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1 Un enorme juguete lleno de artificios A los parisienses que se congregaron en pequeños grupos a lo largo de los Campos Elíseos para ver cómo los soldados alemanes tomaban su ciudad en las primeras horas de la mañana del 14 de junio de 1940, les sorprendió lo jóvenes y sanos que parecían todos.1 Altos, rubios y bien afeitados, los hombres que marchaban al son de una banda militar en dirección al Arco de Triunfo llamaban la atención por sus uniformes de buena tela y sus relucientes botas de cuero auténtico. El pelaje de los caballos que tiraban de los cañones resplandecía. Más que una invasión parecía un espectáculo. La ciudad en sí estaba tranquila y casi silenciosa. Aparte de las continuas oleadas de tanques, tropas de infantería motorizada y soldados de a pie, no se movía nada. Aunque había llovido mucho la noche anterior, hacía un calor inusual para comienzos de junio. Cuando los parisienses se cansaron de mirar, volvieron a sus casas y aguardaron acontecimientos. Por toda la ciudad se extendió un espíritu de attentisme, de espera, de observar con los brazos cruzados. La velocidad de la victoria alemana había sido sorprendente: la entrada de las divisiones blindadas en Luxemburgo el 10 de mayo, la aniquilación de las fuerzas holandesas, el cruce del río Mosa el 13 de mayo, el Ejército y las fuerzas aéreas franceses que resultaron estar anticuados, mal equipados, mal dirigidos y fosilizados por 19

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la tradición, la Fuerza Expedicionaria Británica que se vio obligada a retroceder en Dunkerque, el bombardeo de París el 3 de junio. Pocos lograron asimilar que un país cuyo valor militar se había puesto de manifiesto en la batalla de Verdún de la Primera Guerra Mundial y cuyas defensas habían sido garantizadas por la Línea Maginot supuestamente impenetrable, se hubiera visto reducido, en apenas seis semanas, a un estado de vasallaje. Era imposible determinar cuáles serían las consecuencias, pero no tardarían en llegar. Hacia el mediodía del 14 de junio, el general Sturnitz, comandante militar de París, había establecido su cuartel general en el Hotel Crillon. Como París se había declarado ciudad abierta, no sufrió daños. Se izó una bandera alemana en el Arco de Triunfo y se colocaron esvásticas sobre el Ayuntamiento, el Congreso de los Diputados, el Senado y los distintos ministerios. Edith Thomas, una joven historiadora y novelista marxista, comentó que le hicieron pensar en «grandes arañas, saciadas de sangre». El Grand Palais fue convertido en un depósito para los camiones alemanes y la Escuela Politécnica en un cuartel. La Luftwaffe ocupó el Grand Hotel en la plaza de l’Opéra. Se derribaron los postes de señales franceses y se sustituyeron por otros alemanes. Se adelantaron los relojes una hora para ajustarlos a los de Berlín. Se fijó el valor del marco alemán en casi el doble al del anterior a la guerra. En las horas que siguieron a la llegada de los ocupantes, dieciséis personas se suicidaron, entre ellas Thierry de Martel, precursor de la neurocirugía en Francia, que había combatido en Galípoli. Sin embargo, las primeras muestras del comportamiento alemán fueron tranquilizadoras. Todas las propiedades serían respetadas, siempre y cuando la población acatara los requisitos de ley y orden impuestos por los alemanes. Éstos se harían con el control de la central telefónica y, a su debido tiempo, de la red ferroviaria, pero los servicios públicos seguirían estando en manos de los franceses. La quema de sacos llenos de archivos estatales y documentación del Ministerio de Asuntos 20

