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Índice

Introducción, 15 1. ¿Qué es la confianza?, 25 2. Nuestro sentido temprano de la confianza, 57 3. Cómo se da la confianza en las relaciones, 73 4. Cómo perdemos la confianza, 99 5. Confianza perdida, confianza recuperada, 117 6. Confianza en nosotros mismos, 159 7. Nuestra confianza esencial en la realidad, 181 8. Confiar en poderes más allá de nosotros, 203 Epílogo. La confianza en la coincidencia llena de gracia, 225

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odríamos preguntarnos por qué hay una palabra para designar la confianza. Existe en nuestro vocabulario porque conocemos lo que es la desconfianza. Un concepto opuesto nos ayuda a notar lo que podríamos estar dando por sentado. De esta manera, no conoceríamos el amor de otros si no fuera por nuestra experiencia de la indiferencia. Un pez no tendría una palabra para designar el agua hasta que la marea lo arrastra a la playa. El American Heritage Dictionary define confianza como “una seguridad firme y esperanzadora en la fidelidad, integridad o habilidad de una persona o cosa”. No es dependencia, sino una garantía interna, una certidumbre que nos da la sensación de seguridad. La confianza, por lo tanto, es una seguridad en la confiabilidad. El elemento de seguridad, sin embargo, se basa en nuestra percepción o expectativa y puede no concretarse o ser duradero a la hora de la verdad. Está en manos de otra persona. Cualquier cosa que esté fuera de nuestro control siempre será una fuente de ansiedad y complejidad. Este suspenso es lo que hace de la confianza un asunto tan espinoso para la mayoría de nosotros. De hecho, así como las mascotas aprenden a confiar en sus dueños cuando observan que ellos mantienen el control, podemos nosotros asumir que alguien es digno de confianza cuando parece estar en control. El vocablo trust (confianza, en inglés) viene de la antigua palabra noruega traust que significa ayuda o seguridad. También se relaciona con el término alemán trost que significa apoyo o consuelo. Estas palabras denotan 25

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el sentido de certeza de que algo o alguien vendrá sin falta en nuestro auxilio y dicha certeza nos reconforta. Así, por definición, confiamos en otros cuando podemos contar con su fidelidad previsible y probada, y esto nos hace sentir seguros de ellos con vistas al futuro. La confianza sucede en el presente y conecta experiencias pasadas con probabilidades futuras. Casi siempre usamos la palabra confianza como sustantivo. Esto puede dar la impresión de que se trata de un estado mental. En realidad, comprendemos mejor la confianza cuando usamos su forma verbal, confiar. La confianza es más un proceso entre la gente y por ello es más apropiado hablar de “confiar” cuando describimos la forma en la que nos relacionamos con los demás. La confianza no es un sentimiento. Comienza como una creencia sobre la otra persona, que se basa en nuestras suposiciones o en las promesas que nos hacen. Entonces, cuando se acumulan las pruebas de que alguien es en verdad confiable, nuestra confianza se vuelve una cualidad continua de la relación. Un sentido de seguridad y protección que fluye de dicha confiabilidad, aunque, por supuesto, puede dañarse en cualquier momento. Protección refiere a la sensación interna de que no sufriremos ningún daño por manifestarnos libremente como somos en sentimiento, palabra y obra. Seguridad refiere a la sensación interna de saber que alguien cuida de nosotros. Por ejemplo, confiamos en el gobierno cuando creemos que podemos contar con que nos mantendrá a salvo, garantizará nuestra libertad y apoyará nuestro bienestar a lo largo de nuestras vidas. Confiamos en los demás cuando nos sentimos seguros y protegidos en su presencia. Nuestra insistencia en pasar tiempo solamente con aquellos con quienes nos sentimos seguros aumenta el cociente intelectual de la confianza. Con el paso del tiempo, nos volvemos más hábiles para distinguir entre un embaucador y una persona honrada. Cuando nos sentimos inseguros con alguien, y pese a ello permanecemos con la persona, dañamos nuestra capacidad de percibir la confiabilidad en las personas con las que trataremos en el futuro. También podemos confiar en la lealtad e integridad de alguien que 26

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conocimos recientemente y de quien tenemos una buena intuición, aunque ninguna prueba fehaciente. La confianza puede basarse en el lenguaje facial o corporal, el porte y las formas que parecen indicar confiabilidad. La confianza, en este caso, es un acontecimiento social, algo que surge entre dos personas, un reflejo especular de la confianza y confiabilidad. La confianza puede basarse en una presunción. Confiamos en el resultado de un encuentro deportivo cuando hay un equipo favorito y las probabilidades están en nuestro favor. La confianza también puede ser una certeza sin reservas, como por ejemplo, la certeza de la llegada de un invitado que acaba de confirmar su asistencia por teléfono. Más a menudo, la confianza es una apuesta. Nuestra confianza puede estar justificada o no, dependiendo de cómo decidan actuar los otros. Como adultos, aprendemos que depende de nosotros confiar o no, con base en nuestra evaluación de la confiabilidad que hemos observado en una persona y la presunción de que seguirá siendo así. Confiar en alguien significa que ya no tenemos por qué protegernos. Creemos que el otro no nos lastimará ni nos causará ningún daño o, por lo menos, no de modo deliberado. Confiamos en sus buenas intenciones, aunque sabemos que podemos resultar lastimados por la forma en la que las circunstancias se den entre nosotros. El sufrimiento existe, es una realidad. Hay dolor que se inflige; es una decisión que algunas personas toman. Conforme se profundiza en la relación, nuestra motivación para desear que nuestra pareja sea confiable no es protegernos de tener que sentir el dolor de una traición o de una pérdida. Cuando confiamos plenamente en nosotros mismos, cuando confiamos en nuestra capacidad de enfrentar el duelo, sabemos que podemos manejar tal eventualidad. Nuestro motivo para desear una relación de confianza mutua es cultivar un lazo más íntimo entre los dos. El fundamento de la confianza adulta no es: “Nunca me lastimarás”, sino “Confío en mí mismo sin importar lo que hagas”. Aun así, las traiciones de aquellos en quienes confiamos nos dejan perplejos, nos confunden y nos duelen. Pero “por favor, no me lastimes” tiene un dejo de 27

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victimización. Dentro de nuestro ser fuerte, nos damos cuenta de lo siguiente: las personas a veces rompen sus promesas, resultan ser diferentes de lo que esperábamos, cambian sus preferencias, etcétera. Una respuesta adulta ante esto puede ser la siguiente: “Estoy preparado para hacer frente a la decepción si sucede y cuando suceda, que espero que no sea nunca. Cuanto más imbuido esté de mis propias ideas sobre la realidad, tanto más viviré estas experiencias como victimizaciones en lugar de verlas como los altibajos de toda relación. De hecho, creo que mientras menos conceptualice las cosas de esa manera, será más probable que la gente quiera quedarse a mi lado, porque no se sentirán que cargan, consciente o inconscientemente, con mis proyecciones, juicios, derechos o expectativas no realistas”. Las proyecciones son pensamientos, sentimientos o creencias personales que atribuimos a la otra persona o imaginamos que forman parte de ella. Ocurren porque surge confusión sobre las promesas que nos hacen y si podemos confiar en sus consecuencias. Las declaraciones objetivas tienen implicaciones confiables. Por ejemplo: “Queda aceptado en nuestra universidad” significa sin ninguna duda que podemos inscribirnos como estudiantes y asistir a clases. Una declaración objetiva tiene el sentido de un contrato. Sin embargo, las implicaciones de las declaraciones subjetivas no necesariamente representan contratos. Imaginamos que en “te amo” queda implícito “nunca te dejaré”. Pero eso es nuestra proyección y no es necesariamente una promesa contenida en la declaración original. Al mismo tiempo, es muy comprensible que deseemos que “te amo” incluya las implicaciones que la gente razonable asocia con ese hecho. Queremos confiabilidad, pero ésta no es real sin la prueba del tiempo. “Después de todos estos años, sigues aquí, así que cuando dijiste ‘te amo’ tus palabras llevaron implícito el significado de ‘no te dejaré’. Ahora puedo confiar, dentro de lo razonable, que continuará significando eso”. No obstante, suponer que una declaración subjetiva incluye nuestra interpretación personal de lo que significa es una expectativa y no un compromiso. Los adultos comprenden que las expectativas no son válidas y que ni siquiera 28

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los compromisos conllevan la garantía de que se cumplirán. Aun así, confiar tiene sentido para nosotros hasta que se demuestre lo contrario.

