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ÍNDICE

Introducción, 11 1. El misionero, 15 2. El mensajero, 37 3. Los falsificadores, 67 4. Los lealistas, 87 5. El patriota, 103 6. El traidor, 121 7. Los revolucionarios, 153 8. El emisario, 181 Agradecimientos, 189 Notas, 191 Bibliografía, 201 Índice analítico, 203

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1. EL MISIONERO

El dinero no habla, maldice. Bob Dylan

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arco Polo creía que los chinos estaban locos. El papel moneda nació en China, tal vez en una época tan remota como el año 800 a. C., pero fue durante la dinastía Yuan, a comienzos del siglo xiii, cuando el soberano remplazó, por primera vez, las monedas por papel.1 Cuando Marco Polo conoció este sistema monetario, unos cien años después, se quedó estupefacto. La ceca del emperador “posee el secreto del alquimista más avezado”, escribió. En vez de hacer circular monedas, la autoridad reinante entregaba tiras de papel estampadas con un número, una cifra que correspondía a un puñado equivalente de monedas guardadas en un lugar seguro. No era dinero de verdad, como lo entendía la gente hasta entonces. Pero funcionaba. Este papel especial, adornado con marcas y sellos oficiales, fabricado con corteza de árbol de morera, circulaba libremente, enriquecía al reino e impulsaba el comercio. Si las personas de lugares distantes aceptaban de buena gana un mismo medio de cambio, las oportunidades comerciales crecían en forma exponencial. El emperador había ordenado que los billetes fueran intercambiables y canjeables por monedas, así que uno podía convertir su billete en monedas en el momento en que lo deseara. En un capítulo del diario de Marco Polo modestamente titulado “De cómo el Gran Khan entrega como moneda cortezas de árbol, por todo su país”, describió esta extraña convención, este truco de prestidigitación que, en realidad, no lo era. Pero el explorador sabía bien que para sus lectores europeos esta explicación no sería suficiente. “¡Pues, lo diga como lo diga, nunca estarán satisfechos de que me mantenía dentro de la verdad y la razón!” No es broma, decía Marco Polo. El papel moneda es algo fuera de este mundo. El sistema funcionaba gracias a que las reglas se aplicaban de manera estricta —quien se rehusara a aceptar el papel moneda era condenado a muerte— y 15

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a la facilidad del canje. Para reforzar un poco más la fe en los billetes y en la autoridad emisora el texto impreso en ellos declaraba que serían válidos por toda la eternidad. En una entrevista reciente con la bbc, el gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, intentó explicar el significado de “valor eterno”. El papel moneda, dijo, es “un contrato implícito entre la gente y las decisiones que ésta cree que se tomarán en los años y las décadas futuros para preservar el valor de ese dinero. Sólo es un pedazo de papel. No hay nada intrínsecamente valioso en él”. Su valor, dijo, se determina por la estabilidad que se percibe en las instituciones que lo respaldan. Si el público tiene confianza en esas instituciones emisoras, la gente aceptará y usará el papel moneda. Si esa confianza se acaba, la moneda, y la economía, colapsarán. Hoy en día no es extraño encontrar billetes en los que se imprimen frases nobles y elevadas. Pensándolo bien, sería extraño encontrar dinero material que no aprovechara para echar algunos vítores patrióticos. Pero para la gente que vivía bajo la dinastía Yuan los billetes eran una tecnología de punta. Que las personas creyeran en esta promesa (y, en efecto, si no creían las ejecutaban) permitió que el novedoso sistema monetario del emperador se usara “universalmente en todos sus reinos y provincias y territorios”.

Pensamos en el dinero todo el tiempo, y nunca. Siempre: el empleo, el retiro, el estado de la economía, las colegiaturas de la universidad, el financiamiento al terrorismo, la balanza comercial con China, Goldman Sachs y una rápida escapada al cajero automático. Nunca: cómo funciona en realidad. En esta era de descarados rescates bancarios y de creación de nuevo dinero en la Reserva Federal (¡abracadabra!), los mecanismos del dinero se han vuelto tan abstractos que se le escapan a cualquiera que no sea un especialista en política monetaria. Pero el efectivo, ése sí creemos conocerlo. Es real, al menos lo suficiente como para sostenerlo, olerlo y querer lavarse las manos después. Los billetes y las monedas son nuestros tesoros de infancia, lo que el ratón ponía bajo nuestra almohada, lo que nos entregaban en secreto nuestras abuelitas consentidoras y lo que ahorrábamos celosamente en nuestras alcancías de colores para poder comprarnos un nuevo juguete. Sin importar las aburridas definiciones de los libros de texto —medio de intercambio, unidad contable, depósito de valor, método diferido de pago—, el efectivo es lo que primero nos permite entender o relacionarnos con este poderoso invento civilizatorio. Cuando la palabra dinero llega a nuestros oídos, hasta los wallstreeteros que andan vendiendo obligaciones de deudas garantizadas visualizan, de algún modo, una pila de billetes verdes. 16

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(Por cierto, el lenguaje del dinero puede ser embrollado. Uno se para en un cajero automático para sacar efectivo, pero cuando lee en el Wall Street Journal que Intel o Boeing tienen montones de efectivo, obviamente no se refiere a billetes o monedas. Significa activos líquidos: dinero que se puede gastar de inmediato. En este libro, cuando uso la palabra efectivo estoy hablando de objetos físicos. También uso a veces dinero físico o dinero material, sólo para darle un poco de variedad. Cuando uso dinero o moneda, estoy hablando en términos generales y puede significar tanto dinero material como electrónico, a menos que sea más específico.) Nuestros cerebros adultos pueden preocuparse por la injusta distribución del dinero, por su tendencia a la inflación y por su propensión a provocar conflictos, pero hay un rincón en nuestra mente reservado para las ideas más simples, en donde subsiste una añoranza infantil por tener efectivo en la mano. Tal vez esto explique por qué encontrarnos un centavo en el piso puede desencadenar una pequeña avalancha subconsciente que de inmediato es aplacada por nuestra parte racional, que sabe muy bien que una moneda de un centavo —y también una de diez centavos— es, esencialmente, y cada vez con mayor frecuencia, inútil. Un economista te diría que ni vale la pena el tiempo y el riesgo financiero que entraña agacharse a recogerlo, y, en una de ésas, lastimarse la espalda. Podemos quejarnos de los banqueros imprudentes o del presupuesto federal, pero creemos en el efectivo. Lo veneramos. Tal vez en tu vida no haya un dios o un buda, pero seguro tienes fe en el dinero. No estoy diciendo que seas un idiota que sólo quiere tener dinero… a menos que sí lo seas. No; lo que digo es que tienes fe en el valor del dinero. Crees en el dinero porque todos los demás también creen en él, lo que significa que nuestra fe es, al mismo tiempo, una confianza mutua, la creencia en un propósito compartido, o al menos una alucinación colectiva. Pero en el acto mismo de usar la divisa nacional todos participamos en esta forma particular de religión. A los economistas esta idea les parece prosaica, porque están ocupados calculando el índice Herfindahl-Hirschman y el teorema del punto fijo de Kakutani, o viéndoselas negras para descubrir cómo reducir el desempleo y mantener a raya la inflación al mismo tiempo. Pero pon el dinero bajo el microscopio y se te revelará un secreto a la vez maravilloso y paralizante: su valor vive y muere en nuestras cabezas. Como dijo una vez el escritor satírico Kurt Tucholsky: “El dinero tiene valor porque se acepta universalmente, y se acepta universalmente porque tiene valor”. Claro, hasta que alguien rompe el hechizo. Resulta irónico que el éxito de Kublai Khan con el papel moneda fuera precisamente lo que lo condujera a la catástrofe económica. Los gobernantes de la dinastía Yuan cedieron a una tentación que ha perseguido a los emisores de moneda y a los alumnos de primer grado a lo largo de la historia: ¿si nadie quiere 17

