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Índice

Nuestro tiempo y ¿el fin de los días?, 17 A diario se escribe la historia, 17 La obsesión por el tiempo, 29 Los temores, 32 El otro tiempo, 35 El tiempo que vivimos, 39 La guerra de la intolerancia en Iraq, 43 A la orilla del río, 43 Paradojas, 49 Las consecuencias inmediatas de la invasión, 53 Madinat al-Salam, 57 Hacia la actualidad, 60 La cruenta batalla de Faluya, 62 Sadr City, 64 Intolerancia y política, 67 La nación desangrada, 73 Memoria robada, 79 El día del perdón no llegó, 80 Otros saldos, 83 El fracaso, 86 Palestina, 89 Referencia obligada, 89 ¿Quiénes son los palestinos?, 94 Los asentamientos, 98 El muro, 100 Aciago 2006 para Gaza y Líbano, 103 Hezbolá, 109

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¿La democracia puede ser inducida?, 112 hamas, 115 ¿Y el futuro?, 117 hamas vs. Fatah, 121 Días de guardar, 123 Romper el cerco, 126 ¿Es posible una conclusión?, 127 Las naciones sin territorio, 131 Presentación, 131 Palestinos nacidos en el exilio, 134 Pueblos con memoria, 139 Gitanos, 145 En el concierto mundial, 153 Un fantasma recorre el mundo: la migración, 155 Los parámetros, 155 ¿Cuánto cuesta ser inmigrante?, 162 En Europa también se paga con la vida, 168 La visibilidad de los inmigrantes, 173 Excluidos e integrados, 176 Ciudadanos del mundo, 181 Simplemente ciudadanos, 181 Los nuevos vínculos, 182 En el fin del nacionalismo, ¿quiénes son los nuevos ciudadanos?, 189 Vivir con las diferencias, 192 Aminetu Haidar, una ciudadana del mundo, 195 El nacionalismo y las filiaciones culturales, 196 Europa. Encuentros y desencuentros, 201 ¿Son suficientes antecedentes?, 201 Cuando Líbano era Europa, 203 El islam ¿llegó para quedarse?, 204 El pasado en el presente, 207

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Los sueños y la violencia en Francia, 214 Turquía, la tenue línea divisoria, 220 Los jerarcas católicos en el Medio Oriente, 221 Cristianos perseguidos, 228 La cultura y el acercamiento entre los países, 237 La cultura como hecho global, 237 Democratización de la oferta cultural, 241 Ser global en el mundo de lo local, 245 Los usos de las redes para incidir en la política, 246 Cultura y tolerancia, 249 Lo religioso en asedio a los medios y las caricaturas de Mahoma, 251 El asesinato de Theo, 254 Ahora, ¿por cuál camino?, 257 La narrativa del Oriente occidentalizado entre Maalouf y Pamuk, 259 La ubicación, 259 Amin Maalouf, forjador de leyendas, 267 Su patria: el mundo, 267 La esencia de Líbano, 271 La reflexión sobre los árabes, 273 La religiosidad, 275 Ser emigrante y ser árabe, 276 Encuentros con la música, 279 Orhan Pamuk y el Cercano Occidente, 280 En el esplendor del Imperio, 280 El mundo de hoy, 283 La ciudad de la melancolía, 285 La denuncia, 287 La más profunda historia de la infelicidad, 289 Apostilla, 292 Aída o la música de Medio Oriente desde Occidente, 293 Aída, 297 Passion, 299 Mozart en Egipto, 302 La palabra de la música, 308

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Nuestros días en el cine, 313 Presentación en el cine, 313 Los niños de la guerra, 319 Los migrantes, 334 La soledad del exilio, 341 La difícil convivencia, 344 La vida después de las batallas, 348 El sentimiento musical, 356 El sueño de la destrucción del “otro”, 359 Cuando la calma vuelve, 366 Entre la esperanza y la incertidumbre, 369 El principio, 369 Los tiranos y la variedad de revueltas, 377 Los Hermanos Musulmanes, 384 La angustia por la civilización, 395 La ola de los indignados, 397 Agradecimientos, 401 Fuentes, 403 Notas, 411

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Nuestro tiempo y ¿el fin de los días?

A diario se escribe la historia

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l historiador estadunidense George F. Kennan definió el Tratado de Versalles como “la madre de todos los desastres del siglo xx”.1 Fue firmado al finalizar la Gran Guerra (1914-1918), el 28 de junio de 1919, y permitió a las potencias diseñar el Medio Oriente y el norte de África. Apenas, en el otoño de 2010, en el vigésimo aniversario de la Reunificación, Alemania debió abonar el último adeudo de la indemnización que se comprometió a pagar desde entonces. Muchos episodios habían pasado ya: la Depresión, el delirio del fascismo, la Segunda Guerra Mundial y, en su secuela, la construcción del Muro de Berlín, “el mayor símbolo de división del siglo xx”, que en 1989 fue derribado. Dos eventos que coincidían en la conclusión simbólica de la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial con su “profundo desgarramiento humanitario”.2 Las guerras, siempre las guerras, marcando las etapas históricas de la (des)humanidad. Nuevos países se crearon a lo largo de cien años y todavía al finalizar 2010 con la división de Sudán se creó el 54º Estado africano, según la decisión de cuatro millones de personas. Más de 99 por ciento de cristianos votó para poner fin a veinte años de guerra con el norte musulmán y la creación de Sudán del Sur. Todo esto en medio de fuertes enfrentamientos que habían causado innumerables muertes. En lo que parece ser un signo de nuestro tiempo, en Juba, la actual capital de Sudán del Sur, no hubo lugar para los desplazados que abarrotaron los albergues y aun los resecos campos empobrecidos. Desde que el país se independizó del Reino Unido en 1956 se mantuvo fusionado artificialmente un territorio que la Colonia convirtió en dos unidades diferenciadas. El problema radicó principalmente en que el petróleo está en el sur y la infraestructura para su explotación en el norte. Entre 1973 y 1983 aconteció una feroz guerra civil que luego continuó hasta 2005 con un saldo de más de dos millones de muertos. El presidente Omar al-Bashir fue acusado por la Corte Penal Internacional de genocida por las muertes de civiles en la región de Darfur. La pobreza en el territorio meridional es brutal: 90 por ciento de sus 9 millones de habitantes vive con menos de un dólar al día; 85 por ciento de la población es analfabeta y 33 por ciento sufre hambre crónica, según la Organización de las Naciones Unidas (onu).

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Como nunca en nuestro tiempo resulta clara la sentencia: la historia se escribe todos los días. Son tantos los hechos del acontecer cotidiano que resulta casi imposible su seguimiento, como propuso hacerlo Julio Cortázar en el Libro de Manuel, donde el personaje “sueña algo que yo soñé tal cual en los días en que empezaba a escribir”,3 para dejar testimonio de ese instante del tiempo a su hijo. Ahora el desafío es aún mucho mayor ante la avalancha de información que nos agobia cuando leemos los diarios, vemos los noticiarios televisados o consultamos internet para entender los rasgos de esa globalización que, con el comienzo del siglo xxi, se nos vino encima. Y no se trata solamente de pegar los recortes en un cuaderno, sino de buscar la coherencia casi imposible en esas lecturas. La mayor dificultad aparece cuando se infiere que quienes escriben (hacen) la historia no siempre son visibles en los medios que dan noticia de los hechos cotidianos. Son las potencias (con nombre, pero suma de individuos, en un largo tiempo) las que sostienen la pluma. Más si se sabe que el siglo xx se inició con la Primera Guerra Mundial que, según Daniel Bell, “significó el súbito abrirse de las puertas del infierno”4. Destruyó los imperios del pasado vinculados a las viejas dinastías europeas y la turca, para hacer que el mapa de Europa se volviera a trazar y se inventara uno nuevo para el Medio Oriente, donde las entidades existentes buscaron definir fronteras y nacionalidades. Surgieron formalmente Siria, Líbano y Jordania, Turquía e Irán también, además del Reino Hachemí de Jordania, Arabia Saudí y Kuwait (con la misma lógica, las mismas potencias crearon veinte años después el Estado de Israel). El nuevo mapa fue dibujado sobre un escritorio por plumas empuñadas por ingleses y franceses, principalmente. Y lo mismo puede decirse del norte de África, que engloba lo que, desde Occidente, llamamos el Mundo Árabe. Ochenta por ciento de la población de la superficie terrestre, según Daniel Bell, estaba bajo los poderes occidentales antes de la Segunda Guerra Mundial. “Con una rapidez que seguirá sorprendiendo a los historiadores del siglo xxi, el imperialismo occidental —es decir, los imperios británico, francés, holandés y portugués— se vino abajo, y se crearon más de 120 nuevos Estados que surgieron como naciones soberanas…”5 Incluía a India, el segundo país más grande del mundo después de China, que pronto se dividió al crearse Pakistán al norte, con la característica de contener a la población de mayoría musulmana, y Bangladesh. Indonesia, uno de los países más poblados, se liberó de Holanda; Francia perdió Indochina y los belgas varios territorios africanos dejando uno de los expedientes más sórdidos sobre la intolerancia en Angola. Las luchas de reivindicación nacional marcaron la segunda mitad del siglo pasado. El único imperio que sobrevivió, según Bell, fue el de la Unión Soviética con influencia en los países de Europa del Este (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Alemania Oriental). Sobre el otro imperialismo, el de Estados Unidos, se da por entendida su constante fuerza frente a los desgarramientos en Europa, tal como se

