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1 La Navidad llega a rastras La Navidad se infiltró en Pine Cove a rastras, con guirnaldas, lazos y cascabeles a cuestas, con un olor a ponche de huevo, una peste a pino y la amenaza de un destino festivo cual fría úlcera bajo el muérdago. Pine Cove, con su arquitectura a lo Tudor, estaba toda adornada con pintoresca festividad. Las lucecillas centelleaban en todos los árboles de la calle Cypress, había nieve artificial en las esquinas de las ventanas de cada tienda, varios Papá Noel en miniatura y velas gigantes suspendidas bajo cada farola. Había abierto sus puertas a los rebaños de turistas procedentes de Los Ángeles, San Francisco y Central Valley que llegaban en busca de un instante de comercio navideño realmente significativo. Pine Cove, un pueblo adormilado de la costa californiana, en realidad una aldea de juguete, con más galerías de arte que gasolineras, más locales de cata de vinos que ferreterías, permanecía ahí, tan acogedora como una reina del baile con unas copas de más, a cinco días de que asomara la Navidad. Ya estaba a la vuelta de la esquina y, con ella, ese año llegaría el Niño. Ambos eran magnos, irresistibles y milagrosos. Pine Cove solo estaba preparada para uno de ellos. No quiere decir que los lugareños no estuvieran impregnados de espíritu navideño. Las dos semanas previas y posteriores a la Navidad suponían una agradable oleada de dinero para las arcas locales, ávidas de turismo desde el verano. Cada camarera desempolvaba su gorrito de Papá 11

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Noel y su cornamenta de reno y se aseguraba de contar con cuatro buenos bolígrafos en el delantal. Los empleados de hotel hacían acopio de fuerzas, dispuestos a soportar las iras por los overbooking de última hora, mientras que las amas de casa prescindían por un momento de sus habituales y pútridos ambientadores con olor a polvos de talco para adoptar una putridez más festiva de pino y canela. En la boutique de Pine Cove se ponía un cartel de «Especial vacaciones» encima de la terrible sudadera con el reno y la subían de precio por décimo año consecutivo. Los miembros de las hermandades y los veteranos de guerra, básicamente el mismo puñado de viejos borrachos de siempre, planeaban con vehemencia el desfile navideño anual que recorrería la calle Cypress, cuyo tema principal aquel año sería «patriotismo en la cama sobre una furgoneta», más que nada porque era lo que habían utilizado en su desfile del 4 de julio y todo el mundo conservaba los adornos. Muchos habitantes de Pine Cove incluso se ofrecieron voluntarios para atender las marmitas del Ejército de Salvación, dispuestas enfrente de la oficina de correos y el súper, en turnos de dos horas, dieciséis horas al día. Enfundados en sus trajes rojos y barbas postizas, hacían sonar las campanas como si aspiraran al oro canino en unas Olimpiadas dedicadas a Pavlov.

—Dame la pasta, cabrón —dijo Lena Márquez, que cuidaba de la marmita aquel lunes, cinco días antes de Navidad. Lena seguía a Dale Pearson, el malvado constructor de Pine Cove, por todo el aparcamiento, tratando de sacarlo de quicio con la campanilla mientras él se dirigía al maletero de su coche. De camino al súper, el hombre le había hecho un gesto con la cabeza y le había dicho que a la salida le daría algo. Sin embargo, cuando salió, ocho minutos más tarde, con la compra y una bolsa de hielo, pasó junto a ella como si 12

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estuviese utilizando la marmita para hacer sebo a partir de la grasa de los culos de los inspectores de edificios y sintiera la necesidad de escapar del hedor. —Seguro que puedes permitirte un par de pavos para los más desafortunados. Hizo sonar la campanilla con más fuerza a la altura de su oído. El hombre se dio la vuelta balanceando la bolsa de hielo a la altura de su cadera. Lena brincó hacia atrás. Tenía treinta y ocho años, era enjuta, de piel oscura y con el delicado cuello y la fina mandíbula de una bailarina de flamenco. Su larga cabellera negra estaba recogida en dos moños a lo princesa Leia que sobresalían a ambos lados de su gorro de Papá Noel. —¡No puedes zurrar a Papá Noel! Hay tantas razones para ello que no sería capaz de enumerarlas. —Querrás decir contarlas —dijo Dale, mientras el sutil sol invernal arrancaba destellos a la capa de esmaltado recién puesta que lucían sus dientes. Tenía cincuenta y dos años, estaba casi completamente calvo y poseía unos fuertes hombros de leñador que aún se mantenían cuadrados a pesar de la barriga cervecera que le colgaba por debajo. —Quiero decir que está mal, que estás equivocado y que eres un tacaño. —Y volvió a agitar la campanilla junto a su oído, como si un mosquito con traje rojo quisiera derribar un muro a cabezazos. La campana exasperó tanto a Dale que describió un arco con su bolsa de hielo de más de cuatro kilos y dio a Lena en el plexo solar, lo que la obligó a retroceder por el aparcamiento, sin aliento. Fue entonces cuando las señoras del Bulges llamaron a la policía…, bueno, al policía.