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cambiar sus billetes por monedas, por qué no imprimimos más? Uno casi se puede imaginar las conversaciones en el equipo de asesores del gran Khan: Señor, sus súbditos tienen tanta confianza en la canjeabilidad del papel que ya nunca se molestan en canjearlo. El valor percibido del papel significa que ya no tiene que conservar una correspondencia uno a uno entre sus reservas de monedas y la cantidad de papel que se produce. Vamos, que no tiene que tener una correspondencia ni de uno a diez. Pero la fe es una cosa frágil. Hay muchos eventos que pueden sembrar dudas: la guerra, los desastres naturales, la falsificación y la quiebra de los bancos son algunos de los culpables más comunes. Para el gran Khan, el veneno fue una inundación de dinero nuevo en la economía; si puedes enriquecerte así de fácil, imprimiendo pagarés que nunca se cobran, es difícil evitar que esto suceda. Sin embargo, los sistemas monetarios requieren que exista cierta escasez de moneda, o, al menos, que se crea que existe. Cuando la moneda del gran Khan perdió esa cualidad, el valor —el poder de compra— del dinero de la gente se desplomó, y el sistema del papel moneda colapsó con él. Tendrían que pasar siglos para que volviera a hacer su aparición, esta vez en Europa.

En una helada y ventosa mañana de diciembre, Glenn A. Guest entra a una cafetería sin letrero en Bowman, un caserío en el noroeste de Georgia, pide un sándwich de huevo, tocino y queso, se sirve una taza de café y se sienta a deliberar sobre el Anticristo. Jim’s Grill solía ser “una cafetería de verdad” calle arriba, pero tras un incendio los dueños la instalaron aquí, en un pequeño granero marrón con molduras verdes. En su camino al trabajo, en las granjas de pollo o en las fundiciones de hierro, los habitantes del lugar, vestidos de overol y ropa de camuflaje, se detienen a conversar sobre los Georgia Bulldogs y parecen inhalar los huevos, las salchichas, la sémola y los bollos que les sirven en platos de unicel. Guest es el pastor de la iglesia bautista Shiloh, en el pueblo vecino de Danielsville. Come en Jim’s Grill al menos una vez a la semana y, con frecuencia, entabla conversaciones sobre las Escrituras. Hacer proselitismo no es lo suyo. –No digo que yo sea más listo que cualquier hijo de vecino. En absoluto —dice el georgiano de 59 años, que habla despacio y con frecuencia añade la frase “si Dios quiere” al principio o al final de sus oraciones. Trae puestos unos jeans azules, una camisa de franela azul marino y un anorak negro. Su bigote canoso está muy bien recortado, y su pelo, que empieza a encanecer, conserva, durante buena parte del día, los huecos que se hacen al pasarse el peine. Guest no les cree a las personas que presumen conocer la fecha y la hora exacta en que Jesús planea hacer su encore. 18

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–Pero claro que va a venir —dice—. Estas cosas tienen que pasar —y luego—: Si no sueles comer sémola creo que te vendría bien echarle un poco más de sal. A mí gusta echarle un poco más de sal. Sigo su consejo, pero aún pienso que la sémola es inferior al blanducho pastel de durazno. Guest dice que hay cierta información en la Biblia y en el Libro de las Revelaciones que todo mundo puede ver. Jesús va a volver; las cosas se van a poner feas para los no creyentes; hay señales de la inminente hora de la verdad que se esconden a la vista. Muchas señales ya son evidentes, y una de ellas es lo que le está ocurriendo al dinero. Guest carga una bolsa de cuero con dos bolsillos con zíper, dentro de los cuales lleva su copia anotada de la Biblia del rey Jacobo —además de un lío de papeles— y un pequeño aparato electrónico marrón que parece un diccionario de lenguas extranjeras, pero es un localizador de pasajes de la Biblia, con un teclado para hacer búsquedas. Cuando le pregunto sobre el tema del efectivo y qué tiene que ver con el fin del mundo, Guest no necesita buscar nada. Con las manos juntas sobre la orilla de la mesa de la cafetería, recita el pasaje más enérgico e instructivo de las Escrituras sobre el tema del dinero y cómo se relaciona con el gran plan de Satanás: Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre (Apocalipsis 13: 16-17). Hace unos años Guest escribió un libro llamado Pasos hacia la Marca de la Bestia. Cuando encontré el libro online, supuse que él podría ayudarme a entender por qué tantas personas aborrecen la idea de tener una sociedad sin efectivo. –No quería escribir el libro —dijo—. De verdad que no. Pero el Señor quería que lo hiciera, así que oré para que me ayudara a escribirlo de forma que fuera fácil de entender. En el libro, Guest explica que una de las formas en las que el diablo tratará de suplantar a Dios los días previos al juicio final será controlando el comercio. Las transacciones en efectivo son anónimas e imposibles de rastrear, de modo que acabar con ellas le ayudará a la Bestia a tomar las riendas de la economía. –Una vez que Satanás tome el control, tendremos un sistema económico totalmente cerrado —dice Guest. Sólo quienes acepten la Marca de la Bestia —si no en la forma de una marca física en la frente, tal vez sí de un microchip bajo la piel— podrán participar en el comercio. Satán conocerá todas las transacciones. Desde su guarida hiperorwelliana el diablo sabrá si alguien se negó a recibir la marca, y entonces lo 19

