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LAS CINCO COSAS QUE NO PODEMOS CAMBIAR Y LA FELICIDAD QUE HALLAMOS CUANDO LO ACEPTAMOS

DAVID RICHO


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Título original: The Five Things We Cannot Change… Cubierta: Rafael Soria Traducción: Iñaki Moraza © 2005, David Richo Editado por acuerdo con Shambhala Publications, Inc. De la presente edición en castellano: © Neo Person, 2012 Alquimia, 6 28933 Móstoles (Madrid) - España Tels.: 91 614 53 46 - 91 614 58 49 Fax: 91 618 40 12 www.alfaomega.es Primera edición: marzo de 2013 Depósito legal: M. 376-2013 ISBN: 978-84-95973-77-1 Impreso en España por: Artes Gráficas COFÁS, S.A. - Móstoles (Madrid) Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.


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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN ....................................................................

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PRIMERA PARTE Los hechos de la vida ..........................................................

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1. TODO CAMBIA Y ACABA .................................................... Cómo rehuimos o aceptamos ............................................ Atraído o repelido ............................................................ Envejecer: una imagen cambiante en el espejo .................... Lo que nos hace tan controladores .................................... No hay nada separado .................................................... Una práctica espiritual para las dos manos ...................... Muerte y renovación ........................................................

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2. LAS COSAS NO SIEMPRE SUCEDEN COMO LAS HABÍAMOS PLANEADO ................................................ El diseño de la naturaleza ................................................ Nuestra vocación ............................................................. La vida mayor ................................................................. Todo se equilibra en el amor .............................................

49 53 57 60 64

3. LA VIDA NO SIEMPRE ES JUSTA ........................................... ¿Venganza o reconciliación? ..............................................

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ÍNDICE

¿Por qué sufren daño los inocentes? ................................... El arte de domar el ego ..................................................... Compromisos más allá del ego .......................................... Una respuesta consciente a la injusticia ............................

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4. EL DOLOR FORMA PARTE DE LA VIDA ................................. ¿Somos víctimas? ............................................................. Un sí al dolor que trae la naturaleza ................................ Permanecer con el sufrimiento de los demás ....................... Cuando dar ánimos no funciona ...................................... El vacío fértil ...................................................................

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5. LA GENTE NO ES SIEMPRE AMOROSA Y LEAL ....................... El influjo perdurable de la infancia ................................... Cuidarte a ti mismo cuando te abres a otros ..................... Los hechos dados de las relaciones adultas ........................ Una lista para comprobar tu respeto a tus límites en una relación ............................................................ El amor sin ego ................................................................

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6. REFUGIARSE DE LOS HECHOS ............................................ La religión como refugio ................................................... La religión y el refugio de la naturaleza ............................. Tres refugios ..................................................................... ¿Distracción o recurso? ..................................................... El pensamiento mágico ..................................................... Refugios clandestinos ........................................................ La seguridad sin ningún refugio ........................................ La sabiduría que hay dentro de nosotros ...........................

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SEGUNDA PARTE Un sí incondicional a nuestra existencia condicionada ......... 145 7. CÓMO VOLVERSE UN SÍ ..................................................... La bondad ....................................................................... La práctica tonglen .......................................................... No hay fuera ................................................................... La naturaleza practica el sí ..............................................

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8. SÍ A LOS SENTIMIENTOS .................................................... Los dones que nos da la naturaleza .................................. Cómo sentirnos seguros con los sentimientos ...................... El amor libera .................................................................. Cómo nos refrena el miedo ............................................... La duración de un sentimiento ......................................... ¿Cómo recibimos los sentimientos de los demás? ................ Seguir la pista a nuestros sentimientos .............................. Lo que no son los sentimientos .......................................... Los sentimientos son tridimensionales ...............................

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9. UN SÍ A LO QUE SOY ......................................................... Psicológicamente .............................................................. Espiritualmente ................................................................ Místicamente ................................................................... ¿Ser o no-ser? ................................................................... Un sentido estable de mí mismo ........................................

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EPÍLOGO .............................................................................. 215


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Introducción

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que no podemos controlar; probablemente, la mayoría de ellas. A lo largo de nuestra vida descubrimos que la realidad rehúsa doblegarse a nuestras exigencias, y generalmente —a veces incluso con sentido del humor— entra en juego otra fuerza con planes diferentes. Nos vemos forzados a soltar cuando lo que queremos es agarrar, y a agarrar cuando lo que queremos es soltar. Nuestra vida —todas nuestras vidas— incluye giros inesperados, finales no deseados y todo tipo de desconcertantes desafíos. Reinhold Niebuhr, un teólogo protestante americano, compuso una oración que se ha convertido en la piedra angular de los movimientos de recuperación: «Dios, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, la valentía para cambiar las que sí puedo cambiar y la sabiduría para darme cuenta de la diferencia». Esta es una aspiración profunda. Pero ¿cuáles son las cosas que no podemos cambiar? ¿Son únicas para cada uno de nosotros o hay algunas de ellas que todos nosotros debemos reconocer y aceptar para encontrar la paz en nuestra vida? Como psicoterapeuta que trabaja con clientes, así como en mi propia vida, he visto cómo surgen una y otra vez las mismas cuestiones, las mismas luchas. Hay cinco realidades inevitables, cinco hechos inmutables que nos visitan a todos un sinfín de veces: XISTEN COSAS EN LA VIDA


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INTRODUCCIÓN

1. 2. 3. 4. 5.

Todo cambia y todo acaba. Las cosas no siempre suceden como las habíamos planeado. La vida no siempre es justa. El dolor forma parte de la vida. La gente no es siempre amorosa y leal.

Estos son los desafíos básicos que todos afrontamos, aunque con demasiada frecuencia vivimos negándolos y nos comportamos como si de alguna manera estas realidades no estuvieran siempre vigentes o no fueran aplicables a todos nosotros. Sin embargo, cuando nos oponemos a estas cinco verdades básicas nos estamos resistiendo a la realidad, y entonces la vida se convierte en una serie interminable de desilusiones, frustraciones y congojas. En este libro propongo la idea, en cierto modo algo radical, de que los cinco hechos mencionados no portan realmente las malas noticias que aparentan. En realidad, nuestro miedo a esos hechos fundamentales y realistas, y nuestra confrontación con ellos, son las verdaderas fuentes de nuestros problemas, y una vez que aprendemos a aceptarlos gustosamente nos damos cuenta de que son exactamente lo que necesitamos para adquirir valentía, compasión y sabiduría; en pocas palabras, para encontrar la felicidad verdadera. Una realidad es un hecho de la vida ante el que estamos impotentes. Es algo que no podemos cambiar, algo inherente a la naturaleza misma de las cosas. Desde cierto punto de vista, hay muchos hechos dados. Además de las cinco inquietantes realidades que he señalado, hay también realidades placenteras: experimentamos gozo, a veces nuestras esperanzas se cumplen con creces, descubrimos dones internos únicos, las cosas tienden a solucionarse por sí mismas, a veces nos sonríe la suerte, suceden milagros de sanación. Hay también realidades que solo son aplicables a nosotros como individuos: la forma de nuestro cuerpo y nuestra personalidad, nuestros dones o limitaciones psicológicos o espirituales únicos, nuestro temperamento, nuestra constitución genética, nuestro coefi-


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ciente intelectual, nuestro estilo de vida convencional o poco convencional, si somos introvertidos o extrovertidos, y así sucesivamente. De hecho, hay realidades dadas en todo lo que hacemos y en todo lugar en el que entramos. Si tienes trabajo, es un hecho dado que puedes hacer progresos o que te pueden despedir, así como innumerables posibilidades de por medio. Un hecho dado de una relación es que puede durar para toda la vida o puede acabar en la siguiente llamada de teléfono. He descubierto que todo lo que quiebra lanzas con nuestro pretencioso ego es una poderosa fuente de transformación y evolución interna. Los cinco simples hechos de la vida desafían y aterrorizan al vigoroso ego que insiste en tener el control absoluto. La vida nos sucede a su propia manera, no importa lo mucho que podamos protestar o tratar de esquivarla. Nadie es, o ha sido nunca, inmune a los hechos inflexibles de la vida. Si no podemos tolerarlos, añadimos estrés a nuestra vida luchando por una causa perdida. En este libro explicaré por qué no es necesario sentir desesperación ante estas realidades de nuestra vida. Podemos aprender a aceptar la vida con sus propias condiciones. Incluso podemos descubrir que sus condiciones son satisfactorias. No tenemos que alzar las manos al cielo. No tenemos que exigir una exención o refugiarnos en un sistema de creencias que atenúe las embestidas de los hechos prometiendo un paraíso sin ellos. Podemos desarrollar una vida auténtica y mentalmente sana diciéndole sí a la vida tal como es. Ciertamente, nuestro camino es «lo que es». La historia de la iluminación de Buda ilustra que los hechos de la vida son la base de nuestro crecimiento y transformación. Al nacer, Buda era Siddhartha Gautama, un príncipe indio. Su padre trató de protegerle del encuentro con el dolor o los disgustos. El rey creó una vida de absoluta perfección para Siddhartha, proveyéndole de toda posible satisfacción y resguardándole de cualquier tipo de sinsabor. Pero un día el joven príncipe quiso ver qué había


