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ÍNDICE

Presentación, por J. Jesús Blancornelas, 11 Introducción, 15 1. Una infancia de claroscuros, 21 Un cuento de hadas, 21 2. Un mundo de miseria, 35 Nezahualcóyotl, los inicios, 35 3. El juego del poder, 45 Nace una estrella, 45 4. El padrino, 53 La herencia, 53 5. La traición, 67 ¿Tú también, Elba?, 67 6. Lección en los sótanos, 77 El asesinato de Misael, 77 7. Los restos del sistema, 107 Escuela de caciques, 107 8. La rebelión de las bases, 115 Democracia sindical, 115 9. La misteriosa riqueza, 125 Las finanzas del SNTE, 125 10. El libelo, 177 El escándalo, 177 11. La doctrina gordillo, 197 ¿El espejo de la madrastra?, 197 12. Entre el glamour y la adulación, 217 La metamorfosis, 217 13. El fin de un ciclo, 235 Aquí yace una guerrera, 235

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1. UNA INFANCIA DE CLAROSCUROS

Un cuento de hadas Mucha gente cree que la historia de Elba Esther Gordillo es sólo una leyenda, alimentada por los periodistas y los enemigos políticos de la Maestra. La realidad es que la vida de esta líder está llena de claroscuros. El mito de su origen y riqueza, lo mismo que su ascenso al poder, fue como una complicada telaraña llena de nudos. Su infancia a contracorriente prefiguró su destino. De origen provinciano, Elba Esther creció en Comitán, en un ambiente machista donde la figura del abuelo materno fue determinante en su vida. Fue un símbolo de poder y de valor. Rubén Morales Trujillo, patriarca de la familia, representaba la rudeza, se distinguía por la fuerza de su carácter, la de un hombre forjado en un ambiente hostil donde el imperio del poder residía en ser cacique, sinónimo de respeto y autoridad. Como Rubén Morales, otros tantos finqueros poseían enormes extensiones de tierras, los que menos tenían contaban entre cien y cuatrocientas hectáreas, los jornaleros agrícolas producían en medio de un sistema de explotación tremendo, pues se utilizaba el enganchamiento y el peonaje endeudados y cuando algún hacendado llegaba a vender alguna propiedad decía que sus ranchos poseían tantas caballerizas, una casa con Cristo, muebles y veinte o treinta docenas de sirvientes. Chiapas, desde siempre, ha sido un estado de contrastes, su inmensa riqueza en recursos naturales está asociada a una lace-

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La maestra rante pobreza. Es la región con mayor discriminación racial, marginación y desigualdad social de todo el país. Según la tipología de la Comisión Económica para América Latina, las comunidades indígenas como la de los tzotziles se encuentran en condiciones de infrasubsistencia alimentaria, pese a que la mayor parte de la tierra ahora es de propiedad social. Justamente esta situación de pobreza y miseria llevó a Chiapas —después de tres siglos de no haber recibido ningún beneficio del reino de Guatemala— a pronunciar su separación de la dominación española el 28 de agosto de 1821, casi un mes antes de que se consumara la Independencia de México, el 27 de septiembre de ese mismo año. En la ciudad de Comitán, el párroco de la localidad, fray Matías de Córdoba, quien al mismo tiempo ejercía el cargo de síndico del ayuntamiento fue el precursor de las fuerzas separatistas que en la Casa Consistorial de la Iglesia de San Sebastián firmaron la primera acta de independencia. El 16 de enero de 1822, suscribieron los primeros protocolos para adherirse a México, condición que se formalizó tras un plebiscito donde 57 de los comitecos votaron a favor, 35 por mantenerse unidos a Guatemala y 8 por la autonomía. Así, el 14 de enero de 1824, después de la caída de Agustín de Iturbide, quien se había proclamado emperador con el título de Agustín I, pero que fue obligado a abdicar por una revuelta popular encabezada por Antonio López de Santa Anna, los chiapanecos pasaron a formar parte de un régimen federal. *** Cuna de la independencia de Chiapas y de Centroamérica, Comitán, llamada también “Tierra de la Libertad de Expresión”, fue la patria chica del insigne político Belisario Domínguez, asesinado por sicarios bajo las órdenes del usurpador Victoriano Huerta, en 1913, entre los que se encontraba el doctor Aureliano Urrutia, quien le cortó la lengua y se la envió al dictador como trofeo. Domínguez había escrito un discurso que no pudo leer ante el senado de la república, pero lo distribuyó ampliamente en los