El Bulges era un gimnasio para mujeres que estaba justo encima del aparcamiento del súper y desde cuyas cintas 13

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andadoras y máquinas de subir escalones, las usuarias podían observar el ir y venir del establecimiento sin la sensación de estar espiando. Lo que había empezado como un momento de mero entretenimiento y un leve incremento de adrenalina para seis de las observadoras mientras Lena iba detrás de Dale por el aparcamiento, se tornó de repente en una conmoción, cuando el malvado constructor zurró a la bella Mamá Noel en el estómago con una bolsa de cubitos de hielo. Cinco o seis de las mujeres no hicieron más que perder el paso o quedarse boquiabiertas, pero Georgia Barman, que en ese preciso instante tenía puesta su cinta andadora a 12 kilómetros por hora para perder siete kilos con la mente puesta en la Navidad y el vestido rojo que su marido le había regalado en un arrebato de idealismo sexual, rodó hacia atrás y aterrizó en una colorida colchoneta de la maraña de estudiantes de yoga que en ese momento estaban practicando. —¡Ay, el chakra del culo! —Será el chakra raíz. —Pues lo que me duele es el culo. —¿Has visto eso? Casi la derriba. Pobrecilla. —¿Deberíamos ir a ver si se encuentra bien? —Alguien debería llamar a Theo. Las gimnastas encendieron sus teléfonos móviles al unísono, como cuando los Jets sacaban las navajas e interpretaban una danza de muerte en West Side Story. —¿Por qué se casaría con un tipo como ese? —Es un capullo. —Ella le daba a la botella. —Georgia, ¿estás bien, cielo? —¿Puedes llamar a Theo al 911? —Ese bastardo va a arrancar y la va a dejar ahí. —Deberíamos ir a ayudarla. —Todavía me quedan doce minutos en este chisme. —La cobertura en este pueblo es horrible. 14

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—Tengo el número de Theo en marcación rápida, por los críos. Yo lo llamo. —Mira a Georgia y a las demás. Parece que estuvieran jugando al Twister y se hubieran caído. —Hola, Theo. Soy Jane, estoy en el Bulges. Sí, bueno, acabo de mirar por la ventana y me parece que hay un problema en el súper de enfrente. Bueno, no me quiero entrometer, pero digamos que hay cierto contratista que acaba de golpear a una de las Mamá Noel del Ejército de Salvación con una bolsa de hielo. Vale, te espero entonces. —Cerró el móvil—. Viene de camino.

El teléfono móvil de Theophilus Crowe sonó ocho veces con un irritante Tangled Up in Blue electrónico que parecía un coro de sufridas amas de casa, o como Jiminy Cricket después de aspirar helio, o, bueno, en fin, como Bob Dylan. En todo caso, cuando logró abrir el aparato, cinco personas de la sección de frutas del súper le estaban dispensando unas miradas capaces de marchitar las lechugas de su carro. Sonrió, como si con ello pretendiera decir «lo siento, yo también odio estas cosas, pero ¿qué se le va a hacer?», y luego respondió: —Oficial Crowe. —Como si quisiera recordar a todo el mundo que no estaba para coñas, que él era LA LEY. —¿En el aparcamiento del súper? Bien, enseguida estoy ahí. Caramba, qué cómodo. Una de las ventajas de ser poli local en un pueblo de no más de cinco mil habitantes era que los problemas nunca te pillaban lejos. Theo aparcó su carro a un lado del pasillo y atravesó corriendo la línea de cajas y las puertas automáticas que daban al aparcamiento. Era como una mantis religiosa vestida con vaqueros y franela, sesenta y seis kilos, uno ochenta, y solo tres velocidades: 15