Desconfianza inteligente La confianza es, desde luego, nuestro mejor camino, pero también es crucial un sobrio discernimiento de cómo otorgamos nuestra confianza. A todos nos han mentido, engañado, burlado o decepcionado de alguna manera. No hay duda de que la confianza en nuestro prójimo tiene que ser provisional, dado lo que observamos en el comportamiento humano. Hay personas en las que confiamos en un inicio, pero que después nos dan la espalda. Otras nos engañaron desde el principio, como cuando nos timan o defraudan. El embaucador, el vendedor de pociones milagrosas, es un personaje perenne en la historia de la humanidad. Es el depredador, el arquetipo del ilusionista. Es capaz de identificar de inmediato un blanco seguro, una presa fácil, alguien que es ingenuo y crédulo, el arquetipo de la víctima inocente. El hombre astuto viola la confianza de una persona cuando la embauca y le hace creer que es confiable cuando no lo es. Un “blanco” es alguien de quien es fácil aprovecharse porque es muy cándido, o también porque se le puede motivar a dejarse llevar por la codicia o la creencia de que hay un camino fácil para conseguir un beneficio prometido. Estos dos arquetipos, el embaucador y la víctima, contradicen y deshacen la relación de sana confianza entre los seres humanos. Sin embargo, el desarrollo de una conciencia espiritual, como veremos en este libro, nos ayuda a evitar ambos estilos de vida. Cuando practicamos la compasión y la integridad nunca engañaremos ni embaucaremos a nadie; nuestro compromiso será con la confiabilidad incondicional. Cuando actuamos de manera sensata nos olvidamos de motivaciones indignas interiores y nos cuidamos de aquellos que están impacientes por aprovecharse de nuestro carácter confiado. Curiosamente, los dos mismos estilos, el engañador y el crédulo, 29

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también aparecen en las cadenas noticiosas que son propiedad de grandes empresas y sus televidentes. La persona común que ve las noticias por televisión supone que le presentan toda la verdad, pero casi siempre lo que se informa es una versión sesgada de algún suceso de actualidad que se ajusta a los intereses corporativos. Cuando no profundizamos en las noticias en medios más objetivos o sin intereses particulares, nos convertimos en presas, en lugar de ser ciudadanos bien informados. A lo largo de la historia de la humanidad, los precavidos han sobrevivido mejor que los crédulos. La persona despreocupada e incauta puede ser víctima de un engaño. Sin embargo, si en nuestra rutina diaria recelamos de personas que en verdad son dignas de confianza, perderemos la conexión con la gente que más nos importa. Centrarnos en los dictados de nuestro corazón mientras somos cautelosos es el camino más seguro cuando las amenazas y los peligros pueden surgir de cualquier parte. Algunas personas no son confiables en asuntos menores, aunque definitivamente confiamos en su amor por nosotros. Por ejemplo, un amigo puede ser siempre impuntual, sin embargo, no tenemos ninguna duda de su lealtad. Entonces es fácil hacer concesiones y dirigir nuestra confianza en la dirección que importa. Éste es un ejemplo de cómo podemos amar a una persona cuando nuestra confianza en ella es limitada. El vocablo latino que significa confianza es fiducia. Una relación fiduciaria es aquella entre un fideicomisario, una persona en la que se confía en que actuará con honradez, y una persona por la cual actúa el fideicomisario. Una relación fiduciaria se basa en la confianza en la presunta honradez y cumplimiento cabal y continuo de alguien que administra haberes en nuestro beneficio. Confiamos en que no nos estafará. Por ejemplo, nuestra relación con nuestro banco se basa en la presunción de que no nos engañará a sabiendas. Confiamos en que el gobierno no nos cobrará más de lo justo en el impuesto predial. Suponemos que la policía nos protegerá, que nuestra comida no está envenenada, que una lata que dice “frijoles” no contiene maíz, que los otros conductores no intentan arrollarnos, que un cajero será honrado, que nuestros padres nos cuidarán, que nuestra pareja nos será fiel. 30

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Sin embargo, no somos ingenuos. Sabemos que cualquier persona o compañía con poder es susceptible de corromperse. Cada empresa humana está sujeta a la codicia o al abuso, sea en tratos financieros, prestación de servicios, inspección gubernamental de artículos como alimentos o cualquier área donde existe una relación fiduciaria. Sabemos que la corrupción y el soborno existen en cada municipalidad y organización, por más nobles que sean sus propósitos. Nos damos cuenta de que el poder corrompe a menudo la confiabilidad y crea una especie de amnesia moral en los que corrompe. En este sentido, Mark Twain afirmó con sarcasmo: “Ninguna vida, libertad o propiedad humana está a salvo mientras la legislatura está en sesión”. Esto también nos recuerda que Estados Unidos se fundó sobre la base de una desconfianza inteligente del gobierno. Los preclaros fundadores de ese país descubrieron, gracias a su experiencia con el rey británico, que su lealtad hacia él debía ser provisional, condicionada por el grado de justicia que mostrara a sus súbditos. También sabían que el gobierno independiente por el pueblo debía tener protecciones internas, siendo como es la naturaleza humana. Éste fue el origen del sistema de pesos y contrapesos. Cada uno de los poderes del gobierno está obligado a auditar y supervisar a los otros, y el público elector hace lo mismo. Podríamos decir que siempre que intervengan personas en determinado contexto debemos tener una desconfianza inteligente, ¡el equivalente de la confianza inteligente! Si queremos que nuestra confianza sea prudente y cautelosa debemos realizar auditorías regulares de los demás, de las instituciones, de los productos y los servicios. Sin embargo, no podemos auditar la realidad, sino sólo reconocerla y alinearnos a ella. No podemos auditar a Dios, a un poder superior o a la naturaleza del Buda. La fe es confiar sin auditar, puesto que implica entrar en un reino de misterio más allá de la influencia o comprensión humanas. La confianza en nosotros mismos debe colocarse en primer lugar en nuestra capacidad de cuidarnos. Auditar a quienes dicen ser fieles a nosotros es un modo de hacerlo. Por supuesto, tampoco podemos confiar 31

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siempre en nosotros mismos, ya que la negación, los errores y la proyección son pasatiempos favoritos de la mayoría de nosotros. Por consiguiente, incluso nosotros debemos auditarnos de vez en cuando, lo cual no debe avergonzarnos. Esperamos que los ejercicios contenidos en este libro sirvan como herramientas de auditoría personal en nuestra comparecencia ante nosotros mismos.