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convertirá a él y a todos los demás objetores de conciencia en “nulidades económicas”, incapaces de comprar o vender, y así los excluirá de la sociedad e impedirá su acceso a la comida o al albergue. El lado positivo es que los que se resistan a la marca y mantengan su fe en el Señor recibirán el pago máximo por sus privaciones: la vida eterna. Guest me habló sobre un lugar de veraneo español en el que los visitantes pueden implantarse un microchip bajo la piel para hacer más sencillas las transacciones y, presumiblemente, para gastar más en el bar. (No es muy fácil cargar una billetera dentro de un bikini de hilo dental.) Suena como algo salido de Blade Runner. Sin embargo, las evidencias que apoyan el temor de Guest sobre el control del comercio no se limitan a estos casos peculiares. En el invierno de 2010, el New York Times hizo eco a esta profecía en un editorial sobre la decisión de MasterCard, Visa, PayPal y otros de dejar de procesar los pagos para WikiLeaks: “Hay un puñado de bancos grandes que eventualmente pueden eliminar cualquier organización que les desagrade de sus sistemas de pago, con lo que esencialmente los aislarían de la economía mundial”. Le cuento a Guest que hace poco me reuní en Tokio con algunos expertos en electrónica de Hitachi, que están desarrollando artefactos biométricos que permiten hacer transacciones instantáneas. Una de estas tecnologías utiliza el patrón tridimensional de las venas en las yemas de los dedos, que es diferente en cada persona. Si pones tu dedo en una caja registradora, una máquina expendedora, o un torniquete del metro, tu transacción está hecha sin que tengas que detener el paso. Lo que no le confieso es que estoy ansioso por ver estas innovaciones puestas en práctica; si tienen controles adecuados de la privacidad, y si suponemos, por un momento, que no van a desatar el fin del mundo, me cuesta creer que puedan ser tecnologías perjudiciales. También dudo un poco en compartir con Guest mis afinidades pro digitales, porque muchas personas ven en el anonimato del efectivo una virtud casi sagrada, como si efectivo y libertad fueran sinónimos. Si usas efectivo nadie puede saber si compraste algo; es cierto que a cambio te dan un recibo, pero tú puedes controlar esa conexión entre tú y la compra, por ejemplo, al romperlo. Cuando usas efectivo, en vez de crédito, para comprar un poco de cocaína, para comprarle un regalo secreto de san Valentín a tu amante o para pagarle a un grupo de trabajadores indocumentados, puedes estar seguro de que tu transacción es imposible de rastrear o, al menos, no puede rastrearse gracias al método de pago. (Las cámaras de seguridad de las tiendas son otra historia.) En la película Minority Report el personaje de Tom Cruise ve anuncios personalizados siempre que camina por un espacio público gracias a cámaras especiales que usan el patrón de sus iris para confirmar su ubicación. (De hecho las cámaras lo confunden con alguien más porque está usando un par de ojos 20

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robados; tenme paciencia.) Los anuncios hacen referencia a sus gustos personales, o a una versión aproximada de ellos, que el público infiere que se basan en una historia de consumo registrada y analizada durante muchos años. A muchos de nosotros no nos gusta la idea porque parece cruzar una línea que el director ejecutivo de Google, Erich Schmidt, llamó “la línea del miedo”.2 También nos preocupa lo que suceda con nuestras huellas digitales, porque la información de las transacciones con tarjetas de crédito, por poner un ejemplo, puede ser explotada por ladrones de identidad. Si lo tuyo es el efectivo, estás fuera del radar. Guest conoce un par de cosas sobre estas tecnologías electrónicas del dinero. Cuando sirvió en la marina de Estados Unidos, a principios de los setenta, en Key West, Florida, se encargaba de darle mantenimiento a las máquinas que codificaban y decodificaban las señales de radio que se intercambiaban entre tierra firme y la flota desplegada en el mar. Desde entonces ha seguido de cerca los avances en comunicaciones inalámbricas, en especial las que son fundamentales para las transacciones sin efectivo. Según él, éstas son precisamente las herramientas que están preparando el terreno para el principio del fin. Una tarde, en Key West, Guest comenzó a creer en el Señor. No vio fuegos artificiales ni empezó a hablar en lenguas. –Estaba sentado en nuestra sala. Estábamos en un estacionamiento de casas rodantes muy agradable, en Stock Island, justo frente a Key West. Debíamos estar a unos 150 metros del agua; tenían alberca y te cortaban el pasto todas las tardes. En fin, me di cuenta de que Dios estaba ahí para mí, y siempre lo había estado. De pronto desapareció en él toda sensación de culpa, pero no porque hubiera vivido una vida especialmente siniestra. –Todos somos pecadores. Con la revelación me di cuenta de que Jesús era la conciliación —el pago— de los pecados del mundo. Con su fe renovada, él y su esposa regresaron a la zona rural de Georgia, donde ambos crecieron. Guest se volvió ministro, y desde entonces ha hecho todo lo posible para advertirle a quien quiera escucharlo sobre lo que va a suceder cuando llegue el fin de los tiempos. Lo que casi nadie nota, explica, es que el lento camino hacia la tribulación puede disfrazarse de progreso. Igual que el paso de las monedas a los billetes, de los cheques a las tarjetas de crédito y ahora de las tarjetas de crédito a las tecnologías de pago que viven dentro de nuestros teléfonos celulares, la Marca de la Bestia puede parecernos un buen invento más. Guest opina que es natural que esta ilusión exista, pues la Serpiente es muy astuta. –Imagínate que toda tu información personal está codificada en un chip que llevas bajo la piel, digamos que en el dorso de tu mano derecha. Si te enfermaras y te tuvieran que llevar a un hospital lejos de tu casa, los doctores podrían 21

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usar el chip para saber quién eres y en qué condición médica estás. Esta información podría salvarte la vida. Guest especula que la gente podría morirse si no tiene el chip, y esto nos haría llegar a la conclusión de que es prudente, y moral, contar con alguna clase de sistema de identificación biométrica, dentro del ámbito nacional o internacional. De ahí, dar el paso hacia un comercio totalmente digital es casi inevitable. Pero sucede que eliminar el uso de efectivo es el último paso hacia la marca. Guest explica que antes debió darse la eliminación del patrón oro, la institución de las Naciones Unidas, el creciente poder de los bancos de Wall Street, la llegada del código de barras y, más recientemente, el uso de microchips de identificación por radiofrecuencia para rastrear la mercancía. Si Guest se saliera con la suya regresaríamos al patrón oro, o algún sistema similar: un sistema de “valor real” para la moneda. –La gente cree que un dólar de papel vale eso: un dólar. Y como la gente lo cree, puedes cambiarlo por bienes y por servicios. Pero podría imprimir la leyenda “una pelota” en un dólar, y eso no lo convertiría en una pelota. El dinero ya no tiene valor intrínseco, dice Guest, pero al menos con el efectivo, con todo y sus fallas, podemos preservar la libertad que Satanás quiere eliminar. –Ey, y ¿cómo será el momento del Arrebato? —le pregunto. –No me puedo imaginar cómo será la ira de Dios —dice Guest—. Nadie puede —se termina su pan y va a servirse otro café a la barra—. Pero quienes se reconcilien con el Señor y oren para que abra para ellos su tesoro celeste de sabiduría no tendrán nada que temer. Otro cliente abre la puerta del frente, y el aire que entra hace bailar los copitos de nieve de papel que cuelgan del techo.

