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Índice Prólogo, 13 1

Cómo dice “te amo”un padre

1. La aprobación de mi padre, 19 2. Del único, 23 3. Documentos muy importantes, 26 4. Lo sabía, 30 5. La flauta plateada, 33 6. Herramientas para la vida, 36 7. El corte de cabello de veinte mil dólares, 39 8. El sacrificio de un padre, 42 9. Morey, 45 10. Fue mi padre, 49 11. El silencio es oro, 51 12. El caballero de la brillante armadura, 54 2

Lecciones de vida

13. Así practicamos no darnos por vencidos, 59 14. Bueno, sí, mi padre tenía razón, 62 15. Vivir en mi corazón, 66 16. Su última lección, 69 17. El automóvil, 72 18. Volviendo a la anormalidad, 76 19. Determinación ciega, 79 20. Entrenador de la vida, 82 21. El poder del aliento, 85 22. Cómo construir un velero, 88 23. Gracias por dejarme fallar, 91 24. La hija del predicador, 93

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Papá al rescate

25. La persistencia de un padre, 99 26. Siempre cuidándome las espaldas, 102

gracias, papá

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27. Palabras de sabiduría, 105 28. Simplemente espera, 108 29. La niña consentida de papá, 111 30. El Cabo de Buena Esperanza, 114 31. Historia de unos shorts, 116 32. El héroe que rompió las reglas, 118 33. Negarse a decir no, 120 34. Infortunio a la luz de la luna, 123 35. Velando por mí, 126 36. Papá al rescate, 128

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Peinar canas: padres de adolescentes

37. Lado incorrecto, Reuscher, 135 38. Johnny, 139 39. Dud y el guante de receptor, 142 40. Estar presente, 145 41. Un papá genial, 147 42. En circulación, 150 43. Melodía del corazón, 153 44. Mi padre injusto, 157 45. Colonia Ambush para el día de San Valentín, 160 46. Carta a una fugitiva, 163

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En las buenas y en las malas

47. Cortinas locas, 169 48. La carrera de atletismo, 171 49. Papá, 173 50. Flores que nunca mueren, 175 51. El ritual secreto de papá, 178 52. Papá, el entrenador, 181 53. La constante, 185 54. La hija de un huérfano, 188 55. Siempre un ganador, 192 56. El último regalo, 195 57. Parado de manos, 199 58. Introducción a la virilidad: cómo conservar tu masculinidad y también tu matrimonio, 201

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Padres sustitutos

59. Encontrar un amigo, 207 60. Un papá de verdad, 211 61. El regalo de Navidad, 214 62. Mi primera bicicleta, 217 63. Encontrar el hogar, 221 64. Primer lugar, 224 65. Un verdadero padre, 226 66. El padrastro, 228 67. Al pasar el tiempo, 231

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Lazos que unen

68. La carrera del río Cherslatta, 237 69. El hombre que aprendió a deshacer el tejido, 241 70. Amor en una regla T, 244 71. El mejor regalo de todos, 247 72. Desayuno, 250 73. Entrenador, 253 74. El garaje, 257 75. Los tomates de papá, 259 76. Aventura en Alaska, 262 77. La falla de los Dodgers, 265 78. Curso básico de construcción, 269 79. Practicar esquí acuático con papá está bien, 273 80. El premio de los sábados, 276

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Héroes de todos los días

81. Héroe para muchos, padre para mí, 281 82. Un héroe callado, 283 83. Mi papá es tan lindo como un pez, 286 84. La salida de compras, 289 85. Risa, 291 86. Reglas de la vida, 295 87. Vivir el sueño de mi padre, 299 88. La más grande lección nunca hablada, 302 89. Sin miedo, 305 90. Un padre devoto, 306

gracias, papá

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Momentos que duran para siempre

91. La cuna, 311 92. Padres, hijos y el ángel en el estadio, 315 93. Siete minutos, 318 94. La cinta grabada, 322 95. Cuando papá me tomaba de la mano, 325 96. Martes con papá, 328 97. Un último recordatorio, 332 98. Cuerdas del corazón, 336 99. Sólo una llamadita, 339 100. La masacre de los arbustos, 342 101. ¿Está mamá por ahí?, 344 Abuelos fabulosos