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demostró cuando amplió sus alcances al ser demolido el Muro de Berlín, hecho con el que Eric Hobsbawm dio por concluido el corto siglo xx,6 con la significativa metáfora del derrumbe de las fronteras ante el avance de la globalización o del “sistema mundo”, como lo nombró Immanuel Wallerstein.7 Si se acepta esa escisión, puede afirmarse que el siglo xxi comenzó con otro hecho con fuertes repercusiones en el mundo. El grave atentado terrorista contra el World Trade Center, el 11 de septiembre de 2001 (11/S), se ha convertido en un hito en la historia. Todo el planeta atestiguó por televisión la destrucción de las Torres Gemelas —conocidas así por tratarse de dos esbeltas estructuras arquitectónicas—, instalaciones emblemáticas del mundo globalizado. Los aviones que impactaron contra los altos edificios cayeron del cielo para crear un infierno. En unos minutos perdieron la vida miles de personas; el odio conoció sus extremos. El voyerismo de nuestra época alcanzó su mayor expresión con la manipulación de esas imágenes cuya velocidad fue ralentizada para que los espectadores no perdieran detalle alguno. Se tocaron realidad y ficción8 cuando las imágenes mostraron algo semejante a lo que habíamos visto en el cine estadunidense de desastres. La escena repetida en numerosas ocasiones del avión estrellándose en la segunda torre parecía filmada por Hitchcock.9 La historia es una pesadilla de la que intento despertarme. James Joyce, Ulises

El terrorismo parecía un mal confinado al siglo pasado que comenzó, como señaló Eric Hobsbawm, en 1914 con otro atentado que dio el banderazo a la Gran Guerra; volvía con toda su saña contra la población civil para marcar el nuevo siglo. En sus inicios el terrorismo fue una estrategia contra los poderosos, móvil de las almas desesperadas y en un siglo se transformó en un factor de desestabilización política en contra de los países colonizadores, con muy diferentes motivos y resultados en América, Europa, África, Medio Oriente y Asia. Entre las novedades del terrorismo destacaría su frecuente uso como táctica de lucha contra el propio hermano. Aunque Estados Unidos había sido escenario de varios atentados, el más grave hasta entonces, tomando en cuenta el número de víctimas, había sido provocado desde su interior en la ciudad de Oklahoma en 1995, cuando uno de sus ciudadanos asesinó a 168 personas. Ese evento no matizó que de inmediato se inculpara del 11/S a ese impreciso enemigo externo identificado en la generalidad como árabes o islámicos —sin establecer diferencia alguna—, que se venía perfilando desde hacía años. Se sustituía así la representación de esos hombres de gabardina y sombrero de fieltro, los siniestros comunistas que habitaban el brumoso espacio de la Guerra Fría. El cine producido en ese país lo puso de manifiesto con la dicotomía simplista de los buenos y

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los malos, por ejemplo, cuando atacan los alienígenas en la más reciente versión de La guerra de los mundos (2004) de Steven Spielberg, la niña que encarna Dakota Fanning pregunta aterrorizada ante la inminencia del ataque: “¿Son los terroristas?”. Desde Occidente, el mundo libre, representado por los héroes estadunidenses, triunfó siempre sobre el oscurantismo de los diferentes: quienes hablan otra lengua, su piel tiene color y profesan religiones que fomentan la guerra. Dos asuntos se desprenden de lo acontecido ese aciago martes 11 de septiembre, de destrucción y del terrorismo agazapado en el anonimato. Primero, los ciudadanos y los habitantes de ese país no imaginaron esa vulnerabilidad por razones históricas porque nunca sufrió el territorio de Estados Unidos un ataque salvo el que se dio desde México al pequeño poblado fronterizo de Columbus por un puñado de hombres del ejército de Francisco Villa en 1914, y sin un saldo de víctimas tan brutal. El único atentado previo semejante en magnitud fue el de Pearl Harbor, convertido en escenario de destrucción y muerte por el asalto sorpresivo de la Armada Imperial japonesa la mañana del 7 de diciembre de 1941, detonador del ingreso de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Ese fue el último ataque a la Unión Americana, aun cuando se trataba de una base militar en Hawái, territorio de una de las últimas colonias anexadas y, por lo tanto, alejado de la masa continental. Segundo, con sus reacciones al 11/S los estadunidenses mostraron un desconocimiento de las intervenciones de su país en otros países y la violencia destructora con la que se ha enfrentado a otras culturas que con orgullo (propio) y afrenta (para los visitantes si son extranjeros) exhiben en la base del Monumento a Iwo Jima en Washington —el más belicista que pueda conocerse. Allí se narran de forma pormenorizada las intervenciones de Estados Unidos en 200 países entre 1948 y 1999. Quién sabe si ya se habrán escrito los nombres de Afganistán e Iraq. Paradoja por demás clara de esa nación con el arraigo histórico de su impulso democrático interno y su autoritaria política exterior. El atentado terrorista destruyó el mito de la invulnerabilidad del país más poderoso del mundo en una situación de por sí compleja; en términos políticos por la controvertida elección de George W. Bush en el año 2000, que triunfó sin contar con la mayoría de los votos emitidos, y por la recesión económica que puso fin a una era de gran desarrollo. La condenable acción concedió de inmediato más poder al presidente Bush cuando el Congreso, por abrumadora mayoría, le otorgó todas las facultades para hacer la guerra donde lo considerase necesario y se le llamó Comandante en Jefe; la otan (Organización del Tratado del Atlántico Norte), por su parte, asumió que los enemigos de Estados Unidos lo eran también de todos los países que la integran. Se le dio carta blanca para hacer la guerra en Afganistán y en Iraq. En el primero, la campaña de las fuerza militares estadunidenses para capturar a Osama bin Laden y dar con los campos de entrenamiento de al-Qaeda comenzó en octubre de 2001 y la guerra en Iraq el 20 de marzo de 2003, aunque el país había

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sido bombardeado durante la presidencia de su padre George H. W. Bush (1989-1993). La llamada Guerra del Golfo o Tormenta del Desierto por los estadunidenses o Um-M’aarak, Madre de todas la Batallas, por los iraquíes durante 1990 y 1991, tuvo el objetivo de frenar la invasión de Iraq en Kuwait, país que según Saddam Hussein había sido sustraído a su territorio. Esto significa que Iraq había estado en la mira estadunidense desde la última década del siglo pasado. Pero ¿quién confirió a Estados Unidos el papel de salvaguardar el orden en la región? Históricamente, el fortalecimiento de las posiciones duras ha sido justificado por ese tipo de acciones; los perdedores están a la vista. En primer lugar, el mundo árabe ha sido identificado por Occidente como el paraguas que cubre a Osama bin Laden, a Saddam Hussein, a Yasser Arafat, a Hezbolá, a hamas, y la Hermandad Musulmana, también a los llamados terroristas islámicos o más recientemente islamistas radicales, sin hacer ninguna diferencia de matiz por la distancia enorme que existe entre ellos, en relación con las causas que defienden y los objetivos por los que luchan. Bin Laden se convirtió en el principal sospechoso de organizar el 11/S por sobradas razones. Pronto se supo que con su gran capital había entrenado y pertrechado a un ejército y por ello desde hacía años permanecía en la clandestinidad, oculto en lugares inaccesibles, custodiado por el régimen Talibán en Afganistán, otro país en el que Estados Unidos tenía puesta su mirada, por diferentes razones económicas y estratégicas. Inexplicablemente, Arabia Saudí, de donde procedían quienes diseñaron y perpetraron el 11/S, no enfrentó reclamo alguno. Las reacciones conocidas por lo acontecido ese día en Estados Unidos fueron de duelo pero, por insólito que parezca, también hubo festejos. Nada justifica el atentado en que perdieron la vida miles de personas. Sin embargo, algunos buscaron olvidar sus propios sufrimientos, esos otros que viven guerras desgarradoras desde hace mucho tiempo y cargan el resentimiento porque muy pocos los han acompañado en sus respectivos duelos. ¿Occidente recuerda las matanzas en los campos de Sabra y Chatila en Líbano en 1982, cuando fueron asesinados más de 2 mil refugiados palestinos por las falanges de Bashir Gemayel en apenas dos días, bajo la protección del ejército israelí conducido por Ariel Sharon? ¿Los estadunidenses conocieron el número de muertos durante los ataques de su país a Iraq durante la Guerra del Golfo y aún en los años previos a la guerra iniciada en 2003 en que hubo bombardeos sistemáticos a diario? ¿Se sabe cuántos niños murieron al dejar de ser vacunados cuando Estados Unidos bombardeó la única fábrica de medicamentos en Sudán? Las políticas estatales igualan a las medidas terroristas en cuanto son tomadas por unos cuantos. Las decisiones del gobierno de un país o de un grupo terrorista no pueden extender la responsabilidad a una nación o a una cultura. La guerra contra Afganistán, como primera reacción de las autoridades de Estados Unidos para buscar a los responsables de los atentados, estaba

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fuera de toda lógica al tratarse de un país cuya población vive en extrema pobreza y sobre las ruinas de un pasado de por sí miserable. Más fuera de lógica era culpar a los talibán, con muchas cuentas pendientes en la historia de la intolerancia, pero sin más vínculo con el atentado que la presencia de Bin Laden, el intelectual orgánico de la planeación del 11/S, en su territorio en algún momento. La nueva guerra proclamada contra Iraq abrió un campo de batalla que ha definido el mundo en la primera década del siglo xxi. El filósofo tiene preguntas y nunca tiene las respuestas. El religioso, en cambio, siempre tiene la respuesta justa. Carlo Maria Martini y Umberto Eco, ¿En qué creen los que no creen?