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Exteriores que se había llevado a cabo al llegar los alemanes fue inoportuna, pero dentro de unos límites, ya que se logró rescatar la mayor parte. El general Von Brauchtisch, comandante en jefe de las tropas alemanas, ordenó a sus hombres que se comportaran con «perfecta corrección». Cuando se hizo evidente que los parisienses no pensaban rebelarse, se levantó el toque de queda de cuarenta y ocho horas impuesto en un principio. Los franceses, que habían temido los actos vandálicos que siguieron a la invasión de Polonia, se sintieron aliviados. Entregaron las armas, tal como les ordenaron, aceptaron que en adelante sólo podrían cazar conejos con terriers o armiños, y registraron sus amadas palomas mensajeras. Los alemanes, por su parte, se quedaron atónitos ante la pasividad de los franceses. Cuando en el transcurso de los siguientes días y semanas regresaron los que habían huido al Sur en una riada de coches, bicicletas, carretas y camiones de la mudanza, carros de helados, coches fúnebres y carros tirados por caballos, llevando a rastras cochecitos, carretillas y rebaños de animales, se quedaron asombrados de lo civilizados que parecían ser los conquistadores. Había algo vergonzoso en esa reacción en cadena ante el terror que tanto recordaba a la Grand Peur que había expulsado a los franceses de sus hogares en los primeros tiempos de la revolución de 1797. Bien mirado, la situación en 1940 no era tan terrible. Los franceses se acostumbraron a la Ocupación; al fin y al cabo, la habían soportado en 1814, 1870 y 1914, y entonces había habido caos y saqueos. Esta vez se encontraban a los soldados alemanes en las reabiertas Galerías Lafayette, comprando medias, zapatos y perfumes que pagaban religiosamente, visitando Notre Dame, dando chocolatinas a los niños y cediendo su asiento a las ancianas en el metro. Los alemanes habían abierto comedores benéficos en varios puntos de París, y bajo los castaños en flor del Jardín de las Tullerías bandas militares interpretaban a Beethoven. París guardó un inquietante silencio, y entre 21

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las razones, no fue la menos importante, la nube negra oleaginosa que había envuelto la ciudad tras el bombardeo de los enormes depósitos de petróleo en el estuario del Sena, exterminando la mayor parte de las aves. Hitler, que hizo una visita relámpago a la ciudad el 28 de junio,2 fue fotografiado dándose palmadas en las rodillas encantado bajo la Torre Eiffel. Como observó el pintor y fotógrafo Jacques Henri Lartigue, los conquistadores alemanes se estaban comportando como si acabaran de regalarles un juguete nuevo maravilloso, «un enorme juguete lleno de artificios que ni se imaginan».3 El 16 de junio Paul Reynaud, el primer ministro responsable de la huida del Gobierno francés de París a Tours y luego a Burdeos, dimitió entregándole el poder al popular héroe de Verdún, el mariscal Pétain. A las doce y media del día 17, Pétain, con una voz fina y crepitante que a Arthur Koestler le hizo pensar en un «esqueleto con un resfriado», anunció por la radio que había aceptado encabezar un nuevo Gobierno y que iba a pedir a Alemania un armisticio. El pueblo francés, añadió, iba a «dejar de combatir» y a cooperar con las autoridades alemanas. «¡Confiad en el soldado alemán!», se leía en los carteles que no tardaron en cubrir todos los muros. Las condiciones del armisticio, firmado tras veintisiete horas de negociaciones en el claro de Rethondes del Bois de Compiègne, donde se había firmado la derrota militar alemana al final de la Primera Guerra Mundial veintidós años atrás, fueron durísimas. Se redibujó la geografía de Francia. Cuarenta y nueve de los ochenta y siete departamentos del interior –‌tres quintas partes del país– iban a ser ocupados por los alemanes. Alsacia y Lorena serían anexionados. Los alemanes controlarían las costas del Atlántico y del Canal de la Mancha, así como todas las zonas de industria pesada importantes, y tendrían derecho a una gran proporción de las materias primas francesas. Francia quedaría dividida. Una línea de demarcación de 1.200 kilómetros intensamente vigilada se extendería desde Ginebra por el 22

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Este hasta Tours por el Oeste y la frontera española por el Sur, separando la zona ocupada del Norte de la «zona libre» del Sur, y habría una «zona prohibida» en el Norte y en el Este gobernada por el alto mando alemán en Bruselas. Los franceses pagarían una suma diaria exorbitante para cubrir los costes de la Ocupación. El control policial de una zona desmilitarizada situada a lo largo de la frontera italiana estaría en manos de los italianos, quienes, resistiéndose a perder parte del botín, habían declarado la guerra a Francia el 10 de junio. El Gobierno francés se estableció en Vichy, una ciudad balneario de moda situada en la orilla derecha del río Allier en Auvernia. Allí, Pétain y el presidente del Consejo de Ministros, el apaciguador proalemán Pierre Laval, se dispusieron a organizar un nuevo Estado francés. Sobre el papel al menos, no sería una marioneta alemana sino un Estado soberano legítimo con relaciones diplomáticas. Durante el rápido avance alemán, unos 100.000 soldados franceses habían muerto en combate, 200.000 habían resultado heridos y 1.800.000 se hallaban camino de campos de prisioneros de guerra en Austria y Alemania, pero iba a surgir una nueva Francia de las cenizas de la vieja. «Síganme –‌declaró Pétain–. Mantengan su fe en La France Eternelle.» Pétain tenía ochenta y cuatro años. Los que prefirieron no seguirlo se apresuraron a marcharse de Francia –‌por las fronteras de España y Suiza, y por el Canal de la Mancha– y empezaron a agruparse en lo que se denominó la Francia Libre con los franceses residentes en las colonias africanas que se habían mostrado en contra de una rendición negociada a Alemania. En esa Francia concebida por Pétain y sus seguidores católicos, conservadores, autoritarios y a menudo antisemitas, el país sería purgado y purificado, y regresaría a su mítica edad dorada anterior a la Revolución francesa que había introducido ideas peligrosas sobre la igualdad. La nueva Francia respetaría a sus superiores así como el valor de la disciplina, el trabajo arduo y el sacrificio, y ahuyentaría el individualismo decadente 23