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caminata ociosa, carrera e inmóvil. Fuera se encontró a Lena, doblada y sin aliento. Su ex marido, Dale Pearson, se disponía a marcharse en su 4x4. —Quieto ahí, Dale. Espera —dijo Theo. Theo se cercioró de que Lena solo necesitaba recuperar el aire y que se pondría bien, y luego se dirigió al contratista regordete, que seguía con un pie en el vehículo, dispuesto a marcharse en cuanto se aclarara la cosa. —¿Qué ha pasado aquí? —Esa puta chiflada me ha dado con su campanilla. —Y una mierda —boqueó Lena. —Me han informado de que le has dado con una bolsa de hielo, Dale. Eso es agresión. Dale Pearson miró fugazmente a su alrededor y se topó con el grupo de mujeres apiñadas contra la ventana del gimnasio. Parecía que volvían a las máquinas en las que estaban ocupadas cuando se produjo el desastre. —Pregúnteles a ellas. Le dirán que agitaba la campana justo al lado de mi cabeza. No hice más que reaccionar en defensa propia. —Me dijo que haría una donación cuando saliera del súper, pero no fue así —declaró Lena, que estaba empezando a recobrar el aliento—. Ahí hay un contrato implícito. No lo ha respetado. Y yo no le he pegado. —Es una jodida chiflada —dijo Dale, como si fuera algo comúnmente sabido. Theo miró a uno y a otro. Ya había lidiado con esos dos antes. Pensaba que las cosas se habían calmado tras el divorcio, cinco años antes. Llevaba catorce años en la policía de Pine Cove y había visto el lado oscuro de un montón de parejas. La primera regla en una disputa doméstica era separar a las partes, pero parecía que eso ya se había llevado a cabo. Se suponía que no había que tomar partido por ninguna de ellas, pero dado que Theo sentía cierta debilidad 16

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por las chifladas —él mismo se había casado con una—, optó por hacer un juicio de valor y centró su atención en Dale. Además, el tío era un capullo. Dio unas palmaditas a Lena en la espalda y se arrimó a grandes zancadas a la furgoneta de Dale. —No pierdas el tiempo, hippy —dijo Dale—. Me largo. —Se montó en la furgoneta y cerró la puerta. ¿Hippy?, pensó Theo. ¿Hippy? Hacía años que se había cortado la coleta. Ya no utilizaba sandalias. Incluso había dejado de fumar petardos. ¿En qué se basaba ese tipo para llamarlo hippy? —¡Eh! —dijo, tras pensarlo de nuevo. Dale arrancó el motor y metió la primera. Theo se subió al reposapiés lateral del vehículo, se inclinó sobre el parabrisas y empezó a darle golpecitos con un cuarto de dólar que se había sacado del bolsillo. —No lo hagas, Dale. —Tap, tap, tap—. Si te vas, dictaré una orden de arresto contra ti. —Tap, tap, tap. Ahora sí que Theo estaba enfadado, no cabía ninguna duda. Sí, era ira. Dale se detuvo y presionó el botón para bajar la ventanilla eléctrica. —¿Qué? ¿Qué quieres? —Lena quiere presentar cargos por agresión, puede que agresión con arma mortal. Creo que deberías meditar lo de darte el piro. —¿Arma mortal? Pero si era una bolsa de hielo. Theo meneó la cabeza, y adoptó un tono de cuentacuentos enigmático: —Una bolsa de hielo de más de cuatro kilos. Escucha cómo suelto una bolsa de hielo de cuatro kilos sobre el suelo de una sala de juicios delante de un jurado. ¿Lo oyes? ¿Ves cómo se encogen cuando machaco un jugoso melón sobre la mesa del abogado defensor con una bolsa de hielo de cuatro kilos? ¿No ves el arma mortal? «Damas y caballeros del jurado, este 17

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hombre, este fracasado, este patán, este», si no te importa, «cabeza de chorlito, golpeó a una mujer indefensa, una mujer que con todo el amor de su corazón realizaba una colecta para los pobres, una mujer que solo»… —Pero si no es un bloque de hielo, es… —Ni una palabra, Dale —dijo Theo alzando un dedo al aire—, no hasta que te lea los derechos. —Theo sabía que estaba pagando a Dale con la misma moneda. Las venas de sus sienes estaban empezando a hinchársele y su rosado cráneo empezaba a ponerse rosa. Hippy, ¿eh? —Lena presentará cargos —añadió—. ¿Verdad, Lena? Lena estaba a un lado de la furgoneta. —No —dijo. —¡Serás zorra! —dijo Theo. Se le había escapado antes de poder retener las palabras. Menudo bochorno. —Ya ves cómo es —dijo Dale—. Seguro que te gustaría tener una bolsa de hielo ahora mismo, ¿verdad, hippy? —Soy un agente de policía —replicó Theo, que sí hubiese querido tener a mano una pistola o algo parecido. Sacó la billetera con la placa del bolsillo de atrás, pero pensó que ya era un poco tarde para identificarse. Hacía más de veinte años que conocía a Dale. —Sí, y yo soy un caribú —dijo Dale, con más orgullo del que debería haber exhibido a ese respecto. —Me olvidaré de esto si pone cien pavos en la marmita —dijo Lena. —Estás loca, mujer. —Es Navidad, Dale. —Que le den por culo a la Navidad, y a ti también. —Eh, no es necesario emplear ese lenguaje, Dale —dijo Theo tratando de poner paz—. Puedes salir de la furgoneta. —Cincuenta pavos y se puede ir —volvió a terciar Lena—. Es para los necesitados. Theo la miró. 18