El diario británico The Independent realizó en 2006 un cálculo de la secuela del derribamiento de las Torres Gemelas y estimó que 62 mil personas habían muerto y se habían generado 4 millones y medio de refugiados hasta ese momento. Habría costado a Estados Unidos más que la suma necesaria para pagar la deuda de todas las naciones pobres. Si se agregan otros datos no cuantificados, el número de muertos podría llegar a 180 mil, de los cuales cuando menos 50 mil serían civiles iraquíes. Treinta y nueve por ciento más que en 2005 se sentía inseguro y apenas 14 por ciento opinaba lo contrario. La amenaza terrorista, según ese estudio, creció 41 por ciento y 54 por ciento pensaba lo que se venía comentando en las conversaciones de café: que las guerras en Afganistán e Iraq propiciaban el surgimiento de más terroristas, según los datos de la encuesta de la cbs.10 Por otra parte, Estados Unidos, el país que dice defender la legitimidad internacional, es el que tiene más presos en sus cárceles. Para el verano de 2005 se registró que en los doce meses anteriores más de mil personas por semana fueron llevadas a prisión, llegando a 2’200,000 encarcelados; es decir, 1 de cada 136 residentes. Contrasta en las cifras que 11.9 por ciento de la población masculina negra está encarcelada, contra 3.9 por ciento de los latinos y apenas 1.7 por ciento de los blancos. Resultaba difícil imaginar, pero los atentados del 11/S darían el banderazo de inicio de operaciones semejantes en otros países, aun en Europa. El 11 de marzo de 2004 en Madrid diez bombas colocadas en los trenes que hacían el circuito suburbano (de cercanías les llaman en España) estallaron con minutos de diferencia, tres de ellas en las proximidades de Atocha, la estación de más tráfico y más concurrida. Casi 200 muertos y 1,875 lesionados fue el saldo humano, además de cuantiosas pérdidas económicas. La diferencia fundamental con otros atentados fue que mientras en Estados Unidos los perpetraron foráneos, los de Europa fueron realizados por personas que, si bien su procedencia familiar era de países árabo-musulmanes, estaban integradas a la sociedad en la cual decidieron actuar.

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Luego apareció Shehzad Tanweer, quien se comportaba como un británico común con el mismo gusto que otros jóvenes por los placeres de la clase media. En Beeston nadie podía dar crédito que a sus 22 años muriera con la bomba que portaba en su mochila entre las estaciones Liverpool Street y Aldgate del Metro de Londres la mañana del 7 de julio de 2005. Él y tres de sus compañeros de origen pakistaní se convirtieron en los primeros kamikazes del terrorismo europeo. Volaron tres vagones y un autobús. Dejaron tras de sí 52 muertos y heridos 700 civiles pacíficos que iniciaban las actividades cotidianas de ese día. Quedaba la preocupación por la responsabilidad sobre el aprendizaje de esos jóvenes que de niños fueron educados en las madrazas que funcionan por toda Europa. Los grupos asociados con al-Qaeda operaron simultáneamente en Iraq y en Afganistán, donde en la primera mitad de 2005 murieron más soldados estadunidenses que durante todo el año anterior. Según informes de la cia, Iraq se estaba transformando en un “polo de atracción y adiestramiento para voluntarios provenientes de distintos países, los cuales eventualmente podrían volver a su lugar de origen para poner en práctica las técnicas de destrucción aprendidas en Iraq”.11 Lo cual quiere decir que en ese país se realizan acciones de organizaciones coordinadas que constituyen una red horizontal, “en donde cada una de ellas recupera su autonomía luego de cada atentado, y a las que une el discurso y la estrategia esbozadas por Osama bin Laden, quien parece haber dado origen a un macabro y letal sistema de franquicias”. Lo único menos sombrío era que el gobierno iraquí mantenía, con la anuencia de Estados Unidos, negociaciones con la insurgencia con el objetivo de integrar sus fuerzas al proceso político.12 El terrorismo en esos años dejó de ser solamente el esfuerzo de algunas cabezas, pues abandonó su forma piramidal para alcanzar un posicionamiento horizontal en la sociedad. La muerte de cada hombre me disminuye porque soy solidario con el género humano. Así, nunca debemos preguntar: ¿por quién doblan las campanas? Están doblando por ti. John Donne, “Meditación xvii”, Devotions Upon Emergent Occasions

Es lamentable que sean más conocidas las acciones de los islamistas fundamentalistas partidarios de la guerra, en la traducción más que literal de jihad —sin considerar su sentido más amplio de actuar en nombre de Dios—, que las argumentaciones de quienes desde los países musulmanes auspician el diálogo entre Oriente y Occidente.13 John L. Esposito, profesor de la Georgetown University y director fundador del Centro para el Entendimiento entre Musulmanes y Cristianos, propone que “sólo comprendiendo y abordando

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los problemas que engendran el odio y el radicalismo se podrá reducir la tensión de unos conflictos que, de otro modo, continuarán enfrentando a las generaciones futuras”.14 Según Esposito, cuando menos tres personajes resumen la diversidad de voces sobre la reforma islámica: “Intelectuales y políticos, Anuar Ibrahim, exviceprimer ministro de Malasia, Muhamad Jatami, presidente [hoy expresidente] de la República Islámica de Irán, y Adburrahman Wahid, expresidente de Indonesia, han desempeñado papeles importantes a la hora de definir los términos de un diálogo entre civilizaciones en vez de un choque de civilizaciones, como concluyó Samuel P. Huntington”. “Al mismo tiempo —añade Esposito—, cada uno de ellos adopta una postura que es única y diferente de la occidental, que refleja su propia cultura y su entorno político.” Sin comprometerse con la secularización occidental, reconocen “las fuerzas y las debilidades de la modernidad al estilo occidental. Así, defienden un diálogo bilateral activo entre civilizaciones, sobre todo entre el islam y Occidente”.15 Wahid fue el primer presidente electo en la historia de Indonesia y líder del Nahdatul Ulama (Renacimiento de los Ulemas), la mayor organización islámica con 35 millones de adherentes, en el país musulmán más grande del mundo […] es considerado un intelectual moderno, urbano, liberal y musulmán, [que] ha advertido de los peligros del fundamentalismo islámico.16 Aun cuando los árabes musulmanes fueron detenidos como consigna —un lugar común de la historia europea— por Carlos Martel a las puertas de Poitiers, en 732, su influencia siguió creciendo por todo el mundo por vías diferentes a las de las conquistas o a las mercantiles. Igualmente se incrementó su rechazo por la civilización cristiana. Sólo como ejemplo puede citarse a Hernán Cortés que en su Segunda carta de relación, del 30 de octubre de 1520, describiera a Tenochtitlan con la única imagen que se le venía a la mente de lo no cristiano: “Hay en esta gran ciudad muchas mezquitas o casas de sus ídolos de muy hermosos edificios. Por las colaciones y barrios de ella, y en las principales de ella hay personas religiosas de su secta”.17 Ese solo ejemplo es contundente sobre la ideología que ha generado una civilización que por diferencias arraigadas se confronta, máxime cuando su avance se hace cada vez más evidente. Sólo Estados Unidos cuenta con 4 millones de musulmanes y Alemania 7. A partir de 1992 las mezquitas proliferaron por toda España y hoy superan el medio millar, y 400 mil musulmanes de entonces han pasado a un millón de practicantes del islam, entre ellos entre 50 y 100 mil son españoles conversos.18 Y se calcula que 15 por ciento de la población europea será musulmana en 2020. El nombre de Samuel P. Huntington está asociado con esa perspectiva orientalista que desde Occidente concibe el mundo árabe-musulmán como la

