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Mara Altman

Gracias por venir Una joven en busca del orgasmo

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Índice

PRIMERA PARTE, 11

SEGUNDA PARTE, 141

TERCERA PARTE, 191

CUARTA PARTE, 217

INTERMEDIO DE MASTURBACIÓN OBLIGATORIA, 239

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Primera parte

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¿Dónde está la clave de mi cli-tóris?

Le hablé por teléfono al doctor Barry Komisaruk. —¿No tiene orgasmos? —me dijo cuando le comenté que mi equipo para el orgasmo —todo lo de “allá abajo”— estaba descompuesto. Seguramente detectó la urgencia de mi voz, porque el neurocientífico con sede en Nueva Jersey me dijo que iba a recibirme en Manhattan. Pero antes de colgar empezó a tomar notas. “¿Qué edad tiene? ¿Tiene hermanos o hermanas? ¿Ha tratado de...?” Poco tiempo antes el doctor Komisaruk, junto con dos coautores, había publicado un libro, The Science of Orgasm. Parecía saberlo todo sobre el tema y yo esperaba que pudiese ayudarme, porque nada de lo que había intentado antes había funcionado. Desde luego, una parte esencial pero bastante contraproducente de mi problema era que de hecho “tratar” no incluía tocarme a mí misma. Pero de eso hablaremos después. Tengo veintiséis años y no cuento ni con un solo clímax en mi haber. Hasta los tres gatos —Buddy, Sika y Lucy— que corren por mi departamento de Brooklyn me recuerdan eso. Se vomitan, se lamen, arañan cosas y se ayuntan unos con otros delante mío. Yo me pregunto cómo es que nosotros, los humanos, especialmente yo, nos alejamos tanto de lo instintivo. Mis instintos parecían estar kaput; se habían atrofiado porque no los ejercitaba con regularidad. Me gustaría cogerme un cojín del sofá y darme palmaditas en la espalda —¡bien hecho! Pero ni siquiera he sido capaz de tocarme la entrepierna, ya no hablemos de cogerme a una almohada. Padezco un caso de inhibición que puede estar complicado por cierto cinismo amoroso. Busqué las estadísticas. Un cuarenta y tres por ciento de las mujeres mencionan tener algún tipo de disfunción sexual, de manera que no tendría que estar tan horrorizada, pero cuanto más pienso en mi propio problema, más me perturba. Cuando le di la noticia a una amiga lo único que le faltó fue caer de rodillas en la banqueta, como si estuviese en un reclinatorio, y rezar por mí... actuación especialmente sensacional en vista de que es atea. El doctor Komisaruk accedió a encontrarse conmigo en un restaurant hindú de Greenwich Village. Yo había sugerido uno etíope, pero él me dijo que la última vez que comió esa comida se confundió y usó los rollos de pan plano para secarse las gotas de sudor de la frente. Creyó que era una toallita caliente. 13