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Una infancia de claroscuros círculos políticos y en el que calificaba a Huerta de sanguinario asesino y traidor a la patria, acusaciones que nadie se había atrevido a hacer por temor a la represión o la muerte. Por esos años, como cientos de jóvenes, Rubén Morales Trujillo, abuelo de la Maestra, anduvo metido en “la bola” bajo el mando del general Jesús Agustín Castro, quien capitaneaba la División 21 de las fuerzas carrancistas que llegaron a Chiapas a hacer la Revolución. Los chiapanecos siempre han sido hombres de arrojo y valor. Varios historiadores narran algunas epopeyas portentosas de estos descendientes de una raza guerrera. Cuentan que durante la Conquista, acosados por un batallón de españoles y guerreros mexicas y tlaxcaltecas, los chiapanecos decidieron perder la vida antes que la libertad arrojándose al Cañón del Sumidero, con sus familias y sus pertenencias, en un alarde de rechazo a la esclavitud y la sumisión. Esa sangre indomable fue heredada por Elba Esther Gordillo; lo delata su carácter rebelde e irascible, lo mismo que sus rasgos faciales maya-lacandones. Nacida e1 6 de febrero de 1945, la Maestra ha estado marcada por fuertes experiencias y algunos hechos violentos desde su infancia. No fue una niña de juguetes, tenía, en cambio, un escenario conformado por la naturaleza, donde se podía contemplar numerosas especies de pájaros de la selva; aves procedentes de los bosques de liquidámbar y las mariposas multicolores, confundidas en las flores como la orquídea flor de Candelaria, niños que jugaban a platicar con los perros e imaginar figuras en las nubes que se perdían en lo alto de la montaña. Desde entonces, ella llevaba el coraje de la vida en la sangre. La dureza en el trato por parte del abuelo la marcó para siempre. Tuvo una infancia traumática. El patriarca de la familia, Rubén Morales Trujillo, vivió con Elvira Ochoa, con quien procreó a Estela y a Enriqueta Morales Ochoa. Después de truncar su relación con doña Elvira, el abuelo de la Maestra contrajo nupcias con Lucila Elvira Aguilar Gordillo, quien desempeñó un papel importante en la infancia de la Maestra. Estela Morales Ochoa se casó con Daniel Gordillo Pinto y procrearon a Elba Esther y a su hermana Martha Leticia.

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La maestra Reacia a hablar de su pasado, cuando la Maestra ha sido cuestionada por los periodistas sobre sus orígenes les ha confiado que su abuelo fue para ella más que un padre, aunque siempre lo ha descrito como un “cacique”, como un hombre rudo que, a base de mucho esfuerzo, logró acumular un importante capital como finquero y fabricante de alcohol. Un hombre muy mujeriego para quien las mujeres no éramos seres humanos sino casi objetos. Muy mujeriego, casi todas las mujeres del pueblo tenían hijos de él; sin embargo, en la casa exigía normas y reglas estrictas. Estela Morales —madre de la Maestra— fue la hija mayor y era la consentida de don Rubén, quien infructuosamente siempre buscó sobreprotegerla. Un día mi madre por razones de salud viajó de Comitán a la capital del país, hizo el largo viaje para atenderse con un especialista de un problema maxilar. Durante su estancia en la ciudad de México se enamoró de un joven muy bello y humano, un romántico que supo seducir a una provinciana. De regreso al pueblo, un día el enamorado buscó a la novia y la convenció de casarse. Ella saltó la reja de la casa y contentos y enamorados iniciaron su vida en el Distrito Federal. Mi padre-abuelo jamás volvió hablarle a su hija. Sin embargo, don Rubén jamás dejó de amar a su hija Estela, quien, a principios de la década de los cuarenta, comenzó una nueva vida en compañía de Daniel Gordillo Pinto, pero cuya felicidad se trastocó en poco tiempo luego de procrear a las entonces pequeñas Elba Esther y Martha Leticia Gordillo Morales. Cuando la Maestra iba a cumplir tres años de edad, en 1948, su padre jugaba con ella en brazos y en un instante a él le estalló la vena aorta y murió desangrado, bañando el cuerpo de su pequeña, en un hecho que la dejó impresionada para siempre.