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suma de todos los miedos, desde que publicara su famosa tesis The Clash of Civilizations?, primero como artículo en Foreign Affairs (1993) y luego como libro en The Clash of Civilizations and the Remaking of World (1996). La tesis fue escuchada por partidarios que encontraron la justificación para la agresión de Estados Unidos a China y al mundo islámico. Se le tachó además de simplista, pero nadie interesado en la geopolítica la ignoró y su impacto fue mayor en quienes vieron en el 11/S la puesta en práctica de su teoría. Según su argumento: Con el fin de la Guerra Fría, la política internacional se ha movido hacia fuera de su fase occidental. A partir de ahora, el eje de la política mundial será la interacción entre aquellas culturas que pertenecen y aquellas que no pertenecen a la civilización de Occidente.19 Sin embargo, un alegato sensato en contra de esa idea fue el de Žižek cuando recuerda que muchos de los conflictos que derivaron en las “matanzas más horripilantes” tuvieron lugar en el seno de una misma civilización, por ejemplo Ruanda, el Congo y Sierra Leona; por lo demás ligadas a los poderosos intereses económicos globales. Bosnia y Kosovo, nos dice, se acercarían más a la idea de Huntington y, sin embargo, incidieron allí otros intereses.20 Tal pareciera entonces que su único fin es confrontar al islam con lo que él considera las sociedades liberales y democráticas. Así, las nuevas fronteras enmarcarían los conflictos del futuro y, según Huntington, se podían ver con claridad en Eurasia, por lo que con la desa­ parición de la división ideológica en Europa “reapareció la división cultural entre el cristianismo de Occidente, el cristianismo ortodoxo y el islam”. Encontraba así la línea de división en Europa que separa a los prósperos pueblos católicos y protestantes que comparten una historia común que va de la Edad Media al Renacimiento, de la Reforma a la Ilustración, la Revolución Francesa y la Revolución Industrial. Del otro lado de esta línea están los económicamente menos desarrollados pueblos musulmanes y ortodoxos que pertenecieron a los imperios otomano y zarista. Estos últimos fueron apenas afectados por las experiencias modernizadoras del oeste de Europa.21 Reconocía, sin embargo, que pese a todo los conceptos que integran la cultura de masas de Occidente basada en el individualismo, los derechos humanos, la igualdad, la libertad, las leyes, la democracia, el mercado libre, la sentencia de “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César” no tenían sentido en las culturas islámicas, confucianas, hindúes y budistas. Así, el resurgimiento del islam en Medio Oriente se manifestaba como una alternativa al liberalismo occidental y con cierto respeto, casi involuntariamente, reconocía que el islam “ha conservado una gran continuidad desde su fundación”.

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El punto, sin embargo, era que los bienes de consumo impuestos desde Occidente (mencionaba videos y televisores, ahora tendría que agregarse internet) eran productos orientados a las masas, contra el “tradicionalismo de las elites”. El peligro era que: “En la medida en que la gente quiere consumir estos bienes, el regionalismo económico se fortalecerá en Asia del Este, Europa y Norteamérica. Y el fortalecimiento del regionalismo económico robustecerá, a su vez, la conciencia de la identidad cultural”.22 No obstante, los acontecimientos que se desataban detrás de la línea imaginaria de Huntington resultaban de una gravedad extraordinaria. La destrucción del Domo Dorado, la mezquita chií de Samarra, en Iraq, en la última semana de febrero de 2006 provocó la muerte de 1,300 feligreses y cientos de heridos, así como el incendio y ataques contra más de 90 mezquitas suníes. ¿Podría imaginarse algo más atroz? Se trató del comienzo de una guerra civil provocada por la invasión de Estados Unidos en 2003, cuando la estrategia del país ocupante fue generar división entre las denominaciones religiosas de suníes y chiíes, a las cuales se agregó una étnica, la de los kurdos. ¿Cómo podría evitarse con esas condiciones la guerra civil? Aunque no es políticamente correcto mencionarlo, se decía que manos extrañas se movían para provocar una guerra interreligiosa y étnica entre los países árabes o musulmanes.23 A la pregunta: “¿Cuál es la razón del terrorismo global?”, la mayoría de los entrevistados en un sondeo (66 por ciento) respondió que la política de Estados Unidos en Medio Oriente, pero la desligó del conflicto Israel-Palestina que apenas una minoría (5 por ciento) vio como la razón principal. Aunque resulta interesante que la quinta parte (20 por ciento) lo atribuyó a las desigualdades en el ingreso y otros problemas económicos. Al definir al actor principal de la expansión del terrorismo global la mayoría (54 por ciento) colocó en primer lugar al presidente de Estados Unidos, George W. Bush, en segundo sitio (22 por ciento) al primer ministro de Israel, Ariel Sharon, y apenas ubicó en tercer lugar (17 por ciento) a Osama bin Laden. Un amplio porcentaje de entrevistados (90 por ciento) no justificó los atentados en Londres, Madrid y Egipto. Respecto de los ataques de al-Qaeda en Estambul, los vieron como respuesta a que Turquía es la mejor alternativa en su contra (40 por ciento) o porque Turquía es aliada de Occidente (36 por ciento). En su opinión, para combatir el terrorismo global Occidente y Estados Unidos deben dejar de impulsar la tensión entre musulmanes y cristianos (43 por ciento), retirarse de Iraq (21 por ciento) y dar atención a la voz de los musulmanes (16 por ciento).24 Respecto del papel que ha desempeñado Estados Unidos y la nueva ecuación que se vive con el mundo árabe-musulmán, Immanuel Wallerstein hizo una reflexión acertada. Desde 1973, decía, año en que se retiró Nixon de Saigón, Estados Unidos tuvo que vivir con el síndrome de Vietnam, lo que quiere decir “una seria renuencia de la población estadunidense a enviar sus

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soldados a guerras potencialmente ruinosas en lugares muy remotos”.25 Después se añadió el escándalo Watergate que obligaría al presidente a dimitir y “la década de 1990 iba a ser la de la institucionalización a largo plazo del orden global neoliberal. Su principal instrumento, la Organización Mundial de Comercio, quedó encargada de asegurar que los países del Sur abrieran sus fronteras a los flujos comerciales y financieros del Norte”.26 George W. Bush instaló a los neoconservadores luego de su ascenso al poder en 2001. Entre sus acciones, bloquearon los “tratados internacionales que pudieran limitar en algún sentido las decisiones nacionales estadunidenses (Protocolo de Kyoto, Ley del Mar, entre otros). Pero sobre todo les había distinguido su empeño en derrocar por la fuerza a Saddam Hussein, que en su opinión había humillado a Estados Unidos permaneciendo en el poder en Iraq”.27 Lo que finalmente los convenció fue que Bush se invistiera de presidente de la guerra luego de los ataques del 11 de septiembre a las Torres Gemelas y el Pentágono. Aunque la responsabilidad recayó en Osama bin Laden, la lógica de la actitud neoconservadora era muy simple. Derrocar a Saddam Hussein por la fuerza, preferiblemente unilateral, no sólo restauraría el honor estadunidense, sino que también intimidaría a tres grupos cuyas políticas parecían constituir la principal amenaza para la hegemonía estadunidense: Europa Occidental con sus pretensiones de autonomía geopolítica; los aspirantes a ingresar en el club nuclear, especialmente Corea del Norte e Irán; y los gobernantes de los Estados árabes que invocaban sin convicción una solución “duradera” del conflicto palestino-israelí.28 La política de intimidación a la que recurrió Estados Unidos apenas tuvo un éxito parcial, ni Francia ni Alemania estuvieron de acuerdo con la invasión de Iraq, por lo que Estados Unidos tuvo que retirar su segundo proyecto de resolución del Consejo de Seguridad de la onu cuando quedó claro el poco apoyo que recibiría. “La intimidación tampoco disuadió a los potenciales aspirantes a conseguir armas nucleares. Tanto Corea del Norte como Irán sacaron de la invasión estadunidense a Iraq la conclusión de que Estados Unidos pudo emprenderla, no porque Iraq poseyera armas nucleares, sino porque no disponía de ellas.”29 Estados Unidos, no obstante, contó con Inglaterra para arrastrar tras de sí a otros países europeos, lo que Donald Rumsfeld llamó la “nueva” Europa contra la “vieja”.30 Por todo ello no resulta tan exagerada la reacción que ejemplifica bien un novelista de gran éxito en los países árabes, quien relata cómo un mulá dice: No queda ya pues duda. La palabra justa retumba por las cuatro esquinas del mundo. Los pueblos musulmanes hacen acopio de sus fuerzas y de sus convicciones más íntimas. […] Occidente ha muerto;

