesa, y al notar que miraba su tatuaje cruzó los brazos para ocultarlo. No tuvo el mismo pudor con los senos, que continuaron visibles. Voluminosos y semiflácidos, pero aun así, atractivos. Por cierto, don Cauby: ¿cuánto me cobraría por hacerme un retrato? Retiré una basurita de la lente de la Pentax. Yo tenía una deuda con doña Jane. Nada. ¿Pero lo haría? Ajusté la lente de la máquina y me volteé. Doña Jane descruzó los brazos, se arregló el cabello, exhibió los pelos que nacían en sus axilas. Mi nariz capturó el olor a lavanda de su cuerpo. Sí. Pues entonces tiene que ponerle un precio… La miré. Ella me sostuvo la mirada. Lo hago gratis, dije, si me permite fotografiar su tatuaje. Doña Jane volvió a cruzar los brazos y los apretó contra su cuerpo. Como si algo le hubiera dolido. Me trae malos recuerdos. En la terraza, el muchachito, que es el foco de atención de doña Jane, se rasca la oreja, incómodo. Se roe la uña del pulgar –o para ser más preciso: finge roerla. Es tímido. Ella me dice: Voy a ver la novela. ¿Necesita algo? 20

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Le digo que estoy bien, que no necesito nada. Pero miento. Necesito muchas cosas, en especial en una noche como ésta, en que Urano se desliza mansamente por el cielo oscuro. Podría hacer una lista. Sin embargo doña Jane no podría darme ninguna de ellas. Es una pena. Tome un vaso de leche antes de dormir, don Altino, dice. Ayuda contra el veneno. Absorto en la lectura de algún artículo, el pelón no reacciona. Doña Jane insiste: ¿Me oyó, don Altino? Ya la oí, rezonga el pelón, irritado, sin interrumpir su lectura. El hombre aparece de repente en las escaleras, surge de la calle cerrada. No lo conozco, nunca lo vi por aquí. El pequeño encoge las piernas, libera algo de espacio en los escalones para que el recién llegado pueda pasar. Es gordo, usa traje y corbata y lleva colgada en el hombro una bolsa con el logotipo de una agencia de viajes. Está jadeando y suda en abundancia. Soy el primero en saludarlo con un movimiento de cabeza. Él aparta las solapas del saco y, en una especie de flash, preveo lo que va a ocurrir. Herido en la cabeza, el pelón caerá hacia delante y el impacto de su cuerpo despedazará la cubierta de vidrio de la mesita. Doña Jane caerá de bruces, la mitad de su cuerpo dentro de la casa. El niño tal vez escape. No, el hombre no lo permitiría –ellos nunca dejan testigos. Perseguirá al pequeño por el callejón sin salida, de ser necesario. Todo dependerá del orden que elija antes de disparar. Lo cierto es que seré el primero. El flash termina de golpe. La electricidad en mi columna disminuye poco a poco. El hombre aparta las solapas de su saco sólo para buscar un pedazo de papel en la bolsa de su camisa, que entrega a doña Jane. Luego saca también un pañuelo para quitarse el sudor de la frente y del cuello. Me estoy derritiendo, dice. Su voz es gruesa y modulada. Debe ser uno de los abogados de la compañía minera. Saben que una nueva guerra contra los buscadores de piedras preciosas puede comenzar en cualquier momento y ya están llamando a sus soldados a la trinchera. 21

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Va a llover, dice el pelón. Ojalá. Me gusta la voz del hombre: suena firme, con un halo de autoridad incluso en los comentarios triviales. Un abogado, sin duda. ¿Quién más usaría traje y corbata en un lugar tan caliente como éste, donde hasta el sacerdote viste camiseta y bermudas? El hombre me observa con interés. Intento leer en su expresión qué tipo de impresión le causo. No lo consigo, su rostro es impenetrable. Todo un profesional. Doña Jane termina de leer el recado y examina al hombre, de la cabeza a los zapatos empolvados. Él dice algo que ella ya sabía: El hotel está lleno. Es lógico. Llegó un ejército de sanguijuelas. Gente de hasta el último rincón de Brasil. Saben que muy pronto los pechos de la ciudad estarán otra vez hinchados. De cierta manera, yo era uno de ellos. Tengo un lugar, dice doña Jane, pero va a tener que compartir el cuarto con otra persona. Al hombre no le gusta escuchar esa información, pero finge que sí. Sonríe. Tal vez esté acostumbrado a hoteles finos. A pulgueros de lujo. El pelón se entromete: Es eso o un cuarto en la zona roja. Sólo el pequeño se ríe. El hombre reprende al pelón con una mirada severa. Después voltea hacia doña Jane, como si dijera «Un caballero no dice esas cosas cerca de una mujer» –ni siquiera un caballero con los zapatos polvorientos. Como si pidiera disculpas por lo que dijo el otro. El pelón ni se da por enterado, atento al periódico. ‘tá perfecto, dice el hombre. Todo lo que quiero es un baño y una cama. Doña Jane lo conduce al interior de la casa. Él me examina por última vez antes de entrar. Una mirada neutra. No tiene manera de saber que estoy un poco frustrado. La luz de la terraza se prende y se apaga una, dos veces. Alguien encendió la regadera eléctrica. El pelón se queja de nuevo: Eeeeh… Un párrafo está subrayado en el libro. El profesor Schianberg cita a Nietzsche: Hay siempre un poco de locura en el amor, pero siempre hay un poco de razón en la locura, para después contradecirlo, 22

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recordando que en la locura de los amores contrariados no hay el menor espacio para la razón, tan sólo para más locura. El niño estira de nuevo las piernas sobre la escalera. Escuchamos el silbato de un barco en el río, un sonido melancólico. Como un ave de mal agüero. Pero no debería sentir miedo ahora. Soy un hombre sin miedo, lo cual es muy raro en este lugar.

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