102. El bateador emergente, 349 103. Lecciones para toda la vida, 353 104. Padre amoroso, 356 105. Aguantar el acoso, 359 106. Lo llamo papá Jim, 362 107. Mi padre, mi hijo, 365 Conoce a nuestros colaboradores, 369 Conoce a nuestros autores, 391 Acerca de Scott Hamilton, 395 ¡Gracias!, 397

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La aprobación de mi padre

E

ra una noche fría de finales de noviembre. Una noche ideal para un partido de futbol en la preparatoria. La luna llena de otoño se alzaba por encima de las luces del estadio y eclipsaba las estrellas. Estaba en el último año de preparatoria y era capitán del equipo en mi posición de apoyador central. Éramos un buen equipo de futbol con un récord de 12 juegos ganados y uno perdido hasta el momento. Ese partido No crías héroes, crías hijos. Y si los tratas en particular era la ronda semifinal de las como hijos, llegarán a eliminatorias del Campeonato Estatal de ser héroes, aunque sea Alabama, clase 5A. sólo a tu parecer. Viajamos de Eufaula a Mobile por autobús de la línea Greyhound para enwalter m. schirra, sr. frentar a nuestra némesis al otro lado del estado. Si ganábamos ese partido, jugaríamos contra Etowah High School en el juego por el campeonato estatal en diciembre. JaMarcus Russell, un chico que en aquella época cursaba el primer año de preparatoria, era el mariscal de campo de nuestro adversario. Russell jugó después en el futbol colegial para Louisiana State University y luego fue la primera selección en el draft de la NFL de 2007 y lo contrataron los Oakland Raiders. Otro muchacho llamado Carnell Williams, también conocido como “Cadillac” Williams, jugó como corredor para Etowah. Posteriormente jugaría para Auburn

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University y después con los Tampa Bay Buccaneers. Era un equipo muy fuerte. Esa noche de noviembre el aire helado nos traspasaba las narices y parecía quemarnos los pulmones mientras corríamos durante los ejercicios de calentamiento previos al partido. El estadio engulló a los poco más de cien fanáticos fieles que nos habían seguido a la batalla. Las otras diez mil personas que componían la legión enemiga manifestaban su apoyo a voz en cuello. Mis padres estaban sentados en el mismísimo centro del campo, en la línea de la yarda cincuenta, unas filas arriba en la sección más cercana a la cancha. Nuestro equipo había llegado lo más cerca de ganar el campeonato estatal que cualquier otro equipo de Eufaula en casi veinte años. Pero primero teníamos que vencer a este Goliat en Mobile para avanzar a las finales en Birmingham. Mi papá jugó el partido de campeonato en Birmingham en su último año de preparatoria. Uno de mis sueños era llegar ahí. Quería hacer algo que mi padre había hecho, pero mejor. El partido comenzó y salimos corriendo por las rejas dispuestos a ganar. Fue una batalla campal hasta el final y los dos equipos dejamos todo lo que teníamos en el campo. Nosotros anotamos primero, 7-0. Luego ellos respondieron, 7-7. En seguida logramos anotar otro touchdown, 14-7. Ellos anotaron de nuevo, pero logramos bloquear el punto extra, 14-13. Tomaron la delantera por primera vez en la noche cuando quedaban poco más de siete minutos del cuarto cuarto. La conversión de dos puntos falló y el marcador quedó 14-19. Cuando quedaba menos de un minuto soltamos el balón. Se acabaron el reloj y luego aceptaron un safety cuando quedaban diecinueve segundos de juego. Estábamos 16-19. Con sólo tres segundos para anotar, peleamos, mordimos, arañamos, desgarramos, sujetamos y logramos llegar a la zona final una última vez, pero el tiempo se acabó. Pude taclear a muchos jugadores, pero también se me fueron varias tacleadas. Tomé algunas decisiones buenas y otras malas. Una jugada que me atormenta fue mi oportunidad de capturar a JaMarcus Russell. Me acerqué a él cuando llegábamos a la línea lateral. Hizo un corte a la izquierda; yo también. Tomó hacia la derecha; lo seguí. Estuve a punto de capturar al futuro mariscal de campo de la NFL, pero un instante antes de entrar con mi casco en las hombreras de él, me tropecé. Caí, alcancé a estirarme para sujetarlo por las piernas y ambos rodamos fuera del campo; sin embargo, no fue antes de que el balón saliera de sus manos abriéndose en una espiral y cayera en las manos del receptor para lograr la primera oportunidad. 20