Durante la mayor parte de la historia humana el dinero no existió. Los jefes de las tribus o los pueblos le decían a sus súbditos qué hacer, quién comía qué y quién podía tener qué cosas. Si la gente quería o necesitaba más lanzas, más mujeres o más propiedades se peleaban con otro pueblo, con la esperanza de obtener en la refriega más valor neto del que invertían. Si no, sólo tenían que hacer más lanzas y tener más hijos. A estas comunidades sin comercio les fue bastante bien, con todo y los recientes fracasos del comunismo. Desde el Círculo Polar Ártico hasta lo profundo de Australia, los indígenas distribuyeron con bastante éxito los bienes, el trabajo y la riqueza. No digo que la vida fuera fácil. Para que estas sociedades funcionaran, con frecuencia dependían de gobernantes con mano de hierro, 22

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de la esclavitud y, en general, de molestas actividades como recoger leña, cazar alimentos, construir refugios y defenderse contra los merodeadores que querían robar sus provisiones, siempre escasas. La tecnología que se conoce como dinero surgió porque el comercio es lo que nos mueve. Algunos científicos especulan que la motivación para el intercambio, incluso, es parte de nuestro programa evolutivo.3 Si estás sentado sobre una montaña de vegetales pero tienes frío, y yo no tengo dinero pero poseo más pieles de animales de las que puedo usar, ¿no sería casi instintivo que nos imagináramos al mismo tiempo un acuerdo mutuamente beneficioso? ¡Hagamos un trato! Si intercambiamos tu comida por mis pieles estamos haciendo un buen trato, pero esta forma de comercio se basa en lo que el economista inglés William Stanley Jevons llamó la famosa “coincidencia recíproca de necesidades”. Si no quieres intercambiar tus papas por mis pieles porque estamos en verano, mala suerte. A menos, claro, que se nos ocurra que hay algo más que yo pueda darte, algo que sabes que un tercero también aceptará alegremente dentro de cuatro horas o en cuatro meses. Lo que necesitamos es dinero. Nunca habrá un delfín o un chimpancé que pinte un Picasso, que componga una sinfonía o que redacte un soneto. Con frecuencia la música y el arte se citan como ejemplo de las cosas que nos distinguen de otros animales. El dinero también nos distingue, pero suele dejarse fuera de las discusiones sobre el ingenio humano, y se considera más bien un primo segundo algo tonto. Hay que mantenerlo a una distancia prudente, ocuparnos de él sólo cuando sea necesario y mejor dedicarnos a reflexionar sobre propósitos más espirituales y enriquecedores. Una idea tan pobre sobre el dinero contradice su magia y su poder civilizatorio. Aquí los economistas pueden enseñarnos un par de cosas: ellos sí pueden ver lo ingenioso y desconcertante que es el dinero, y lo creativos, tontos y apasionados que somos al usarlo. Tal vez los economistas, más que nadie, entienden que el dinero es una ficción, y que todo el sistema financiero descansa en la cabeza de ese alfiler construido en forma social. Puede resultar aterrador, pero al mismo tiempo significa que el dinero puede ser lo que nosotros queramos. Pon “una pelota” en un billete de dólar y se convierte en una pelota de verdad, siempre que sigamos el juego. Durante milenios el dinero asumió la forma de objetos diversos: cosas que podían sostenerse en la mano o colgar de un poste. Plumas, conchas, cocos, mantequilla, sal, dientes de ballena, troncos, semillas de cacao, tabaco, pescado seco, ganado y losas de piedra tan grandes como un auto.4 En la isla Yap de Micronesia se usaron, y hasta cierto punto se siguen usando, monumentos de piedra que parecen erizos de mar aplanados del tamaño de una mesita de café. Hoy su uso principal es el ejemplo favorito de los economistas de que 23

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el dinero puede asumir formas alocadas y, a fin de cuentas, arbitrarias, y para ilustrar la noción de que los objetos ni siquiera tienen que moverse para funcionar como dinero. Lo único que tiene que moverse es la idea de propiedad. El valor puede transferirse sin que el objeto viaje, porque la gente involucrada en el intercambio está de acuerdo. Si algo puede cumplir esta función, puede ser dinero. “El dinero representa interacciones puras”, escribió el filósofo alemán Georg Simmel en Filosofía del dinero. “Es una cosa individual cuyo significado esencial consiste en extenderse fuera de lo individual.”5 Money is what money does (El dinero es lo que el dinero hace). Parte de la genialidad del dinero es que nos permite especializarnos. Si crees que ahora estás muy ocupado, imagínate si también tuvieras que cultivar y preparar todas tus comidas, calentar tu casa, coser toda tu ropa, educar a tus hijos, realizar tus propias cirugías, armar tus propias computadoras, hacer tus propias películas y escribir tus propios libros. El dinero te salva de todas estas tareas porque permite que exista el comercio. Como dijo una vez Adam Smith, el padrino del capitalismo: “El hombre necesita a cada paso de la ayuda de sus semejantes, y […] le será más fácil obtenerla si puede interesar en su favor el amor propio de aquellos a quienes recurre y hacerles ver que lo que se les pide es en beneficio de ellos”.6 Gracias al dinero, lo que ganemos al ejercer nuestros oficios individuales será, o debería ser, canjeable por los bienes que necesitamos y —para quienes tenemos la suerte de tener más— por aquellos que queremos. Pero incluso con las formas tempranas del dinero, antes de la llegada de las monedas hace unos cuantos miles de años, se gestaba un cisma entre los medios de cambio que eran útiles en sí mismos y los que sólo eran simbólicos. Es fácil contar vacas y también beberse su leche o comerse su carne. En cambio, las plumas rojas no tienen valor intrínseco a menos que seas un pájaro rojo. En monedas como las plumas o los monumentos de piedra tenemos los precursores del efectivo moderno: sin una creencia colectiva en su valor, no valen nada. Conforme las economías crecieron se fueron haciendo más evidentes las deficiencias de las monedas primitivas. Para empezar, no todas las plumas, los caracoles o los dientes de ballena son iguales. Incluso si te limitas a comerciar con las más similares, pronto enfrentas el problema de las unidades no estandarizadas. Estos objetos tampoco tenían un suministro limitado: una sobreabundancia repentina podía socavar el valor de todas las piezas existentes, mientras que una escasez de dinero impulsaría a algunos a encontrar formas nuevas y más violentas de hacerse de bienes y servicios. Otro problema de estos sistemas de cambio rudimentarios era el deterioro. ¿Qué pasaba si las plumas empezaban a romperse, o a las cinco vacas que se habían entregado como dote les daba un patatús? El dinero tenía que ser un 24

