Page 1


1

Estábamos sentados en la sala privada de una cantina de Ciudad Juárez, teníamos tres copas entre pecho y espalda cuando Bill Wade metió las manos en la bolsa de lona que había ocultado bajo la mesa y posó como si nada la cabeza del general mexicano frente a nosotros. Un tapete navajo cubría el cráneo. Aquí y allá, tiras de carne momificada insistían en permanecer unidas a la masa ósea, al igual que restos del bigote. El cráneo podría pertenecer a cualquier hombre de origen mexicano o indio… hasta que uno reparaba en ese maxilar sobresaliente, difícil de ignorar. En lo que a mí respecta, tan pronto vi la célebre quijada no tuve la menor duda de que se trataba de él. Bebí un trago del pésimo tequila que me habían servido, me enderecé y alcé el tapete que recubría la cabeza a fin de observarla mejor. –¡Santo Dios! –dijo Bud Fiske, el poeta extremadamente joven que enviaron a entrevistarme–. ¿Podrían guardarla de inmediato, por favor? Wade lo miró con el ceño fruncido, como si no comprendiera, después me consultó con la mirada. Yo asentí: –Bud tiene razón. Guarda esa cosa, ¿estás loco? El viejo Wade tomó el cráneo del célebre bandido, lo guardó en la bolsa de lona, bebió otro trago de su whisky y meneó la cabeza.

La cabeza de Pancho Villa.indd 11

2/13/13 4:18 PM


12

–Héctor –suplicó–, tienes que ayudarme. Ofrecen una buena recompensa por ella, tú sabes a qué me refiero. Me dije que si alguien podía entenderme eras tú. Me asaltaron viejos recuerdos, de cuando nuestras carteras estaban repletas: Así que se trata de eso. –Te entiendo. Pero ¿cómo se te ocurre exhibir el maldito cráneo de Villa de este lado de la frontera? No debiste hacerlo, ni siquiera en este privado. Bill Wade era un canalla de primera, temerario e irresponsable, con un tremendo estrabismo. Pancho Villa había muerto décadas atrás. Hacía treinta años que lo asesinaron al salir de una boda. En aquella época uno podría pasearse con su cráneo clavado en una pica en El Paso, o mejor aún, en Columbus, Nuevo México, y recibir una ovación, pero exhibir su cabeza en su propia tierra natal era un acto suicida, por usar un eufemismo: al sur de la frontera podían crucificarte en los postes del telégrafo, rebanarte las plantas de los pies y abandonarte en medio del desierto, clavado en un agave espinoso durante la temporada de lluvias. Las hojas duras y cortantes de esas plantas se encuentran erizadas de espinas que crecen varios centímetros en una sola noche: son capaces de empalarte por completo entre el crepúsculo y el alba. La cabeza por fin desapareció bajo la mesa y reposó junto a nuestros pies: me refiero a Eskin Bud Fiske, poeta, miope, y mi más reciente aspirante a confesor; Bill Wade, especialista en emborracharse, mercenario y ladrón; y yo mismo, Héctor Lassiter, escritor de novelas policiacas y guionista desde hacía algunos años. Bud, un joven flacucho y de orejas muy pronunciadas, debía escribir un extenso artículo sobre mí para la revista Verdad. Hacía cuatro días que me visitó en Nuevo México y desde entonces me seguía a todos lados como un perro fiel: era mi compañero de parranda, a veces mi chofer y mayordomo –mi Boswell personal, digamos, o algo menos digno de ese nombre… Wade huía de la justicia americana desde hacía más de veinte