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—No puedes regatear una demanda en el aparcamiento del súper. Lo tenía contra las cuerdas. —Cierra el pico, hippy —dijo Dale, y luego se dirigió a Lena—. Te daré veinte y a la mierda con los necesitados. Pueden buscarse un trabajo, como el resto del mundo. Theo estaba seguro de que tenía las esposas en el Volvo, ¿o aún estaban en casa, en la cabecera de la cama? —Esa no es forma… —¡Cuarenta! —gritó Lena. —Hecho —dijo Dale. Sacó dos billetes de veinte de la cartera, los arrugó y los tiró por la ventanilla. Rebotaron en el pecho de Theo. Volvió a meter la marcha y echó a andar. —¡Quieto ahí! —ordenó Theo. Dale enderezó la furgoneta y se puso en marcha. Cuando la enorme furgoneta roja pasó junto al Volvo de Theo, que estaba aparcado unos quince metros más allá, una bolsa de hielo salió volando y se estrelló contra el maletero en una sonora explosión de cubitos que no tuvo mayores consecuencias. —¡Feliz Navidad, zorra chiflada! —gritó Dale por la ventanilla mientras se incorporaba a la carretera—. ¡Y feliz noche a todos! ¡Hippy! Lena se había remetido los billetes arrugados en el traje rojo y apretaba el hombro de Theo mientras la furgoneta desaparecía envuelta en un rugido. —Gracias por acudir al rescate, Theo. —Yo no diría tanto. Deberías presentar cargos. —Estoy bien. De todas formas se iba a salir con la suya. Tiene unos abogados muy buenos, créeme, lo sé. Además, ¡me ha dado cuarenta pavos! —Eso sí que es espíritu navideño —dijo Theo, sin poder evitar una sonrisa—. ¿Seguro que estás bien? —Seguro. No es la primera vez que pierde los estribos conmigo. 19

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Lena dio unos golpecitos en el bolsillo de su uniforme de Papá Noel. —Al menos he sacado algo de esto —añadió, antes de dirigirse de nuevo hacia su marmita, seguida por Theo. —Tienes una semana para presentar cargos si cambias de opinión —le dijo Theo. —¿Sabes qué, Theo? No quiero pasar otras Navidades obsesionándome con lo que Dale Pearson tiene de desecho humano. Prefiero pasar de ello. Con un poco de suerte puede que protagonice una de esas desgracias navideñas de las que tanto se oye hablar. —No estaría mal —admitió Theo. —¿Quién tiene espíritu navideño estos días?

En otro cuento navideño, Dale Pearson, malvado urbanista, misógino recalcitrante y, al parecer, cascarrabias irremediable, podría haber recibido las visitas nocturnas de una serie de fantasmas que, al mostrarle sombrías visiones de las Navidades futuras, pasadas y presentes, provocarían en él una transformación que lo convertiría en un ejemplo de generosidad, amabilidad y sentimientos cálidos hacia sus congéneres. Pero este no es uno de esos cuentos, así que aquí, en no demasiadas páginas, alguien va a despachar a este miserable hijo de puta con toda la calidez del mundo. Ese es el espíritu navideño que impregnará las siguientes páginas. Ho, ho, ho.

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2 Las chicas del pueblo La Nena Guerrera de Allende la Frontera circulaba con su monovolumen Honda a lo largo de la calle Cypress y se detenía a cada metro para no atropellar a los turistas que surgían de entre los coches aparcados e invadían la calzada, totalmente inconscientes del tráfico. Mi reino por una desbrozadora afilada y unos tapacubos con cuchillas para abrirme paso a través de este rebaño de paletos, pensó, tras lo cual dijo: —Actúan como si la calle fuese la avenida principal de Disneylandia, como si los que vamos en coche no necesitásemos utilizar el asfalto. Vosotros no hacéis eso, ¿verdad? Miró por encima del hombro hacia los dos adolescentes empapados que se encogían en el asiento trasero. Estos negaron enérgicamente con la cabeza. —No, señora Michon, no se nos ocurriría. Ni hablar. Su nombre era Molly Michon, pero años atrás, cuando era la reina de las películas de serie B, había protagonizado ocho trabajos como Kendra, la Nena Guerrera de Allende la Frontera. Tenía una salvaje melena rubia con mechas canosas y el cuerpo de una modelo de fitness. Podía aparentar treinta o cincuenta, dependiendo de la hora del día, la indumentaria y lo cargada de medicamentos que fuese. Todos los fans estaban de acuerdo en que frisaba el ecuador de los cuarenta. Fans. Los dos adolescentes de atrás eran fans. Habían cometido el error de aprovechar parte de las vacaciones 21