Nuestra capacidad de confiar Es agradable darse cuenta de que invertimos sabiamente nuestra confianza original (la de que nuestros padres velarían por nosotros). Cuando descubrimos que nuestros padres, o cualquier otra persona en nuestra vida temprana o posterior, son confiables, tenemos la seguridad de que el mundo y los demás poseen lo que se necesita para hacernos sentir realizados. Nuestra experiencia personal se generaliza en una actitud hacia lo colectivo. Ésta es una de las cualidades más preciadas de la confianza: su tendencia a propagarse. El poder confiar en alguien en una etapa temprana de la vida nos hace capaces de discernir quién es digno de confianza y quién no lo es. Además, una sana capacidad de confiar se adapta y supera la adversidad. Si alguien nos engaña, como podría pasarle a cualquiera, aprendemos de esa experiencia y seguimos adelante. No sentimos la necesidad de vengarnos. La gente con un ego basado sólo en sus derechos, es decir, con una fijación en la autosatisfacción, toma represalias cuando sus deseos no se cumplen. La gente con un ego saludable trata de comprender y reconciliarse si es posible. Este estilo resistente y flexible es la verdadera señal de que hemos pasado por nuestra experiencia con conciencia espiritual. Sin embargo, cuando no tenemos motivos para confiar en nuestros padres es probable que tampoco podamos confiar en el resto del mundo. Entonces nos volvemos cínicos y pesimistas. En ambas circunstancias, tanto de confianza como de desconfianza, sacamos conclusiones sobre el mundo con base en lo que vivimos con nuestros cuidadores originales. 32

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Por fortuna, cuando resultan ser sistemáticamente confiables, la capacidad de confiar que nos infundieron permanece con nosotros toda la vida. No todos llegamos a este mundo con la misma capacidad de confiar o la misma apertura para aprender a confiar en nuestros cuidadores. Suponemos que existen factores genéticos, aún no comprendidos. Ciertamente, no podemos subestimar el efecto que los factores intrauterinos tienen en el desarrollo de nuestra capacidad de confiar. Por ejemplo, un feto resulta afectado por el estrés materno durante el embarazo. Esto hace que nuestra atmósfera terrestre sea insegura para el pequeño que está a punto de nacer y no tiene recursos para protegerse del cortisol —la llamada hormona del estrés— que la madre genera. Así, es posible que cada uno de nosotros llegue al mundo con una capacidad diferente para confiar que depende de quién sabe qué sucesos sutiles que ocurren durante el embarazo de nuestras madres o de los factores heredados que influyen en el temperamento. Sin embargo, la capacidad de confiar siempre está presente de alguna manera, y cuando se encuentra en sintonía con el carácter confiable de unos padres amorosos, el niño aprende a confiar plenamente. También puede ser cierto que como mamíferos hemos confiado desde hace muchos siglos, y ya no necesitamos que nuestros primeros cuidadores o parejas adultas “instalen” en nosotros la confianza. Quizá sea ya una impronta genética de nuestra humanidad que se manifiesta por sí misma. En este caso, podemos confiar en nuestra herencia colectiva. En todo caso, hay una base neuroquímica de nuestra capacidad de confiar. Nuestros cerebros contienen una hormona que reduce el estrés, nos tranquiliza y actúa como un neurotransmisor llamada oxitocina. Se encuentra en el hipotálamo, dentro del mesencéfalo. Los receptores de oxitocina podrían no activarse por completo en nuestro cerebro si durante nuestra vida temprana no tuvimos suficiente cercanía y contacto con nuestros cuidadores. Cuando la oxitocina se reduce es difícil confiar en las posibles parejas que aparecen posteriormente en la vida. La oxitocina entra en el torrente sanguíneo con la cercanía, los mimos, el contacto y el orgasmo. También se libera en las mujeres cuando amamantan, para que la conexión entre madre e hijo se dé en un ambiente 33

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tranquilo. Menos estrés significa más seguridad, confort y protección, que son los elementos esenciales de la confianza que facilitan los lazos afectivos entre las personas. Por ejemplo, las tomografías han mostrado cómo las áreas del cerebro que contienen oxitocina se activan cuando recordamos a las personas que amamos o vemos fotografías de ellas. Desde una perspectiva fisiológica, la corteza orbitofrontal es crucial para la capacidad de regular nuestras emociones, comprender y recibir las emociones de los demás y manejar el estrés de la vida diaria. Su crecimiento recibe la influencia directa de las interacciones dentro del lazo afectivo entre madre e hijo, en especial el contacto físico. Así, nuestro hogar original, el ambiente comunitario en el que crecimos y el comportamiento de nuestros cuidadores primarios tienen impacto directo en la evolución de la estructura de nuestro cerebro infantil, estructura que no se desarrolla por completo sino hasta los cinco años de edad. Nuestra relación emotiva y física con nuestros padres y otras personas significativas para nosotros son una fuerza motriz que nos llevó a ser quienes somos. Es fundamental destacar que lo que importa aquí es cómo experimentamos a nuestros cuidadores de la infancia. Los demás pueden estar o no de acuerdo con la manera en que percibimos las cosas en la infancia, pero eso no importa. La clave radica en cómo sentimos la relación con nuestros padres y no depende de ninguna medida objetiva ni del nivel de atención que recibimos. El contacto es vital para la confianza. Sin él, dudamos de si le importamos realmente a alguien. Muchos de nosotros de pronto nos vemos o siempre hemos vivido privados de él. Quizá pudimos haber suprimido nuestras necesidades de contacto y comunión, lo cual es una forma desesperada de encontrar lo que necesitamos en los demás. En la edad adulta, buscamos en el sexo un sustituto del contacto que necesitamos. Entonces usamos nuestros genitales y los de otros para hacer lo que deberían hacer nuestros corazones. Por otro lado, quizá temamos tocar a los demás. Así, nos perdemos de la viveza emocional que hace de las relaciones humanas algo sumamente estimulante. Cuando aprendemos a confiar en nosotros mismos, se 34

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vuelve más sencillo pasar el brazo alrededor del hombro de alguien o dar un abrazo cariñoso y, sin duda, esto significa mucho para la otra persona. Confiamos más en nosotros y los otros confían más en nosotros cuando nos olvidamos de esas inhibiciones inapropiadas. El contacto es la confianza manifestada en la forma de un abrazo o un beso. El hombre, como la generosa vid, sostuvo vidas; la fuerza que gana viene del abrazo que da. Alexander Pope, Ensayo sobre el hombre

Las necesidades y cómo funcionan Para muchos de nosotros, nuestros padres actuaron con responsabilidad y nos dieron techo y comida. Teníamos la plena certeza de que nos proveerían de un refugio para guarecernos todos los días del año. Pero ¿podían pasar un solo día sin tratar de controlarnos, criticarnos o menospreciarnos? Éstas son señales de que no confiaban en nosotros, que hicieron difícil que confiáramos posteriormente en nosotros mismos. Podíamos decirles que nos dolía el estómago, pero ¿podíamos compartir nuestros sentimientos más íntimos con ellos? Cuidaban de nuestras necesidades básicas de supervivencia, pero ¿qué sucedía con nuestras necesidades más profundas de crecimiento? De acuerdo con Abraham Maslow, tenemos una jerarquía de necesidades. Él describe las necesidades de deficiencia como aquellas basadas en los requerimientos de seguridad y físicos, como alimento, refugio, seguridad y sentido de pertenencia. Son necesidades que tenemos en común con el resto de los mamíferos. También tenemos necesidades de crecimiento que atienden nuestra aspiración superior de autorrealización. La palabra “deficiencia” puede minimizar nuestras necesidades naturales. En el presente interpretamos las cosas de manera menos dualista, holística más que jerárquica. Entendemos que ambos grupos de necesidades son igualmente útiles en nuestro desarrollo. Nuestra dieta, por ejemplo, no sólo nos da 35