La cabeza de Pancho Villa.indd 12

2/13/13 4:18 PM


años. En cuanto supo que crucé el puente internacional, y dado que conocía mis hoteles y lupanares preferidos, no le costó trabajo dar con mis huesos. Y proponerme aquello… Yo acepté encontrarme con él porque pensé que la reunión podría interesarle a Bud para su artículo, sin mencionar que daría rienda suelta a mi pasión por la bebida, los pleitos y las prostitutas. Pero ver aparecer la cabeza de Pancho Villa sobre la mesa, eso jamás lo hubiera imaginado. Faleena, la mesera, le trajo a Wade otro whisky con agua –el cabrón se estaba midiendo– y me lanzó una mirada muy dura. Hacía treinta años que nos conocíamos: ¡qué belleza fue en sus tiempos! En su juventud inspiró una buena docena de canciones vernáculas, baladas de vaqueros e incluso corridos. Desde hace quince años, sin embargo, todos los vaqueros y recolectores de frutas a cien kilómetros a la redonda habían pasado por su cama al menos dos veces. Sus cabellos negros se habían vuelto grisáceos y le faltaba un incisivo. Posó bruscamente el vaso de Wade sobre la mesa, se alejó con paso vacilante y cerró la puerta tras ella, interrumpiendo la música que venía del bar. Meneé la cabeza al salir la mesera, y dirigí una mirada asesina a Wade. Si ella hubiera entrado cuando la cabeza cercenada estaba en medio de nuestra mesa… A través de la ventana trasera, escuché lo que podrían ser unos gemidos suaves… los gritos de gatos salvajes cogiendo en la oscuridad… o el grito de una anciana mexicana, asustada por algo. Algo que sonó como una escopeta al cargarse. O tal vez no. De cualquier manera, el sonido venía de fuera. Wade golpeó la mesa con su whisky. Eructó y dijo: –Prescott todavía quiere el cráneo, Héctor. “Prescott” no era otro que Prescott Bush, entonces senador de Estados Unidos y el maldito a quien se achacaba haber urdido el robo de la cabeza de Pancho Villa.

La cabeza de Pancho Villa.indd 13

13

2/13/13 4:18 PM


14

A continuación les presento una cápsula histórica, cortesía de su negro literario: En 1878 Doroteo Arango nace en Durango, México. En 1895 la hermana de Doroteo es violada. Doroteo mata al atacante y se convierte en fugitivo. Cinco o seis años después, Arango se cambia el nombre por el de Pancho Villa y, a los ojos de los mexicanos sumidos en la miseria, llega a ser un héroe similar a Robin Hood. Posteriormente se hace revolucionario. Hasta el día de hoy, Villa sigue siendo mi héroe personal. De hecho, el general Villa fue un favorito de los medios estadunidenses –por un tiempo. En 1913 enviaron a Black Jack Pershing al sur a tomarle la medida a Pancho. Hay una foto famosa de ambos, parados frente a Fort Bliss, sonrientes y felices. Sobre uno de los hombros de Villa alcanzas a distinguir a Rodolfo Fierro –un sociópata de talla mundial y un cabrón de primera categoría. Él precipitó la desgracia de Pancho. Pero me estoy adelantando. La administración Wilson, por razones que solo a ella le resultaron claras, eventualmente decidió acabar con Villa (los desgraciados ya habían ejecutado a Emiliano Zapata, quien opinaba que “es mejor morir de pie que vivir de rodillas”). En 1915, Woodrow Wilson y compañía se metieron a la cama con Venustiano Carranza. Soy escritor de novelas negras, así que créanme cuando les digo que no les conviene involucrarse con alguien que use lentes con cristales entintados en azul y responda al nombre de Venustiano. Villa, como es sabido, tomó muy mal el rechazo norteamericano. Pancho tenía razón al reaccionar así. Pero qué tan mal tomó ese rechazo sigue siendo un misterio. Tal vez –solo tal vez– a Pancho no le importó un comino. Pero los periodistas con su insoportable cháchara pesimista van a intentar convencerte de lo contrario. Van a salir con