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Le había dejado en la piel una desagradable sensación masuda que no quería recordar. Los neurocientíficos no pueden ser inteligentes todo el tiempo. No es que yo no haya tenido relaciones sexuales; sí que las tuve, con seis hombres. (En realidad, digamos que fueron cinco y medio, pero de eso hablaremos más adelante.) Bueno, volvamos a los orgasmos... o mejor dicho, a su ausencia. No, nunca tuve uno. Un orgasmo parece tan huidizo con mi propio toque como lo fue con cualquiera de mis cinco hombres y medio, y es algo que quiero arreglar. Me las he ingeniado para viajar por el mundo: viví en España, India, Tailandia y Perú, y por el camino tuve bastantes relaciones interrumpidas, pero nunca me aventuré dentro de mí misma. De manera que el viaje que he decidido emprender —el que me llevó a hablarle al doctor Komisaruk— va a consistir en salir de la realidad en la que me siento cómoda y ampliar mis propios límites y terminar con mis remilgos. Por lo menos eso fue lo que me dije, pero hasta ahora está resultando más difícil de lo que pensé. Mi proyecto no tuvo un comienzo auspicioso. Unas cuantas semanas antes había hecho cita con una sexóloga que se llamaba Melinda. Cuando entré a su oficina estaba terriblemente ansiosa. Sudaba como si me hubiese arrastrado a través de una jungla, con verdaderas lagunas debajo de los brazos y charcos sobre el labio superior. Melinda me dijo que me pusiese cómoda en su sofá con tapizado floral. El sofá no era de mi talla. Si me sentaba en la orilla me colgaban los pies, y si me acomodaba hasta el respaldo me quedaban las piernas estiradas como las de un niñito en una camioneta. Melinda no podía hablar de sexo conmigo mientras me sentaba así; sería casi pedofilia. Así que opté por sentarme tipo sastre y traté de ser zen. Se parecía a Bette Midler, pero más esponjada. Hagan de cuenta Midler con uniforme de futbolista pero con el cabello más largo; en lugar de deslizarse por un escenario cantando cosas de amor, está sentada en un sofá, enfrente, y te incita a ti a cantar sobre tus vergonzosos fracasos sexuales. —Nunca he tenido un orgasmo —dije. Empecé a exponer mis teorías: a lo mejor estaba rebelándome contra mis padres, unos hippies que adoran el sexo; quizás estaba definiéndome por contraste con mi mejor amiga, que vive de sus orgasmos; tal vez podía ser resultado de ese musulmán con el que salí en la India, que ni siquiera sabía cómo meterme mano. Pero ella me interrumpió y empezó a explicarme qué ocurre en el cuerpo durante la excitación. —Espere —le dije—. ¿Podemos regresarnos? Tenía la sensación de que yo estaba en el paso 03 y ella había galopado derechito hasta el 10. —Vaya a casa y tóquese el clítoris. Clí-toris. ¿Así se dice? Yo había estado pronunciándolo cli-tóris, como si fuese una especie de Ford sedán que tenía que encender con una llave especial antes de dar una vuelta por la ciudad.

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Objetivamente, sabía que podía meterme uno de esos vibradores de conejo de los que todos hablan y probablemente terminar con el asunto. Pero para mí no era simplemente una cuestión física: quería saber por qué, a pesar de que me habían regalado muchos vibradores a lo largo de la vida, todavía no había intentado usar ninguno. Para cambiar de tema, le dije que estaba pensando escribir un libro sobre el proceso. Hasta entonces había estado tan metida en el trabajo, tan obsesionada con llegar a ser alguien, que era perfectamente posible que se me hubiese caído el coño por el camino sin que yo me diese cuenta. La única manera de poder hacer contacto era convertir al orgasmo en el centro de mi trabajo, hacer de esa odisea una parte de la manera en que me ganaba la vida como escritora y periodista. —Mala idea —dijo. De hecho, me informó, escribir acerca del orgasmo sería absolutamente la peor actividad para alguien que quería experimentarlo. —Sobre el orgasmo no se puede pensar. Cuanto más medite sobre él menos probabilidades hay de que lo tenga. Tiene que relajarse. En otras palabras, seguía con su mantra: ¡Sólo tócate el clítoris! Melinda no aflojaba; reiteró su planteamiento. —Soy directa —me dijo—. ¿Tiene en su casa un lugar privado donde se sienta cómoda tocándose a sí misma? Me eché un cojín encima, protegiéndome la entrepierna, y me encogí de hombros. —Mi cuarto tiene puerta. ¿A eso se refiere? Nuestra hora había concluido. Cuando pasé a su baño no había ni el menor rastro de orgasmo: sólo una barra vieja de jabón y un desodorante descascarado. Confiar en ella sería como confiar en un peluquero que estuviese peinado como Enrique, el de Plaza Sésamo. Mientras me acompañaba hasta la puerta me dijo que esperaba la posibilidad de volver a trabajar conmigo, pero me puso severamente sobre aviso ante la perspectiva de escribir: —Si piensa tanto en el orgasmo, nunca lo va a tener. Pero por alguna razón no podía tomarme muy en serio su consejo. A lo mejor era por la foto enmarcada del Vaticano que tenía en la oficina. Me parecía lo más antiorgasmico del mundo. Después me metí a Google. Encontré un sitio web interesante que se llamaba Universidad de la Vulva. Lo manejan desde San Francisco. La directora, Dorrie Lane, me dijo que estaba formando a la siguiente generación de vulvalucionarias. La imagen que evocó fue la emblemática camiseta roja con la silueta negra del Che Guevara, pero sustituida por un solitario monte de Venus rematado por una boina. Yo quería ser vulvalucionaria. Llegar a serlo era casi un requisito para una chica que quería triunfar, como yo. Dorrie me dijo que podía serlo. Lo único que necesitaba era una vulva. —¿Aunque sea una vagina disfuncional? —le pregunté.