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INTRODUCCIÓN

fuera de los muros del palacio. Cuando se aventuró a salir, no tardó en toparse, por vez primera, con la enfermedad, la vejez y la muerte: las condiciones naturales de toda vida. Ver estas cosas le conmovió profundamente y le indujo a iniciar un viaje espiritual que a la postre le condujo a la iluminación. Su legendaria transformación comenzó afrontando las leyes de la vida con curiosidad y valentía. Desde la antigüedad, los cinco hechos han desconcertado y exasperado a la humanidad. Las religiones ofrecen respuestas a misterios como estos. A lo largo de este libro haré uso de las enseñanzas del budismo y de otras grandes religiones. Las tradiciones espirituales nos ofrecen inspiración, modelos y recursos valiosos para afrontar los hechos de la vida abiertamente y con ecuanimidad. Yo recurro con más frecuencia a la tradición budista, porque esa tradición espiritual enfatiza la importancia de ver el trasfondo de nuestras ilusiones y afrontar los hechos de la vida para llegar a ser con más plenitud según para lo que hemos sido creados.

EL SÍ INCONDICIONAL Cada uno de los hechos o condiciones de la existencia evoca una pregunta sobre nuestro destino. ¿Estamos aquí para salirnos con la nuestra o para bailar con el flujo de la vida? ¿Estamos aquí para asegurarnos de que todo salga según nuestros planes o para confiar en las sorpresas y sincronicidades que nos llevan a ver cosas nuevas? ¿Estamos aquí para asegurarnos de conseguir un trato justo o estamos aquí para ser honestos y amorosos? ¿Estamos aquí para evitar el dolor o para afrontarlo, crecer con él y aprender a ser compasivos a consecuencia de él? ¿Estamos aquí para ser amados lealmente por todo el mundo o para amar con todas nuestras fuerzas? Friedrich Nietzsche habló del amor fati, la virtud de amar el propio destino. A algunos nos resulta difícil afrontar la ansiedad


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producida por las condiciones de nuestra existencia; luchamos contra nuestra situación humana. El método para tratar con los hechos dados y adaptarlos a nuestro destino ha sido expresado muy claramente por Carl Jung: «Los hechos dados pueden ser aceptados con un sí incondicional a lo que es, sin protestas subjetivas, una aceptación de las condiciones de la existencia…, una aceptación de mi propia naturaleza tal como soy». Semejante sí es una disposición a aterrizar en la realidad concreta sin una almohada que lo suavice. Semejante sí nos hace flexibles, armonizándonos con un mundo cambiante, abriéndonos a lo que nos traiga la vida. Semejante sí no es una rendición estoica al statu quo, sino una entrega valiente, un alineamiento con la realidad. Una vez que confiamos en la realidad más que en nuestras esperanzas y expectativas, nuestro sí se convierte en un «ábrete sésamo» a las sorpresas espirituales. En este libro sugeriré cómo descubrir las riquezas espirituales presentes en nuestras experiencias más difíciles. El sí es el aliado valiente de la serenidad; no es el cómplice asustado de la ansiedad. Nos ayuda a decir sí y afrontar los hechos dados mediante la presencia mental; es decir, mediante la atención paciente y valiente al momento presente. También obtenemos apoyo de la naturaleza, de la psicología, de las tradiciones religiosas y de las prácticas espirituales. Estos son recursos y herramientas presentes en las páginas que siguen. Hamlet habla de «las mil conmociones naturales que la carne hereda», una definición poética de los hechos de la vida. Cuando nos sucede algo que resuena con el golpe doloroso de cualquiera de las condiciones inalterables de la existencia, podemos preguntar: «¿Qué puedo aprender aquí? ¿Cómo sirve esto?». Podemos aprender a confiar en que los hechos de la vida tienen un potencial transformador o evolutivo. Podemos confiar en que las leyes de la existencia de alguna manera nos ayudan a cumplir nuestro destino. Los hechos de la vida pueden parecer bromas crueles que nos perpetra un universo vengativo. Podrían parecer penaliza-


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ciones por una desobediencia que hemos heredado pero no causado. Incluso pueden parecer artimañas malévolas para amargarnos la vida. En una visión teológica anticuada, se consideran castigos decretados por un Dios vengativo contra nosotros, los exiliados del Edén debido a un pecado original. El sí incondicional, con su confianza implícita en la utilidad de los hechos para nuestro desarrollo, supera esa visión de la vida basada en el miedo. Decir sí a la realidad —a las cosas que no podemos cambiar— es como decidir darte la vuelta y sentarte en la montura en la dirección en la que va el caballo. Sentarse de esa manera es tener presencia de mente, honrar el aquí y ahora sin las distracciones del miedo o el deseo. La presencia de mente es un sí incondicional a lo que es tal como es. Afrontamos nuestras dificultades en el aquí y ahora sin protesta ni culpa. Semejante sí es incondicional porque está libre del condicionamiento del ego neurótico: el miedo, el deseo, el control, el juicio, la queja, la expectativa. Cuando estamos presentes, recibimos cada momento con apertura, curiosidad y bondad. La presencia de mente es una manera de estar y también una práctica espiritual cotidiana, una forma de meditación.

¿POR QUÉ A MÍ? Cuando tenemos que hacer frente a uno de los hechos de la vida, puede que nos preguntemos: «¿Por qué le ha sucedido esto tan terrible a una buena persona como yo? Me merezco algo mejor». La versión de esa pregunta si estás presente es: «Sí, esto ha sucedido. ¿Y, ahora, qué?». Nos daremos cuenta de que somos más felices cuando aceptamos como un hecho de la vida lo que no nos gusta de la vida. Nuestro sí presente es una entrada a esta paradoja protectora. Cuando aceptamos sin reservas las cosas que no podemos cambiar, nos estamos diciendo sí a nosotros mismos, tal como somos,


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en el desarrollo de nuestra autobiografía. Las condiciones de la existencia son nuestras experiencias personales, no fuerzas extrañas u obstáculos que hay que evitar. Son también las experiencias universales de todas las personas. Todo ser humano que ha vivido se ha enfrentado a los cinco hechos dados principales. Esto hace que formen parte de lo que es ser humano, de modo que deben ser una parte necesaria. Cuando por fin aceptamos gustosamente los hechos dados como extensiones de lo que es ser humanos, les decimos sí, pero no debido a la resignación ni al acatamiento. Decimos sí a los ingredientes de nuestra humanidad. Todos los hechos de la vida se basan en una realidad fundamental: le puede suceder cualquier cosa a cualquiera. Este es el hecho de los hechos. A la mayoría de nosotros nos resulta difícil creer realmente que esto se refiere a nosotros. Imaginamos que la suerte muy buena o muy mala le sucede a otras personas, pero nunca a nosotros. Creer, definitiva y absolutamente, que nos puede suceder cualquier cosa es un logro enormemente adulto, y nos proporciona dos dones maravillosos. Primero, abandonamos la visión privilegiada que nuestro ego tiene de sí mismo según la cual es digno de tratamiento especial; abandonamos la creencia infantil de que un salvador, de este o de otro mundo, vendrá a rescatarnos y nos concederá una dispensa de los golpes duros de la vida. Segundo, creer que nos puede suceder cualquier cosa nos ayuda a ser humildes y a sentir nuestra camaradería con los demás humanos. «Nada humano me es ajeno», escribió en el siglo II aC. el poeta romano Terencio. Hay algo muy reconfortante en la sensación de pertenecer, de estar en ello con todos los demás, no importa lo difícil que pueda volverse la vida. Los hechos de la vida son un código para nuestra evolución personal. Lo que descifra o, mejor aún, abre ese código es un sí incondicional a esos hechos. En la perspectiva budista, nacer como humano es una gran bendición. Se dice que en el ámbito humano existe la mezcla correcta de sufrimiento y alegría para que despertemos, para que nos iluminemos. En otras palabras, los hechos de


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la vida sirven para proveernos la mezcla perfecta de experiencias para despertarnos. Todas las cosas tienen una tendencia natural e irrefrenable a evolucionar, es decir, a alcanzar su máximo potencial en las condiciones cambiantes del entorno. Por tanto, la esperanza que a menudo sentimos que nos conforta no es una quimera simple e insustancial. La esperanza es una respuesta auténtica a la inclinación inherente e irrefrenable de la vida hacia la plenitud. Lo único necesario es un sí incondicional —es decir, con presencia de mente— a los hechos de la vida, sin debate ni queja.