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ya no existe. Ha fallado el modelo que proponía a los incautos. […] ¿Esas sociedades sin moral que ha levantado, en que es primordial la ganancia, en que importan un bledo los escrúpulos, la devoción, la caridad, en que los valores no son más que financieros, en que los ricos se vuelven unos tiranos y los asalariados unos galeotes, en que la empresa ocupa el lugar de la familia para aislar a los individuos y, de esa forma, domesticarlos […]? Occidente es una superchería, una farsa descomunal que se está viniendo abajo.31 Es la misma idea a la que recurren —a veces de forma más burda— los imanes en las mezquitas durante el rezo principal de los viernes al mediodía. Por eso la propuesta más sensata de procedencia árabe a la que en Occidente debíamos prestar atención es la del poeta sirio Adonis (Ali Ahmad Said), quien ya ha sido considerado al Premio Nobel de Literatura por la Academia Sueca. En un programa televisivo se dio el siguiente diálogo: ¿Cómo ve usted el plan para la democracia, el Plan Mayor para Medio Oriente? En primer lugar, me opongo a cualquier intervención externa en los asuntos árabes. Si los árabes son tan ineptos que no pueden ser democráticos por sí solos, nunca podrán ser democráticos a través de la intervención de los otros. Si queremos ser democráticos, debemos serlo por nosotros mismos. Pero las condiciones previas a la democracia no existen en la sociedad árabe, y no pueden existir a menos que se renuncie a la religión de una manera nueva y exacta, y a menos que la religión se vuelva una experiencia personal y espiritual, la cual debe ser respetada. Por otro lado, todos los asuntos pertinentes a los asuntos civiles y humanos deben ser dejados a la ley y a los propios pueblos.32 Nada puede ser más contundente para entender lo que ha acaecido en Medio Oriente y en otros países árabes musulmanes. Esa región del globo terráqueo que ha impactado más en la primera década del siglo xxi y no por razones internas sino por la forma en que se ha vinculado con la globalización, en particular en el campo cultural. Iraq ahora, Palestina previamente, se esgrimen como los dos ejes de la dinámica en que se expresan ideológicamente y se mueven los árabes y musulmanes en relación con el resto del mundo. De la forma en que resuelvan sus diferencias, alcancen sus aspiraciones y logren una integración dependerá con mucho el futuro cada vez más próximo.

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No nos olvidéis hasta hhehh [el fin de los tiempos, en lengua egipcia]. ¿El fin del mundo? ¡El derrumbamiento del sueño y de la imaginación! Ilhan Berk, Río hermoso

La obsesión por el tiempo El año 2000 fue marcado, como todo inicio de milenio, por los presagios, pero éstos no fueron generalizados, como lo pretende la visión de Occidente, porque el fin de un milenio y el comienzo de otro no tiene el mismo significado en las diferentes culturas y se trata, por lo demás, de una construcción social que desde luego resulta diferente para quienes viven en el Oriente. Dice Umberto Eco que “el pensamiento del fin de los tiempos es hoy día más característico del mundo laico que del mundo cristiano. Éste convierte dicho pensamiento en un objeto de meditación, y el mundo laico finge ignorarlo, pero le obsesiona”.33 Por ejemplo, según el analista Kevin Phillips, en 1999, 45 por ciento de los cristianos estadunidenses creía que estábamos en los finales del tiempo y 55 por ciento de quienes votaron por George W. Bush esperaba ver el Apocalipsis.34 El cristianismo decidió determinar su tiempo con la misma arbitrariedad de otras civilizaciones, aunque siempre hubo un evento singular para señalar el antes y el después, aun cuando en este caso ni siquiera haya acuerdo sobre la fecha del nacimiento de Jesús. Tal arbitrariedad es, por lo tanto, relativa porque, además, se apoyó el sentido del tiempo en ciclos ofrecidos por la naturaleza, como el año solar debido a los 365 días que la Tierra requiere para girar alrededor del sol. Por otra parte, el mes lunar se refiere a los 27 días y 3 horas para que la luna gire sobre su propio eje y su traslación en torno a la Tierra le lleva 29 días y medio; de allí que el año lunar sea de 354 días. Las diferencias temporales entre el cristianismo y el judaísmo surgieron con la adopción del año solar por el primero, mientras el segundo se basó en el lunar, como también lo hizo el islam. El papa Gregorio XIII modificó el calendario en 1582 cuando, tras quince siglos, había ya un retraso de diez días en ese tiempo cósmico. La última corrección se había hecho en el año 46 antes de la Era Común (aec) por órdenes de Julio César, quien encargó al astrónomo Sosígenes realizara el cálculo. Fue por esa razón que el calendario juliano tuvo vigencia desde los últimos años del Imperio romano hasta el Renacimiento. Gregorio XIII decidió realizar el cambio saltando del jueves 4 al viernes 15 de octubre. Sosígenes había establecido que cada cuatro años se añadiera un día más al mes de febrero,

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produciendo lo que se conoce como año bisiesto. La reforma gregoriana provocó un exceso de tres días cada cuatrocientos años. Así, el último año bisiesto secular fue 1600 y hasta cuatrocientos años después, en 2000, tuvo lugar otro para coincidir con el comienzo de un milenio.35 Si en el interior de un mismo calendario hay tales divergencias, éstas deberán ser mayores cuando se trata de otros calendarios porque el tiempo en cada civilización ha sido medido de diferente manera. Es muy probable que desde que el hombre existe haya experimentado el temor por el mañana, por el acontecer después de hoy. Según un proverbio árabe: “Todos los mortales tienen miedo del tiempo, pero el Tiempo tiene miedo de las pirámides”.36 Desde la antigüedad el hombre ha sufrido la angustia por el tiempo, por el inicio o el fin de un ciclo, que se correlaciona con el fin del día y el comienzo de la noche, porque las fieras se amparan en la oscuridad para atreverse a buscar alimento. Fenómenos naturales como la erupción de un volcán, fuertes lluvias o temblores se asociaron con consecuencias terribles que devastaron la Tierra. Un ejemplo muy estudiado es el de la erupción del volcán de Santorino en la actual Grecia, que dio origen a las islas Cíclades y tuvo efectos en Egipto y Medio Oriente, entre otros —en la lectura de la Biblia— la apertura del mar Rojo para que Moisés liberara a los judíos del poder de Faraón. ¿No es casual que fuera en ese entorno donde san Juan escribiera el Apocalipsis uniendo probablemente relatos ancestrales de la destrucción de la humanidad? El sentido del tiempo se alteró cuando pudo hablarse de una civilización milenaria o de pueblos con suficiente desarrollo para dejar evidencias del paso de su existencia. El surgimiento del monoteísmo dio un giro fundamental, pues trajo el sentido de la historia que en Occidente se vinculó con la tradición judaica primero, desde que Moisés le dio sentido de identidad a su pueblo, y luego, por extensión al cristianismo, con el antes y después de Cristo, que se convirtió en referente convencional para historiar las culturas. La percepción de la historicidad alcanzó un pleno desarrollo y sofisticación cuando el judaísmo dejó de ver exclusivamente hacia el pasado y sus episodios fundacionales y creó también una visión de futuro con la idea de la venida del Mesías, lo que después entre los cristianos se estableció como la parusía, es decir, el segundo advenimiento. Eso marcaría el tiempo de la liberación, entendida ésta en su doble sentido físico y anímico. El Mesías representó el fin de un tiempo para llegar al momento en que no habría más injusticia ni dominación. La mitología echa a volar tantas ideas que incluso se afirma que el Mesías llegará por la Puerta de Damasco en Jerusalem. A lo largo de la historia, en diferentes momentos, los creyentes han pensado que están por vivir el cumplimiento de la profecía. Por ejemplo, los seguidores de Jesús lo creyeron en lo que aún se festeja como el Domingo de Ramos y la alabanza de ese día, “Salve el hijo de David”, corresponde exactamente a su ascendencia, según los textos bíblicos.

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El cristianismo separó ese mundo para dar sentido a otro. Si el Mesías esperado de la tradición judaica fue identificado en Cristo, con la cristianización debía crearse un nuevo concepto del fin de los tiempos. El milenarismo se instauró cuando, desde el judaísmo, se habló de un reinado de mil años, reciclado posteriormente con gran eficacia por el cristianismo. El Apocalipsis de san Juan retomó esa tradición y le dio coherencia en un corpus escrito; si el reinado de Dios se inicia con la llegada del Mesías, es decir, con el nacimiento de Jesús, éste tiene una temporalidad capaz de ser descifrada porque ya no corresponde con exactitud al ciclo de mil años, como aparentemente podría leerse. La verdad revelada no podía ser interpretada por cualquier mortal, hay que ser un elegido. San Juan recurrió a toda la tradición previa para hacer de su Apocalipsis un documento esotérico y escatológico imposible de ser leído por cualquier mortal. Hay en él las evidencias de algo que se conformará más adelante en los escritos de la Cábala, es decir, el lenguaje incomprensible, los muchos signos y los demasiados números. Esto es lo que ya previamente se ha identificado en la profecía tan frecuentada por la tradición judaica. Daniel, el último de los profetas mayores, anunciaba: “el Dios del cielo levantará un reino que nunca jamás será destruido”.37 Es en ese sentido que “la eternidad quedó como un atributo de la ilimitada mente de Dios”.38 Los libros de los profetas en la Biblia en las versiones cristianas debieron dejarse al final del Antiguo Testamento porque permiten establecer la continuidad con los Evangelios. San Lucas ofrece un largo listado de nombres para dar a conocer la genealogía de Jesús: José, que era hijo de Helí, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melquí, hijo de Jannaí…, lo cual lleva al cumplimiento de la profecía, cuando menos para los cristianos que lo identificaron con el Mesías. Aunque después fue adaptada, la profecía hablaba de la instauración del reinado divino, no del sacrificio de ese Mesías que a los 33 años volvería en cuerpo y alma a fundirse de nuevo en su naturaleza deificada. Entonces el tiempo volvió a aparecer y en mil años el lapso se redefiniría. La llegada del Mesías se asoció con el Juicio final, con la Anastasia, cuando Dios tendría que enjuiciar a los humanos para separar a los justos de los injustos. Las fuerzas del bien disputarían con las del mal, por ello aparecería el Anticristo, el señalado ya en el Apocalipsis que, según las diferentes escatologías de la numeralia que contiene, es capaz de encarnar en cualquier mortal pero incluso, para crear mayor confusión y caos en el mundo, podría hacerlo en el cuerpo de un papa de la Iglesia católica.