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que, junto con los judíos, los francmasones, los sindicalistas, los inmigrantes, los gitanos y los comunistas, había contribuido a la derrota militar del país. El 24 de octubre, al regresar de su reunión con Hitler en Montoire, Pétain declaró: «Para mí es un honor mantener la unidad francesa [...] Por ello, inicio hoy el camino de la colaboración.» Aliviados al ver que no tendrían que luchar, disgustados por el bombardeo britá­ nico de la flota francesa anclada en el puerto argelino Mers-el-Kebir, y conmovidos por su paternal y heroico líder, la mayoría de los franceses no dudaron en apoyarlo. Pero, como pronto se vería, no lo hicieron todos. Los alemanes habían estado preparándose para la Ocupación de Francia mucho antes de llegar a París.4 No habría ningún gauleiter o jefe regional –‌como en las recién anexionadas Alsacia y Lorena–, pero sí un régimen militar escrupulosamente burocrático. Todo, desde la censura de la prensa hasta el correo postal, estaría bajo el rígido control alemán. Llegó un millar de funcionarios ferroviarios para supervisar el funcionamiento de los trenes. Francia sería considerada un enemigo al que se le mantiene en faiblesse inférieure, un estado de debilidad dependiente, y aislado de todas las fuerzas aliadas. En este contexto de colaboracionismo y ocupación empezó a tomar forma la Resistencia. El antiguo jefe de los scouts y reorganizador de la Luftwaffe, Otto von Stülpnagel, un prusiano con mo­ nóculo partidario de la disciplina, fue nombrado jefe de la Comisión del Armisticio Franco-Alemán. Tras instalarse en el Hotel Majestic, se dispuso a organizar la administración civil de la Francia ocupada con ayuda de funcionarios alemanes llegados de Berlín. Entre las competencias de Von Stülpnagel estaban tanto el abastecimiento y la seguridad de los soldados alemanes, como la dirección de la economía francesa. A poca distancia, en el Hotel Crillon de la rue de Rivoli, el general Von Sturnitz se ocupaba de supervisar la vida cotidiana en la capital. En hoteles y ayuntamientos requisados, 24

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hombres de botas relucientes eran ayudados por jóvenes secretarias alemanas que pronto se conocerían entre los franceses como «ratoncillas grises». Sin embargo, había otro lado de la Ocupación que no era ni transparente ni razonable, y que no estaba tan firmemente controlado por las autoridades militares como les habría gustado a Stülpnagel y sus hombres. Se trataba del aparato del servicio secreto, con sus diferentes ramas del Ejército y la policía. Después de las protestas de varios de sus generales por el comportamiento de la Gestapo en Polonia, Hitler había acordado que la policía de la seguridad (SS) no acompañaría a las tropas invasoras hasta Francia. La competencia policial estaría únicamente en manos de la administración militar. Sin embargo, el jefe de la policía alemana, el Reichsführer Heinrich Himmler, un hombre de cuarenta años, de labios finos y miope que llevaba mucho tiempo soñando con crear una raza superior de arios nórdicos, no quiso ver excluidos a sus camisas negras de las SS. Por su cuenta, decidió establecer en París un cabeza de puente que más tarde podría utilizar para mandar a más hombres. Así, Himmler ordenó a su segundo al mando, Reinhard Heydrich, el desalmado jefe de la Geheime Staatspolizei o Gestapo a la que había convertido en un instrumento de terror, que incluyera a un pequeño grupo de veinte hombres que llevara el uniforme de la policía militar secreta de la Abwehr y condujera vehículos con matrícula militar. Al mando de este grupo estaba un periodista de treinta años con un doctorado en filosofía llamado Helmut Knochen. Knochen estaba especializado en la represión judía y hablaba un poco de francés. Tras requisar una casa en la avenida Foch con su equipo de expertos en antiterrorismo y asuntos judíos, acudió a la Prefectura de París, donde exigió que le entregaran los expedientes de todos los exiliados alemanes, los judíos y los conocidos como antinazis. Cuando los militares le preguntaron qué se proponía, respondió que estaba llevando a cabo una investigación sobre los disidentes. 25