LOS HECHOS DADOS COMO DONES La expresión hecho dado tiene dos significados. Es una condición que no se puede cambiar, pero es también algo que nos ha sido concedido. Cuando decimos sí, los hechos dados de la vida de pronto se revelan como dones, los medios hábiles para la evolución. Los hechos dados son implacables, pero también son ricos en sabiduría. Solo entre semejantes condiciones severas y desafiantes podríamos evolucionar. Los hechos dados de la vida son dones porque son los ingredientes del carácter, la profundidad y la compasión. ¿Qué es necesario para encontrar la dimensión del don en los múltiples desafíos de la vida? Ante todo, debemos cesar en nuestras tentativas de controlarlos o prevenirlos. Entonces los desconcertantes hechos de la vida se convierten en puertas a la liberación. Pero los humanos tenemos una larga tradición de reaccionar a la defensiva y con resistencia ante los desafíos de la vida. Ciertamente, nuestra resistencia a la dificultad forma parte de nuestra herencia humana. Resulta irónico que tratemos tan desesperadamente de esquivar lo que constituye inalterablemente nuestra condición humana y las condiciones que a la postre pueden impulsar nuestro desarrollo. La frase «aceptar las cosas que no podemos cambiar» hace que


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parezca que aceptamos las cosas solo porque no podemos cambiarlas. En realidad, cuando comprendemos que lo que sucede más allá de nuestro control puede ser justamente lo que necesitamos, vemos que aceptar la realidad puede ser nuestra manera de participar en nuestra propia evolución. La serenidad llega no solo al aceptar lo que no podemos cambiar, sino al dejar de intentar controlar. Hay un sentido en lo que sucede, y ese sentido tiene muchos niveles; trataremos ese tema a menudo a lo largo de este libro. El sí incondicional hace que estés listo para la alegría o el dolor. Aceptar el mundo en sus propios términos es vivir una vida heroica. En los mitos clásicos de héroes hay siempre una fase de lucha en la que el héroe debe afrontar las condiciones de la existencia. Un héroe es alguien que ha vivido el dolor, ha sido transformado por él y lo usa para ayudar a otros. Como dice Shakespeare en El rey Lear: Un infeliz, amansado por los golpes de la fortuna, A quien sus propios sufrimientos Han enseñado compasión hacia los que sufren. Los hechos dados de su vida equipan a Lear para sentir compasión por otros. Nuestro trabajo espiritual no es meramente personal. Los individuos estamos continuamente prendidos por un afán fogoso de activar las posibilidades evolutivas del espíritu humano colectivo. En última instancia, emprendemos la práctica espiritual para poder llevar a la iluminación con nosotros a toda la humanidad. Ciertamente, es un rasgo inherente de la bondad darse a sí misma. Como dice Aristóteles: «La bondad no puede evitar esparcirse». Seres tan complejos y creativos como nosotros no podían estar satisfechos en un mundo sin hechos dados que hagan crecer el alma. Shakespeare, Mozart y Einstein no habrían aparecido en un mundo en el que las cosas no cambiaran y acabaran, en el que las cosas fueran totalmente predecibles, en el que la vida no incluyera el dolor y todo el mundo nos amara con lealtad. Ese mundo sería


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superficial y, a la larga, «soso, insípido, rancio e infructuoso», como llama Hamlet a su limitado mundo. Las personas creativas aprecian que las condiciones de la existencia tienen sentido más allá de los sentidos que puede imponer la sociedad. Ellas remodelan los hechos de la vida como obras de arte. Esto es así porque los hechos de la vida son manantiales de creatividad y de nuevas posibilidades. Nuestras propias imperfecciones y las del mundo se convierten en la materia prima de una obra maestra. El artista la asimila y la digiere para formar algo útil y edificante para los demás, como un pájaro que alimenta a sus polluelos con comida que ha tragado.

LOS HECHOS DADOS COMO GRACIA Encontrar la felicidad verdadera en la vida requiere que nos desarrollemos emocional y espiritualmente. La consciencia espiritual va más allá del dualismo, más allá de nuestras nociones simplistas del bien y el mal. Un sí incondicional es un sí a las paradojas de la vida. Una paradoja combina opuestos aparentes. Por ejemplo, decimos que sí incondicionalmente a una existencia condicionada por los cambios y los finales. Podemos comprometernos aunque los planes fracasen. Podemos mantener nuestra compasión no importa lo injusto que el mundo pueda ser con nosotros. Podemos ser amorosos con otros no importa lo crueles que ellos puedan ser con nosotros. Nada de lo que nos sucede tiene que bajarnos del caballo que se llama Sí. Podemos reconocer el lado oscuro de la gente y, sin embargo, no desencantarnos de ella, otro rasgo de madurez espiritual. Estos son otros ejemplos de las paradojas que podemos aceptar alegremente cuando reconocemos el valor de los hechos de la vida: Aunque todo cambia y acaba, las cosas se renuevan y pasan por ciclos que fomentan la evolución.


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Aunque las cosas no siempre suceden como las habíamos planeado, a veces sentimos que hay un plan mayor, a través de la sincronicidad, que abre posibilidades asombrosas. Aunque la vida no siempre es justa, algo dentro de nosotros permanece comprometido con la justicia y rehúsa a ser injusto o vengativo. Aunque el dolor forma parte de la vida, tenemos maneras de afrontarlo y por ello expandimos nuestros poderes para afrontar el dolor futuro y ayudar a otros con su dolor. Aunque la gente no es siempre amorosa y leal, nada tiene que obstaculizar que actuemos con bondad y no nos desencantemos de los demás. Ninguna acción humana puede eliminar la capacidad de amar de otro ser humano. Los hechos dados están enunciados de maneras que pueden parecer negativas, pero cada uno de ellos tiene una parte positiva. Las paradojas que he mencionado muestran la dimensión positiva en cada una de las condiciones de la existencia. Cada vez que respondemos con un sí a un hecho dado, nos desarrollamos emocional y espiritualmente: fomentamos la paciencia, la tolerancia, el perdón, la generosidad, la sabiduría, la gratitud, la perseverancia y el amor incondicional. En última instancia, sin embargo, el hecho de que hay muchas cosas en la vida que no podemos controlar significa que puede que necesitemos un estímulo especial, algo que nuestro ego no nos puede proveer, algo que nuestra mente limitada no puede concebir, algo que nuestra frágil voluntad no puede efectuar. Se trata de la fuerza auxiliadora de la gracia, el complemento espiritual del esfuerzo. Surge algo que es más grande que nosotros y hace que nos resulte más fácil andar nuestro camino. Los Upanishads, textos sagrados del hinduismo, se refieren a la gracia de esta manera: «El Ser [la verdad] no puede obtenerse con los Vedas [las escrituras], ni con el entendimiento, ni con el aprendizaje. Aquel a quien el Ser elige, ese obtiene el Ser». La gracia es


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un don que el Ser elevado hace al ego. Una fuente que está más allá del ego nos otorga el don de trascender nuestros límites corrientes. La gracia significa que no estamos solos; siempre estamos acompañados: Cuando estamos seguros de que no podemos seguir ni un minuto más y podemos, eso es la gracia de una vida Creadora en nuestro interior. Cuando estamos seguros de que no podemos encontrar la luz y la encontramos, eso es la gracia de la Luz del Mundo en nuestro interior. Cuando estamos seguros de que no podemos respirar una vez más y respiramos, eso es la gracia del Espíritu que respira a través de nosotros. Nuestros corazones fueron modelados por la luz. El sí incondicional contribuye a que nuestro corazón deje pasar su luz. La gracia es ese don especial que traspasa nuestros límites de la mente, la voluntad y el corazón. La gracia expande nuestro intelecto dotándonos de sabiduría intuitiva. De pronto nos sentimos inspirados por algo que no encontramos mediante la lógica. La gracia expande nuestra voluntad dándonos una fuerza o una valentía que no teníamos antes. La gracia expande nuestros corazones haciendo que sea posible amar en vez de odiar, reconciliarnos en vez de tomar represalias, mostrar humildad en vez de arrogancia. No podríamos hacer todo eso solos; nuestro ego, que solo piensa en sí mismo, no encontraría ninguna motivación para semejante virtud. La gracia es un aliado y guía internos, la fuerza que motiva nuestra práctica espiritual. Cuando los hechos dados se convierten en gracia, se añade una gratitud incondicional a nuestro sí incondicional. Cuando aceptamos lo bueno con lo malo, lo fácil con lo difícil, la gratitud surge automáticamente. Hamlet le dijo a Horacio:


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Te marcó a ti […] porque siempre, desgraciado o feliz, Has recibido con igual semblanza Los favores y reveses de la Fortuna. Cada hecho de la vida nos llega trayendo mucha gracia. El hecho de que las cosas cambien y se acaben significa que podemos encontrar en la transitoriedad la gracia de fluir con la vida. La salud, tanto psicológica como emocionalmente, significa ir con el flujo de los acontecimientos, en vez de ser detenido o devastado por ellos. El hecho de que las cosas no siempre vayan como las habíamos planeado significa que están activos en nuestra vida muchos poderes que están más allá del ego; poderes que nos conducen a nuestro destino por un camino que podríamos haber descuidado. Cuando comprendemos que nos apoyan poderes que están más allá de nuestro ego, vemos que tener el control puede no ser lo mejor para nosotros: podríamos alterar planes poderosos que se estaban gestando a nuestro favor. El hecho de que la vida no siempre sea justa, a pesar de que sabemos intuitivamente lo que sería justo, significa que todos nos sentimos llamados a crear condiciones de justicia en el mundo. Cuando decimos sí a esa llamada, hallamos nuestra valentía. Entonces encontramos maneras de equilibrarnos y de contribuir a que se equilibre el mundo. El hecho de que el dolor forme parte de la vida produce la gracia del tesón, la paciencia y la compasión. Nos afecta el dolor de los demás y somos menos propensos a ser la fuente del dolor de otros. El hecho de que la gente no sea siempre amorosa y leal nos produce las heridas que nos hacen personas con profundidad y carácter. Quizá esas heridas sean gracias, ya que los huecos que hay en nosotros pueden ser aperturas a la totalidad. Y, sobre todo, ello nos reta a mostrar un amor incondicional. La gracia no es soporífera; llega trompeta en mano. Cada gracia es un toque de diana para avivar nuestro esfuerzo. En este libro espero mostrar cómo se nos ofrece la gracia en forma de los hechos


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de la vida. Además, si tenemos la valentía de afrontar las verdades inevitables de la vida, encontraremos la gracia para amar, no importa lo que nos suceda. El amor siempre es incondicional en el sentido de que no es bloqueado o refrenado por ninguna de las condiciones de la existencia. Ni los cambios, los finales, los planes alterados, la injusticia, el sufrimiento, la deslealtad, la falta de amor… nos pueden impedir que amemos. Nuestro sí a una gracia tan sensacional es lo que nuestro ego siempre quiere decir, ya que supone el final de tener miedo y el principio de ser libre.


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Primera Parte

Los hechos de la vida Afrontar la crudeza de la realidad es la forma más elevada de cordura y visión iluminada. […] La devoción progresa mediante varias fases de desenmascaramiento hasta que llegamos al punto en que vemos el mundo directa y simplemente, sin imponer nuestras ficciones. […] Puede que tengamos la sensación de estar perdidos o de quedar expuestos, una sensación de vulnerabilidad. Eso es únicamente una señal de que el ego está perdiendo el control de su territorio; no es una amenaza. C HÖGYAM T RUNGPA R INPOCHE


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Todo cambia y acaba

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L PRIMER HECHO DE LA VIDA es que los cambios y los finales son inevitables para cualquier persona, relación, entusiasmo o cosa. Nada es perfecto, permanentemente satisfactorio o permanentemente nada. Todo se deshace con el tiempo. Todo comienzo conduce a un final. Toda experiencia, persona, lugar y cosa llevan incorporada una fecha de caducidad. Nuestras relaciones pasan, por fases, del romance al compromiso pasando por la lucha. Luego terminan con la muerte o la separación. Nuestro interés en aficiones o logros profesionales pasa por una curva campaniforme de interés creciente, cúspide y declive. Nuestro cuerpo envejece. Nuestras posesiones se deterioran. Nuestros recuerdos se desvanecen. El mundo de la naturaleza también cambia. Hay especies de animales que desaparecen. Hay terremotos que realinean las placas continentales. Las estaciones cambian. Incluso la rosa se marchitará tras su sensacional aparición o manifestación. . Sin embargo, cuando confiamos en el proceso de la evolución nos damos cuenta de que la manera que son las cosas debe ser exactamente la que es mejor. Los cambios son alineamientos regulados cuidadosamente que hacen que el universo continúe desplegándose. En último término, esto es un misterio, ya que es difícil saber por qué tiene que ser de esta manera. Lo único que podemos observar es que la vida tiene un compromiso con la variedad y el


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LAS CINCO COSAS QUE NO PODEMOS CAMBIAR

nuevo crecimiento, y eso tiene el precio de los finales. Quizá las cosas terminan para que podamos alcanzar la elevada cima espiritual que llega cuando dejamos de tratar de controlar. Esto también es un misterio, y ante él, el único gesto sensato es cambiar nuestro «¿Por qué?» por un Sí. Podemos dar la bienvenida a los hechos de la vida. El sí incondicional es recibir con hospitalidad a la vida, no importa de qué manera nos visite. En el libro del Génesis, Sara y Abraham recibieron con hospitalidad a tres extraños, sin darse cuenta de que eran ángeles. En la mitología griega, Filemón y Baucis fueron hospitalarios con dos viajeros, Zeus y Hermes disfrazados. Así pues, la hospitalidad puede revelar a lo divino en lo desconocido. Un sí hospitalario nos revela y nos deja conocer el mundo espiritual. Decir sí a la realidad es hospedar a la eternidad. Decir sí a lo finito y limitado es hospedar a lo infinito y lo ilimitado. El hecho de que la realidad sea transitoria no tiene que significar necesariamiente que sea trivial, inútil o superficial. Puede ser una indicación del carácter sagrado de las cosas. La totalidad es sagrada. El sentido de lo sagrado es la consciencia de las posibilidades sagradas de los sucesos finitos. Lo sagrado es la condición total de las cosas, los sucesos y las relaciones humanas: también los comienzos y los finales. ¿La transitoriedad tiene que anular la posibilidad de que seamos felices? El Eclesiastés 1:2 advierte: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad». La palabra hebrea traducida como vanidad significa más literalmente «pelo fino». Sin embargo, en ese mismo libro se nos dice que disfrutemos la vida con nuestra pareja, que comamos y bebamos vino con el corazón alegre, y que hagamos nuestro trabajo diario con exuberancia (Ecl 9:7-10). La respuesta a los rasgos desagradables de la carne es disfrutar las cosas corporales a pesar de todo. Un camino para adentrarse en el misterio del cambio y los finales puede ser el de la paradoja: decir sí con gusto a lo que es insatisfactorio.


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CÓMO REHUIMOS O ACEPTAMOS El maestro Eckhart escribió: «Todo está hecho para que lo soltemos y así el alma pueda estar en la nada sin trabas». Imagina la profundidad de la consciencia espiritual que hay en esa afirmación. Puede ser nuestra tanto como suya. Primero miramos todo lo que hay a nuestro alrededor y decimos: «Todo esto pasará». Luego nos contemplamos a nosotros mismos sin nada a lo que aferrarnos y decimos: «Quiero estar libre de trabas. Quiero ser puramente nada. Quiero estar en la totalidad del sí». En nuestra cultura estamos rehuyendo continuamente mirar la realidad del cambio y la muerte. Actuamos como si fuéramos incapaces de afrontarlos. Sin embargo, estamos equipados con tecnología interna orgánica y fiable para afrontar las pérdidas y los finales: Podemos acongojarnos. A menos que reprimamos o adormezcamos nuestros sentimientos, automáticamente podemos sentirnos tristes, enfadados y asustados cuando tenemos una pérdida. Estos son los sentimientos de dolor que nos ayudan a pasar por los hechos poco atractivos de la muerte y los finales. Esa congoja es el aspecto del sí cuando estamos afrontando con sentimiento las condiciones de la existencia. El hecho de que seamos capaces de acongojarnos nos dice que fuimos creados para afrontar pérdidas y finales y dirimirlos. Nuestra misma naturaleza, como la naturaleza misma, está calibrada para afrontar la muerte en vez de negarla. Ciertamente, la muerte no les resultará extraña a quienes hayan pasado su vida adulta soltando el ego y sus apegos. El dolor, el sí a las lágrimas, hace posible la aceptación de la realidad y sus condiciones, incluido acabar en la muerte. Como todos los hechos de la vida representan una pérdida, el dolor es un medio hábil con el que afrontar todas ellas. Si simplemente aceptamos la negación social de la necesidad del dolor, nos perdemos la oportunidad de fortalecernos con lo que nos trae la vida. Depende de nosotros permitir la congoja que requieren todas las condiciones de la vida. Depende de nosotros confiar en que esa congoja es justamente la