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Los temores A fin de cuentas el Anticristo no era sino una idea, no siempre con la capacidad de tomar cualidades corpóreas. Por ello se instauraron los miedos en las sociedades feudales, sometidas a cambios sociales importantes como el demográfico, porque el crecimiento poblacional va a resultar en una organización espacial diferente, en particular en el centro de Europa. Georges Duby lo ha ilustrado muy bien al enunciar los temores del año mil, la miseria, las epidemias, la violencia, el temor al “otro”, a lo desconocido y al más allá.39 Desde la perspectiva religiosa se trataba de la esperada llegada de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Por cierto, Duby encontró coincidencias y distancias entre ese año y el 2000, pero lo más importante y diferente es que la racionalidad ha ganado terreno, aunque priva en Occidente la idea de que el hombre progresa hacia el futuro y por ello puede contemplar con naturalidad el pasado. “El cristianismo, que impactó fundamentalmente a la sociedad medieval, es una religión de la Historia. Proclama que el mundo fue creado en un instante preciso y que después, en una fecha determinada, Dios se hizo hombre para redimir a la humanidad. La Historia continúa y es Dios quien la dirige.”40 Es en el mundo medieval que el Apocalipsis —derivado del griego revelación— de san Juan se convierte en una referencia constante. Heredero de la tradición judaica, comparte esa idea de proyectarse hacia el porvenir sin descartar el pasado: “Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin”.41 La idea o concepciones del tiempo darán lugar a que los textos y predicciones apocalípticas se reproduzcan y cuando el séptimo ángel haga sonar la trompeta anunciará: “El reino de este mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos”.42 Hay una extensa numeralia: los siete ángeles, las siete plagas, los cuatro jinetes, los siete sellos, tres espíritus inmundos, tres puertas y la cifra más aterradora, la de los mil años o el tiempo en que el ángel con la llave del abismo encadenó a Satanás por “los mil años después de los cuales ha de ser soltado por poco tiempo”.43 Los modernos intérpretes de las Escrituras ven en esa cifra sólo el contenido de enunciar un periodo de larga duración. Algo que ningún calendario o reloj de procedencia humana podría medir; sin embargo, ninguna consideración pudo impedir los temores con los que se enfrentó el año 1000 ni los que siempre han surgido cuando se acerca el fin de un siglo. Antes del fin del primer milenio cristiano un nuevo suceso vino a cambiar el campo de lo religioso en el mundo más conocido, al impactar profundamente en Occidente. La prédica de Mahoma iniciada en el siglo vii y la rápida expansión del islam, primero por el triángulo cristiano dibujado en el Medio Oriente hasta el mar Rojo y, después, por el norte de África hasta alcanzar la península Ibérica al instaurar al-Ándalus, por nada menos que setecientos años. Ninguna religión previa conoció una propagación tan rápida. Ni la

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cristianización del Nuevo Mundo por los españoles, que precisamente salían de la conquista árabe, pudo realizarse en un periodo más corto. Desde que empezó la difusión del islam comenzaron a aglutinarse pueblos y aldeas dispersos por el territorio de la península Arábiga en torno al Corán, el primer libro escrito en prosa árabe,44 equivalente de la Torah, que había sido revelada en hebreo, y de los Evangelios, dados a conocer en griego y arameo. Así Dios se revelaba también en árabe para la comunicación e intercambio con esos pueblos. El surgimiento de la religión musulmana sorprendió porque, como afirmó Napoleón: “El islam conquistó la mitad del globo en sólo diez años, mientras el cristianismo necesitó trescientos años”. Su difusión estuvo asociada con la lengua árabe porque incluso otros, como los persas, tuvieron que aprenderla para leer el Corán cuando se islamizaron. Y qué más evidencia que tanto árabes, cristianos y judíos reconozcan al mismo Dios único. Así como el cristianismo aceptó en su genealogía la continuidad del judaísmo, el islam aceptó la influencia judeocristiana, incorporando algunos de sus grandes personajes. Abraham en primerísimo lugar quien, con su hijo, habría construido un albergue junto a la piedra negra que señala hasta nuestros días la Kaaba, el sitio sagrado de La Meca. Al haber engendrado con su esclava Agar a su hijo Ismael, de quien descienden los árabes, los hermanaría con las doce tribus de Israel. La versión chií del islam se refiere a los once imanes y se encuentra a la espera del duodécimo, que traerá consigo consecuencias como las atribuidas al Mesías. Pero también hay un reconocimiento a los profetas Zacarías y Juan el Bautista —a quienes los omeyas dedicaron las mezquitas de Damasco y Alepo—, así como a Jesús, ubicado en igual rango. En el Corán, el intraducible libro revelado a Mahoma,45 el tiempo adquiere una dimensión que sólo en apariencia se acerca al cristianismo porque en reiterados versículos se hace mención al Día Final. Se sabe que habrá juicio y resurrección, y Dios recompensará a quienes obraron bien, “y el temor no les alcanzará y no estarán afligidos”.46 El paraíso es su Señor en quien “hallarán jardines regados por corrientes de agua, donde permanecerán eternamente; mujeres exentas de toda mancha, y la satisfacción de Dios”.47 El tiempo en la cultura islámica, por más que esté contaminado de la medición judeocristiana, es otro desde que comienza en el año 622 de la era cristiana a partir de la hégira (huida) de Mahoma de La Meca a Medina.48 El tiempo musulmán tiene su propia medida, como lo ilustra bien un pasaje del Corán, cuando Dios hizo morir durante un siglo a un comerciante, luego lo despertó y éste no pudo recordar si había permanecido allí apenas un día o algunas horas. Sin embargo, al descubrir del asno que lo acompañaba solamente el costillar, reconoció el prodigio del omnipotente.49 El juicio final en el Corán está señalado como el “día inevitable” en el que se escuchará la trompeta, el cielo se caerá a pedazos y ocho ángeles transportarán el trono del Señor. Los creyentes dicen, sin embargo, que en el tiempo de Mahoma el reinado de Dios oscila entre los mil y los 50 mil años. Tal se ha

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desprendido de la metáfora sobre el Juicio Final donde el Libro dice que las gradas permiten llegar a los ángeles y el espíritu hacia Dios: “Suben en el espacio de un día, cuyo espacio es de cincuenta mil años”.50 Los enterados han querido ver en ese versículo la facilidad con la que Dios podrá juzgar a todo el género humano, a los vivos y a los muertos, por lo cual sólo ese acto tendrá lugar en un día de una larga duración que los humanos no podemos entender. La nueva prédica dio un pretexto inigualable a Occidente para combatir a quienes llamaron los infieles, que luego les sería retribuido. Se trataba de rescatar el Santo Sepulcro para disfrazar y, al mismo tiempo, dar un motivo de movilización ideológica, justificar sus deseos de conquistar las proverbiales riquezas del Oriente, apropiarse de las rutas comerciales de la antigüedad, convivir con sus mujeres, refrescarse en sus aguas templadas y descansar en sus jardines perfumados. Las Cruzadas significaron un aliento para la Iglesia católica que buscaba extender su influencia en detrimento de la Iglesia cristiana de Oriente que se fortalecía en Bizancio. Había sido durante el Concilio de Calcedonia, cerca de Constantinopla, en el año 451 cuando se dividieron esos dos brazos del cristianismo a causa de la polémica sobre el monofisismo o la doble naturaleza de Cristo: la humana y la divina, estableciendo la separación entre la cristiandad vinculada a Roma y la representada por el Patriarcado de Constantinopla. Para el islam se dio el pretexto para el reconocimiento del jihad o guerra santa y el estatus de una religiosidad que ganaba rápidamente terreno en la mitad del mundo conocido. El catolicismo y el islam auspiciaron desde entonces la fusión y/o confusión entre las esferas de lo religioso y lo político, de la paz y la guerra. En el mundo musulmán corrieron las profecías de la conquista de Roma, como capital del cristianismo occidental —que no ocurrió—, y de Constantinopla, sede del cristianismo oriental que sí tuvo lugar en 1453 con la conquista turca. El enfrentamiento entre islamismo y cristianismo se exacerbó a partir del final del siglo xv. Cuando los árabes fueron obligados a salir por la conformación de un Estado-nación en la península Ibérica y por su propia decadencia, la expulsión de los judíos asumió proporciones apocalípticas: “Todos los exiliados de Jerusalem que estaban viviendo en España salieron de esta tierra de maldiciones que en el quinto mes del año 5252, es decir en 1492, se dispersaron por los cuatro rincones de la Tierra”.51 La reconquista de España por los Reyes católicos, que había sido profetizada desde el 683 de la hégira, planteaba el problema de la idealización del Sacro Imperio porque, pese a todo, a partir de ese año, gran parte del mundo disputado era ya musulmán. Esto, sin embargo, no sucedía todavía en India y el gran territorio de Asia porque estaban fuera de ese debate religioso y, además, ni el milenarismo ni el mesianismo influyeron en los millones de