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Primero me regañó por mi semántica genital. Me dijo que la palabra “vagina” no se refiere más que al canal interior, y que sólo hace énfasis en la capacidad de los genitales femeninos de ser penetrados, mientras que “vulva”, mencionó, incluye todo el equipo, como el clítoris, ese inductor del placer. Después, pasó rápidamente a promover su Maravillosos Títeres de Vulva, que hace como pasatiempo. Dijo que eran coños anatómicamente correctos forrados de seda. Si metes la mano puedes hacerlos hablar manipulando los labios menores como si fuesen la boca. Las vulvas de tela eran bastante monas, aunque mientras miraba las fotos en línea todas me parecían más bien extravagantes guantes de beisbol. En realidad es probable que por eso me gustasen, porque cuando revisé los otros accesorios de la vulvalación, mucho más realistas —como los anillos de vulvas de plata y los pendientes, que parecían ostras alargadas con una perla hasta arriba, deformadas por un buen remojón en algún ácido— me sentí un poquito incómoda. Cuando llegó mi títere de vulva —había encargado el modelo Picchu, inspirada por sus labios cubiertos de una colorida tela peruana—, esperaba que me ayudase a verbalizar algunos pensamientos vaginales reprimidos y sofocados, como los de esas mujeres tan abiertas que recitan los Monólogos de la vagina, pero esa vagina rellena, que tendría que haber sido la mascota que me estimulase, no tenía nada que decirme. Venía en una bolsita de seda con cordones. La colgué, desolada, del picaporte. Y fue entonces, muy alterada, cuando llamé al doctor Komisaruk. Cuando llegamos al restaurante el doctor Komisaruk pide una botella de vino y en el momento en que empieza hablar sé que es la persona que estaba buscando. Me mira intensamente y me doy cuenta de que para él el orgasmo no tiene nada de frívolo. Cree que todo ser humano tiene el derecho al orgasmo, y lo cree con la misma intensidad con la que Charlton Heston creía en el derecho a tener armas. El doctor Komisaruk anda por los sesentaitantos y tiene en la coronilla un sereno estanque de cuero cabelludo con manchas del sol, rodeado por espumosas olas de pelo gris. Usa unos pantalones informales y una camisa de vestir azul. Está en la frontera de la investigación sobre el orgasmo. Él y sus investigadores asociados meten a las mujeres en equipos de resonancia magnética funcional, les dicen que se estimulen, y después toman fotos de los lugares del cerebro que el orgasmo hace chisporrotear. Entre otras cosas, han descubierto que el orgasmo bloquea de manera natural el dolor. Mientras reduce el dolor hasta en un 50 por ciento, la sensibilidad al tacto permanece igual o incluso aumenta, lo que hace aún más dulce las caricias del amante. No sé si lo que me hace sudar es el curry picante o la conversación, pero no tardamos mucho en llegar a la ciencia de los orgasmos. Nadie sabe muy bien por qué existe el orgasmo femenino. Hay quienes afirman que no es más que una supervivencia evolutiva del clímax eyaculatorio del varón, tal como los pezoncitos rojos del hombre lo son de las glándulas

