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La nave ya se inclinaba sutilmente y él alcanzó a detectarlo; fue suficiente para que los carritos de servicio, con sus ruedecillas bien aceitadas, se trasladaran por sí solos hasta el fondo de la Sala de Lectura. Miró por encima de su copa de brandy y tras las ventanas del salón vio a dos hombres elegantemente vestidos, que cruzaban a toda velocidad el corredor de la cubierta; se veían asombrados y soltaban risas nerviosas mientras la punta del iceberg se desvanecía lentamente. Como si se tratara de otra diversión interesante, diseñada para ellos, o la visita inesperada a un puerto que no fue mencionado en las escalas del viaje. Esos tontos no se han dado cuenta de que los motores se han detenido. “El señor Larkin, ¿cierto?” Giró en su sillón. Era Reginald, uno de los camareros que le simpatizaban, un hombre bajito y alegre, de cara rolliza. Empujaba una silla de ruedas ocupada por una joven muy pálida. “¿Le molestaría que la señorita Hammond se sentara junto a usted por unos momentos, señor? Hay mucho movimiento en la cubierta…”, sonrió con franqueza, “una preocupación innecesaria en mi opinión. Supongo que la dama estará mejor aquí por ahora”. El señor Larkin asintió con la cabeza. “Sí… claro, Reginald”. El camarero estacionó la silla frente a él y se volteó para retirarse.


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“Reginald, espero que no la olvides aquí”. “¿Señor?” “Cuando comiencen a llenar los botes salvavidas, confío en que no te olvidarás de ella, ¿verdad?” “¿Botes salvavidas, señor Larkin?” Las cejas del camarero se alzaron mientras esbozaba una sonrisa vagamente condescendiente. “Oh, le aseguro que no será necesario sacar los botes salvavidas”. Miró a la joven sentada frente a él, era poco más que una niña. La mención de los botes salvavidas hizo que su piel palideciera aún más. Extendió sus manos en señal de disculpa. “Claro, claro… quizás esté exagerando”. Los ojos de Reginald se encontraron con los suyos y en ese momento fugaz confirmó lo que ya sospechaba. Que el barco se hundiría, aunque fuera muy lentamente. Incluso con gracia. Pero se hundiría. “Así es, señor Larkin… no hay motivo para alarmarse. Ustedes estarán bien aquí, ¿no es así, señorita Hammond?” Ella miró con incertidumbre al señor Larkin. “No se preocupe”, dijo él, “la cuidaré muy bien”. “Así es, señor”. El camarero se volteó para dejarlos, quizá más apresuradamente de lo que hubiera querido. Estaban solos ahora. Solos los dos en la Sala de Lectura. Los candelabros de cristal tintineaban suavemente; la creciente mezcolanza de voces que venía desde el corredor de la cubierta y los pisos inferiores se opacaba hasta convertirse en un ruido remoto detrás de las ventanas herméticamente cerradas. Levantó la vista de su copa de brandy y la miró. No sólo estaba pálida. Claramente se veía que padecía una enfermedad muy avanzada. Quizá se estaba muriendo. Algo que ambos tenían en común. Su mirada se trasladó desde el pálido y delicado óvalo de su rostro hasta la complexión dolorosamente delgada de su cuerpo. Se veía tan frágil como un pollito recién nacido. “¿Nadie la acompaña en este viaje?” Los ojos de la joven se dirigieron a la ventana, luego hacia él, luego al exterior, en dirección de los asombrados caballeros


en esmoquin. “Mi tutora. Salió a averiguar qué está pasando”, respondió con una voz apenas audible, y detectó que los ojos del señor Larkin la estudiaban. “Si acaso se lo pregunta… tengo una enfermedad que debilita mis músculos. El doctor cree que no duraré más allá del verano”. Suspiró. “Hubiera sido bonito vivir un verano más”. El viejo se inclinó hacia delante. “Entonces me temo que los dos nos perderemos el verano”. “¿Usted también está enfermo?” Asintió. “Tengo cáncer. Tendría suerte si logro disfrutar unos cuantos meses más”. Ella sonrió, con cierta tristeza. “Entonces tiene razón. No más veranos. Para ninguno de los dos”. “Supongo que no me perderé gran cosa. Otro verano de cielos grises y días húmedos”. Ella rio suavemente. Escucharon el parloteo de los hombres afuera, que ya se frota­ ban las manos y se movían de un lado a otro para entrar en calor. El corredor se nubló con el vapor del aliento y el humo de los puros. “¿Por qué mencionó los botes salvavidas?”, preguntó la joven. “¿Cree que estamos en problemas?” El viejo dio un largo trago a su copa de brandy. “¿Señor Larkin? Larkin… ¿verdad?” Él asintió distraídamente. “¿Cree que nos hundiremos, señor?” Estuvo tentado a responder cualquier cosa para tranquilizarla. Un calmante verbal. Pero sospechó que a pesar de esa fragilidad de gorrioncillo, ella era más fuerte de lo que aparentaba. Como si ya hubiese aceptado su mortalidad, como si reconociera que en el libro de su vida había un final marcado con mucha claridad. Él podía mentir con tal de calmarla, pero no sería justo. “Sí”, le respondió, y apuntó con la cabeza hacia los carritos de servicio reunidos como si fueran un grupito conspiratorio contra la pared. “¿Lo ve? Ya nos estamos inclinando hacia la proa.”