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Me sentí humillado. Tuve mi oportunidad y la eché a perder. Me equivoqué por completo. La parte más vergonzosa fue cuando rodamos fuera del campo por la línea lateral de mi equipo. Sabía dónde estaban sentados mis padres y oculté el rostro para que no pudieran verme desde sus asientos. Alcancé a oír la desilusión en los suspiros de la multitud. No podía soportar la idea de lo que mi padre debía de estar pensando. El reloj marcó cero como señal de que nuestra oportunidad de llegar a las finales se nos había escapado. Estábamos como anestesiados. No hubo lágrimas, sólo decepción. No teníamos energía suficiente para llorar. El tiempo avanzaba muy despacio y los gritos y vivas de nuestros oponentes resonaban en nuestros cascos. Guardé silencio. Sentía que la cabeza me iba a estallar. No quería hablar con nadie. Ni con las animadoras, ni con los entrenadores, ni con mi compañero apoyador a cuyo lado había jugado en los últimos seis años, ni mucho menos con mi papá. Temía cómo sería nuestra conversación. No quería oír “buen partido”, porque sabía no era cierto. No quería oír “ya será la próxima”, porque no iba a haber una “próxima”. No quería tener que tragarme el comentario: “Deberías de haber hecho esta tacleada o esta otra”. No estaba preparado para enfrentar la realidad de no haber podido seguir los pasos de mi padre. Con el casco en una mano y las hombreras en la otra, crucé el campo yo solo para dirigirme a la casa club. Miré a las gradas donde mis padres se habían sentado. Estaban desiertas. Todos los lugares estaban vacíos. Supuse que habían decidido marcharse antes. ¿Acaso era por las tacleadas que fallé? ¿Había sido el marcador lo que los alejó? ¿O era algo peor, algo tan horrible como la vergüenza? No los culpé; yo también me sentía decepcionado. Es muy curioso cómo el aire puede estar frío, el cuerpo caliente y las emociones congeladas cuando los oídos perciben de pronto un sonido familiar. Era un silbido. Un silbido conocido. Entre miles de vivas, una banda militar, bocinas de aire, fuegos artificiales y sirenas, reconocí ese silbido. Venía de la línea lateral. Alcé con brusquedad la cabeza y me concentré en el punto de donde venía. Ahí estaba él en el atuendo que se ponía para los partidos: gorra roja, camisa roja con mi número bordado en el bolsillo izquierdo, pantalón caqui y un cojín rojo del estadio con una garra de tigre. Era el silbido de mi padre. ¿Por qué había bajado a la línea lateral? ¿Qué me diría? ¿Qué podía ser tan importante para que tratara de captar mi atención y hacerme olvidar la autocompasión? ¿Qué noticia era aquella que no podía esperar

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hasta que yo llegara a casa? ¿Por qué era tan importante recordarme la gran decepción que yo era para él? Nuestras miradas se cruzaron; ambos teníamos los ojos enrojecidos por el dolor. Lo miré a la espera de su veredicto. No dijo: “Buen partido”, ni “Deberías de haber jugado mejor”. Su rostro no tenía expresión. Luego dijo algo que no olvidaré en lo que me queda de vida. Extendió el brazo musculoso, levantó el pulgar en ademán de aprobación y dijo: “Te amo, hijo”. ¿Me amaba? ¿Aunque hubiera metido la pata? ¿Aunque hubiera echado todo a perder? ¿Aunque el peso del partido descansaba en mis hombros y me había equivocado? ¿Me amaba? Sí, claro que sí. ¡Me amaba! Todos los pensamientos negativos se esfumaron como por arte de magia. El amor de mi padre no dependía de mis éxitos o fracasos. Mi padre me amaba porque soy su hijo y él es mi padre. Mi papá me aprobaba porque soy su hijo, no porque hubiera conseguido o no un anillo del campeonato estatal. Gracias, papá. Gracias por mostrarme la imagen perfecta del amor celestial de mi padre. Bryan Gill