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manera de dirimir nuestras pérdidas y pasar por ellas a lo que viene después, el estilo evolutivo. Pasar por la experiencia de la congoja por haber perdido a nuestra pareja o a un familiar, por ejemplo, nos lleva a dejar de aferrarnos a ellos. El dolor nos prepara para, con el tiempo, dejar de aferrarnos al pasado y poder sentir cercanía con otras nuevas personas que nos ofrecen cosas similares a las que hemos perdido. No recuperamos a nuestra madre, pero podemos sentir momentos maternales con otras personas que nos nutren. De esa manera, ya no nos sentimos solos y aislados, sino reconciliados con la realidad y reconectados con otros seres humanos. De hecho, la reconciliación es la habilidad de aceptar algo similar. Este es el sí al acomodo sano.

ATRAÍDO O REPELIDO Nuestras atracciones o repulsiones a personas, lugares y cosas parecen fluir sobre una curva campaniforme. Notamos tres fases en la curva: crecimiento, cúspide y declive. Oímos una canción y nos encanta (interés creciente). Así que compramos el CD y lo escuchamos continuamente (cúspide del disfrute). Luego lo oímos con menos frecuencia (declive del interés) y, finalmente, la que era la mejor canción que habíamos oído nunca apenas volvemos a escucharla. Su atractivo sobrepasó la cúspide de la curva campaniforme. Esta misma curva campaniforme se da con las repulsiones, como ilustra la historia de La bella y la bestia. Al principio, la Bella sintió repugnancia, pero luego sintió amor. Como es un cuento de hadas, permanece la cúspide positiva: «Fueron felices para siempre». Exigir que la cúspide de cualquier experiencia sea permanente es vivir en un cuento de hadas. Otro ejemplo de la curva en la repulsión lo encontramos en la manera en que reaccionamos ante un monstruo en una película de terror. Al primer vistazo apartamos los ojos por miedo o asco. Pero según el monstruo sigue apareciendo escena tras escena, nos vamos


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acostumbrando a la cara del monstruo y ya no nos asusta. Ciertamente, la curva campaniforme, una figura geométrica interna en todos nosotros, es lo que propicia la intrepidez. Las relaciones íntimas siguen este mismo patrón. «Ya no es como antes», decimos de una relación. Crecen nuestros sentimientos románticos, llegamos a una cúspide de exaltación y luego notamos que la emoción se ha ido. Tenemos dos opciones. Podemos separarnos o labrar un amor nuevo y más maduro que no esté basado en la excitación, sino en comprometernos. El mayor error que cometemos los humanos es apegarnos a que alguien sea de una determinada manera y luego pensar que nunca cambiará. Recordando la historia de Goethe, Fausto hizo un pacto con el diablo. Perdería su alma si alguna vez decía: «Permanece aún un momento; eres tan hermosa…». Perdemos nuestra vida espiritual cuando tratamos de aferrarnos a la perfección o a la inmutabilidad. En el proyecto continuo de negar las condiciones de la existencia, puede que reclutemos a un socio o una socia. Las relaciones íntimas se vuelven más cruciales para la supervivencia en una sociedad en la que se debilita el significado de la religión. Las relaciones se convierten en el nuevo refugio, el nuevo poder superior. Lo colectivo ha cedido ante lo personal. Sin ningún Espíritu en las alturas, nos agarramos más fuerte al cuerpo de aquí abajo. De modo que el fracaso de una relación comporta un dolor doble, incluso el pánico. Cada uno de los cinco hechos principales de la vida se enfrenta con nuestras ilusiones profundas. El hecho de que las cosas cambien se enfrenta con la ilusión de la continuidad. El hecho de que los planes fracasen se enfrenta con nuestra ilusión de control. Nuestra ilusión de que las cosas serán justas o de que el dolor no nos sucederá a nosotros o de que la gente será digna de confianza… es recusada por los hechos que afrontamos a lo largo de nuestra vida. Los hechos dados nos liberan de la ignorancia y la ilusión. En una práctica como la presencia de mente, cultivamos la atención al aquí y ahora, sin editarlo y sin que interfiera nuestra historia.


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Así es como nos liberamos de la ilusión. La presencia de mente nos escolta hasta el camino medio entre la atracción y la repulsión. No nos apegamos a lo que es atrayente ni huimos de lo repulsivo. Simplemente permanece en nuestra realidad presente y notamos nuestros deseos de acercarnos o alejarnos, sin tener que actuar siguiendo esos deseos. En esta posición central está el sí a la realidad total, en vez del no a una u otra de sus dimensiones. Optar por eso es elegir el trabajo psicológico y la práctica espiritual. Psicológicamente, tiene sentido acercarse o alejarse de las cosas. Es una señal de sano discernimiento, criterio y asertividad. La psicología es la ciencia del ego, y al ego le van muy bien las distinciones y las opciones. Sin embargo, «esto… o esto otro» no deja espacio para la dimensión espiritual del discernimiento. Es ignorancia, la insistencia en una opción en vez de abarcar todas las posibilidades que hay en el espectro. La flexibilidad espiritual se desarrolla con la reconciliación de contradicciones aparentes. Es la ciencia de la paradoja, es decir, «esto… y lo otro». Por ejemplo, en la práctica budista los votos del bodhisattva ordenan al practicante que anteponga a los demás. Este mismo compromiso está en «Ama a tu prójimo», un rasgo de todas las tradiciones religiosas. Sin embargo, la asertividad —una habilidad psicológica— tiene que ver con anteponer tu propio interés sin dañar a otros. ¿Cómo reconciliamos estas dos recomendaciones? La respuesta está en distinguir los territorios de cada dimensión de la vida. En el trabajo psicológico, trabajamos con la dualidad, ya que nuestro «yo» está en nuestra unicidad. En la práctica espiritual no encontramos ninguna dualidad en absoluto, ya que no tenemos ningún «yo» en el sentido de «esto… o esto otro», solo una interconexión de «esto… y lo otro». Me cuido, pero no a expensas de los demás; antepongo a los demás, pero no a expensas de mí mismo. En el movimiento de autoayuda, aprendemos a integrar nuestro trabajo psicológico y nuestra práctica espiritual, pero puede que no nos demos cuenta de una importante distinción: No son lo mis-


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mo, ya que uno es dualista y la otra no. La integración es la tarea de la paradoja por la que reconocemos las diferencias y encontramos una manera de vivir entre ellas. En ese camino medio está el equilibrio que pone la palabra incondicional en el sí incondicional, es decir, que ya no está condicionado o determinado por un «o esto… o lo otro». «Esto… y lo otro» refleja las enseñanzas de la tradición budista tántrica, en la que las condiciones de la existencia son aceptadas gustosamente como la útil materia prima de la práctica espiritual. Nuestros problemas personales y nuestros conflictos interpersonales se convierten en el camino a la compasión y la sabiduría. Ni negamos ni evitamos los sentimientos que nos provocan las condiciones de la vida. Los hechos dados y nuestras respuestas son ingredientes esenciales para la iluminación. Esto hace que el mundo mismo sea una epifanía de luz. El tantra hace de nuestra evolución de la consciencia una unidad primordial e indestructible. Ciertamente, la consciencia es la fuerza vital del universo. Seguimos notando en estas páginas cómo cada vehículo del sí —espiritual, místico, psicológico— a los hechos de la vida respalda y aprecia nuestra interconexión. Es una planetización de la consciencia. No es solo nuestra consciencia personal la que se está incrementando, sino también nuestra capacidad colectiva para la consciencia. Nuestra luz personal incrementa la capacidad del mundo para la luz.