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mamarias productoras de leche de la mujer. Otros, como el doctor Komisaruk, piensan que el éxtasis ruborizador de la mujer tiene un propósito, aunque no esté del todo seguro de cuál es. Podría ocurrir que la contracción del útero durante el orgasmo contribuya a atraer al semen hacia las trompas de falopio para favorecer el embarazo, o que el placer incite a la mujer a copular una y otra vez, o que el orgasmo permita una saludable liberación de la tensión muscular del cuerpo... o podría ser una combinación de todo eso. Las mujeres orgásmicas tienden estar menos estresadas que sus contrapartes no orgásmicas, dice el doctor Komisaruk. —Barry —le digo, prácticamente cayéndome sobre los platos de curry—, ¿le parece que estoy estresada? Quiero decir, ¿le doy la impresión de estar estresada? El doctor Komisaruk me dijo que le encantaría que fuese a su laboratorio para hacer un experimento. Pero tendría que esperar el financiamiento; dice que se la pasa esperando financiamiento. —En esta sociedad no se premia el estudio del placer —me explica. Dice que cuando reciba el financiamiento puede ponerme en la máquina de resonancia magnética, y que si yo observo mi actividad cerebral y al mismo tiempo uso su estimulador, podría tratar, conscientemente, de activar las partes de mi cerebro que suelen encenderse durante el orgasmo. Mediante el biofeedback podría aprender cerebralmente la respuesta que estoy buscando. Le digo que lo más parecido al orgasmo que conozco es el pequeño cosquilleo seguido por un estremecimiento que siento en la nuca cuando me limpio los oídos con un cotonete. —¡Por supuesto! —contesta, como si supiese exactamente de qué estoy hablando—. ¡Un oidogasmo! Pero ten cuidado, puedes lastimarte el canal auditivo. —¿Qué? —le digo, fingiendo que ya me masturbé los oídos hasta la sordera. No capta la broma. —¡Cuidado! ¡Tienes que tener cuidado! —me advierte. Toma otro trozo de pan nan y lo sumerge en su saag. El orgasmo se define por una acumulación creciente de tensión, una cima, y después una liberación. Dice que hay muchas cosas que pueden ser una especie de orgasmo: un estornudo, rascarse una comezón, reírse, llorar o hasta vomitar. —Es una acumulación de náusea y entonces... —Barry, ésa no es la clase de orgasmo que estoy buscando. De pronto me surge en la mente la imagen del orgasmo que creo que podría tener algún día: el mundo material desaparece; lo baña una luz blanca, parecida a ésa de la que habla la gente, que dice que aparece al final del túnel... tranquilizadora, pero que te inspira a acercarte. A falta de paisaje, un crepúsculo espectacular se produce sobre mis pliegues labiales y se instala detrás de mi capuchón clitorídeo. Pierdo el control de mi cuerpo y se me olvida dónde estoy. Si estuviese con alguien, ambos quedaríamos suspendidos en el

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tiempo. Y ahí es donde las cosas se ponen raras. Me convierto en Scarlett Johansson. Mis pequeñas antitetitas se triplican en tamaño y empiezo a arquear la espalda. Se me abre la boca apenas lo suficiente para morder la punta de una fresa bañada en chocolate, y de pronto la fruta color rubí está, mágicamente, allí. Creo que en ese momento estoy levitando ligeramente y la piel me brilla con esa capa perfecta de transpiración que hace que casi centellee como un lago al amanecer, pero no tanto como para que el rocío comience a gotear. En ese momento empiezo a hacer esos sonidos realmente impresionantes, un poco como los que hago cuando como sashimi pero amplificados, y con un toque ronco inducido por el cigarro. Llego al clímax y es como si una espada de placer me estuviese perforando la entrepierna; la célula crece para convertirse en una piscina de bienaventuranza trascendental... —Mara —me pregunta el doctor Komisaruk—, ¿más navratan korma? —Ah, sí, claro, claro. Empiezo a comer mientras el doctor Komisaruk imparte consejos. —¿Tienes un vibrador? —me pregunta—. Necesitas conseguirte un vibrador poderoso. Se me cae el pan de las manos y de golpe pierdo el apetito. El científico, del que esperaba que pudiese darme células madre orgásmicas o algo por el estilo, me da la misma recomendación de siempre: un vibrador. —Porque los que tienen poca energía, sabes... tiene que golpear. Tiene que darte unos buenos golpes, no un simple zumbido sino un zumbido golpeador. Posa los cubiertos y mueve el plato para dejar al descubierto un cuadrado de mesa desnuda. —Tiene que ser algo así —me dice, mientras le pega al espacio vacío con el puño hasta que todo lo que está sobre la mesa se sacude. Yo, incómoda, miro a nuestros vecinos, preocupada de que puedan haber oído nuestra conversación. Cambio rápidamente de tema. Mientras concluimos la comida con vasitos de helado de mango, cortesía de la casa, me dice que se va poner en contacto conmigo en cuanto llegue el financiamiento. No ve el momento de meterme en esa máquina de resonancia magnética para ver cómo está mi conexión cerebro-entrepierna. Yo no veo el momento de ir a casa y esconderme debajo de la cama. Me siento muy, muy lejos de terminar, no hablemos ya de terminar en una máquina.