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Una infancia de claroscuros Tras la muerte de Daniel Gordillo, un modesto agente de tránsito, Estela y sus pequeñas hijas Elba Esther y Martha emprendieron el regreso a Comitán, sin contar durante un buen tiempo con el apoyo del abuelo, don Rubén Morales, por lo que, aun supuestamente siendo ricas, se vieron en la necesidad de vivir en un pequeño cuarto en uno de los barrios más pobres del pueblo; aunque después se contentó con ellas, según ha contado la Maestra a los periodistas que la han cuestionado sobre su historia familiar. Me dolía mucho ver a mi madre marcando ganado, trabajando muy fuerte, siempre buscando agradarle a su padre y a todos pero siempre en la marginalidad, fue doloroso [...] lo que había pasado era una afrenta para mi padre-abuelo. Era un hombre que solía pensar que la gente sólo podría acatar o comprender las cosas a fuerza de golpe, de pegar, le gustaba, era castigador. Don Rubén Morales, ese hombre rudo que se ganaba la vida con la explotación de sus fincas y amasaba fortuna con la producción de aguardiente, trabajaba incesante en faenas desde que salían los primeros rayos del sol hasta el anochecer. Comitán se había ganado cierta fama por el aguardiente que se obtenía de la destilación del pulque. Los pequeños y grandes productores elaboraban esa bebida alcohólica poniendo a fermentar en tinas de madera el aguamiel diluido con agua y endulzado con piloncillo, agregándole una corteza llamada “timbre”. Cuando la “postura”, que así se le llamaba a esa preparación, dejaba de formar burbujas, se decía que estaba dormida y lista para destilar. El alambique, de cobre, consistía en una especie de olla sentada en un horno hecho de ladrillos y barro; en éste se ponían los leños encendidos para que la vasija hirviera. Por un cilindro, el llamado “pasacañón”, pasaba el vapor de la “postura” a una serpentina metida en una gran tina de agua, que así la condensaba. El primer aguardiente que salía, de unos 30° de concentración, se usaba como alcohol. Después salía el aguardiente “cor-

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La maestra dón cerrado”, que así se llamaba porque al ponerlo en huacales (jícaras) formaba una hilera de burbujas en las paredes del recipiente; luego salía el “medio cordón”; y, por último, la “resaca” o “apurado”. Este aguardiente se añejaba en pipas de madera y de allí salía el famoso comiteco. Don Rubén Morales, como otros de los productores, a veces le ponía a las “posturas” una fruta o ingrediente con sabor —jobo, arrayán o anís y hojas de limón, lo cual daba resaca de sabores. Desde Comitán el licor se transportaba a casi todo el estado de Chiapas, en barriles de madera cargados por mulas (llevaban dos barriles cada una), a los que se llamaba “mancornados” y tenían una capacidad de 30 litros. En el gobierno del presidente Luis Echeverría se prohibió la elaboración de aguardiente, haciendo que esta industria fuera desapareciendo gradualmente. Este negocio permitió al patriarca de la familia acumular un patrimonio al cabo de varias décadas. Si bien don Rubén no provenía de las familias acomodadas de la región, con el paso de los años sus descendientes comenzaron a escalar socialmente; muchos de ellos ahora son dueños de hoteles y gasolineras. En Comitán, como en casi todo Chiapas, ha sido ancestral la explotación de los indígenas. En ese medio creció Elba Esther Gordillo. Muchos finqueros amasaron dinero con las tiendas de raya. Los patrones vendían a sus propios jornaleros maíz, azúcar, frijol, cerveza y aguardiente. La gran mayoría de estos indígenas, con salarios de hambre, vivían en las mismas propiedades de los finqueros, en casuchas de cartón, dormían en petates sobre piso de tierra suelta. A pesar de la buena estrella de su abuelo-padre la infancia de Elba Esther Gordillo estuvo marcada por las carencias. Algunos comitecos la recuerdan como una niña pleitista que no se arredraba a la hora de tirar golpes entre sus compañeros de la escuela, en sus años mozos. Su profesora de sexto año de primaria, Esperanza Baiza, quien fuera compañera de aula en la primaria de doña Estela Morales —madre de la Maestra—, recuerda que su alumna ocupaba las primeras filas y se mostraba muy participativa