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En poco tiempo, Knochen y sus hombres se volvieron especialmente hábiles en tácticas de infiltración, en el reclutamiento de informantes y como interrogadores. Bajo sus órdenes, los servicios secretos alemanes se convertirían en la organización alemana más temida en Francia, presente hasta en el último confín del sistema nazi. Sin embargo, Knochen no era el único que deseaba controlar policialmente Francia. También estaban los hombres que luchaban contra el terrorismo de la Abwehr, que se hallaban bajo las órdenes del almirante Canaris en Berlín; la Einsatzstab de Rosenberg, que descubrió logias masónicas y sociedades secretas, y saqueó valiosas obras de arte para mandarlas a Alemania, y los expertos en propaganda de Goebbels. Von Ribbentrop, el ministro de Asuntos Exteriores en Berlín, también había persuadido a Hitler para que le dejara enviar a París a uno de sus hombres, Otto Abetz, un francófilo que había cortejado a los franceses en los años treinta con planes de cooperación francogermanos. Abetz era un hombre afable y algo robusto de treinta y siete años que había sido profesor de historia de arte, y aunque reconocía que amaba Francia, tanto los franceses como los alemanes lo miraban con recelo, entre otras cosas porque sus instrucciones algo ambiguas lo hacían «responsable de cuestiones políticas en la Francia ocupada y en la no ocupada». Desde su suntuosa embajada en la rue de Lille,5 Abetz se embarcó en una política de colaboración «con un toque suave». París, tal como la veía él, se convertiría una vez más en la cité de lumière, la ciudad de la luz, y al mismo tiempo serviría como un lugar perfecto para el deleite y el placer de sus conquistadores alemanes. Poco después de su visita a París, Hitler había declarado que todos los soldados alemanes tendrían autorización para hacer una visita a la ciudad. Pese a que todas estas fuerzas estaban, en teoría, subordinadas al mando militar alemán, en la práctica intentaban operar de forma independiente. Cuando los disidentes y la Resistencia empezaron a crecer, el mando militar estuvo cada vez más satisfecho de dejar que 26

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los cuerpos extraoficiales de represión se ocuparan de todo signo de rebelión. París acabaría convirtiéndose en una pequeña Berlín, con todas las rivalidades, los clanes y las divisiones de la madre patria, con la diferencia de que compartían un objetivo común: dominar, gobernar, explotar y espiar al país que estaban ocupando. A la policía francesa –‌de la cual había 100.000 hombres por toda Francia en el verano de 1940– se le ordenó de entrada entregar las armas, pero no tardó en recibir la instrucción de recuperarlas, ya que enseguida se hizo evidente que los alemanes estaban desesperadamente necesitados de efectivos. Los 15.000 hombres que trabajaban para la policía parisina tuvieron que volver a sus puestos, a la sombra de los hombres de la Feldkommandatur. Unos cuantos dimitieron; la mayoría optó por no pensar y limitarse a cumplir órdenes; pero hubo otros para quienes la Ocupación alemana resultó ser una vía hacia la promoción rápida. La única presencia policial alemana que el Ejército estuvo dispuesto a aceptar al margen de su control fue el Servicio Antijudío, enviado por Eichmann y dirigido por un bávaro alto y delgado de veintisiete años llamado Theo Dannecker. A finales de septiembre Dannecker se había instalado también en la avenida Foch y hacía planes para fundar lo que sería el Instituto para el Estudio de las Cuestiones Judías. Su tarea se vio enormemente facilitada cuando quedó claro que Pétain y el Gobierno de Vichy estaban impacientes por anticiparse a sus deseos. En esta fase de la guerra, los alemanes no estaban tan interesados en detener a los judíos de la zona ocupada como en librarse de ellos enviándolos a la zona libre, aunque Pétain no cediera en su determinación de no acogerlos. Según el nuevo censo, en 1940 había alrededor de 330.000 judíos viviendo en Francia, de los cuales sólo la mitad tenían la nacionalidad francesa; el resto había llegado como consecuencia de las olas de persecuciones por toda Europa. En tiempos de la revolución de 1789,6 Francia había sido el primer país en emancipar e integrar a los judíos 27