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Mi equipaje

Vivo en Brooklyn, en el último piso de una vieja casa de piedra. Tengo una vista panorámica de la punta de Manhattan. Los edificios se proyectan hacia el cielo; el crepúsculo lo envuelve todo; los últimos rayos del sol se reflejan en las ventanas y me vuelven de un rosa radiactivo mientras estoy sentada, con las piernas colgadas, en la escalera para incendios. Observo todas las luces que centellean y me pregunto cuántas mujeres están llegando al orgasmo en la ciudad; de ocho millones de personas, hay aproximadamente cuatro millones de propietarias de vulvas que tienen el potencial de hacerlo. No oigo más que los autos que pasan zumbando, pero estoy convencida de que hay muchos gemidos. Cuando estoy tras bambalinas siempre me sintonizo mejor con lo que hacen los demás. Como Carl, al que llamo El Coleccionista. Vive en el sótano y tiene trastorno obsesivo de acumulación. Guarda y colecciona todo lo que encuentra. Desde mi ventana cuento las bolsas de plástico blancas, negras y a cuadros que ha amontonado en su patio. Una vez que la pila llega hasta el primer piso viene un gran camión y se las lleva. En cuanto se va, vuelve a empezar con una bolsa contra la esquina de la pared. Sería excelente si ese camión pudiese también aspirar un poco de la basura que se me acumula en la cabeza. Cada una de las tres chicas que vivieron previamente en mi cuarto se mudaron antes de transcurrido un año para vivir con flamantes novios. La habitación tenía el poder mágico de encontrar hombres... bueno, hasta que llegué yo. Para celebrar el aniversario de mi llegada, celebré mi capacidad de romper los hechizos mágicos encuentrahombres comprando un cabernet barato en la vinatería de la esquina, a la cual voy también porque me gusta mirar a los tipos que trabajan ahí. Todo son agradables, monos y a la moda. Creo que también todos son gays. Pero igual no necesito un hombre. Estoy ocupada. ¿Han visto lo que pasa con las parejas? Primero se idolatran, después se infectan y después se separan. Mi mejor amiga, Fiona, ha estado pasando esas diversas etapas desde que teníamos seis años; su primera relación tuvo lugar, íntegra, en el curso de un juego de pelota. Hace poco se casó, tras sólo dos meses de conocerlo, con Pedro. Dice que los orgasmos que tiene con él son los mejores de su vida, y que tiene un pene enorme. Cuando me pidió mi bendición, le dije: —Siempre te puedes divorciar. 19