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Del único

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ensé que iba a morir. Era el primer semestre de mi segundo año en la universidad y mi novio de primer año acababa de terminar conmigo. No sabía qué hacer. Había tenido novio desde que estaba en segundo año de preparatoria, pero este era especial. Consideraba que este noviazgo era mi primera relación propiamente adulta, dado que tenía casi veinte años. Estaba desconsolada y no podía comer ni dormir. Mis compañeras de habitación se preocuparon por mí, pero se habían dado por vencidas después de tratar de alegrarme de mil maneras. Incluso le escribí al novio que me había abandonado un poema sobre una muñeca vieja Papá, tu mano conductora que se había quedado olvidada en una en mi hombro se quedará repisa, o sea, yo. Estaba muy herida y conmigo para siempre. era muy joven. autor anónimo Empecé a llamar a casa casi todos los días después del rompimiento para despertar la compasión de mi madre. Sin embargo, mi papá y yo seguimos teniendo esas conversaciones telefónicas escuetas que se dan entre padre e hija durante nuestras llamadas oficiales del domingo, aquellas en las que le aseguraba cada vez que estaba estudiando y tenía suficiente dinero. Por otra parte, mi madre y yo hablábamos de verdad. Ella quería saber todo lo que ocurría en la universidad, qué estaba aprendiendo en mis clases y qué cosas ricas había en la cafetería. Estoy hablando de los tiempos anteriores a los “minutos libres a cualquier hora” de la telefonía celular y la larga distancia ilimitada, por lo que las cuentas empezaron a

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acumularse. Esperé a oír la perorata de que “hay otros peces en el mar”, la cual, gracias a Dios, nunca llegó. Mi madre se mostró solidaria y paciente con mi llanto, pero al cabo de varias semanas por fin me dijo que era una tontería que siguiera sufriendo de ese modo. Comprendí que tenía razón, por lo que traté de salir de mi abatimiento, me concentré aún más en mis estudios y me hice socia de algunas organizaciones universitarias. Papá se mantuvo por completo al margen del tema. Yo sabía que él se sentía mal porque yo me sentía mal, pero en general le dejaba los rescates emocionales a mi madre. Un día que volví a la residencia universitaria de una clase por la tarde, encontré a mi compañera de cuarto sentada al escritorio, sonriéndome. Había un arreglo de flores muy lindas, de color claro, en la mesa al centro de la habitación. —Son para ti —anunció. El corazón me dio un vuelco. Eso era todo. Mi ex se había dado cuenta por fin del error que había cometido al tratarme así y quería que volviéramos. Después de todo, no se había enamorado de esa muñeca Barbie de primer año que conoció en su grupo de orientación para asistentes de residencias. Me acerqué despacio, levanté la canasta fragante y abrí la tarjeta con las manos temblorosas. Tenía escrito simplemente: Del único hombre que te ha amado veinte años. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Mi compañera me miró, confundida. —Son de mi papá —sollocé y me senté, sosteniendo contra el pecho el ramo de flores, mientras miraba los delicados botones. —¿Tú papá? ¿Por qué? —mi compañera cruzó la habitación, tomó asiento a mi lado y me pasó el brazo por los hombros. Le di la tarjeta y ella volvió a sonreír—. Tu papá es un encanto. —Lo sé —sorbí las narices. En ese instante algo cambió en mí. Vi las cosas en su verdadera dimensión. El consejo continuo de mi madre me había ayudado en mi lenta recuperación, pero esto era lo que necesitaba para sanar por completo. Han pasado muchos años desde entonces; ahora estoy felizmente casada y tengo una hija. Mi padre ha tenido que librar sus propias batallas en los últimos años por problemas de salud y una jubilación forzada, pero la gran imagen de Papá como protector nunca desaparece. Resulta que la fortaleza física de un padre es sólo una metáfora de lo que en realidad les da a sus hijos. No creo haber comprendido la fortaleza invencible que era el temple de mi padre, la fuerza de sus principios morales y convicciones hasta que empezó a tener problemas de salud. Mamá me había dicho muchas veces que mi padre nunca se quejaba del deterioro de su calidad de vida por más mal que se sintiera, pero que con frecuencia lamentaba 24