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concediéndoles la nacionalidad francesa. A lo largo de los años veinte y treinta nunca había hecho distinciones entre sus habitantes basándose en la raza o la religión. Sin embargo, a las pocas semanas de la invasión alemana, se veían carteles en los muros parisinos en los que se leía: «Nuestros enemigos son los judíos.» Como los alemanes tenían la impresión de que era importante mantener la ilusión –‌si podía llamarse así– de que las medidas contra los judíos eran el resultado de órdenes directas del Gobierno de Vichy y tenían sus raíces en el profundo antisemitismo francés, Dannecker empezó «induciendo» unas cuantas manifestaciones «espontáneas» en contra de los judíos. Reclutaron en secreto a «jóvenes guardias» para que merodearan por los comercios judíos y así ahuyentar a los clientes. A principios de agosto,7 saquearon varias tiendas judías. El día 20, en una grande action, apedrearon los escaparates de las tiendas judías de los Campos Elíseos. Uno de los castillos de los Rothschild fue despojado de sus obras de arte, lo que proporcionó a Göring seis Matisses, cinco Renoirs, veinte Bracques, dos Delacroix y veintiún Picassos para su creciente colección de cuadros saqueados. Pero los judíos no eran los únicos que atraían el interés de Von Stülpnagel y de sus hombres. Francia siempre se había enorgullecido justificadamente de acoger a las sucesivas oleadas de refugiados que huían de las guerras civiles, la represión política o la extrema pobreza. Los polacos no habían dejado de llegar a Francia desde el siglo xviii, y la década de 1920 había traído a miles de hombres para cubrir la escasez de mano de obra causada por el gran número de muertes durante la Primera Guerra Mundial. Muchos se convirtieron en mineros del carbón y se establecieron en el Norte y el Este. Después llegaron los refugiados alemanes a consecuencia de la ofensiva nazi (35.000 sólo en 1933); los austríacos que escapaban del Anschluss (anexión); los checos que huían tras el pacto de Múnich; los italianos que se habían opuesto a Mussolini. Por último estaban los republicanos españoles que habían huido de Franco al final de la 28

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guerra civil, de los cuales unos cien mil seguían viviendo en Francia, muchos en condiciones míseras, detrás de las alambradas de los campos de refugiados situados cerca de la frontera española. Con todos esos refugiados los franceses se habían mostrado generosos, al menos hasta que los reveses económicos de la década de 1930 dispararon el desempleo y el primer ministro Daladier propuso medidas para restringir su número y mantener a raya a los «espías y agitadores» abriendo campos para los «extranjeros indeseables». Francia, bajo el Gobierno de Daladier, fue la única democracia occidental que no condenó la Kristal­l­ nacht (Noche de los Cristales Rotos). El líder de extrema derecha de Acción Francesa (Action Française), Charles Maurras, habló de «esos microbios patógenos políticos, sociales y morales». Al ver cómo un tren de refugiados salía de Francia poco antes de la guerra, el escritor Saint-Exupéry comentó que se habían vuelto «poco más que medio humanos, mandados de un extremo a otro de Europa por intereses económicos». Pese a la creciente xenofobia, muchos extranjeros permanecieron en Francia; pero, en una atmósfera de incertidumbre y hostilidad, de pronto se habían convertido en apátridas, carecían de protección y eran sumamente vulnerables. Hacia finales de septiembre de 1940 muchos eran enviados a campamentos de internamiento, entre ellos los refugiados alemanes que, etiquetados como «enemigos del Reich», habían sido entregados por los mismos franceses que no hacía mucho les habían concedido asilo político. No hubo muchas protestas por el trato dado a los exiliados políticos. Los franceses tenían otras preocupaciones. El alivio inicial ante las buenas maneras de los ocupantes alemanes había dado paso rápidamente a la intranquilidad y a una creciente incertidumbre acerca de cómo iban a sobrevivir económicamente, ya que la guerra no tenía visos de acabar. Los alemanes que llegaban para dirigir Francia, se apropiaban de casas, de hoteles, de escuelas, hasta de calles enteras. Requisaron 29