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Me dijo que era la mejor bendición que había recibido. Yo he tenido mi dosis de relaciones, pero afortunadamente ella las ha tenido por las dos; esas etapas llevan mucho tiempo y yo no tengo más que una vida para llegar a donde voy. Y estoy tratando de ir a algún lado. Aunque no estoy en la búsqueda activa de un novio, tengo que reconocer que duermo con un elefante de peluche que se llama Earl. Muchas veces me despierto con su trompa peluda firmemente agarrada en la mano. No sé si mi subconsciente está tratando de decirme algo. Si fuese hombre, probablemente yo también me volvería gay. Un trabajito sencillo y fácil con la mano resuelve sin problemas las cosas para un pene; no tendría que batallar con ese montón confuso y complicado de cosas que hay entre las piernas de una mujer. Entre mis piernas. Los hombres son tan poco complicados que para que la cosa sea un poco más desafiante tienen que mostrarla en campos de juego, en parques y playas. Recuerdo que cuando tenía diez años, en las pozas que dejaba la marea en La Jolla, California, un tipo se sacó su cosa y se la acarició orgullosamente frente a mí, como si fuese una chica que se acaricia su brillante cola de caballo. Me puse mal, y con razón. El pene era un monstruo, largo como mi torso. —¡Le vi el pene a un desconocido! —les grité a mis padres. Ellos me dieron palmaditas en la espalda, tratando de calmarme. Esa noche me pasé la cena dibujando faros: altas bases cilíndricas con techos triangulares. Mi papá se inclinó sobre mi dibujo fálico y me dijo: —¿Así que lo estás elaborando subconscientemente, no? Y a lo mejor sigo elaborando qué poco complicados son los hombres; uno de mis garabatos recurrentes es una palmera orlada de cocos. A mis dos compañeras de departamento las conocí por un aviso clasificado. Tienen poco más de treinta años. Leigh es una diseñadora que está en busca de un hombre. Hablamos de ser gordas, pensamos que somos gordas, y nos deshacemos de la grasa, por lo general mientras consumimos algo alto en calorías. Mi otra compañera de departamento, Úrsula, es una exbanquera de inversiones que se convirtió en cineasta documental. Es la dueña de los tres gatos que mencioné antes: Buddy, Sika y Lucy. Por lo general los gatos y yo no nos llevamos bien, como quedó en claro cuando uno de ellos se cagó en mi cama la primera semana que viví ahí, pero por asociación involuntaria me he convertido en dueña de gatos. Paso oficialmente más tiempo con gatos que con hombres. La verdadera mujer de los gatos es Úrsula, pero, pese a lo que suele decirse, tiene novio. Está tratando de decidir si se va a vivir con él o no. Yo uso a mis padres, Ken y Deena, como comparación. Llevan treinta y cuatro años de casados y a veces parecen ser la misma persona: Keena. Hablan en “nosotros”. Si Úrsula está dispuesta a cortarse por la mitad —a convertirse en Urs— o en -ula—,le digo que definitivamente cohabite. La forma favorita de Fiona para llegar al orgasmo es con el ya mencionado vibrador de conejo. Leigh dice que para ella lo mejor es tomarse antes

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MI

EQUIPAJE

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una buena cantidad de vino. Úrsula jura que es capaz de pensar que no existe, y concentrarse sólo en los genitales hasta el punto de tener un orgasmo espontáneo sin moverse de la silla. Tengo que reconocer que me está dando bastante curiosidad y que me siento de lo más deficiente en este momento. Fiona —igual que mi madre, igual que todo el mundo— siempre me dice que tengo que explorarme a mí misma antes de tener un orgasmo con un compañero. Pero yo tenía la esperanza de que algún hombre le diera al blanco y me ahorrase el esfuerzo de explorarme mientras podía salir a explorar el mundo. Allá afuera hay montones de cosas que hacer. Como ser mesera de un bar, que fue lo que he decidido ser ahora en dos bares diferentes —el Bar ACE y el Bleecker— mientras dejo en suspenso mi carrera periodística en pro de un orgasmo. Los dos bares son como parques de diversiones para adultos: tienen maquinitas, billar, futbolitos y dardos, pero el principal juego, con mucho, es buscar a alguien con quien pasar la noche. Mis turnos allí son como ver un especial de Discovery Channel sobre las prácticas de apareamiento de nuestra especie, lo que no es tan diferente de mi último empleo. Trabajé un año como redactora del periódico Village Voice. Me encontré insaciablemente atraída por los temas relacionados con el sexo —pornogami (origami pornográfico), la esquina de las calles Seaman y Cuming (Fiona vivía a una cuadra de ahí) y la vida amorosa de un treintañero con problemas de aprendizaje— hasta que me despidieron. La razón: mis gustos. ¿Alguna vez siguieron a un grupo de personas con retraso mental? Me dan envidia; están permanentemente en sexto de primaria. Pueden ser malhablados, groseros, rascarse la entrepierna en público —dejando que se asome su animal interior— absolutamente sin ninguna consecuencia. Se ven tan confortables al ser humanos, al actuar exactamente como se sienten. Y eso es lo que parece que la gente del lugar trata muchas veces de conseguir con el alcohol que consume. Están más o menos en un estado suspendido de retraso, con una falta total de inhibición. Uno pensaría que tener cerebro nos haría más inteligentes, pero lo único que consigue es hacernos mejores para suprimir lo que somos. Tal vez por eso sea que tengo una compulsión por el vino tinto —no más de una o dos copas por noche—, para que me recuerde, o a veces para que me ayude a olvidar quién se supone que soy. Mientras la rockola toca los últimos éxitos, los varones se tragan mescolanzas ponzoñosas que les destruyen el sentido común para que puedan actuar siguiendo sus impulsos. Y las chicas también quieren destruirles el sentido común, así que los miran pestañando, mandándoles señales a los chicos insensatos para que les inviten una copa. Todo el mundo quiere ponerle un alto a su sentido común; no se puede estar lleno de sensatez e irse a casa con un desconocido, porque este sentido común nuestro está entrenado para “decir que NO” casi a cualquier oportunidad.