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energía, sino que hace una contribución importante a nuestra salud psicológica y espiritual. En este análisis planteamos nuestras necesidades como un espectro y simplemente distinguimos aquellas de supervivencia inmediata de nuestras necesidades emocionales más profundas. Nuestras necesidades de supervivencia son, en primer lugar, físicas: tener vestido, techo y alimento. Además, para sobrevivir necesitamos seguridad, protección y sentido de pertenencia. Necesitamos saber que nuestro lugar en la familia está asegurado, que nuestros padres no abusarán de nosotros, que estamos protegidos del peligro tanto en la casa como el mundo exterior. La confianza en los demás se desarrolla cuando el temor de los niños se disipa con armonía y protección. Cuando su dominio sobre el miedo y el estrés hace posible que modulen sus sentimientos y, así, la confianza crece también. La necesidad de seguridad y protección de los demás es esencial, pero representa un ingrediente básico de nuestro desarrollo y satisfacción de una necesidad deficiente. Por eso decimos que en las etapas tempranas de desarrollo nuestro sentido de seguridad y protección viene de los demás; en la madurez, se vuelve nuestro recurso personal interno que satisface nuestras necesidades de crecimiento. Esta necesidad superior de crecimiento, de autorrealización, requiere disponer del tiempo, el espacio y los recursos para llegar a ser quienes somos, como dijo Ralph Waldo Emerson, “para ser como somos en nuestro fuero interno”. Nuestras necesidades superiores incluyen hacer pleno uso de nuestros dones, encontrar y realizar nuestra vocación, ser amados y queridos por quienes somos y tener relaciones que respeten todo ello. Dichas necesidades se satisfacen en una atmósfera de los cinco elementos con los que se demuestra el amor: atención, aceptación, aprecio, afecto y el acto de permitir. La cualidad de permitir es especialmente importante para nuestro crecimiento, ya que nos da cabida para experimentar la vida por completo, sin restricciones, en toda la gama de nuestras emociones, expresiones o decisiones. Permitir se dirige a tres áreas en particular:

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1. Somos libres de mostrar nuestros sentimientos sin que nos interrumpan, castiguen o ridiculicen por sentirlos. 2. Tenemos pleno permiso y estímulo para declarar y vivir de acuerdo con nuestras necesidades, valores y deseos más profundos. 3. Nuestro camino se allana por los cuidadores que nos protegen e impulsan para que tomemos nuestras propias decisiones y sigamos adelante cuando estemos listos. Nuestras necesidades de supervivencia se refieren a asegurar el sano desarrollo físico; las emocionales atañen a nuestro crecimiento y evolución personal. Nuestras necesidades de supervivencia quedan satisfechas cuando estamos a salvo en casa; las emocionales quedan cumplidas cuando nos sentimos apreciados en casa, pero también cuando nos impulsan a viajar. Nuestras necesidades de supervivencia tienen que ver con la comodidad; las emocionales con los retos. Los seres humanos estamos genéticamente equipados para la supervivencia. Por mala fortuna, no estamos igualmente provistos para tener relaciones saludables. Por eso debemos trabajar para lograr que la intimidad y otras necesidades de crecimiento sean una prioridad, ya que el diseño básico predeterminado de nuestro cuerpo es el modo de supervivencia. Esto explica por qué seguimos teniendo relaciones disfuncionales: imaginamos que las necesitamos en un nivel de supervivencia. Con límites saludables, optamos por la felicidad personal y el equilibrio mental. Entonces dejamos de creer que necesitamos una relación para sobrevivir. En la vida adulta, la distinción entre nuestras necesidades de supervivencia y nuestras necesidades emocionales se aplica a dos motivaciones para las relaciones: deseamos tener una relación por seguridad y protección, esto es, nuestras metas mamíferas. O, en cambio, podemos sentirnos satisfechos con una relación comprometida y continua de intimidad: nuestra realización humana. Cuando sólo buscamos seguridad y protección en alguien más, sin fundarlas en nuestra capacidad adulta de cuidar de nosotros mismos, podemos parecer necesitados y desesperados ante los demás. Cuando poseemos 37

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seguridad y protección dentro de nosotros mismos y buscamos una conexión íntima, damos la impresión de ser abiertos, pero no desesperados. Así pues, nuestra necesidad no es llenarnos, sino enriquecernos. Henry David Thoreau lo dijo de esta manera: “Iré a ti, amigo mío, cuando ya no te necesite. Entonces encontrarás un palacio, no un asilo de caridad”. Si nos perdimos de la realización de nuestras necesidades emocionales durante la infancia y no hemos trabajado en ellas, quizá no estemos preparados para las relaciones adultas. Podemos estar buscando una relación para tratar de corregir o reemplazar lo que faltó en la infancia, es decir, podemos estar buscando a nuestros padres. Aunque una pareja actúe in loco parentis y satisfaga esa necesidad, es muy probable que esa pareja que está deseosa de desempeñar ese papel aún no haya resuelto sus propios problemas de la infancia. En ese caso, ninguno de los dos actúa como adulto. Además, a Eros no le gusta el vínculo padre-hijo, por lo que abandona el lecho sin tardanza. Por fortuna, en la adultez no necesitamos tanta protección y seguridad como los niños. Cuando aún precisamos seguridad y protección en un nivel infantil nos aferramos a una pareja cuidadora. Tememos perder lo que, de hecho, sólo los niños requieren. En una relación madura, son iguales los que dan y reciben los cinco elementos del amor. Cuando nos hallamos en una relación que tenemos sólo por protección, existe un vínculo de dependencia con una figura parental. Esto afecta nuestra forma de confiar: nuestra confianza en la relación hijo-padre es incondicional y ciega. Nos mantiene atados y hace que quizá tengamos relaciones que no nos permiten crecer. Se espera que los padres satisfagan por completo nuestras necesidades cuando somos niños, entre ellas la seguridad y la protección. Como adultos, aprendemos a encontrar la satisfacción de nuestras necesidades en nosotros mismos, nuestros amigos, familia, mascotas, carreras, la espiritualidad, la naturaleza y cualquier otro recurso que descubramos. Entonces no dependemos de nuestra pareja ni de nadie para satisfacer más de 25 por ciento de nuestras necesidades. Esto incluye nuestra necesidad de seguridad y protección. 38

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Cuando tenemos una postura infantil, exigimos más que eso de nuestras parejas. Ésta es otra forma en que nos parece que nuestras necesidades emocionales son de supervivencia. Ello también ayuda a explicar por qué el fin de una relación de mucha necesidad puede llevar a una de las partes a pensar en el suicidio. La idea que de pronto nos arrebaten nuestros bienes emocionales nos hace sentir despojados y vacíos, ya que tenemos pocos recursos en que apoyarnos. Creemos que no tenemos nada más en la vida sin nuestra pareja al lado. Esta soledad nos hace sentir que se nos vino el mundo abajo, lo mismo que nuestra vida completa. Tristemente, no generamos la confianza suficiente en nosotros mismos, ya que todo nuestro apoyo dependía de la otra persona. Nuestro énfasis exacerbado en la dependencia regresa a perturbarnos cuando desaparece nuestro objeto de dependencia. Nadie debe vivir con un solo recurso. Ésta es la razón por la que nos sentimos desolados y a la deriva. El habernos dejado engañar nos deja desnudos. Para resumir, podemos decir que nuestra necesidad de seguridad y protección forma parte de vivir en una relación con alguien, pero eso sólo corresponde a la supervivencia. La otra parte culminante de nuestra necesidad es de amor mutuo y realización personal manifestada en la forma de los cinco elementos (atención, aceptación, aprecio, afecto y permitir). Cuando éstos se asocian con la decepción en nuestra experiencia original de la vida con los demás tendremos a la larga problemas para confiar. Esos “problemas” deben nombrarse como lo que son: miedo. En las relaciones íntimas no tememos a la cercanía, sino a la decepción que imaginamos que seguramente seguirá al compromiso, ya que más vale prevenir que lamentar. Esta superstición se refuta cuando aceptamos el hecho de que aunque algunas personas nos engañan, otras no lo hacen. En todo caso, podemos sobrevivir a la decepción que nos causan los demás y crecer en el proceso. Nuestra historia resquebrajada de confiar en los demás, y las asociaciones que creamos en consecuencia, nos afectan a largo plazo. Todas las citas emocionantes que nos dieron esperanza y que luego culminaron con el rechazo aún perturban nuestros tiernos corazones. Exponernos a 39