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muebles, coches, neumáticos, sábanas, copas y gasolina, cerraron algunos restaurantes y cines excepto para el personal alemán, y reservaron secciones enteras de hospitales para los pacientes alemanes. Las charcuteries desaparecieron, ya que los alemanes se hicieron con los cerdos, las ovejas y las vacas. Lo que no tenía uso inmediato lo mandaban a Alemania, y de las estaciones del este de París pronto se vieron salir vagones de mercancías cargados de bienes saqueados, junto con materias primas y todo lo que pudiera servir para el esfuerzo bélico de Alemania. «Sueño con saquear, y a conciencia», escribió Göring al mando militar de Francia. Del mismo modo que Napoleón había saqueado en otro tiempo todo el arte de los territorios que ocupaba, ahora Alemania se estaba llevando todo lo que querían los ocupantes. Pronto los modistos de París cerraron porque no había tela con que trabajar, al igual que los fabricantes de zapatos, por falta de cuero. Las cajas fuertes y las cuentas bancarias fueron examinadas, y, si eran judías, desvalijadas. En poco tiempo las fábricas francesas se encontraron produciendo aviones, piezas de repuesto, munición, coches, tractores y radios para Alemania. En septiembre de 1940 se entregó a los franceses cartillas de racionamiento y se les informó de que en los restaurantes no podían pedir más que un entrante, un plato principal, una verdura y un trozo de queso. Se precisaban cupones para comprar pan, jabón, material escolar y carne, y las cantidades se limitaban según la edad y las necesidades del individuo. Se recomendó a los parisienses no comer ratas,8 que empezaban a salir hambrientas de las alcantarillas, «ejércitos de enormes ratas de ojos rojos, piel oscura y largos bigotes», aunque se hizo popular la piel de gato, sobre todo la negra, blanca y jengibre, para forrar la ropa de invierno, ya que había desaparecido el carbón y no había forma de caldear las casas. A partir de noviembre se puso en marcha en Les Halles un gran mercado negro de comida, papel de escribir, cables eléctricos, botones y cigarrillos. 30

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Los franceses se volvieron cada vez más ingeniosos. Todos aprovechaban, remendaban, improvisaban. La palabra ersatz [sucedáneo] pasó a formar parte del vocabulario cotidiano de París, las amas de casa intercambiaban recetas y consejos mientras hacían interminables colas para conseguir los suministros cada vez más escasos. Se explicaban cómo preparar gazogène, combustible, con madera y carbón, cómo moler las pepitas de la uva para hacer aceite, y cómo liar cigarrillos con una mezcla del escaso tabaco, alcachofas de Jerusalén, girasoles y maíz. Cuando las materias primas procedentes de las colonias dejaron de llegar a Francia, y los suministros de lino, algodón, lana, seda y yute se agotaron, las mujeres se tiñeron las piernas con yodo y usaron calcetines cortos, y los bolsos se confeccionaron con tela. En París no tardó en oírse el ruido de los zuecos y de los carros tirados por caballos. Se plantaban hortalizas en las Tullerías y en las macetas de las ventanas. Empezaba a soplar un primer viento de resistencia. Cuando el 15 de diciembre de 1940, en medio de una gran fanfarria de esplendor militar, regresaron las cenizas del hijo de Napoleón, el Aguilucho, de su exilio en Viena para ser enterrado de nuevo en Los Inválidos de París, en los carteles se leían las palabras: «Llevaos vuestro aguilucho y devolvednos nuestros cerdos.» Tampoco era fácil obtener noticias del mundo exterior. El 25 de junio se organizó un Presse-Gruppe que dos días a la semana daba una sesión informativa para los periódicos que, como Le Matin y Paris Soir, habían sido autorizados. En teoría, los directores habían recibido una larga lista de palabras y temas que debían evitar, desde «angloamericanos» hasta Alsacia y Lorena, mientras que Austria, Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia no podían mencionarse nunca, puesto que dichos países ya no existían. Abetz había nombrado al doctor Epding «para difundir la cultura alemana». Mientras tanto, a los editores se les había entregado la lista «Otto», una lista de libros prohibidos, entre los que se hallaban todos los que habían sido escritos por un judío, un comu31

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nista, un anglosajón o un francmasón, para crear así una «actitud más sana». Malraux, Maurois y Aragon desaparecieron de las librerías, junto con Heine, Freud, Einstein y H. G. Wells. Con el tiempo 2.242 toneladas de libros serían reducidos a pulpa. En cambio Au Pilori, un periódico radicalmente antisemita inspirado en el también antisemita Stürmer de Julius Streicher, circulaba por toda la ciudad. La Ocupación se estaba convirtiendo para los franceses en un asunto deplorable.

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