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navideñas para ir hasta Pine Cove en busca de Molly Michon, la famosa estrella de culto del celuloide, para que les firmase en sus copias de Nena Guerrera VI: la venganza de la prostituta salvaje, que acababa de salir en DVD, con escenas inéditas en las que las tetas de Molly se salían del sujetador metálico. Molly los había visto merodear por los alrededores de la cabaña que compartía con su marido, Theo Crowe. Había salido a hurtadillas por la puerta trasera y les había tendido una emboscada en un lado de la casa con la manguera del jardín. Los empapó bien, los persiguió a través del bosque de pinos hasta que la manguera no dio más de sí, y luego derribó al más alto y amenazó con romperle el cuello si el otro no dejaba de correr. Al percatarse de que posiblemente había incurrido en un error de relaciones públicas, Molly invitó a sus fans a que la acompañaran a escoger un árbol para la fiesta navideña para solitarios que se celebraba en la capilla de Santa Rosa. Últimamente había cometido una serie de errores, sobre todo desde que una semana atrás dejara de tomar los medicamentos para ahorrar y poder comprar el regalo de Navidad de Theo. —¿De dónde sois, chicos? —preguntó alegremente. —Por favor, no nos haga daño —dijo Blas, el más alto y delgado de los dos. Los veía como Epi y Blas, no porque se pareciesen a los muñecos, sino porque sus rasgos relativos le recordaban a ellos, salvo por lo de las manos en sus traseros, por supuesto. —No os voy a hacer nada malo, está genial que me acompañéis. Los chicos de la tienda de árboles de Navidad se muestran un poco recelosos desde que alimenté al monstruo marino con uno de sus compañeros de trabajo. Vosotros me vendréis bien como una especie de amortiguador social. Maldita sea, no debería haber mencionado al monstruo marino. Habían pasado tantos años de oscuridad desde que 22

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salió del negocio del cine hasta resucitar como figura de culto que casi había perdido la desenvoltura social. Y luego estaba la desconexión de la realidad durante quince años, en los cuales pasó a ser conocida como la dama loca de Pine Cove. Sin embargo, desde que salía con Theo y tomaba sus antisicóticos, las cosas iban mucho mejor. Entró en el aparcamiento de la sección de ferretería y regalos, donde se había vallado medio acre de asfalto para ubicar la parcela de árboles de Navidad. Cuando divisaron su vehículo, tres tipos de mediana edad ataviados con delantales de tela se metieron corriendo en la tienda, echaron el cerrojo y dieron la vuelta al cartel de «Abierto» para que luciera lo contrario. Sabía que eso podía ocurrir, pero quería sorprender a Theo, demostrarle que podía encargarse de adquirir el enorme árbol de Navidad para la fiesta de la capilla. Pero aquellos obtusos acólitos de Black & Decker estaban frustrando sus planes para una Navidad perfecta. Inspiró profundamente y mientras espiraba trató de recuperar uno de esos momentos de calma que su maestro de yoga le había enseñado. Bueno, vivía en medio de un bosque de pinos, ¿no? Quizá debería talar un árbol de Navidad ella misma. —Volvemos a la cabaña, chicos. Allí tengo un hacha que servirá. —¡Noooooooo! —gritó Epi, mientras se cruzaba delante de su empapado compañero, se aferraba al cierre de la puerta corredera del Honda y tiraba de él. Ambos cayeron del coche en marcha sobre un reno de plástico. —Muy bien —dijo Molly—, cuidaos, chicos. Yo veré si puedo talar uno de los árboles del patio delantero. Zigzagueó por el aparcamiento y emprendió el camino de vuelta a casa.