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ser golpeados por la decepción o el rechazo tiene repercusiones psicológicas. Esa historia vuelve a atormentarnos en la forma de autorrecriminación: la sensación de no ser suficientemente buenos para ser amados por largo tiempo. Ésta es una reacción normal en los seres, como nosotros, para quienes las opiniones y el comportamiento de los demás importan, y no debemos avergonzarnos por ello. Al madurar, las opiniones importan menos porque nuestros propios recursos han crecido y las han superado. Hemos trascendido la preocupación por la opinión de los demás. Nos interesa nuestra integridad personal y el amor y el afecto con que interactuamos con ellos. Al dejar de tomar en serio los rechazos, nos agradamos, y eso nos alimenta aún más que si alguien nos quiere. Nuestra forma entera de ser cambia, e irónicamente somos más atractivos para los otros, en especial para las personas sanas. Entonces, al vernos así, podemos escoger una pareja en lugar de esperar a que alguien nos invite a bailar. Sólo dos cualidades nos pueden llevar a ese punto. La primera, como se mencionó antes, es generar los recursos internos para que nuestra seguridad y protección se afiancen dentro de nosotros. Estos recursos internos nos ayudan a ver a los demás con un deseo de conexión en lugar de necesidad. La segunda es nuestra más absoluta e incondicional aceptación a lo hecho por el capricho del hombre, algo que observamos ahora no con horror y culpa, sino con comprensión e incluso con cierto regocijo.

Interpretación de nosotros mismos Como bebé, Andrew nota que tiene necesidad de comer y que sus cuidadores no siempre están conscientes de cuándo surge esa necesidad dentro de él, así que llora para que lo alimenten. Cuando siente necesidad de que lo tomen en brazos, llora de otra forma para dar a entender esa necesidad específica. Tiene que confiar en que su madre sabrá que ese llanto tiene un propósito distinto. Andrew necesita que le den de comer, lo tomen en brazos y le cambien los pañales, y siempre sabe qué necesita. 40

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Pero su llanto necesita interpretación. Después de un tiempo, su madre se vuelve más apta para traducirlo y él tiene mayor confianza en que ella comprenderá y satisfará sus necesidades. Ha logrado que se solucionen sus necesidades y esto le da un sentido de libre albedrío y eficacia que seguirá aumentando a lo largo de su vida, siempre que las circunstancias sean favorables dentro de lo razonable. Cuarenta años después, Andrew se divorcia y se encuentra en casa viendo la televisión, aburrido y solitario. Oye un llanto en su interior que interpreta como la necesidad de un bocadillo. En realidad, no necesita comida, sino que lo tomen en brazos. Es muy incongruente que haya perdido la capacidad de saber lo que realmente necesita y no haya adquirido aún la capacidad de interpretar sus deseos, como lo hizo su madre. Durante la infancia, Andrew creía que podía confiar en su mundo si se satisfacía su necesidad de comer. Su primera definición de felicidad fue la respuesta a sus necesidades y la satisfacción de éstas. Eso le dio la capacidad para confiar, un recurso importante. Pero no siguió invirtiendo en sus recursos internos; aquellos que pudo haber obtenido si hubiera trabajado en sus problemas, en especial en sus relaciones. Su confianza infantil saludable no lo protege ahora de su propia interpretación errónea de sus necesidades. Para conocerlas requiere el trabajo continuo de construir la confianza en sí mismo. Andrew no sabe dónde encontrar la felicidad y por eso sigue buscando en lugares que antes lo decepcionaron. Todo esto está almacenado en el cuerpo que come bocadillos a altas horas de la noche y que probablemente pagará con una mala salud. Nuestro comportamiento habitual cuando tenemos una necesidad es cobrar conciencia de ella y tratar de satisfacerla. La necesidad de alimento nos lleva a una ida al supermercado. La necesidad de una aspirina da origen a una ida a la farmacia. Podemos usar la misma secuencia respecto a nuestra necesidad de bienes emocionales. Por ejemplo, buscamos amor incondicional y de inmediato empezamos a buscar una pareja en quien confiar que nos lo ofrezca. 41

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Por otra parte, podemos practicar un comportamiento que nos ayude a conocernos a mayor profundidad. Para empezar, podemos seguir nuestra necesidad para observar lo que revela sobre nosotros y sólo entonces tratar de satisfacerla, ahora que la comprendemos mejor. Una necesidad es como el conejo blanco que lleva a Alicia a seguirlo por su madriguera hasta llegar al País de las Maravillas, la parte inconsciente de sí misma donde descubre cualidades suyas que le eran desconocidas. Una necesidad puede hacer eso por nosotros si en lugar de correr inmediatamente a buscar a alguien que la satisfaga, nos tomamos el tiempo para explorarla. Tal vez nuestra necesidad de amor incondicional nos muestre lo que nos faltó en la infancia. Tal vez sea una lucha inmadura en un sentido de búsqueda de derechos, un caso del ego al timón. Tal vez sea una falta de amor hacia nosotros mismos. El siguiente ejercicio nos ayuda a conocernos a través de nuestras necesidades.

Ejercicio Seguir nuestras necesidades En éste y en todos nuestros ejercicios debemos cambiar sólo un pequeño aspecto de nuestras vidas que contribuirá a nuestro crecimiento. Eso nos ayudará a confiar más en nosotros mismos. Cuando tenemos éxito en áreas menores de la renovación de nuestras vidas, con pasos pequeños fuera de nuestros patrones negativos acostumbrados, nos entrenamos para enfrentar retos mayores y aumenta en consecuencia la confianza en nosotros mismos. Esto se debe a que nos damos cuenta de que invertimos energía en lo que nos ayuda. Ahora confiamos en nosotros mismos como devotos cuidadores de nuestra persona. Este ejercicio es sencillo: observamos nuestra necesidad, la seguimos y sólo entonces buscamos satisfacerla, tal vez de una nueva manera. Ahora interpretamos nuestras necesidades y las usamos como recursos de autoconocimiento. Así descubrimos el significado de lo que queremos 42