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Una infancia de claroscuros en clase. Buscaba, a toda costa, destacar y tenía facilidad para memorizar episodios de la historia y largos poemas. En esos años le gustaba declamar con vehemencia el poema “La Chacha Micaila” que hizo célebre al zacatecano Antonio Guzmán Aguilera, quien desde los cinco años había aprendido a leer y escribir y ya en el cuarto año de primaria había escrito su primer cuento, hasta llegar a ser un destacado hombre de letras y poeta. Guzmán fue uno de los guionistas de la época de oro del cine mexicano, pues escribió, junto con su hermana Luz, el guión de la película Allá en el Rancho Grande, que en 1936 dirigió Fernando de Fuentes. “La Chacha Micaila” exigía de la pequeña Elba una gran capacidad histriónica por sus pasajes intensamente emotivos, además de ser un poema extenso. En los festivales de la escuela para niñas “Belisario Domínguez” de Comitán, la pequeña rebelde se convertía en el centro de atracción cuando declamaba. De aquellos tiempos, en la década de los cincuenta, Elba Esther recuerda que su madre, también de profesión maestra rural, influyó mucho en su formación. Ella me enseñó que no basta con los libros, sino que hay que predicar con el ejemplo, era una mujer amorosa y después unos maestros influyeron en mi vida. No fui una niña de 10, más bien estaba llena de interrogantes. Era una alumna término medio y me gustaba más la clase de historia, especialmente recuerdo el libro que hablaba de Chiapas. Se llamaba Cuentos del abuelo, una maravilla de libro que hasta ahora estoy tratando de rescatar. Lo que no me gustaba era dibujar y en la secundaria andaba buscando quién me hiciera los dibujos a cambio de que yo les hiciera otras tareas. Sobre los recuerdos de su infancia, la Maestra retiene en su memoria algunos pasajes que marcaron su personalidad. Recuerda a su nana Esther, que la cuidaba junto con su hermana Martha Estela. Las obligaba a rezar el rosario todas las tardes, “era una casa con albercas y un montón de primos capitalinos que lle-

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La maestra gaban a la finca cuando había vacaciones y con los que entablaba grandes pláticas”. Entre esos recuerdos destaca el siguiente: Estaba muy chiquita, todavía no iba a la primaria, quizá estaría por entrar al kínder. Entonces llega a Comitán una mujer bellísima con una cajita; esas que llaman neceser. Llegaba con la cajita y se empezaba a enchinar las pestañas y a maquillar. Yo tomaba mi sillita de mimbre y la ponía enfrente y la observaba y pensaba que cuando fuera grande querría ser tan bonita como ella y descubrí que para serlo debía enchinarme así la pestaña y maquillarme igual. Esa mujer era Irma Serrano, cuñada de uno de los hermanos de mi madre. Ella no lo sabe y yo no la frecuento no por alguna situación, sino que por azares de la vida no nos hemos podido ligar en nuestras actividades. Pero yo no sé si ella tenga registrado esto en su vida, pero a mí me marcó. ¿En qué? En que yo pensé que yo debía ser arreglada, femenina y porque creo que tengo un deber público donde no basta ser algo, sino también parecerlo, y donde tampoco es ético parecer lo que no se es. *** El cronista de Comitán, Óscar Bonifaz, y las compañeras de infancia de Elba Esther dicen que la Maestra ha inventado sobre su origen una historia llena de contradicciones. Las maestras rurales jubiladas Dolores Ayala, Esperanza Gamboa y Esperanza Cancino, quienes estudiaron en la escuela primaria “Fray Matías de Córdoba”, recuerdan que junto con Elba Esther pasaron muchas penas porque eran muy pobres. Para ellas la dorada infancia y la juventud idílica de la Maestra es una falsedad. Dolores Ayala dice: “Yo viví en el Barrio de Guadalupe y ella en el de San José. Éramos muy humildes y jugábamos descalzas en el lodo”. Esperanza Gamboa habla con coraje cuando recuerda que “con ella jugábamos a la cuerda y si su madre hubiera sido la hija consentida de don Rubén Morales, la situación de Elba hubiera sido distinta,