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Empapada en sudor, Lena Márquez salió de su uniforme de Papá Noel como una cría de lagarto que saliera de un peludo huevo rojo. La temperatura había subido hasta casi los 30° antes de que acabara su turno enfrente del súper y estaba segura de que había perdido dos kilos en agua dentro de ese pesado uniforme. Entró en el cuarto de baño en bragas y sujetador y se puso sobre la báscula para disfrutar de la sorpresa de cuántos kilos habría perdido. El indicador se agitó y se detuvo en la marca habitual previa a la ducha. Perfecta para su altura, delgada para su edad, pero demonios, se había peleado con su ex, la habían golpeado con una bolsa de hielo, había contribuido a alegrar a los más desgraciados y había soportado felizmente el calor del traje durante ocho horas. Se merecía algo por sus esfuerzos. Se desnudó del todo y volvió a subirse a la pesa. No había ninguna diferencia sensible. ¡Maldita sea! Se sentó, orinó, se limpió y regresó a la báscula. Puede que unos cien gramos menos de lo habitual. ¡Ah!, pensó mientras se quitaba la barba de Papá Noel que aún llevaba, quizá ese era el problema. Se quitó la barba y el gorro y los llevó al cuarto, se soltó la larga melena negra y esperó a que el indicador de la pesa se detuviera. Oh, sí. Dos kilos. Dio una rápida patada de taebo para celebrarlo y se metió en la ducha. Se sobresaltó al tocar un punto doloroso a la altura del plexo solar mientras se enjabonaba. Había un par de moretones en plena gestación sobre la costilla que había recibido el golpe. Lo había pasado peor muchas veces después de machacarse en el gimnasio, pero ese dolor parecía llegarle al alma. Quizá era la idea de pasar las Navidades sola. Esas iban a ser sus primeras fiestas desde el divorcio. Su hermana, con la que había pasado los últimos años durante esas fechas, se marchaba a Europa con el marido y los hijos. Dale, con lo 24

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capullo que era, la había implicado en toda clase de actividades festivas, de las que ahora se veía excluida. El resto de su familia había vuelto a Chicago y no había tenido ninguna suerte con los hombres desde Dale (aún le quedaba demasiada rabia residual y no menos desconfianza). Dale no solo era un mamón, sino que además le había puesto los cuernos. Sus amigas, todas ellas casadas o con novios más o menos permanentes, le habían dicho que necesitaba pasar de los hombres durante un tiempo y dedicarse más a conocerse mejor. Todo eso era una mierda, por supuesto. Ya se conocía bastante, se gustaba, se lavaba, se vestía, se compraba regalos, tenía sus propias citas e, incluso, tenía sexo consigo misma de vez en cuando, que, por cierto, siempre acababa mejor que cuando lo hacía con Dale. —Oh, esa mierda del «conócete a ti misma» te joderá viva —le había dicho su amiga, Molly Michon—. Y créeme, soy toda una reina sin corona en ese terreno. La última vez que me dio por conocerme a mí misma, resultó que había toda una pandilla de zorras ahí dentro con las que lidiar. Me sentía como la recepcionista de un centro de rehabilitación. Eso sí, todas tenían unas tetas bonitas, tengo que admitirlo. De todos modos, olvídalo. Sal por ahí y haz cosas de cara a los demás, te irá mucho mejor. «Conócete a ti misma», ¿y para qué? ¿Qué pasa si te conoces y descubres que eres una arpía de cuidado? Sí, claro, me caes bien, pero no puedes fiarte de mi opinión. Ve a hacer algo con otra gente. Era verdad. Molly podía ser, mmm..., excéntrica, pero a veces decía cosas con sentido. Así que Lena se había ofrecido voluntaria para la marmita del Ejército de Salvación, había donado comida enlatada y pavos congelados a la Iniciativa para la Alimentación de los Vecinos Anónimos de Pine Cove, y mañana por la noche, en cuanto 25

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oscureciera, saldría para recoger árboles de Navidad naturales y depositarlos en las casas de la gente que no se los podía permitir. Eso la distraería de sí misma. Y si no funcionaba, pasaría la Nochebuena en la fiesta de la capilla de Santa Rosa para solitarios. Oh, Dios, ahí estaba, era Navidad y se le encendía el espíritu navideño. Se sentía sola...