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decirnos sobre nosotros mismos. Esto puede resultar más fascinante que precipitarse a buscar la satisfacción inmediata. Con este ejercicio descubriremos una nueva necesidad, o una más precisa, que nos dará un mayor entendimiento de nosotros mismos. (Aquí, más profundo y profundidad se refieren a una realidad misteriosa detrás de todos los seres, acontecimientos y apariencias que son significativos y valiosos. Nos conocemos a profundidad cuando confiamos en tener una naturaleza lúcida que siempre permea nuestras decisiones y comportamientos, sin importar lo poco lúcidos que parezcan. A propósito, profundidad, en este sentido, es lo que significa la dimensión espiritual de una experiencia o de la realidad.) Para interpretar tus necesidades, debes hacerte las siguientes preguntas (algunas personas prefieren escribir sus respuestas en un diario o en la computadora). 11. ¿Qué necesidades siento en este momento? 12. ¿Qué me da miedo que suceda si no satisfago esa necesidad? 13. ¿Cómo me explico esta necesidad? Por ejemplo: “Estoy equivocado (o en lo correcto) al buscar esto”, “Soy inepto y no podré satisfacer mi necesidad”, “Merezco (o no merezco) realizarla”, “Tengo derecho a esto”, “Tener esto me hará feliz por siempre”. 14. ¿En qué sentido me resulta familiar esta necesidad, en especial en lo que se refiere a mi infancia? 15. ¿Qué mensajes he recibido anteriormente respecto a esta necesidad, en especial de mis padres? 16. ¿Cuáles son otras posibles razones de mi necesidad presente? 17. ¿Cómo se relaciona esta necesidad con mis otras necesidades? 18. ¿Qué intensidad tiene esta necesidad, y qué me dice acerca de mí? 19. ¿Mi forma acostumbrada de satisfacer mis necesidades es exitosa en lo general? 10. ¿Tengo lo que se necesita para satisfacer mi necesidad en este momento? 43

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11. ¿Es esto lo que realmente quiero, o es un sustituto de una necesidad más profunda? 12. ¿Cómo puedo satisfacer esta necesidad? Para resumir este ejercicio, pasamos de este modelo de satisfacción de necesidades: Siento la necesidad. → Satisfago la necesidad literalmente, tal cual la reconozco por primera vez. A este modelo: Siento la necesidad. → Sigo la necesidad hasta hallar su significado más profundo. → Satisfago la necesidad de esta nueva manera. Este ejercicio nos ayuda a confiar en nuestras necesidades. Tarea de crédito extra. Sigue este ejercicio y todos los ejercicios del libro para escribir un poema que exprese lo que has descubierto sobre ti. Cuando termines de leer el libro, reúne tus poemas en un cuadernillo con el título que quieras. Guárdalo como recordatorio de la labor que realizas contigo. Cópialo y compártelo con las personas en las que confías. Qué mejor regalo que este registro de tu progreso en la confianza y la confiabilidad.

Hay conexiones saludables El psicoanalista Erik Erikson describió el desarrollo psicológico humano como una serie de conflictos o retos que deben resolverse para poder avanzar al siguiente nivel de crecimiento y desarrollo. Definió el primer conflicto de desarrollo como confianza frente a desconfianza, que tiene lugar en la infancia. Los retos posteriores requieren una resolución satisfactoria 44

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del problema de la confianza para que podamos superarlos. Sólo cuando somos capaces de confiar podemos proceder por el camino hacia una vida saludable y realizada. Esto es porque la confianza es el fundamento de toda conexión humana. Si no logramos resolver el problema de la confianza en la etapa temprana de la vida no debemos desesperarnos. Siempre encontraremos personas que son confiables más adelante en la vida. Tales relaciones son correctivas y complementarias. Nos brindan nuevas oportunidades para aprender a confiar si alguna vez traicionaron nuestra confianza, la perdimos o nos faltó en la niñez. Cuando nos abrimos a los demás, corremos el riesgo de confiar y si no nos decepcionan es como si, en efecto, volviéramos a ser niños que aprenden a confiar en sus padres. Entonces, la confianza que faltaba desde la infancia se instala por fin en nosotros. La intimidad con otro adulto es el nuevo camino a la completitud para nosotros. En términos neurológicos, esto significa que estamos restableciendo o reconstruyendo nuestras redes neuronales de confianza. Los científicos han demostrado que nuestro cerebro conserva la maleabilidad o capacidad de cambiar durante toda la vida. Hay muchas cosas que funcionan en nuestro favor: nuestra naturaleza inherente siempre está abierta a evolucionar para convertirse en la mejor versión de sí misma. Podemos confiar en que cuando damos los pasos psicológicos ocurren cambios neuronales. Nuestro ser interno quiere estar sano y acompañarnos en el ímpetu exuberante que lleva a la completitud y a la sanación. En todo caso, las experiencias de la primera etapa de la vida no determinan nuestro futuro, sino que sólo influyen en él, por lo que siempre tendremos otra oportunidad para ser sanos y felices. Otra oportunidad significa que incluso si nuestra experiencia original constituye la base de nuestra personalidad tenemos la capacidad de dejar atrás patrones negativos y trabajar en ellos. Podemos enfrentar, procesar, resolver e integrar el dolor y la disfunción de nuestro pasado. Enfrentar significa reflexionar, evaluar y cuestionar nuestras creencias sobre una experiencia. Luego procesamos esa experiencia, es decir, percibimos los sentimientos que surgen y observamos cómo se relacionan con 45

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nuestro pasado. Entonces podemos avanzar a resolver nuestros problemas. Esto significa no detenernos en el intento por relacionarnos con los demás. A continuación integramos el trabajo al estilo de vida. Hacemos esto cuando damos pasos arriesgados, pero necesarios, para confiar en los demás sin que nos detenga o motive el miedo que nos limitó en el pasado. En este libro a menudo se recomienda que enfrentemos, procesemos, resolvamos e integremos nuestros sentimientos y experiencias. Es importante entender que enfrentarlos es también una forma de aceptar nuestro sentimiento y vivir la experiencia. Ésta es una forma consciente de centrarnos en la realidad del aquí y el ahora en lugar de en las florituras mentales que están alrededor. Sólo enfrentamos por completo lo que hay en nosotros cuando aceptamos de manera plena y compasiva quiénes somos. Sólo entonces nos abrimos a lo que sucede y podemos comprenderlo por completo. Muchos de nosotros no nos amamos lo suficiente como para llevar a cabo este tipo de enfrentamientos. Quizá nos da miedo descubrir nuestra propia verdad. Al practicar el enfrentamiento de nuestros problemas de una forma consciente y compasiva, dejaremos de tener miedo y ya no nos sentiremos amenazados por nuestros demonios interiores, por más fuerte que griten. Éste es el primer paso para confiar en los demás. Con la confianza, ya no estamos atrapados en la configuración predeterminada del estrés provocado por el cortisol, con sus consecuentes miedos instintivos a la cercanía. Ya no tenemos que enfrentarnos a las opciones primitivas de “correr a refugiarnos” o “luchar por nuestra vida”. Ahora tenemos la oportunidad de encontrar refugio en el otro y unirnos a la persona en un vínculo de confianza. Éste es el plano neuronal para el cambio psicológico, una reprogramación del estrés a la seguridad. La segura confiabilidad que hemos encontrado instala nuestra nueva capacidad de confiar. Cuánta esperanza sentimos con respecto a las relaciones cuando observamos una reconfiguración de lo que se había establecido como un patrón inconsciente. Este tipo de confianza hace que nuestro amor por la otra persona sea real y duradero. Por un largo tiempo nuestro miedo pudo haber sido la única forma de saber que estábamos vivos. Ahora el amor es el camino. 46