ENVEJECER: UNA IMAGEN CAMBIANTE EN EL ESPEJO Nuestra personalidad también pasa por fases a lo largo de nuestra vida. Nuestro ego de la adolescencia, a veces tan arrogante, acrecienta su ambición y su sensación de invencibilidad en la juventud y primera edad adulta. Nos estamos distinguiendo en el mundo y apartándolo todo a empujones para alcanzar la cumbre. Somos capaces de forzar a nuestro cuerpo sin efectos negativos en nuestra


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salud. Al pasar de los cuarenta y cinco años, las cosas cambian. Si decimos sí al cambio, pasamos por ello con gracia y aplomo. Si luchamos con ello o tratamos de expandir el estilo joven, nos encontramos en una crisis de mediana edad o con problemas de salud. El desafío psicológico es aceptar el hecho de que nuestro ego solo llevaba las riendas temporalmente y con el tiempo tenía que reconciliarse con un rango más humilde. Esto no significa que seamos inútiles o que estemos moribundos; solo que ahora estamos en una nueva fase de la vida, una fase que puede tener menos glamour pero más sabiduría. Nuestra vida pasa del surf de Waikiki al Estanque Dorado. Cuando mis ojos comenzaron a enfocar con menos precisión al leer, al principio negué que estaba perdiendo visión. Luego empecé a usar una lupa. Pronto pasé a las gafas que venden en las tiendas, todavía rehuyendo ir al oculista. Cuando comenzaron los dolores de cabeza, finalmente fui al optometrista, que me graduó la vista. Recuerdo que tuvo que asegurarme que me estaba dando las lentes más débiles, en vez de las que necesitaba realmente. Se notaba que ya había lidiado con personas de mi tipo: un hombre que empezaba a envejecer y que trataba de negar que había llegado el momento de ir soltando cosas. Mi cuerpo dijo sí mucho antes de que mi mente pudiera seguir su ejemplo. Nuestro cuerpo nos ayuda a decir sí porque va cambiando de forma, de pericia y de fuerza a lo largo de nuestra vida. Nuestro cuerpo declara con determinación la noble verdad de la transitoriedad. En cierto modo, todos los hechos dados son verdades nobles: Cuentan la historia universal de la duración de una vida humana y nos invitan a seguirla en vez de tratar de revisarla según los deseos de nuestro ego, que está constantemente insatisfecho. Según vamos envejeciendo, podemos acceder con gracia a los cambios del marchitamiento. Semejante sí nos libera de estar excesivamente preocupados por la apariencia. Entonces, la naturaleza puede mover nuestro foco a la sabiduría, algo que el proceso de envejecimiento nos prepara para encontrar y compartir. Cuanto más superficial se


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mantenga nuestro foco, menos probable es que esto suceda. Entonces nos perdemos la oportunidad de realizar el arquetipo de ser una guía sabia para la siguiente generación. ¿Por qué hay personas de todas las edades en el planeta al mismo tiempo? Cada una tiene un papel necesario, que va cambiando a lo largo de la vida. Soy el joven reformista y luego el viejo sabio. Si mi foco está en lo material, soy el viejo avaro y pierdo mi oportunidad de contribuir. Si mi foco está en el físico, soy el viejo narcisista y pierdo mi oportunidad de ser generoso. Esto no significa que esté mal querer tener el mejor aspecto posible. El peligro está en obsesionarse tanto con nuestra apariencia que nuestra vanidad nos ciegue a nuestro destino. Nuestra sociedad está obsesionada con la juventud, y sin una consciencia espiritualmente madura podemos caer en las garras de sus seductoras sugerencias. Sería muy triste llegar al final de nuestra vida sin haber dejado que nuestra inclinación natural hacia la sabiduría se activara todo lo posible. Un sí al hecho de que todo cambia y acaba es un sí a dejar que la naturaleza siga su curso en nosotros. A menudo, esto significa arrugas y sabiduría. De alguna manera, ambas cosas suelen ir juntas, aunque la sabiduría puede llegar como una gracia a cualquier edad, y sí, las arrugas pueden aparecer con poca sabiduría en su estela. No podemos controlar el proceso o tener garantizada la sabiduría, pero un sí incondicional nos sitúa en la mejor posición para que entre la luz.

LO QUE NOS HACE TAN CONTROLADORES Lo opuesto al sí no es el no; es el control. Detrás de ese impulso controlador está el miedo, el miedo a que tendremos que sentir algo doloroso. Cada hecho dado insulta al ego que quiere creer que tiene todo el control. El sí es aceptación; el control es repudio. Podemos aprender a aceptar el hecho de que a veces no podemos evitar un cambio que no deseamos en nuestra vida. Paradójicamente, esa acep-


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tación nos trae serenidad. Tratar de controlar íntegramente lo que nos sucederá nos hace antagonistas a los hechos de la vida y mantiene el estrés. Nuestra vida es un vaivén titubeante entre el terror y el control mientras seguimos reacios a la palabra sí. Dejar el control significará que no podemos protegernos de ninguno de los hechos dados. El control es una de las maneras favoritas de escapar de la vida tal como es. El control es una ilusión tan profundamente arraigada que incluso pensamos que podemos abandonar el control simplemente si lo deseamos. No abandonamos el control; abandonamos la creencia de que podemos controlar. El resto es cuestión de la gracia. Los hechos de la vida son las herramientas que nos provee el universo para esa lección. La preocupación está relacionada directamente con el control. Parece que nos preocupamos por el futuro, las finanzas, las relaciones, el trabajo y todas las demás cosas impredecibles de nuestra vida. En realidad, solo hay una preocupación: la de no poder controlar completamente lo que sucederá. Nos preocupamos porque no confiamos en que podremos afrontar lo que nos suceda. Nos preocupamos porque no confiamos en que la manera en que caigan los dados resultará ser la mejor. Nos preocupamos porque todavía no hemos dicho sí. Noto que ahora que estoy practicando el sí incondicional me preocupo menos. Cuando comenzamos a decir sí a las realidades de nuestra vida, es importante recordar no tratar de imponer nuestro sí particular a otras personas, ya que todos tenemos una realidad diferente que afirmar. Cuando estaba iniciando mi dieta de comida sana, recuerdo haberle dicho a mi hijo Josh, que entonces tenía veinte años, que se mantuviera alejado de la comida basura. Su respuesta no la he olvidado: «Aún tengo mucho tiempo. Puedo comer comida basura sin sufrir efectos negativos. Cuando llegue el momento de pasar a la comida sana, lo sabré, y entonces haré el cambio». No es totalmente verdad, pero tiene su aquel. Yo estaba imponiendo a su cuerpo joven mi nuevo sí, y él no se lo tragó. Ahora tengo más cuidado con Josh y con cualquiera, para no


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convertirme en la CIA: Crítico, Intérprete y Aconsejador. Podemos hacer una práctica espiritual de no criticar la conducta de otras personas, no interpretar lo que hacen según nuestra visión de las cosas y no aconsejar, a menos que se nos invite a hacerlo. Eliminar estos tres comportamientos de nuestro repertorio, especialmente con nuestra pareja y los miembros de nuestra familia, hace que nuestra comunicación sea mucho más amorosa y respetuosa. Las cinco cualidades básicas del amor genuino —atención, aceptación, agradecimiento, afecto y autorización (lo que llamo las cinco aes)— no sobreviven bien con la CIA al acoso. ¿Por qué es el control tan importante para la mayoría de nosotros? Quizá controlando estamos tratando de prevenir pérdidas. No tendremos que acongojarnos si todo sale como queremos. No controlamos porque somos egoístas o exigentes; controlamos porque le tenemos miedo al dolor. No es divertido tener que estar triste. Duele dejarnos saber lo que hemos perdido y cómo. Nuestro ego harapiento se siente insultado e impotente, y eso nos resulta intolerable. Si permanecemos en control, evitaremos estas invitaciones a la humildad. Esta es una manera compasiva de ver por qué somos tan redomadamente controladores. Nuestro trabajo espiritual es vivir más íntegramente el presente. El primer hecho de la vida, el hecho de la transitoriedad, significa que todo seguirá cambiando en nuestra vida. Joseph Campbell dice: «El infierno es estar estancado en el ego», estancado en tratar de controlar las cosas para que permanezcan igual. Con la práctica y la gracia, podemos despertar a una nueva consciencia. La oportunidad de cambiar, siempre presente e inextirpable, es una razón para nunca perder las esperanzas acerca de nosotros mismos o de otras personas. Entonces incluso el infierno es transitorio. Cuando abandonamos lo que en Hamlet se llama «nuestra terca oposición» a los hechos de la vida, ponemos nuestro destino con el del resto de la humanidad. Entonces no estamos solos y nuestras negociaciones con el mundo ya no se desmoronan. Encajan apropiadamente y nosotros también. Mantenemos la cabeza en direc-