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personas que desde tiempo atrás vivían bajo el manto de Buda, en la creencia de un mundo circular sin fin, en ciclos que se inician y terminan. El otro tiempo La reconquista en España y el nuevo exilio-diáspora para los judíos, y el retorno de los musulmanes hacia la tierra de su origen, plantearon otros problemas para el cristianismo que, sin embargo, fueron paliados por el descubrimiento de América y la conquista del Nuevo Mundo. Este último término acoplado al acontecer reciente de Europa no resulta el más adecuado porque, pese a ciertos y contados focos de resistencia, no se trató de una guerra entre iguales debido al armamento y al uso del caballo, mitificado no sólo por los indios sino también por los españoles. Hay que recordar que el apóstol Santiago, llamado también el “Matamoros”, bajó desde el cielo en magnífico corcel de una blancura refulgente para ayudar a los cristianos a reducir a los indios en la Conquista de México. No obstante, el concepto conquista no estaba exento de un sentido religioso. Se trataba, como forma justificatoria, de llevar la verdadera fe a los paganos del Nuevo Mundo, pese a que se llegó a considerar que eran algunas de las tribus perdidas de Israel porque, de otra manera, no cabía una explicación religiosa para su origen. Era evidente que el mundo recién descubierto cargaba con toda la mitología y los contenidos culturales de los siglos pasados de los conquistadores. El mismo Cristóbal Colón, que llevaba el nombre del santo portador de Cristo, exclamó que se trataba del Paraíso Terrenal cuando vio la abundante vegetación, y eso que se trataba apenas de una de las islas próximas al rico continente. El concepto del tiempo es tan complejo que Motolinía, maravillado por su encuentro con México, decía en su crónica: Los egipcios y los árabes comienzan el año desde septiembre, porque en aquel mes los árboles están con fruta madura, y ellos tienen que en el principio del mundo los árboles fueron creados con fruta, y que septiembre fue el primer mes del año. Los romanos comenzaron el año desde el mes de enero, porque entonces, o poco antes, el sol comienza a allegar a nosotros. Los judíos comienzan el año de [5 de] marzo, porque tienen que entonces fue creado el mundo con flores y yerba verde. Los modernos cristianos, por reverencia de nuestro salvador Jesucristo, comienzan el año desde su santa navidad; otros de[sde] su sagrada circuncisión. Los indios naturales de esta Nueva España, al tiempo que esta tierra se ganó y entraron en ella los españoles, comenzaban su año en principios de marzo; mas por no alcanzar bisiesto irse ya variando su

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año por todos los meses. Tenían el año de trescientos y sesenta y cinco días. Tenían mes de a veinte días, y tenían diez y ocho meses y cinco días en un año, y el día postrero del mes muy solemne entre ellos.52 Para algunos cronistas el hecho de que América fuese un territorio poblado por las tribus perdidas de Israel justificó una prédica que de esa forma adquiría más sentido porque se trataba de convencerlos precisamente de acogerse al monoteísmo, pues habían permanecido en el estado previo al ser adoradores de un panteón pagano. Los descubridores realizaron emplazamientos en el diseño de los trazos urbanos respondiendo al pensamiento religioso que portaban. Para ello el lugar del culto tendría que ubicarse hacia el Oriente, hacia Jerusalem, la Tierra Santa. Desde luego eso justificaba, además, su empresa evangelizadora, apoyada por el papa, es decir, por la Iglesia de Roma. La gran esperanza producida por los descubrimientos americanos sólo toma su verdadera dimensión a la luz de la escatología cristiana. México nació bajo los auspicios del milenarismo. El Nuevo Mundo apareció como una tierra de salvación para la Europa católica, amenazada desde fuera por el islam conquistador y desde dentro por los progresos de las herejías luterana y calvinista; para los judíos perseguidos desempeñó el mismo papel de Tierra Prometida.53 Si México formaba parte de un hemisferio ubicado al Oriente del monte Sinaí, donde Moisés recibió las Tablas de la Ley, se demostraba la posible existencia del Paraíso Terrenal. El esquema previo del pensamiento cristiano defendido por la Iglesia católica desde el Vaticano fue sacudido brutalmente por los nuevos descubrimientos. Francisco López de Gómara lo expresó así: “La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó, es el descubrimiento de Indias; y así las llaman Mundo Nuevo”.54 Esto dio un nuevo aliento al esquema religioso de pecado-caída-encarnación-parusía o segunda llegada del Mesías. La recurrencia a las representaciones pictóricas del Juicio Final desde los primeros contactos entre españoles e indios así lo expresaron. Luego se completaron con las representaciones teatrales. Se mostró a los nativos el Apocalipsis, el terrorífico infierno donde las fuerzas de Satanás arrebatan las almas pecadoras a un Dios que flaquea en su omnipotencia. Las imágenes aterradoras catalogaron los castigos más atroces contra el repertorio de las penas merecidas. Algunos ejemplos subsisten hasta ahora como en la gran capilla abierta del convento agustino de Actopan, en el actual estado de Hidalgo del siglo xvi, y los tardíos murales del siglo xvii que decoran la parroquia de Atotonilco en Guanajuato. En el primero, un enorme

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monstruo abre sus fauces de donde salen llamas al mismo tiempo que engulle diminutos cuerpos de quienes se han hecho acreedores al castigo eterno. Dios, quien dibuja un corazón con su trono, conserva a su derecha las almas que han sido salvadas por sus obras y a la izquierda, en lo bajo, los condenados caen en las fauces ardientes de un diablo-dragón. En fin, se trata de una lectura del Apocalipsis para intimidar a los indios que —dicen los expertos— contribuyeron a su ejecución. En realidad no es sino una de las expresiones más frecuentes del arte católico europeo, aunque más proclive a la escatología del fin de los tiempos si recordamos la belleza del Juicio Final, de Giotto, en la capilla de los Scrovegni en Padua, el gran mural de la Capilla Sixtina, de Miguel Ángel, o El entierro del conde de Orgaz, del Greco, con la exaltación del barroco y el descubrimiento del color. Es el día del juicio lo que quedó bajo la dirección de los frailes agustinos en los muros de la capilla abierta del convento de San Nicolás de Tolentino en Actopan, con el fin de convertir a los indios. En el templo de San Felipe Neri, en Atotonilco, en lo que hoy es Guanajuato, el cura Luis Felipe Neri de Alfaro, su fundador, encargó al pintor Miguel Antonio Martínez de Pocasangre la elaboración de representaciones apocalípticas en bóvedas y paredes, donde plasmó un universo lleno de pequeños diablos que aparecen en la historia narrada para incluir la presencia maligna a lo largo de la prédica de Cristo. La lucha permanente por las almas se expresaba en el poemario escrito sobre los muros: Aquí tus mismos pecados han de ser fiscales fieros que porque los cometiste te pedirán para el fuego. Así, no son los dibujos solamente los que nos muestran lo que nos espera en el fin de los tiempos, sino que son reforzados por la escritura: No es de los males la alianza el más triste desconsuelo porque no puede haber consuelo como [h]aya alguna esperanza en su padecer eterno ante el furor interno de la desesperación que abriga el corazón le fragua mayor infierno.55 Las visiones del averno predominaron en esa enseñanza a través de la imagen por toda la Nueva España. Incluso la iconografía de María estará llena de esas alusiones, como la Virgen de la Luz, en la Catedral de León, Guanajuato, que