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Así que soy buena para explorar la sexualidad de otros —tanto en el bar como en el formato del periódico—, pero he sido bastante estúpida para examinar la mía. Responsabilizo a mi sentido común, entre otras cosas, por impedirme el orgasmo. El rosa radiactivo del cielo se vuelve más bien morado. Tengo unas figuritas que me flotan por la gelatina vítrea del ojo. Mi prima, que es optometrista, me dijo que casi todo el mundo las tiene pero aprende a ignorarlas; las llama “flotadores”. Para mí, las hebras como de telaraña que se proyectan al azar en mi mirada son tan visibles como un cartel fluorescente. Me recuerdan que la gente, aunque observa el mismo mundo, tendrá diferentes perspectivas. En este momento, mientras oteo el horizonte, mis flotadores se portan mal y se vuelven erráticos como fuegos artificiales. Cruzo los dedos, con la esperanza de que presagien lo que pronto ocurrirá en mi región coñal.

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Mara Altman

Gracias por venir

Mara Altman

Mara Altman

Una joven en busca del orgasmo Un insólito relato autobiográfico y una crónica periodística tan

egresada de la Columbia University y está con-

reveladora como irónica sobre el sexo en el nuevo milenio.

siderada como una de las voces más frescas y originales del periodismo estadunidense. Ha escrito artículos para diversos medios impresos y electrónicos, entre ellos First Things, New York Magazine y The New York Times. Su artículo “The Pleasure Lab”, aparecido en Inside Jersey, revista mensual del The Star Ledger, la hizo merecedora de un Eddie Award. Además de la presente obra, es autora del libro electrónico Sparkle, donde analiza el origen y significado socio-cultural del anillo de compromiso. Actualmente vive y trabaja en Brooklyn. Gracias por venir-te se convirtió desde su aparición en un gran éxito editorial y ya se tradujo a tres idiomas. La cadena de televisión HBO ha mostrado interés en convertir el libro en una serie de televisión.

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Mara Altman, autora de este libro, se pregunta por qué nunca ha tenido un orgasmo. Es una periodista atractiva, culta y exitosa de 26 años que, a lo largo de su vida, ha sostenido relaciones íntimas con varios hombres. Sin embargo, jamás ha experimentado esa sensación que, según el diccionario, marca la culminación o punto máximo de la excitación sexual. “Lo más parecido al orgasmo que conozco –confiesa– es el pequeño cosquilleo seguido por un estremecimiento que siento en la nuca cuando me limpio los oídos con un cotonete.”

Una joven en busca del orgasmo Gr a c i a s p o r ven i r

Mara Altman nació en Estados Unidos. Es

Gracias por venir Este libro lanza una mirada irónica y al mismo tiempo aguda al tema de la sexualidad femenina. La autora recurre al humor y a lo anecdótico para reflexionar sobre una de las paradojas que están en la base del actual debate sobre el tema. Nos referimos al asunto del deseo en la mujer y sus implicaciones sociales, culturales y políticas. Recordemos que la revolución feminista de los últimos años transformó el placer sexual femenino en un derecho y en una reivindicación destinada a romper la dictadura

Mediante un estilo desenfadado que combina la autobiografía, la

del poder masculino. Ahora, sin embargo, se

crónica y el reportaje, Altman relata su accidentada y desternillante

está convirtiendo en una obligación que pro-

odisea en busca del “orgasmo perdido”. Sus indagaciones constituyen

voca ansiedad y confusión. La autora encarna

una lúcida mirada a los entretelones de la sexualidad femenina y a los

dicha circunstancia. Su incapacidad para tener

condicionamientos sociales, culturales, psicológicos y políticos que de-

orgasmos la convierte a los ojos de los demás

terminan a las mujeres de hoy.

(amigos, familiares, médicos, sexólogos, guías espirituales) en un “bicho raro” al que es necesario curar, redimir, analizar y salvar.

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