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depósito de valor estable a lo largo del tiempo. Conforme se expandió el comercio —no sólo al pueblo de al lado sino al reino, al país o al continente vecino— la necesidad de tener un valor consistente se intensificó. La invención de las monedas, hace unos 2,600 años, en el antiguo reino griego de Lidia, ayudó a sortear muchas de las limitaciones de los sistemas de pago anteriores. El poder reinante estimaba que las monedas de cierta forma, peso y tamaño valían una cantidad x de trabajo, tierras, ganado o lecciones de danza del vientre; así, no necesitabas una billetera llena de ganado para hacer negocios, y no tenías el problema del deterioro, como ocurría con las hojas de tabaco o los sacos llenos de cabezas de pescado. Con las monedas de metal el comercio podía extenderse tan lejos como se propagara la creencia en su valor. Aunque suena algo inconveniente andar cargando un cofre lleno de plata, las transacciones nunca habían sido tan claras y compactas. Con algunas excepciones, el dinero en forma de monedas se volvió aceptable en todo el mundo, una característica del efectivo que es esencial para su éxito. Tus monedas y billetes son perfectamente populistas: tu habilidad para poseer esta forma de dinero no tiene nada que ver con tu ciudadanía, tu educación, tu edad, tu capacidad crediticia, tus habilidades como cazador o tu afiliación política o religiosa. Tu efectivo es asunto tuyo. Las monedas también resultaron ser muy canjeables o fungibles, una de esas molestas palabras de los economistas que significa que todas las formas de efectivo se pueden intercambiar para diversos usos. Por ejemplo, digamos que te doy 50 dólares para que mantengas a tu familia, y estipulo que no puedes comprar comida chatarra con ese dinero. ¿Qué quiere decir? Incluso si sigues mis instrucciones puedes comprar, indirectamente, comida chatarra, porque al usar mi dinero para adquirir leche o zapatos de futbol se libera el dinero que has obtenido por otras fuentes, que entonces sí puedes gastar en una bolsa de Doritos. Esto es lo que significa fungibilidad, y esta situación ayuda a explicar por qué el efectivo ha perdurado a lo largo de las épocas y es casi universalmente aceptable: puede usarse para casi todo. Pero la fungibilidad fue apenas uno de los grandes triunfos de la moneda: también sirvió para sellar el matrimonio entre las megaabstracciones del Estado y el dinero. Al plasmar la cara de un soberano u otro símbolo político en las monedas, y al obligar a las personas a aceptarlas como pago de las transacciones comerciales, los gobernantes literalmente estamparon su autoridad en el mundo real. La palabra acuñar, después de todo, también significa inventar. Uno de los mecanismos fundamentales para que los reinos y los Estados establezcan su poder es acuñar moneda, controlar su forma y suministro dentro de sus territorios, y usarla para cobrar impuestos.7 Hacia los siglos xvii y xviiii, las cecas gubernamentales de Europa y de partes de Asia emitían grandes cantidades de monedas. El hierro, el bronce, el 25

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cobre y el plomo disfrutaron sus temporadas en el candelero de la moneda, pero palidecían en comparación con la plata y, por supuesto, el oro. Se puede decir que la historia del sistema monetario que hoy se conoce como el “patrón oro” nació con nuestro amor por el oropel. Nadie puede indicar con precisión cuándo sucedió o quién encabezó esta revolución en nuestra forma de pensar, pero un día, hace muchos años, una persona muy bien alimentada e influyente decidió, en algún lado, que este material tan brillante es especial y que vale. Seguramente su parecido con el sol le dio alguna ventaja. En cuanto nuestros ancestros comenzaron a convencerse mutuamente de que sus respectivos dioses preferían este material se volvieron locos por él: lo usaron para pintarse la cara, para enterrarlo junto a los faraones muertos, para usar trozos como joyería y para inyectarle vida a las ceremonias y rituales. Su escasez no hizo más que aumentar su atractivo. Nuestro amor por el oro (y la plata, pero quedémonos con el oro por el momento) le infundió valor y vinculó más que nunca la idea del dinero a una sustancia particular. Resulta que nuestros ancestros tomaron una sabia decisión. Si quieres tener dinero físico, no hay como el oro: es durable y maleable, no te envenenas al tocarlo, es fácil confirmar su autenticidad y no es reactivo, es decir que no se degrada ni se incendia; y, además, es lo suficientemente escaso. Todas las minas de oro del mundo albergan un poco más de 165,000 toneladas, que es más o menos el peso de un portaaviones y medio de la marina de Estados Unidos.8 El hechizo psicológico que nos hace valorar algo que no podemos comer o quemar para calentar nuestra casa, y con lo que presumiblemente tampoco queremos acurrucarnos en la cama, es inmensamente poderoso. La gente tiende a pensar, por ejemplo, que el oro, la plata, los diamantes y hasta los dólares tienen un valor inherente, como si ese valor emanara de los átomos con los que están formados, o del imprimatur del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. Los diamantes son el ejemplo estelar de este fenómeno, porque la industria, es decir una única compañía monopólica, De Berrs, nos ha convencido, con éxito, de que los diamantes son raros y, por lo tanto, caros. En realidad no valen nada, a menos que quieras cortar algo muy duro o quieras usarlos para algunos aparatos electrónicos high-tech. Pero dile eso a una futura novia que tiene el corazón puesto en un anillo de compromiso. Para el siglo xix el oro se había convertido en el cimiento del sistema monetario mundial; las divisas nacionales se estampaban en pesos fijos de oro, así como en sus correspondientes monedas de plata. Las economías crecieron en forma impresionante bajo este nuevo régimen… excepto cuando no crecieron, que fue con frecuencia, a causa de las revoluciones y las depresiones. Poco a poco muchos gobiernos y economistas comenzaron a ver al oro como una medida 26

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precaria e inflexible. ¿Cómo estimulas el suministro de moneda en una economía si dependes de que la Madre Tierra, en alguna mina perdida, esté dispuesta a soltar un poco del material para fabricarla? Otro problema con las monedas de oro era que las condiciones económicas reinantes le hacían pensar a ciertas personas que sus intereses estaban más seguros si no gastaban ni invertían. Este acaparamiento limitó aún más la disponibilidad de dinero. La plata creó problemas similares, pero por otro lado hubo una sobreabundancia. El imperio español aprendió esta lección de la peor manera: tras volverse inconmensurablemente rico con el saqueo de las minas de plata de América del Sur, en el siglo xvi, terminó reinando con una saturación de plata que produjo un agudo aumento de precios y un más agudo descenso en el poder de compra del dinero, algo similar al colapso en el valor de los billetes de la dinastía Yuan. Cuando el dinero crece en los árboles, la gente no le concede más valor que a las hojas. Las monedas fueron un invento revolucionario, pero con el tiempo resultaron ser una forma del dinero menos que ideal.

De regreso en Jim’s Grill en Bowman, el pastor Guest admite sin dudar que él y su esposa se benefician de los sistemas electrónicos modernos. –Tenemos una cuenta de ahorros y una tarjeta de crédito, es verdad. Aunque tratamos de no usarlos porque no queremos endeudarnos. Pero la gente quiere efectivo porque permite cierta libertad. “Si tienes algo que quiero, y tengo efectivo, podemos hacer la transacción ahora mismo.” Como muchas personas e instituciones, Guest cree que en lo que se refiere al efectivo la suerte está echada, en vista de la cascada de avances tecnológicos que ha ocurrido durante los últimos cincuenta años. Según un estudio de 2002, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (ocde), “el destino del dinero es volverse digital”.9 Guest calcula que ocurrirá antes de lo que la mayor parte de la gente cree. Y en efecto, si sigues un guion del fin del mundo que incluye que la Bestia se apodere de la compra y la venta, el fin del efectivo tiene que ocurrir. Guest no tiene miedo. –Dios sabe lo que hace. Quienes albergan al Señor en sus corazones no tienen nada que temer. Pero sí se preocupa por los otros, los descreídos. No lo dice, pero tomando en cuenta que ayer me regaló una Biblia y un libro de referencias del tamaño de un bloque de cemento, estoy casi seguro de que entre esos otros me encuentro yo. 27