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ción al cielo cuando vamos en la misma dirección que la realidad. Esto significa vivir la vida sin adornos, sin fruslerías, sin amortiguadores, sin ningún padrino que nos cubra las espaldas. En vez de eso, nos encanta revelar nuestro corazón desnudo y desechar nuestra coraza de oropel: Ya no me importa tanto controlar cómo soy. Me siento intrigado de cómo seré. Mientras luchemos contra las reglas de la vida, nos asustará el contacto directo con la realidad, que constituye la esencia del verdadero crecimiento. La presencia de mente nos resultará difícil porque hace hincapié en la presencia total en el momento tal como es. Puede que recurramos a muchas cosas externas para protegernos: dinero, sexo, alcohol, café, comida, fumar, drogas y, por supuesto, los movimientos incesantes de nuestra misma mente frenética con todos sus miedos y esperanzas. Cuando analizamos a conciencia nuestros miedos, vemos que, en su base, todo miedo es un miedo a no tener el control. Puede que no advirtamos el tema del control en algunas de las experiencias que nos incomodan diariamente. El control sigue siendo el oponente de un sí sano y robusto a la realidad tal como es. No es que estemos en contra de la realidad; estamos en contra de no poder controlarla. Si miramos con atención, quizá veamos una dimensión de control en contrariedades como estas: • • • • • • • • • •

Queremos ser diferentes de como somos. Queremos que otros sean diferentes. Queremos que alguien nos llame o nos visite. No nos gustan las pruebas o esperar los resultados. La casa no está tan limpia y ordenada como nos gustaría. No podemos librarnos de una vez por todas de las hormigas o las cucarachas. No podemos perder peso o hacer bajar la tensión arterial. Nos obsesionamos con lo que sucedió o lo que podría suceder. Tenemos sentimientos, humores y hábitos que no nos gustan. No dormimos tanto como quisiéramos.


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• Nuestra pareja o nuestros padres, hijos o amigos no actúan como nos gustaría que lo hicieran. • Nos sentimos impelidos a anticipar todas las posibilidades. • No conseguimos caerles bien a ciertas personas, por mucho que lo intentamos. • No tuvimos éxito en un trabajo, en una relación o en planes financieros. • Pensamos qué decir solo después de una discusión. • Nos falta pericia en las matemáticas, el fútbol o la jardinería. Subyacente a cada una de estas cosas está la creencia de que deberíamos controlarlo todo en todo momento. Esa irónica esclavitud lleva a la ansiedad. Es lo opuesto a la serenidad que promete su alternativa, un sí incondicional a lo que es y a nosotros mismos y a otros tal como somos. Necesitar tener el control, ¿cómo nos ayuda o nos entorpece a la hora de afrontar los hechos de la vida, las condiciones de vida aquí en la tierra? En un mundo en el que las cosas cambian y acaban, tiene sentido una actitud de aceptación y confianza. Esto es imposible sin soltar el control. En un mundo en el que el control no es fiable, necesitamos otra cosa: la capacidad de estar satisfechos haciéndolo lo mejor que podemos y dejando que los dados caigan como caigan. Entonces la labor es ocuparse de lo que suceda, no importa lo confuso o indescifrable que pueda ser. Poner el foco en tener el control entorpece nuestras probabilidades de encontrar las nuevas posibilidades que surgen cuando aparecen rumbos sorprendentes en nuestro camino. La impredecibilidad se vuelve menos temible y más atractiva cuando encontramos en ella una nueva frontera. Un ejemplo claro de cómo la vida y el destino suceden de maneras sorprendentes lo encontramos en la vida de la autora Margaret Mitchell. Trabajó como periodista en su Atlanta natal sin ningún interés evidente por escribir ficción. Un día su caballo la derribó y se vio obligada a permanecer en casa durante meses para recuperarse. Para pasar el tiempo, empezó a escribir una novela romántica


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sobre Atlanta en tiempos de la guerra civil americana. Le dedicó diez años de trabajo. Lo que el viento se llevó, publicada en 1936, ganó el Premio Pulitzer y se convirtió en su legado al mundo.

NO HAY NADA SEPARADO Aldous Huxley comentó que la frase «Yo soy» contiene dos errores: Yo da una impresión de separación; soy da una impresión de permanencia. Sin embargo, parece ser un hecho dado de la ecología que no hay ninguna separación, y un hecho dado de la existencia física que todo está cambiando. Estos dos conceptos están conectados, ya que, cuando todo está interrelacionado —no hay ningún yo separado— no estamos en conflicto con el hecho de la transitoriedad. Cuando nos sentimos desesperados por crear algunas amarras seguras, nos estamos evadiendo del hecho de la vida de que todo tiene que cambiar y transformarse, un hecho que incrementa el espíritu. La práctica budista de la presencia de mente reconoce el sufrimiento que caracteriza al cambio y a la transitoriedad, y recomienda no escapar del sufrimiento, sino prestarle atención. Estamos presentes en lo que pasa sin las interferencias del ego: el miedo, el deseo, el control, el juicio, la ilusión, las quejas. Contribuimos a nuestro propio sufrimiento cuando nos involucramos en el miedo y el deseo del ego en vez de simplemente estar aquí ahora como seres que respiran y que están continuamente en medio de los sucesos del momento. Cuando reducimos nuestro aprieto a justamente lo que es, sin comentario editorial, y le decimos sí, dejamos de batallar contra la realidad. Decir sí es ganar acceso a otra voz dentro de nosotros, en vez de la de nuestro quejoso ego ventrílocuo. El sí refleja de nuevo nuestra verdadera naturaleza —nuestra naturaleza búdica—, el testigo alerta y justo que hay en nosotros. La realidad no accede a nuestros deseos o planes, sino que permanece absorta en su camino estrecho. Estar en oposición a la rea-


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lidad es ciertamente una causa de sufrimiento. Por tanto, estar libre de la influencia de un ego entrometido trae consigo estar libre de sufrimiento. Abandonamos la creencia en la permanencia porque el aferramiento que resulta de ella es una causa de sufrimiento. Al ego le encanta agarrarse y aferrarse, pero solo encuentra ansiedad y decepción de esa manera. Dejamos de controlar para poder ser felices. Dejar de controlar no es una pérdida, sino una emancipación. Nos encontramos ante dos ejes en los que vivir. Cada eje se centra en torno a la esperanza: FE

MIEDO

ESPERANZA AVARICIA

AMOR

Podemos vivir con fe, esperanza y amor, el eje de la luz. Podemos vivir con miedo, esperanza y avaricia, el eje de la oscuridad. Además, mirando la columna vertical de la derecha vemos que el amor verdadero cancela el miedo. En el lado izquierdo, la fe hace que sea innecesario aferrarse, es decir, la avaricia, ya que, como los gorriones, podemos confiar en que tendremos lo que necesitemos sin necesidad de un granero rebosante de grano. Horizontalmente, el amor, con su maravillosa capacidad de confiar y soltarse, nos libera de la avaricia. La fe nos libera del miedo, porque también es confianza. La esperanza, que puede ser positiva o negativa, es el centro de todas nuestras inclinaciones. Negativamente, puede mantenernos estancados o apegados. Positivamente, es la confianza en que la oscuridad no es permanente, sino, más bien, un eclipse tras el que volverá la luz. La esperanza es el don incondicional para nosotros, curiosas y anhelantes Pandoras, que vamos de un eje al otro tantas veces a lo largo de nuestra vida.


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UNA PRÁCTICA ESPIRITUAL PARA LAS DOS MANOS Soy consciente de que siempre tendré algún miedo. Pero no tengo que basar en el miedo mi conducta o mis decisiones. Puedo sostener en una mano mi miedo y en la otra mano mi compromiso de no actuar ya basándome en el miedo. De alguna manera, esa combinación parece más factible que no tener ningún miedo en absoluto. Una práctica espiritual útil en cualquier dificultad es tender ambas manos, huecas como una copa, con las palmas hacia abajo, e imaginar que están sosteniendo este tipo de opuestos. Sentimos el mismo peso ligero de ambas, ya que tenemos las manos vacías. Entonces decimos, por ejemplo: «Puedo sostener serenamente mi necesidad de una relación y no tener ninguna en estos momentos». Otro ejemplo: Pierdo el trabajo y me siento deprimido y asustado. Al mismo tiempo, sé que tengo que buscar otro empleo. Puedo sostener en una mano mi situación de desempleado, con aceptación serena de la realidad de mi pérdida. En la otra mano sostengo la búsqueda de empleo. Así es como mi depresión, un hecho dado en cualquier vida de vez en cuando, no baja hasta la desesperación. Sostener mis opuestos me aporta serenidad y valor. Esta práctica combina el estilo de la presencia de mente con el trabajo psicológico de la autoestima. Puedo estar en mi dificultad como un testigo, no como un demandante o un juez: «Aquí estoy en esta situación, y estoy en ella de lleno, respirando en ella. Al mismo tiempo, soy consciente de que puedo afrontarla y pasar por ella sin quedar desolado. Puedo confiar en mi capacidad para no sentirme dramáticamente abrumado ni quedar estoicamente sin afectar. Sentir de esta manera mi capacidad me libera del miedo, ya que el miedo florece con la impotencia. Me imagino sosteniendo en una mano mi dificultad y en la otra mano mi fuerza para afrontarla. Una mano está presente con serenidad; la otra está trabajando valientemente. Cuando sostengo ambas realidades de esta manera, soy condescendiente con