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Una infancia de claroscuros ¿por qué esperar a que muriera el abuelo para disfrutar de su fortuna? Dicen —prosigue— que el que nada debe nada teme; entonces ¿por qué ahora que es rica y poderosa vive rodeada de mucha gente que la cuida? Ella siempre fue muy viva, pero con todo y su historia resulta dudoso que haya llegado a la cumbre de manera honesta”. Elba Esther se ha encargado de repetir ante los diversos periodistas que la cuestionan sobre su pasado que ella se inició como “alfabetizante” a la edad de doce años. Sobre ese punto recuerda en una entrevista con la revista Líderes: No era mi idea ser maestra, ya que solía relacionar la actividad del maestro con el griterío de los niños y que mi mamá a veces llegaba muy cansada y yo quería jugar y a lo mejor no me atendía todo lo que yo quería. Había ocasiones en que tenía que ir al salón con ella y entonces se ponía a atender a otros niños y a mí me decía que me estuviera quieta, ésa también es la realidad que se ve muy poco en la vida de un maestro y de los hijos de un maestro. Me hice maestra porque llegó un momento en que tenía que ayudar a mi madre, porque la situación económica así lo exigía. Empecé a ser maestra cuando estudiaba el primer año de secundaria. Inicié siendo alfabetizante y aprendí a amar la vocación a fuerza de serlo y porque me daba para vivir. Así que entendí el problema de los maestros desde chiquita: de mi madre y de mis maestros. Y prosigue la Maestra sobre su adolescencia precoz: Mi experiencia la adquirí en San Cristóbal de las Casas y en Larráinzar. Para llegar a esos lugares había que caminar kilómetros y kilómetros, ahí fue donde empecé a entender la enorme responsabilidad de ser maestro; llegué sin saber tzotzil y sin saber incluso muy bien el español. No había terminado todavía mi carrera de maestra, pero ahí estaba plantada. Había tardes en que me sentía muy sola, algunas

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La maestra horas las pasaba aprendiendo el idioma para poder enseñarles a los niños pero después el tiempo se hacía interminable, así que me dispuse a ocuparlo en algo que, según yo, era productivo para mis alumnos: los juntaba todas las tardes y les enseñaba a rezar y un día nos descubrió el director, se puso furioso y me gritó que si no sabía lo que decía el artículo tercero constitucional. Me pegó una regañada que salí huyendo de la escuela. Sin embargo, las maestras rurales que impugnan la historia que sobre su origen ha contado su excompañera Elba Esther Gordillo a los periodistas, aceptan que, en efecto, ésta trabajó desde sus inicios impartiendo clases en lugares apartados de las zonas de Las Margaritas y La Mesilla, cerca de Guatemala. En ese entonces, rememoran, por esos rumbos en lugar de caminos había brechas, donde nada más pasaban los caballos. Óscar Bonifaz, el cronista de Comitán —reconocido como biógrafo oficial de la escritora Rosario Castellanos— acepta haber sido profesor de Martha Estela Morales Gordillo, hermana de la Maestra; “lo único que recuerdo de Elba —dice— es que era una extraordinaria declamadora y que eran muy humildes. Si en este momento la tuviera enfrente no la reconocería, para nosotros es ajena, ella misma lo ha reconocido, pues públicamente ha dicho que ‘cuando voy a Comitán me siento una persona extraña’ ”. No obstante, el cronista comiteco admite que “mi opinión sobre ella es positiva, pues aunque no es una persona ilustrada, sí es una mujer que ha destacado”. *** En pocas ocasiones la Maestra ha descorrido el telón sobre sus orígenes. Ha sabido aprovechar los medios de información para proyectar una imagen mediática sobre su fuerte personalidad y su férreo liderazgo. A la periodista Denise Maerker le contó parte de su historia en la serie de Mujeres y poder que transmitió el canal 11; lo mismo que a Ofelia Aguirre de canal 22 para el programa