La cabeza de Pancho Villa.indd 14

2/13/13 4:18 PM


que Pancho Villa ejecutó el primer y único ataque militar extranjero exitoso contra tierras norteamericanas. Nunca logré convencerme de que Francisco Villa hubiera invadido personalmente Nuevo México en marzo de 1916 para matar a todos esos tipos en Columbus. ¿Pero entonces quién asesinó a todos esos civiles? Bueno, en todo caso esa acción impulsó la “expedición punitiva”, de la cual, para mi vergüenza, formé parte –entonces era un chiquillo inexperto que se aprovechó de haber dado un buen estirón y mintió sobre su edad. Enviaron a Jack Pershing de regreso a México días después del ataque a Columbus, ahora con instrucciones de atrapar a Villa, vivo o muerto. Y así fue que cabalgué detrás de Black Jack Pershing. Es cierto: muy a mi pesar perseguí la sombra de Pancho por el desierto mexicano casi un año antes de que Woodrow Wilson, aquel político prógnata, cancelara el show en febrero de 1917 y nos despachara a Europa como carne de cañón y relleno de trinchera. Y así ocurrió –hasta las cruzadas cambian. En el año de 1923, ya retirado y panzón, Pancho Villa fue abatido por asesinos desconocidos. Su mera existencia, por más que fuera pacífica, debía representar una amenaza para alguien. Muchos afirman que el presidente Warren G. Harding envió a un grupo de pistoleros a México con la misión de asesinar a Villa, por algo relacionado con el petróleo y las propiedades norteamericanas. Suena factible. Parece ser que las últimas palabras registradas de Villa fueron: –No dejen que todo termine así… digan que dije algo. Pero eso fue todo lo que alcanzó a decir. En febrero de 1926 la tumba de Pancho fue saqueada y le retiraron la cabeza. Un tesoro legendario y desaparecido, perteneciente a Villa y su cabeza robada se entrelazaron en el folclor y los mitos texmex. Algunos afirman que había un mapa oculto dentro del cráneo de Pancho. Otros aseguran que el mapa estaba tatuado en su cuero cabelludo, cada día más descompuesto.

La cabeza de Pancho Villa.indd 15

15

2/13/13 4:18 PM


16

En teoría, todas estas versiones podían ser ciertas. Carajo. Pero había otros mitos relacionados con la cabeza de Pancho. Arrestaron a dos hombres, acusados de robar el cráneo nunca recuperado del general: Emil Holmdahl y un tipo llamado Alberto Corral. Holmdahl confesó a los federales que el cráneo ya estaba en camino a Columbus, Nuevo México… tal vez como una especie de morbosa compensación. Yo conocí vagamente a Holmdahl en aquellos tiempos. Se decía de él que era un espía, un mercenario, un capitán prófugo del ejército de Villa. Pero Holmdahl era un maldito renegado que en un abrir y cerrar de ojos cambió de bando para servir como guía de Black Jack y nuestro grupo en la cacería de Villa en 1916. Los hombres no deberían traicionar de esa manera. ¿Cómo puedes luchar junto a un hombre un día, y aceptar un pago por cazarlo al siguiente? La simple idea me hace un nudo en el estómago. Delgado y prematuramente canoso, Emil tenía más que un ligero parecido con ese comunista mandilón, Dash Hammett, mi igualmente traicionero compañero de establo en Black Mask Magazine. Holmdahl habría robado el cráneo por encargo de Prescott Bush, quien supuestamente lo quería para realizar con él oscuros rituales de la Sociedad de Calavera y Huesos de Yale. Se dice que muchos años antes, el mismo Prescott ordenó que robaran el cráneo del indio Jerónimo, a fin de realizar otras prácticas satánicas de la misma sociedad. Según los rumores, el senador Bush le pagó al maldito Emil veinticinco de los grandes por saquear la tumba de Pancho en el Panteón de Dolores. Cierto o falso, eso no cambia el hecho de que la cabeza de Villa permaneció, al menos de manera oficial, desaparecida. –Por como está la inflación en estos tiempos, estoy seguro de que estará dispuesto a pagar ochenta mil por la cabeza –dijo Wade–. Los dividiremos en partes iguales. Todo lo que tienes