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“Pero dicen que es insumergible”. Él se rio de esta última declaración. “¿No te parece que eso suena demasiado presuntuoso, en las actuales circunstancias?” Ella se encogió de hombros. “Supongo que un agujero lo suficientemente grande hundiría cualquier barco”. Ella pensó un poco en eso. “El camarero sí que se encontraba asustado. De eso estoy segura. Pude percibirlo en su voz”. Él asintió con la cabeza. “Ahora será su labor –la de Reginald y los otros camareros– simular que todo está bien, el mayor tiempo posible, mientras alistan lo necesario.” “¿Los botes salvavidas?” “Sólo hay suficientes para unos cuantos afortunados”. Ella frunció el ceño. Sus oscuras y densas cejas se reunieron sobre sus ojos penetrantes, inteligentes. “¿Supongo que los ha contado también?” Él sonrió, preguntándose por momentos qué tipo de cosas podría llegar a hacer esta joven tan lista, si le fuera permitida otra docena de capítulos en el libro de su vida. “Así es. Yo diría que hay botes suficientes como para un tercio de las personas a bordo”. Ella asintió. “¡Pero cómo es posible!” Él miró hacia afuera, donde se encontraban los hombres. “Habrá botes para los pasajeros de primera clase, claro. Y para la tripulación. Pero esas personas desafortunadas en la cubierta C y más abajo no contarán con ellos.” “¿Pero sí les darán salvavidas, cierto?” Se encogió de hombros. “Supongo que sí, pero el mar está helado. Imagino que no podrían durar más de una hora flotando en el agua.” Apretó los labios. “Por eso prefiero quedarme aquí… Ya que no me queda mucho tiempo, alguien podría ocupar mi lugar.” Se rio suavemente. “Así podré imaginar que mi sacrificio será en beneficio de un espíritu joven con grandes planes que cambiará el rumbo del mundo positivamente.” Terminó de un trago su copa. “Y este brandy hará que el sacrificio sea más fácil.”


Se levantó de su silla, se dirigió a la barra de licores y extrajo otra botella de Rémy Martin del gabinete de cristal. Cerró la puerta lentamente y se volvió a abrirla. Se reunió de nuevo con la señorita Hammond y puso otra copa sobre la mesa. Ella la miró concienzudamente. “Usted cree que me abandonaron aquí, ¿no es así?” No dijo nada mientras volvía a llenar su copa. “Usted piensa que el camarero seguía la orden de dejarme aquí, ¿no es así? Una lisiada en silla de ruedas…” “Lo que yo pienso es que el pobre de Reginald tiene demasiadas cosas en su cabeza, principalmente, la esperanza de alcanzar un lugar en uno de esos botes salvavidas.” Olió el brandy en su copa. “Al dejarte aquí conmigo ya tiene una preocupación menos.” Ella miró la copa vacía. “Adelante pues, sírvame… Lo voy a acompañar.” El señor Larkin vertió media copa, más de lo que uno normalmente serviría de brandy, y se lo pasó. “Mientras más bebamos, querida… menos nos vamos a preocupar.” Ella asintió y dio un buen trago. Hizo una mueca mientras se pasaba el licor. “¡Aaaagh! Nunca antes había tomado brandy.” Él se rio. “Pues vaya que lo hiciste.” Recobró la compostura y chasqueó los labios en señal de apreciación. “Creo que me gusta más que el jerez de mi tía”. Bebieron de sus copas en silencio, mientras escuchaban los crecientes alaridos de emoción que venían de la cubierta de paseo, luego de que una luz de bengala fuera lanzada y estallase en las alturas del cielo nocturno, con un suave Pum. “¿Y usted? ¿Viaja con alguien?” le preguntó ella, un momento después. Él sacudió la cabeza. “Estoy solo”. Luego estudió el rostro de la joven y se anticipó al intuir que venía una segunda pregunta, escrita en el arco de su ceja levantada. “Quería visitar Estados Unidos”. “¿Para disfrutar los paisajes? Yo también”.