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Una infancia de claroscuros En cualquier lugar. Al reportero de Televisión Azteca, Vicente Gálvez, le abrió las puertas de su casa y oficina para la filmación de un programa especial sobre cómo es un día en su vida. A la revista Líderes le concedió una entrevista en la que se abordan datos sobre su semblanza. Sin embargo, cuando la mayoría de los periodistas cuestionan a la Maestra sobre su origen, generalmente se irrita. No le gusta hablar de fechas ni precisar datos, para ella hechos como el lugar donde vivió o las escuelas donde estudió hasta graduarse le parecen “irrelevantes”; algunas partes de su historia se pierden en la sombra de su pasado. “Para mí lo importante no son las fechas, sino las vivencias”, aduce cuando se siente acosada por los reporteros. ¿Qué puedo decir de mi infancia? Primero me acuerdo de hermosos paisajes, ríos preciosos, bosques, montañas, fincas, ganado, frutas. Pero también de una realidad que hoy me hace reflexionar: la pobreza y la explotación. Entre los pasajes traumáticos de la historia de la Maestra sobresale el que le contó a Denise Maerker sobre los privilegios y el distanciamiento con su padre-abuelo cuando apenas contaba con once años. Yo tenía mi nana que se llamaba Esther. Mi nana tenía un novio y venía el cumpleaños del novio de mi nana y mi nana no tenía para darle un regalo. A mí se me hizo muy fácil ayudar a la mujer que me amaba, que me quería, que me cuidaba —la nana es muy importante para uno. Se me hizo fácil ir a abrir el cajón y sacar unos billetes. Cerca había un orfebre que hacía trabajos de plata. Le mandé hacer un burrito de plata y se lo di a mi nana. Nunca imaginé que este orfebre le contaría a mi abuelo que yo había comprado ese burro. ¡Y en la casa de los Morales no podía haber rateros, menos rateras! Había que quemarme las manos, había que dar un castigo ejemplar. Todo el servicio, los peones, todos se reunieron en el patio de la casa y mi padre-abuelo me

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La maestra pegó fuerte. Los primeros golpes lo entendí, pero cuando vi a mi madre y a mi hermanita paradas le agarré el fuete y le dije: “Jamás me volverá a pegar, papá, jamás me va usted a volver a tocar”. Y agarrada del fuete, yo no sé con qué fuerza, el cuerpo, las piernitas volaban con todo y fuete pero ya no me podía pegar. Había tomado mi decisión. Me había rebelado una vez más. Me acerqué a mi madre que estaba llorando, y le dije: “Madre, o esto o nos vamos”. Y nos fuimos. Allí empezó la rebeldía de la Maestra, que junto con su madre y su hermana se fueron a vivir al barrio de Las Siete Esquinas —uno de los más pobres de Comitán—, que estaba a unas cuantas calles de la zona roja, donde en la contemplación de la noche se escuchaban los acordes de “Aventurera”, del músicopoeta Agustín Lara. A partir de esa amarga experiencia cuenta que desde los doce años apoyó el gasto de la casa con lo que ganaba como alfabetizante, estimulada por su madre, que se desempeñaba como maestra. Así salieron de Comitán y trabajaron en distintas partes de Chiapas. Mientras estudiaba el primer año de secundaria se inició como alfabetizante, percibiendo un modesto ingreso que le pagaba la comunidad. Después comenzó a cubrir interinatos cuando algunos maestros se incapacitaban, al tiempo que se fue formando como maestra en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio. A los quince años —según su currículo oficial— empezó a trabajar, formalmente, como maestra ya reconocida por la Secretaría de Educación Pública y, a los 18, obtuvo una plaza como profesora rural de primaria, y fue cuando conoció al profesor Arturo Montelongo, once años mayor que ella, con quien contrajo nupcias. Enamorada de su esposo, a quien dice admiraba y respetaba profundamente, la Maestra tuvo una felicidad muy corta. Al primer año de su matrimonio se embarazó. Cuando su pequeña hija Maricruz Montelongo Gordillo tenía apenas unos meses de edad, un 15 de mayo (día del maestro), Montelongo falleció a