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las cosas tal como son, y también estoy haciendo todo lo que puedo para mejorarlas. Según crece mi valentía para cambiar lo que se puede cambiar y mi serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar, encuentro la sabiduría para saber la diferencia. Por ahora, afirmo que soy capaz de afrontar cualquier cosa que me suceda durante el resto de mi vida. He afrontado tantas cosas hasta ahora que sé que seré capaz de afrontar lo que quede. Y si necesito refuerzos, los encontraré. Nada pondrá mi vida tan patas arriba que me deje derrumbado bajo ello». Nuestros límites en nuestra aceptación de nosotros mismos son iguales a los límites de nuestro poder para autoactivarnos. Cuanto más creemos en nuestra capacidad de reconstituirnos cuando nos sentimos rotos, menos sentimos el miedo que nos mantiene así. Cualquier suceso que sostenemos con ambas manos combina la realidad con la esperanza de la renovación. Eso es lo que afrontar significa a veces.

MUERTE Y RENOVACIÓN La prominencia del sacrificio a lo largo de la historia muestra que el dolor de la pérdida y el cambio pueden ser significativos. Nos espera una oportunidad evolutiva cuando seguimos el modelo de la naturaleza. Todo en la naturaleza pasa por lo que tenemos que pasar nosotros, y nos está mostrando cómo. En el zen japonés, la naturaleza se entiende ciertamente como algo integral con la iluminación. Las cosas naturales no están separadas, sino interconectadas en la visión ecológica de Buda. Hakuin, un maestro zen japonés del siglo XVIII, dice: «Desde el principio, no hay una cosa sola [separada]». La verdad de la transitoriedad es visible en la naturaleza, ya que las cosas no dejan de cambiar. La verdad de la importancia de no tener apegos se hace evidente cuando notamos que las cosas existen solo como son, no necesariamente como queremos que sean. Esta no es solamente la verdad budista.


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Aparece en muchas tradiciones. La mística católica Hildegard de Bingen dice: «Todo lo que está en los cielos, en la tierra y bajo la tierra está permeado de conectividad, permeado de interrelación». A la mayoría de nosotros nos asusta el pensamiento de la muerte, y nos rodeamos de cosas y personas que puedan prolongar la ilusión de permanencia. Nos asusta la pérdida, así que acopiamos y nos aferramos. Afrontar la realidad de los finales, el nuestro y el de otros, es una manera más de fomentar la visión espiritual. Nuestro final es un retorno a la Fuente: la naturaleza humana replegándose en sus orígenes. Lo que imaginamos como meramente mortal resulta tener inherentes «anhelos inmortales», como dice la Cleopatra de Shakespeare. La naturaleza trata con la muerte mediante la renovación en ciclos y la procreación. Nuestra propia consciencia de ser criaturas nos ayuda a participar en ello más gustosamente. Decir sí a la vida y la muerte es trascenderlas. Puede que la inmortalidad sea una manera de describir esta dimensión de nuestro ser que no está delimitada por el tiempo, lo que Jung llamó el Ser. Esto puede suceder cuando efectuamos la transición de vivir egocéntricamente a vivir cosmocéntricamente: nuestra vida más amplia en la bondad. Ciertamente, puede que la inmortalidad sea lo que sucede cuando nos sumamos al proceso de la evolución y dejamos que su objetivo sea el nuestro. Si la evolución biológica tuviera solo que ver con la supervivencia, la naturaleza no habría necesitado ir más allá de las ratas. Estamos aquí porque la evolución tiene que ver con el amor. Los pueblos de la antigüedad, en sus rituales de enterramiento, hicieron gala de una consciencia intuitiva de la renovación y el retorno. Este es el arquetipo colectivo de la inmortalidad que ha fascinado a la humanidad desde el principio. La naturaleza tiene una presencia prominente en los rituales de resurrección. Por ejemplo, en una necrópolis libanesa la persona muerta era enterrada con un ciervo para proveerle de comida en la otra vida. Además, se colocaba un diseño artístico de piedras pintadas alrededor del cadáver. En otras necrópolis antiguas se encontró polen de jacintos entre los hue-


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TODO CAMBIA Y ACABA

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sos, lo que indica que se ponían flores sobre los cuerpos en los ritos prehistóricos de enterramiento. El jacinto, que vuelve cada primavera, es de hecho un símbolo universal de la resurrección. Así pues, las cosas de la naturaleza son acomodos que la naturaleza hace con los humanos para sellar su pasaporte para el mundo arquetípico. La naturaleza siempre ha sido reverenciada como poseedora de poder sacramental. Un sacramento es un ritual que efectúa espiritualmente lo que exhibe materialmente; por ejemplo, el bautismo «limpia» el pecado. Todos los sacramentos usan las cosas de la naturaleza para evocar el poder espiritual. Todas las tradiciones religiosas incluyen rituales y sacramentos que veneran la naturaleza como poseedora de poderes para efectuar transiciones. Esto es un reconocimiento de la dimensión espiritual de la naturaleza. Todo lo que solamente dice sí es sin duda espiritual. Los hechos dados se convierten en sacramentos —fuentes de gracia— cuando también nosotros decimos sí. ¿Es nuestra creencia en una vida venidera o en la reencarnación un dato del mundo arquetípico o un amortiguador contra el golpe del primer hecho dado de la vida, que es que la vida acaba? Puede que la vida eterna no sea lo mismo que una vida venidera después de la muerte. Puede que signifique una vida más larga que lo que el ego puede llegar a comprender. Puede que signifique entrar en la interconectividad y ser liberado por fin de la ilusión de la separación. Puede que signifique continuar regresando mediante renacimientos. Recordamos la afirmación de Einstein de que la energía no se puede crear ni destruir. Quizá no necesitemos evidencia de la vida eterna, ni quiera saber cómo es. Quizá solo necesitamos fe en la fuerza de la rendición a los hechos dados de la existencia humana. La rendición es hacernos parte de algo más grande que nuestro ego, es decir, nuestra interconectividad más allá del ego. La rendición no es desesperarnos con nosotros mismos o volvernos abnegados de forma alguna. En la consciencia espiritual nunca nos desencantamos de nadie, ni siquiera de nosotros mismos.


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Un sí incondicional tiene poder sobre la vida y la muerte. Esa es la fe que, paradójicamente, se hace más fuerte cuando aceptamos la muerte y dejamos lo demás a este inmenso universo del que hemos venido de alguna manera y al que volveremos también de alguna forma. Nuestra reabsorción en la inmensidad del ser puede ser un equivalente de la vida eterna. Entonces, la Vía Láctea se convierte simultáneamente en esposa, niño y madre. No sabemos cómo seguimos viviendo o cómo se puede mantener la promesa de la inmortalidad. Pero quizá si asintiéramos más afectuosamente al hecho inexorable de que moriremos, podríamos encontrar en esa misma rendición un atisbo o vislumbre de otra manera de vivir que se regocija valientemente en un sí a lo que es y a lo que será. Eso puede sentirse como la inmortalidad. Puede que la muerte sea entregar el reino del ego —y el cuerpo, su palacio— a la liga de estrellas y mares. El cuerpo místico del universo reabsorbe nuestra energía y la redistribuye de acuerdo con el nivel de evolución que hayamos alcanzado durante nuestro breve, agitado y extático reino. Solo tenemos que confiar en la paradoja de la naturaleza: soltar cada instante y, no obstante, estar enteramente aquí y ahora. Entonces, como encontramos en el poema «¿Qué son los años?» de Marianne Moore: «Está contento quien accede a la mortalidad…; como el mar…, que en su rendición encuentra su continuidad».

Al decir sí a los hechos de la vida, que pueda dar la bienvenida a las primaveras y los inviernos de mi vida con similar gratitud, y que pueda ser siempre capaz de guiar y calmar a los que se aferran demasiado a la vida o huyen de la muerte demasiado frenéticamente.



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