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“En realidad, para encontrar a alguien”. Ella pareció intrigada. “¿Encontrar a alguien? ¿Un familiar?” Él asintió. “¿Para decir adiós?” “Así es”. Todavía estaba reacio a dar más información. La piel de la joven cobró algo de color; débiles brotes de rosa surgieron a ambos lados de su pálido cuello. “Alguien me dijo una vez que en cada lecho de muerte hay una historia por contar”. Se encogió de hombros. “Si usted está en lo correcto, supongo que no podremos recostarnos en nuestros respectivos lechos de muerte”. “Quizás éste sea el mejor modo de irnos, ¿no cree?” El rostro de la joven titiló por unos momentos, un miedo que lentamente se transformó y relajó hasta esbozar una expresión sanguínea de aceptación. Quizás el brandy estaba funcionando; quizás entendió que hundirse esta noche en el barco la salvaría de las semanas, de los meses, quizá, de confinamiento en una cama y de los dolores que estaban por venir. “Yo no tengo aún una buena historia que contar en mi lecho de muerte. Tengo diecinueve años. He hecho poco en la vida, más allá de asistir a una escuela tras otra”. Echó su cabeza hacia atrás y vació el resto de la copa. “¿Y qué me dice de usted? Sospecho que ha vivido lo suficiente como para tener uno o dos relatos dignos de su lecho de muerte”. Él sonrió. “Quizá”. Ella acercó su copa para que el señor Larkin la volviera a llenar. “Cuénteme su historia, entonces”, le dijo, con una sonrisa coqueta y arrastrando levemente las palabras. “No se la contaré a nadie”, le dijo, con una risilla. Volvió a servirle a la joven y llenó su propia copa hasta el tope. La botella de brandy quedó casi un tercio vacía. Entonces se instaló en el sillón. “¿Mi historia?” Sus ojos encontraron un lugar dentro de sí mismo, el lugar en que se hallaban recuerdos muy viejos, pero que merecerían ser desempolvados por última vez. “¿El relato que contaría en mi lecho de muerte?”


Ella asintió. Él caviló por unos instantes, luego asintió. “¿Por qué no?” Le dio un nuevo sorbo a su brandy. “Podría decir que comenzó… vamos a ver… cinco años antes de que tú nacieras”. La señorita Hammond frunció el ceño. “¿En 1888?” “Sí”. Se acarició distraídamente la mejilla. “Y todo ocurrió del verano al otoño”. Sus fríos ojos grises tintinearon vidriosos al encontrarse con los de ella. “En Londres… En Whitechapel para ser más precisos”. “¿Whitechapel?” Ella titubeó unos momentos, mientras ubicaba ese nombre en un contexto que recordaba con vaguedad. “¿Acaso no… no fue ahí donde ocurrieron esos horribles y espantosos asesinatos?” Él asintió con la cabeza. “Ese mismo año”. Ella lo miró con los ojos muy abiertos y abrió levemente su pequeña boca. “¿Es acerca de esos asesinatos? ¿La historia que piensa contarme? ¿Es algo sobre… sobre Jack, el Destripador? Nunca lo encontraron, ¿cierto? ¡Simplemente desapareció!” Él dio un sorbo a su copa y saboreó por unos momentos el ardor del alcohol en sus labios. Una consideración pasajera sobre si era prudente, después de todos estos años, contarle a una perfecta desconocida lo que sabía sobre aquellas semanas y meses, sobre aquellas cosas… esos hechos de los cuales se arrepentía… “Discúlpeme”, le dijo. “Yo… creo que he hablado demasiado. Lo siento”. El señor Larkin notó que había empezado a sonreír. Quizás el brandy funcionaba. “Está bien”, continuó. “Está bien, querida”. La joven se ruborizó. “Fue una insensatez sugerirle eso… que me cuente una historia tan personal”. Ella se inclinó hacia delante en su silla de ruedas, colocó una mano sobre la suya. Un gesto animado por la bebida. “Lo siento mucho. ¿Acaso perdió usted a alguien?” “En realidad no”. Mantuvo la sonrisa en sus labios, pero ésta cambió de forma lentamente. Dio lugar a una expresión que mezclaba el arrepentimiento y la satisfacción, dos actores antagónicos en un escenario muy pequeño.

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“Hablemos del Destripador”, dijo él. “Digamos que yo… lo conocí”.



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