A Mavis Sand, dueña del bar Cuerno de Caracol, la palabra «solitario» le sonaba al timbre de la caja registradora cuando entraba el dinero. Llegada la Navidad, Pine Cove se llenaba de turistas en busca del encanto de los pueblos pequeños y el Cuerno se ponía hasta arriba de almas solitarias, llorones privados de sus derechos en busca de consuelo. Mavis estaba encantada con proporcionárselo en forma del cóctel navideño personal y de precio desproporcionado: el «Lento y cómodo tornillo posterior del trineo de Papá Noel», que consistía en... —Largo de aquí si te interesa tanto lo que lleva —diría Mavis—. Soy una profesional de la barra desde que tu padre se emocionó con el único condón que te dio la oportunidad de tener sesos, así que déjate llevar y pide la puta bebida. Mavis siempre estaba imbuida en el espíritu navideño, hasta el punto de llevar los pendientes de cada año con forma de árbol de Navidad que le daban ese aire de «olor a coche nuevo». Una gavilla de muérdago del tamaño de la cabeza de un alce colgaba sobre la barra y, durante todas las fiestas, cualquier borracho que se inclinara demasiado sobre la barra para gritar su pedido a uno de los audífonos de Mavis se encontraría con que, más allá de los revoloteos de sus negras pestañas embadurnadas en cosmético, más allá del conjunto de su pelo y la paleta de roja seducción de sus labios y del aliento a Tareyton 100 y el chasquido de la dentadura, a 26

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Mavis aún le quedaban recursos verbales. Una vez, un tipo sin aliento y que se tambaleaba hacia la puerta aseguró que Mavis había influido en su médula oblongata y le había estimulado visiones en las que estaba ahogándose en el oscuro armario de la Muerte, cosa que ella se tomó como un cumplido. En el mismo momento en el que Dale y Lena estaban con lo suyo frente al súper, Mavis, sentada sobre el taburete que tenía tras la barra, levantó la vista de un crucigrama para contemplar al hombre más guapo que sus ojos habían visto pasar nunca por la puerta doble del Cuerno de Caracol. Lo que había sido un erial, floreció; donde durante años hubo un lecho seco, surgió un torrencial río. Su corazón se saltó un latido y el desfibrilador implantado en su pecho le dio una sacudida que la forzó a saltar del taburete para servirlo. Si le pedía un wallbanger, se pondría tan rígida que las zapatillas deportivas se le saldrían disparadas, impulsadas por los dedos de los pies. Estaba segura de ello, lo sentía, lo deseaba. Mavis era una romántica. —¿En qué puedo servirlo? —preguntó agitando las pestañas, lo que les dio la apariencia de unas espasmódicas arañas lobo que se convulsionaban tras las gafas. Media docena de parroquianos se dieron la vuelta sobre sus taburetes para contemplar la fuente de tamaño empalago de cortesía. Era imposible que ese tono de voz hubiese salido de Mavis, que solía dirigirse a ellos desde el desdén y la nicotina. —Estoy buscando a un niño —dijo el forastero. Su pelo era largo y rubio y se desplegaba sobre la solapa de una gabardina larga. Sus ojos eran violetas, sus rasgos faciales a la vez escarpados y delicados, de corte fino y, sin embargo, ni rastro de arrugas. Mavis pellizcó el botoncito de su audífono derecho e inclinó la cabeza como un perro que acabara de morder una 27

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costilla de cerdo de plástico. Oh, cómo pueden desmoronarse los cimientos de la lujuria ante el peso de la estupidez. —¿Buscas a un... crío? —preguntó Mavis. —Así es —asintió el forastero. —¿En un bar? ¿Un lunes por la tarde? ¿Un niño? —Sí. —¿Un niño concreto o cualquiera le valdría? —Lo sabré cuando lo vea —dijo el forastero. —Maldito enfermo —dijo uno de los parroquianos y, por una vez, Mavis asintió en señal de acuerdo, lo que hizo que las vértebras del cuello le crujieran como el chasquido de un enchufe. —Largo de mi bar —le ordenó. Con una larga uña lacada apuntaba a la puerta—. Venga, fuera de aquí. ¿Qué se ha creído, que esto es Bangkok? —La Natividad se acerca, ¿me equivoco? —dijo el forastero con la mirada clavada en el dedo. —Sí, el sábado es Navidad —gruñó Mavis—. ¿Qué demonios tiene eso que ver? —Entonces, necesitaré un niño antes del sábado —insistió el forastero. Mavis sacó de debajo de la barra un bate de béisbol. El que fuera tan guapo no significaba que no pudiera mejorar su aspecto un buen mamporro con una pieza de nogal. Hombres: un guiño, un escalofrío, una salpicadura y, antes de darse cuenta, había llegado la hora del levantamiento de bultos y el aflojamiento de dentaduras. Mavis era una romántica pragmática: el amor, en su opinión, correctamente ejercido, duele. —Dale, Mavis —la animó uno de los parroquianos. —¿Qué clase de pervertido usa gabardina con el calor que hace? —dijo otro—. Yo digo que le revientes la cabeza. Las apuestas empezaban a correr. Mavis se arrancó un pelo solitario de la barbilla y miró al forastero por encima de las gafas. 28