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lucha contra un dragón que oculta el verdadero rostro de Lucifer: “Y vi una bestia que subía del mar, la cual tenía siete cabezas y diez cuernos y sobre los cuernos diez diademas, y sobre las cabezas nombres de blasfemia”.56 Un giro diferente tomará la prédica con la aparición de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac por toda la secuela que tenderá a identificarla como la defensora de los indios, aunque inicialmente no está tan alejada del imaginario del Apocalipsis. No dejan de ser interesantes las coincidencias con la mujer aludida por san Juan, “en pos de la mujer, agua como un río”,57 pues el nombre Guadalupe, si se relaciona con el árabe, es la voz para designar el lecho del río, aunque no de agua sino de piedra. De su silueta surgen llamas siempre presentes en la escatología apocalíptica: “Apareció en el cielo una señal grande, de una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies”.58 Como Guadalupe, la mujer está encinta y su corona tiene doce estrellas; en el caso de la virgen mexicana, están distribuidas en su manto azul simbolizando la noche, y posa sus pies sobre la media luna, imagen identificada con el islam, que en esa representación es evidentemente vencido por la grandeza de María. Aparecida en el cerro del Tepeyac en 1531 no sería sino 117 años después, en 1648, cuando se escribirían los primeros testimonios del milagro, lo cual aún es motivo de polémicas. La nueva alianza de amor se establecía según la formulación de las Escrituras para salvar a los miserables. Habiendo elegido a los pobres de México y de América, Dios incluyó a los indios entre los justos. Jacques Lafaye lleva su interpretación a argumentos insospechados: Milagros y prodigios habían acompañado la venida de Cristo entre los hombres, y por analogía se pensaba que nuevos prodigios debían acompañar la evangelización del Nuevo Mundo y la fundación de una nueva Iglesia en un mundo llamado Nuevo, no tanto por razones de orden geográfico como escatológico. La nueva Iglesia sería la de María, Madre de Jesús sin duda, pero sobre todo la que en el Apocalipsis de Juan derrota al dragón, símbolo del Anticristo. Y la nueva Roma de esta nueva Iglesia tenía que ser México.59 Una nueva expresión del mesianismo tendrá lugar en México, aunque no sería marcada por la esperada segunda llegada del Mesías, porque se materializaría en la aparición de la Virgen y en el fervor que despertará la cultura mariana en el continente. Con esta afirmación no se niegan las numerosas advocaciones que se darán en torno a Cristo que, según su feligresía, realizará grandes milagros en todas sus representaciones. Nuevos prodigios le esperaban todavía al territorio que ingresaba al mundo de la cristiandad, pero el tiempo necesariamente resultaría alterado. Si el reinado de mil años se iniciaba con la llegada del Mesías, en la analogía mariana del continente americano comenzaba con la aparición en el cerro del Tepeyac en 1531 que cumplimentaba la parusía o el establecimiento del reino de la Virgen María de Guadalupe.

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Fuera de esa interpretación, lo que dará sentido a la religiosidad indiana será el fervor guadalupano, el cual, sin exagerar, se da antes de que el cristianismo logre imponerse en las tierras recién descubiertas. Por eso más que el sincretismo, lo que aparecerá entre las poblaciones indias del continente será una nueva religiosidad diferente de la esperada inicialmente por la prédica cristiana y cuyas expresiones se encuentran todavía en nuestros días en las poblaciones donde predominan los rasgos de la cultura indígena. El tiempo que vivimos El tránsito entre los años 1000 y 2000 tiene una carga de expectativas que no necesariamente se vincula con los temores del fin de los tiempos. La cultura milenarista finalmente representa el amplio espectro del cristianismo, más secularizado de lo previsto; la imposición de un horario que la gente ilustrada implantó para regir el tiempo porque Occidente vive el calendario gregoriano diseñado por un grupo de monjes cercano al papa Gregorio XIII; es decir, la mitad del mundo vive el tiempo establecido por la Iglesia católica con sede en Roma, aunque hubiera tenido que realizar acuerdos con los cristianos de Asia Menor y existan pequeñas variaciones. En lo fundamental la fecha convencional es la del nacimiento de Cristo y aun cuando desde la laicidad se hable de antes y después de nuestra era, se alude necesariamente al hecho fundacional del cristianismo. Todavía varios movimientos milenaristas vinculados con el cristianismo surgieron en épocas recientes, porque el siglo xix fue concebido como una aproximación al final de ese tiempo, según la interpretación de los textos sagrados. Varias religiones puritanas florecieron en Estados Unidos, ¿otro nuevo mundo? En 1823 un ángel reveló a John Smith unas placas de oro transcritas en el Libro del Mormón para dar origen a la Iglesia de los Santos de los Últimos Días con un claro referente apocalíptico y estableciendo apenas el conteo de los mil años. Algo semejante se extendió por las iglesias de los Adventistas del Séptimo Día y el Ejército de Salvación canta a la espera del segundo reinado de Cristo. Varios poblados por todo el mundo se denominan la Nueva Jerusalem, dispuestos a ver nacer, otra vez, al Mesías. Hasta el Vaticano se vio envuelto en expectativas semejantes, por ejemplo, con la aparición de la Virgen de Fátima —libertad en árabe—, que legó una carta a Lucía, la mayor de los tres pastores portugueses cuyos ojos vieron el milagro, que sólo podía ser abierta en cierta fecha, ¿el séptimo sello del Apocalipsis? Este hecho generó numerosas especulaciones sobre si su contenido presagiaba catástrofes o la felicidad para la humanidad. El conocimiento del contenido, al abrirse en la fecha señalada por la divinidad, no tuvo trascendencia y la versión de Roma fue que aludía a la esperanza y al advenimiento de tiempos mejores.

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La celebración del milenio es para la civilización occidental la exageración de la cultura judeocristiana, que se afana en ver hacia delante, dejar atrás el pasado y prepararse para un tiempo diferente que está por venir. Es, hasta cierto punto, la extensión de la imaginación eurocéntrica forjada a imagen y semejanza del mundo que se ha apropiado del concepto civilizado. El Apocalipsis, sin embargo, ya fue conocido por el mundo en el siglo xx. Nunca murió tanta gente como en la primera y segunda guerra mundiales; nunca se conoció tal terror como el del holocausto judío; nunca hubo matanzas más bestiales que las de la guerra en China, Vietnam, Sudán y Yugos­ lavia; nunca abandonó tanta gente sus países de origen; no murió más gente por hambre como en África, India o Afganistán; nunca fueron más los amenazados por enfermedades como el sida (¿mal de la era de la globalización?) y nunca hubo más explotación para llegar al mundo de contrastes donde la mayor parte de la riqueza se encuentra en muy pocas manos. Difícil imaginar igualmente que en un solo evento de apenas unos minutos murieran tantas personas como el martes 11 de septiembre de 2001, cuando literalmente desde el cielo cayó el infierno sobre Nueva York para destruir las dos torres más altas (¿la Babel duplicada?) con la fuerza destructora del terrorismo agazapado de al-Qaeda, un grupo finisecular que permitió prevenir que los cuatro jinetes del Apocalipsis desbocaran sus cabalgaduras con el comienzo del siglo para poner fin al tiempo en un mundo que, pese a todo, continuaría su marcha. Sin embargo, desde el punto de vista de la racionalidad que combatió a la religión aún no es el fin de la historia, y menos según la difundida versión de Francis Fukuyama, cuya obra está marcada por la caída del Muro de Berlín, que significó para el autor el derrocamiento del comunismo y el triunfo de las democracias liberales. Las guerras y las revoluciones sangrientas terminarían y el hombre encontraría su satisfacción en un capitalismo con seguridad jurídica. Así, el liberalismo económico y político de Occidente se habría impuesto ante el fracaso de otras opciones; es decir, de nuevo la oposición respecto a lo oriental con el epítome del igualitarismo en Estados Unidos, lo más semejante a la sociedad sin clases de Marx.60 Me impresiona cómo ha marcado su pensamiento a los intelectuales de la política correcta. Aunque durante el siglo pasado hayan tenido lugar tantas conmemoraciones, el festejo del cambio de milenio sólo tuvo lugar en Occidente, es decir, en el mundo cristiano. Ni para los judíos (que en el 2000 vivían el año 5760 de la creación), ni para los musulmanes (apenas en el año 1378 después de la hégira), ni para los budistas (el eterno retorno), ni siquiera para los indios americanos (¿qué deben festejar como evento fundador?: ¿la conquista?, ¿o lo que se puede interpretar en sus antiguas tradiciones?), ni el tiempo en este milenio que se inició con el siglo xxi tienen el mismo significado. Se viven temporalidades diferenciadas, establecidas por las culturas propias, con la diversidad que nunca se había puesto de manifiesto como en el siglo que llegó

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a su fin, con la puesta en duda de todos los valores, de todos los principios, oponiéndose al tiempo del extenso territorio de la aldea global en una contradicción que quizá, paradójicamente, sólo el tiempo logrará resolver. El tiempo que se compendia en los diez años que analiza este libro se extiende para historiar un presente que sin la larga duración sería todavía más incomprensible. Pasado y presente se encuentran para entender el desgarramiento del mundo actual que nos lleva a un futuro que no por menos deseable es el posible.

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