La cabeza de Pancho Villa.indd 16

2/13/13 4:18 PM


que hacer es cruzar la frontera y llevártela de regreso. Bush te va a enviar boletos para el tren, en primera clase. Solo lleva el cráneo hasta Connecticut y entrégaselo personalmente al senador Bush. Tú sabes bien que yo no puedo regresar… si esos hijos de perra me atrapan, hasta ahí llegué… Aunque sonaba bastante tentador, podía ser una broma. Si pudiéramos persuadir a Bud Fiske de omitir detalles como el nombre del destinatario real del cráneo –y la verdadera identidad del mismo–, ¡qué crónica tan extraordinaria podría enviar al semanario Verdad! El artículo resultante haría maravillas por mi ya legendaria imagen de escritor rebelde. La verdad es que me hice el tonto… solo para saborear el instante. Era más difícil hacer eso con el paso de los años, a medida que –como lo expuso un hombre muy sabio– “el suelo me jalaba con más fuerza”. Me recargué en la silla y entrelacé los dedos sobre mi pecho. Contemplé la capa de torero y las banderillas de picador entrecruzadas que colgaban de la pared junto a unos sombreros castoreños. –Carajos, no sé qué pensar –a medida que decía esto, eché una mirada al joven Bud. El pequeño poeta estaba ahí sentado, sin aliento –mitad fascinado, mitad asqueado por la posibilidad de involucrarse en ese enredo, ese oscuro trato que amenazaba con envolverlo. –Bud y un servidor aquí presente tenemos que trasladarnos a California, Wade. Tengo una reunión con Orson Welles para negociar la escritura de un guion. Estoy retrasado. Y cruzar la frontera con este cabrón en plena descomposición, no sé, Wade… Solo sé que ir a mitades no me parece justo. No creo que valga la pena el riesgo. Bill Wade se inclinó sobre la mesa, su cara y orejas se habían puesto de un rojo encendido: –Maldito seas, Héctor, ¿por qué no sacas tu famosa Peacemaker y me robas directamente, cabrón hijo de puta? Sonreí y apoyé firmemente la silla en el piso. Palmeé su fornido brazo (que a su edad ya empezaba a ponerse fofo).

La cabeza de Pancho Villa.indd 17

17

2/13/13 4:18 PM


18

–Basta, basta, Wade. La mitad es más que suficiente. Te estaba tomando el pelo. Cuéntame, ¿cómo fue que el pobre de Prescott perdió la cabeza de Pancho? Yo creí que… Me interrumpió un ruido terrible y la puerta se abrió de golpe –o mejor dicho, quedó colgada de la mitad de las bisagras: cuatro federales se amontonaron para entrar. Cada uno de ellos cargaba una escopeta. Nos apuntaron a matar –vaya que lo hicieron. Iban a asesinarnos con sus escopetas. Wade era un veterano –un mercenario curtido que sabía cuidarse solo. Así que me estiré para empujar al joven Fiske al piso. Pero Bud, bendito sea, ya iba a medio camino. Ladeé la mesa, me agaché detrás de ella y saqué mi Colt 73, la Peacemaker. La primera detonación de escopeta vaporizó casi la mitad de la mesa –astillas de madera salieron volando y acribillaron mis piernas y mi brazo izquierdo. A veces, en medio de un ataque, no tienes el lujo de tomar decisiones: te pegan, regresas el golpe –medio ciego y furioso. A veces, llevado por la furia, no aciertas a golpear con inteligencia. Disparé dos veces. La casaca de uno de los federales se tiñó de rojo. El hombre se desplomó, cayendo sobre uno de sus compañeros, y provocó que éste errara el tiro. Dios Santo. Me inventé un nuevo axioma: Cuando asesinas a un federal, sabes que no hay marcha atrás. Wade rompió su silla contra la cara de otro de los federales. La silla había sido tallada en madera de mezquite –un material muy duro y resistente–, más que suficiente para matar al tipo. Luego intentó sacar su pistola cuando uno de los dos federales todavía en pie elevó su escopeta y dejó al pobre Wade tan carente de cabeza como Pancho Villa. Maté al asesino de Wade descerrajándole un tiro entre los ojos. Entonces el último de los federales me apuntó a la cabeza. Todo indicaba que había llegado la hora de apagar la luz para Héctor Mason Lassiter.

La cabeza de Pancho Villa.indd 18

2/13/13 4:18 PM


Pero entonces los brazos del mexicano se echaron hacia atrás con un espasmo violento e incontrolable. La escopeta voló a medida que el federal caía al suelo. Bud Fiske, mi poeta y Boswell personal, había tomado una de las banderillas de picador que colgaban de la pared y metió el maldito pincho en el ojo derecho del oficial mexicano hasta que salió por el otro lado. Revisé lo que quedaba de Wade. Tomé las llaves del auto, la billetera, una pequeña libreta y su calibre 45 cromada. Levanté el saco de lona y dije: –Sígueme, chico. Saltamos contra la ventana trasera, el saco por delante para romper el sucio cristal. Bud me seguía muy de cerca, portando la escopeta del federal ensartado. Pero recordé que olvidaba algo importante y lo mandé de regreso por mi botella de tequila a medio consumir.

La cabeza de Pancho Villa.indd 19

19

2/13/13 4:18 PM


12043c  
Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you