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—Creo que deberías seguir con tu pequeña búsqueda en otra parte. —¿Qué día es hoy? —preguntó el forastero. —Lunes. —Entonces me tomaré una Coca-Cola light. —¿Y qué pasa con el niño? —inquirió Mavis acentuando la pregunta con un golpecillo del bate contra su palma, lo que dolía horrores, pero no iba a mostrar flaqueza, ni por asomo. —Tengo hasta el sábado —dijo el atractivo pervertido—. Por ahora me conformo con una Coca light, ah, y una barra de Snickers, por favor. —Vale —dijo Mavis—, eres hombre muerto. —Pero si lo he pedido por favor —se justificó el rubito, que, aparentemente, no se daba cuenta de nada. Mavis no se molestó siquiera en levantar la tapa de la barra para salir. Se limitó a cargar. En ese momento sonó una campana y un haz de luz irrumpió en el bar, lo que indicaba que alguien había abierto la puerta. Cuando Mavis se incorporó después de haber inclinado todo su peso para mandar al forastero al otro barrio, este se había ido. —¿Algún problema, Mavis? —preguntó Theophilus Crowe. El alguacil estaba justo donde había estado el forastero. —Maldita sea, ¿dónde se ha metido? —Mavis buscó detrás de Theo y a su alrededor y luego miró a los parroquianos. —¿Dónde se ha metido? —Ni idea —dijeron todos a una, encogiéndose de hombros. —¿De quién estás hablando? —quiso saber Theo. —Un tipo rubio con una gabardina larga negra —explicó Mavis—. Te lo has tenido que cruzar al entrar. —¿Gabardina larga? Hace más de veinte grados ahí fuera —dijo Theo—. Me habría fijado en alguien con una gabardina. 29

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—¡Era un pervertido! —gritó alguien desde el fondo. —¿Te ha llamado la atención el tipo ese? —preguntó Theo, mientras bajaba la mirada hasta Mavis. La diferencia de altura entre ambos rondaba los sesenta centímetros, y Mavis tuvo que dar un paso atrás para mirarlo cómodamente a los ojos. —Diablos, no. Me gustan los hombres que se creen los anuncios, pero ese tipo buscaba a un niño. —¿Esto te dijo? ¿Entró aquí y dijo que estaba buscando un niño? —Así es. Estaba a punto de enseñarle una buena... —¿Estás segura de que no estaba buscado a su hijo? Son cosas que pasan, sales para hacer las compras navideñas, los críos se pierden... —No, no estaba buscando a un niño en particular, le valía con cualquiera. —Bueno, a lo mejor quería hacer un regalo en plan amigo invisible, o algo así —dijo Theo, expresando así su fe en la bondad del hombre, de la que no tenía prueba alguna—. Quizá quería hacer una buena obra navideña. —Maldita sea, Theo, eres imbécil. No hace falta ver a un cura encima de un monaguillo con una palanca de hierro para saber que no le está echando una mano con el rosario. Ese tío era un pervertido. —Bien, en ese caso creo que debería ir a buscarlo por ahí. —Pues sí, creo que deberías. Antes de salir por la puerta, Theo se volvió. —No soy ningún imbécil, Mavis. No es necesario que insultes. —Lo siento, Theo —se disculpó Mavis mientras bajaba el bate para mostrar la sinceridad de su arrepentimiento—. Por cierto, ¿por qué habías entrado? —No me acuerdo. Theo arqueó las cejas. 30

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Mavis le dedicó una sonrisa abierta. Theo era un buen tipo, un poco escamoso, pero bueno. —¿De veras? —Qué va, en realidad quería comentarte lo de la comida de la fiesta de Navidad. Te ibas a encargar de la barbacoa, ¿no? —Eso tenía pensado. —Bien, acabo de oír en la radio que es muy posible que llueva, así que quizá te interese tener un plan alternativo. —¿Más alcohol? —Estaba pensando en algo que no implicara cocinar en el exterior. —¿Algo así como más alcohol? Theo meneó la cabeza y volvió a encarar la puerta. —Llámame a mí o a Molly si necesitas ayuda. —No lloverá —dijo Mavis—. Nunca llueve en diciembre. Pero Theo se había marchado en busca del forastero de la gabardina. —Podría llover —dijo uno de los parroquianos—. Los científicos dicen que este año nos va a visitar «El Niño». —Ya, como si se atrevieran a asegurarlo antes de que medio estado esté inundado —dijo Mavis—. A la mierda con los científicos. Pero «El Niño» sí que iba a venir. El niño.

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