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ya no poder hacer cosas por nosotras. Yo quería hallar una manera de asegurarle que el hecho de que ya no fuera activo no tenía nada que ver con su capacidad de ser un magnífico padre. Papá y yo habíamos recorrido juntos el camino de nuestras vidas y yo extrañaba ese aspecto de nuestra relación. Sin embargo, la base y apoyo que me había dado nunca se habían debilitado. De hecho, se habían fortalecido. Casi había olvidado a aquel novio, mi desesperación y las flores de papá hasta que vi una fotografía en un viejo álbum que me refrescó la memoria. Los ojos se me llenaron de lágrimas una vez más al pensar en el gesto amoroso de mi padre. Faltaba una semana para el día del padre y se me ocurrió una idea. Mi papá abrió la tarjeta sencilla con una débil sonrisa, pues la enfermedad de Parkinson hace muy difícil que pueda sonreír. Las flores lo sorprendieron, aunque siempre había sido de esos hombres contados que aprecian las flores como regalo. La tarjeta decía: De la única mujer que te ha amado desde el día en que nació. Entonces lo abracé y le pregunté en susurros: —¿Te acuerdas? —Sí, me acuerdo —me aseguró en voz baja. Asentimos mutuamente. Como siempre, no hubo necesidad de decir nada. Heidi Durig Heiby

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Documentos muy importantes

—¡S

u currículum es impresionante! —exclamó el señor Green mientras examinaba el documento que tenía en la mano. Excelente, pensé. De seguro me darán el puesto. —Sólo un último detalle. Queremos que presente una pequeña prueba de aptitud y después hablamos —añadió. —Sí, claro, estoy lista —repuse con más entusiasmo del que sentía. Pensé que tenía que conservar la sonrisa y verme tranquila. Podía oír La educación es simplemente a mi papá diciendo: “No dejes que el alma de una sociedad nadie se dé cuenta de que algo te que se transmite de una molesta”. generación a otra. Presenté el examen y no me g. k. chesterton quedó la menor duda de que me había equivocado terriblemente. Estaba muy nerviosa y abrumada. Esta entrevista había comenzado a la hora del desayuno y ya era más de la una de la tarde. Agotada mentalmente, llamé a la gerente de recursos humanos, Cleo, y le informé que había terminado. Luego esperé. Por fin llegaron los resultados. —Bueno, señorita Rodman, salta a la vista que está muy bien preparada para el puesto. Voy a pedirle a Cleo que la lleve a su oficina para iniciar todos los trámites. ¿Puede empezar el lunes? —preguntó el señor Green. 26