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Nos terminamos nuestro café y nos dirigimos a la caja para pagar. En la barra, junto al mostrador, hay un viejo letrero que dice “Cuidado con los carteristas y con las mujeres fáciles”. –Gracias, Chris. Estuvo muy sabroso —dice Guest, y le entrega un billete de 10 dólares a Chris White, el dueño—. Mira —me dice Guest, y señala la caja registradora—, sólo aceptan efectivo. Nada de tarjetas de crédito. Guest es de esos anfitriones que ni en sueños me dejaría pagar, lo que resulta un alivio porque no puedo. Cuando me decidí a explorar el papel que de­ sempeña el dinero físico en nuestras vidas decidí darle un toque personal a la investigación y tratar de evitar el uso de efectivo durante todo un año. Pensé que así podría vislumbrar qué tan factible o impráctico sería prescindir por completo de él. Le pregunto a White por qué se niega a aceptar plástico. Me mira directo a los ojos por un momento incómodamente largo, tal vez mientras se pregunta si soy parte de una operación encubierta de los organismos fiscales. –Es que es más fácil —dice al fin—. Sencillo. Por aquí nos gustan las cosas sencillas. White nos da el cambio como si estuviera en piloto automático. –Chris también tomó el curso, hace un tiempo —dice Guest—. El curso sobre el Apocalipsis que enseño en la Elberton Christian School, sobre la Marca de la Bestia y los pasos. –Ah —volteo a ver a White—. Bueno, pues entonces también está esa razón… —digo, y empiezo a retirarme como para indicar que ya fui debidamente informado sobre el papel del dinero electrónico como precursor de la carnicería que se viene. White dice que sí con la cabeza. –Sí, también. –Y además esas compañías de tarjetas de crédito también se llevan su tajada de pastel —dice Guest—. Se llevan un porcentaje de tu negocio. –Ésa es otra razón —dice White—. Ya tenemos tres. Le agradecemos el desayuno y, cuando estamos por salir, Guest me dice que White a veces regala ejemplares de Pasos hacia la Marca de la Bestia. –Quería traerle más hoy. Los doy gratis.

El papel moneda renació en Europa en el siglo xvii. Las monedas y los metales preciosos de pesos determinados seguían siendo la forma popular del dinero, pero algunos orfebres estaban por cambiarlo. La gente iba con su orfebre local para que convirtiera su oro o plata en joyería o, si tenían mala suerte, para que 28

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convirtiera su joyería en monedas o barras de oro, un augurio de los deprimentes anuncios de “¡Compramos oro!” que aparecen en la tv por cable, muy noche, y del popular reality show de History Channel, Pawn Stars (Estrellas prestamistas). Cuando le das a un orfebre tus objetos de oro o plata, te da a cambio un recibo que demuestra que tiene tu dinero y que pronto te lo devolverá. Esta tira de papel representa una cierta cantidad de oro. Siempre que le tengas una gran confianza al orfebre, y el carnicero también, no hay razón para que no intercambies “billetes del orfebre” por unas chuletas de cordero.10 Los orfebres pronto se dieron cuenta de que si la gente no verificaba todos los días cuánto oro tenían depositado, ellos podían entregar —emitir— más papeles de los que correspondían numéricamente a la cantidad de oro a su cargo. Voilà: la banca moderna acababa de nacer. El siguiente salto en la evolución del efectivo ocurrió en la Norteamérica colonial, cuando el papel moneda pasó de estar respaldado por monedas o lingotes a estarlo por la promesa del gobierno de eventualmente pagar en monedas o de pagar en algo. Hasta cierto punto, este invento marcó la segunda venida de los billetes Yuan, pero con una diferencia crucial: en China la autoridad reinante, el emisor, ocultó el hecho de que el papel había dejado de representar una reserva correspondiente en monedas o lingotes. Con el dinero moderno, a nadie le interesa fingir. Antes de la independencia, las disímiles economías de las colonias tuvieron que lidiar con un inconveniente muy material: no había suficiente dinero para todos. Los colonos importaban muchas de sus mercancías de Europa, así que los centavos y los chelines que llegaban a sus bolsas pronto viajaban de regreso a través del Atlántico. Los gobiernos coloniales intentaron solucionar este problema usando como efectivo tabaco, clavos y pieles de animales a los que les asignaban una cantidad fija de chelines o centavos para que pudieran coexistir con el sistema vigente. La moneda más exitosa y ad hoc fueron las wampum —un tipo particular de cuenta hecha de conchas de animales marinos—, pero eventualmente el valor de esta moneda, como el de otras monedas alternativas del momento, se fue debilitando a causa de la sobreoferta y la falsificación.11 (Oh, sí, wampum falsificadas. Se hacían pintando conchas de formas parecidas con jugo de mora para imitar el tono púrpura de las piezas genuinas.) Los primeros que le tuvieron fe al papel fueron un grupo de puritanos de Boston. Originalmente, la colonia de la Bahía de Massachusetts trató de emitir moneda colonial. Estas piezas, acuñadas en 1652, se hicieron con una mezcolanza de plata de mala calidad, y pronto fueron prohibidas por los británicos. Menos de una década después, los colonos lo intentaron otra vez. Más bien, se vieron obligados, porque tenían que darle a la Corona dinero para financiar la 29

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guerra británica contra Francia, pero no tenían ninguna moneda para pagar. Llamaron a ese papel “notas de crédito”. Lo que esencialmente el gobierno local le dijo a la gente fue: Aquí tienen, úsenlo. Es dinero de verdad. Luego vemos cómo lo canjeamos. Gracias a una combinación de confianza en el gobierno y falta de una mejor opción, la gente empezó a usar la nueva moneda. Finalmente, había llegado el efectivo como lo conocemos nosotros. Claro que cambiaba de un país a otro: algunas emisiones eran de bancos privados y otras de bancos subvencionados por el Estado; algunos eran certificados de depósito, notas de crédito o pagarés del gobierno, como si dijeran: Les prometemos que esto tendrá valor algún día, siempre y cuando no pregunten si ese día es hoy. Se debatió interminablemente, desde las granjas de las praderas hasta el congreso, sobre si este papel era dinero de verdad o sólo un espejismo que estaba condenado a tener un mal fin. En Estados Unidos esa discusión, entre el miedo al papel y las ventajas de la divisa nacional, se mantuvo durante más de un siglo, y hasta aparece por todos lados en la Constitución. Durante el Congreso Continental, los padres fundadores prohibieron a propósito que el naciente gobierno federal emitiera “notas de crédito”. Como comentó un delegado, el papel moneda “era tan alarmante como la Marca de la Bestia”. Sin embargo, al gobierno federal sí se le concedió autoridad para “acuñar moneda, regular el valor de la misma… y ajustar el estándar de pesos y medidas”.12 Pero el papel emitido por el gobierno federal tuvo su oportunidad, gracias a la Guerra Civil y la crisis económica resultante. Para pagar la cuenta de la campaña del ejército de la Unión, el gobierno tuvo que emitir 450 millones de dólares (unos 8,100 millones de dólares de 2011). Tal vez parecían anticonstitucionales, pero funcionaron y permitieron comprar equipo y pagarles a los soldados. La guerra acostumbra acallar cualquier preocupación sobre el respaldo del dinero. Sin embargo, el fin de la guerra trajo consigo inflación y una atención renovada sobre la constitucionalidad del papel moneda. Salmon P. Chase (P de Portland, no de papel) fue quien, primero como secretario del Departamento del Tesoro, hizo posible que circularan billetes. Luego, como juez de la Suprema Corte, menos de una década después, dio un giro de 180 grados y declaró que el papel moneda era ilegal. Llegó a esta conclusión a pesar de que la cara impresa en esos billetes no era otra que la suya. Pronto vendría a revocar ese fallo una Corte Suprema renovada, con dos jueces que el presidente Ulysses Grant nombró el mismo día en que se pasó ese veredicto inicial contra el papel moneda. Se tomaron dos decisiones posteriores que llegarían a conocerse como los Casos de la Moneda de Curso Legal y que cerraron el trato: tal vez la Constitución no otorgaba explícitamente la capacidad de emitir notas de crédito al gobierno federal, pero éste tenía el derecho implícito a hacerlo, porque gobernar un país, o al meno éste, sería imposible sin ellas.13 30