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Lazos de apego y relación La teoría del apego describe cómo la seguridad y la inseguridad en nuestras relaciones se relacionan con nuestra niñez. El psicólogo John Bowlby postuló la teoría, la psicóloga Mary Ainsworth la desarrolló a mayor profundidad y posteriormente hubo otras contribuciones. Una explicación rápida y, ojalá, simplificada de sus conceptos nos ayudará a comprender mejor los orígenes y significados de la confianza. En esencia, la teoría del apego postula que, en el aspecto psicológico, los niños sienten afecto por quienes cuidan de ellos para poder encontrar seguridad y protección. La pulsión biológica innata de buscar la cercanía de un cuidador cuando creemos que estamos en peligro activa el apego; esto es, el lazo afectivo entre el niño y el cuidador. La calidad de la seguridad, confort, protección y seguridad que se ofrecen al niño influyen en el nivel de confianza que se desarrolla en él por el resto de su vida. Estas ideas se han ampliado en años recientes para incluir también las relaciones adultas. El apego, en psicología, se refiere a nuestro deseo natural de cercanía física y emocional con otra persona. Sucede al interaccionar con ella y responderse el uno al otro. El apego no significa posesividad o control, sino interés y sensibilidad al demostrar los cinco elementos del amor. No se trata de un aferramiento compulsivo, con pensamientos obsesivos y una insaciabilidad que carcome. Ésos son los tres elementos asociados con la adicción en el mundo de la psicología. También son los elementos que definen el sufrimiento en las enseñanzas budistas del desapego. Las relaciones saludables ocurren cuando tomamos suavemente, en lugar de aferrarnos a alguien de por vida, cuando mantenemos a alguien en nuestros corazones sin obsesionarnos y cuando nos sentimos satisfechos con un contacto razonable en lugar de sentir que no obtenemos lo suficiente. La sensación resultante de haberse librado de la necesidad vale más que la satisfacción de cualquier necesidad. Para el final de su primer año, un bebé ha aprendido a mantener el lazo afectivo con su cuidadora por medio de un repertorio comprobado de 47

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interés y sensibilidad. Puede quejarse cuando la madre sale de la habitación y lograr que regrese, sonreír de manera encantadora a su vuelta y aferrarse a la madre cuando tiene miedo. La cercanía de un bebé con las personas que conoce le da sensación de seguridad cuando advierte que hay algún peligro. Para los teóricos del apego, el llanto es la estrategia innata de un niño para dar a conocer sus necesidades a su cuidador. También es una técnica que usa el niño para desarrollar su sentido de seguridad; es un indicador del valor de expresar el dolor abiertamente a lo largo de la vida. Las respuestas coherentes de los padres fomentan el apego seguro, y éste aumenta la autonomía del niño. El resultado es menos lloriqueos y más activación de la capacidad del niño para autorregularse, es decir, para consolarse a sí mismo y modular sus sentimientos en tiempos de tensión. Esto es lo que genera la confianza en sí mismo para que la seguridad y la protección puedan comenzar a crecer en su interior. También aprendemos a autoconsolarnos y a regular nuestros sentimientos gracias a nuestros lazos afectivos con otros que los reflejan y confirman con tranquilidad. Cuando no existe tal sintonía con nuestros sentimientos, nos pueden poseer o quizá los bloqueemos. Será difícil mantenernos en contacto con nuestros sentimientos, enfrentarlos, procesarlos y resolverlos. Esto es debido a que, en primer lugar, nos faltó admitirlos. En todo caso, la sintonía debe ocurrir sólo de manera normal, y no constantemente, para que aprendamos a confiar. Sería trabajo de un adivino estar en sintonía con todas nuestras necesidades y sentimientos. En cualquier familia o relación, la sintonía y la reciprocidad suceden por momentos, y éstos son suficientes. Los indicadores específicos de los lazos de apego cambian al desarrollarse hacia la madurez. Por ejemplo, un bebé llora cuando su madre sale de la habitación, pero un niño de nueve años simplemente grita: “¿A qué hora vuelves?”. Un adolescente puede no decir nada y estar feliz de quedarse a solas y notar la ausencia solamente si la madre regresa más tarde de lo normal. Los dos ejemplos anteriores presuponen un apego seguro. Los niños que se sienten angustiados en su relación con sus cuidadores no pueden manejar con facilidad esas idas y venidas. 48

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Mary Ainsworth observó con atención a los bebés durante su primer año. Sus estudios establecen tres patrones de apego de los niños con sus cuidadores: seguro, ansioso-evasivo (inseguro) y ansioso-ambivalente o resistente (inseguro). A continuación se presentan ejemplos de cómo estos modelos de apego de la infancia se revelan en las relaciones adultas. Los niños que tuvieron un lazo de apego seguro tienen, por lo general, una alta autoestima y una opinión optimista sobre sí, sobre los demás y sobre sus relaciones en la edad adulta. Se sienten cómodos con la cercanía y no la temen como una amenaza a su independencia. Son capaces de equilibrar cercanía y distancia en la forma en que se relacionan con sus parejas. Las personas que se sentían seguras en la niñez tienen estabilidad. Esta cualidad hace posible que dejen en claro sus necesidades y pidan los recursos de satisfacción a los demás, dos requisitos de la intimidad. Esas personas con apegos seguros se sienten atraídas hacia personas estables cuya autoestima también es alta. No suele impulsarlas un ego competitivo que exige supremacía, sino un ego colaborador que respeta la igualdad. Esto se debe a que confían en sí mismas, y eso hace más sencillo para ellas confiar en los demás. En las relaciones, es probable que se centren en llegar a un concierto de voluntades, más que en lograr la victoria por medio de la autoafirmación. Los niños ansiosos-evasivos buscan constantemente seguridad, aprobación y atención de sus cuidadores, y después, de adultos, lo exigen de sus parejas. Pueden aferrarse a otros y dan la impresión de ser excesivamente dependientes. Son más pesimistas sobre sí y sobre los demás y no confían fácilmente en ellos mismos. También les parece difícil confiar en los demás, porque creen que no son dignos de merecer un amor duradero. Los niños ansiosos-ambivalentes son compulsivamente independientes. Como adultos, puede que continúen de la misma manera. Consideran que dependen sólo de sí mismos y dan la impresión de no necesitar víncu­los de cercanía con los demás. A menudo ocultan sus verdaderos sentimientos. Si alguien los rechaza, simplemente se ausentan, haciendo imposible la resolución de los problemas en la relación. Si su pareja se aferra, 49

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se vuelven distantes o agresivos, y prestan mucha atención a lo que los hace sentirse atrapados. Además, existe la categoría de la persona desorganizada. Ésta no se puede enfocar en sí ni en otros, porque la experiencia original de involucramiento y respuesta fue amenazadora y extraña. Durante la niñez, sentía miedo, sin vislumbrar ningún remedio posible; un estilo que no es sostenible por mucho tiempo. Como resultado, una persona desorganizada se fragmenta con facilidad. Se viene abajo en situaciones de estrés, ya que le falta la resistencia y la ecuanimidad que surgen de la seguridad. Los niños con apegos seguros socializan con facilidad y son populares entre sus compañeros. Casi siempre son empáticos y capaces de interesarse por los demás. Muestran una iniciativa independiente e interés por explorar. No son dependientes, pero pueden llegar a ser interdependientes. No es probable que agredan o que toleren que los agredan. Se ha demostrado que los niños agresivos son, casi siempre, ansiosos-evasivos, mientras que las víctimas son ansiosos-ambivalentes. La personalidad narcisista corresponde al apego evasivo (enfoque excesivo en sí, no en los otros; respuesta de fuga). La personalidad limítrofe corresponde al estilo de apego ambivalente (enfoque excesivo en el otro y no en sí mismo; respuesta de fuga). Cuando sufrimos un colapso durante una crisis, caemos en la parálisis del apego desorganizado (fragmentación, disociación, respuesta de congelamiento). El trabajo de los teóricos del apego ha confirmado que la incapacidad de confiar se relaciona con las deficiencias de nuestra experiencia de vinculación temprana. Éstas se arraigan en nuestros circuitos neuronales mucho antes de ser conscientes. Así, nuestro miedo de confiar no tiene “culpables”. Al madurar, observamos nuestras deficiencias y cómo inhiben nuestra posibilidad de establecer una sana intimidad. Entonces podemos asumir la responsabilidad de curarnos. Esto requiere llorar nuestros orígenes dañados sin guardar rencor contra nuestros padres. Nuestro objetivo debe ser la recuperación, no la venganza. La teoría del apego fomenta la compasión en nosotros. Al observar cómo la confianza y la confiabilidad se relacionan directamente con 50