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—Eh, desde luego —respondí, totalmente sorprendida. Entonces pregunté lo que en realidad quería saber—. ¿Puede decirme qué calificación obtuve en los exámenes? —No puedo darle esa información, pero digamos que le fue muy bien. —Gracias —respondí en tono sumiso. ¡Había conseguido el empleo de mis sueños! Reflexioné al respecto en el automóvil de camino a casa y me pregunté por qué me habría ido tan bien. Las palabras de mi padre resonaron en mis oídos: “Educación, querida, educación. Es lo que se necesita para avanzar en este mundo”. Mi papá atribuía un valor formidable a la educación. Él se había visto obligado a renunciar a ir a la universidad, pues su padre murió cuando mi papá estaba terminando la preparatoria. Como hijo mayor, se esperaba que se pusiera a trabajar y mantuviera a su madre, dos hermanos y dos hermanas. Muchos años después, se casó y mantuvo a mi hermana y a mi madre con su trabajo de electricista. Cuando llegó a California el año antes de que yo naciera, se vivía el auge económico que la Segunda Guerra Mundial provocó en Estados Unidos, y una de las empresas fabricantes de aviones vio algo prometedor en él y lo mandó a la Universidad del Sur de California a estudiar la carrera de ingeniero. Mi padre se aseguró de mandarme a las mejores escuelas que el dinero podía pagar. Fui a una escuela primaria particular y luego a una preparatoria católica para señoritas. Cuando tenía diecinueve años me fugué con mi novio y mi padre se sintió muy desilusionado de que no estudiara una carrera universitaria. Me habían aceptado en la Universidad del Sur de California y me parece que él quería que sus hijas siguieran sus pasos. Cuando mis hijos estaban en preparatoria, volví a estudiar y terminé mi carrera a los treinta y siete años. Papá fue a mi graduación y no había en el público un padre más orgulloso que él. Después de aquella entrevista que había durado todo el día, caí en la cuenta de que nunca le había dado las gracias a mi padre por todos los sacrificios que me permitieron obtener una educación de primera. Esa noche me senté a escribirle una carta. Quería decirle todas estas cosas sin que se pusiera demasiado emotivo. A papá se le humedecían los ojos cuando oía cantar el himno nacional en un partido de beisbol. A veces me costaba trabajo lidiar con sus emociones. Así, seleccioné mi mejor papel floral de escribir, tomé un bolígrafo y empecé a expresarle mi gratitud. La carta decía algo así:

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Querido papá: Cada vez que sé cuál es la palabra precisa que debo emplear en un informe financiero o cómo calcular la tasa de rendimiento en un análisis de marketing, o que reviso y corrijo correctamente un informe para la asamblea de accionistas, pienso en ti. Gracias, papá, por todas las veces que me pusiste a hacer mi tarea, me preguntaste las tablas de multiplicar o me ayudaste a deletrear las palabras. Ahora entiendo cuánto sacrificaste para asegurarte de que recibiera la mejor educación posible. Te quiero, papá, y me siento muy agradecida de que seas mi padre. Espero que siempre te sientas orgulloso de mí y sé que siempre seré tu pequeña. Con amor, Sallie Esperé con emoción a que recibiera la nota que le envié. Transcurrieron días, semanas y luego un mes. Nada. Por fin decidí llamar a mi madre. —Mamá, ¿no te ha comentado nada papá sobre algo que recibió en el correo últimamente? —No, Sallie. ¿Está esperando algo? —Nada especial, mamá. Sólo tenía curiosidad. Quiero decir… le mandé una notita por correo, pero no es nada importante —respondí. Tenía demasiado miedo de revelar lo que sentía. El tiempo pasó y nunca se dijo nada al respecto. No sabía si mi padre había recibido mi nota y había hecho caso omiso, o incluso si la había recibido o no. Mientras tanto los años pasaron volando y progresé en mi carrera. Papá siempre me llamaba para felicitarme. Después de que mi padre murió, registramos su departamento. Me había dicho que había dinero escondido por toda la casa: en el sofá, la otomana y su sillón reclinable. Como había crecido durante la Gran Depresión, no confiaba mucho en los bancos. Tenía que asegurarme de que no dejáramos nada y, por lo tanto, busqué por todas partes. Cuando limpiamos el dormitorio, en un cajón de su cómoda encontramos unos documentos sujetos por una liga que estaban marcados con la leyenda “Documentos muy importantes”. Entre la factura de su automóvil, su póliza de seguro de vida y la libreta de su cuenta de ahorros había una hoja de papel floral que se había puesto amarilla por el paso del tiempo. El corazón me dio un vuelco de alegría cuando me di cuenta de que había recibido mi nota. Mi padre había sabido lo agradecida que 28

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estaba con él y, aun cuando no había podido decirme nada en aquel entonces, entendí cuánto me amaba cuando encontré mi carta. Sallie A. Rodman

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