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Sin embargo, antes de la llegada de una divisa nacional única hubo miles de bancos privados que emitieron sus propios billetes, a veces respaldados por lingotes o monedas que se encontraban en una caja fuerte, pero frecuentemente sin respaldo alguno. Era un todos contra todos monetario, y de hecho, si pensamos en que hoy los dólares son universalmente aceptados, resulta extraño que hace apenas siglo y medio el dinero en Estados Unidos fuera una especie de bufet monetario. Por el territorio circulaba una cantidad innumerable de billetes, la mayor parte emitidos por bancos ilegales e improvisados, de autenticidad dudosa y de valor inestable. Y a pesar de que los tiempos eran muy caóticos, el valor del papel siempre dependió, al menos en teoría, de la idea de que podías cambiarlo por una determinada cantidad de oro o plata. La certidumbre de que los metales preciosos son el valor encarnado aún era tan fuerte como durante los últimos dos mil años. Resultaba inconcebible que la moneda tuviera valor sin este vínculo con los metales: que pudiera ser fluida. Eso también cambiaría pronto, durante la que fue la etapa final en la metamorfosis del dinero antiguo al dinero de tu billetera. El primer paso fue en 1933, cuando el presidente Franklin Roosevelt echó mano de la reserva pública de oro como parte de un esfuerzo radical por reconstruir la economía durante la Gran Depresión. Luego, en 1944, los representantes de las mayores economías del mundo libre consagraron el dólar estadunidense como la divisa mundial de facto, un poco en sustitución del oro; el dólar seguiría teniendo un valor de cambio fijo de 35 unidades por onza (28.34 g). Aunque suene raro, un grupito de hombres sentados en una mesa determinó que una pepita de oro de una onza valdría no 34 o 36.75, sino 35 dólares. Otras monedas internacionales fijarían su valor de acuerdo con el dólar, y no en relación con el oro, y no tendrían permitido cambiar sus tipos de cambio sin el permiso especial del flamante Fondo Monetario Internacional. El problema fue que este acuerdo de posguerra le dio a otros países el derecho a cambiar sus reservas de dólares por oro. Hacia principios de 1970 esta política, aunque rara vez se pusiera en práctica, se había convertido en un absurdo cada vez más evidente, pues los bancos extranjeros tenían una cantidad de dólares equivalente a tres veces la reserva de oro de Estados Unidos.14 La situación exasperaba a los gobiernos extranjeros, porque la economía de Estados Unidos, debilitada por la guerra y el déficit, también afectaba al dólar y arrastraba consigo a las monedas y las economías de otros países. Francia era el más prominente de los países agraviados; convirtió miles de millones de dólares en oro y esperaba que otros países hicieran lo propio y obligaran a Estados Unidos a ordenar sus asuntos financieros. Pero lo otros países no hicieron lo propio. Por el contrario, el 15 de agosto de 1971 el presidente Richard Nixon cortó lo que quedaba de tejido conectivo 31

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entre una sustancia material y las divisas nacionales. Ya nadie podía cambiar dólares por oro. De aquí en adelante la cantidad de dólares que se necesitaban para comprar una onza de oro sería determinada por los mercados, igual que sucedía para el petróleo, el carbón, el equipo dental y los tulipanes. Las divisas se medirían unas contra otras, como globos que lleva la brisa. Mientras tanto, el dólar siguió siendo la divisa base del mundo: algo así como un anillo para dominarlos a todos. Otros gobiernos conservan los dólares y los usan para pagar deudas; en los pasillos del supermercado global de bienes casi todos los productos tienen precios en dólares estadunidenses. Por eso es tan raro que los comentaristas de Estados Unidos declaren orgullosamente que el dólar es la moneda más estable del mundo, como si fuera mérito de la política estadunidense actual, cuando en realidad se debe únicamente a negociaciones que se realizaron hace un par de generaciones y que lo convirtieron en la columna vertebral de todo el sistema. El dólar es estable porque la economía de Estados Unidos es inmensa y es un gran país, sí. Pero también es estable porque el bienestar de todos los demás depende de que así sea, y de que exista confianza en su estabilidad. Claro que eso puede estar cambiando. En cuanto al papel moneda, la desaparición del patrón oro significó que el efectivo se convirtiera en una abstracción total. Su valor hoy proviene del fiat, un decreto gubernamental. Es una palabra latina que significa hágase. Más nos vale confiar en Dios.*

Guest y yo nos dirigimos al este por la carretera rural 172 y hablamos sobre las antiguas monedas fallidas. La moneda de los Estados Confederados de América es uno de los ejemplos más poderosos de la historia, al menos en esta parte del país. La Confederación emitió estas promesas de “pagar al portador”, en 1861, para financiar la Guerra Civil del sur. Como la guerra se prolongaba y el conflicto empezaba a decantarse en favor del norte, es comprensible que la gente empezara a perder confianza en la capacidad de la Confederación para pagar sus deudas. No ayudó mucho que comenzara a incrementarse la cantidad de papel en circulación —en total las corridas de billetes tenían un valor nominal de 1,700 millones de dólares— y que la moneda eventualmente perdiera casi todo su valor y agravara las dificultades económicas del recién derrotado sur. * Referencia irónica a la leyenda que aparece en los billetes estadunidenses: “In God we trust”: “En Dios confiamos”. (N. de la T.)