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Una infancia de claroscuros los veintisiete años de edad, a consecuencia de un mal renal. Por amor, Elba Esther le había donado un riñón, pero el esfuerzo resultó inútil, no eran compatibles. Su madre, doña Estela Morales, le hizo compañía mientras la Maestra rehacía su vida ya sola y con su pequeña hija. Su viudez la hizo madurar como persona y como docente. Sobre esa circunstancia cuenta la Maestra: “A pesar de todo, cuando me preguntan qué siento de eso, la respuesta es sencilla, pues no me quedó ningún sabor amargo, ya que mi esposo fue un gran hombre, al cual admiré mucho, por eso soy de la idea de que el amor tiene que ver con la admiración y el respeto”. Como parte de esa experiencia, Elba Esther comenzó a vivir otra realidad: la carencia de recursos económicos y la necesidad de trabajar junto con su madre, quien la apoyó incondicionalmente. Incluso doña Estela Morales —que había sido una de las niñas ricas de su pueblo— se vio obligada a trabajar como afanadora del Hospital Juárez para apoyar a la Maestra. Una hija y una madre a quienes había que mantener provocaron que la Maestra dividiera su día en tres trabajos. Por las mañanas ocupaba su tiempo impartiendo clases de historia en una escuela primaria, después se ocupaba como recepcionista contestando un conmutador y por las noches trabajaba de mesera y guardarropa en el club nocturno del hotel Plaza, en el Paseo de la Reforma. Cuando la gente escucha el nombre del club se escandaliza, pero era en ese trabajo donde ganaba más dinero, incluso que de maestra. A pesar de eso no dejaba mi profesión porque le tenía mucho amor. Así debía de trabajar para darle a mi hija un estatus y para que tuviéramos una casa donde pudiéramos estar bien. En ese sitio ganaba entre propinas y todo, de 300 a 500 pesos al día. A partir de entonces comenzó el mito de la Maestra. La niña rebelde que buscaba triunfar en la vida y que ha hecho una leyenda de su biografía. Cuando le preguntan dónde quedó su pasado, la Maestra responde:

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La maestra Me estoy construyendo una opción muy personal. Me gusta escribir, quiero escribir, creo que para todo hay tiempo y es ahora cuando me gustaría hablar de mis sueños, dejarlos ir; hacer una novela de mi vida, creo que es algo que me tiene muy motivada y por otra parte me gustaría hacer algunos ensayos y estudiar filosofía. El día que escriba mi libro —le dijo a la periodista Ofelia Aguirre— voy a empezar con mi primer recuerdo cuando tenía cinco años. Comenzaría o terminaría cuando camino por las calles de Comitán, con sus subidas y sus bajadas, queriendo encontrar a mi abuelo y llegar a una casa por ahí y veo a una anciana en el sillón. Eso sería todo, porque tuve una infancia en búsqueda de mi identidad y sobre todo de una ausencia de mi madre: no llegaba a esa casa porque estaba castigada, pero me enseñó qué es la vida, se daba tiempo para estudiar, cuidarnos, enseñarnos poesía. Fue la primera que me enseñó a declamar “Margarita está linda la mar”, que el poeta nicaragüense Rubén Darío le dedicó a Margarita Debayle: Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar: tu acento. Margarita: te voy a contar un cuento. —Creo —dice la Maestra— que entonces empecé a aprender que se podía ir tras una estrella o soñar con tenerla.

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