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lo que nos ocurrió en la infancia, nos damos cuenta de que nadie es la causa de los propios problemas de confianza. Esto nos hace ser más benévolos con nosotros mismos por como somos y con los demás por como son. Nadie pidió la suerte que le tocó, por lo que todos merecemos comprensión compasiva, sin dejar de ser responsables por trabajar con nosotros mismos para mejorar. Un apego original seguro es la base de la confianza. Sentir que nos colmaron de los cinco elementos del amor, que los agujeros en la confianza se pueden rellenar, que la seguridad y la protección están presentes de forma duradera, todo esto aumenta nuestra confianza en los demás. También la depositamos en nosotros mismos como personas capaces de mostrar la confianza y amor y dispuestas a trabajar en reparar las rupturas de la fidelidad. En medio de todo esto, debemos ser conscientes de que la seguridad y la protección a veces están ausentes en las personas, la naturaleza, los acontecimientos y los poderes más allá de éstos. Sin embargo, gracias a nuestra certidumbre en las relaciones, nos volvemos capaces de construir un núcleo de certidumbre en el universo y sus verdades fundamentales, sin importar cómo nos afecten. Una vez que el miedo a confiar cede, nuestra arrojada confianza se vuelve una fuente de ecuanimidad ante toda la gente y los acontecimientos que el destino nos depare. Entonces decimos: “Puedo superar esto. No tiene por qué ser un golpe mortal”.

Ejercicios Respira, detente, vuelve a empezar Ahora entendemos que la confianza se relaciona directamente con la serenidad. Cuando nos calmamos, podemos llegar a confiar en nosotros mismos. Para tranquilizarnos, tenemos que respirar profundamente y pensar antes de actuar. No se trata sólo de respirar, sino de imaginar que nuestra respiración viene de una completa apertura de nuestra naturaleza 51

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iluminada. También nos imaginamos la inhalación como una apertura de nosotros mismos para recibir del mundo y la exhalación como una apertura al mundo para que nos reciba. Respirar profundamente, bajar el ritmo y detenerse a pensar son características rituales que han estado perennemente asociadas al crecimiento espiritual. Esta técnica no es sólo una manera de aumentar nuestra confianza en nosotros mismos. Es también útil para restablecer la comunicación cuando quedamos atrapados en situaciones estresantes o dramáticas con nuestra pareja. Podemos reconstruir la confianza entre nosotros por medio de la práctica de tres pasos: respirar, detenernos y volver a empezar con calma. Practica este programa todos los días, tanto personalmente como en tus relaciones, para prepararte para las épocas en que lo necesitarás. Por lo común no nos resulta necesario enfocarnos en nuestra respiración porque sucede automáticamente. Cuando nos concentramos en ella, hacemos consciente lo inconsciente, y esto da una nueva conciencia. Es especialmente valioso porque engendra el hábito de autorregulación y renovación de nuestros recursos internos. Entonces ganamos exponencialmente, ya que se establecen nuevos caminos neuronales que aumentan nuestra conciencia en general.

Exploración de nuestra confianza infantil y adulta Nuestras necesidades tempranas pueden permanecer presentes y, en ocasiones, ser apremiantes durante toda la vida. Podemos esperar en una relación que nuestra pareja satisfaga la necesidad que teníamos a los cinco años de que alguien nos abrace. Pero cuando nos enfrentamos a lo que se requiere de nosotros en una relación adulta, nos sentimos perdidos o agobiados sin saber qué hacer. Nuestro trabajo es rediseñar nuestra necesidad infantil de que nos abracen para adaptarla al estilo de una relación adulta: observamos y respondemos a la necesidad de nuestra pareja de que la abracemos. Aún deseamos que nos abracen, pero nos damos cuenta de que nuestra pareja no necesariamente tiene que abrazarnos cada vez que 52

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lo necesitamos. Encontramos medios alternativos saludables para satisfacer esa necesidad. Estudia el siguiente cuadro para determinar dónde te encuentras en este momento. ¿Te identificas con los aspectos de una columna o, en parte, con los de ambas?

mi confianza infantil requiere:

cuando confío como adulto, aprecio:

Confiabilidad absoluta y previsibilidad.

Confiabilidad cuando se ofrece.

Seguridad y protección en un refugio a salvo; por ejemplo: dentro de una familia o una relación.

Seguridad y protección que encuentro en mí mismo y, cuando corresponde, también en los demás.

Consuelo y confort, en especial en una situación estresante o cuando lo requiero.

La importancia del autoconsuelo, como también de recibir consuelo de otros cuando lo ofrecen.

Alguien que no me traicione, me sea desleal o decepcione mis expectativas.

Que la gente a veces traiciona, decepciona y lastima, por lo que es importante crear una personalidad lo suficientemente fuerte y resistente para enfrentar con flexibilidad todo eso y cultivar una conciencia espiritual madura para no tomar represalias (al tiempo que también soy capaz de exclamar: “¡Ay!”).

Alguien que nunca me abandone.

Que permitir que los demás se marchen cuando lo necesiten es una forma de amor y no tiene por qué dejarme desolado, excepto tal vez por un tiempo.

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Alguien que nunca me lastime

Que otros me lastimen y mi propia vulnerabilidad ante esto son parte de todo lazo afectivo íntimo, pero no toleraré que me lastimen de manera maliciosa o deliberada en ninguna relación.

Alguien que me ayude, me apoye y defienda y esté conmigo siempre que lo necesite.

Cuando otros me ayudan, apoyan y defienden, pero sé que todos estos son regalos que me dan voluntariamente o en respuesta a mi solicitud.

Alguien que me dé lo que mis padres no me dieron.

La importancia de pasar por el proceso de duelo de lo que no tuve en el pasado y no sustituir a mis padres con mi pareja.

Todo esto se basa en el miedo, y en la infancia es una forma apropiada de crear apegos seguros, pero en la etapa adulta implican un sentido de derecho.

Todo esto se basa en el valor y fluye de la aceptación incondicional de las personas tal como son.

En el estado de enamoramiento, es posible que todos estemos en la columna infantil, pero al madurar dentro de una relación, nos movemos al estilo de la columna adulta. ¿Te ha ocurrido esto? Al continuar con los siguientes capítulos, lo que aprenderás y practicarás te ayudará en tu camino para ir de la columna infantil a la columna adulta. Finalmente, usa este resumen de cómo funciona la confianza en adulto como lista de verificación personal:

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• Confío en mí para recibir la confianza de los demás. • Confío en mí para manejar la traición de los demás sin ser vengativo. • Baso mi confianza en mi propia intuición y en lo que los antecedentes indican de cada persona, y no en promesas o en ilusiones. • Me comprometo a ser confiable incondicionalmente para los demás sin importar cómo actúen conmigo. • Ahora entiendo que ser confiable no significa que debo ser rígidamente confiable, sino confiable en una forma realista.

En cierto sentido nos hacemos padres de nosotros mismo cuando, por medio de nuestro libre albedrío elegimos lo que es bueno, y nacemos y venimos a la luz. San Gregorio de Nisa, Homilía sobre el libro del Eclesiastés

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