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–Sólo imprimieron ese dinero, pero no había respaldo, así que colapsó —dice Guest—. Ahora vale más como objeto de colección. El relato de Guest me recuerda una historia que leí una vez online. Una presentación de rutina del director de la Reserva Federal, Ben Bernanke, al Comité de Finanzas del Senado, terminó con un arrebato tourettiano de existencialismo que socavó, de un plumazo, todo el sistema económico como lo conocemos. A la mitad de una frase el director hizo una pausa sobre las posibilidades de aumentar una tasa de interés clave y se apoderó de él una fuerza extraterrena. –¿Saben qué? No importa —dijo Bernanke—. Nada, nada de esto que llamamos “dinero” importa para nada. Es sólo una ilusión —agitó un fajo de dólares y los dejó sobre la mesa, entre él y el micrófono—. Sólo mírenlo: insignificantes trozos de papel con números impresos. No valen nada —y luego sacó un encendedor y les prendió fuego.15 Gracias a Dios que existe The Onion.* Por supuesto que Bernanke jamás diría algo así, y, además, seguro que no carga un encendedor ni mucho menos grandes fajos de billetes. De todos modos, no tienes que ser Ron Paul** para darte cuenta de que en esta historia hay algunas briznas de verdad. –El dinero que usamos hoy es una mentira —dice Guest, mientras pasamos junto a unas granjas de pollos y el río en el que él nadaba cuando era niño—. Cuando el dólar colapse mucha gente se va a quedar con pedazos inútiles de papel porque intercambiaron cosas valiosas: comida, tierras, casas, por nada. Soy menos pesimista que Guest sobre el futuro de los dólares, la humanidad y, si a eso vamos, de los no cristianos. Pero tengo curiosidad sobre el papel que desempeñarán los billetes en el largo plazo. Para investigar más a fondo cuáles son las implicaciones bíblicas del último bastión del uso de efectivo, Guest y yo decidimos visitar un lugar a las afueras de la bucólica comunidad de Dewey Rose. Esta parte de Georgia está dotada de enormes depósitos de granito, y puedo apostar a que las barras de cocina más caras de Atlanta, si no de buena parte de la región, provienen de aquí. Esta misma piedra gris fue usada para hacer los monumentos más extraños de Estados Unidos: las Georgia Guidestones. Tomamos a la derecha en Guidestone Road y nos detenemos en un pequeño estacionamiento de grava. Estamos solos. Hace treinta años un enigmático grupo religioso decidió que justo aquí, junto a la Ruta 77, había que poner

** The Onion es un periódico satírico estadunidense, del que procede el relato; circula en forma impresa y digital. (N. de la T.) ** Político conocido por sus ideas libertarias. Se le considera uno de los fundadores del Tea Party. (N. de la T.)

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una serie de mandamientos postapocalípticos tallados en enormes losas de granito dispuestas según un exacto significado astronómico. Las Guidestones han sido apodadas “el Stonehenge estadunidense”, aunque mi primera impresión al llegar a este trozo desolado de colina es menos de sobrecogimiento que de desorientación. Parece más un mausoleo de mal gusto para el héroe local Ty Cobb, o tal vez un monumento de guerra fuera de lugar, que la zona cero para una nueva versión —estrafalaria— de los Diez Mandamientos. Y, sin embargo, aquí está.* Son cuatro losas de color gris claro, cada una de unos seis metros de alto y medio metro de ancho que se alzan, simétricas, alrededor de una piedra central más estrecha; si las vieras desde tu nave espacial trazarían una especie de x. Las piedras están ubicadas para seguir la migración del sol por el cielo, y todos los días, a mediodía, el sol pasa a través de un pequeño agujerito excavado en un remate de tres por dos metros que tiene inscrito en cada uno de sus lados un mensaje en jeroglíficos egipcios, sánscrito, cuneiforme babilónico y griego clásico. El texto es una colección a veces inofensiva, a veces críptica, a veces eugenista de diez instrucciones, elegantemente talladas en las ocho largas paredes de granito. El mismo mensaje se repite en los idiomas más hablados del mundo. Dewey Rose no ha tenido muchos turistas hindúes durante las últimas décadas, pero también tienen su texto en hindi para cuando quieran ir. Con las manos metidas en los bolsillos y su sombrero de lana embutido hasta las orejas para defenderse contra el viento helado, Guest lee en voz alta: –Mantener a la humanidad bajo los 500,000,000 en equilibrio perpetuo con la naturaleza. Vaya, pues —dice—. ¿Cómo haces eso? Me hace pensar un poco en Hitler. A ver: Guiar sabiamente a la reproducción mejorando la idoneidad y la diversidad. Más de lo mismo. –Y esto de aquí —sigue Guest—: Unir a la humanidad con una nueva lengua viva. Tal vez es un regreso a Babel, la que Dios destruyó, ¿recuerdas? Otro mandamiento habla de una corte internacional, un concepto que recuerda al gobierno mundial que los creyentes que comparten la fe de Guest piensan que es parte del gran plan del Anticristo. Guest ha venido a este sito tal vez una docena de veces. Hasta celebró una misa aquí una vez. –Quería mostrarle a todos las cosas que creen otras personas. Te hace reflexionar sobre las formas tan radicales en que la gente quiere cambiar el mundo, formas que se anuncian en las Escrituras. Mucha gente se va a creer esas * Una hipótesis sobre las Guidestones es que fueron encargadas por un grupo de rosacruces, un misterioso culto-religión con raíces medievales y vínculos con el protestantismo.

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cosas —dice, y apunta a las extrañas instrucciones para crear un nuevo orden mundial. Parte de ese engaño viene en la forma de un profundo cambio al sistema monetario. Aunque los dólares estadunidenses son una de las divisas más valoradas del mundo, su aparente falta de valor, combinada con nuestras vidas financieras, cada vez más digitales, pavimenta el camino para el fin de los tiempos. –Cuando desaparezca el efectivo resultará muy claro que ya estamos en marcha —dice Guest. Se refiere a nuestro camino al Armagedón. La instrucción de las Guidestones que más habla sobre el problema del dinero, continúa, es ésta: Equilibrar los derechos personales con los deberes sociales. El “sistema económico cerrado” implicará una economía socializada, y no habrá derechos personales que equilibrar. –Como dije, el dinero electrónico tiene sus ventajas, no lo dudo. Pero será usado por la Bestia para obtener el control total. ”Si tienes confianza en el Señor no debes temer. Pero si no crees —dice, mirando el remate de piedra—, sucederá como dice en el Evangelio de San Lucas: ‘muriéndose los hombres de terror y de ansiedad…’” –Diooos… —murmuro, porque es algo que a veces digo, como un suspiro automático, cuando escucho una idea perturbadora. Esta vez me arrepiento antes de que la segunda palabra se escape de mis labios. Guest no me escucha o amablemente finge no hacerlo. Unos minutos después, nos subimos al auto para regresar a Bowman. Mucha gente cree que el fin del efectivo es inevitable. Pero si se te ocurre decir que tal vez habría que apurarse y acabar de una vez, que incluso puede ser una buena idea, te acusarán de ser un lamebotas del Bank of America, que te falta patriotismo, que quieres pisotear alguna institución sagrada y que le tiendes la alfombra roja a Satanás. ¿Por qué? Tal vez todo empieza con la apreciación, errónea, de que el dinero es más sagrado que los mismísimos santos.

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